Part 16
Yo fuí quien no pude tranquilizarme ni conciliar el sueño en toda la noche. La forma en que venia la representacion de mi padre habia levantado en mi corazon una tempestad de inquietudes, en mi imaginacion un volcan de preocupaciones y una tupida niebla de dudas en el campo de mi esperanza. Tenia yo entónces fé en muchas cosas en que hoy ya no creo, y quedábame aún un amigo en cuyos consejos esperar podia, en cuyo amparo debia fiar y en cuyos brazos podia esconder mi cabeza para derramar mis lágrimas. Era este el docto é ilustre prelado D. Manuel Joaquin de Tarancon, recientemente preconizado obispo de Córdoba, y que moraba entónces en la corte y en la calle de la Union por ser senador del reino. El Sr. Tarancon, condiscípulo de mi padre, á quien éste tenia en muy alta estima y que á mí me profesaba un cariño paternal, habia sido mi catedrático y mi confesor.
Habia gozado con los éxitos de mis obras, como si verdaderamente mi padre hubiera sido; me habia ilustrado con sus consejos, me habia corregido con sus observaciones, y tenia una sincera satisfaccion de haber llegado á ver poeta celebrado al estudiantuelo de quien habia cuidado en la universidad, y al chiquitin á quien habia visto romper á hablar en los brazos de su madre, en la intimidad y al calor del hogar paterno. Aún tengo en mis pupilas la imágen venerable de aquel sabio, tan hombre de mundo como poco mundano, revestido de su morado hábito episcopal, con su pectoral y su anillo de esmeraldas, que me contemplaba con los ojos arrasados en lágrimas, pasando por mis abundosos cabellos sus aristocráticas manos, y derramando con sus santas palabras la luz de la esperanza sobre las tenebrosas dudas de mi alma. ¡Dios tenga la suya en la mansion eterna de las de los justos!
Entre mis recuerdos del tiempo viejo su memoria es el más precioso, y su figura es la más augusta é imponente que esculpida en la mia conservan mi gratitud y mi veneracion.
Por él supe pocos dias más tarde que el Gobierno habia enviado á mi padre autorizacion para volver al suelo pátrio, reconociéndole ántes sus títulos y gerarquía, considerando sus años de emigracion como pasados al servicio de la Reina, y señalándole veinte mil y pico de reales de jubilacion que le correspondian por su categoría en la alta magistratura. Debia todo esto mi padre, no sólo á la influencia de mi reputacion literaria, sinó á la eficaz proteccion con que le ayudaba un conocido personaje, que aún vive y conserva su influencia en los negocios políticos de nuestro país; pero á quien yo nunca he tratado, de quien no sé si se ha ocupado jamás de mí, ni si ha leido una letra mia, ni si personalmente me conoce. Un dia me dijo Tarancon: «Prepara en tu casa un aposento para tu padre, que vendrá la semana próxima.»
Mi mujer se ocupó con miedo y alegría del mueblaje y decoracion del alojamiento de aquel tan esperado y temido huésped, y anduve yo ocho dias casi insomne y ayuno por su venida; y anduvo mi mujer inquieta y avizorada, como si la llegada de mi padre debiera ser la aparicion de la sombra de Bancuo en el drama de Shakespeare.
Diez dias despues recibí un billete en que me decia el obispo Tarancon: «Mañana llega tu padre; pero no vayas tú á esperarle ni á recibirle; debe de ver y hablar á otra persona ántes que á tí; yo le tendré un dia en mi casa y te le llevaré á la tuya.» Y todo se hizo como Tarancon lo dispuso; y él llevó á mi padre á su casa, y estuvo y habló en ella con él á solas veinticuatro horas; al cabo de las cuales entró con el venerable prelado el ex-superintendente general de policía del Rey D. Fernando VII, en casa de su hijo, el autor de _Don Juan Tenorio_.
Mi padre era el último eslabon entero de la rota cadena de la época realista, la cifra viviente, el recuerdo personificado del formulista absolutismo, el buen estudiante ergotista de las Universidades de sotana y manteo, el doctor en ambos derechos por el cláustro de la de Valladolid; convencido desde su niñez de que sólo el estudio del derecho, la teología y los cánones podia producir hombres, y de que sólo la toga y la golilla podian darles representacion, dignidad y posicion social. Yo era el primero y débil eslabon de la nueva época literaria, el atropellador desaforado de la tradicion y de las reglas clásicas, el fuego fátuo, leve é inquieto, personificacion de la escuela del romanticismo revolucionario: mi padre, cansado pero no rendido, iba á perderse en la sombra de lo pasado, y yo sin medir la inmensidad desconocida en que iba á arrojarme, fiaba en mis nacientes alas para cruzar el espacio luminoso del porvenir. El padre y el hijo, el último y el primer eslabon de los dos pedazos de la rota cadena, se enlazaron en un abrazo, se fundieron al fuego del natural cariño, y brillaron por un momento unidos y soldados, esmerilados y limpios por las lágrimas ardientes que vertian por sus ojos sus corazones prensados y exprimidos por un placer inexplicable.
Yo no he tenido hermanos: mi padre me separó de sí á los nueve años para meterme en un colegio, y habíamos vivido juntos muy poco tiempo: él no habia modificado su cariño ni sus derechos paternales en la gradacion del trato de su hijo niño, adolescente, mancebo y al fin hombre; me encontraba niño como cuando de nueve años me separó de sí; y viejo robusto y de elevada estatura, me levantó en sus brazos como si todavía no hubiera pasado de aquellos nueve años á que su cariño y sus recuerdos paternales se remontaban. Al volver á dejarme en el suelo, dijo mi padre contemplándome, no sé aún con qué sentimiento:--«¡Qué chiquitin te has quedado!»--El obispo Tarancon, que enjugaba sus lágrimas sin rebozo, le dijo:--«Chiquitin es; pero se ha colocado á tal luz que ya te cobija con su sombra.»--No sé lo que pensó mi padre, que no respondió á la halagüeña alusion del prelado. Mi mujer le mostró y condujo á su habitacion: el buen obispo de Córdoba nos dejó en ella muy satisfecho, y quedólo no poco mi padre de hallar en mi casa la paz doméstica, y el tranquilo bienestar de la medianía á quien nada falta ni nada sobra. Halló en su cuarto muchas coronas, cuyas fechas y dedicatorias leyó con mucha atencion, y sin atreverse en largo espacio á volverse á mí, para no dejarme ver la emocion que le causaban aquellos emblemas poéticos de la efímera gloria de su hijo. Así comenzó la breve temporada de la vida de familia que con nosotros hizo. Comimos, salió él en carruaje á sus visitas y volvió á las diez y media de la noche. A las once anunció su necesidad de recogerse: le ayudé á desnudarse, le acosté... y no me da vergüenza consignarlo: cuando le tuve acostado, me senté en su cama, le dí mil besos, le hice mil cariños, le dije mil niñerías; le traté como habria tratado á mi pobre madre, acariciándole y mimándole como cuando yo tenia seis años. Rióse él y enternecióse, y díjome en fin despidiéndome:--«Eres un chiquillo y no tienes formalidad.» Le arreglé la ropa, le coloqué la pantalla en la lamparilla, y dándole las buenas noches con el último beso... le dejé solo con sus pensamientos.
No habíamos hablado de nada: nada nos habíamos dicho: ni una palabra del pasado, ni una alusion al porvenir, ni una observacion sobre lo presente. ¿Qué pensaba de mí mi padre? Que me habia quedado chiquito y que no tenia formalidad: esto era lo único que su lengua habia dicho, pero su corazon habia tambien hablado por la emocion y las lágrimas delatoras de sus sentimientos de padre: su corazon habia respondido al llamamiento del mio, y el hijo estaba ya seguro de que tenia padre. Pero ¿quién iba á dominar mañana en su ánimo, el corazon ó la cabeza? ¿Quién se iba á revelar definitivamente, el padre ó el magistrado? Yo dormí mal, y esta cuestion me tuvo insomne é inquieto toda la noche.
A la mañana siguiente, despues del desayuno, entabló á solas conmigo el diálogo, sobre palabra más ó ménos, de esta manera.
--Necesito algo de algun ministro; ¿cómo estás tú con este Gobierno?
--Yo estoy bien con todos.
--Tengo una pretension en el negociado de Instruccion pública.
--El director es D. Antonio Gil y Zárate y el ministro Nicomedes Pastor Diaz.
--Segun el prólogo que puso á tu primer libro, si no le has hecho alguna botaratada, debe de ser muy tu amigo.
--Es como si fuera mi hermano mayor: tan indulgente y tan cariñoso, que si hubiera cometido la torpeza ó tenido la desgracia de jugarle alguna mala pasada, no se hubiera dado por entendido de ella ó me la hubiera perdonado. Donoso Cortés, D. Joaquin Francisco Pacheco y Pastor Diaz me han servido de padres en ausencia de V.
--Buenos amigos tienes, si sabes conservarlos. ¿Cuándo podré ver á Pastor Diaz?
--Hoy mismo, á la una, en el ministerio. No será la primera vez que hable V. con él.
--¿Te ha dicho?...
--Todo: que le debe á V. tal vez la vida.
--Es posible: su situacion era dificilísima. Venia yo de comisario régio con la expedicion carlista que entró en Segovia. Creíamos encontrarte allí con él.
--Yo esparcí la voz de que me encerraba en el alcázar, pero me volví á Madrid.
--Te hubiéramos visto con gusto.
--Yo no le hubiera tenido en ir á Oñate á hacer versos á Cárlos V y á San Luis Gonzaga. No hubieran tenido el éxito de los que he escrito en Madrid.
--Es verdad: Nicomedes se vió obligado á esconderse en un horno; yo lo supe y me alojé en la casa en que estaba. En un momento en que soldados revoltosos podian haber dado con él y cometer cualquier tropelía, me senté yo á la boca del horno y entablé con él conversacion á través de la tapa que le cerraba y que él sostenia por dentro. Le dije quién era y le pregunté por tí. Cuando tocaron bota-silla, no abandoné aquella casa hasta que las tropas comenzaron á salir de la poblacion, y le dije el camino que íbamos á tomar para que echara por el opuesto.
--Así me lo ha contado él.
--Me holgaré de conocerle, porque no pudimos vernos entónces.
--Pues hoy se verán Vds.
Salí yo á la imprenta de Boix, donde tenia en prensa una leyenda, salió mi padre á hacer ciertas compras, y á la una nos presentamos en el edificio de la calle de Torija, donde estaban por entónces las oficinas del ministerio de Fomento.
A mi presentacion abrió el portero la mampara del despacho de Nicomedes, y anunciándome, me abrió paso. Hallábase allí accidentalmente Patricio de la Escosura, que acababa de ser nombrado jefe político de Madrid; soltó al verme el baston y el sombrero que en la mano tenia, y pasándome el brazo por la cintura, me hizo dar una vuelta de él suspendido: no tuve yo más que el tiempo necesario para decirle al oido: «mi padre», ni él necesitó más para volverme á dejar en pié, y dirigiéndose á aquel que tras mí habia entrado, le dijo, tendiéndole la mano: «A nuevos tiempos nuevas costumbres, Sr. Zorrilla: hoy son así recibidos los poetas, y donde quiera que vaya V. con su hijo verá lo mismo.»
--Ya veo--respondió mi padre--que mi hijo es el más afortunado tarambana de Madrid.
Presentéles yo unos á otros, mi padre á Nicomedes y Escosura á mi padre: recordó éste al de aquel don Jerónimo de la Escosura, director de la fábrica de tabacos en su tiempo; y unos con otros corteses, y unos con otros cumplidos, despidióse Patricio y quedamos mi padre y yo á solas con Pastor Diaz.
Hablaron en secreto mi padre y él: pidió éste á poco su carruaje y partió con mi padre, previniéndome que si me cansaba de esperar me fuera á mis quehaceres, que él se encargaba de mi padre; y yo, despues de aguardar largo tiempo su vuelta en el despacho de Gil y Zárate, volví á mi casa, donde el carruaje de Pastor Diaz habia conducido á mi padre.
--¿Qué tal?--le dije.--¿Ha quedado V. contento de Nicomedes?
--Jamás fué pretendiente mejor servido que yo. Dentro de cuatro dias puedo irme á cuidar de la hacienda de Torquemada, con todos mis negocios despachados en Madrid.
--¿Tan pronto piensa V. dejarnos?
--No es Madrid ya para mí. Sus casas son muy estrechas: tenemos casi un palacio allá: hay además que recepar y acodar las viñas, que abonar las tierras y reponer las huertas, de todo lo cual no te has ocupado tú.
--Yo al abandonar á V. renuncié á todos mis derechos: ¿por qué no me envió V. órden y poderes legales?
--Olózaga te los ofreció, y levantar el secuestro.
--Pero yo se lo hice á V. avisar: ¿por qué no determinó V.?
--Eres hijo único y heredero forzoso: todo el mundo te hubiera dado la razon.
--Yo no he contado con nadie en el mundo más que con V.: todo lo que he hecho, por V. ha sido y no he pensado más que en V. Si yo me he hecho aplaudir y me he hecho querer, no ha sido mas que para esperar y preparar su vuelta de V.; no he tenido más ambicion que la de volver á los brazos y al cariño de mi padre, y morir con él en la tranquilidad del hogar paterno.
--Has sido un tonto. Con la fama que has adquirido, con los amigos que tienes, hoy debias de ser cuando ménos subsecretario de Pastor Diaz.
--Usted era carlista y optó por la emigracion: no creí decoro del hijo no ser nada en el gobierno que no habia aceptado el padre; he rechazado todo cuanto se me ha ofrecido: todos los literatos están empleados ménos yo: hoy puede V. haber visto que no es por falta de favor.
--Por eso te he dicho que eras un tonto.
--Pero si yo he hecho milagros por V... Me he hecho aplaudir por la milicia nacional en dramas absolutistas como los del rey Don Pedro y Don Sancho: he hecho leer y comprar mis poesías religiosas á la generacion que degolló los frailes, vendió su conventos, y quitó las campanas de las iglesias: he dado un impulso casi reaccionario á la poesía de mi tiempo; no he cantado más que la tradicion y el pasado: no he escrito una sola letra al progreso ni á los adelantos de la revolucion, no hay en mis libros ni una sola aspiracion al porvenir. Yo me he hecho así famoso, yo, hijo de la revolucion, arrastrado por mi carácter hácia el progreso, porque no he tenido más ambicion, más objeto, más gloria que parecer hijo de mi padre y probar el respeto en que le tengo...
--¡Bah, bah! Quijotadas.
--¡Ay, padre! Cuando perdamos los españoles lo que tenemos de Quijotes, ¿en qué vendremos á parar?
--Lope de Vega y Calderon eran teólogos ántes de poetas: Melendez Valdés fué como yo oidor de la Chancillería: todavía es tiempo; eres muy jóven: métete un año á estudiar, y con cuatro ó cinco mil reales y los amigos que tienes, puedes doctorarte en Toledo; y siendo jurisconsulto puedes serlo todo. Yo me voy para Torquemada: allí debe de ir tu madre, y no quiero que se encuentre sola sin mí entre aquellos pardillos, maestros de gramática parda.
Una nube negra que pasó por mi cerebro entristeció mi alma, envolviendo en lágrimas mi pasado y en tinieblas mi porvenir.
Aquella noche me fuí á casa de Tarancon y le dije: «he perdido todo lo hecho: mi padre, el único por quien todo lo hice, es el único que en nada lo estima.»
Tarancon lo comprendió todo: me abrazó y sobre su morada túnica episcopal dejé correr las lágrimas más amargas que han abrasado mis párpados. Tarancon no era hombre de intentar consolar con palabras banales una pesadumbre que no podia tener momentáneo consuelo.
--Yo me arreglaré con tu padre--me dijo despues de largo silencio.--Tú emprende alguna obra de importancia que necesite estudios, atencion y tiempo. Teníamos convenido en escribir juntos un libro de la Vírgen; esto halagaria mucho á tu padre y enloqueceria á tu madre de alegría; pero yo no tengo ya tiempo para meterme en tal trabajo. Me has hablado de Granada. Emprende tu poema morisco y empieza por ir á localizarte en la ciudad de Boabdil. Si no tienes dinero, cuenta con mi bolsillo; no está muy lleno, pero entrarás á la par con los pobres de mi diócesis. Deja á tu padre irse á Torquemada, y... ¡á Granada tú! Fia en Dios y cuenta conmigo.
Y mi padre se fué á Castilla, y yo empecé á pensar en Granada. Pero, ¿qué importa todo esto á los lectores de _El Imparcial_? Todas estas _memorias íntimas_ figurarian tal vez muy bien en las mias _póstumas_: vivo yo aún, pueden ser tachadas de pretenciosa é insoportable vanidad: pero ya he tirado del primer hilo y voy á deshacer todo el ovillo.
XXII.
Burdeos es una gran ciudad, magnífica, sólida, monumental, con grandes puentes, bien arbolados paseos, soberbios templos; amplios mercados y suntuosos teatros; asiento del primer arzobispado de Francia, es, como si dijéramos, el Toledo de allende los Pirineos; cuajado de Seminarios y de colegios, semillero de toda clase de plantas clericales más ó ménos parásitas, más ó ménos productivas. Por el tiempo de que voy hablando hacian un principal papel en fiestas y procesiones los hermanos de la doctrina y _los ignorantins_, en uno de cuyos establecimientos hacia dos ó tres años que se habia ventilado el ruidoso proceso del Frère Liotard, con el cual ya no me acuerdo lo que pasó.
Como yo no era hombre de política ni de administracion, ni de ciencia, no me ocupé de más en Burdeos que de sus templos, como cristiano, y de sus teatros, como poeta. Encontraba poquísima gente por las calles, no mucha por los paseos y casi ninguna en el teatro, al cual sostenian solamente los transeuntes, los forasteros, y, sobre todo, los españoles, puesto que habia muchos allí emigrados ó allí establecidos, y todos los que de España iban á veranear á París se detenían por costumbre en la capital de la Gironda. Hallábame yo en Burdeos á todo mi gusto: era la primera vez que podia yo separar mi personalidad de mi malhadada reputacion y andar libre como cualquier ciudadano pacífico, metiéndome por todas partes á fisgarlo todo, sin llamar la atencion ni ser responsable de nada.
Así ví yo á Burdeos, así recogí varios asuntos de leyendas que no sé si llegaré á escribir, y así averigüé la razon de las perpétuas quiebras del teatro por falta de público.
Los bordeleses han tenido siempre (y con justicia) la pretension de que su ciudad es la primera de Francia, el pequeño París, y han aspirado á ser tenidos por _sprits-forts_, libres pensadores y espadachines; y con respecto á esta última cualidad, tiene una justa reputacion y un riquísimo legendario la escuela de armas de Burdeos; pero las bordolesas son, por lo general, devotas. El clero francés sabe que las dos palancas con que se mueve el mundo son las mujeres y el dinero, y por entónces los confesores no absolvian á las confesadas cuyos maridos leian _El Constitucional_ y los periódicos liberales, tronando siempre contra la inmoralidad del teatro. Donde no van las mujeres no vamos los hombres; no iban las bordelesas al teatro, con que á pesar de la subvencion de que goza siempre _el grande_ de Burdeos, sus empresas se arruinaban á mitad de temporada todos los años.
Además, el gran teatro de aquella ciudad tiene lo que los franceses llaman _guignon_ y nosotros _mala sombra_. Allí se rompió por entónces una pierna Mademoiselle Angelin, una bailarina rubia de diez y siete años, que era ya una estrella luminosa en el cielo del arte de Terpsícore. Allí tuvo Borelly que matar á puñaladas en presencia del público á su tigre real de Bengala, porque éste tenia ya entre sus dientes la pantorrilla izquierda del domador: quien al levantarse lanzando un caño de sangre de una arteria rota, tuvo tiempo, ántes de perder el sentido, de decir á los espectadores á modo de satisfaccion: «Señores, ya habia gustado mi sangre, y ó él ó yo.»
Esto en el teatro. En los templos las fiestas son tan suntuosas como concurridas: pero á los católicos españoles se nos hacen al principio muy difíciles de aceptar aquella forma mundana y teatral y aquellos accidentes mercantiles con que los actos sublimes de nuestra religion se verifican. Yo escribí mis primeras impresiones de Burdeos en una larga epístola á un condiscípulo mio, cura carlista, de la cual recuerdo las siguientes líneas, versos tan malos como verdades de á puño:
En Francia hay religion, y fé y conventos, seminarios, colegios, catedrales, y todos los cristianos elementos de nuestra santa fé fundamentales: pero todo está hecho á la francesa, todo sujeto á reglas comerciales; aquí todo se tasa, mide y pesa, aquí todo se hace por empresa: la gente para orar no se arrodilla mas que con una pierna en una silla; no se atiende al altar ni al sacerdote; las mujeres se plantan por delante con mucho faralá, mucho volante, abultado postizo y largo escote; y los hombres detrás, misa durante, se distraen en mirarlas el cogote; y como nadie en equilibrio posa, y es perpétuo el rumor y el desacato y la desatencion y el movimiento, es el pensar en Dios difícil cosa, miéntras pasa una vieja con un plato pidiendo en alta voz sin miramiento los cuartos que _la rinde_ cada silla en que apoya un cristiano su rodilla.
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Atraviesa despues el presbiterio con balandrán, sobre-pelliz y estola, y sus pasos al púlpito dirige un pulcro capellan, de quien muy sério un monago gentil lleva la cola. Hace su adoracion, su texto elige, comenta el evangelio de aquel dia, y siempre encuentra medio en su homilia de echar un par de pullas al gobierno,
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que el infierno está abierto ante el siglo refractario, que Enrique quinto al fin subirá al trono, que hay peregrinacion á tal Santuario que se sale á tal hora y de tal parte, que lleva cada pueblo su estandarte, que el precio es un doblon por peregrino, incluso todo gasto del camino y además un bonito escapulario; pero que en el doblon no entra el rosario, porque estos los fabrica por empresa, de encina negra y de eucaliptus blanco, una judía asociacion inglesa que los da á todos precios desde un franco.
Todo lo cual se anuncia aquí en la iglesia como puede anunciarse un electuario ó sus botes azules de magnesia mister Bóllon en Lóndres boticario. Ilustrados ya pues sus feligreses de lo que en sus negocios les importa y á sus espirituales intereses, con un responso en homilia corta el cura; y ya _pro domo_, á lo que creo, dá volviendo á apretar el _quibis quobis_ la vieja con su plato otro paseo. Larga el buen cura un _benedico vobis_, hace la cruz, se cala el solideo y respondiendo el pueblo _ora pro nobis_ se acaba la funcion y Läus Deo....
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con qué como ver puedes por la muestra, la religion de Francia no es la nuestra. Dios es el mismo, porque Dios es uno; mas de adorarle el modo ligero asaz y asaz inoportuno, es en Francia francés como lo es todo; y á un español asombran si no irritan la irreverencia con que á Dios se trata, y el ver cómo sus preces se recitan sobre un pié y sobre un codo, como banda de grullas que dormitan en el invierno al sol sobre una pata; pasando en cuenta que se queda ayuno de lo que en Francia se le dice á Cristo, con una fé de bolsa que no acata al Señor más que á medias por lo visto, y en un latin francés que cual ninguno la habla gentil de Ciceron maltrata: todo siempre fué aquí como hoy en dia doublé, contrefaçon, bisutería.
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Nunca así á Dios se adorará en Castilla; nuestra fé es más profunda y más sencilla.