Recuerdos Del Tiempo Viejo

Part 15

Chapter 154,057 wordsPublic domain

--Que tú eres el actor inimitable de la verdad de la naturaleza: que tú has creado la comedia de levita, que se ha dado en llamar de costumbres: que puedes presentarte, y te presentas á veces en escena, conforme te apeas del caballo de vuelta del Prado, sin más que quitarte el polvo y sin polvos ni colorete en el rostro: pero en estas escenas copiadas de nuestra vida de hoy, dialogadas por personajes que son á veces copias de personas conocidas, que entre nosotros andan, que con nosotros viven y hablan, tú que con ellos vives y que eres de ellos conocido, no estorbas y no pareces intruso. Tú eres Julian Romea y puedes serlo en la comedia actual: pero el drama es un cuadro, es un paisaje, cuyas veladuras, que son el tiempo y la distancia, se entonan de una manera ideal y poética, en cuyo campo jura y se tira á los ojos la verdad de la naturaleza, la realidad de una personalidad: yo necesito un personaje para el papel de mi rey D. Sebastian.

--Y le tendrás, Pepe, le tendrás:--esclamó Julian.--¡Qué diablos de autores! A vosotros os toca escribir y á nosotros representar.

--Eso, eso quiero; que representes, no que te presentes.

--¡Pepe, Pepe! _Suum cuique._ Porque tú alucinas á tus oyentes cuando lees tus versos, y porque yo mismo te he dado á leer los mios en el _Liceo_, para que me los luzcas, no creas que sabes mejor que yo lo que es la escena, sobre la cual estoy desde que me despuntó la barba.

--Y estás en ella con derechos de rey: porque eres uno de los de nuestra escena: pero...

--Déjate de peros, y fíate en mí--y partió Julian con el fin de mi drama en la mano: y se ensayó con cuidado, y los actores se encariñaron con sus papeles, y á los pocos dias, á las ocho de la noche de un viernes, para el beneficio de la incomparable Matilde, se alzó el telon sobre la primera escena de mi _Traidor, inconfeso y mártir_.

Ni la crítica hostil de eruditos apasionados, ni la mordacidad atrevida de medianías envidiosas, me han negado que esta obra me da derecho á tenerme por autor dramático, y el tiempo y la opinion pública han sancionado esta pretenciosa vanidad mia. La exposicion de este drama está _confeccionada_ con todas las reglas del arte, y la presentacion del protagonista preparada con intencionada habilidad. El papel de Aurora estaba confiado á Matilde; yo, seguro de que Julian iba á dejar pálida la figura del rey D. Sebastian, de que no iba á pasar de Espinosa el pastelero, de que iba á seguir su fatal sistema de presentar en el drama la verdad de la naturaleza en lugar de la del arte, y de que iba, en fin, á representar un rey D. Sebastian de levita; y como encariñado y casi fanatizado yo con mi personaje fantástico, habia, prescindiendo á sabiendas de la verdad de la historia por la poesía de la tradicion, hecho del pastelero de Madrigal y del rey portugués una sola personalidad poética, necesitaba que la exuberancia del arte diese relieve á las medias tintas de la verdad de la naturaleza, que la luz de la poesía esclareciera y relevara la sombra que la maciza figura de la verdad iba á proyectar en el paisaje fantástico de la ficcion: y pensé en Matilde, la actriz más poética, sentimental y apasionada que hemos conocido en nuestro moderno teatro Español.

Yo tenia, y espero que se haya comprendido por lo que llevo dicho, mi razon de no escribir para Julian; pero debia satisfaccion á Matilde por no haber escrito para ella, que era la gloria, el sostén y la fortuna del teatro del Príncipe y de los autores que para él escribian. Matilde era la gracia, el sentimiento y la poesía personificadas sobre la escena; su voz de contralto, un poco _parda_, no vibraba con el sonido agudo, seco y metálico del tiple estridente, ni con el cortante y forzado _sfogatto_ del soprano, sinó con el suave, duradero y pastoso són de la cuerda estirada que vuelve á su natural tension, exhalando la nota natural de la armonía en su vibracion encerrada. El arco del violin de Paganini, al pasar por sus cuerdas para dar el tono á la orquesta, despertaba la atencion del auditorio con un atractivo magnético que parecia que hacia estremecer y ondular las llamas de las candilejas: y la voz de Matilde tenia esta afinidad con el violin de Paganini: al romper á hablar se apoderaba de la atencion del público, heria las fibras del corazon al mismo tiempo que el aparato auditivo, y el público era esclavo de su voz, y la seguia por y hasta donde ella queria llevarle, con una pureza de pronunciacion que hacia percibir cada sílaba con valor propio, y la diferencia entre la _c_ y la _z_, y la doble _s_ final y primera de dos palabras unidas que en _s_ concluyeran y empezaran. Matilde no se habia dejado seducir ni contaminar con el exagerado y revolucionario lirismo de la lectura y recitacion salmodiada, que Espronceda y yo dimos á nuestros versos, no; Matilde recitaba sencilla, clara y naturalmente, saliendo de su boca los períodos y estrofas como esculpidas en láminas invisibles de sonoro cristal, y los versos y las palabras como perlas arrojadas en un plato de oro.

Matilde hizo y dijo la escena XI del acto primero con la flexibilidad, el primor de pormenores y el raudal de gracia y de sentimiento de que apenas habrán podido dar idea á mis lectores mis antecedentes frases; y al retirarse acompañada de un aplauso general, dejó completa la exposicion, prevenido al público en favor de la obra y enflorada con una guirnalda de poesía la puerta del fondo, por la cual iba á presentarse el misterioso protagonista.

Por ella salió á escena Julian, perfectamente vestido, pintado y con su papel concienzudamente estudiado: pero salió Julian; presentó y no representó su personaje. Si yo hubiera podido evocar y resucitar al verdadero juez Santillana, hubiérase vuelto á apoderar de aquel verdadero Espinosa, confundiéndole con el que él hizo ahorcar; pero para el público tenia algo de la sombra; le faltaba voz, movimiento, fisonomía, relieve, poesía. Julian hizo sus escenas del primer acto con el capitan y con el alcalde con una exactitud, con un aplomo, con una verdad intachables para los palcos de proscenio y las dos primeras filas de butacas: la sala no pudo apreciar su perfecto trabajo escénico; y al caer el telon, no se oyeron mas que algunas palmadas sin consecuencia. Quedó en el público el recuerdo de Matilde y la curiosidad que habia excitado la exposicion.

En el segundo acto, un nuevo actor vino en refuerzo de Matilde: Barroso. Era éste un mozo sevillano, de los que vinieron á inocular en la corte la sávia andaluza de los Pachechos, los Saavedras y los Perez Hernandez con Bermudez de Castro, Tassara, Sartorius y otros buenos ingenios, cuyos hechos y escritos contribuyeron honrosamente al progreso literario y político de aquella época. Antonio Barroso era poeta; pero habiéndose presentado en el teatro privado del Liceo con Ventura, Marrací, el marqués de Palomares y demás sócios de la seccion de declamacion, concluyó por consagrar al teatro su talento nada vulgar, á consecuencia de los aplausos allí obtenidos y de la buena acogida que de Romea obtuvo. A Barroso habia yo, pues, confiado el ingrato y difícil papel del Alcalde Santillana; tan ganoso yo al dársele de probarle mi amistad y la estima en que le tenia, como él de abordar, estudiar y probarse en un carácter que podia colocarle en muy buen punto de partida para su carrera dramática, y muy alto en la consideracion del público si acertaba á desempeñarle con éxito. Era Barroso un mancebo de buena estatura, cenceño y nervioso, de cabeza pequeña y rubia, pero de aguileño perfil y límpidos ojos y correctamente colocada sobre los hombros.

Suelto de modales, como hombre bien educado, de buena memoria y comprension perspicaz como sevillano y confiado en el porvenir por esa esperanza inconsciente que hace atrevido á todo talento meridional, Barroso estudió, preparó y vistió su papel con tal esmero, que se identificó con el personaje que representaba. Con su toga y su golilla, sus vuelillos de encaje y su junco con cabos de plata, encuadró tan poéticamente su figura severa y su carácter odioso en contraposicion del sencillo y virginal del de la Matilde, que desde su primera escena resaltó como sombra negra é infernal de aquella blanca y celeste aparicion, entre cuyas dos figuras iba á pasar desde la hostería al patíbulo aquel otro vago, misterioso y casi indeciso fantasma del perpétuamente acusado y jamás reconocido soberano pastelero de Madrigal.

Barroso en la escena VI secundó y sirvió de apoyo á Julian con la atencion perpétua de su maestra ejecucion; desarrolló tan á tiempo y alternativamente su doble carácter de juez y de reo con el marqués de Tavira y con Espinosa, que preparada magistralmente la escena XI endecasílaba, pudo desplegar en ella Matilde toda la ternura de su corazon, toda la poesía de su amor recóndito, y toda la grandeza de su incondicional abnegacion; en un juego escénico tan infantil como apasionado, con un acento de castísima ingenuidad, con una declamacion tan impregnada de sentimiento y unas inflexiones de voz tan melódicas, tan suaves y tan variadas, que encantó, enterneció, fascinó y exaltó al público, arrancándome á mí las lágrimas: á mí, poeta entusiasta y satisfecho, que escuchaba por primera vez mis versos de su boca, como si estuviera oyendo arrullar á una paloma enamorada de un ruiseñor. El arte de Matilde reverberó con tal intensidad, rebosó tan profusamente sobre la verdad de Romea, que envuelta y arrebatada en la poesía de Aurora, concluyó la escena en universal aplauso.

En el acto tercero, Barroso tomó creces tan imprevistas ante la seguridad de su éxito y la esperanza de su porvenir, que comenzó desde la primera á dominar la escena con su atencion nunca distraida, su figura siempre en cuadro, su exactitud en las entradas, su creciente juego escénico segun sus pasiones; la supersticion, el miedo y la ira se iban desarrollando y apoderándose de su espíritu. La escena sétima entre Aurora y Santillana no tiene descripcion; el recuerdo de una ribera donde yo cogia

yerbezuelas y conchas, del rugiente mar que sus ondas sin cesar mecia, de un monasterio triste y solitario fundado al pié de un monte, y vagamente la memoria de un templo, con su coro enverjado, sus techos con pinturas, su altar lleno de flores, su sagrario iluminado con mecheros de oro; el recuerdo tambien, porque la daban miedo aquellas inmóviles figuras de mármol que tendidas reposaban encima de sus anchas sepulturas,

es preciso habérsele visto y oido hacer y decir á Matilde; la creciente angustia del juez ante el tremendo exclarecedor relato de la ingénua y enamorada doncella... es preciso habérsela visto representar á Barroso en la noche del estreno; pero la escena novena volvió, no á enfriar, pero sí á descolorar la representacion.

Lo misterioso de la historia, lo terrorífico de la situacion, la calma heróica del rey mártir, la indecisa concentracion de las pasiones del juez, la inconsciencia de la realidad de la hija y de la amante, dieron por un momento á la verdad el dominio sobre la poesía y partió en silencio al patíbulo el incógnito é innominado protagonista. Quedó el teatro y el público en el silencio de la espectacion, y yo, en la duda del éxito y más convencido que nunca de que la verdad de la naturaleza no es la verdad del arte. Esta volvió á surgir en la escena al recobrar Aurora sus sentidos. Matilde, con la mirada extraviada, los movimientos inciertos, la voz perdida aún en la cavidad de la garganta, sin que el aliento pudiera aún extraerla de los pulmones, preguntó:

¿Qué sucede? ¡ay de mí! los pensamientos no acierto á combinar en mi cabeza. ¿Y Gabriel?

y empezó á buscar á Gabriel y á sentir por la ventana el rumor de la plaza, y vió y escuchó, pero no concibió lo que oia ni lo que miraba, pero se lo hizo comprender al espectador y le estremeció. ¡Allí va! ¿A dónde se le llevan sin ella? ¿qué palos son aquellos? ¿qué le ponen al cuello? ¡es una soga! Una nube sangrienta la ofusca la mente. ¡Un sacerdote! y comprendiendo de repente, grita vuelta á Santillana:

pero vos, ¡miserable! que sois hombre, gritad conmigo...

y el juez vencido invoca el nombre del rey; pero el grito, el aullido, el estertor, todo junto, que constituyó la exclamacion de Matilde _¡ay! ¡es ya tarde!_ no son para escritos.

Lo más á tiempo, lo mejor, que ha hecho y ha dicho Florencio en su vida es el decir á Santillana:

Tomad: sepamos la verdad postrera,

y obligarle á tomar y abrir el relicario que encerraba el secreto del rey Don Sebastian.

Lo mejor que hizo Matilde en _Traidor, inconfeso y mártir_, fué el final. Al reconocer el retrato de su madre y al rechazar á su padre... estuvo sublime de dolor y de ira:

¡Tu hija!--¡Esto tan sólo me faltaba! Tú, para que su muerte te perdone, me llamas hija tuya... mas te engañas, nada hay en mí que tu maldad abone, para tí solo hay ódio en mis entrañas.

Aquí acababa el drama: el mal gusto del tiempo me arrastró á prolongar con veintiseis versos más tan repugnante escena: sólo Matilde pudo hacerla pasar.

El telon cayó en un momento de silencio, que se cambió en un espontáneo y general aplauso. El autor y los actores fuimos llamados al proscenio: Julian sonreía, Matilde no podia respirar, Barroso estaba convulso como si fuese á sufrir un ataque de nervios... de mí no sé lo que era... Pero ¿gustó el drama?

Sus siguientes representaciones dieron el mismo resultado cada noche: Romea le retiró á los pocos dias del cartel, y no se volvió á hacer más en el teatro del Príncipe.

Andando el tiempo, Catalina, separándose de Julian, formó compañía y ajustó á Matilde; y habiéndose llevado con ella la mayor parte del repertorio de Julian, Catalina hizo su presentacion con mi _Traidor, inconfeso y mártir_. ¡Qué éxito el del pastelero! Mi drama se hizo en todas las provincias, y en todas las Américas, y aún es hoy de repertorio en todos los teatros, ménos en los de Madrid; y he visto actores muy medianos y sin pretensiones y hasta de teatros caseros que siempre se han hecho aplaudir en el papel del rey D. Sebastian.

Yo estoy muy pagado de ser autor de esta obra mia, y Matilde la ha dado á conocer en todos los países en que se habla la lengua castellana, gracias á Catalina.

¡Bendita Matilde! Desde la noche de su estreno data el cariño fraternal y la gratitud, que la tengo y la tendré siempre.

_Post scriptum._--¡Pobre Barroso! Víctima de la medicacion á grandes dósis, murió de repente una tarde en el teatro, saturado de yodo y otras drogas de este jaez. En un ensayo exhaló repentinamente un profundísimo gemido: dió luego un gran grito y dijo: «¡me muero!» y una repentina parálisis comenzó á apoderarse de su cuerpo, comenzando por los piés. No hubo tiempo más que para conducirle á la habitacion y cama del portero, donde recibió la Extrema-Uncion, y espiró contando _cómo se moria_: ya se me ha muerto el brazo derecho, exclamaba: ya se me muere el corazon... lo último que pareció vivo en él fueron los ojos, cuyos párpados no quisieron cerrarse. Desde la representacion del _Traidor inconfeso y mártir_, dejé de escribir para el teatro.

XXI.

Aquí debian tener fin estos Recuerdos mios. Lo que va á seguir, no deberia tal vez ser publicado hasta despues de mi muerte; pertenece, más que á mis Recuerdos del tiempo viejo, á mis memorias póstumas: es exclusiva y personalmente mio, es historia íntima de mi corazon: va acaso á ser enojoso para mis lectores de _El Imparcial_, y no va seguramente á interesar más que á dos docenas de viejos como yo, que á aquellos tiempos hayan como yo sobrevivido: y no va por fin á despertar en ellos más que un sentimiento ficticio, efímero, _artístico_, si se me permite esta calificacion, como el que nos inspira la accion de un drama sentimental miéntras á la representacion asistimos. Lo que va á seguir es una página de la leyenda de mi alma: soy yo en ella el protagonista; ¡y soy yo tan poca cosa para hablar tánto de mí mismo!

Una razon me abona sin embargo: hace cuarenta y tres años que se habla de mí en España: quiénes me celebran y quiénes me critican; algunos me calumnian, muchos me envidian y pocos saben lo que de mí dicen, y pocos dejan de juzgarme sin pasion, porque ya nadie me conoce á través de tánto como se ha supuesto y se ha dicho del vagabundo autor de _D. Juan Tenorio_.

Los meridionales, y más que ningunos los españoles (y más entre estos los andaluces), tenemos la cualidad y la pretension de ser narradores y narradores chistosos: no podemos repetir una historia, un cuento, un sucedido, un dato cualquiera, sin añadirle algo de nuestra cosecha; así que, al salir de la boca del quinto narrador, ya no conoce la historia ó el suceso narrado, ni el que la inventó ni al que le sucedió; y como cada cual sostiene las añadiduras y variaciones por él intercaladas en el relato, é impugna ó contradice las de los demás, todo copo de nieve llega á ser una bola, todo grano de arena un monte, toda historia una novela y todo cuento una mentira; por lo cual, no creo yo nunca nada del mal que se dice, ni de lo malo que se cree de las mujeres ni de los hombres notables: al contrario, comienzo siempre á simpatizar con toda mujer de quien se habla mal y con todo hombre conocido á quien se critica; porque estoy convencido de que tánto más de bueno deben de tener, cuanto más de malo les aplica y atribuye la maledicencia.

De la mujer especialmente tengo yo mis ideas particulares.

Hay sobre la mujer mil pareceres; allá va el mio aunque parezca raro: yo amé toda mi vida á las mujeres; entendámonos bien y hablemos claro: más que por torpe gérmen de placeres me es el amor de las mujeres caro, porque ellas son, por más que digan otros, muchísimo mejores que nosotros.

Se ha hecho moda hablar de ellas con desprecio; yo de hablar de ellas bien tengo manía; al que habla de ellas mal tengo por necio, falto de corazon y cortesía. No objeto para mí de menosprecio son, sinó manantial de poesía: no obró conmigo mal jamás ninguna, y debo más de un bien á más de una.

Desde la vírgen que en los cláustros ora hasta la vil, impúdica ramera que, enfangada en el vicio, á cada hora á sí se infama y á su raza entera, toda mujer que deshonrada llora, toda la que en dolor se desespera, de su duelo ó su infamia, no os asombre, la ocasion ó el orígen es un hombre.

Y apuntada de paso esta opinion mia con respecto á las mujeres, sigo adelante con las que respecto á mí mismo voy aduciendo: y no creo que voy muy descarriado al creerme con derecho á decir algo de mí mismo, despues de haber oido y tolerado sin chistar por espacio de cuarenta y tres años, cuanto amigos y enemigos, chismosos y desocupados y vulgo, en fin, que nunca sabe donde tocan las campanas que oye, han dicho y escrito de mí; de mí, pobre insensato que nunca supe contentar á nadie, ni acerté con nadie á quedar bien, y á quien Dios acordó lo único bueno que de nada en España sirve: la modestia de reconocerse y la humildad de no aspirar á nada; no creyéndome para nada con aptitud, por haberme pasado la juventud concentrado en mí mismo, aspirando sólo á conseguir un ideal que sólo dentro de mí mismo albergaba mi esperanza, y en la soledad de mi alma únicamente crecía, como una palma estéril sin compañera, condenada á secarse sin fruto en el desierto de mi inútil existencia.

Voy, pues, á alargar con unos capítulos más estos Recuerdos, y á decir de mí mismo y de mi casa lo que yo sólo sé; porque por mucho que de mí sepan, por observacion y por induccion, los curiosos, los críticos, los murmuradores y los entremetidos, sólo los necios podrán disputarme el derecho de saber mejor que yo lo que por muchos años he guardado entre pecho y espalda, y la idea que mi pensamiento en palabras jamás ha formulado.

Pero vayamos ya adelante con mi historia, echando á un lado digresiones y zarandajas.

Era jefe político de Madrid el Sr. D. Antonio Benavides, y secretario Pepe Rojas, pariente mio por parte de mi primera mujer. Hacia ya muchos meses que mi infeliz madre habitaba en casa de una vieja prima de mi padre, viuda, bien acomodada, que habia vivido largos años en una ciudad de Francia, que por entónces vivia sola en Madrid, porque se habia extrañado de la única hija que de su único matrimonio habia tenido, porque aquella hija habia contraido uno de esos que se llaman de amor con un hombre tan honrado y laborioso como falto de bienes de fortuna. Aquella tia segunda mia, que habia hecho cierto papel en el tiempo de Fernando VII, y la vida del gran mundo en la buena sociedad de su tiempo, no habia perdonado jamás á su hija, que vivia en Toledo en donde yo la conocí, tan honrada como pobre y tan contenta con su mala suerte cuanto serlo la permitia el largo abandono y el tenaz olvido de su madre orgullosa ó descorazonada.

Parece que en mi familia los cabezas de ella han mantenido el principio de la autoridad paterna en toda la rigidez absoluta del derecho romano, y no han sabido nunca transigir con el tiempo, ni contemporizar con las circunstancias, ni perdonar la desobediencia, ni otorgar olvido al extravío juvenil, ni tener en cuenta la fuerza de la pasion, ni la ceguedad del error de sus hijos. Mi prima de Toledo tenia una hija preciosa á quien habia bautizado con el poético nombre de Esperanza: la chica era á los catorce años una preciosa criatura, cifra expresiva de la esperanza de su pobre madre; pero su abuela no albergó nunca bajo su techo á su tan hermosa como inocente nieta... é ignoro lo que de ésta y de sus padres ha sido despues del fallecimiento de mi tia. Con ella vivia mi madre en provincia, cuando mi pariente Pepe Rojas me envió con un guardia civil una carta anunciándome que el Excmo. Sr. Benavides, su jefe, deseaba que me avistara con él en su gabinete, de nueve á diez de la noche, para un asunto que me concernia.

Alarmó á la gente de mi casa aquella cita con puntas de órden; pero como nunca me habia yo mezclado en la política, acudí sin inquietud al gabinete del jefe político, que era por otra parte lo más político y bien educado del mundo, muy deferente como muy ilustrado con la gente de letras, y especialmente benévolo conmigo.

La cuestion era tan sencilla y prevista en su fondo como inesperada y extraña en su forma; mi padre, despues de seis años de emigracion, en vista de que casi todos los de su partido, acogiéndose á las amnistías, habian regresado á sus pátrios hogares, y de que S. M. la Reina D.ª Isabel II reinaba tranquilamente en España, reconocida por todas las potencias de Europa, se convenció de que su constante y leal adhesion á la causa del Pretendiente no le serviria más que para morir inútilmente, sin provecho suyo ni ajeno, en tierra extranjera, y se decidió á enviar al Gobierno una representacion solicitando el permiso de volver á España.

Pero esta representacion se dirigia á S. M. la Reina, empezando con estas palabras: «Señora: puesto que V. M. reina ya de hecho, D. José Zorrilla Caballero, alcalde de casa y corte, consejero, etc., etc.,» lo cual parecia significar que el que aquella representacion firmaba no reconocia Reina de derecho á D.ª Isabel. El jefe político, por encargo del Consejo de ministros, me llamaba para que yo dijese si era la firma de mi padre la de aquel documento: y ante mi afirmativa respuesta, no dijo más aquella grave autoridad que estas palabras: «En ese caso...» y encogiéndose de hombros, dobló el papel en que me mostró la firma.

Despues de una breve conferencia, en la cual la discrecion del Sr. Benavides correspondió con la reserva que á mí me convenia guardar en aquel caso por respeto á mi padre, me despidió con muy corteses palabras, y yo me apresuré á ir á tranquilizar á mi mujer; en España no las tiene nadie consigo cuando tiene que habérselas con la autoridad.