Recuerdos Del Tiempo Viejo

Part 17

Chapter 174,016 wordsPublic domain

Tal fué mi primera impresion hace treinta y cuatro años: poeta creyente, hallé de ménos mucho fondo y de sobra mucha forma en la manifestacion religiosa del catolicismo francés en Burdeos, arzobispado primado de la nacion vecina: despues he pasado en Burdeos largas temporadas, y es la ciudad en donde más tranquilo y más á gusto he vivido. Me acostumbré á leer á la puerta de la catedral el anuncio de la funcion, el nombre del orador que debia de llevar la palabra en el púlpito, los del director y el organista que dirigian la parte instrumental, y los de las damas y los ó las artistas que sostenian la parte de canto; el objeto piadoso á que la funcion se dedica bajo el patronato de tales ó cuales damas, prelados ó corporaciones, y el precio (generalmente de dos francos) por el cual se puede adquirir el derecho á ocupar una de las sillas, numeradas ó no, que llenan el templo. ¿Y por qué no?

A nosotros nos choca esta asimilacion de las basílicas á los teatros; pero es, al mio, un mal modo de ver las cosas: en Francia usa cada cual libremente del derecho de anuncios y propaganda; y puede que en los templos y fiestas religiosas francesas haya ménos fé, ménos devocion y ménos fervor, pero hay más órden que en las nuestras: nosotros entramos y salimos de las iglesias á codazos, empujones y puñetazos; nos colocamos donde podemos, pisamos á las mujeres que se arrodillan y se sientan en el suelo, etc.; los franceses entran por una puerta y salen por otra, y ocupan tranquilamente los puestos que les corresponden, bajo la direccion de bedeles y pertigueros; que á nosotros nos parecen ridículos, pero cuyos oficios y trajes están encarnados en sus costumbres.

Los franceses han comprendido que la sociedad moderna es un hermoso lago cuyo fondo es cieno, y tienen cuidado de no revolver jamás el agua, poblando su superficie de blancos y ligeros cisnes entre los cuales bogan sin remo miles de botecitos sin quilla, que hacen temblar y rielar el líquido, pero que no levantan oleaje: siembran y plantan las orillas de jardines y de bosques, y van á sentarse á contemplar el espectáculo social á la sombra de los árboles y entre el perfume de las macetas.

Nosotros tenemos la maldita manía de revolver el agua y de arrancar hasta la yerba al rededor del lago, y nos tenemos que estar al sol y al aire, siempre sedientos, contemplando el agua cálida y turbia que hacemos dificilísima de beber.

Hé aquí mis impresiones de ayer y hoy en Burdeos. Esta ciudad, cuyo casco componen miles de edificios tan macizos y suntuosos, y calles más anchas y regulares que las de Roma antigua, atestada de recuerdos y monumentos históricos, aireada por anchos paseos y frescos jardines, regada por dos soberbios rios, el Garona y la Dordoña, salpicada de Colegios, Museos, Academias, Bibliotecas é Institutos, conteniendo veintidos clubs y círculos para todas las clases sociales, diez teatros y salas de recreo, un hipódromo, nueve periódicos diarios y once lógias masónicas; mitad católica, militante y revolucionaria libre pensadora, la tengo yo comparada á una rica, nobilísima y aristocrática viuda legitimista que sonríe á la república, papista que no llora el perdido poder temporal de los Papas, que se ha retirado á vivir y á morir tranquila en sus opulentas posesiones, á cuidar de sus incomparables viñedos y á gozar de sus rentas sin miseria y sin despilfarro, sin ruinosos vicios y sin pretenciosas virtudes, sin orgullo de la majestad de su noble raza, pero con la conciencia de la dignidad de su ilustracion y de su bien heredada opulencia.

Hé aquí mi juicio sobre Burdeos, donde empecé mi poema, y de donde salí para París á estudiar mucho que no sabia, y á adquirir algo que me hacia falta para llevar á cabo mi incompleta _Granada_.

XXIII.

París tiene dos fases: es el manicomio de los ingenios y el paraiso de los tontos. En el primero forjan sus grandes elucubraciones todos los grandes locos, que con sus inventos y con sus escritos impulsan hácia el progreso el movimiento social europeo; y en el segundo pierden su tiempo, su salud y su dinero, en el turbion de marionetas, charlatanes, estafadores y mujeres perdidas, que pueblan aquel falso eden á la luz del gas y al son de las orquestas de Mussard y de Straus, todos los imbéciles que de las cuatro partes del mundo acuden como mariposas á quemarse en aquel foco de luz infernal.

De París salen simultáneamente los gérmenes de todo lo bueno y de todo lo malo, sobre todo para nosotros los españoles; que, sea dicho sin que nadie se ofenda, ó aunque se amosque conmigo la mitad de la nacion, solemos tomar casi todo lo malo y poquísimo de lo bueno. Llegué yo á París miéntras ocupaba el trono francés el rey ciudadano Luis Felipe de Orleans, de quien sabian trazar la caricatura todos los chicos de su capital bajo la forma de una pera, cuya régia representacion se veia por todas las paredes y siempre de un parecido maravilloso. No era todavía el París ensanchado, dorado y ámpliamente refundido por el imperio del tercer Napoleon; era todavía su primer teatro la sala de la rue Lepelletier, y no estaba aún cerrada la plaza del Carroussel por la calle de Rivoli: existian aún al frente del Palais-Royal una espesa red de callejuelas, tan conocidas como mal afamadas, y á su espalda los dos famosos restaurants de Befour y de los tres hermanos Provenzales, y se alzaban todavía gárrulos y chillones, en los boulevares du Temple y de Beaumarchais, los cien teatrillos más divertidos del mundo, la Gaité, Follies-Dramatiques, Delassements-comiques, etc., etc.

Asomé yo las narices los dos primeros meses al paraiso de los tontos y, sin dejarme fascinar ni embriagar por sus delicias de contrabando ni por sus huríes sin corazon, me establecí á la puerta del manicomio, haciendo con el editor Baudry un trato poco lucrativo; por el cual fueron mis versos los primeros que de poeta español tuvieron lugar en su magnífica coleccion. Por un puñado de luises y dos carros de libros, le dí el derecho de coleccionar todas las obras por mí hasta entónces escritas, por dos razones que me eran exclusivamente personales; la primera para que mi padre leyera mi nombre en el catálogo de la coleccion de los primeros escritores de Europa; y la segunda porque la extensa venta, el gigantesco anuncio y el renombre universal que ya tenia la coleccion Baudry, me hicieran conocido como poeta fuera de mi patria. A pesar de que mi padre, encerrado en nuestro solar de Castilla, no habia vuelto á darme noticias suyas, esperaba yo que esta prueba honrosa de aprecio de la librería editorial francesa para su hijo, le convenceria, por fin, de que no era menester que me doctorara en Toledo y de que ya no habia razon de cerrarme la casa y los brazos paternos. En esta esperanza viví en París desde Julio a Noviembre, estudiando y trabajando en mi _Granada_ y dividiendo mi tiempo entre las bibliotecas y los teatros, esquivo como en España, á la sociedad banal de las visitas y la chismografía, y un poco en contacto con la sociedad del arte y de las letras.

La redaccion de _La Revista de Ambos Mundos_ me acogió con simpáticos obsequios, y sus redactores Charles Mazzade, Paulino de Lymerac y Xavier Durrieux fueron mis amigos y comensales; y por mi influencia y la de Juan Donoso, que fué despues nuestro embajador, empezaron á publicarse en aquella importante _Revista_ artículos sobre España, en los cuales comenzaba á probarse á los franceses que el Africa no empieza en los Pirineos. Pitre Chevalier, director del _Museo de las Familias_, se empeñó en publicar en él mi retrato y mi biografía, y lo hizo, como francés, sin atender á mis justas y modestas observaciones. Convirtió mis breves notas biográficas en una fantástica novelilla, y Mr. Pauquet, el primer dibujante de aquel tiempo, recibió su órden de retratarme embozado en mi capa española y mirando de perfil al cielo, como un D. Juan Jerezano que espera que se le aparezca su Dulcinea en el balcon para decirla: «por ahí te pudras». No era posible que mi retrato indicara que era de un poeta español, si no tenia capa y si no buscaba con la vista la inspiracion del Espíritu Santo; y aún le quedé agradecido á que no me pusiera una guitarra en la mano, de lo que creo que me libró solo su afan de embozarme.

En aquel retrato, correcta y francamente dibujado, y por aquella biografía, _bizarramente detallada_ á la parisienne, no me conoce la madre que me parió; pero no por eso quedó ménos agradecido el español á la buena intencion del francés.

Trás estos necesarios precedentes, pasemos una rápida ojeada por los últimos y sombríos cuadros de estos mis tristes recuerdos del tiempo viejo.

Entre los conocimientos que hice y renové por entónces en París entre Dumas padre, Jorge Sand (Mme. du Devant), Alfred de Musset y Teophile Gautier; entre embajadores, editores, escritores, emigrados, cómicos y bailarinas; entre Fernando de la Vera, la Rachel, la Rose Chery, Frederik Lemaitre, Giusseppe Multedo, Zariategui y otros emigrados liberales y carlistas, italianos y españoles, se me vino á los brazos uno de estos, el más honrado y divertido andaluz que la tierra de María Santísima y la tenacidad carlista echaron á Francia. Era este D. Fernando Freyre, pariente próximo del general del mismo apellido, adherido no sé muy bien cómo á la corte de Fernando VII, de quien elegia los caballos y para quien iba á buscar los toros; amigo de los ganaderos, amparador de los _diestros_, y el primer inspector de la escuela taurómaca sevillana, institucion de aquel Sr. Rey, que santa gloria haya.

Fernando Freyre no habia sido nada importante ni influyente, ni en la corte huraña y recelosa de las camarillas y apostasías políticas del difunto Rey, ni en la trashumante de D. Cárlos María Isidro de Borbon, segundo Cárlos V en Oñate; pero en ambas habia sido recibido y estimado por todos, incluso por mi padre, porque tenia uno de los mejores corazones y uno de los caractéres más alegres y más iguales del mundo. Realista por conviccion, no transigió nunca con las modernas ideas liberales, ni quiso jamás acogerse á amnistía ni indulto alguno; pero jamás odió, ni esquivó siquiera el saludo, á ningun liberal emigrado ó viajero con quien en tierra extranjera se topara, siendo de todos los españoles sinceramente apreciado y noblemente acogido por los legitimistas franceses. Con apoyo de éstos, no temió ni le avergonzó establecer un pequeño y privado depósito de vinos, pasas, caldos y frutos de Andalucía, que aquellos le compraban; y con los setenta á noventa duros que este oscuro comercio le producia, vivia modesta y honradamente en la mejor sociedad de la _legitimidad_ francesa y de la aristocracia española. Establecido ya de años en París, y encargado por sus amparadores de toda clase de comisiones, era conocido en el comercio y conocia á París, como un _commis-voyageur_ á quien comprar en la tienda ó en el taller, puede producir legal y honrosamente un tanto por ciento más crecido de utilidad. Por uno de estos encargos dimos allí uno con otro, y por las horas buenas que le debo, me complazco en consagrarle cariñosamente estas líneas en mis recuerdos.

Era ya por entónces hombre de más de sesenta años; pero ágil, robusto y colorado, con sus patillas blancas de _boca-é-jacha_ y su sombrero sobre la oreja derecha, corria por las calles _recortando_ los coches y evitándolos apoyándose en la saliente lanza, como quien pone rehiletes de sobaquillo, porque todo lo hacia y lo hablaba á lo torero y lo macareno; y asombraba el verle cruzar los _boulevarts_ sin tropezar ni vacilar entre la multitud de carros, ómnibus y coches que de contínuo los obstruyen. Todo era en él extraño y original; en su negocio no tenia más que un empleado, y éste tenia las más incompatibles cualidades: era polaco, judío, carlista, fiel y discreto; hablaba un castellano aprendido en Vizcaya, tan disparatado como el francés que hablaba Freyre, y entre los dos me decian despropósitos imposibles de reproducir. Yo llamaba tio á Freyre; y cuando mi familia me dejó solo en París, me fuí á vivir al hotel de Italia, frente á la Opera-cómica, en cuyo piso tercero habitaba Freyre un pequeño aposento, compuesto de sala, gabinete y alcoba, y atestado de botellas y cajas. Cuando mi trabajo asíduo y sus compromisos con sus anfitriones nos dejaban libres las noches, comíamos juntos, y las concluíamos en el teatro, en algunos de los cuales tenia yo entradas libres, como escritor extranjero con editor en Francia.

Llegó así Noviembre, y ya tenia yo apalabrados contratos para imprimir mi poema de Granada, y pagábanme ya no escasamente la prosa y los versos que para sus publicaciones de América me pedian, cuando se acordó Dios de mí, como dicen los católicos, enviándome una de esas desventuras que envenenan y enturbian para toda la vida el manantial amargo de la memoria.

Pedíame de Madrid mi primo P., consócio mio, con Rafael X, una cadena de relój igual á otra mia, que era una cinta hecha con mil pequeñísimos cilindros de oro engarzados y giratorios en una red de ejes, de tan prolijo trabajo, como maravillosa flexibilidad. Averiguó Freyre el domicilio del obrero que para el platero los trabajaba, y nos acostamos conviniendo en que á la mañana siguiente muy temprano iríamos á comprar ó á encargar la demandada cadena.

Habíanme regalado en Burdeos un _necessaire_ de ébano fileteado de marfil, que garantizado por una guadamacilada funda de cuero, llevaba yo á la mano y servia en nuestros viajes de escabel á mi mujer. Al levantarme al dia siguiente, híceme la barba segun costumbre con las navajas y ante el espejo de aquel _necessaire_, y llamando Freyre á mi puerta y dándome prisa, porque él la tenia de acudir á sus negocios despues que al mio, vestíme apresuradamente y partí con él; dejando las navajas sobre el velador y el espejo colgado en la escarpia, que para ello tenia puesta á mi altura en el marco de la vidriera.

Fuimos hasta el final del Faubourg de San Dionisio; hallamos y compramos el objeto pedido, acompañé á Freyre á tres ó cuatro puntos que tenia que recorrer, y volvimos juntos al hotel de Italia.

Pedimos al conserje nuestras llaves, pero la mia no estaba en el llavero; en vez de dejarla en él al salir, me la habia llevado en el bolsillo. Al entrar en mi cuarto, exclamó Freyre: «Mal agüero, zobrino: aquí han andado loz menguez en auzencia nueztra: mira:»--y me mostró el espejo hendido trasversalmente de arriba á abajo.--Reíme yo de su supersticiosa observacion, y llamé al camarero; el cual respondió á mis reclamaciones diciendo, que ni él habia podido _hacer_ mi cuarto, ni nadie entrar en él, porque yo no habia dejado la llave en la conserjería.

«¡Mal agüero, zobrino, mal agüero!» Seguia Freyre rezungando entre dientes, y yo, que no creo más que en Dios, le hice observar que al cerrar la puerta de golpe, la vibracion de las vidrieras produjo probablemente el choque y rotura del espejo; y que teniendo los dueños de los hoteles dobles llaves por mandato expreso de la policía, tal vez el no haber yo dejado la mia llamó la atencion, abrieron sin precauciones la puerta y ocasionaron el fracaso.

Freyre tragó como pudo mi explicacion; y teniendo ambos el dia libre, nos fuimos á almorzar á la taberna inglesa de la calle de Richelieu, con la intencion de ir á las dos al hipódromo del Arco de la Estrella.

Almorzamos tranquilamente, y habiendo encontrado Freyre en el fondo de una botella de Chambertin, un raudal de andaluza verbosidad y un tesoro de alegría juvenil, salíamos cruzando el patio como estudiantes que hacen novillos, cuando dimos de manos á boca con un sobrino del banquero A. B., que en el piso principal de aquella casa tenia su escritorio establecido. «Del cielo me caen Vds.--exclamó al vernos--y me ahorran un viaje. Hace dos dias que tenemos una carta de España para el Sr. Zorrilla, y á llevársela iba; por cierto que trae luto y la apostilla de urgente. Aquí está.»

Y presentóme la carta, que me hizo palidecer. Era de mi padre y revelaba en sus cuatro líneas su extraño carácter, y lo más dolorosamente extraño de nuestras relaciones.

Decia:

«Pepe, tu pobre madre ha fallecido hoy á las tres de la madrugada; tú verás si te conviene venir á consolar á tu afligido padre

José.»

No puedo decir lo que sentí ni lo que hice en aquel momento.

Aquella noche rompí mis contratos y retiré las palabras dadas á los editores franceses; y á la mañana siguiente, rompiendo con mi porvenir, emprendí mi vuelta á España y al paterno hogar, cuyas puertas me abria la muerte por la tumba del sér más querido de mi corazon.

Dejé á Freyre llorando en la estacion, y repitiendo lo que desde el dia anterior le habia oido rezungar muchas veces por lo bajo: «Sí, dicen bien las gitanas de Triana: que el diablo ez quien inventó loz ezpejoz, y que anda ziempre entre el azogue é zuz criztalez.»

Yo partí viendo á través de mi espejo roto el rostro adorado del cadáver de mi madre, cuyo último suspiro no me habia permitido recoger Dios.

XXIV.

Tenia mi padre gran fuerza de voluntad y absoluto dominio sobre sí mismo; pero no pudo dominar su emocion en el momento de volverme á ver en su casa y por tan doloroso motivo. Nos abrazamos llorando: él fué el primero que se repuso y volvió á la prosáica realidad de la vida.--«Vienes muy cansado:--me dijo--no agravemos el mal que no tiene ya remedio. Come y reposa: la naturaleza es un tirano irresistible: tenemos tánto tiempo como razones para contristarnos; pero en este instante nuestro dolor está endulzado por la alegría, y no podemos ni alegrarnos ni condolernos, sin asustarnos de nuestra alegría como de nuestra pena.»

Y era verdad; los recuerdos alegres de la niñez que poblaban aquella casa, la satisfaccion de volver á respirar en aquellos aposentos, la vista de aquellos muebles tan conocidos, el servicio de aquellos antiguos criados tan leales, y la presencia, en fin, de mi padre, tan firme, tan erguido y tan vigoroso, que iba y venia dando á aquellos las órdenes necesarias, me tenian en un estado de arrobamiento que me impedia darme cuenta de mí mismo; me sentia tan impulsado á llorar como á reir; y la imágen de mi madre muerta se me ocultaba y casi desaparecia tras de mi padre vivo. Acompañóme éste durante un ligero almuerzo que preparado me tenia; me habló del estado en que habia hallado sus viñas, de las mejoras que habia hecho en el cultivo de los viñedos y de las que necesitaba la casa; ni una palabra de mi madre; ni la más leve alusion á mi vida pasada: ni la más mínima esperanza para el porvenir. Yo volvia á casa de mi padre, no á la mia; así lo habia yo entendido, y volvia resuelto á respetar todos los derechos y á acatar todas las disposiciones de mi padre, sin permitirme la más nimia observacion: puesto que al abandonar á mi familia en 1836, habia yo renunciado á todos mis derechos de hijo y de heredero, dando á mi padre el de hacer de su hacienda lo que más á cuenta le viniere, como si Dios le hubiera quitado por muerte natural el hijo que civilmente murió, al fugarse del paterno hogar en brazos de su locura. Tal era mi respeto por mi padre, tales la justicia y las facultades omnímodas con que yo mismo le habia investido; y si le hubiera dado por ser jugador y vicioso, yo me hubiera empeñado y vendido á Satanás por pagar sus deudas ó mantener sus concubinas. Yo no le pedia, al volver á mi casa, más que un poco de cariño y el perdon de aquellos dramas y leyendas mias, por los cuales habia tirado por la ventana las Pandectas y las Novelas de Justiniano.

Y fueron transcurriendo los dias, y fuéme él llevando á ver las bodegas y los plantíos; y mostróme deseos de adquirir unos solares de casas quemadas por los franceses, que lindaban con la nuestra por Mediodía y Poniente, con lo cual se la añadiria un amplio jardin cercado, logrando hacer de ella la mejor y más cómoda de muchas leguas á la redonda; y como me diese á entender que las dos cosas que le hacian desistir de la adquisicion de aquellos solares eran, la primera, que yo no querria venir á vivir allí nunca, y la segunda, que él no estaria ya nunca sobrado de dineros; porque el laboreo de las fincas y algunos atrasos contraidos en sus seis años de emigracion absorberian todas sus rentas, ofrecíle yo la suma de que menester hubiese; asegurándole que mi única ambicion era la de vivir allí con él y hacerle lo más agradable posible aquella mansion, con la cual habia soñado siempre, y la cual me habia siempre imaginado como un oasis de reposo en el desierto de mi vida de trabajo y de abnegacion.

No creí, me dijo, que tal pensaras; pero si es como dices, voy á decirte lo que sé y pienso: ni los dueños de esos solares, ni nosotros, que queremos adquirirlos, sabemos bien, ellos lo que van á vender y nosotros lo que vamos á comprar. Escucha.

Fuí yo uno de los jefes del batallon de estudiantes Palentinos que contra los franceses se levantó á fines de 1808. Una noche, sabiendo que avanzaba una division, nos emboscamos en el puente con aquella audacia inconsciente que nos hizo hacer lo que á pensarlo y comprenderlo no hubiéramos hecho. Al amanecer apareció una descubierta de coraceros, que con aquella confianza petulante que perdió á los franceses de Napoleon en España, entró sin precauciones en el largo y tortuoso puente de veintiseis ojos, que enlaza las dos riberas del rio y el camino real con esta villa. La vanguardia venia aún muy léjos, veiamos apenas el polvo que levantaba. Los coraceros y sus caballos nos sintieron debajo de ellos ántes de haber podido vernos enfrente; y encabritándose los caballos y empujando nosotros por los piés á los ginetes, calzados con grandes é inflexibles botas, los arrojamos al agua desequilibrándoles con el peso de sus cascos y sus corazas. Algunos de los últimos, que volvieron grupas, dieron la alarma á los de la vanguardia; pero cuando llegaron al puente, no hallaron más que algunos muertos y apercibieron en el agua algunos ahogados, cuyos cadáveres arrastraba la corriente. Los estudiantes montados en sus caballos y armados con sus carabinas, entrábamos en el páramo sin temor de que nos siguiesen.

Pero pegaron fuego á Torquemada; y ese terreno elevado que desde el balcon estás viendo, cubre los escombros de cinco casas, cuyos cimientos y primer piso eran de piedra labrada, que nadie ha desenterrado.

Hay además cegados cinco pozos de los cinco corrales á cada casa anejos; y entónces todo castellano que huia al monte, echaba al pozo la poca plata y alhajas que poseia; no habrá ahí riquezas, pero sí plata y piedra para indemnizar el desembolso del comprador.

No podia yo permanecer en Torquemada, y al cabo de un mes volví á Madrid. Acababa de establecerse en la corte la sociedad editorial _La Publicidad_, de la cual era uno de los directores D. Joaquin Francisco Pacheco, quien ya he dicho que con Donoso Cortés y Pastor Diaz habia sido mi primer amigo y amparador. Propuse la compra de la propiedad de mi _Granada_; y en dos mil duros por tomo, cerré y firmé el contrato, debiendo presentar mi manuscrito por medios tomos y cobrar mil duros por cada mitad.

Empecé á enviar dinero á mi padre, que con él compró los solares, pero no los tocó; intactos los hallé yo al verano siguiente, cuando invitado por él fuí con mi mujer á hacerle compañía.

Mi padre ofreció á ésta las llaves y el gobierno de la casa; yo me opuse diciéndole que su ama de llaves y sus criados eran de su completa confianza, y que mi mujer y yo no éramos más que unos huéspedes por aquel verano.

Pagóse mi padre y más su servidumbre de aquella confianza nuestra; comencé yo á convertir el corral en jardin, y gozaba mi padre viéndome cavar y trasplantar frutales, y abrir arriates para las flores. No hice yo de aquel corralon de lugar un jardin de Falerina; pero al ménos veíase desde los balcones algo muy diferente del muladar en que convierten sus corrales los labriegos descuidados de nuestra mal cuidada Castilla.