Part 12
Corria la temporada cómica del 43 al 44: Cárlos Latorre habia trabajado en Barcelona, y Lombía solo sostenido el teatro de la Cruz con su compañía, para la cual habia yo escrito aquel año tres obras dramáticas: _El Molino de Guadalajara_, drama estrambótico y fatalista, en el cual Lombía hizo un tartamudo de mi cosecha: papel erizado de dificultades inútiles, que él superó con una paciencia y un estudio que no sabré yo nunca ponderar ni agradecer, y cuyo tercer acto hicieron él, la Juana Perez, Azcona y Lumbreras de una manera inimitable; que fué lo que hizo el éxito de aquella mi extravagante elucubracion, forjada con tan heterogéneos elementos.
La Juanita, disfrazada de sobrino del molinero, cantando la cancion de Iradier para dormir á Azcona, arrancó aplausos hasta de las bambalinas; pero repito que el éxito de esta obra se debió al esmero con que los actores la representaron, y al gasto con que la empresa la decoró; pagando además las palomas, los versos y las flores que sus amigos, y no el público, me arrojaron la primera noche. Lombía no se descuidaba, y era preciso que las obras que yo para él escribia no tuvieran éxito inferior á las de Latorre.
_La mejor razon la espada_, refundicion ó rapsodia de _Las travesuras de Pantoja_, fué otro de mis triunfos de aquel año; pero no hay para qué alabarme por él, puesto que lo que en aquella obra vale algo es de Moreto, y no mio.
En Febrero del 44 volvió Cárlos Latorre á Madrid, y necesitaba una obra nueva: correspondíame de derecho aprontársela, pero yo no tenia nada pensado y urgia el tiempo: el teatro debia cerrarse en Abril. No recuerdo quién me indicó el pensamiento de una refundicion del _Burlador de Sevilla_, ó si yo mismo, animado por el poco trabajo que me habia costado la de _Las travesuras de Pantoja_, dí en esta idea registrando la coleccion de las comedias de Moreto; el hecho es que, sin más datos ni más estudio que _El burlador de Sevilla_, de aquel ingenioso fraile y su mala refundicion de Solís, que era la que hasta entónces se habia representado bajo el título de _No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague_ ó _El convidado de piedra_, me obligué yo á escribir en veinte dias un _Don Juan_ de mi confeccion. Tan ignorante como atrevido, la emprendí yo con aquel magnífico argumento, sin conocer ni _Le festin de Pierre_, de Molière, ni el precioso libreto del abate Da Ponte, ni nada, en fin, de lo que en Alemania, Francia é Italia habia escrito sobre la inmensa idea del libertinaje sacrílego personificado en un hombre: Don Juan. Sin darme, pues, cuenta del arrojo á que me iba á lanzar ni de la empresa que iba á acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazon humano; sin estudios sociales ni literarios para tratar tan vasto como peregrino argumento; fiado sólo en mi intuicion de poeta y en mi facultad de versificar, empecé mi _Don Juan_ en una noche de insomnio, por la escena de los ovillejos del segundo acto entre D. Juan y la criada de doña Ana de Pantoja. Ya por aquí entraba yo en la senda de amaneramiento y mal gusto de que adolece mucha parte de mi obra; porque el ovillejo, ó séptima real, es la más forzada y falsa metrificacion que conozco: pero afortunadamente para mí, el público, incurriendo despues en mi mismo mal gusto y amaneramiento, se ha pagado de esta escena y de estos ovillejos, como yo cuando los hice á oscuras y de memoria en una hora de insomnio. Escribílos á la mañana siguiente para que no se me olvidaran y engarzarlos donde me cupieran; y preparando el cuaderno que iba á contener mi _Don Juan_, puse en su primera hoja la acotacion de la primera escena, poco más ó ménos como habia hecho en _El puñal del godo_, sin saber á punto fijo lo que iba á pasar ni entre quiénes iba á desarrollarse la exposicion. Mi plan en globo, era conservar la mujer burlada de Moreto, y hacer novicia á la hija del Comendador, á quien mi D. Juan debia sacar del convento, para que hubiese escalamiento, profanacion, sacrilegio y todas las demás puntadas de semejante zurcido. Mi primer cuidado fué el más inocente, el más vulgar, el más necesario á un autor novel: el de presentar á mi protagonista, á quien puse enmascarado y escribiendo, en una hostería y en una noche de Carnaval; es decir, en el lugar y el tiempo que creia peores un colegial que todavía no habia visto el mundo más que por un agujero; y para calificar á mi personaje, lo más pronto posible, como temiendo que se me escapara, se me ocurrió aquella hoy famosa redondilla:
«¡Cuál gritan esos malditos! pero mal rayo me parta si en acabando mi carta no pagan caros sus gritos.»
La verdad sea dicha en paz y en gracia de Dios; pero al escribir esta cuarteta, más era yo quien la decia que mi personaje D. Juan; porque yo todavía no sabia qué hacer con él, ni lo qué ni á quién escribia: así que comencé á hacer hablar á los otros dos personajes que habia colocado en escena, sólo porque lógicamente lo requeria la situacion: el dueño de la hostería, y el criado del que en ella habia yo metido á escribir.
La prueba más palpable de que hablaba yo en ella y no D. Juan, es que los personajes que en escena esperaban, más á mí que á él, eran Ciutti, el criado italiano que Jústiz, Allo y yo habíamos tenido en el café del Turco de Sevilla, y Girólamo Buttarelli, el hostelero que me habia hospedado el año 42 en la calle del Cármen, cuya casa iban á derribar, y cuya visita habia yo recibido el dia anterior. Ciutti era un pillete, muy listo, que todo se lo encontraba hecho, á quien nunca se encontraba en su sitio al primer llamamiento, y á quien otro camarero iba inmediatamente á buscar fuera del café á una de dos casas de la vecindad, en una de las cuales se vendia vino más ó ménos adulterado, y en otra carne más ó ménos fresca. Ciutti, á quien hizo célebre mi drama, logró fortuna, segun me han dicho, y se volvió á Italia.
Buttarelli era el más honrado hostelero de la villa del Oso: su padre Benedetto vino á España en los últimos años del reinado de Cárlos III, y se estableció en aquella hoy derribada casa de la calle del Cármen, cuya hostería llevaba el nombre de la Vírgen de esta advocacion, y en donde yo conocí ya viejo á su hijo Girólamo, el hostelero de mi _Don Juan_. Era célebre por unas chuletas esparrilladas, las más grandes, jugosas y baratas que en Madrid se han comido, y tenia vanidad Buttarelli en la inconcebible prontitud con que las servia. Tenian las tales chuletas no pocos aficionados; y con ellas y con unos _tortellini_ napolitanos se sostenia el establecimiento. Viví yo seis meses alojado en el piso segundo de su hostería, tratado á cuerpo de rey por un duro diario, y allí tuve por comensales á Nicomedes Pastor Diaz y á su hermano Felipe, á García Gutierrez, á Eugenio Moreno Lopez y á otros muchos á quienes gustaban los _tortellini_ y las chuletas de Buttarelli. Este buen viejo, desanidado de su vieja casa, murió tan pobre como honrado y desconocido, y de él no queda más que el recuerdo que yo me complazco en consagrarle en estos mios de aquel tiempo viejo.
Por lo dicho se comprende fácilmente que no podia salir buena una obra tan mal pensada; pero no quiero decir aquí lo que de ella pienso, porque tengo determinado decirlo en un libro que se titula _Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor_, publicado á fines de un mes de Octubre, para que el público tenga presente mi opinion al asistir en Noviembre á sus obligadas representaciones; en nuestro país nadie se acuerda en el mes de Octubre de lo dicho en el mes de Mayo.
Haré sin embargo brevísimas observaciones sobre mis más pasaderos descuidos, para probar tan sólo la ligereza imprevisora y la falta de reflexion con que mi obra está escrita.
Pero ántes de todo voy á responder á algunas objeciones á que da lugar la severidad de mis juicios. No hablo con la crítica racional, sinó con la malevolencia, la envidia y la necedad, que no dejarán de decir:
1.º Que insulto al público criticando y dando por mediana una obra que aplaude hace treinta y seis años.--No.
2.º Que soy ingrato y mal español, despreciando la reputacion fabulosa que por mi _Don Juan_ me ha acordado.--Tampoco.
3.º Que de lo que con mi crítica trato, es de perjudicar á mis editores y á las empresas, porque no me dan parte de los productos de mis obras.--Mucho ménos.
A lo primero, respondo que mi _Don Juan_, tal como está, tiene condiciones para merecer el favor de que goza; pero al cabo de treinta años es natural que un autor reconozca los defectos de una obra, lo cual no implica ni sombra de pensamiento injurioso para el público que la aplaude, reconociendo como él sus defectos: es decir la parte inteligente del público, porque el vulgo no es nunca juez competente ni aceptable ni aceptado en materias literarias.
A lo segundo, que el no ser vanidoso, no es ser ingrato, y el aceptar con modestia lo que me corresponda solamente de gloria por lo bueno de mi obra, no es despreciar mi popularidad, sinó aceptarla con justa medida en lo que vale. Y aquí me ocurre una observacion, y es, que si un vanidoso hubiera en mi lugar escrito mi _Don Juan Tenorio_ y alcanzado el éxito colosal que yo con el mio, hubiera sido probablemente necesario echarle de España ó encerrarle en un manicomio; porque hubiera querido ser ministro de Hacienda, gobernador de Cuba y tener estátuas en vida.
Y á lo tercero, que en lugar de intentar accion alguna retroactiva contra mis editores, poseedores legales de la propiedad de mi _Don Juan_ en época en que aún no existia la ley de propiedad literaria, en vez de dirigirme contra ellos, al ver que Dios alargaba mi vida más de lo que yo esperaba, me dirigí francamente al Gobierno, diciéndole: «Mi _Don Juan_ produce un puñado de miles de duros anuales á sus editores, y mantengo con él en la primera quincena de Noviembre á todas las compañías de verso en España; pero como tu ley no tiene efecto retroactivo, no por el mérito de mi obra, sinó por lo que á los demás produce, no me dejes morir en el hospital ó en el manicomio.»
El Gobierno, teniendo por razonable mi demanda, me dió pan y con él me he contentado.
Pero reclamo el derecho de ver y reconocer los defectos de mi obra; Revilla y otros críticos juiciosos los han indicado ya, con la opinion de que deben corregirse y de que su autor está, no sólo en el derecho, sinó en la obligacion de refundirla. Mi obra tiene una excelencia que la hará durar largo tiempo sobre la escena, un génio tutelar en cuyas alas se elevará sobre los demás Tenorios; la creacion de mi doña Inés cristiana: los demás Don Juanes son obras paganas; sus mujeres son hijas de Vénus y de Baco y hermanas de Priapo; mi doña Inés es la hija de Eva ántes de salir del Paraíso; las paganas van desnudas, coronadas de flores y ébrias de lujuria, y mi doña Inés, flor y emblema del amor casto, viste un hábito y lleva al pecho la cruz de una Orden de caballería. Quien no tiene carácter, quien tiene defectos enormes, quien mancha mi obra es D. Juan; quien la sostiene, quien la aquilata, la ilumina y la da relieve es doña Inés; yo tengo orgullo en ser el creador de doña Inés y pena por no haber sabido crear á D. Juan. El pueblo aplaude á éste y le rie sus gracias, como su familia aplaudiria las de un calavera mal criado; pero aplaude á doña Inés, porque ve tras ella un destello de la doble luz que Dios ha encendido en el alma del poeta: la inteligencia y la fé. D. Juan desatina siempre, doña Inés encauza siempre las escenas que él desborda.
Desde la primera escena, ya no sabe D. Juan lo que se dice; sus primeras palabras son:
Ciutti... este pliego irá dentro del orario en que reza doña Inés á sus manos á parar.
¡Hombre, no! en el orario en que rezará, cuando usted se lo regale; pero no en el que no reza aún, porque aún no se lo ha dado Vd. Así está mi D. Juan en toda la primera parte de mi drama, y son en ella tan inconcebibles como imperdonables sus equivocaciones hasta en las horas. El primer acto comienza á las ocho; pasa todo: prenden á D. Juan y á D. Luis; cuentan cómo se han arreglado para salir de su prision: preparan don Juan y Ciutti la traicion contra D. Luis, y concluye el acto segundo diciendo D. Juan:
A las nueve en el convento, á las diez en esta calle.
Relój en mano, y habia uno en la embocadura del teatro en que se estrenó, son las nueve y tres cuartos; dando de barato que en el entreacto haya podido pasar lo que pasa. Estas horas de doscientos minutos son exclusivamente propias del relój de mi D. Juan. En el tercer acto se oye el toque de ánimas; yo tengo en mis dramas una debilidad por el toque de ánimas; olvido siempre que en aquellas épocas se contaba el tiempo por las horas canónicas; y cuando necesito marcar la hora en la escena, oigo siempre campanas, pero no sé dónde, y pregunto qué hora es á las ánimas del purgatorio. La unidad de tiempo está _maravillosamente_ observada en los cuatro actos de la primera parte de mi _D. Juan_, y tiene dos circunstancias especialísimas; la primera es milagrosa, que la accion pasa en mucho ménos tiempo del que absoluta y materialmente necesita; la segunda, que ni mis personajes ni el público saben nunca qué hora es.
En el final, D. Juan trae á los talones toda la sociedad representada en el novio de la mujer por engaño desflorada, en el padre de la hija robada y en la justicia humana, que corren gritando justicia y venganza trás el seductor, el robador y el sacrílego: en aquella situacion está el drama; por el amor de doña Inés, va á matar á su padre y á D. Luis, y tiene preparada su fuga y el rapto en un buque de que habla Ciutti; pues bien, en esta situacion altamente dramática, aquel enamorado que por su pasion ha atropellado y está dispuesto á atropellar cuanto hay respetable y sagrado en el mundo, cuando él sabe muy bien que no van á poder permanecer allí cinco minutos, no se le ocurre hablar á su amada más que de lo bien que se está allí donde se huelen las flores, se oye la cancion del pescador y los gorjeos de los ruiseñores, en aquellas décimas tan famosas como fuera de lugar: doña Inés las encarrila desarrollando á tiempo su amor poético y su bien delineado carácter, en las redondillas mejores que han salido de mi pluma.
De la desatinada ocurrencia mia de colocar en tan dramática situacion tan floridas décimas, resulta que no ha habido ni hay actor que haya acertado ni pueda acertar á decirlas bien. El público, que se las sabe de memoria, le espera en ellas como el de un circo á un clown que va á dar el doble salto mortal: si el actor, verdadero y concienzudo artista, las quiere dar la suavidad, la ternura, la flexibilidad y el cariño que sus suaves, cariñosas y rebuscadas palabras exigen... ¡ay de mí! como aquellas décimas no fueron por mí escritas acendrándolas en el crisol del sentimiento, sinó exhalándolas en un delirio de mi fantasía, resulta su expresion falsa y descolorida por culpa únicamente mia; que me entretuve en meter á la paloma y á la gacela, y á las estrellas y á los azahares en aquel duo de arrullos de tórtolas, en lugar de probar en unos versos ardientes, vigorosos y apasionados la verdad de aquel amor profundo, único, que celeste ó satánico, salva ó condena; obligando á Dios á hacer aquellas famosas maravillas que constituyen la segunda parte de mi _D. Juan_.
Si el actor, pasando sobre su conciencia y haciendo caso omiso de la del autor y de su deber de imponerse al vulgo, por dar gusto á éste y arrancar un aplauso, las declama á gritos y sombrerazos como se hace hoy por nuestros más roncos y aplaudidos actores... el aplauso estalla, es verdad; pero ¿á quién pertenece? Al actor, no; porque al exponerse á arrojar por la boca los pulmones arroja con ellos al sentido comun por encima de la batería del proscenio, en cambio del aplauso de los engañados espectadores: al poeta, tampoco; porque aquellas palmadas resultan poco ménos que bofetadas para él, á quien jamás pudo ocurrírsele que tuvieran que ahullarse y berrearse unas décimas tan artificiosas y tan mal traidas, pero forjadas con los más poéticos pensamientos y expresadas con las más suaves, armónicas y cariñosas palabras.
¿Qué quiero yo decir con esto? ¿Que los actores no saben representar mi _D. Juan Tenorio_? No: quiero decir que _en mala situacion no hay actor bueno_; que obra mia es aquella situacion mala; y que yo, que no transijo con mi conciencia al juzgar mis obras, no transijo con los actores que transigen con la suya en las mias.
¿Intento yo, como se ha supuesto, al decir la verdad sobre mi _D. Juan_, y al hablar con tal ingenuidad de mí mismo, desacreditar mi obra y conspirar contra su representacion y éxito anuales, por el inútil y villano placer de perjudicar á mis editores y á los empresarios y actores, porque la propiedad de mi obra no me pertenece?
Estúpida ó malévola suposicion. _D. Juan Tenorio_, que produce miles de duros y seis dias de diversion anual en toda España y las Américas españolas, no me produce á mí un solo real; pero, me produce más que á ningun actor, empresario, librero ó especulador: porque la aparicion anual de mi _D. Juan_ sobre la escena, constituye á su autor su fénix que renace todos los años. _D. Juan_ no me deja ni envejecer ni morir: _D. Juan_ me centuplica anualmente la popularidad y el cariño que por él me tiene el pueblo español: por él soy el poeta más conocido hasta en los pueblos más pequeños de España y por él solo no puedo ya en ella morir en la miseria ni en el olvido: mi drama _D. Juan Tenorio_ es al mismo tiempo mi título de nobleza y mi patente de pobre de solemnidad: cuando ya no pueda absolutamente trabajar y tenga que pedir limosna, mi _D. Juan_ hará de mí un Belisario de la poesía: y podré sin deshonra decir á la puerta de los teatros: «dad vuestro óbolo al autor de _D. Juan Tenorio_,» porque no pasará delante de mí un español que no nos conozca ó á mí ó á él.
¿Cómo, pues, he de anhelar yo desprestigiar, ni desterrar del teatro á mi venturoso desvergonzado _Don Juan_, que es el sér de mi sér y la única esperanza de mi porvenir?
Pero ¿qué intereses ataca, qué amor propio ofende el modesto conocimiento de sí mismo que el autor del tal _D. Juan_ manifiesta al juzgar su obra, cuando ha tenido treinta y tres años para estudiarla? ¿cuando, _velis nolis_, le han hecho presenciar ochenta veces su representacion, durante la cual, á no haber sido de piedra como su estátua del Comendador, tiene forzosamente que haberla visto y héchose cargo de cómo pasa lo que en ella sucede?
¿Seria posible, aunque para mí inconcebible seria, que se ofendiera la crítica de que yo, á mis sesenta y cuatro años, al ajustar cuentas con mi conciencia, dijera de mi _D. Juan_ lo que ella ó por consideracion al autor ó por no atreverse á ir contra la corriente de la opinion, no ha dicho en los mismos treinta y tres años? Es imposible; la crítica tiene que ser hidalga y leal en España, como lo es su pueblo, y no puede tornarse nunca en injusta, corrigiendo sólo al autor, no concediéndole ni permitiéndole nada, ni áun reconocer y corregir sus defectos, sin corregir el mal gusto, cuando estravía los juicios del público y el arte de los actores, ocasionando los escesos y faltas de las empresas: todo lo cual constituye lo que se llama el teatro: que no es sólo la palabra escrita del poeta.
Dejémoslo aquí. Con todo lo dicho y lo que por decir me queda, no he pretendido más que alegar el derecho y la obligacion que tengo de ser modesto confesando mis defectos y errores, para que ni mis contemporáneos que me aplauden, ni la posteridad si de mí se acuerda, tengan motivo dado por mí en que apoyarse, para creer que yo vivo hinchado y esponjado como el pavon y sueño conmigo mismo cuando duermo, por la vanidad de ser quien soy, y de haber hecho y escrito lo que he escrito y hecho.
Y si hay alguno que me envidia el ser autor del _Don Juan_, ¡ojalá pudiera yo traspasárselo para que gozara en mi lugar las consecuencias de haberlo escrito!
La veracidad de mi opinion sobre esta obra la expresé muy claramente y de todo corazon en las últimas redondillas de las que leí en un beneficio que con él me dió Ducazcal en el teatro Español el año pasado, que inserto aquí para concluir, y por creer que aquí tienen su legítimo puesto y lugar.
En los años que han corrido desde que yo le escribí, miéntras que yo envejecí mi _Don Juan_ no ha envejecido:
Y fama tal por él gozo que se cree, á lo que parece, porque _Don Juan_ no envejece, que yo he de ser siempre mozo:
Y hoy el bravo Ducazcal os anuncia en su cartel que he de hacer aquí un papel, que tengo que hacer ya mal.
Yo no soy ya lo que fuí: y viendo cuán poco soy, dejo á los que más son hoy pasar delante de mí;
Pues por Dios, que por más brava que sea mi condicion, la fiebre rinde al leon, la gota la piedra cava.
Aún latir mis brios siento: pero es ya vana porfía, no puedo ya la voz mia pedirle otra vez al viento:
Y á quien me lo quiere oir, digo años há por do quier, que pierdo el sér de mi sér y que me siento morir;
Pero nadie me hace caso por más que hablo á voz en grito, porque este _Don Juan_ maldito por do quier me sale al paso;
Y ni me deja vivir en el rincon de mi hogar, ni deja un año pasar sin dar de mí qué decir.
Yo me apoco dia á dia, y este bocon andaluz, á quien yo saqué á la luz sin saber lo que me hacia,
me viste con su oropel y á luz me saca consigo; por más que á voces le digo que ir no puedo á par con él.
Mas tánto favor os debo por él, que en verdad me obliga á que algo esta noche os diga de este insolente mancebo.
Oid... es una leyenda muy difícil de contar, porque tiene algo á la par de ridícula y de horrenda:
una historia íntima mia. Yo era en España querido y mimado y aplaudido... y me huí de España un dia.
Vivia á ciegas y erré: y una noche andando á oscuras tropecé en dos sepulturas, y de Dios desesperé.
Emigré: me dí á la mar; y esperando en el olvido una muerte hallar sin ruido, en América fuí á dar.
No llevando allá negocio ni esperanza á qué atender, al tiempo dejé correr en la oscuridad y el ócio.
Once años anduve allí vagando por los desiertos, contándome con los muertos y sin dar razon de mí.
Los indios semi-salvajes me veian con asombro ir con mi arcabuz al hombro por tan agrestes parajes;
y yo en saber me gozaba que nadie que me veia allí, quién era sabia el que por allí vagaba;
y esperé que de aquel modo de mí y de mi poesía como yo se olvidaria á la fin el mundo todo.
Mi nombre, pues, con intento de dejar perder, y en suma sin papel, tinta, ni pluma, ni libros ya en mi aposento,
bebia en mi soledad de mis pesares las heces: mas tenia que ir á veces del desierto á la ciudad.
Vivo el cuerpo, el alma inerte, á caballo y solo, iba como una fantasma viva, sin buscar ni huir la muerte.
Y hago aquí esta narracion porque sirva lo que digo á mis hechos de castigo, y á modo de confesion.
Sobre mí á un anochecer un nublado se deshizo, y entre el agua y el granizo me dejó una hacienda ver.
Eché á escape y me acogí de la casa entre la gente, como franca lo consiente la hospitalidad allí.
Celebrábase una fiesta: que en aquel país no hay dia que en hacienda ó ranchería no tengan una dispuesta;
y son fiestas extremadas allí por su mismo exceso, de las hembras embeleso, de los hombres emboscadas.
Y á no ser de mi leyenda por no cortar la ilacion, hiciera aquí descripcion de una fiesta en una hacienda,
donde nadie tiene empacho de usar á gusto de todo; porque son fiestas á modo de las bodas de Camacho.
Allí acuden sin convite buhoneros, comerciantes y cirqueros ambulantes; sin que á nadie se le quite