Recuerdos Del Tiempo Viejo

Part 11

Chapter 114,060 wordsPublic domain

Bebíamos y hablábamos del estado de la huerta, de lo que yo hacia en Madrid, y de lo que pensaba hacer en adelante; de lo que él habia hecho en Génova y en algunas otras partes del mundo por tierra y mar. De mi manera de vivir debió comprender él muy poco, por ser para él los versos despreciable capital y mezquino género de comercio; y de lo que él habia hecho no comprendia yo tampoco mucho; porque además de que me lo contaba por terceras partes, en dialecto genovés, en italiano y en español, formulaba su narracion con tales circunloquios y digresiones, que tan pronto llevaba mi atencion por el mar, en un buque que iba y volvia á no recuerdo qué puntos de América; como por entre los fardos, las cuentas y las disputas de una casa de tráfico en un puerto del Mediterráneo; ya me hablaba de los granaderos de Nápoles y de una campaña de Italia, ya de un barco pirata y de encuentros con los contrabandistas de la montaña; ya de una casa tranquila y pintoresca de la campiña de Livorno, cuyo interior tenian hecho un cielo una hija y tres nietas como pintadas por Rafael: ya de una especie de génio siniestro de su familia que habia enterrado vivas á todas aquellas mujeres... y yo le escuchaba mirándole, á través del manzanilla sin duda, ya soldado, ya pirata, contrabandista, comerciante, padre, marido y abuelo de aquellos séres, que, tan hermosos como desventurados, pasaban todos por delante de mí, y saludándome bajo la forma de aquella _Stella_, que acababa de aparecer y desaparecérseme en el portalon de la extraña casa de maese Ménico Maggiorotti.

Esta era mi idea fija, y la única clara que en el turbio cristal de mi mente se dibujaba; en cuanto el más mínimo intervalo de aspiracion ó reposo del viejo Ménico me lo permitia, intercalaba yo mi eterna pregunta--«_¿y Stella?_»--á la cual oponia él tenazmente su eterna respuesta--«mi nieta: mi última nieta»--y continuaba bebiendo y hablando, y yo contemplando su enorme boca, ya jurando en genovés, ya dilatándose en homéricas carcajadas; y sentíame fascinado por aquellos dos ojos que brillaban inquietos y chispeantes bajo el toldo blanco de sus nunca recortadas cejas. A veces enjugaba una lágrima con un pañuelo de algodon, que sacaba y metia rápida y facilísimamente de un bolsillo, en el cual cabria con comodidad una pieza entera de doce pañuelos; y á veces dando un formidable puñetazo sobre la desvencijada mesa, hacia saltar en ella el jarro, las cañas y mis rollos de duros envueltos y anudados en mi pañuelo de batista, sobre el cual ponia él su mano como único objeto de que habia que cuidar, diciendo «mi scusi... ma...» y miraba al cielo cerrando el puño. Yo, asegurando tambien por instinto mi dinero, aprovechaba aquel respiro para dirigirle mi eterna pregunta--«_¿y Stella?_»--y él exclamó al fin levantándose y apabullándose de través su sombrero hasta las orejas:--«¡Dio santo! ¡Stella... Stella!--¡Sventurata! ¡Condamnata á morte comme tutte le altre!»

Habia yo llegado á aquel período en que el mundo baila y gira en torno del mal bebedor, y al levantarse el signor Ménico, quise tambien ponerme derecho; pero al levantarme comprendí que mis piés no podian cómodamente con mi cabeza. Dióme el brazo maese Ménico; metióme el pañuelo de duros en el bolsillo izquierdo de atrás de mi levita; y arrollando este bolsillo en el faldon correspondiente, me lo colocó bajo el brazo izquierdo, y diciéndome en su galimatías:--«Niente, niente: en diez minutos se pasa todo: tenga firme el brazo, ed avanti sempre: questo vino non é che fummo.»

Me sacó á la calle, me acompañó no sé hasta dónde; y yo, sintiendo reirse y danzar al rededor mio la gente, la muralla, los árboles, las fuentes y las casas, llegué á la mia, y dí conmigo y con mi dinero en brazos de Jústiz, que casi lloraba, y de Allo que reia como si él fuera el borracho. Yo, con una lengua que me pesaba seis arrobas, acerté á decir--«ahí traigo ocho mil reales... acuéstenme... y déjenme dormir»--me dejé desnudar, y ni ví cuándo me dejaban solo, ni sentí cómo me cerraban puertas y ventanas; y en la lobreguez de aquel vergonzoso y forzado sueño de mi primera embriaguez, no surgió luminosa, ni siquiera por un instante, la pura y poética imágen de aquella Stella fotografiada en mis pupilas y en mi cerebro, desde que apareció en el último peldaño de la empinada escalera del portalon de maese Ménico.--¡Tánto rebaja y embrutece tan innoble vicio al hombre inspirado por la más espiritual y fantástica poesía!

No recuerdo si desperté ó me despertaron: pero anochecia cuando abrí los ojos, y me hallé entre el melancólico Jústiz y el siempre alegre Allo: interrogábanme ellos y respondíales yo: pero, ni me atrevia, ni podia explicarles lo que todavía no se acusaba bien definido en mi confusa memoria; excepto la de Stella, que, como la de los Magos, fué lo primero que brotó claro del caos espirituoso que aún envolvia mis enmarañados recuerdos.

Allo, hombre de sentido práctico, concluyó por declarar que lo que sacaba en limpio de mi inconexo relato era, que el viejo italiano, fiel á las costumbres del país, habia hecho beber más de lo que podia al que no la tenia de beber en ayunas; pero que no habia motivo alguno de queja, ni acusacion en él de torcido intento, puesto que los ocho mil reales estaban completos y su cuenta exacta y sin tacha. Que aceitunas y manzanilla era una nutricion andaluza insuficiente, aunque excesiva para un castellano viejo; y que lo más acertado y perentorio era sentarnos á la mesa, y que yo echara un buen lastre en mi estómago, deslabazado por un vino chacharero y poco arropado, como la gente ligera de ropa de la caliente Andalucía.

Sentámonos, pues, á la ya preparada mesa, que alegró Allo con su conversacion un poco verde, que escuchó Jústiz con su atildada compostura, y las _dos hijas de la casa_, sin darse por entendidas de lo hablado, en atencion á una noble botella de Sillery que destaponó y las sirvió Allo en són de próxima despedida; pues segun anunció, debíamos embarcarnos para Málaga á la siguiente noche.

Y no sé por qué á tal anuncio se me oprimió el corazon.

Comí poco, bebieron Allo y las muchachas, y á instancias del impaciente Jústiz, que no queria perder la salida de Salvatori en _Los Puritanos_, ocupamos nuestras lunetas (hoy butacas) en el teatro. Una de las mayores desventuras con que castiga Dios á un hombre es la de crearle poeta; es peor que si le creara bizco: todo lo ve de través, y en cambio de los imaginarios goces con que embelesa su espíritu, le estravía en el mundo real y le condena á vivir fuera de su época y extraño generalmente á sus contemporáneos. _Los Puritanos_ son para mí la más deliciosa partitura de la escuela italiana; no tienen una nota de desperdicio, y yo he sabido de memoria música y letra, á pesar de que el libreto del conde Peppoli es indigno de aquella sentida inspiracion de Vincenzo Bellini. Pues bien; yo escuché aquella noche _Los Puritanos_ como quien oye llover: no me dí cuenta de nada de lo que en escena pasaba; y desde que el primer coro cantó:

La luna, il sol, _le stelle_ le tenebre, il folgor dan laude al Creator in lor' favelle,

yo no pensé ni me fijé en más que en el recuerdo de la pálida nieta de Ménico Maggiorotti, como si fuera la tiple que por la escena se movia: al llamarla el bajo _l'angelica sua Elvira_ creí que se equivocaba, y al oir al tenor juzgarla _tremante ed spirante_, los ojos se me arrasaron en lágrimas. ¡Qué desventura la de nacer poeta! ¿Qué tenia yo con la nieta de maese Ménico? ¿Sentia por ella desgraciadamente una de esas pasiones que nacen, crecen, se desarrollan y hacen feliz ó infeliz á un hombre en cinco minutos? Nada ménos que eso: era una impresion poética, un misterioso castillo en el aire, forjado sobre la vulgarísima historia de un tratante en lanas italiano que tenia una nieta que se llamaba Stella; era que acababa yo de compaginar el asunto italiano de mis _Dos vireyes_, cuyo éxito me tenia inquieto, y aquella inquietud, unida al recuerdo de lo que en aquel drama pasa á la enamorada Anunciata, me hacia esperar de Stella una heroina de un cuento, fin de la historia de la representacion de mi drama; era, en fin, la curiosidad, el sueño, el delirio de un poeta, que no ha visto nunca la vida tal como es, ni las personas vivas sinó como personajes: era una muchacha rubia, vista á través de una copa de manzanilla, vino chacharero y poco arropado, como decia Lorenzo Allo.

Antes de acostarnos, acordaron éste y Jústiz nuestra partida para Málaga: declaréles yo mi resolucion de quedarme: tenia que cobrar el 30 los 6,000 reales de mi crédito con maese Ménico. Allo se echó á reir: Jústiz me miró tristemente. Allo me dijo: el italiano es hombre formal; lo mismo te pagará el 30 que el 10, que estaremos de vuelta.

--No, repuse; quiero concluir mi _Cabeza de plata_.

--Otra cabeza rubia es la que ha barajado el seso de la tuya.

--Idos: me quedo.

--Pues nos iremos: quédate; pero volveremos por tí, y _velis nolis_, aunque haya que romper alguna cabeza, tú volverás á Madrid conmigo--dijo Allo--y nos acostamos.

Allo y Jústiz partieron á Málaga á la noche siguiente: en la mañana del otro dia cambié yo de alojamiento: me ofendia la sonrisa perpétua de aquellas dos muchachas morenas y alegres que me habian visto volver de través, abrazado con el pañuelo de duros de Ménico: me disgustaban los ojos negros, los rizos negros y las formas redondas de aquellas dos andaluzas: yo soñaba rubio, veia rubio, adoraba lo blanco, lo esbelto y lo ligero; lo robusto, lo redondo, me parecia materia bruta: lo blanco, flexible y delicado, espíritu y corazon; lo andaluz, carne y prosa; lo italiano arte y poesía.

Me instalé en el hotel del Correo, donde no habia más huésped que un inglés, y cuyo camarero era italiano. Púseme á concluir mi _Cabeza de plata_, para podérsela leer completa á la duquesa de Rivas, que habia quedado curiosa da saber su conclusion, que ignoraba yo todavía á mi paso por Sevilla.

Pedí al camarero noticias de Maggiorotti una noche.

--E un ogro, me respondió; non riceve nessun italiano in casa sua.

--¿Conocette Stella?--le pregunté.

--¡Chi! ¿Stella? ¿Una vecchia brutta?

--¡Va via, grand' imbecile!--le dije despidiéndole furioso.--¡Una vecchia brutta Stella!... il Sole.

Marchóse el pobre hombre sin comprenderme... y quedéme yo tan asombrado como él de lo dicho.

¿Quién era Stella? ¿Qué tenia para mí? Que Dios me habia hecho nacer poeta y que habia dicho de ella maese Ménico: ¡Sventurata! ¡condamnata á morte comme tutte!

Y todos nacemos condenados á muerte; sinó que los poetas vivimos como sonámbulos, y corriendo siempre tras de fantasmas.

El inglés, único huésped del Hotel del Correo cuando yo tomé en él aposento, era el compañero más á propósito para mí en aquella ocasion. Taciturno gastrónomo, recorria todos los países del mundo para estudiar la cocina nacional de cada uno. Comia, callaba, digeria y dormia: escribia yo, pues, sin ruido, visitas ni estorbos, y descansaba sólo algunas horas de la noche. La luna en creciente tendia sobre la antigua Gades el rico manto de su luz de plata, y vagaba yo por sus limpias calles y sus ya arboladas plazas, á la luz melancólica del astro poético de la noche, como lo que he sido siempre, como una sombra de otro mundo y un habitante de otra region perdido sobre la tierra.

Vagabundo nocturno de profesion, conozco todos los ruidos, las sombras y las luces nocturnas: sé cuántas formas toma la sombra de los árboles y de las casas, segun la luna las traza, las prolonga ó las recoge, desde que sale hasta que se pone. Sé los infinitos ángulos y triángulos que trazan los hierros de los faroles, los brazos de las cruces y las siluetas de las chimeneas; conozco todos los cuadros de luz que estampan sobre el oscuro y húmedo empedrado los balcones alumbrados de las casas en que se vela ó se baila, de las puertas que se abren para despedir á los contertulios á la luz de bujía, farol ó linterna; todos los huecos de sombra de los postigos abiertos y cerrados con precaucion y á oscuras para recibir ó despedir á los amantes; todos los rumores de las pisadas que se acercan ó se alejan con resolucion ó con miedo, de las del adúltero escurridizo ante la hora de la vuelta del marido; del jugador ganancioso y del hijo de familia retrasado; del ratero y de la buscona, del centinela y del médico; mis leyendas están llenas de esas noches, y yo tengo ciertas pretensiones de ser un poeta nocturno, rico de nocturna y pormenorizada observacion; todas mis comedias y dramas comienzan de noche y de noche se han concluido; y en aquellas de Cádiz concluian mis nocturnos paseos en una plazuela sobre la muralla derruida, por encima de cuyas desencajadas piedras metia el mar los hirvientes y desgarrados pedazos de encaje de la espuma de sus encrespadas olas; á través de cuyo rumor temeroso y del salino vapor en que el aire convertia la ola que en los peñascos se estrellaba, adoraba yo á Dios y aspiraba la poesía que ha extendido sobre los mares para el poeta creyente.

El mar es para mí el grande espejo en que se pinta la faz de Dios, y mil veces he deseado tener por tumba su inmenso y móvil panteon de líquido cristal. Dos veces he naufragado, y el mar me ha devuelto vivo á la tierra. ¡Qué mausoleo más magnífico que el mar! A quien naufraga y muere en alta mar, le da Dios la muerte más dulce y sin agonía; una impresion rapidísima de inmersion en un baño, un zumbido de oidos semejante á una lejana música, un resplandor fosfórico que deslumbra las pupilas... y el alma sale del cuerpo y entra en la eternidad. ¡Buenas noches! Aquel cuerpo y aquel alma se ahorran todo lo doloroso y lo ridículo de que la sociedad rodea al que se muere; el pesar verdadero de los que le aman, la hipócrita comedia del dolor de los que le heredan, los falsos consuelos de los que están deseando que espire pronto, ofendidos de su superioridad ó envidiosos de su gloria; el entierro oficial, si es un personaje ó una celebridad; el olvido inmediato tras de las ceremonias, y la profanacion, en fin, de su tumba por la posteridad, encomendada por Dios de castigar al orgulloso que olvida que le dijo al crearle: _Pulvis es et in pulverem reverteris_.

Yo adoro el mar, y cuando el frio, la soledad, la reflexion y la necesidad de continuar mi trabajo me arrancaban de aquel boquete de murallon roto, por donde yo miraba el de Cádiz en aquellas noches, me volvia á mi hospedaje del Correo, pasando por el callejon en que se alzaba sombría y casi aislada la casa de maese Ménico Maggiorotti. En su esquina del Mediodía veia siempre iluminado por dentro el postigo de una ventana. ¿Quién velaba allí? ¿Hacia allí las prosáicas cuentas de sus sacos de lana ó de cuartos maese Ménico, ó mecian allí á la luz de una lamparilla los sueños de la esperanza, el espíritu virginal de la hermosa nieta del misterioso italiano? Todas las noches volvia á mi alojamiento sin haberlo averiguado, y volvia á trabajar en mi _Cabeza de plata_, bailándome perpétuamente delante de los ojos la rubia de Stella; y el recuerdo de su poética imágen bajaba y subia perpétuamente por la escalera del portalon, empotrada en mi cerebro, miéntras con ella distraido avanzaba lentamente en mi trabajo y esperaba impaciente el dia 30.

El veinte y ocho recibí una carta de Cárlos Latorre, en la cual me decia: «Se levantó el telon sobre el primer acto de _Los dos vireyes_ con entrada llena. Mate llevó con aplomo sus escenas en verso, y el público las escuchó con agrado: oyó sin repugnancia las en prosa, gracias al cuidado que pusieron todos los actores, y concluyó Azcona caracterizando con mucha inteligencia su final, que se aplaudió: no me lo esperaba, y comencé á respirar.»

«Al empezar el acto segundo, el viento habia cambiado y el mar hacia oleaje. Durante el entreacto, un criado incógnito habia repartido al público, y no al buen tun, tun, sinó entre la gente de letras de las lunetas (hoy butacas), quince ó veinte ejemplares de la novela _El virey de Nápoles_, de Pietro Angelo Fiorentino; los cuales tenian una nota con lápiz que decia «los diálogos que Zorrilla ha copiado en su drama van marcados al márgen.» Los posesores de aquellos librillos se los mostraban y pasaban riendo á los curiosos que se los pedian: los palcos, las galerías y el pueblo pedian silencio: los actores no comprendian tal inquietud en las lunetas, pero no se desconcertaron. Concluyeron al fin las nueve escenas en prosa; quedó Mate sólo en escena, y el público respetó su respetable personalidad; é hiriendo sus oidos las octavillas italianas, comenzó á hacer silencio; y Mate le aprovechó para decírselas tan vigorosa é intencionadamente, que al concluirlas arrancó el primer aplauso de la noche. La cancion de Basili hizo un efecto inesperado; y Mate se llevó la sala con la redondilla:

con un cordel á la gola y un crucifijo en la mano, cantar haré á ese villano su postrera barcarola,

y con un segundo aplauso preparó mi salida. Excuso ponderar á V. lo que hicimos ambos en el resto del acto: cumplimos con los deberes de la amistad.»

«En el entreacto segundo nos enteramos de la villanía de _X_, que era quien indudablemente habia enviado al teatro los ejemplares de la novela; yo me apresuré á dar la clave del ataque traidor de que era V. objeto; y la empresa y los actores resolvimos defender el final del drama con todo el empeño de que hombres y mujeres fuéramos capaces; pero _los amigos_ de fuera trabajaban en contra con los librejos; la escena en prosa y los endecasílabos pasaron apenas difícilmente; y ya temia yo una catástrofe para el final, cuando nos salvó lo que temíamos que nos perdiera: el virey encerrado en el balconcillo despues de la escena VI, en la cual logré arrancar un aplauso y hacerme escuchar. Mate estuvo impagable en aquella desairada posicion; rebosando orgullo, rencor y sed de venganza, hizo aborrecible el personaje que representaba, y al volvérsele las tornas, las galerías y la ignominia ahogaron á las lunetas, y dimos el nombre del autor, y hoy damos tranquilamente la cuarta representacion. Duerma V. tranquilo, y permítame V. que le prevenga para el porvenir con aquellas palabras de Fabiani en «_La familia del boticario: Buenos amigos tienes, Benito;_» y cuente V. con este que le querrá siempre.»

No me sentó tan mal como me asombró la incomprensible partida mulata de _X_, porque me revelaba más estupidez que malas entrañas; puesto que, mero traductor de la novela de que me habia hecho _sacar_ el drama, quien tenia derecho en resúmen á aparear su nombre con el mio no era él, sinó Pietro Angelo Fiorentino--á quien yo habia robado por darle gusto.

Tal es la historia de mi miserable rapsodia _Los dos vireyes_, y tal la de su primera representacion; de la cual no he hablado jamás á _X_, ni él ha podido nunca apercibirse de que yo le estimaba en lo que valia: sobre mis hombros no pudo, empero, volver á poner los piés. Así vivimos en estos tiempos y en esta sociedad, en que las medianías se atreven á todo, y á todo tal vez alcanzan, ménos á engañar á la posteridad.

El 30 á las diez trepaba yo, que no subia por la empinada escalera del portalon de maese Ménico; pues no hallándole en él, quise ver si podia forzar el paso al, segun fama, impenetrable _sancta sanctorum_ de su misterioso hogar. Subí rápida y llamé ruidosamente á la puerta en que la insegura escalera finalizaba, y al tiempo que por el ventanillo acechador asomaba una curiosa cabeza de mujer, me franqueaba la entrada el mismo maese Ménico, por la barreada puerta, ante mí abierta de par en par.

El genovés, en chaleco, pantalon y babuchas, me recibió con algo encapotado ceño y melancólica sonrisa; en los cuales mi extraviada preocupacion y mi fantástico espíritu se empeñaban en ver algo misterioso y siniestro: quise yo motivar mi presencia, pero él atajó mis escusas diciendo:

--«Son las diez, y es la hora. ¿Trae V. el recibo?

--Sí, señor.

--Pues los seis mil están contados: y conduciéndome á través de una antesala y un comedor, tan limpia como modestamente amueblados, á una especie de despacho, me mostró sobre la parte alta y plana de su pupitre los trescientos duros en pilas de á veinte y cinco. Mostréle mi recibo firmado y comencé á hacer rollos de á cincuenta, en los ocho pedazos en que corté un periódico que me alargó.

Callaba yo haciendo, no muy diestramente, mis rollos, y callaba él esperando distraido á que yo concluyera de hacerlos; tal vez se reia en su interior de mí por la poca costumbre de manejar dineros que mi poca destreza le revelaba; pero mi indiscrecion de muchacho sin mundo y mi irresistible curiosidad me hicieron al fin prorumpir en la pregunta que hacia diez dias tenia en mis labios:--¿y _Stella_?

Sentí la mirada de Ménico sobre mi faz, y la busqué con la mia, resuelto á todo: entre las blancas pestañas de sus hundidos ojos percibí dos lágrimas, que no dejó rodar por sus curtidas mejillas, enjugándolas ántes con el reverso de su mano.

--¿Stella?--dijo, como si su voz fuera en su respuesta el eco de mi pregunta.--¿Quiere V. verla?

--Si V. me lo permite...

--¿Por qué no? Acabe V. de recoger su dinero; no he podido procurarle á V. oro, porque...

Interrumpióse sin acabar de darme su razon; concluí yo de liar mi sexto rollo, y miéntras ataba los seis en mi pañuelo, completé néciamente mi pensamiento, formulándole en esta menguada frase:

--Stella es una preciosa criatura, cuya vista regocija los ojos, cuya voz arrulla los oidos.

--¡Desventurada!--exclamó el viejo;--«¡é la più sventurata creatura del mondo! ¡Non può essere sposa, ne madre, ne padrona di sé stessa!»--Y abriendo ante mí una puerta, me mostró en un gabinete cariñosamente lleno de cuanto puede necesitar la coquetería mujeril, y en un lecho, que no exhalaba más que virginales emanaciones, ni excitaba más que castas ideas, la pálida Stella, cuya cabeza, doblada sobre las almohadas, tenia los ojos abiertos y fijos en espantosa inmovilidad.

Sin poderme contener, exclamé:--¡Muerta!--Y Ménico, poniéndome bruscamente la mano en la boca, me dijo al oido:--¡silencio: oye, está en catalepsia!--y cogiéndome por el brazo, sacóme del aposento.

Iba yo estupefacto á pronunciar un vulgar _mi scusi_; pero el infortunado maese Ménico me le atajó con otro, que en su boca y en su situacion resultó sublime de abnegacion y sentimiento, y siguió diciéndome:

--Es la última de tres hermanas; un infame, castigado por Dios con esa enfermedad, se casó con mi hija: sus dos mayores han muerto á los 21 años; ella de pesadumbre; él... á manos de la venganza; yo les he enterrado á todos; no me queda más que Stella: si me sobrevive... ¡qué vida tan horrible la espera! Si se me muere... ¡qué soledad!... _¡Misero me!_

Yo habia escrito ya muchas comedias, pero no tenia aún aplomo en el teatro del mundo. Mudo é inmóvil, no sabia ni consolarle ni despedirme. La vieja que se habia asomado al ventanillo, presentándose en la antesala, dirigió á maese Ménico algunas palabras, que no comprendí: éste me abrió la puerta de la escalera, y yo descendí por ella abrazado con mi dinero, y me salí de aquella casa, más ébrio con la emocion y el desencanto que la primera vez con el manzanilla.

Llegué al Hotel del Correo y hallé una carta que me habia traido de Madrid el del dia anterior; mi mujer se habia roto un brazo al salir á oscuras del teatro del Príncipe; Julian Romea habia cuidado de ella en los primeros instantes, la habia conducido á casa con el doctor Codorniú, y me suplicaban ambos que regresara inmediatamente á Madrid.

Hé aquí la historia de mis _Dos vireyes_ y de la primera salida del Quijote de los poetas, á hacer por el mundo real la vida fantástica de los pájaros y de los locos.

¿Qué logró en ella el hombre? Dos pesadumbres, dos desengaños y la vergüenza de una embriaguez; tres espinas en el corazon; pero quedó en la imaginacion del poeta legendario este tan delicioso como triste recuerdo del tiempo viejo: la imágen de Stella.

XVIII.

CUATRO PALABRAS SOBRE MI «DON JUAN TENORIO».