Part 13
de entrar en corro el derecho, de gastar de los abastos, ni de colocar sus trastos donde quiera que halle trecho.
Jamás se apaga el hogar, jamás el servicio cesa; siempre está puesta la mesa para comer y jugar.
Por salas y corredores se oye el son á todas horas de carcajadas sonoras, de onzas y de tenedores.
Todo es peleas de gallos, toros, lazos, herraderos, manganas y coleaderos y carreras de caballos;
Y al fin de un dia de broma que nada en Europa iguala, todo el mundo entra en la sala y sitio en el baile toma.
Entré é hice lo que todos: y cuando creí que al sueño se iban á dar, dí yo al dueño gracias por sus buenos modos:
mas mi caballo al pedir, asiéndome por la mano, me dijo el buen campirano soltando el trapo á reir:
«¿Y á quién hay que se le antoje dejar ahora tal jolgorio? Vamos, venga usté á la troje y verá el _Don Juan Tenorio_.»
Y á mí que lo habia escrito en la troje me metia; y allí al paso me salia mi audaz andaluz precito.
Mas ¡ay de mí, cuál salió! Lo hacia un indio Otomí en jerga que el diablo urdió; tal fué mi _Don Juan_ allí, que ni yo le conocí ni á conocer me dí yo.
Tal es la gloria mortal, y á quien Dios se la confiere si librarse de ella quiere se la torna Dios en mal.
A mí no me la tornó, porque por mi buena suerte, del olvido y de la muerte do quier _Don Juan_ me salvó.
¡Dios no quiso allá de mí! y de mi patria el olvido temiendo, como habia ido, á mi patria me volví.
¡Feliz malogrado afan! al volver de tierra extraña, me hallé que habia en España vivido por mí _Don Juan_.
Comprendí en su plenitud de Dios la suma clemencia: _Don Juan_ habia en mi ausencia borrado mi ingratitud.
Mónstruo sin par de fortuna, miéntras yo de España huia, en España me ponia en los cuernos de la luna.
Y ni fuerza ni razon han podido derribar tal ídolo del altar que le ha alzado la opinion.
Pero hablemos con franqueza hoy que todo coadyuva para que aquí se me suba á mí el humo á la cabeza:
Desvergonzado galan siempre atropella por todo y de atajarle no hay modo, ¿qué tiene, pues, mi _Don Juan_?
Del fondo de un monasterio donde le encontré empolvado, yo le planté remozado en mitad de un cementerio:
Y obra de un chico atrevido que atusaba apenas bozo, os parece tan buen mozo porque está tan bien vestido.
Pero sus hechos están en pugna con la razon: para tal reputacion ¿qué tiene, pues, mi _Don Juan_?
Un secreto con que gana la prez entre los don Juanes: el freno de sus desmanes: que Doña Inés es cristiana.
Tiene que es de nuestra tierra el tipo tradicional; tiene todo el bien y el mal que el génio español encierra.
Que hijo de la tradicion, es impío y es creyente, es baladron y es valiente, y tiene buen corazon.
Tiene que es diestro y es zurdo, que no cree en Dios y le invoca, que lleva el alma en la boca, y que es lógico y absurdo.
Con defectos tan notorios vivirá aquí diez mil soles; pues todos los españoles nos la echamos de Tenorios.
Y si en el pueblo le hallé y en español le escribí y su autor el pueblo fué... ¿Por qué me aplaudís á mí?
Dejémoslo aquí hasta que veamos á mi D. Juan ante la conciencia de su autor, que tambien veremos á los actores ante mi _Don Juan_.
XIX.
(PARÉNTESIS.)
I.
Mi campaña teatral habia durado cuatro años: del 40 al 45. Fiel á mi bandera, no me habia yo pasado jamás al enemigo, combatiendo siempre en primera fila; y en aquellos cuatro años, porque en la temporada del 41 al 42 no escribí nada por lo que adelante diré, habia yo dado á la empresa Lombía veinte y dos obras escénicas, desde _Cada cual con su razon_ hasta _D. Juan Tenorio_[2]. Ninguna de ellas habia sido silbada, ni retirada del cartel sin cinco representaciones; y habian quedado del repertorio de Latorre, con éxito completo, _El Zapatero y el Rey_, _Sancho García_, _El rey loco_, _El puñal del godo_, _El alcalde Ronquillo_ y el _D. Juan_: Lombía repetia en el suyo el _Cada cual con su razon_ y _La mejor razon la espada_. La empresa del teatro del Príncipe no me habia visto jamás en el saloncito de Julian Romea, ni para sus afortunados actores habia yo en los cuatro años escrito un sólo verso; siendo el único escritor que siguió constante la inconstante suerte de la empresa de la Cruz, y escribiendo exclusivamente para Lombía y Latorre.
[2] _Cada cual con su razon_; _Lealtad de una mujer_; primera y segunda parte de _El Zapatero y el Rey_; _El eco del torrente_; _Los dos vireyes_; _El molino de Guadalajara_; _Un año y un dia_; _Apoteosis de Calderon_; _Sancho García_; _El caballo del rey D. Sancho_; _La mejor razon la espada_; _El puñal del godo_; _La oliva y el laurel_; _Sofronia_; _La Creacion y el Diluvio_; _El rey loco_; _La reina y los favoritos_; _La copa de marfil_; _El alcalde Ronquillo_; _D. Juan Tenorio_.
¿Por qué? Lo diré más adelante al recordar cómo, por qué y para quién escribí el _Traidor, inconfeso y mártir_; ántes y por hoy tengo necesidad de decir algo de las vicisitudes por que habian pasado los teatros de verso, durante los cinco años de la revolucion literaria, de la cual fuí entónces hijo mimado y hoy todavía viviente recordador.
Porque estos mis desordenados Recuerdos del tiempo viejo son una madeja de quebradizos y rotos hilos, de cuyos cabos voy tirando al azar segun los voy devanando en el desigual ovillo de mis artículos de _El Imparcial_; y en éste veo que es preciso que dé á mis lectores, si tengo algunos, un cabo conductor y alguna luz que les guie por el laberíntico relato de mis entradas y salidas por las puertas y escenarios de los teatros de la Cruz y del Príncipe. Mis Recuerdos no son, desventuradamente para mí, una obra de cronológica ilacion, de continuidad lógica y progresiva de bien enlazados sucesos, y de uniforme estilo, como las curiosas Memorias de un setenton, del Sr. de Mesonero Romanos; á quien aprovecho esta ocasion para dar gracias por el cariñoso recuerdo que en ellas hace de mí, y para rendirle el homenaje debido al más fácil de nuestros prosistas, al más ameno y castizo de nuestros narradores, al más cortés de nuestros críticos, y al más exacto pintor de nuestras costumbres. Mis Recuerdos no pueden, ni intentan competir con sus Memorias; y cuando hoy se reducen á libro con una más ordenada forma, aún no pueden parangonarse con aquellas; elegante y última, pero genuina produccion del vigoroso ingenio del Curioso parlante, en cuya curiosa personalidad prolonga Dios la luz de la inteligencia para gloria y contentamiento de la presente generacion.
Hecha esta salvedad y cumplido este deber, vuelvo la vista atrás y retrocedo cuatro años, para entrar por preparado camino en el quinto y último de mis recuerdos teatrales.
La temporada cómica del 38 al 39, por no sé qué circunstancias fortuitas ó premeditadas, iba á pasar sin que hubiese compañía en los teatros de Madrid. Lombía, asociado con Luna, Pedro Lopez, las Lamadrid y otros se presentaron en época avanzada, con las más sinceras protestas de modestia, á llenar como mejor pudiesen aquel vacío. Estimóselo el público, y quedó constituida en compañía aquella sociedad, para la temporada del 39 al 40. _La redoma encantada_ fué para ella la gallina de los huevos de oro, y en aquel año cómico presenté yo mis tres primeras comedias, segun van marcadas en la nota correspondiente á este párrafo. Con la cooperacion del infatigable Breton, de García Gutierrez, Olona, y otros autores, el año fué un negocio, y á la temporada siguiente (la de 40 al 41) vino á tomar parte en él Julian Romea con Matilde y su compañía. Romea, Salas y Lombía tomaron ambos teatros, y habiendo yo comprometido mi palabra con Cárlos Latorre de escribir para él la segunda parte del Rey D. Pedro, cuya primera habia estrenado Luna, pero no habiendo querido Romea escriturar á Latorre, preferí no escribir para el teatro á faltar á la palabra empeñada á éste.
No duró mucho la union de Julian con Lombía; y como por aquel tiempo transformara en teatro su circo Colmenares, que del de la plaza del Rey era propietario, Lombía, que habia tomado el viejo coliseo de la Cruz patrocinado por el banquero Fagoaga, director del Banco, estrenó el del Circo en el verano con Cárlos Latorre, miéntras se hacia de nuevo el de la Cruz. La empresa Colmenares, que era adinerada y emprendedora, hizo competencia á los dos teatros y á las dos compañías del Príncipe y de la Cruz, primero con grandes pantomimas y despues con ópera y baile: del 42 al 43.
Lombía, que disponia de no escasos fondos y que era hombre de no cortos alcances, se volvió á unir con Romea contra el enemigo comun; y conservando independientes sus dos compañías de verso, fueron coempresarios para dos nuevas de baile y de ópera, que alternaron en sus dos teatros. La Lema (que casó despues con Ventura de la Vega), La Tossi (mujer luego de Lorenzo Milans) y la Villó ganaron allí con justicia la reputacion de primeras cantantes; y Salas en _Chiara di Rossemberg_ se hizo el primer caricato español; sosteniendo el baile la pareja Bartholomin, con su padre de director, Aranda de pintor, otra pareja italiana y un par de docenas de coristas aragonesas y valencianas, que se las tuvieron ten con ten á la Petit y á la Guy-Sthefan y á las andaluzas del circo.
II.
Del 43 al 44, Lombía solo, sin Romea, pero con Matilde, Guzman, Latorre, Sobrado, Pizarroso, Azcona, las Lamadrid y la Sampelayo, sostuvo la competencia contra las compañías del Circo con la mejor de verso que tal vez se ha reunido, y una de ópera de _primo cartello_ (hasta el 45) con Moriani, Guasco y otros célebres cantantes. En estos dos años se pusieron en escena en la Cruz _La lámpara maravillosa_, fantástica y maravillosamente decorada por Aranda, _El triunfo de la Cruz_ y _La Encantadora_, y en el Príncipe _La Sílfide_ y _Hernan-Cortés_, varios dramas de Hartzenbusch y García Gutierrez, el _Don Alfonso el Casto_ y la _Doña Mencía_, el _Alfonso Munio_ y _El Príncipe de Viana_, de Gertrudis Avellaneda, y muchas comedias de Breton, que dieron prez al arte escénico y dinero á la administracion. El Circo, al fin, amparado por Narvaez, Salamanca y otros personajes de valia, se llevó la atencion con la competencia de la Fuoco y la Guy, á quienes se presentaban gigantescos ramos de flores conducidos en brazos de servidores con librea, en azafates y jarrones de plata y porcelana de china, y hasta en un carro que apenas cabia por la calle del centro de las butacas.
Yo no sé lo que el arte ganó con aquel frenesí y aquellos delirios; pero el público se hartó de gritar por uno ú otro partido, y de divertirse con las excéntricas locuras de ambos; y se vieron en la escena de los tres teatros las más costosas decoraciones, los más lujosos trajes, las más cortas y transparentes enaguas, y las bailarinas más correctamente empernadas y de más ricas formas de los cuatro reinos de Andalucía y de la antigua coronilla de Aragon.
Por fin perdimos nosotros los de la Cruz, que estuvimos á pique de ser crucificados. En Diciembre del 45 Lombía tuvo que prescindir de Cárlos Latorre, que se fué á Granada, y yo á mi casa á contentarme con saber que en Granada se aplaudia á Cárlos; sin el cual abrió Lombía el teatro del Instituto, con Caltañazor, las hermanas Flores, la Pámias, la Carrasco, la Concha Ruiz, Lumbreras, etc. En esta temporada, y ántes de abandonar la Cruz, se hicieron las zarzuelas _El Sacristan de San Lorenzo_, _La Venganza de Alifonso_ y _La pradera del Canal_, parodias de la _Lucia_ y la _Lucrecia_, escritas por Azcona, el más inteligente y entendido de nuestros actores de entónces, excepto Pedro Mate: cuadros de costumbres concienzudamente estudiados y con maravillosa exactitud copiados del natural.
En Junio del 46 fuí yo á Francia, de donde regresé en Enero el 47, por el fallecimiento de mi madre: á mi vuelta hallé instalada en el Instituto la compañía andaluza de Calvo y Dardalla, donde estos dos actores representaban de una manera tan incomparable como encantadora _Los celos del tio Macaco_ y _La flor de la canela_. Pepe Calvo, padre de Rafael, hacia un tio Macaco tan indescriptible y característico, un gitano tan picaresco y atruhanado, tan anguloso, descaderado y zancudo, que no le produjeron más espirrabao ni Triana en Sevilla, ni el Perchel en Málaga.
Del 48 al 49. El Ayuntamiento se encargó del teatro y se fundó el Español, con una compañía completa compuesta de Romea, Valero, Arjona, Matilde, Bárbara, Teodora y Osorio, etc. Catalina no aceptó su puesto en ella por razones personales, y Carceller con un asociado tomó para Catalina el viejo teatro de Variedades, con la Manuela Ramos, la Juana Samaniego, Juan Catalina, Cortés el buen gracioso, Manuel Gimenez y otros. Al fin de temporada contrataron á Salas, Adela Latorre, al tenor Gonzalez, etc., con quienes pasaron al teatro de los Basilios, miéntras que Harpa, propietario de Variedades, remodernaba su sala y escenario, dejándolos como estaban aún el año pasado de 79.
Y aquí acaban mis recuerdos de los teatros que conocí ántes de mi expatriacion, y salvas algunas inexactitudes de fechas, y alguna confusion de ajuste de actores, esta es la historia de los teatros de Madrid desde el 40 al 49: tan ligeramente apuntada como lo permite el ligero espíritu de estos recuerdos á vuela pluma, y tan en confuso cuadro como se conservan amontonados en mi turbia memoria todos aquellos empresarios tan activos y batalladores, todos aquellos actores tan bien vestidos y todas aquellas bailarinas tan bien desnudas.
Pálidas, dispersas y móviles siluetas, recuerdos desperdigados de la memoria del muchacho, que aún bailan en sueños una diabólica danza Macabra por el ya frio, desierto y nebuloso campo de la imaginacion del viejo poeta.
III.
Y aquí abre mi memoria un oasis fresco, umbroso y apacible en el árido y enmarañado desierto de mis recuerdos; en él se levanta y por él corre, y su abrasada atmósfera templa y oréa una brisa vital, salubre y perfumada que envia mi corazon amante á mi descarriada fantasía. ¿Por qué no he de sentarme á reposar un punto á la sombra de este oasis? ¿Por qué no he de aspirar esta brisa á la luz del único rayo de esperanza que ilumina la lóbrega y tempestuosa atmósfera de mis recuerdos, y el turbio y estéril arenal de mi inútil existencia? ¿Qué son estos mis Recuerdos del tiempo viejo más que las aspiraciones íntimas de mi alma, los suspiros de mi corazon y los latidos de mi conciencia? Surja, pues, de las aguas azules del pintoresco lago de la poesía el vapor puro de los suspiros del alma; revélese el hombre en la faz del poeta, y véase el corazon de aquel á través de las cuerdas de la lira de éste.
Por aquel tiempo vino á Madrid mi pobre madre, á quien yo no habia visto y de quien nada habia sabido desde aquella desventurada noche en que abandoné mi paterno hogar.
Dos figuras bellísimas, dos imágenes tan queridas como nunca olvidadas, resaltan en este cuadro de mis recuerdos: la de mi madre y la de Paco Luis de Vallejo, corregidor de Lerma en 1835, á quien dediqué mi _D. Juan Tenorio_ en 1844. Volvamos un instante la vista al mes de Julio de 1835 para posarla despues en el de 1844.
A la llegada á Madrid de la Reina María Cristina, era mi padre superintendente general de policía del reino: el duque de San Cárlos y Arjona, que para traerle hasta tan importante puesto le habian hecho pasar por la Chancillería de Valladolid, la Audiencia de Sevilla y la Sala de Alcaldes de casa y corte, se le habian propuesto á Fernando VII como un partidario fiel de la causa realista, como un íntegro magistrado y un hombre de carácter enérgico, á propósito para limpiar á Madrid de los ladrones y vagos que pululaban en 1827 por las mal empedradas calles y peor alumbrados callejones de la villa y corte de entónces, de la cual dan tan exacta idea las Memorias de Mesonero Romanos. Al instalarse mi padre en la superintendencia, en la casa de la calle del Príncipe que hoy habita el duque de Santoña, tenia ya montada una policía, que acabó en cuarenta dias con todos los ladrones, de la manera que tal vez diré en algun artículo posterior. Bástame, por hoy, indicar el principio tan bárbaro como exacto de que su justicia partia, y era este: «Los séres humanos, que faltos de educacion moral y religiosa, y viviendo en guerra con la sociedad, creen que el robo es una profesion, y el asesinato necesario para cometer y encubrir el robo, no tienen más que un miedo: el de la muerte.» En consecuencia de cuyo principio, y conociendo el modo lento y embrollado con que la justicia ha solido caminar siempre en España, anunció que «los ladrones quedaban sujetos á una comision militar, asesorada por un alcalde de casa y corte y un escribano del crímen;» instalóse la tal comision; y ladron cogido, ladron ahorcado. Bárbaro era tal vez el principio, pero necesario y eficaz fué el procedimiento; los únicos tres años que Madrid ha estado completamente libre de ladrones _de profesion_, fueron los de 28, 29 y 30. Otro dia hablaremos de esto: no manchemos hoy con tan repugnantes memorias la purísima de mi madre y la alegre y caballeresca del apuesto _garçon_ corregidor de Lerma, Paco Vallejo.
Mi padre fué el primer dignatario de la situacion realista depuesto por la influencia liberal de la Reina Cristina: cayó como los vencidos que capitulan, y salió con armas y bagajes: las condiciones de su destitucion no fueron más que la de salir de Madrid y sitios reales en el término de ocho dias. Fué, pues, á refugiarse á un pueblecillo de la provincia de Búrgos, en donde un hermano de mi madre era cabeza de una numerosa familia, y á cuyo otro hermano, capellan de aquel pueblo, habia nombrado canónigo de la colegiata de Lerma el duque del Infantado, patrono de aquella iglesia y heredero del duque de Lerma, su fundador. El cólera del 34, que introdujo la muerte y la division en la familia, nos obligó á abandonar aquel pueblecillo tan pequeño, oculto y desconocido, que su nombre no se halla en los mapas; y miéntras yo pasaba las temporadas del curso escolar en las Universidades de Toledo y Valladolid, mis padres vivian en un tranquilo destierro en casa de mi tio el canónigo de Lerma. Allí fué de corregidor mi inolvidable Vallejo.
Su llegada fué un acontecimiento para el partido que iba á gobernar, y un justo motivo de sobresalto para mi padre; quien no habiendo aprobado el levantamiento carlista, en cuyo éxito no creia, habia rechazado las sugestiones de los amigos y de los agentes del levantamiento, resuelto á no mezclarse en él por voluntad propia; pero hombre importante y conocido de la pasada situacion, no podia ménos de ser sospechoso al nuevo gobierno, y se dió tal vez por perdido al ver llegar á Lerma un corregidor modelado en un molde tan distinto del en que él habia concebido que debian vaciarse los corregidores. Paco Vallejo era un mozo de veintisiete años, que vestia con elegancia, que marchaba con soltura, que fumaba ricos habanos que de Madrid le remitian, que bebia Jerez, y, ¡cosa inconcebible para mi padre! que se presentó á tomar posesion de su corregimiento con el uniforme de nacional de caballería de Madrid, con el chacó en la cabeza, el baston en la derecha y el sable á la cintura. Paco Vallejo era uno de los calaveras de buen tono de aquella edad de calaveras, que volvieron del revés á España como un sastre la manga de una levita, á la cual hay que poner forros nuevos: un Don Juan de la clase media, que podia presentarse y bravear en el salon más aristocrático: un abogado jóven lleno de audacia y de talento, tan agudo de ingenio como seductor de modales, á quien era preciso tener un par de años en un corregimiento para hacerle llegar á una toga en la audiencia de la Habana: y á quien mi padre y yo tuvimos la fortuna de que nos enviara á Lerma D. Cláudio Anton de Luzuriaga.
Cuando Vallejo llegó á Lerma, acababa yo de volver, concluido el curso de la Universidad de Valladolid. Dimos uno con otro, él bajando y yo subiendo la calle Mayor; llamé yo su atencion por mi traje y porte más cortesano del de la gente del país: encaróse conmigo, plantémele yo delante cediéndole la derecha, pero sin bajar mis ojos á su investigadora mirada, y preguntóme:--¿Quién es V., caballerito, que no tiene trazas de ser de esta tierra?
Decliné yo mi nombre y el de mi padre, y esperé, sombrero en mano, á que tomara mi filiacion en unos instantes de silencio y bajo el poder de una escrutadora mirada, ante la cual no creí conveniente bajar la mia.
--Está bien--me dijo, concluido su exámen--tendré mucho gusto en conocer al padre de tal hijo. ¿Dónde le ha educado á V. su señor padre?
--En el Real Seminario de nobles de Madrid--respondí.
--¡Hola! ¿es V. discípulo de los jesuitas?
--Sí, señor; pero no les hago mucho honor, porque he sido siempre muy desaplicado.
--No habrá sido en la cátedra de la lengua castellana.
--Ni en la de otras.
--¿Conoce V. muchas lenguas extranjeras?
--Tengo rudimentos de tres y rompo en ellas la conversacion.
--Espero tener ocasion de hablar con V. en alguna; tal vez en las tres.
--Estoy á la disposicion de usía.
--Y mi corregimiento á la de su señor padre: hagáselo V. presente de mi parte.
Siguió su camino el corregidor, y apreté yo el paso hácia mi casa para advertir á mi padre de que creia que acababa de cometer una torpeza, que podia muy bien habernos puesto en mal con el miliciano corregidor.
Frunció mi padre el entrecejo escuchando mi narracion, pero no desplegó sus labios, y ántes de anochecer fué á visitar á Vallejo, dejando á mi madre y á su hermano el canónigo en angustiosa incertidumbre; era para ellos evidente que yo habia traido á mi padre la órden de presentarse inmediatamente ante aquella extraña autoridad.
Al volver mi padre de su visita, respondió á la interrogadora mirada de mi madre con estas palabras:--«Es un hombre atentísimo y no temo doblez en él; pero no puedo comprender sus intenciones.
Yo no puedo visitar á V.; me ha dicho al despedirme; pero envíeme V. á su hijo: no sé comer solo, soy algo hablador y me ha parecido que su hijo de V. no tiene pelos en la lengua.--¡Dios ponga tiento en ella! exclamó mi padre volviéndose á mí. Mañana irás al alojamiento de ese botarate, y sereis dos: si te invita á comer, acepta; pero no bebas. Habla poco, si puedes, y escucha bien lo que te diga, porque probablemente te lo dirá para que me lo repitas.»
Maldita la gracia que me hizo la posicion en que el nuevo corregidor me colocaba entre él y mi padre: pero despues de una noche no muy tranquila para ninguno de los tres que componíamos la familia, á las cuatro en punto de la tarde pasaba yo un poco receloso los umbrales de la casa en que se alojaba D. Francisco Luis de Vallejo, á quien desde aquella tarde consagré un cariño fraternal y un agradecimiento que no se extinguirá sinó con la vida.