Part 9
Fue llamado a presidir la Junta el conde de Floridablanca, no con gran satisfacción de los hombres adictos a doctrinas de las hoy llamadas liberales, pero en obediencia a la voz popular que, por entonces, llena de indignación por lo extremada injusta, contra todo lo perteneciente al gobierno de Carlos IV, recordaba con aplauso, no menos injusto por ser excesivo, los días de Carlos III, y al ministro que en aquel gobierno había representado el principal papel. De Floridablanca hablaban con variedad los hombres que viviendo entonces ya de edad madura, le habían conocido en el mando, y por cierto no todo era elogios en el juicio de tales críticos, pues había muy otra cosa. Yo, que ahora cuento y no juzgo, debo decir que, fuese lo que hubiese sido el Floridablanca de 1780, el de 1808 había llegado a ser incompetente para ocupar bien el alto lugar a que había sido elevado. Al frente tenía en la Central otro nombre por demás ilustre, y de persona no su amiga: el de don Gaspar Melchor de Jovellanos. En este último ponían sus esperanzas quienes deseaban encaminar las cosas del Estado por una senda cuyo paradero fuese el establecimiento de una monarquía limitada. En tanto, el Consejo Real se había resistido a reconocer la Junta Central, dando para ello razones buenas y malas, conociéndose que la principal era el recelo de que, tomando cuerpo y fuerza ciertas doctrinas, no viniesen los tribunales a perder o a no lograr el influjo en el gobierno que habían tenido o pretendido tener y a que de continuo aspiraban. No estaba dispuesto a acceder a tales pretensiones Floridablanca, pues, si bien adverso a toda idea de limitación del poder real por el popular, tampoco quería verle censurado o intervenido por los togados, y hasta en la forma con que el Consejo, sin negarse a obedecer a la Junta, ponía dificultades para hacerlo, veía el antes ministro absoluto con enojo lo que llama acertadísimamente Jovellanos _escrúpulos de la obediencia_. El mismo Jovellanos se inclinaba algo al Consejo Real por dos razones: por preocupaciones de togado, y porque efectivamente llevaba razón el Consejo en insinuar que, para el ejercicio de la potestad ejecutiva, convenía más una regencia de pocos que un cuerpo numeroso. En la gente que veíamos las cosas desde afuera andaban muy discordes los pareceres. No llevábamos a mal que hubiese una Junta Central, pues había habido y seguía habiendo Juntas de provincia. Pero unos estimaban buenas las razones del Consejo, y otros al contrario; y por diversos motivos esta y aquella cosa. La Junta, por su origen y por lo que este habría de influir en su índole, era popular, y el Consejo representaba a la monarquía antigua. De aquella eran de temer actos de despotismo, disposiciones imprudentes, poco orden, principios nada fijos; de estotro un firme sostener de rancios abusos y un orden de mala naturaleza, sobre todo, en punto a lo que pedían los tiempos. Fuese como fuese, hubo poco espacio para pensar en tales materias mientras residió la Junta en Aranjuez; periodo que no pasó de dos meses. Una proclama o alocución de la Junta agradó mucho, porque era de la pluma de Quintana. En verdad era una oda más del poeta patriota, pero en la disposición de los ánimos gustaba el lirismo. Prometía el nuevo gobierno poner en pie un ejército de quinientos mil infantes y cincuenta mil caballos, y no parecía desatino promesa tal, con estar muy fuera de la esfera de lo posible. También prometía la Central leyes enfrenadoras del despotismo, y ni a los que después se opusieron a leyes de esta clase sonó mal la promesa. Lo cierto es que se veía venir encima una gran desdicha con la reunión de las fuerzas de Napoleón, próximas a pasar la frontera, y la falta de poder, no solo por la inferior calidad, sino también por el corto número de nuestras tropas para disputar el triunfo. Empezaba a oírse la voz de la queja y del temor, primero en tono sumiso, porque no pareciese traición la desconfianza; luego más perceptible, por no poderse negar el peligro. El poeta Meléndez Valdés, en los días primeros del levantamiento, dócil instrumento de los franceses, como volvió a serlo, venido entonces a mejor acuerdo, y cediendo a su inclinación y a la de sus amigos, y no a su flaqueza de espíritu, había publicado un romance de mediano mérito con el título de _Alarma_, lleno de las ideas reinantes; pero hubo de publicar segunda _Alarma_, mejor que la primera, y en la cual no solo añadía un cántico más a los muchos destinados a celebrar triunfos, sino que en sentidas y patrióticas palabras anunciaba la próxima venida de Napoleón con gran poder, diciendo:
Vendrá y traerá sus legiones Que oprimen la Escitia helada, Ofreciendo a su codicia, Por cebo, montes de plata. Vendrá y lloraréis de nuevo Las ciudades asoladas, etc.
Estaban tan trocadas, si bien solo hasta cierto punto, las cosas, que temores tales, que un mes antes aun hubieran sido calificados de traición, parecían cosa natural y sonaban como voces de un patriotismo ilustrado y verdadero.
En tanto, se acercaba el día del cumpleaños del cautivo rey, que lo era de gala, y se preparaban los madrileños a festejarle, pero con tibio ardor, no nacido de flaqueza en el propósito de resistir al poder francés, pero sí de desmayo causado por el triste aspecto de la causa pública. El día de San Fernando, santo patrono del monarca, había sido celebrado en una u otra capital de provincia con el fervor del levantamiento recién ocurrido; en otras había sido la señal y época del alzamiento mismo, pero en Madrid, día de duelo bajo el yugo de los odiados opresores. Quiso la desgracia que no fuese más feliz la celebración de una fiesta que tanto debía serlo. A cosa de medio día comenzó a correr por las calles la noticia de que iban arrastrando por algunas de ellas dos cadáveres de personas bárbaramente asesinadas, sin que se llegase a averiguar quiénes eran las víctimas de la ira popular locamente excitada contra dos entes sin duda oscuros mientras vivieron. Pronto comenzó a asegurarse que eran los muertos arrastrados dos mamelucos. Los de la guardia imperial venidos en corto número a España con Murat, habían llamado mucho la atención por su vistoso traje y armas, y después se habían hecho blanco principal del aborrecimiento de la plebe, que veía en ellos, sobre la calidad de franceses, la de infieles. Los turbantes y calzones rojos, lo corvo de los alfanjes que casi formaban una media luna, el puñal, la carabina o fusil y las grandes pistolas, los hacían formidables a la vista. En los sucesos del Dos de Mayo se les achacaba la parte principal en punto a crueldad, y el destrozo hecho en una casa de la Puerta del Sol, cuyos moradores fueron todos pasados a cuchillo, pasaba por acto exclusivo de los mamelucos, no sé si con fundamento. Que se hubiesen quedado en Madrid mamelucos de la guardia imperial de Napoleón, distaba mucho de ser probable, y lo que sí lo venía a ser era haber sido calificados de tales los dos pobres hombres asesinados, víctimas probablemente de una riña y calumniados por sus mismos matadores. Pero ello es que la calumnia creída dio a la plebe de Madrid en aquel día infausto un carácter de ferocidad superior al manifestado contra Viguri y contra el desconocido igualmente arrastrado en agosto, recién entradas en la capital las tropas valencianas. La preocupación popular añeja suponía en los judíos un miembro o apéndice que solo tienen los animales, y para el ignorante vulgo era judío todo hombre no cristiano o no católico. Así es que gritaban por las calles que los dos cadáveres tenían rabos, con lo cual quedaba comprobado quiénes eran. Acercándome yo a mi casa, situada en la calle del Barco, lugar lejano de los que solían ser teatro de escenas de desorden, una vieja de aspecto feroz me paró como reconviniéndome, y dijo: «Qué, ¿no va usted a ver arrastrar a los mamelucos? Yo los he visto, y por mis propios ojos los he visto el rabo». Cuentan algunos que, en efecto, estropeados aquellos cadáveres sangrientos por el roce con las piedras, estaban despellejados, y que del espinazo a la rabadilla les salían tiras de pellejo que transformó en rabo la crédula y rabiosa muchedumbre; pero tal vez ni aun este motivo hubo para formar y propagar la indicada ilusión. No traté yo de desengañar a la buena, o, diciéndolo con propiedad, a la mala vieja, y antes me disculpé, con no me acuerdo qué razones, de no acudir a presenciar el espectáculo a que me convidaba. Fue aquel día uno de terror y congoja, porque ni siquiera suavizaba la alegría nacida de gratos recuerdos y lisonjeras esperanzas lo repugnante de aquellos actos y pensamientos de barbarie, manchas feas de las que empañan el lustre de los más gloriosos sucesos, cuando la multitud predomina, heroica a veces, y en España entonces, cual en cualquiera otra situación de las que recuerda la historia del mundo, pero ignorante y apasionada, quedando por la primera calidad un tanto, aunque no del todo, disculpados sus excesos.
Iba a empezar noviembre y las cosas empeoraban a ojos vistas. Con la inquietud crecían desvariadas sospechas y locas e indignas acusaciones. Ni el vencedor de Bailén escapó de ser sospechado, no siendo el general Castaños de aquellos que se captaban los afectos de la plebe, por lo mismo que se granjeaba por sus modales cultos la buena voluntad de los de elevada esfera.
Entró por fin aquel fatal noviembre, y con él un golpe de enormes desventuras. Súpose que en Lerín había caído prisionero el batallón de tiradores de Cádiz, cuerpo compuesto en gran parte de presidiarios y otra mala gente, pero consoló el saber que habían hecho una defensa gloriosísima, acto no común en los de su clase, cuya valentía, feroz en pendencias y acciones criminales, flaquea con frecuencia hasta desaparecer en las graves funciones de la guerra. No hubo gloria, y sí una fatal derrota en la batalla que sustentaron en Gamonal, cerca de Burgos, las tropas procedentes de Extremadura, bisoñas, no bien arregladas, y cuyo mando tenía un joven de alta clase, buen caballero y patricio, pero capitán inexperto. En breve hubo noticia de mayor desdicha, cual fue la rota en Reinosa y Espinosa del ejército llamado de la izquierda, que contenía muy buenas tropas. Fuerzas francesas veteranas acababan de entrar en España, procedentes de Alemania; con ellas venía el gran Napoleón acompañado de sus mejores generales, y a tal poder no podía resistir el de la pobre España, escasa en soldados y en quienes gobernasen con acierto los pocos, y de ellos muchos no buenos, con que contaba. En esto corrió una noticia consoladora, porque se aseguraba haber tenido los nuestros una ventaja notable en Caparroso, lugar de Navarra que tiene un puente, el cual se suponía ganado gloriosamente por los españoles. Vino, con todo, la _Gaceta_ de oficio a aguar el gozo, publicando un parte de tal singularidad, que le conservo casi íntegro en la memoria, particularmente el último periodo, que era cual le pongo en seguida al pie de la letra: «Participo a usted que hemos _tomado_ a Caparroso a las _once_ de esta mañana, habiéndole _evacuado_ los enemigos a las _ocho_. Voy corriendo a activar todo aquello, y a que sigan adelante las conquistas». Firmaba este escrito don Francisco Palafox, hermano del célebre don José, defensor de Zaragoza, y hombre muy apreciable, pero corto en luces y saber, y, si bien digno de estima, impropio para el mando.
Algo animó saberse que parte del ejército inglés vencedor de Junot en Portugal, venía adelantándose por una y otra Castilla. La división que había entrado por la Nueva se acercaba a Madrid, donde se creyó que entrase. No lo hizo, y solo se acercó pasando por el Real Sitio de San Lorenzo, o dígase el Escorial, al cual llegó ya más de mediado noviembre. Acudí allí yo a verla, pero tuve pocos compañeros. No olvidaré los pensamientos que en mí despertó ver aquellos extranjeros en aquel lugar. Los herejes ingleses aparecían armados en el monumento de Felipe II, y aparecían allí, no como enemigos, sino como aliados, y aun como acudiendo a defender la fe que no profesaban, siendo en el lema o divisa de la causa de la nación aliada con la protestante Inglaterra la defensa de la religión a la par con la del rey y la patria. De estos contrastes y de iguales o parecidas inconsecuencias vemos mucho en la historia, y no poco en las cosas todas del mundo, pero quizá el suceso que aquí conmemoro da de ello una de las pruebas más señaladas.[23]
[23] Permítaseme citarme para no repetirme. De esto hubo mucho en mi antes aquí mencionado escrito, inserto en _El Correo Nacional_ en agosto de 1840.
No pasé arriba de dos días en el Escorial; pero mi vuelta a Madrid fue triste, porque en el no largo camino del Real Sitio a esta corte tropezaba a cada paso con dispersos fugitivos, casi todos ellos procedentes de la derrota de Gamonal y llenos del mayor desaliento. Veíase ya llegar la hora de caer Madrid en poder del victorioso y terrible enemigo.
No bien llegué a mi casa, cuando mi madre, señora de clarísimo entendimiento, de ánimo varonil, instruida, algo dada a pensar en la política, acérrima enemiga del emperador francés, aun mucho antes de su pérfida invasión de España, y cuando era general en los españoles adorarle, previendo el mal que sobrevendría dispuso que nos trasladásemos a Cádiz, pues quedarnos en Madrid si le ocupaban los franceses venía a ser por razones privadas una cosa imposible, porque nos faltaría para vivir todo recurso. Siendo menor de edad, hube de seguirla. Salimos de Madrid el 27 de noviembre, y así no fui testigo presencial de las escenas de la corta resistencia y ocupación de la capital, de las cuales supe, sin embargo, y conservo en la memoria curiosas anécdotas; pero me abstengo de referirlas, porque me ciño a hablar de lo que vi yo mismo.
Se caminaba entonces lentamente. No porque, como hoy dicen o se figuran algunos, fuesen aquellos tiempos los en que hacían las gentes su testamento antes de emprender el viaje de Madrid a Andalucía. Al revés, el camino era bueno, y si no falto de peligro en punto a ladrones, tampoco tal que fuese caso común ser robado. No había diligencias, pero había postas medianamente servidas para los viajeros, escasos en número, que de ellas usaban, y, lo que hoy falta, en cada casa de posta había dos sillas (viejas en verdad, y malas por todos conceptos), de suerte que podía viajarse con alguna rapidez en carruaje sin llevarle propio. Pero esto solo servía para dos, o cuando más tres, personas. A una familia decente era necesario un coche de colleras, medio de viajar por cierto no barato. Andábamos nueve leguas al día, alguna vez diez con una enorme zaga, y siempre con alguna escolta, saliendo de madrugada y haciendo larga parada en la mitad del día.
Así fue que el día en que salimos de Madrid hicimos noche en Aranjuez. Allí, al amanecer del día siguiente, nos encontramos en momentos de terror y confusión. La Junta Central en la noche había resuelto trasladarse a Andalucía o a Extremadura, por venir ya encima y estar cercano el enemigo victorioso, bien que no estuviese aún en su poder el paso de Somosierra, el cual se creía defendible a pesar de estar muy mal guardado. Grande era el apuro de los numerosos dependientes del Gobierno, hallándose sin recurso alguno de coches, carros o caballerías para acompañarle en su fuga. Se acudió al medio de embargar los carruajes que había en Aranjuez, suerte que hubo de tocarnos. En tanto ahogo apelamos al favor, y conseguimos el desembargo de nuestro coche. Continuamos, pues, nuestro viaje, ya muy entrado el día, siendo Tembleque el punto en que habíamos de hacer noche. Pero yendo de camino, nos pasó una silla de posta que tuvo la desgracia de volcar y, bajándonos a dar socorro a quienes en ella venían, supimos que el Gobierno había suspendido su viaje, resuelto a quedarse en Aranjuez por no estimar muy inminente el peligro. Con estas mezclas de temor y confianza en que la imprevisión de la cabeza del Estado resultaba de la mala situación del cuerpo todo que le dominaba, allanado dos días después Somosierra, y puesto Napoleón sobre Madrid, hubo la Junta de ponerse en camino precipitadamente, siendo como un prodigio que llegase sana y salva a Badajoz, de donde por juiciosa determinación pasó a Sevilla.
No eran cortos los peligros que en tal confusión corrían los viajeros. La voz traición era aplicada a la conducta de los que huían, y el calificativo de traidor hallaba en todo lugar jueces y verdugos, siendo el juicio tan sumario que a menudo la acusación era la sentencia.[24]
[24] En los días de que voy ahora hablando, fueron asesinados no pocos viajeros. Entre ellos cayeron don Miguel Cayetano Solar, ministro de Hacienda que había sido bajo Carlos IV, y que lejos de servir al rey intruso se venía de Madrid a lugares no ocupados por el enemigo, y el general don Benito San Juan, que había defendido el paso de Somosierra con gran valor, si con infeliz fortuna, abandonado por soldados cobardes que después figuraron entre sus asesinos. Pero a bastantes personas oscuras costó la vida el venir huyendo de Madrid en aquellas horas. De algunas supe que si no murieron, escaparon con trabajo de manos de la plebe, empeñada en reputar a los traidores porque no coadyuvaban a la resistencia heroica que se suponía estaban haciendo a los franceses los madrileños, resistencia que, bien está decirlo, era imposible, por ser muy otras las condiciones relativas de la capital y del poder que vino sobre ella que las de los sitiadores y sitiados de Zaragoza.
Como prueba del estado de las cosas y de los ánimos en aquellos días, puede y debe servir la anecdotilla siguiente: Había yo llegado a Manzanares al quinto día de mi salida de Madrid, según el modo lento de caminar de aquella época. Deteniéndome, según uso, largas horas en la mala posada, a poco de estar en ella y en nuestro cuarto, se nos presentó un mozo sirviente de la casa, alto, robusto y no de la mejor traza, a lo menos en lo tocante a la seguridad de nuestras personas, pues su rostro y modos eran insolentes y aun amenazadores. Desde luego empezó a hablarnos de las cosas políticas que a todos ocupaban con empeño. «Aquí tienen ustedes, dijo, al hombre que más franceses tiene muertos en la Mancha». Y entrando en particularidades, comenzó a contar hechos atroces, que, según es probable, lo eran aun más referidos que lo habían sido real y verdaderamente, porque su idea y la de muchos era tener la más bárbara crueldad por virtud, si de ella resultaban ser víctimas los enemigos, y la jactancia y ponderación del delito pasaban por blasón de acciones heroicas. Así es que contaba el alucinado mozo que entrando en un hospital de soldados franceses, había quitado la vida a los enfermos en sus camas, y que como uno de ellos le dijese (y le remedaba al contarlo): «_Español, agua de tisan_», él le había respondido: «Toma tisana», magullándole los sesos. Mi madre y yo hubimos de encubrir el horror que tal relato nos causaba, y aun de murmurar algo como aprobación del hecho, porque en el rostro y modos del narrador veíamos que más quería decir o hacer que enterarnos de sus hazañas. Así fue que al cabo de una breve pausa, con gesto amenazador, dijo: «Y aquí tienen ustedes al que ha de matar a todos los traidores». Aunque sospechando, o, mejor dicho, viendo a qué se encaminaban tales palabras: «Bien hecho», exclamé yo, «porque los traidores son peores que los franceses». A esta frase mía sucedió nuevo silencio, como si el mocetón titubease; pero al fin, descubriendo la intención que llevaba en lo que decía: «Dicen», añadió, «que todos los que se vienen de Madrid son traidores». Ya la acusación estaba hecha, sin rodeos. Si yo hubiese querido argüir, estaba perdido, lo cual, a pesar de mis pocos años, conocía, habiendo visto o sabiendo cómo pasaban entonces las cosas. Quiso mi suerte que tuviese yo una ocurrencia acertada. «¿Por qué han de ser traidores?», le pregunté. A lo que él respondió: «Porque se vienen huyendo, en vez de pelear con los franceses». «¿Qué franceses?», repuse, «Pues qué, ¿no saben ustedes aquí las noticias? ¿No han sabido ustedes que Castaños les ha dado una gran batalla en que ha acabado con todos los que quedaban en España?». La buena nueva, dada hasta en lenguaje que era entonces el del pueblo, llenó de alegría a aquel feroz manchego, de suerte que solo pudo decirme: «¿Qué me cuenta usted?». «La verdad», fueron mis palabras, «según se supo en Madrid el día de mi salida». No cabiendo en sí de gozo el hombre, mudando ya de parecer en punto a juzgarnos traidores, salió presuroso a divulgar las felices noticias que yo traía. No corría yo el menor peligro porque fuese descubierto el engaño, porque, en primer lugar, no podía serlo en breve plazo; en segundo, quien me desmintiese no habría sido creído, y acaso lo habría pasado mal, y, por último, aun sabido ser incierta la gran victoria por mí contada, no se llevaría a mal haberla yo anunciado, suponiéndose que la había creído, porque el patriotismo consistía en decir lo más grato al soberano popular, siquiera fuese mintiendo.
Llegado ya a los términos de Andalucía, solo encontramos un tropiezo que podría haber sido ocasionado. Llevábamos moneda francesa, que corría entonces en Castilla y donde quiera habían estado los ejércitos franceses. El rey Carlos IV había hecho legal el uso de tal moneda, y novísimamente la Junta Central había renovado el Real mandamiento. Pero en las provincias no ocupadas, faltando la ocasión, faltaba el caso de poner en ejecución tal providencia. Así fue que, llegados a Santa Elena, hubo dificultad en recibirnos las piezas francesas, y la dificultad iba tomando carácter político, pareciendo la empresa de defender la efigie de Napoleón un tanto atrevida y arriesgada. Por fortuna, tuve yo en el mayoral de mi coche alquilado un auxiliar poderoso, porque en los de su clase no era uso buscar los traidores. Y como él (según es de creer) traería moneda francesa, la defensa que hizo de la legitimidad de este instrumento de cambio fue animosa por lo mismo de no ser desinteresada. «¿Quién es ahora el rey de España? (dijo); ¿no lo es el conde de Floridablanca? Pues ese manda que corra esta moneda». Concedida su premisa, hubo de serlo la consecuencia, y ya desde entonces no tuvimos más disputas sobre punto de tanta importancia para viajeros.
Llegamos por fin a Córdoba, donde por tener allí familia habíamos pensado hacer estancia, que al cabo vino a ser de cerca de dos meses.
Córdoba estaba sosegada. El primer hervor de la insurrección había pasado allí. El saqueo de la ciudad por Dupont había dejado ira, pero también miedo. En Córdoba se había encarnado el levantamiento en su origen en una persona, la cual había por entonces desaparecido del teatro, habiéndole sido adversa la fortuna: en don Pedro Agustín de Echevarri,[25] singular personaje, no sin ribetes de locura en sus rarezas.
[25] Para la plebe cordobesa se llamaba Chavarría, y no gustaba oírle llamar de otro modo.
Por sus extravagancias había en aquella ciudad la causa nacional sido sustentada con menos ardor que en otros pueblos por la parte entendida y juiciosa de la población, y a la plebe que le seguía hubo de parecer amargo que la hubiese llevado a padecer una derrota en el puente de Alcolea, de lo cual fue consecuencia el saqueo antes aquí citado. Así es que aún se cantaba alguna coplilla, cuya índole satírica no habría sido sufrida en otras partes, como es la siguiente:
Pensaban los españoles Cargar con toda la Francia, Y se vinieron huyendo Por la cuesta de la Lancha.