Part 8
Por fin, al tercero o cuarto día de tan peligrosa situación, ocurrió un suceso funesto. Se había quedado en Madrid don Luis Viguri, intendente que había sido en la isla de Cuba, muy amigo de don Diego Godoy, el hermano de don Manuel, y a quien habían acusado de haber en una conversación con un coronel (dignísimo sujeto) llamado don N. Jáuregui, insinuado, allá en 1807, que deseando el rey Carlos IV descargarse del peso del gobierno, y no queriendo dejársele al príncipe su hijo, bien podría el Príncipe de la Paz ser declarado Regente. Fuese por esta razón o por otra, es lo cierto que, habiendo Viguri maltratado a un negro su esclavo y quejádose este calumniando a su amo, se juntó gente a los gritos, y la fama no buena en el concepto popular del desdichado amo produjo un alboroto en que cayó muerto Viguri, atándose en seguida una soga a su cadáver, con la cual atado fue arrastrado por las calles entre gritos de aplauso de gente frenética, si no malvada. Llegonos, estando en el zaguán de la casa de la calle de la Luna, la triste noticia, que vino por grados: primero, que iban a matar a Viguri; poco después, que ya había muerto; y en seguida, la atrocidad de que su cuerpo era objeto. Nada podíamos hacer más que dolernos del tal caso, y temer otros iguales o parecidos, y otro tanto hubo de pasar a los pobres vecinos honrados de los demás barrios.
Había llegado el día 4, y ni aun en las esquinas aparecía documento que dijese a los madrileños bajo qué autoridad vivían. Rompió al fin el silencio el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla, con una alocución no mal escrita, aunque verbosa, impresa y puesta en carteles. El Consejo gozaba de cierto favor popular en Madrid; el vulgo le suponía un poder legal que no tenía, pero al cual aspiraba, como si en algo fuese un sustituto de las Cortes, sobre todo de las antiguas. El Consejo no había jurado la Constitución de Bayona, si bien no se había resistido de frente a hacerlo; pero su timidez poco sabida era de algunos que la sabían perdonada, cuando su resistencia era un hecho constante. Vio el Consejo llegada la hora de ser realidad su más arrogante pretensión, y ejerció su adquirido poder con satisfacción de la población de la capital; no así de las provincias, o, dicho con más propiedad, de las Juntas, que tenían pretensiones más subidas y con otro fundamento, y a las cuales movía la codicia del poder inherente a la naturaleza humana.
La alocución del Consejo tenía algo de confuso, pero no en cuanto a declararse contra los aborrecidos franceses. Mi buena memoria (de la cual espero que no se lleve a mal que haga mención, por ser dote inferior al de un buen entendimiento) es causa de que pueda, al cabo de tantos años, poner aquí de tal documento un periodo íntegro, el cual me dio golpe por su consonancia con los afectos de que todos participábamos: «Adoremos, decía, a la Divina Providencia, que si ha sabido humillar a los soberbios, no consentirá queden impunes los taladores, incendiarios y asesinos». Requiebros tales era entonces muy del uso echar a los franceses.
El atentado cometido en Viguri no se repitió en algunos días. El Consejo se convirtió en Gobierno, y dictó providencias tan buenas cuanto consentían las circunstancias. Con la crueldad irreflexiva propia de días de loco entusiasmo, fue pronto olvidada la víctima de la furia popular, y si quedó de ella memoria, fue para crear un verbo atroz, porque hacía materia de risa lo que debía de serlo de anatema, pues se llamó _Vigurizar_ la acción de asesinar y en seguida arrastrar el cuerpo exánime del asesinado.
A otras materias se convirtió la atención de la gente ilustrada, cual era la de qué gobierno habría de establecerse.
Entretanto, casi quedó establecida, bien que por plazo breve, la libertad de imprenta. Bien es cierto que el Consejo, nada amigo de ella, trató de ponerle impedimento; pero en algún tiempo no lo consiguió, aunque lo mandase. Había censores, pero o no ejercían la censura, o no sé hacía caso de ella, ni se necesitaba. Una censura había, y era terrible, que era la seguridad de ser hecho pedazos si algo se decía o se insinuaba siquiera contra el punto principal de todos los pensamientos: la causa de la nación contra el enemigo. En los demás, era la discordancia de opiniones tan grande cuanto cabe serlo, y pocos reparaban en ello, no viéndose ni aun disputas entre las doctrinas de libertad política llevada casi al extremo, y la poco menos que irreligión del _Semanario patriótico_, y otras producciones rebosando fanatismo y toda especie de ideas rancias en punto a gobierno, y la mezcla singular de máximas favorables al patriotismo español y contrarias a la civilización europea y general, contenidas en la extravagante _Centinela contra franceses_, de Capmany; obra que compartía con los escritos de Quintana el favor popular en primer grado. Pero bien está repetirlo: en tales diferencias, no obstante su magnitud, llegada a ser contradicción, nadie reparaba, pues bastaba la semejanza o igualdad en adhesión viva a la causa santa del pueblo.
No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas de Quintana a España libre. Eran lo que debía esperarse de autor ya tan afamado, y reproducían con ventaja los pensamientos y afectos de las conocidas composiciones del mismo poeta a la heroica desdicha de Trafalgar, y a la hazaña de Guzmán el Bueno. Otra composición salió a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató, en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, solo compartirla, por ser inferior en fuerza de fantasía, y solo igual, por otro lado, en el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable construcción del periodo poético a la del ya un tanto antiguo y célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio Gallego, a la sazón capellán de los pajes de Su Majestad, se había dado a conocer solo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires. Gallego era muy amigo de Quintana, a cuya tertulia era concurrente asiduo, y los dos poetas, en aquella ocasión rivales, se complacían en darse mutuas y sinceras alabanzas.
Otra oda apareció con el título de _Profecía del Pirineo_, abundante en perfecciones, manchada por algunos, pero leves, lunares, y que excitó aprobación y aun admiración, así como curiosidad, porque desde luego su autor no la publicó dando su nombre. Súpose en breve que era de Arriaza, buen poeta en su clase, pero de otra estofa que Gallego y Quintana. Pareció la nueva composición, si no la mejor de su autor, de las mejores, y particularmente de otro estilo que el general suyo. Sin embargo, era fácil notar, en composición tan justamente aplaudida, que sobresalía el ingenio más que la imaginación o el sentimiento, y la principal, si bien no la única prenda de Arriaza, era ser ingenioso.
Hubo, además, una inundación de versos patrióticos o medianos o malos. ¿Qué más? Hasta yo, empeñado entonces, _invita dea_, en poetizar o metrificar, di a luz una oda al uso de lo que se fabricaba, ni siquiera señalada por lo mala sino de aquella medianía que, según Horacio, ni los postes aguantan, de suerte que ni merecía ni llamó la atención aun para desaprobarla.
La Constitución hecha en Bayona mereció ser puesta en coplillas que la ridiculizaban, y ciertamente censurándola en lo poco que tenía favorable a la libertad y en lo no poco en que tiraba a formar un gobierno ilustrado. Por ejemplo, prometiéndose en aquella obra la libertad de imprenta, decía el crítico:
La libertad de la imprenta Disfrutará la nación: ¡Pobre del Papa y del clero! ¡Pobre de la religión!
Y esto no obstante, si la voz común no mentía, esta crítica fue obra de un literato, después muy parcial de las doctrinas llamadas liberales y de la misma libertad de imprenta: de don Eugenio Tapia.
También se tentó hacer versos para cantarlos; pero, aunque siguiendo la guerra las canciones patrióticas adquirieron valimiento, por lo pronto no eran oídas sino las más toscas y vulgares. Arriaza escribió el himno llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso guitarrista Sor le puso música, pero con corta fortuna en punto a hacerle correr entre las gentes. No porque se dejase de cantar por las calles, pues, al revés, atronaba los oídos la continua canturía. Pero las canciones que resonaban, era una que decía:
Virgen de Atocha, Dame la mano, Que tienes puesta La bandolera Del rey Fernando. Virgen de Atocha, Dame tu poder, Para que al rey Fernando Le traigas con bien.
o con otra, y no mejor música, la no mejor letra que decía:
Ya vienen las provincias Arrempujando, Y la Virgen de Atocha Trae a Fernando. ¡Vivan los españoles! ¡Viva la religión! Yo me c...o en el gorro De Napoleón.
o una de igual valor, como es:
Ya se van los franceses—Larena, Matan los piejos—Juana y Manuela, Matan los piejos—Prenda, Y el general los dice—Larena, Que son conejos—Juana y Manuela, Que son conejos.—Prenda.
Y en el pueblo en que esto se cantaba era el _Semanario patriótico_, escrito por Quintana y sus amigos, el periódico más apreciado y respetado, y el que más influjo ejercía.
Pasaban días, y no parecían los ejércitos vencedores, aguardados con ansioso deseo, el cual vino a ser impaciencia y bien motivada. Sabíase que el de Andalucía no se había movido por haber necias rivalidades entre las Juntas de Granada y Sevilla, y las tropas de la una y la otra que le habían compuesto. Entretanto, Madrid continuaba sin una fuerza física necesaria para impedir se turbase el sosiego público, o para restablecerle en caso de que ocurriese un acto de desorden y violencia. Sobre cuál había de ser el gobierno de España durante la cautividad del rey, no había menos ansia, pero de esta solo participaba la gente entendida. Habíase armado una violenta disputa entre el Consejo y las Juntas de provincia, haciendo aquel las veces de esta en la capital, y no admitiéndole las últimas por colega, pues hasta le afeaban sin razón haber existido junto bajo el intruso José Napoleón, aunque por pocos días. Los madrileños se declararon por el Consejo, quizá por mirarle como cosa de casa, y hasta el _Semanario Patriótico_ dedicó un artículo a defenderle de las acusaciones de las Juntas; hecho singular, si se paraba la atención en que el antiguo tribunal con pujos de gobierno debía ser mirado como acérrimo enemigo de las doctrinas políticas del periódico liberal, cuando las Juntas, por su origen y aun por uno u otro de sus actos, a pesar de sus muchos desatinos e inconsecuencias, representaban el poder popular con más o menos acierto y conocimiento de su esencia.
Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver las madrileñas tropas españolas de las que habían vencido a los franceses. Mal representante de nuestros ejércitos con el de Valencia, que entró en esta capital el 13 o 14 de agosto. Los soldados, mal vestidos, con los zaragüelles provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos, cubiertos de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de modos violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban un aspecto repugnante. A la preocupación que daba a temer de tan malas trazas nada mejores hechos, se agregaba saberse los horrorosos asesinatos cometidos en Valencia en las personas de franceses no militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad, que había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto, si no los había, abundaban los muy capaces de serlo. El buen general Llamas que los mandaba, tenía apariencias de oficial antiguo y buen caballero, pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en Madrid se llenó de terror la gente de educación y clase mediana al ver campeando por las calles aquella gente con guitarrillas, cantando, y a la par amenazando, entrándose en los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que poner en sus sombreros cargados de ellas, y dejando asomar puñales que contrastaban con las imágenes devotas. Al revés, la plebe, y de esta especialmente la parte acostumbrada o aficionada a crímenes, o si no tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como amigos, y en caso de necesidad, como apoyos con que podían contar de seguro. No salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A los dos o tres días de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto en las cercanías de la plaza de la Cebada, en que cayó muerto un sujeto cuyo nombre y calidad no pudo averiguarse, como tampoco la causa de su trágico fin, y el cadáver fue arrastrado con las mismas circunstancias que el de Viguri. Súpose que el general Llamas había acudido a impedir el asesinato de que sus soldados eran participantes, y que, sobre ser desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió el terror por Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que nadie podía creerse en plena seguridad.
Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como una desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del ejército andaluz, del cual se sabía que era compuesto de tropas disciplinadas.
El 24 de agosto, si no me es infiel mi memoria, fue cuando los vencedores de Bailén pisaron las calles de la capital, por su esfuerzo y fortuna libertada de odioso yugo. Era de esperar un entusiasmo loco en el recibimiento hecho a tales tropas, y con todo, si bien hubo grandes aplausos, se notaba menos ardor en los que aplaudían. Lo que más o lo que primero llamó la atención del público, fue el corto cuerpo de lanceros de Jerez que venían delante. Desde largos años no veían los españoles en su ejército lanzas ni corazas, y en las tropas francesas habían visto estas armas, que creían desechadas y olvidadas, vueltas a uso. Ahora, pues, pensando en las garrochas con que pican nuestros campesinos o picadores en plaza a los toros, se creyó se había dado con un medio de contrarrestar a los lanceros polacos, no dudando la vanidad nacional de que se haría con ventaja. Y se contaba que así había sucedido en Andalucía, donde habían sido ensartados los franceses en las garrochi-lanzas jerezanas. Venían los lanceros vestidos, no con uniformes al uso común, sino como los hombres del campo de Jerez, con sombrero de copa baja, muy parecidos a los hoy llamados calañeses, y con traje semejante al que llevarían si fuesen a picar reses en el campo. Daba realce a esta apariencia ser andaluces los lanceros, y como tales alegres y decidores, y sus gracias gustaban, aunque no fuesen de las mejores, por lo mismo que se los suponía graciosos, de modo que era un enviar y recibir dichetes lo que se oía alrededor de aquella gente. Las demás tropas tenían mediano aspecto, no como las valencianas, no como las mejores francesas; llevando aún la infantería el sombrero de picos, hoy dicho apuntado, el cual era entonces pequeño. Al recordar las gentes el porte marcial de los soldados de la guardia imperial francesa que llevaba consigo el vencido Dupont, pasmaba considerar que se habían rendido a hombres de muy inferior aspecto como militares.
Después de la entrada del ejército victorioso en los campos de Andalucía, ningún otro espectáculo podía llamar la atención o excitar los afectos en igual grado. No dejó, con todo, de mover las pasiones la proclamación de Fernando como rey, hecha el 25, llevando esta vez el pendón el conde de Altamira entre vítores que parecía se levantaban a la línea de los héroes.
Pero iba haciéndose hora de que a la embriaguez del triunfo sucediese el cuidado de lo presente y no lisonjeras previsiones de lo futuro. Aunque se había retirado José Napoleón hasta ponerse del otro lado del Ebro, veíanse graves peligros, y se temían no inferiores males para la patria. El entusiasmo es cosa que dura poco, sobre todo si se ha gastado muy de prisa. Pero a su decadencia no acompañó decaimiento de ánimo bastante a aconsejar la sumisión si era adversa la fortuna. Así fue que no hubo otra jornada de Bailén, sino al revés, muchas en que llevaron nuestras armas lo peor, sin el consuelo de quedar gloriosas, aun saliendo vencidas. Pero hubo tenaz propósito, aun cuando parecía locura persistir en la resistencia, y esta pertinacia heroica nunca faltó en la parte con mucho más numerosa de los hombres de aquellos días de prueba. Así, la bandera de la patria, caída a veces, se levantaba otra vez al momento, y en la isla gaditana una España abreviada, contando por suya toda la tierra no pisada por los franceses, vivió mereciendo ver premiados sus esfuerzos con haberse logrado afirmar la independencia de la nación española amenazada por el mayor poder que ha conocido el mundo.
VI.
MADRID Y ALGUNA PROVINCIA A FINES DE 1808 Y EN 1809.
Después de la entrada de los vencedores de Bailén en la capital de España, quedó esta en una situación de más sosiego, pero comenzó a cundir entre la gente ilustrada la mayor inquietud posible sobre más de un punto. Como la gran victoria alcanzada, vistas bien las cosas, parecía un milagro, nacieron justísimos temores de que milagros tales no se repitiesen. Los elementos de desorden por lo tocante a alborotos en las calles y atentados contra la seguridad de las personas parecían neutralizados porque estaban suspendidos, o ya los contuviese la tal cual fuerza existente de la que se esperaba sustentase el imperio de la ley, o ya el haberse apagado el ardor patriótico, que así impelía a locos y criminales excesos, como estimulaba a hechos hijos de nobles pasiones. Dos cosas daban cuidado: la notoria mala calidad de los ejércitos, pobres en número y faltos de buen orden; y la carencia de un gobierno general de la nación, necesario hasta para el aumento y buena dirección de la fuerza militar. Al fin, esto último hubo de conseguirse, no sin trabajo.
Diputados de las Juntas, congregados en Aranjuez, compusieron una Junta magna, que tomó el título de Central. Establecido este gobierno en una población pequeña, estaba libre de la opresión que en tiempos revueltos ejerce sobre una autoridad, por necesidad débil, la plebe de las ciudades populosas; pero carecía por lo mismo del favor popular que en horas de apuro alienta a un objeto querido, cuya presencia inspira entusiasmo, y el cual a la vez recibe como de rechazo buena parte del que excita. El pueblo de Madrid se contentó con que hubiese al fin nacido la Junta Central, pero no saludó con pasión el día de su nacimiento y no llegó a cobrarle amor, como en las capitales de provincia le tenía lo general de la población a sus respectivas Juntas.
En cuanto a las personas capaces de juzgar en materias políticas, miraron como un bien altísimo que al cabo hubiese un gobierno; pero no acertaban a calificar para la aprobación o desaprobación al que acababa de salir a luz con harto trabajo y grandes actos de condescendencia por diversos lados, resultando una amalgama en que no quedaban bien unidas y mezcladas hasta formar un buen todo las varias materias que le componían. Por un lado, Quintana había sido nombrado oficial mayor de la secretaría de la Junta, ejerciendo grandísimo influjo en el secretario don Martín de Garay: por otro, una de las primeras disposiciones de la Central había sido nombrar Inquisidor General, confiriendo tal puesto al obispo de Orense, muy propio al objeto de tal nombramiento. La libertad de la imprenta, reinante de hecho y no de derecho, fue de nuevo negada, con rigor, por fortuna o por desgracia, no efectivo. Porque seguía la confusión o diversidad de pareceres, como cuando más, en lo relativo al modo de gobernar la nación por lo presente, y de proveer a cómo habría de ser gobernada en lo futuro. _El Semanario Patriótico_ continuaba siendo un periódico igual en ideas a los franceses de 1789 o 1790 en punto a doctrinas; don Juan Pérez Villamil acababa de publicar un escrito muy aplaudido, en el cual, apostrofando al rey cautivo, le decía que «verificado su anhelado rescate y vuelto al trono, si quería conservarle, mandase poco, mandase menos, porque eran demasías las por muchos juzgadas prerrogativas de la Corona, y que el pueblo, de salir a recibirle ya libre, le presentaría con una mano una Constitución a que habría de atenerse»; y el mismo Quintana había dado a luz sus poemas patrióticos, por largos años escondidos en su papelera, y donde ya se ensalzaba al comunero Padilla, aprobando sus hechos, ya se denostaba a Felipe II, llenando de horror y pasmo a los monjes del Escorial,[22] ya, con motivo de celebrar la invención de la imprenta, se calificaba al poder papal de no menos que monstruoso, indigno y feo, cuyo abominable solio, sentado en las ruinas del capitolio romano, estaba próximo a caer, dejando tristes señales en sus ruinas.
[22] De esto fui yo testigo en una visita que hice al Escorial en noviembre de 1808, de que digo algo aquí más adelante, y que he hablado por extenso en un folletín del periódico _Correo Nacional_ en 20 de agosto de 1840.
De tal y tanta confusión era la recién formada Junta fidelísimo espejo. Porque bueno es que lo sepan nuestros contemporáneos; nunca ha habido en España, ni aun en otra nación o edad alguna, democracia más perfecta que lo era nuestra patria en los días primeros del alzamiento contra el poder francés. Gobernaba entonces el pueblo, el pueblo tal cual era, ejerciendo en ciertas ocasiones su prepotencia en plebe, como más numerosa y resuelta, y yendo el Estado dejando a menudo autoridad absoluta a quienes tenían el mando, siendo inconsecuente el poder como nave mal gobernada o casi sin gobierno, a la cual arroja el ímpetu de las olas venidas a veces de distintos rumbos a muy diversas direcciones. Y todo esto no era producido ni dirigido por medios juiciosos ni con orden previo, como sucede cuando y donde las leyes arreglan el ejercicio del poder popular, sino de una manera confusa, haciendo las veces de la razón el instinto. Los amantes de la soberanía popular por fuerza habrán de convenir, si ya no deliran, en que en los pueblos soberanos, como en los soberanos de cuerpo y alma, los hay buenos y malos, porque los hay ilustrados e ignorantes, y la ignorancia y pasiones de la multitud traen tan fatales consecuencias al procomún cuanto podría traer la calidad de una persona revestida de autoridad ilimitada. En el gobierno creado por el pueblo español en 1808 estaba, pues, expresado en compendio el mismo pueblo, con todas las calidades que a la sazón tenía.