Recuerdos de un anciano

Part 7

Chapter 74,035 wordsPublic domain

Algo hay escrito de la guerra de la Independencia, si bien quizá no tanto cuanto debería esperarse, o cuanto en otro pueblo más fecundo en autores y lectores habrían dado de sí acontecimientos tan graves y tan ricos en escenas del más vivo empeño posible. Y cuando me arrojo a decir que solo es algo lo escrito o lo publicado sobre las cosas de aquellos días, hablo de la cantidad y no de la calidad, porque hay entre lo poco obras de mérito, entre las cuales descuella la historia del conde de Toreno, donde, si hay faltas, abundan las perfecciones. Pero hay dos puntos que son los principales para quien desea enterarse de lo que fue aquella contienda, y de lo que eran aquellos días de que poco se ha tratado. Es el primero la consideración crítica y filosófica del espíritu de aquella contienda, donde concurrieron con igual celo a un fin común gentes de opiniones encontradas, presentando el total muy diversos aspectos, según el lado por el cual era mirado, pudiendo solo juzgarlo del todo quien atentamente examinare las varias ideas, y la general, venida a ser conjunto de todas las diferencias que habrían de manifestarse, logrado o próximo a lograrse el objeto del común deseo. El mismo conde de Toreno, no obstante ser hombre de grandísimo entendimiento y vasta instrucción, concibió su historia atendiendo a un modelo clásico o antiguo; y siendo por afición y hábitos poco amigo de generalizar, solo mezcló breves reflexiones políticas en su narración animada y elocuente. Pero el otro punto, poco o nada conocido, es la parle anecdótica de aquellos días, sobre la cual calla la historia por juzgarlo indigno de su atención, y faltan testimonios de observadores contemporáneos, no habiendo en España lo que es común intitular memorias, ni de la clase de que son las inglesas, ni de la de que son las francesas, las cuales, siendo unas de otras muy diferentes, contribuyen por lados diversos a poner a la vista de generaciones sucesivas lo que fueron sus abuelos o eran sus padres. De suplir esta falta pueden servir los borrones que siguen, y si pareciere arrogancia este aserto, se suplica al lector considere que la empresa es llana, pues solo requiere memoria y buen deseo, porque a contar lo que vio alcanza la vieja más ignorante, y no es más alta la pretensión de que son expresión estos recuerdos. Pocos quedamos ya de los que vivían en aquella época, muy diferente de la actual, aunque con ella enlazada, no solo como lo están todos los sucesos en los anales del linaje humano, sino con más estrecho nudo, porque si entonces vivía la España antigua, entonces también murió la España nueva, que era niña balbuciente en 1810, y hoy frisa con la vejez, por haber vivido muy de prisa, y en uno y otro caso tiene las ventajas y desventajas propias de los años primeros y otros de los ya avanzados. Basta y sobra ya de preámbulos, y entremos en materia.

Después del terrible suceso del Dos de Mayo, había quedado Madrid aterrado, pero a la par con el terror reinaba la ira. Los sucesos de Bayona, donde fue obligado el rey Fernando, locamente amado por lo mismo que era un enigma interpretado de modos diversos, todos favorables a ideas también diversas, fue compelido a hacer renuncia de la corona en su padre, para que este la traspasase a Napoleón, estaban previstos, y a nadie admiraron. Pero lo verdaderamente singular es que, en la opinión general, aun contando la de gente muy entendida e ilustrada, había poco temor de que uno u otro Napoleón reinase. Entretanto, menudeaban decretos y proclamas de Bayona: el trono había quedado como vacante (aunque de oficio nunca lo estaba, pues fue cedido por Carlos IV a Napoleón, y este a su hermano José); España estaba tranquila; de ejército español solo había cortas divisiones en lugares muy distantes unos de otros, de suerte que ninguna esperanza fundada existía de libertar a España del yugo francés; pero suplía completamente la falta de la esperanza lo vivo del deseo, o diciéndolo con toda propiedad, era este tal y tanto, que, pasando más allá de esperanza, llegaba a ser persuasión. Todos tenían puesta la vista en las provincias, como decíamos en el lenguaje común de aquellos días, y de allí aguardamos el remedio creyendo infalible su llegada y aun su eficacia. Habrá quien achaque esta locura patriótica a una causa de muchos creída innegable verdad, y es que en nuestra patria la gente superior en talento y ciencia, con raras excepciones, creía que debíamos aceptar de Francia con nuevo rey leyes nuevas y un gobierno ilustrado; y que solo el vulgo ignorante o los hombres de rancias doctrinas deseaban o esperaban el restablecimiento del trono de los Borbones, de lo cual, como es natural, se sigue que, conformándose la fe con el deseo, y este y aquella con la ceguera intelectual, ofuscasen el ánimo visiones que presentaban como fácil y seguro lo casi imposible. Tan errada persuasión, originada en escritos y dichos de los franceses y sus parciales, acogida y fomentada por algunos ingleses, y a la cual dio valimiento la conducta del rey en 1814, está en contradicción con los hechos. La tertulia de don Manuel José Quintana, por ejemplo, era el punto principal en que concurrían los hombres más señalados en España por su talento y saber, y también por sus ideas favorables a la libertad política y religiosa en grado hasta excesivo. Poco después del Dos de Mayo, don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, a quien nadie excedía en amor a las doctrinas después llamadas liberales, había sido, por un artículo favorable a Fernando VII, inserto en la _Gaceta de Madrid_, llevado ante la autoridad francesa, y amenazado de una condenación a muerte. Vivía en lo general de los españoles de aquellos días honda y vehementemente sentido el amor de patria juntamente con el de libertad, confundiéndose en uno ambos afectos. De los pocos que disentían de la opinión popular, los unos eran odiosos al pueblo, y otros cedían a compromisos contraídos, no sin dolor y vergüenza, que apenas, si acaso algo, disimulaban. A pesar de contarse tantas personas de entendimiento e instrucción entre los que padecían del achaque de una credulidad infundada en prometerse triunfos de la nación española en la indudable resistencia que suponían haría al poder francés, tal confianza parecía desatino; pero más difícil que probar que lo era, venía a ser negar que existía. Disposición tal en los ánimos explica cómo fue acometida, casi unánime y simultáneamente, empresa tan atrevida cuanto lo era la de desafiar al poder francés una nación falta de recursos, y cuyas plazas fuertes fronterizas y gran parte de su territorio, inclusa la capital, estaba en poder de los invasores. Como estaban convencidos de que había de haber insurrección, bastó que algunos pocos hombres osados en varias capitales, todos ellos de corto valer, alzasen la voz, para que fuesen seguidos, siendo la voz de tales hombres a modo de campana de reloj que da la hora en que esté convenido que ha de hacerse alguna cosa, sea o no de importancia.

Los que vivíamos en Madrid, supusimos el levantamiento antes que sucediese; sucedido, le creímos superior en fuerza a la que tenía; apenas creímos sus ridiculeces, perdonamos sus excesos, nos figuramos triunfos y negamos reveses. No impedía el terror que siguió al Dos de Mayo que se mostrase la opinión con poco rebozo. La tertulia de Quintana seguía no muy concurrida, pero no falta de gente, y toda ella era entonces antifrancesa, a pesar de que, andando el tiempo, hubieron de hacerse afrancesados unos pocos de los que la formaban. En lugares mucho más humildes había el mismo espíritu. En los pobres cafés de aquel tiempo, en que era costumbre leerse la _Gaceta_ al lado de un brasero de sartén en invierno, y cerca de la ventana en verano, se hablaba con el mismo desahogo, tal, que parecía no se recelaba peligro por parte de los dominadores. Al revés, en lo que había miedo, era en punto a negar las victorias de los levantados sobre los franceses, y los incrédulos, que no lo eran por falta de patriotismo sino por sobra de juicio, callaban medrosos cuando oían contar los hechos menos creíbles. Así, un pobre levantamiento de Segovia, pronto vencido y sofocado, fue pintado como un gran suceso en el cual los franceses, de quienes se ignoraba u olvidaba que habían atravesado los Alpes, se habían quedado sin atreverse a subir por los puertos de la cordillera de Guadarrama. La gente más curiosa acudía a los cuarteles a averiguar cuántos soldados y oficiales habían desertado cada noche, esto es, ídose a las provincias a engrosar las filas de los ejércitos españoles, ya en hostilidades con los franceses. Eran satisfactorias las noticias que se adquirían, los cuarteles iban quedando vacíos y, lo que daba más gusto, algunos de los honrados desertores se llevaban consigo las banderas.

Al paso que seguían llegando las noticias, crecían, si no las esperanzas, desde luego grandes, a punto de no admitir aumento, los extremos del gozo. Entre todas las noticias, las de Zaragoza excitaban particular entusiasmo. Palafox había llegado a ser un semidiós; admiradas las gentes que le habían conocido en sus mocedades, apenas concluidas, de que hubiese llegado a ser un general tan insigne. Me acuerdo de una llamada batalla de _las eras_, dada en junio de 1808, en que los franceses habían sido completamente derrotados, y de una proclama que contenía, poco más o menos, las frases siguientes: «Si la batalla de las eras hubiese sido ganada por esos vocingleros (los franceses), se habría puesto a la par de las de Marengo, Austerlitz y Jena; pero vosotros (los aragoneses) solo la miráis como un ensayo de las que estáis dispuestos a ganar bajo el mando de vuestra Generalísima y Patrona». Esta producción fue leída y admirada en el café de la Corredera Baja de San Pablo en medio del día, tocándome, como solía tocarme, el papel de lector entre los concurrentes.

Si algo se hablaba de la Constitución que estaba haciéndose en Bayona, era por vía de burla, no sin maldecir a los que se prestaban a hacerla o aprobarla; de ellos los más forzados, como acreditaron muchos con la conducta que después siguieron, viva ya la guerra.

Murat se había ido de Madrid a reinar en Nápoles. El odio público había seguido al verdugo de las víctimas del Dos de Mayo, y, como poco antes de partirse hubiese sido acometido de cólicos violentos, aun hubo la atrocidad de culpar al facultativo que le asistió porque le hubiese salvado la vida. Quedó mandando Savary, casi igualmente aborrecido por su conducta en Madrid y Vitoria en abril próximo anterior, y por cierto más digno de aborrecimiento que el mismo Murat, siendo uno de los peores satélites de su amo. No tengo presente dónde moraba Savary, pero sí que no era en Palacio, el cual estaba abandonado, no sin dolor ni escándalo de los españoles, para quienes era a modo de religión la monarquía. Me acuerdo de haberle visto con frecuencia para ver a mi sabor las bellas pinturas que entonces contenía y ahora están en el Museo. En las salas se paseaban algunos franceses, y en un dormitorio (el de la reina María Luisa creo) dos o tres de ellos con otras tantas mujerzuelas de mala vida estaban ensayándose en el bolero con acompañamiento de guitarra y castañuelas. Veíanse por allí, en un rincón, el famoso sombrerito de tres picos con un par de botas a un lado, que eran, o se suponía ser, del mismo Napoleón, y que enviados a esta capital, cuando aún estaba en ella el rey, habían servido de prueba de que el emperador francés no solo venía a España como huésped, sino que estaba de camino. Y, como ha habido quien niegue la venida de tales prendas, no está de más decir que las vi yo más de una vez por mis propios ojos. Sin ser yo entonces muy monárquico, si bien no era lo contrario, sino mezcla de una y otra cosa, miraba con dolor e ira aquellas escenas que me parecían un insulto hecho no solo a la majestad del trono, sino al decoro del pueblo español, del cual era el trono representante.

Por fortuna, bien está repetirlo, creíamos cercana la venganza de tanta afrenta. Había llegado julio, y pocos triunfos habían conseguido nuestros odiados dominadores. Resistía Zaragoza: era verdad que el mariscal Moncey se había retirado de Valencia, rechazado de los flacos muros de aquella ciudad, solo propios para resistir a armas no de fuego: de Andalucía era seguro que Dupont se había venido atrás, desocupada Córdoba. Andábase averiguando noticias, siendo difícil tenerlas ciertas, pues solían carecer de ellas los mismos franceses. Tal era la sandez, hija del entusiasmo, que aun en gente no vulgar era frecuente salir a la calle a saber qué había, y volver a casa con grande satisfacción, porque, habiendo mirado a la cara a algunos franceses, habían notado en ellos señales de mal humor; de lo cual se deducía que estaban furiosos o tristes por el mal estado de sus negocios, como si no pudiese ser y no fuese con frecuencia aprensión del observador la figura o mala cara de los observados, o como si razones privadas y no políticas no causasen en un francés enfado o tristeza.

En medio de esto, súpose que había entrado José Napoleón como rey por las provincias del Norte. Estaba desmentido el grosero y sucio estribillo de seguidilla, que aún en Madrid cantaban a media voz dominando los franceses, el cual era, ni más ni menos, el siguiente:

Anda salero, No c——á en España José primero.

«Ya sucedió lo que se suponía que no», exclamó con pesar una persona al oír el estampido (que entonces no se llamaban detonaciones) de los cañones que en esta corte anunciaban y celebraban la entrada del nuevo monarca en su reino. Pero así y todo, no había por qué desmayar; malas digestiones le esperaban en el mal adquirido trono y en la tierra que llamaba su reino, y como había entrado, así saldría. Tiempo hubo en que parecía errado el pronóstico, pero al cabo vino a resultar cierto; que tanto puede un pueblo resuelto a no llevar el yugo de los extraños y tenaz en su esperanza y fe aun en los reveses de la más adversa fortuna.

Por entonces, y estando José cerca de Burgos, llegó la nueva de haberse dado una gran batalla en los confines del antiguo reino de León y de Castilla la Vieja. Como es de suponer, para los madrileños había terminado la batalla en una victoria completa de los nuestros, aunque había sido cabalmente todo lo contrario. Algo contradijo la persuasión, poco menos que universal, de haber sido de los españoles la victoria saber que el titulado rey venía acercándose a Madrid y que iba a entrar en la villa que llamaba su corte y en el usurpado palacio.

Entonces ya, si no se convino en que había habido derrota por parte de nuestros compatricios, se calló tocante a la batalla, atentos los ánimos solo al modo de recibir al rey calificado de intruso. De él se afirmaba que era tuerto; y con mayor seguridad, que gustaba de beber con exceso, a punto de merecer la grosera calificación de borracho. En suma, si de oficio y para sus poco numerosos parciales era don José Napoleón I, rey de las Españas y de las Indias (que tales títulos tomó), para las noventa y nueve centésimas partes de los españoles vino a ser conocido con el apodo familiar, pero no amigo, de Pepe Botellas.

No puedo hablar del recibimiento hecho al pretendiente al trono en Madrid, porque, si bien residía yo en esta capital, no salí de casa en aquel día. En que fue malo no cabe duda, si bien tal vez se ponderó la soledad de las calles, porque a falta de adictos, hubo de haber curiosos. Era común en aquellas horas repetir la narración y descripción de la entrada del archiduque Carlos en Madrid, titulándose el rey Carlos III, que está en los Comentarios del marqués de San Felipe, transmitiéndola los que habían leído esta obra a los que no la habían leído, y aun a los que no sabían leer; y fue universal deseo renovar la escena de casi un siglo antes. Quizá ponderó algo el marqués; pero lo cierto es que el archiduque se volvió descontento a sus reales, desde la mitad del camino, sin llegar a habitar el regio alcázar, cuando José, más fácil de contentar, siguió hasta aposentarse en el Palacio.

A la amargura y rabia que causó verle sentado en el trono material de los reyes de España, sirvió de calmante, aunque leve, saber los desaires a que se veía expuesto. Muchos se negaban a prestarle juramento de fidelidad, quiénes a las claras, resueltamente, quiénes buscando evasivas, honrados y fieles, pero no animosos; quizá algunos, puestos a ver venir, atentos a lo que había de suceder en las provincias. Celebrose como grande hazaña que el alférez mayor de los Reinos, marqués de Astorga y conde de Altamira, hubiese huido de Madrid por no llevar y levantar el pendón en la jura mandada hacer al nuevo soberano.

En tanto, habían pasado algunos días después del 19 de julio; día inmortal en que de veinte mil franceses rindieron unos y entregaron otros las armas a poco más de treinta mil españoles bisoños, en los campos de Bailén. Tardó en llegar a Madrid la noticia auténtica de tal suceso. Pero ya bien o mal sabida, y trasluciéndose, comenzaron a ser fundadas las hasta entonces numerosas y mal fundadas conjeturas.

Pocos días antes había vuelto a las inmediaciones de Madrid con sus tropas el mariscal Moncey, rechazado de Valencia; y si no derrotado, obligado a desistir de su empresa a término de abandonar dos provincias. Aunque no había hecho mucho efecto su llegada, servía, como hecho constante, de dar crédito a voces que corrían de otros de magnitud muy superior. Ya los observadores de los rostros de los franceses no andaban tan fuera de razón, porque a todos ellos y a sus parciales los veían cabizbajos, afanados, como quien se prepara a un viaje, y este no de recreo. Al cabo, los preparativos de retirada se hicieron visibles, y aun comenzó esta a efectuarse en el 29 de julio, siguiendo el 30 y 31 en que salió el intruso rey con la corte, yéndose con él algunos de sus parciales, y quedándose otros dispuestos a pasarse a la bandera nacional.

Amaneció el día 1.º de agosto de 1808, día por cierto memorable, y de aquellos de que rara vez gozan los pueblos, día cuya memoria no puede borrarse en la mente de los que hoy vivimos, y la cual es bastante viva y tierna para reanimar y conmover a personas rendidas al peso de los años y heladas por el frío de la vejez, como por fuerza hemos de ser y somos los pocos testigos que hoy quedamos de aquellas grandes escenas.

Apenas había amanecido, cuando las calles, y principalmente el Salón del Prado, rebosaban en un gentío numeroso, alegre sobre toda ponderación, ufano, y si no ajeno de malos deseos, dispuesto a enfrenarlos en medio del puro gozo de la victoria. En esto apareció entre aquel bullicio un corto piquete de franceses rezagados que corrían a juntarse con los suyos: soldados de poca edad, mal vestidos, con ciertos como saquillos de color claro y no muy limpios que solían llevar aquellas tropas de infantería, parte de ellas nada lucidas, aunque temibles en la campaña. Era de temer que la plebe alborotada les embistiese; pero se contentó con insultarlos, y si uno de ellos recibió unos cuantos golpes que le derribaron, no pasó la cosa a más, y recogiendo el pobre muchacho el fusil caído, se fue con sus compañeros, perseguido solo con silbidos y risotadas. La turba se dirigió al Retiro, que había sido convertido en ciudadela por los franceses. Veíanse allí cañones clavados; comienzos de fortificaciones o no concluidas o deshechas; municiones de guerra en abundancia; acopio de provisiones arrojadas al suelo y desparramadas, o por los mismos invasores al retirarse, o por los primeros del pueblo que llegaron, y a quienes impelió ya la locura, ya la ira, ya el lícito deseo de aprovechar parte de aquellos despojos. Abundaba el vino, como era de suponer, y convidaba a hacer de él uso. Pero un clamor casi general, levantado de repente, hizo correr la sospecha de que aquellos víveres y bebidas estuviesen llenos de veneno, por juzgarse propia acción de los pérfidos invasores haber dejado tan funesta dádiva al pueblo del Dos de Mayo en la hora de abandonarle. Pronto llegó a creerse realidad la sospecha, porque un infeliz del pueblo había caído víctima de la ponzoña. Yo mismo le vi traído entre cuatro, siguiéndole centenares de hombres enfurecidos, clamando venganza contra los amigos de los franceses que en Madrid hubiesen quedado. Pero aun los más apasionados hubieron de conocer en breve que el supuesto envenenado no lo estaba de otra ponzoña que de una, que si a algunos mata a la larga, a los más deja sanos, sin otro remedio más que el del sueño. Al ver puramente borracho al que había pasado por agonizante, se trocó el furor en risa, y volvieron a predominar los buenos afectos sobre los malos.

No podía, sin embargo, dejar de causar temor a las personas prudentes el estado de una población crecida falta absolutamente de gobierno, donde la seguridad pública y la de los individuos en sus vidas y haciendas había quedado encomendada a la virtud y buen juicio de la muchedumbre, virtud que existe, pero que se desmiente con frecuencia. No existía en Madrid autoridad ni fuerza alguna moral o material: los que estaban gobernando el día 31 de julio bajo el intruso rey, eran, cuando menos, sospechosos, y más que de mandar trataban de esconderse. Del poder militar, que en España era la verdadera policía, apenas quedaban en la capital más que unos pocos inválidos de los entonces conocidos con el nombre indecente de «_culones_», pues los soldados y oficiales de la anterior guarnición estaban ya todos en las provincias. Había otra dificultad, y era que quien se atreviese a tomar el mando no acertaría a resolverse en nombre de qué superior habría de ejercerle, sí del rey Fernando o del pretendiente José, porque los franceses estaban cerca y podían volver sin que hubiere quien se lo estorbase, y las tropas españolas lejos, y el pueblo, aunque tranquilo, nada dispuesto a sufrir que se le hablase de los Napoleones sino en términos del vituperio más extremado. Entonces, por disposición no se sabe de quién, se discurrió que numerosas cuadrillas de los llamados vecinos honrados paseasen las calles haciendo el oficio de patrullas. Aunque solo contaba yo diecinueve años de edad, fui de la de mi barrio o cuartel, que se juntaba en el espacioso portal de la casa que había sido y aun creo era del Banco Nacional de San Carlos, situada en la calle de la Luna, entre las de Tudescos y Silva. De allí salíamos, y recorríamos calles y calles entre gritos del pueblo reducidos a vivas, pues durante dos o tres días ni una sola desgracia, ni un solo desorden vino a turbar el sosiego público, o dígase el bien intencionado regocijo.

A cualquier circunstancia se atendía, esperando ver hecha mención solemne como de rey del cautivo Fernando. Hubo quien me contase que por deseo de oír tan deseada mención, había ido a oír misa cantada, y que tuvo el gusto de que en la colecta el sacerdote, anticipándose a órdenes de oficio, dijese después de nombrar al Papa y al obispo «_Regem nostrum Ferdinandum_». Frivolidades parecen estas cosas a la generación presente; pero no lo eran entonces, por ser el pronunciado nombre algo más que el de un monarca, la expresión del voto unánime de un pueblo, expresada entre grandes peligros y heroicos hechos y levantados pensamientos, tipo múltiple que contenía infinidad de proyectos y esperanzas, y señal en aquella hora, y también consecuencia de una increíble y gloriosísima victoria.