Part 6
Pocas eran las obras originales que se representaban. Las comedias de Moratín estaban en el punto más alto de su reputación; pero no las representaba la compañía de Máiquez, y la del teatro de la Cruz no estaba en favor entre las gentes de la clase más alta de la sociedad, si bien en algunas ocasiones aun esta concurría al teatro desfavorecido. Máiquez gustaba de representar piececitas francesas, que entonces, como ahora, privaban. En punto a tragedias, las de Alfieri y Ducis, varias de ellas bien traducidas, aunque otras muy mal; algunas de Arnault y Legouvé, y la _Zaire_, de Voltaire, en la traducción de Huerta, donde la heroína tiene por nombre Jaira, disfrutaban de gran favor, porque eran muy bien representadas. Es de notar que de Corneille solo salía a nuestras tablas una traducción del _Cid_, recibida con poco aplauso y aun con mediana atención, y de Racine ninguna absolutamente.
De tragedias españolas a la francesa, o sea del género aún hoy mismo llamado clásico, aparecía de vez en cuando una nueva, pero casi siempre con infeliz éxito, contribuyendo a acabar con ella alguna sátira cruel del desapiadado Arriaza, el cual, si no era más blando con los traductores, no solía alcanzar sobre ellos completa victoria. _El duque de Viseo_, de Quintana, era tolerado y, aunque no con frecuencia, oído. _El Pelayo_, del mismo, fue recibido en 1806 con favor, pero no tal ni tan duradero que se repitiese su representación pasados los primeros días de su aparición y fama. Un _Coriolano_ de Sánchez Barbero murió recién nacido. _Abdalaziz y Egilona_, de Vargas Ponce, tuvo igual fortuna, no siendo casi ni comprendido, porque era poco comprensible su singular lenguaje. Las tragedias de Cienfuegos hubieron de quedar reducidas a estériles aprobaciones de los amigos del poeta.[17] Alguna más tragedia nueva pasó de la pluma al teatro; pero de ellas no me acuerdo para citarlas, y no será temeridad decir que mi olvido es sentencia de condenación, porque supone el juicio contrario del público; fallo que, aun no siendo justo, es prueba del estado de la opinión en aquellos días.
[17] «La posteridad (dicen las adiciones al _Blair_) dará su lugar a las tragedias de don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, el primero que entre nosotros ha dado a este género su estilo, su colorido y su tono». Ya ha llegado la posteridad y ha dado un fallo diametralmente contrario al que el apasionado de Cienfuegos se prometía. Imposible parece que haya quien se atreva hoy a sacar tales obras a las tablas. ¡En el olvido yacen, y bien están allí! Con dolor dice esto quien respeta la memoria de Cienfuegos cómo hombre dignísimo, aunque como poeta, en general, solo mediano, alguna vez bueno, y con más frecuencia malo, sobre todo en sus tragedias.
En medio de esto, nuestras comedias antiguas solían aparecer en la escena, ya refundidas, ya ajustadas a las unidades, ya en su original irregularidad, mejor llamada libertad, siendo recibidas a veces con aceptación hasta extremada. De ello hubo un notable ejemplo hacia fines de 1806, en que _El perro del hortelano_, de Lope de Vega, tal cual salió a luz de su autor, obtuvo grandes aplausos en el teatro de la Cruz, donde, con rara excepción, únicamente seguían representándose nuestras comedias antiguas. Verdad es que fueron los actores que la representaron Rita Luna, Querol y Carretero.
De Rita Luna apenas quedan memorias, no obstante el prodigioso favor de que gozaba entre la parte más numerosa del público, y aun en el concepto de personas inteligentes, siendo como rival de Máiquez, cuyo merecido altísimo crédito fue de época posterior, y que hasta sus últimos días no llegó a privar con el vulgo, ni aun con unos pocos literatos.[18]
[18] Moratín, en cuyas obras hay un mediano soneto en alabanza de Máiquez, ya difunto, solo hizo justicia al grande actor en sus últimos años, porque antes era parcial de la compañía de la Cruz, y había llevado muy a mal que Máiquez representase en los Caños del Peral _La lugareña orgullosa_, del oficial de caballería don A. Mendoza, que trataba el mismo argumento que el _Barón_ de Moratín, cuyos amigos calificaban la antes citada comedia de _plagio descarado_, no habiendo el _Barón_ pasado aún de ser un manuscristo. Gustó _La lugareña_, pero su buen éxito indignó a los Moratinistas, y entonces Moratín hizo representar el _Barón_, del cual decía Querol que no bien saliese al público se morirían de vergüenza los que habían aplaudido _La lugareña_. Pero el _Barón_ si agradó, no fue mucho, porque, en verdad, vale poco, y otro tanto sucede a _La lugareña_, hoy olvidada.
Arriaza era mortal enemigo de Máiquez. En la linda y justa sátira de la tragedia _Blanca y Montcasín_ critica a la par con la pieza al actor, si bien suaviza la crítica, añadiendo:
Que en mala situación no hay actor bueno.
Fue cruel la venganza de Máiquez, el cual, en la comedia titulada _El gusto del día_, salió remedando a Arriaza en traje y modos con fidelidad tal, que dio en rostro a todos.
A Rita Luna había dotado ricamente la naturaleza; pero había hecho poco el arte para perfeccionar sus dotes naturales. Tenía muchas de las faltas de nuestros comediantes antiguos, y entre otras una intolerable, y hoy desconocida, que era la de estar de continuo volviéndose, como si de lo que decía, la mitad fuese para el actor con quien hablaba, y la otra mitad dirigida a los espectadores. Se empapaba poco en la índole de los caracteres que representaba, porque era corta en conocimientos literarios; pero a veces los comprendía por intuición, y entonces eran sus atisbos aciertos, porque parecía imposible expresar con más fuego o ternura, o gracia, o ironía, lo que llegaba ella a comprender o sentir.[19]
[19] Don Antonio Saviñón, que era buen juez en materia de declamación, y muy parcial de Máiquez, me decía hablando de Rita Luna: «En muchas ocasiones, oyéndola, me ha ocurrido decir en voz baja o en mis adentros, viéndola equivocar la índole del personaje o situación que representaba: _No es eso, no es eso_, pero decía esto llorando».
Tal juicio lo es muy atinado de las faltas de Rita Luna y del singular poder que ejercía sobre su auditorio.
No siendo hermosa, ni aun verdaderamente bella ni bonita, tenía ojos admirables, vivos, parleros, así excitando a unas como a otras pasiones, y una voz de exquisito metal, y, tanto cuanto sonora, flexible. Expresando el dolor, partía el corazón a sus oyentes: representando la malicia, enamoraba. En el mal drama de Kotzebue, titulado _Misantropía y arrepentimiento_, hoy olvidado, pero algún tiempo locamente aplaudido, al descubrir quién era, su culpa producía un efecto en nada inferior al de los mejores actores de cualquier pueblo o tiempo, y sus sollozos, y sus gemidos, y su voz llorosa sacaban lágrimas aun al oyente más frío. En _El perro del hortelano_, de Lope de Vega, la condesa Diana con sus caprichos de mala especie se llevaba tras sí los corazones o los sentidos. _El desdén con el desdén_, de Moreto, nunca ha tenido mejor intérprete. Era, en suma, Rita, grande actriz, y tal vez hoy la calificaríamos de grande artista, pero de aquellos en que están compensadas considerables imperfecciones con singularísimos primores, superando estos a aquellos en cuanto son hijos de cosas a que el arte con todo su gran poder nunca alcanza.[20]
[20] Arriaza en su linda sátira de la tragedia _La muerte de Abel_, donde asimismo censura otras obras dramáticas a la sazón recibidas con aplauso, llama a Rita Luna
la dama inmemorial _Del desdén con el desdén._
Ya en sus poesías se leen los siguientes versos hechos al busto de la famosa comedianta:
Si algún mortal tan insensible vive que de esa tu expresión siendo testigo, dolor igual al tuyo no recibe, no le pidas al cielo otro castigo sino el mismo... que le prohíbe el dulce bien de suspirar contigo.
Ayudaban a esta famosa mujer dos galanes, Carretero y Ponce. No cuadraba mal ni al uno ni al otro el nombre de galán, propio de su papel en el lenguaje del teatro, porque lo eran ambos de persona. Ponce estuvo algún tiempo al lado de Máiquez, antes de pasar a la compañía rival de la de este, y tomó algo de la escuela de su maestro, pero la dejó pronto para volver al estilo antiguo español en punto a representar, si bien nunca viniendo al método extravagante de que era modelo el un día celebrado Manuel García Parra. Carretero, dotado de una voz bellísima y de bastante sensibilidad, fue mejorando, y en días muy posteriores adquirió merecida fama en una escuela que tenía bastante de la nueva, pero conservando un tanto de la antigua. Por lo que toca a Querol, era inimitable en su género. Quien le vio representar el don Claudio del _Hechizado por fuerza_, o el Polilla de _El desdén con el desdén_, o aun el Muñoz de _El viejo y la niña_, mal podía encontrarle rival; y eso que hemos contado en días más cercanos a un Guzmán, superior en lo general a Querol mismo, pero no en los papeles de que acabo de hablar, porque los buenos actores, como que crean los caracteres en cuya representación brillan, dejan a quienes los siguen la situación desventajosa de imitadores.
Si de la compañía cómica del teatro de la Cruz pasamos a la del Príncipe, que por algunos años había sido la de los Caños del Peral, variamos de escena, pasando a la preferida por la gente de superior esfera, si ya no por los primeros literatos. Era el repertorio del teatro favorecido casi todo de piececillas francesas traducidas, y de tragedias asimismo vertidas del francés o del italiano. En todas ellas brillaba Isidoro Máiquez, tan aventajado en el género cómico cuanto en el trágico, de no comunes dotes naturales y adquiridas, siendo más las primeras, aunque no aparentes, porque entre ellas se contaba la capacidad de aprovechar asombrosamente cortos estudios. Máiquez había empezado su carrera por ser poco grato al público, por el cual estuvo a punto de ser silbado, tachándole principalmente de frío, acaso porque era natural; pero, habiendo ido a París y hecho allí una corta estancia, durante la cual oyó, admiró y trató al célebre Talma, volvió a su patria no imitador ajustado de los actores franceses, sino creador de un arte nuevo adaptable y bien adaptado a la lengua española. No tenía, con todo, conocimientos literarios, quedándose en este punto inferior a nuestros actores del día presente, aun los de segundo orden, y hasta no sabía medir el verso, pues en los que decía, solía, equivocándose, alterar la cantidad, pasándolos con quitarles o añadirles sílabas a la calidad de prosa. Pero tenía la superioridad mental, a que dan los franceses, y a su imitación los ingleses, y damos hoy los españoles cuando no queremos ser puristas, el título de _genio_, y esto lo era como actor en grado eminente y no disputable. Su alta estatura, su rostro expresivo, sus ojos llenos de fuego, su voz algo sorda, pero propia para conmover, la suma naturalidad en su tono y en su acción, su vehemencia, su emoción, y aun lo intenso, a falta de lo fogoso, de la pasión en los lances ya terribles, ya de ternura profunda, constituían un todo digno de ponerse a la par con los primeros de su clase de todas las naciones. Era juntamente maestro, aunque los discípulos no supieron conservar todo cuanto de él aprendieron; pero bajo su dirección le ayudaban del modo más satisfactorio posible Prieto y Caprara, muy decaídos luego que le perdieron de vista; conservaban con todo buena parte de su escuela, haciéndose oír con gusto aun el segundo, no obstante su desagradable acento extranjero, siendo napolitano, esto es, pronunciando con algo del más desagradable tono del peor dialecto de Italia. No fue tan feliz con su mujer Antonia Prado, de la cual sacó un poco, pero sin poder curarla del achaque de afectación como de mujer presumida. En el _Otelo_ de Ducis, mala imitación de Shakespeare, en los _Venecianos_ de Arnault, obra de poquísimo valor, y como la primera, malísimamente traducida por una misma persona; en el _Polinice_ y el _Orestes_ de Alfieri, puestos en hermosos versos y lenguaje por Saviñón el uno con el título de los _Hijos de Edipo_, y por don Dionisio Solís el segundo, y en la _Muerte de Abel_ de Legouvé, pieza de corto valor, pero a la cual una bellísima versión del ya citado Saviñón dio realce, daba representados la compañía de Máiquez, y sobre todo por el que era su cabeza, los más perfectos modelos que en su clase se han visto en los teatros de España. Inútil es citar caracteres cómicos, en los cuales no parecía Máiquez que representaba un papel, sino que era el personaje representado; tal era la naturalidad de su expresión y modos. Aunque poco aficionado a nuestro teatro antiguo, quiso una vez representar el _Pastelero de Madrigal_, y admiró al público en la personificación del impostor, ya humilde, ya altivo. Hasta arrebató aplausos representando la mala comedia de Comella, cuyo título es _María Teresa de Austria o el Buen Hijo_; pero esto lo hizo, si a punto de lograr que se repitiese varias noches tan pobre pieza, sacrificando su mérito artístitico en su deseo de captarse el favor del vulgo con bufonadas. Máiquez era de condición violenta, soberbio por estar ufano de su mérito, nada sufrido con los grandes y poderosos, altivo y dominador con los pequeños e inferiores. Así lo bueno y malo de su carácter le atrajo frecuentes desventuras. En el año de 1807 hubo de salir de Madrid, no me acuerdo si desterrado, como lo fue después, y como lo estaba cuando en 1820 le sobrevino la muerte. Si en cuanto al arte dramático había en Madrid buenos actores, que solían representar malas o medianas piezas, y no aparecían producciones originales sino en cortísimo número, y, salvo en uno u otro caso, de escasísimo valor, en la parte del drama lírico, o dígase cantado, era grande la decadencia. Madrid, que en los reinados de Felipe V y Fernando VI había tenido una ópera italiana de las mejores de Europa, donde había brillado _Farinelli_; Madrid, que, aun reinando Carlos III y Carlos IV, si bien ya cerrado el regio teatro del palacio del Buen Retiro, había visto y oído en los Caños del Peral a la _Todi_ y a la _Banti_, se contentaba con oír en el teatro óperas cómicas francesas medianamente traducidas, en las cuales alterna la representación con el canto. El teatro del Príncipe era el lugar destinado a tales funciones, alternando en él una compañía de cantantes con la de Máiquez. Distinguíase entre aquellos Manuel García, después subido a eminente altura; pero entonces aún no consumado maestro, a pesar de que su hermosa voz estaba en su mejor periodo. Cantaban con él su mujer Manuela Morales, cuyo mérito apenas llegaba a la medianía, aun entonces. Ayudábanlos un Cristiani, mejor actor que cantor, cuyo género era el jocoso, y la N. Briones, madre de la famosa Malibrán y de madame Viardot, ambas nacidas en París, adonde en 1807 pasó su padre con su querida.
Ya en 1806 faltaba en Madrid buena compañía de baile. Pocos años antes las había habido lindísimas, y tres bailarinas célebres, la Hutin, la Costou y la Duchemin, habían tenido acalorados parciales que disputaban unos con otros cual podría hoy suceder tratándose de una cuestión política de superior empeño. En punto a los bailarines, no daban ocasión a tales contiendas; pero no dejaban de llamar la atención y de recibir aplausos como ahora no los recibirían, habiendo caído la afición al baile, y solo concediéndose aprobación a las mujeres que en él lucen, pero poco o nada a los varones. Verdad es que lo que agradaba en el tablado tenía igual aceptación, en la proporción debida, en los bailes particulares. Quien ve ahora pasearse como de mala gana en una sala algunas parejas, figurándose que bailan, no puede hacerse cargo del ardor, de los bríos, así como de la habilidad con que se entregaban a la pasión de la danza los señoritos de los días de mis mocedades, siendo para mí, que vivía entre ellos, causa de dolor que por ser torpe o desmañado me veía completamente privado de figurar en su compañía. La gavota estaba en su auge. En los rigodones, al bailar los solos el galán, se extremaba en piruetas y trenzados, haciendo sextas. Era esto punto de vanidad, y así blasonaban los jóvenes de su afición al baile, casi como blasonan los del día presente de mirarle como una tarea penosa. En cambio, el vals, recién introducido en España, pues solo lo fue hacia 1800, era pausado en comparación con el actual y con nuestras polkas, etc.
No consentían los tiempos reuniones literarias, y por otra parte, escaseaban elementos de qué componerlas. En una u otra tienda de libros había tertulia de la clase de la que pinta don Tomás de Iriarte en su comedilla titulada _La Librería_; pero los tiempos habían llegado a ser tales, que eran muchos los peligros que ocasionaba el estar juntas personas instruidas, que por fuerza habían de tratar de materias graves, con las cuales a veces se rozaba la política, o de asuntos literarios, en que podía decirse alguna cosa desabrida a la pandilla predominante.
En medio de esto subsistía por entonces en España la Inquisición, pero tan mansa, que apenas era temida. El inquisidor general Arce era hombre instruido, de condición suave y, más que otra cosa, cortesano.[21]
[21] En 1808, viniendo yo de Cádiz a Madrid, traía unos libros. Entre ellos estaba la _Historia de Carlos V_, por Robertson en el original inglés. Llegado mi corto equipaje a la Aduana, se pusieron a examinar los libros dos inquisidores, blando de condición el uno, severo el otro. Al tropezar con Robertson, no entendiendo inglés, me preguntaron qué obra era. Yo, escamado del gesto del uno, dije el argumento de la obra, pero callé el autor, protestando que iba a estudiar el inglés, pero que no le sabía. Oído esto, un inquisidor me dijo que me le llevase, pero el otro, casi furioso, exclamó que siendo Robertson era obra prohibida. En la duda ofrecí yo entregar el libro, y así hice. En seguida conté lo ocurrido a mi tío don Vicente Alcalá Galiano, muy estrecho amigo del señor Arce, inquisidor general y patriarca. A poco me fue devuelta la historia de Robertson, aunque yo era un joven de 17 años y no tenía licencia para leer libros prohibidos. Fui a dar las gracias en persona al señor Arce, el cual tuteándome y con rostro y modos cariñosos: _Hola, muchacho_, me dijo, _¿conque lees esos libros? ¡Pues cuidado!_ Poco importaba el aviso, porque el hecho le quitaba el carácter de amenaza.
Así es que la malicia popular, mirándole como privado del gran privado, hasta le achacaba estar casado; claro desatino, pero indicio de que no veían en él las gentes un sucesor de Torquemada o de Valdés, de quienes vino a ser representante el nombrado inquisidor por la Junta Central, el afamado obispo de Orense. Se entretenía la Inquisición en perseguir y castigar a falsas beatas, inventoras de milagros, lo cual hacía con tanto mejor éxito, cuanto que no podía pasar por hija de la impiedad o la incredulidad la pena dada.
Sin embargo, la tertulia de Quintana existía, y vivió en los años críticos de 1807 y 1808, hasta que la caída del trono antiguo en Aranjuez le dio, no solo seguridad, sino importancia. En ella tuve yo entrada en noviembre de 1806, no obstante mi corta edad, que era de 17 años, porque ya cultivaba las letras con buen deseo, si no con acierto, ajeno de lo que se llama estudios, pero supliendo con la afición, aunque muy imperfectamente, lo que me faltaba. Hoy soy el único que vive de quienes componían aquella sociedad medianamente numerosa. Iban allí don Juan Nicasio Gallego, cuya fama empezaba entonces; Blanco White, ya conocido en Sevilla; Arjona, también del gremio literario sevillano; Tapia, unido con Quintana por amistad estrecha; Capmany, a quien malas pasiones llevaron después hasta a pintar con negros colores a aquella concurrencia donde era bien admitido; Alea, traductor del _Pablo y Virginia_, de Saint-Pierre; don Gerónimo de la Escosura, muerto académico de la lengua; don N. Viado, y algunos más de cuyos nombres no me acuerdo. Se aparecía de cuando en cuando, y no muy de tarde en tarde, Arriaza, el cual como que disonaba entre gentes casi todas opuestas al Príncipe de la Paz, cuya casa él frecuentaba, como antes he dicho. La conversación era sobre materias de literatura; pero también se hablaba de noticias, como, por ejemplo, de la campaña de Napoleón en Prusia y Polonia, llegando el atrevimiento solo a punto ser lícito manifestar, ya afecto, ya desafecto al conquistador glorioso. Solía leer Quintana las vidas de hombres célebres, que por entonces dio por primera vez a la estampa. Nunca vi allí a Cienfuegos, y en cuanto a Meléndez Valdés, creo que estaba ausente de Madrid en aquellos días. Era aquella sociedad culta y decorosa, cuadrando bien al dueño de la casa, hombre grave y severo. A ella no asistía su mujer, reputada una de las principales beldades de Madrid, pero sin duda poco aficionada a la literatura o a la sociedad de gentes nada propias para divertir a señoras en la flor de la juventud y en la madurez de su hermosura.
Así iban acercándose a la muerte el Madrid y la España de nuestros abuelos. Quien vio el Madrid y la España de 1815, con sus pretensiones a ser fiel renovación de lo antiguo, se forma de lo pasado una idea, cuando no mucho, bastante equivocada. Los que aspiran a resucitar muertos no estando dotado por Dios del don de hacer milagros, desvaría, y si trabaja para el logro de su descabellado intento, y de su trabajo algo llegan a prometerse, y se figuran haber conseguido lo que se prometían, equivocan un cadáver galvanizado con un cuerpo venido a vida nueva. Fue muy duro el golpe, llegó a penetrar muy en lo hondo el movimiento que recibieron nuestra monarquía y nuestra sociedad en 1808, y desde entonces hasta 1814, para que pudiesen tener efecto cumplido los deseos y conatos de quienes querían pasar por encima de seis años, y no años ordinarios, como si tal hueco no hubiese existido.
De la sociedad de 1814 a 1820 hay quienes conservan recuerdos que podrían, si quisiesen, trasladar de la mente a la pluma, pero cuidando de no equivocarlos con una época muy diferente.
V.
MADRID DESDE FINES DE MAYO HASTA FINES DE AGOSTO DE 1808.