Recuerdos de un anciano

Part 5

Chapter 53,906 wordsPublic domain

En el hoy ministerio de Marina, edificio que desde la caída del hombre singular que le ocupó y desde él casi reinó, ha servido a varios usos, y donde vivía, como todos saben, hasta que en los últimos días de su poder pasó a residir en una casa casi humilde, mientras le habilitaban el palacio de Buena Vista, que acababa de serle ofrecido en dádiva, tenía su corte el valido de Carlos IV. Un cuerpo nuevamente creado para ser su guardia, hacía la de su casa; cuerpo considerado como ramo del de Carabineros reales, pero diferenciándose de él en el uniforme, que era el de los húsares de aquellos días; y cuerpo lucido por la buena presencia de los soldados, todos ellos escogidos, y de los oficiales, a que daban realce el vestido y las prendas todas de su equipo. Una escalera hecha a grandísimo costo, y más señalada por la riqueza que por el gusto de su adorno, daba paso a varios salones. En uno de ellos, largo y comparativamente angosto, estaba lo principal de la concurrencia, la cual, sin embargo, se extendía hasta llenar otros dos o tres cuartos de menores dimensiones. Contribuían a formar aquel concurso personas de muy diferentes clases y categorías, las más de ellas traídas allí por el interés de alguna pretensión; algunas, bien que pocas, solo para asistir a un espectáculo divertido; bastantes sin otro objeto que no faltar, porque no pareciese hija del desafecto siendo notada su ausencia. Ambos sexos, en proporción casi igual, formaban lo que algunos días parecía hasta bullicio. Como no se exigía requisito alguno para tener entrada, veíanse, aunque pocas, mujeres de reputación equívoca, o aun quizá más, pues no faltaba una u otra prostituta, aunque de lo más alto, o dígase de lo más rico de su mala ralea. Y, ¡triste es decirlo, pero aunque el mal se ha ponderado, lo hubo y grande!, de las señoras que por su cuna y situación merecían respeto, bastantes iban allí a lucir sus dotes personales para captarse la buena voluntad de aquel hombre todopoderoso, vendiendo su virtud a trueque de mercedes, siendo, si ya no común, caso no infrecuente llevar al inmundo mercado madres a sus hijas solteras, y hasta maridos a sus esposas. Lo repito, la voz popular, expresando un odio ciego, ha abultado y abultaba excesos de suyo tan enormes, pero abultaba y no más; y el mismo valido, en los largos años de su abatimiento y desventura, disculpándose, ya con más, ya con menos razón, de los graves cargos hechos a su persona, se confesaba altamente culpado en materia de amoríos, si nombre de amor pudiese merecer la satisfacción de apetitos torpes, en que las circunstancias de ambas partes hacían el trato de compra y venta.

El método seguido en aquella corte era el que suelen usar los soberanos, y el que, remedándolos, usan a veces los capitanes generales de nuestras provincias, y a falta de estos, las autoridades superiores civiles, a las cuales toca exclusivamente, aunque así no suceda entre nosotros, desempeñar el primer papel en todo cuanto no es de la milicia. Asomaba, saliendo de los aposentos interiores, el Príncipe de la Paz, y cesaba el murmullo que hay siempre en toda reunión numerosa, poniéndose en orden los concurrentes, no sin afán de todos o casi todos por situarse en la delantera, para no quedar sin ser vistos u oídos cuando pasaba, no pudiendo detenerse a hablar con cada uno, el objeto, si no de la adoración, del culto interesado de todos cuantos algo pretendían del Gobierno.

No estará acaso de más que haga aquí una pintura, o digamos bosquejo tosco, de tan afamado personaje. De su exterior solo voy a hablar, pues de sus hechos, como es público, se ha dicho bastante, si bien con extremos injustos en el vituperio, que en los últimos años de la dilatada vida del que llegó a pobre y oscura vejez, hubo de ceder un tanto, habiendo sido la singular suerte de hombre un día tan poderoso la de sobrevivir hasta al odio, cuya existencia es más tenaz que la de otros mejores afectos. Don Manuel Godoy, cuya elevación en sus comienzos fue debida puramente a sus prendas personales, era de alta estatura, lleno de carnes, aunque no gordo, muy cargado de espaldas, a punto de llevar la cabeza algo baja, de pelo rubio, y color muy blanco; rara circunstancia en un hijo de Extremadura, cuyos naturales, con raras excepciones, llevan en el rostro a manera de un reflejo del terreno de las tostadas dehesas donde tienen su cuna y pasan sus niñeces. Sobre la blancura de sus mejillas relucía un vivísimo carmín, que achacaba la feroz malicia de sus enemigos a lo vulgarmente llamado mano de gato; pero aun personas nada amigas suyas sustentaban ser don de la naturaleza, el cual en verdad casi rayaba en falta por lo muy subido. Vestía el uniforme de capitán general, pero con faja azul, en lo cual se diferenciaba como generalísimo de los capitanes generales. Llevaba en la mano su sombrero de picos con pluma blanca y su bastón. Era de fisonomía dulce, poco expresiva; en el hablar ni muy difícil ni muy fácil, no dando muestras de ingenioso, y aspirando a veces a chistoso,[14] si no con acierto, haciendo efecto, porque una sonrisa más o menos forzada recibía con aparente aprobación sus chistes.

[14] En la última o penúltima corte que tuvo el Príncipe de la Paz, cuando estaba y aun se veía cercana su caída, estando yo allí con mi madre, teníamos al lado a dos frailes, sin duda personajes de cuenta en su orden, a los cuales se acercó el valido, y dijo las palabras siguientes, cuyo sentido no entendimos hasta que noticias después sabidas nos lo explicaron: ¿_Conque el Espíritu Santo se ha vuelto perdiz_? Y como no recibiese respuesta a esta necedad, que era alusión a haber tomado posesión de Roma y su gobierno, en nombre de su emperador, el general francés _Miollis_, destronando al Papa, prosiguió el gran personaje: _Sí, perdiz con sus patitas coloradas_. A lo cual añadió: «Yo estoy en el caso de desear vestirme, no un hábito como ese (y señalaba el de los religiosos), sino un saco, e ir a encerrarme a un desierto». A tales frases, si no impías, cuando menos indecorosas, respondían los buenos de los frailes con sonrisitas, y esto cuando quien las decía estaba ya en vísperas de caer de su poder y grandeza; pero tales eran los tiempos, que mientras seguía en pie el ídolo, era costumbre seguir dándole culto.

Era notable en recordarse los rostros y el negocio que a cada cual traía a verle, en medio de tal confusión de personas y cosas; calidad esta de memoria común en los príncipes, donde se prueba cuánto se perfecciona cualquiera de las facultades del hombre con ser continua y casi exclusivamente cultivada y empleada. Concluida la corte, salían los concurrentes: de ellos la mayor parte a maldecir a aquel ante quien poco antes habían aparecido solícitos y sumisos. En cuanto al pueblo, que no iba a tales ceremonias, maldecía únicamente al privado, pudiendo en él más la preocupación que el juicio, y más violento en aborrecer por lo mismo que ignoraba en gran parte por qué aborrecía.

Era por cierto muy notable en aquellas horas la situación de nuestro Gobierno, y de sus relaciones con los gobernados, o digamos del concepto en que era tenido, y de los deseos o esperanzas en cuanto a lo venidero. De limitaciones al poder real pocos conocían algo, y así eran cortos en número quienes a verlas establecidas aspirasen. Esto no obstante, reinaba entre el mismo vulgo una idea confusa de que podía, y aun de que debía haberlas, y cierta persuasión de que las había habido, y de que era conveniente, así como posible, traerlas de nuevo a uso. Era muy general buscar este correctivo al poder arbitrario en el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla. Pero la dignidad de la Corona seguía, no solo respetada, sino apreciada altamente. Lo que era odiado era los favoritos o privados, que (según decían) engañaban al Rey siempre bueno, como si fuese imposible impedir que hubiese validos prepotentes cuando el monarca lo es todo y quiere depositar su confianza en una persona querida. Pero había un síntoma fatal para la autoridad, y era haber caído no solo en odio sino en desprecio algunos de los que la ejercían, inclusa la Reina, a la cual no alcanzaba la inmunidad de que en la opinión vulgar gozaba el trono.

Una sociedad política admirablemente constituida ha causado en Inglaterra que no padeciese menoscabo la monarquía ni aun reinando aborrecido, despreciado y escarnecido el vicioso Jorge IV. Al revés, en Francia recibió una herida, que con el tiempo vino a ser mortal, la autoridad real en el reinado del corrompido Luis XV. Lo que en el vecino reino, hacia 1770, podían ver en nuestra patria en 1807 vistas no de lince; pero en materias políticas pocos eran los que veían medianamente claro, porque faltaba generalmente aquí la luz de la ciencia.

No porque, al decir esto, afirme yo que estábamos los españoles poco antes de la invasión francesa envueltos en espesísimas nieblas, pues alguna si bien escasa luz nos alumbraba. El estado puramente intelectual del pueblo será asunto de otra parte de este imperfectísimo trabajo, digno de ser leído por quienes le leyeren para recibirle como chocheces; pero algo se saca de la garrulidad de los viejos, sobre todo cuando, callando o habiendo callado muchos, quienes rompen el silencio cuentan cosas y aun pequeñeces mal o poco o a veces nada conocidas. Aun los chiquillos, ansiosos de diversión, suelen agolparse alrededor de la abuela, a oír lo que cuenta de cuando era niña y moza, y por lo común lo que cuenta vale poco, y no es raro que contenga, entre cosas nuevas, otras muy sabidas. Otro tanto puede prometerse que le suceda quien, según el modo de hablar del vulgo, es un pobre abuelito.

IV.

MADRID DE 1806 A 1807.

La literatura madrileña estaba en 1806 casi dividida en dos bandos, si bien había literatos que no eran completamente del uno ni del otro, siendo a modo de imparciales, ya en su común amistad, ya en su enemistad a ambos, y no faltando quienes desertasen de una hueste a la opuesta. En la formación de estos bandos influían variedad o contraposición en las doctrinas, así literarias como de otra clase, no dejando de influir estas últimas en aquellas, y viceversa, o razones privadas, ya de piques y resentimientos, ya de celos y ambición de ocupar puestos absoluta o relativamente superiores.

La una hueste era patrocinada por el Gobierno, o digamos por el Príncipe de la Paz, al cual eran los hombres principales o cabos personalmente adictos. Era el principal de estos don Leandro Fernández Moratín, poeta cómico aventajado, si bien falto de imaginación creadora, y de pasión viva o intensa; rico en ingenio y doctrina; clásico en su gusto, esto es, a la latina o a la francesa; nada amante de la libertad política, y muy bien avenido con la autoridad, aun la de entonces, a cuya sombra medraba, y también dominaba; en punto a ideas religiosas, laxo por demás, si hemos de tomar por testimonio sus obras, donde se complace en satirizar no solo la superstición, sino la devoción, como dejando traslucir lo que calla; de condición desabrida e imperiosa, aunque burlón; de vanidad no encubierta, y con todo esto, no careciendo de algunas buenas dotes privadas que le granjeaban amigos, aunque buenos, en número escaso. Seguíale en poder y renombre su amigo el presbítero don Pedro Estala, escritor prolífico, y hasta compilador a veces; buen helenista, cuyas traducciones del Edipo rey de Sófocles y del Pluto de Aristófanes merecen fama superior a la que le dieron; literato a quien el gusto de su siglo, como sucedió poco antes en Francia al abate Barthelemy, llevó a no conocer del todo el clasicismo griego, a pesar de su grande conocimiento de la lengua y buenas obras de aquel pueblo sin igual, porque interpretaba lo que sabía con arreglo a preocupaciones dominantes en la época en que leía y escribía; hombre a quien atribuían buenas prendas sus amigos, y en quien sus contrarios solo hallaban dureza reputada de despótica. En pos de estos, o a la par con ellos, venía el abate Melón, inferior a sus dos amigos en renombre, si no en mérito, pero al cual daba su empleo de juez de imprenta un poder que ejercía con rigor injusto a veces contra sus rivales o los contrarios a su pandilla.[15] De triunvirato era calificada esta unión de los tres, no sin añadirse a un sustantivo nada favorable adjetivos que lo eran menos. Los secuaces de los tres eran poco numerosos, no contándose entre ellos nombre alguno de los que sonaban con aplauso en nuestra literatura contemporánea.

[15] Por ejemplo, de la traducción de _Blair_ se había hecho un compendio, y negó el juez la licencia para darle a luz, fundando la negativa en una crítica larga de la obra. No era esta muy buena (como se ha visto después), porque al cabo, caído el gobierno de Carlos IV salió a luz, pero tampoco era mala, y al juez no tocaba decidir, para si podía o no imprimirse, cual era su valor literario, sino si contenía algo contra la fe y buenas costumbres.

En el bando opuesto militaban hombres célebres ya entonces, pero cuya reputación creció en días posteriores, en los cuales vinieron a estar dominantes a la par sus doctrinas y sus personas. Sus ideas eran las de los filósofos franceses del siglo XVIII, y las de la revolución del pueblo nuestro vecino, así como en la parte religiosa, en la política, si bien no yendo todos igualmente lejos. En literatura su clasicismo era menos puro que el de sus adversarios, yéndose con los semiheréticos de los días de Voltaire, cuando los otros se quedaban con los ortodoxos Boileau y Racine. Don Manuel José Quintana, a quien concedió la suerte dilatada vida y al cabo próspera fortuna, era el principal, si no en crédito, en influencia, de los de su parcialidad literaria. De los que esta componían, muchos tenían empleos; pero en su bandera estaba el lema de oposición, no escrito en letras claras, lo cual entonces no podía haberse tolerado, pero sí en cierta cosa a manera de cifra o jeroglífico, cuya clave o sentido a nadie se ocultaba ni podía ocultarse. No podía Quintana gozar de la alta reputación que después gozó, mereciéndola, porque poco de él era conocido, y cabalmente en esto poco consiste su principal merecimiento, porque es el cantor sin par de doctrinas políticas y filosóficas, no sanas siempre, e imposibles de ser proclamadas en los días de nuestra monarquía antigua. Tachaban en él sus contrarios alguna dificultad en la expresión, cuando no era magnífica, pobreza en la rima, inexactitud en los epítetos y galicismos frecuentes; tachas no infundadas, pero completamente oscurecidas por el resplandor de los hermosos pasajes en que aparece gran poeta, no solo escribiendo en verso, sino también en prosa. A su lado era puesto Cienfuegos, y aun por algunos en lugar superior como poeta, no obstante sus extravagancias innegables, figurándose no pocos arrebatos de fogosidad lo que eran contorsiones para despertar en sí el fuego sacro; en una u otra ocasión, acertando a ser bello, pero de belleza singular en sus rarezas; varón justo y dignísimo, según acreditó en los últimos días de su vida, y con su desgraciada muerte traída por una persecución infame. Era Cienfuegos de las mismas doctrinas que su amigo Quintana, quizá extremándolas, quizá no llegando tan allá, pero pareciendo lo primero, porque la violencia en las formas suponía otra igual en la sustancia. Tras de estos venía un numeroso séquito de escritores, a quienes acontecimientos que sobrevinieron dieron ya mayor, ya menor fama.

El prosista Capmany, aunque viviendo en trato amistoso con Quintana y los suyos, sin que pudiesen verse señales de la enemistad furibunda y a todas luces vituperable que después manifestó al primero, no cabía dentro ni de la una ni de la otra de las opuestas parcialidades aquí recién mencionadas; su antifrancesismo maniático y estrafalario no había llegado al punto a que llegó en 1808, pero era purista, si bien con extrañezas en su purismo, apareciendo el lemosín cuando pretendía el escritor ser acrisolado castellano.

Un poeta de grande y merecida fama, pero de mayor concepto entre el vulgo de lectores que entre los literatos rígidos; ingenioso en grado altísimo, fácil en la dicción, diestro en el manejo de la rima, dote no común en su época; con imaginación viva, pero no fuerte; con pasión superficial, siendo su amor mero galanteo, y su patriotismo, aunque verdadero, más chispeante que ardiente; terrible en la sátira; ajeno hasta entonces a la política, pero cantor asiduo de alabanzas del Príncipe de la Paz, de cuya sociedad privada era familiar: don Juan Bautista Arriaza constituía una entidad aparte de toda pandilla. Su oficio principal, que ahora tal vez llamaríamos, o llamarán muchos su misión, era escribir sátiras, sobre todo de composiciones dramáticas, en lo cual era siempre admirable, aunque fuese con frecuencia injusto, y aun los amigos de las víctimas por él asaetadas no podían menos de aplaudir la pasmosa habilidad del flechero.

Los dos bandos literarios tenían cada uno a manera de un catecismo de su fe, o dicho con más propiedad, un libro en que a la par promulgaban sus doctrinas, y en las aplicaciones de estas daban satisfacción a sus afectos. El libro de los Moratinistas era los principios de literatura de Batteux; el de los Quintanistas las lecciones de retórica y poética del escocés Hugo Blair. Batteux no pasa de ser un comentador de Aristóteles en la parte de poética, y explayando y aplicando las doctrinas del insigne filósofo de Estagira las desfigura un tanto al diluirlas y extenderlas. Blair, hoy tenido en poco entre sus compatricios, pero algún día muy estimado, es harto más filosófico que Batteux.[16]

[16] La traducción de Batteux fue tratada con rigor grande, pero no injusto del todo, en el _Memorial literario_. Baste decir que el bueno del traductor, entre otras lindezas, vertió en castellano la voz _ramage_ (esto es, trino, gorjeo o canto de los pájaros), el _ruido que hacen los pájaros en las ramas de los árboles_. Otra cosa se le tacha en la misma crítica como galicismo hasta ridículo, que hoy ha llegado a ser locución corriente: ¡tanto ha crecido la corrupción de nuestra lengua! El galicismo de que hablo, y que afeaba un crítico a principios de este siglo, era traducir _les grecs furent battus_, por los griegos fueron _batidos_, en vez de decir vencidos o deshechos.

En cuanto a la traducción de Blair, eran otros sus pecados. De estos, fue uno de los más chistosos traducir la voz _tense_, que significa _tiempo_ en gramática, o sea _tiempo de verbo_, por _tenso_, y para autorizar el barbarismo o voz nueva, afirmar con gravedad de doctor que _tense_ en inglés solo significaba ciertos tiempos intermedios, como el pluscuamperfecto, y otros a este tenor.

En los apéndices de una y otra obra, como se distinguiesen los del Blair por su atrevimiento a veces desvariado pero en otras ocasiones acertado, excitó eso grande indignación en los contrarios anotadores de Batteux. Por ejemplo, dijo el que adicionaba el Blair que Bartolomé Leonardo de Argensola no había sabido escribir en prosa ni en verso. Esto parecía hasta locura, y sonaba a harto más que lo que intentaba decir quien lo escribió. Con tal motivo, los amigos de Moratín y Estala, que eran quienes escribieron los apéndices a Batteux, rompieron en exclamaciones violentas, hasta llegar a apostrofar al maltratado Argensola.

Ambas obras estaban pésimamente traducidas; estando peor todavía la del francés que la del inglés. Pero el campo de batalla de las opuestas huestes estaba en los apéndices puestos por los traductores o por amigos de los traductores a los originales; apéndices destinados a juzgar, aunque por encima, las obras de nuestra literatura antigua y moderna. Para los Moratinistas la primera era en grado sumo preferible; para los Quintanistas la segunda. Aquellos se mostraban, si bien con reserva o con timidez, antifranceses; estos otros, sin dejar de ser buenos patricios, anteponían los autores extraños a los de su propia patria. Nuestro teatro era para los unos objeto de admiración, aunque según las preocupaciones del tiempo, confesaban que había pecado en no conformarse a las doctrinas creídas aristotélicas: para los de opiniones contrarias, si había en nuestra poesía dramática algo bueno, lo malo predominaba, siendo el conjunto monstruoso. Al revés, o poco menos, salvo al tratar de las comedias de Moratín, acontecía tratándose de los contemporáneos, pues en los apéndices a las lecciones de Blair llega a afirmarse que es el primero de nuestros poetas trágicos de todas épocas Cienfuegos. Que en juicios tales influían afectos de odio y de amor visibles, está claro, aunque tal vez hubo de encubrirse en parte a quienes los promulgaban, que a menudo se creían desapasionados y rectos jueces, cuando procedían como acalorados parciales.

Faltaban buenos lugares donde seguir con espacio semejantes lides. Hubo, es verdad, algunos periódicos de crítica, no enteramente faltos de mérito; pero vivieron poco. Fue el mejor de ellos el titulado _Variedades de ciencias, literatura y artes_, en el cual escribían Quintana y sus amigos. Mayor vida tuvo otro, cuyo título era, si mal no me acuerdo, el _Memorial literario_, el cual pasó de unas a otras manos, dirigiéndole, ya don P. Olive, ya los hermanos Carnerero, y sin declararse ni por los Moratinistas ni por los Quintanistas. Uno y otro periódico habían ya muerto en 1806; y don P. Olive escribía uno nuevo con el título de _La Minerva_, inferior a los antes aquí citados.

El pobre _Diario_, cuyo sucesor es el hoy llamado _de Avisos_, en su pequeñez suma y pésima impresión, solía contener breves artículos de lo ahora llamado polémica, no siempre despreciables, y algunas veces dignos de aprecio. En él habían escrito Capmany y Cienfuegos, sobre si es o no es castiza, o diciéndolo como se debe, si debía o no ser admitida con título de legitimidad en nuestra lengua la palabra _detall_, o detalle. Pero en el mismo _Diario_, hacia fines de 1807 o principios de 1808, había salido a luz más de una carta donde se disputaban la primacía en su arte, o la disputaban sus respectivos parciales, los barberos de Madrid y los de Andalucía.

Un periódico semanal de política, o hablando propiamente, de noticias, pues sobre materias de gobierno, aun en lo relativo a las relaciones con los extranjeros, no era lícito entonces entrar en disputas, ni aun en examen, era el _Mercurio_, a la sazón dirigido, y en parte escrito, por don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, en su calidad de oficial de la primera secretaría de Estado, pues de ella salía la tal obra, siendo como de oficio y a manera de un aditamento a la _Gaceta_, que era publicada dos veces a la semana. En el _Mercurio_ solían publicarse artículos sobre literatura, entre los cuales dio mucho que hablar uno de la pluma de Cienfuegos, destinado a juzgar un drama, entonces muy aplaudido, cuyo título es: _Sancho Ortiz de las Roelas_, refundición hecha por don Cándido Trigueros de la _Estrella de Sevilla_, de Lope.

De obras largas sobre materias graves ninguna llamaba la atención en aquel tiempo. Pero la llamaba el teatro, si no en el grado que en la hora presente, en uno superior al efecto que producía cualquier otro producto del ingenio.