Recuerdos de un anciano

Part 10

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Conseguido el triunfo de Bailén, reinó tranquilidad en las provincias andaluzas lejanas del teatro de la guerra y a las cuales solo llegaban noticias favorables, pues nadie osaba darlas de otra especie. Por esto a mi llegada a Córdoba lo general del pueblo, esto es, la clase inferior de él, a la sazón predominante, no sospechaba que estuviese en peligro de caer en poder del enemigo la capital de la monarquía. De súbito se divulgó que estaba sobre Madrid el ejército francés. Inquietos los ánimos, pero sin llegar la inquietud a ser alboroto, se manifestó el justo y natural deseo de tener noticias ciertas de lo que en los lugares donde estaba lo vivo de la guerra ocurría. Había en Córdoba una Junta, pero de corta importancia, porque la oscurecía la de Sevilla, a la que en cierto modo había obedecido. La Junta cordobesa comisionó a un don N. Tenz, prebendado de aquella catedral, y que antes había sido guardia de Corps, a averiguar lo que pasaba. Tenz, hombre de no muchas luces naturales o adquiridas, pero tampoco un necio, buen patricio por otra parte, y aun acalorado parcial de la causa de la nación, se puso en camino, pero no fue más adelante que los primeros pueblos de la Mancha, donde tuvo la fatal noticia de haberse entregado Madrid.[26]

[26] Llegó a dudar de que hubiese sido tomado Madrid por los franceses todo un Jovellanos, y eso que siendo de la Central sabía las cosas de oficio. Así fue que, hablando con don José Pizarro (después célebre ministro), y diciéndole este que había casi visto entrar a los enemigos cuando él salía huyendo: «Bien (dijo aquel varón insigne, pero crédulo); pero ¿no puede haber sucedido que al entrar los enemigos, un hombre singular, como algunos de aquellos de que habla la historia, haya conmovido al pueblo excitándole a levantarse, y contenido al vencedor en el momento de su entrada?». «¡Ah!, eso sí puede ser», respondió el menos crédulo Pizarro encogiéndose de hombros. El mismo Pizarro me contó este lance.

Siendo hombre veraz y leal, se volvió a Córdoba, cumplida fielmente su comisión, y con dolor contó lo que había sabido. Pero encontró casi en todos, no solo enojo, sino incredulidad completa, y aun estuvo a pique de recibir algo más que desaprobación y reconvenciones, porque al cabo no había llegado a Madrid, y contaba lo que le habían dicho lenguas acaso de traidores. Se amedrentó el buen Tenz, tergiversó, casi se desdijo, y, lo que es más, llegó a dudar si habría sido engañado. Vino a ser opinión común que Madrid seguía resistiendo al enemigo, y esta opinión, si bien vacilante, reinó todo diciembre y aun buena parte de enero. Al propio tiempo corrían otras noticias contrarias a tal opinión, y corrían con valimiento, sin que en lo contradictorio se reparase. Napoleón había sido rechazado del puerto de Guadarrama, en parte por las nieves, en parte por un ejército imaginado, no se sabía si inglés o español. Napoleón andaba errante: aun sonó que se había refugiado a la Cartuja del Paular, y no faltó quien afirmase que allí había caído prisionero. Burlones malignos, ya por ser parciales de los franceses, o ya por divertirse, se complacían en añadir ridículas circunstancias a las relaciones corrientes, de modo que hubo quien afirmó haber sido preso Napoleón disfrazado de monje en el coro de la misma Cartuja.

No llegó la credulidad a punto de recibir como verdades tales desatinos.

En tanto, la Junta Central se había establecido en Sevilla, encargándose del gobierno supremo de España. Nadie se le disputó a las claras; pero algunas provincias apenas la reconocieron por potestad soberana, quedando varias de ellas en obediencia imperfecta. En cuanto al grande asunto de la caída de Madrid, calló la Junta, no publicando en la _Gaceta_ lo que sabía de oficio sobre tal acontecimiento hasta cerca de dos meses después de ocurrido.

Así no presentaba Córdoba, hasta que salí yo de ella al ir terminando enero, cosa alguna que pudiese llamar la atención, dando materia a observaciones. Otra cosa debía suceder en Cádiz, adonde llegué cuando iba a entrar febrero. Pero lo que más me admiró fue que, al llegar a las puertas de la ciudad, como al presentar nuestros pasaportes se viese que procedíamos de Madrid, aunque salidos de aquella población en noviembre, se nos preguntase, como si fuese todavía casi dudoso, o como si nosotros, al cabo de dos meses de residencia en una provincia, pudiésemos saberlo como testigos presenciales, si eran o no real y verdaderamente los franceses dueños de la capital de la monarquía. No estaban, con todo, tan ignorantes de lo que pasaba los habitantes de una ciudad que, si contaba a la sazón pocos literatos, no dejaba de tener por moradores a muchos hombres de algunos conocimientos y de buen juicio. Y, sin embargo, tan culta ciudad iba a ser en breve teatro de un alboroto vergonzoso, mal descrito por todos cuantos de él han hablado, entre otros por el conde de Toreno, a quien hubieron de engañar falsos informes: el alboroto de febrero de 1809, acompañado de un asesinato, y señalado por circunstancias de ridiculez tal, que en tal ciudad, según había aparecido antes y apareció después, parece increíble.

VII.

UN TUMULTO EN UNA CIUDAD DE PROVINCIA EN 1809.

Cádiz en 1809 era entre las ciudades de España una de las de más cultura. Hoy, si no ha decaído, apenas ha adelantado, siguiendo casi estadiza cuando otras han ido progresando, y ella hasta en ciertos puntos perdiendo algo en vez de ganar, si bien hay otros en que ha mejorado, viéndose allí, como en todo, la compensación inseparable de las cosas humanas. En esto último, o digamos en la parte de ganancias, debe contarse el cultivo del entendimiento, señaladamente en materias literarias, ramo por aquellos días allí muy descuidado, llegando a parecer hasta ridículos unos pocos, poquísimos jóvenes, que teníamos pujos de literatos y remedábamos a los escritores de la vecina Sevilla. En la parte de lo perdido merece contarse el excesivo aseo, el cual, si hoy se conserva, no está en el punto a que había llegado entonces, y el general aspecto y modos de los gaditanos, cuyo traje y usos más tenían de extranjero que de andaluz, o aun de español, salvo en las mujeres que, al revés, conservaban el vestido nacional en su pureza. Lo que era muy de notar entonces en aquella ciudad, con razón calificada de emporio, era la falta de vulgo, esto es, de vulgo insolente y soez, y de ello aun hoy bastante queda. Y no obstante esto, había sido en Cádiz feroz, como en otras poblaciones de España, el alzamiento popular, haciéndose más notable la ferocidad por lo ilustre de la víctima en que dio prueba de sí: el general don Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana, bárbaramente asesinado, después de haber llevado y sufrido con heroica fortaleza horrorosos tormentos. Nada parecía más ajeno de la índole y costumbres de los gaditanos que los movimientos populares, y, con todo, el de últimos de mayo de 1808 (según relaciones fidedignas, porque yo no lo presencié) a ninguno de otro pueblo había quedado inferior en violencia. Había habido en él asimismo una circunstancia singular. Aunque los gaditanos, como todos los españoles, eran buenos cristianos, tenía su piedad religiosa otro carácter que el de los pueblos de tierra adentro, no dejándose sentir, a lo menos en lo aparente, en Cádiz el influjo del clero, particularmente el de los monacales. Pero cuando pereció Solano, y quedó señoreada de la ciudad la enfurecida plebe, con armas arrancadas del parque en las manos de gente de la cual era muy de temer que hiciese de ellas mal uso, hubo de apelarse a un singular remedio para recoger aquellos instrumentos de daño, y fue que se encargasen de hacerlo los capuchinos. Me contaban (mas yo, como aquí dejo dicho, no lo vi, por estar a la sazón en Madrid) que era curioso espectáculo el de aquellos religiosos (cuyo hábito distaba más del vestido común que el de los frailes de otras órdenes, y por lo mismo les daba un carácter extraño), con grandes canastas o cestos llenos de fusiles, pistolas y sables que les entregaban, soltándolo todo de buena gana los que de ello se habían hecho dueños. Resultó de esto conseguir los capuchinos, si bien por breve plazo, una prepotencia en Cádiz que nadie les disputaba, ni aun otros miembros del cuerpo del clero secular o regular, y ciertamente no los militares ni los empleados civiles. No son ajenas estas particularidades al suceso del tumulto de febrero de 1809, principal asunto del presente artículo, destinado a poner recuerdos de lo pasado a la vista de la generación presente.

Pero el influjo de los capuchinos estaba, si así puede hablarse, latente y para aparecer solo cuando la necesidad de algún caso hacía necesario u oportuno su uso. Otra cosa daba más en rostro en Cádiz, y era ver la población armada formando una milicia muy semejante a la que después con el nombre de nacional, y siendo remedo de la francesa, ha existido en las poblaciones de España, útil por demás a veces, y en alto grado; en otras ocasiones en no menor proporción perniciosa; digna de alabanza y de censura; lo primero, por sus hechos patrióticos; lo segundo, más por su yerro que por su culpa de intención; instrumento, no para afianzar la libertad, sino para sustentar un partido; casi necesario en una guerra en lo interior de un Estado cuando es forzoso no tener ocupado el ejército en guarnición de plazas no amenazadas de cercano peligro. En Cádiz, desde muy largo tiempo había existido la llamada milicia urbana, pero existido más en el nombre que de hecho, y con oficiales más que con soldados, y venida a ser hasta objeto de risa, pues era conocida con el nombre de regimiento de la _Pava_.[27]

[27] De la antigua milicia urbana fue aprovechada una parte, que fue la de los artilleros, servicio que lo era exclusivo de los gallegos, los cuales abundan en Cádiz, siendo de esta provincia todos los mozos de cordel o esquina, y gran parte de los criados.

Los artilleros gallegos hicieron buen servicio durante el sitio de Cádiz, y destinados a un lugar de algún peligro, como era el del castillo de Puntales, no pocos de ellos perdieron allí la vida. Bien está pagarles este leve tributo en recompensa de sus ignorados méritos y sacrificios.

El gran movimiento de 1808 pedía cosa más viva que poner en pie aquel casi cadáver. Cádiz, que envió un número muy crecido de voluntarios a los ejércitos, quiso además que acudiese a la campaña la un tanto numerosa fuerza que la presidiaba, y como plaza tan fuerte no podía quedar desamparada, aun estando lejano el enemigo y cercanos los amigos ingleses dominando los mares, discurriose hacer un cuerpo militar del vecindario. A formarle concurrieron todos alegremente y con celo. Nacieron al momento seis batallones numerosos, cuatro de ellos remedo de la infantería de línea; dos de la ligera. Voluntarios de Cádiz era su nombre: a poco, y cabalmente por el suceso que voy aquí a narrar, se le confirió por el Gobierno supremo el de voluntarios distinguidos; pero el uso común era nombrarlos por un apodo o mote: el de guacamayos y cananeos. Cuadraba a los primeros la calificación del vistoso pájaro de la zona tórrida por la naturaleza de su uniforme, que era a imitación de los del ejército inglés; casaca encarnada, cuello, vueltas y solapa verde con un ligero bordado en el primero, pantalón blanco y sombrero de picos, que así se decía el antes por su figura dicho de tres picos, y hoy, por atroz galicismo, hijo de crasa ignorancia, dicho por algunos españoles _tricornio_,[28] y con más propiedad, si bien con frase nueva, señalado como sombrero apuntado.[29]

[28] Siendo demasiado vistoso, y también costoso y estorboso el uniforme referido de casaca larga y sombrero de picos para el servicio diario en las guardias y patrullas, los voluntarios de línea tuvieron otro, compuesto de las prendas siguientes: casaca corta de color pardo con cuello, solapa pegada, y vuelta anteados, pantalón igual a la casaca en invierno, y de mahón en verano, y sombrero redondo con chapa de latón blanco y un plumero pequeño, lo cual no disonaba, porque entonces con sombrero igual cubrían la cabeza los soldados de marina ingleses. Parecería una ridiculez recordar estas cosas del vestido, si no viésemos que de olvidarlas resultan inconvenientes. Hoy en un cuadro (de gran mérito por otra parte) destinado a representar la apertura de las Cortes de Cádiz en 1810, se ven los españoles de aquellos días pintados no con el traje que usaban, sino con el de los franceses de quince años antes, o digamos de la Convención, y tal vez del Directorio, o del Consejo de los Quinientos.

[29] Permítaseme aún aquí dar satisfacción a mi manía contra los corruptores de nuestra lengua. He dicho y escrito (no sin encontrar aprobadores) que muchos de los galicismos hoy corrientes nacen, no de haber leído mucho obras francesas, sino de conocer poco el idioma de nuestros vecinos. Esto sucede a los que traducen _tricorne_ por _tricornio_. Llamaban los franceses _chapeau à trois cornes_ a lo que nosotros sombrero de tres picos. _Corne_ en francés es, pues, _pico_ en castellano, tratándose de sombreros. _Tricorne_ es abreviación de _trois cornes_, y si nosotros fuésemos a hacer una igual o parecida deberíamos decir tripico, pero no podríamos porque sería voz ridícula que sonaría como cosa de _tripas_. De todos modos, como _cornio_ en castellano no es pico de sombrero, es tricornio un barbarismo inadmisible. Dicho sea esto sin esperanza de corrección en los tricornistas.

A los que llevaban por nombre el de la gente infiel de Canaán no valía tal calificación el ser reputados descreídos, sino el uso de la cartuchera delante del vientre, conocida con la voz de _canana_, que venía bien con el uniforme de las tropas ligeras españolas de aquel tiempo, chaqueta con alamares ceñida, pantalón igual en color a la chaqueta, y en la cabeza lo llamado entonces morrión, y después _chacó_, que iba anchando según subía. No me ciega pasión alguna al afirmar que aquellos cuerpos se hicieron merecedores de bastante elogio, y puede decirse de ninguna censura, salvo en el caso que es argumento del presente trabajo, y en el cual lo que empezó por yerro, y hasta por culpa, fue en breve remediado y compensado por un buen servicio, aunque, si ha de decirse la verdad, ensalzado y premiado con exceso.

En los voluntarios de Cádiz se habían alistado solteros, casados y viudos; padres o hijos de familia; en suma, hombres a quienes, en caso de haber quintas, tocaba entrar en sorteo, y otros que no estaban en igual caso. Como aquí poco ha dejo apuntado, Cádiz había enviado muchos mozos a las filas de los defensores de la patria en el campo; pero no todos sus mozos, y de lo primero estaba muy ufana la población.

Sin embargo, iba llegando el caso de una quinta. El entusiasmo que había llevado a empuñar las armas había cesado, o, dígase, los entusiasmados ya las habían tomado, y los que en estado de usarlas no lo habían hecho, habrían de hacerlo compelidos por la ley, si ya no se dejaba sin refuerzos el ejército, muy necesitado de tenerlos en abundancia. Corrió de súbito la voz que la quinta estaba resuelta. Entonces hubo en algunos la singular ocurrencia de que a ella no debía estar sujeta la población de Cádiz, fundándose la pretensión de tal excepción en dos razones; de las cuales la primera era haber dado los gaditanos más que su cupo, lo que debía tomárseles en cuenta como contribución de sangre adelantada; y la segunda, que los voluntarios estaban haciendo servicio militar, aunque no de campaña ni con el enemigo al frente. No eran razones tales muy poderosas, ni se dieron en términos expresos, pero corrían con no poco valimiento, haciéndolas correr y esforzándolas los que temían y no querían entrar en cántaro, y acogiéndolas con favor muchos, ya por temor de ver forzados a ser soldados a sus parientes y amigos, ya por prestarse a creer lo que oyen afirmar. En esto, gentes sin duda arteras inventaron y propagaron otra voz, causa de disgusto. Los cuerpos de voluntarios (decían) iban a salir a campaña por orden del Gobierno residente en Sevilla. Era enorme desatino la suposición; pues nadie podía pensar en poner los paisanos de Cádiz armados, los vecinos de la regalada Cádiz, frente a frente con los aguerridos enemigos a la sazón victoriosos. Pero es común creer los desatinos, y los que temían entrar en quinta y no querían salir a campaña daban crédito aparente al desagradable rumor, por lo mismo que no se le daban verdadero, embaucando a los sencillos.

Por el mismo tiempo había llegado a Cádiz, procedente de Sevilla, y con no sé qué comisión del supremo Gobierno, de que era parte, el vocal de la Junta Central, marqués del Villel, señor catalán de ilustre alcurnia y alguna riqueza. El conde de Toreno en su historia es harto desfavorable al del Villel, del cual dice que era, en la Junta Central, de los más opuestos a las reformas y apegado a todos los rancios abusos. Lo cierto es que el tal personaje era corto en saber, y al parecer, no largo en luces, de condición desabrida y de insufrible entono, aunque honrado y buen patricio y caballero. Su entono de gran señor fue lo que más disgustó a los gaditanos, entre quienes figuraban en primer lugar los comerciantes, no de los que pasan en otros lugares con este nombre, sino de clase allí diferente de la de los tenderos, y de ellos no pocos hidalgos por su cuna y enlazados con gente de la nobleza inferior. El trato en Cádiz era fino, culto, y aun podría decirse democrático, tomando esta voz en su mejor acepción; y, como reinaba la igualdad, era chocante la pretensión de superioridad de la gente de más alta esfera. El marqués del Villel disgustó, pues, por su modo de hacer las cosas, más todavía que por las cosas que hizo, si bien tiene razón Toreno en culparle de haberse entrometido en negocios privados, averiguando el modo de vivir de las personas, y queriendo arreglar familias entre sí mal avenidas, y corregir vicios a que no alcanza, porque se los ocultan fuertes consideraciones, el rigor de las leyes. Pero es lo cierto que estas pequeñeces, si contribuyeron no poco a los excesos de que el del Villel estuvo a punto de ser víctima, no fueron la causa principal que los trajo.

En la quinta que amenazaba está la causa, si no única, verdadera del desorden y atentados que voy a referir inmediatamente. Del ejército francés solían desertarse bastantes soldados de los numerosos extranjeros que en ellos servían. Los convidábamos los españoles a la deserción, haciéndoles presente que ellos también estaban padeciendo bajo el yugo que contribuían a poner y agravar sobre la cerviz de un pueblo que en nada se les había mostrado contrario. De desertores tales pocos eran polacos, porque los hijos de nación tan agraviada casi todos se habían dado con celo al servicio del emperador francés, de quien esperaban fuese su redentor, y, siendo celosos de la independencia propia, se mostraban crueles enemigos de la ajena. Sin embargo, los polacos eran mirados entre los que componían los ejércitos de Napoleón, si no con favor, poco menos, y, cuando no los más gratos, eran los más nombrados entre la gente no francesa que militaba en los ejércitos de los invasores.

De los desertores de que acabo aquí de hablar se habían formado algunos batallones o regimientos, y a uno de ellos se dio la orden de pasar a Cádiz, mediando febrero de 1809. Coincidió esto con el temor de la quinta, con las patrañas a que el mismo temor dio origen, con el disgusto que daba el marqués del Villel, y también con el mal aspecto de la causa pública, siendo señaladas y repetidas las ventajas que a la sazón alcanzaban las tropas francesas sobre las españolas. Dondequiera abundaban combustibles hacinados, y en Cádiz causaron un incendio.

La chispa o la mecha que prendió fuego a tantas materias preparadas para recibirle y extenderlo fue la próxima llegada del batallón de desertores. De repente se oye una voz terrible: Cádiz estaba vendido: los voluntarios iban a salir, y en su lugar iban a entrar los polacos (a los cuales el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos, y habiendo de estos una clase con el nombre _polacras_, llamaba _polacros_). La Central era bien o mal obedecida, pero lo era solo en los puntos capitales; merecía a veces aprobación y la conseguía, pero no inspiraba plena confianza, porque no estaba en posesión del afecto popular, que en cada provincia quedaba reservado a sus respectivas juntas. No era de extrañar que en tal cuerpo hubiese traidores. De todos modos, lo necesario, lo urgente era impedir la entrada a los _polacros_, de lo cual era consecuencia necesaria, aunque de ello no se hablase, que los voluntarios no saliesen. La voz propagada fue señal de un tumulto. Los fanáticos honrados de la clase inferior, y los amantes de desorden, a quienes sucesos poco lejanos habían dado ser y valor, acudieron a una señal, que lo era en su sentir de la hora de volver, a su modo, por la causa de la patria, siempre puesta en peligro por los traidores. El tumulto estalló y creció. Los alborotados salieron en tropel voceando y amenazando por la Puerta de Tierra, por donde venían, estando ya cercanos, los mal encubiertos enemigos a quienes era necesario hacer frente. En el camino que va de Cádiz a unir la ciudad con lo demás de España, se alza hoy, y entonces comenzaba a alzarse, una obra de fortificación, llamada la Cortadura, porque lo era en el arrecife o calzada, formándola un simple lienzo o cortina flanqueada por dos baluartes, y bañada por el mar por uno y otro extremo. Había comenzado esta obra don Tomás de Morla, destinándola a impedir que los franceses, si penetraban en la isla gaditana,[30] pudiesen bombardear a Cádiz.

[30] Es de advertir que la voz «isla gaditana», aunque muy propia, solo empezó a ser usada entonces. Antes la ciudad de Cádiz no daba nombre a la isla, y la población, hoy ciudad de San Fernando, era llamada isla de León, con el aditamento de Real. La isla geográfica dividida de la tierra firme por un brazo de mar, sobre el cual corre el puente de Suazo, no tenía nombre.

Digo que la obra estaba solo comenzada, pues quedaba del todo abierta, y no podía hacer todavía ni una mediana defensa, no obstante lo cual, había en ella ya cañones. Al llegar los amotinados a aquel punto, le encontraron mal defendido, como debían ya saber; pero lo que les probó ser su triste estado obra de la traición y no de falta de tiempo, fue que, según afirmaban, hallaron los cañones llenos de arena. Que así fuese era, no solo posible, sino probable, porque la mar azota con furia aquellas playas y todo lugar a ella vecino, y sus olas, cuando se encrespan, traen consigo gruesas cantidades de arena, que sacuden, despiden y dejan en el terreno a que han llegado o se han acercado cuando se retiran. Tal vez no había ni aun tal arena; pero si la hubiese, fácil era vaciar de ella las piezas antes de hacer fuego. No se paraban a hacer estos juicios críticos los sediciosos. La arena hallada, o que creyeron hallar, fue un comprobante de la traición. En esto apareció el batallón que venía de marcha, cansado, pacífico, ajeno de recelo. Embistió de repente con los extranjeros la turba popular, nada temible, pues hasta poco numerosa era. No hicieron defensa aquellos pobres soldados, aunque bien podían, porque hubieron de quedar pasmados al recibir tal hospedaje. Así es que no hubo ni heridos, pues los extranjeros, atónitos, se dejaron hasta apalear, pero no mucho, pues retrocedieron, y con mostrarse sumisos apaciguaron la furia de los agresores.