Part 11
Mientras esto pasaba fuera de puertas, dentro iba agavillándose la gente alborotada delante de la casa del marqués de Villel. Los vencedores de los polacos, vueltos triunfantes a Cádiz, aumentaron la furia de la muchedumbre, si muchedumbre merecía llamarse aquel número de personas, aunque no crecido, lo bastante para dominar sin resistencia. El marqués fue declarado traidor, a lo que se siguió el intento de matarle, como era uso hacer con los traidores. Iba a ser allanada la casa y muerto el personaje, blanco de la ira de los sediciosos. Entonces acudieron los voluntarios a defender a la persona así amenazada. Hasta aquel momento habían sido espectadores del tumulto, no aprobándole, aunque no faltase entre ellos quienes le viesen con aprobación apenas encubierta, pero no haciendo cosa encaminada o contenerle. No podía, con todo, aquel cuerpo consentir en que se cometiese a su vista, estando armado, un asesinato. Así, protegió al marqués de Villel, salvándole la vida, y le llevó entre sus filas amparando su persona, mas no sosteniendo su autoridad, hasta depositarle en lugar seguro. No había entonces más que uno que lo fuese completamente en Cádiz, aun contando las iglesias: no había más que el convento de los a la sazón archipopulares capuchinos. Allí quedó el vocal del Supremo Gobierno de España reconocido por la misma Cádiz, y quedó, si no en calidad de preso, poco menos. En salvo ya la vida del marqués, nadie pensó por lo pronto en restablecer el imperio de las leyes. Pero era necesario que hubiese quien gobernase aquella ciudad y plaza fuerte, siquiera como titular, porque el gobierno quedaba en la plebe alborotada. El empleo o puesto de gobernador en Cádiz no estaba vacante, pues le tenía un don Félix Jones, mariscal de campo, militar antiguo, cuyos servicios habían sido en la brigada irlandesa de nuestro ejército, siendo, como declaraba su apellido, su familia oriunda de Irlanda o de Gales; buen señor, y no mal oficial o soldado, pero desigual sin duda a la situación en que se veía, y en que estaba asimismo todo cuanto le rodeaba. Salvó al general Jones de completa sospecha su apellido británico, y de que le temiesen los alborotados su flaqueza; pero, si hubo de quedar libre de peligro, en su autoridad quedó anulado.
Pasó Cádiz un día en poder de la plebe, pero la de Cádiz, por fortuna, con alguna rara excepción, está exenta de ferocidad. No peligraron las casas, ni en general las personas. Se gritaba, pero a nada se procedía. En tal situación cerró la noche y vino con ella el sosiego.
En la mañana del nuevo día aparecieron las cosas sin notable mudanza. Pero era imposible que, faltando todo freno a las malas pasiones, faltase quien, impelido por ellas, se arrojase a cometer un crimen. Desempeñaba a la sazón el cargo de comandante del resguardo don N. Heredia, a quien relaciones de su familia con el príncipe de la Paz hacían poco grato a la opinión popular, y a quien su ingrato empleo forzosamente había de haber puesto en mal predicamento con la clase algo numerosa, y nada buena, de los contrabandistas. No había el pobre Heredia tenido ni la menor parte en la venida de los terribles _polacros_, ni en los actos despóticos del marqués de Villel, ni en cosa alguna de todas cuantas daban motivo al tumulto, pero no carecía de enemigos, y la hora era propicia para que el que se quejaba con razón o sin ella de un daño recibido se vengase. No acierto a decir, porque no llegué a averiguarlo, cómo supo el desdichado que su vida estaba en peligro, pero ello es que, en vez de esconderse, huyó, no sin ser visto y seguido en la fuga. Al ir a embarcarse, o ya embarcado, y a corto trecho de tierra, en una barquilla, fue alcanzado por sus perseguidores, que le quitaron la vida. Tan inesperado asesinato causó horror, y se vio que no podía seguir Cádiz sin gobierno. Jones nada hacía y nada podía, y se ignoraba, no viendo que fuese algo de hecho, si era o no todavía gobernador de derecho. Resolvió esta cuestión el nombramiento de un nuevo gobernador militar y político, y la elección, hecha no puede saberse por quién, recayó en el guardián de capuchinos, llegando con esto a su apogeo el favor extraordinario de que aquella orden monástica gozaba; y no sin razón digo a su apogeo, pues desde entonces empezó a declinar, hasta llegar cuatro años después a un estado de abatimiento cual nunca le había tenido en España. Había algo de instinto popular en nombramiento tan ridículo, porque, recelándose traiciones por todos lados, hubo de parecer la persona de más confianza la más interesada en que no dominasen los franceses, y tal pareció un fraile, pues aunque Napoleón al arrogarse el trono de España y traspasarle a su hermano, sin darle absoluta independencia, lejos de abolir desde luego las órdenes monacales, las había reconocido hasta señalarles lugar representadas por sus generales en las Cortes dispuestas por la Constitución de Bayona, bien veían los del clero secular, y más aún los del regular, cercano el fin de su existencia estos, y de su influjo aquellos con el establecimiento de un poder no favorable a la libertad política y civil, pero sí desfavorable a todo pensamiento religioso. Otro tanto veía el pueblo confusamente, como suele él ver las cosas, y por esto nombró para gobernarle al capuchino, si hombre poco a propósito para ejercer la autoridad en lo militar, y aun en lo civil, de toda confianza en cuanto a no entregar la plaza de Cádiz a los enemigos.
No puedo acordarme cuánto tiempo duró el gobierno del buen guardián,[31] pero sé que acabó como por consunción en breve plazo, no deponiéndole la Junta central, pero sí nombrando un nuevo gobernador militar y político, cargos desempeñados entonces por una misma persona, y esta de la clase de los oficiales generales.
[31] Está en su lugar contar una anecdotilla relativa a estos sucesos. Venía en las horas a que la narración de arriba se refiere, navegando para Cádiz, aun no bien restablecido de una grave herida recibida en la batalla de Espinosa, el ilustre general de marina don Cayetano Valdés, tan célebre en España antes y después, y en Cádiz muy particularmente. Al ir a entrar en el puerto, como pasasen cerca algunas barcas, el general, deseoso de saber quién ejercía la autoridad militar con que él había de entenderse, preguntó quién era el gobernador de Cádiz. «El guardián de Capuchinos», le respondieron desde lejos. Pareció bufonada de mal gusto al general la respuesta. Pero al hacer igual pregunta a otra embarcación que pasó, oyó también que era gobernador de Cádiz el guardián de Capuchinos. Conociendo Valdés que es uso en las cercanías de Cádiz poner en boga por temporadas un dichete más o menos o nada chistoso, pensó que era la gracia de uso entonces decir que gobernaba el guardián de Capuchinos. Pero llegándose al buque donde venía y deteniéndose a un costado un bote (no sé si el de sanidad o el del práctico), y reiterada la pregunta, y recibida la misma respuesta, incomodándose el general de que le viniesen con bufonadas, y manifestando su enojo, supo con admiración ser el hecho que él deseaba saber lo que le había parecido burleta necia. De boca del mismo general he oído, y más de una vez, este lance.
No acierto a decir si fue bien comprendido en Sevilla el alboroto de Cádiz, pero lo cierto es que hubo aplausos y premios solo hasta cierto punto merecidos, y poca severidad e imparcialidad en el castigo, ya dictase tal conducta el error, ya el disimulo.
A los voluntarios de Cádiz fueron dadas recompensas honoríficas, el dictado de distinguidos y el uso de los cordones de cadete, todo ello por haber amparado la vida del marqués, olvidando, o no sabiendo, o callando que para enfrenar el alboroto, particularmente en sus principios, cuando era cosa fácil, habían hecho poco o nada. El marqués del Villel fue llamado a Sevilla y a la Junta, desagraviado con palabras de aprobación y sin repugnancia suya a salir de una ciudad en la cual había hallado más sinsabores que satisfacciones. Fueron presos, creo que sin otros compañeros, dos jóvenes de Cádiz, ambos instruidos, y que después hicieron mediana fortuna, don Manuel María de Arrieta y don Pablo Massa, cuyo delito, o dígase cuyo supuesto delito, pues fueron al cabo absueltos después de larga, pero no dura prisión, y de una causa enojosa, era haber hecho el papel de representantes del pueblo alborotado para expresar sus pretensiones. De la quinta no volvió a hablarse, quedando exenta de ella los gaditanos, bien que en ninguna población de España creo que fue llevado a efecto con la debida regularidad y exactitud este modo de reclutar el ejército, poco propio para días en que el entusiasmo hacía mucho y el poder de la autoridad era corto, por lo cual acudían a las filas los que querían, y a los renitentes o reacios nadie podía sacar de su retiro.
Del alboroto de febrero no quedó en Cádiz señal. Pasó allí tranquilo el año 1809, causando alegría las pocas y cortas ventajas en el mismo periodo conseguidas por nuestras armas, y dolor los grandes y multiplicados reveses de las mismas en aquellos días aciagos; pero reinando la tranquilidad más completa, de suerte que en momentos de tantas penas tuvo Cádiz la felicidad de no tener historia, mientras tan llena de sucesos estaba la de otras provincias. Los voluntarios siguieron prestando buenos servicios, y manteniendo la ciudad en paz y sosiego, de suerte que hasta el término final de la guerra no volvió aquella población a ver un alboroto de consideración en sus calles, ni cayó víctima de la furia popular persona alguna. Recién entrado el año de 1810 fueron otras las circunstancias, en las cuales Cádiz, si no le consistieron las suyas señalarse por actos de heroísmo, se acreditó de fiel a la causa de la patria, haciendo por sustentarla sacrificios no leves. Además, la ciudad que se entregó al gobierno de un religioso poco después hizo a la causa de las reformas celoso acogimiento, sucediendo allí a las doctrinas innovadoras y liberales lo que a planta llevada a terreno bien preparado para recibirla y criarla lozana, y, en cuanto no lo impiden desdichas inevitables, fuerte y robusta. Pero los sucesos desde 1810 hasta 1813 no entran en el propósito del presente artículo, y como son harto conocidos,[32] las memorias que de ellos conservo no serán quizá transmitidas a la pluma como parte de los recuerdos que con desaliño procuro dejar constantes para divertimiento, si ya no para enseñanza, de la generación presente y de las futuras.
[32] Acaba de salir a luz una obra de mucho mérito en su clase, y cuyo objeto es referir particularidades de sucesos ocurridos en Cádiz, y de los méritos contraídos por aquella población durante la guerra de la Independencia. El autor de este librito, que es don Adolfo de Castro, está ya muy conocido por muchas producciones de su pluma como hombre de nada común erudición y laboriosidad, a lo cual agrega prendas de dicción y estilo. Su obrilla contiene mil cosas, muchas de las cuales conservaba en la memoria quien esto escribe, pensando pasarlas al papel. Hoy no sabe si lo hará, pues lo que contaría como hasta ahora ignorado, en gran parte ha pasado ya a ser sabido. Pero si el señor de Castro ha hecho cuanto es dado hacer a la erudición y diligencia más prolija, como no vio los tiempos de que habla, sabe y cuenta bien lo que en ellos pasó, pero no cómo pasó y con la fisonomía de los hombres y cosas de entonces, lo cual no puede poner a la vista de sus lectores. Hay, por otra parte, ocurrencias de que son narradores infieles los documentos existentes, porque callan menudencias conocidas de los que vivían cuando ellos nacieron, las cuales explican los acontecimientos, a veces a punto de convertirlos en cosa más o menos diferente de lo que referidos de oficio aparecen.
VIII.
CÓMO SE PASABA BIEN EL TIEMPO EN UNA CIUDAD SITIADA.
No vayan a creer mis lectores que al escribir las siguientes páginas me propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia en una plaza fuerte, verdaderamente asediada y combatida, como una situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la vista de la generación presente algunas escenas del singular drama que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta costa, el ejército enemigo, dueño ya, aunque no bien asentado en su posesión, sino muy al contrario, de las tres cuartas partes del territorio español, y representante del poder del imperio francés bajo el varón más sin igual que vieron todas las edades. Fueron los actos de heroísmo nada escasos en la guerra que sostuvo España en desagravio de su honor ofendido y en defensa de su independencia, pero de estos no hubo de caber parte a los vecinos de Cádiz, si bien muchos de ellos se señalaron en la campaña, porque su ciudad, protegida por la naturaleza, les facilitaba resistir sin estragos ni graves peligros. Así, mal puede llamarse sitio o aun bloqueo lo que hacían los franceses respecto a la desde entonces llamada isla gaditana. La relación de unos con otros beligerantes en aquellos lugares, desde febrero de 1810 hasta agosto de 1812, creó un estado anómalo, compendiando o abreviando a España hasta tenerla encerrada en reducidísimos límites, pero sin quitar el carácter de la potencia España a aquella cortísima porción de su territorio. Por esto, cuando los sitios afamados de Zaragoza y Gerona, y aun los menos célebres, pero dignos de recordación y alabanza, de Astorga, Ciudad Rodrigo, Tortosa, Tarragona y algunos más, trajeron a los sitiados horrorosos males, donde fue probado su heroísmo, a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los fuegos de un contrario poderoso.
Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. No puede afirmarse qué habrían hecho los gaditanos puestos en grande apuro, y sujetos a los más duros rigores de la guerra; pero lo que les tocó hacer lo hicieron bien, portándose como buenos españoles. Ya en otro lugar de estos recuerdos he contado que dieron a los ejércitos una buena suma de voluntarios, y también he referido que el batallón de tiradores de Cádiz, compuesto si no todo de gaditanos, de moradores de aquella ciudad y sus cercanías, hizo en Lerín, en octubre de 1808, una gloriosa defensa, cabalmente en los días en que, amortecida la llama que tanto brilló en los primeros sucesos del alzamiento, y tanto estrago causó en el enemigo, empezaba la época de los reveses, no sin mengua del crédito de nuestros soldados. También he dicho que todo había sido paz y sosiego en Cádiz desde febrero de 1809 hasta ir a terminar el enero del año siguiente. Pero entonces, invadida la Andalucía con resistencia cortísima de nuestras escasas y desalentadas tropas, venían con gran poder sobre Cádiz los franceses. Suya era casi toda España: fuera de la Península ibérica no contaba el emperador francés con un solo enemigo en el continente. Por un momento parecía como que flaqueaba en los españoles el propósito de resistir a todo trance al invasor, dado que la resistencia solo podía parar en ser vencidos y al cabo sujetos. Sin embargo, nadie pensó en Cádiz en abrir las puertas a los a la sazón vencedores. Resistir era tenido por cosa precisa y como natural.
Uno de los graves inconvenientes con que se hacía necesario luchar era con la falta de Gobierno. Verdad es que el de la Junta Central, por un año establecida en Sevilla, había decretado trasladarse a la isla de León; pero la Junta Central había caído en sumo desconcepto, por cierto no merecido, a lo menos hasta el punto a que había llegado en aquella hora. Sabíase confusamente que en Sevilla un medio motín, con pretensiones de revolución, había sustituido al malaventurado y desconceptuado Gobierno que lo había sido de España el de la antigua Junta de provincia, reforzada con algunos personajes malcontentos e inquietos; pero el recién formado o resucitado cuerpo era a modo de fantasma o visión, que a soplo mucho menor que el del furioso viento que todo lo iba barriendo y desbaratando, debía desaparecer resuelto en humo o niebla. Cádiz no hizo caso del recién nacido poder, ni del antiguo, que reputaba difunto, y apeló al recurso de aquel tiempo, en que era fácil y común nombrar gobierno creando una Junta. De ella hizo cabeza el que era gobernador militar y político de la ciudad, el general don Francisco Javier Venegas; militar antiguo, general que había mandado con varia fortuna, literato, caballero cumplido con mucho de cortesano, aunque poco había vivido en la corte; hombre, en fin, de los que aciertan a ganarse las voluntades. Los demás de la Junta fueron nombrados por un método regular y por elección indirecta, que era lo que privaba entonces, o, digamos, el único sistema electoral conocido.
Sentado ya que había de resistirse y nombrada Junta, la cual, por supuesto, a ninguna autoridad superior obedecía, a lo menos en algún tiempo, quedaba y era urgente llevar el propósito a efecto.
Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran inexpugnables. Ya había pasado por tal Despeñaperros, y acababa de desmentirse su alto concepto; pero un caso no probaba contra otro; sucediendo, como en otros lances de la vida pública o privada, ser vana en su significado la palabra escarmiento, no solo en cabeza ajena, sino a menudo hasta en la propia. En cuanto a la ocasión de que voy hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas pantanosas, donde solo puede andarse por angostísimos pasos conocidos solo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía de todo ello, no si razón, pues acreditó después la experiencia ser muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos, aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie. Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de modo tal, que la vida allí vino a ser, no meramente tranquila y cómoda, sino agradable y divertida. Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza que había en Cádiz y la isla de León comenzó a prepararse la defensa. De la del puente de Suazo no trató inmediatamente el vecindario de Cádiz, dejándola a cuidado de la autoridad militar entonces obedecida. Pero las inmediaciones de la ciudad podían ser puestas en estado de buena defensa, construyendo y asimismo derribando lo necesario a dificultar su empresa a los sitiadores que se veían en perspectiva. Tenía Cádiz, y tiene otra vez hoy, fuera de la punta de tierra, por donde solo puede ser atacada, buen número de casitas y jardines, pobres o chicos, aunque aseadas y bonitas las primeras, áridos los segundos, a los cuales envía de continuo el mar grandes cantidades de arena, cuya humedad salitrosa en breve desaparece, volviéndose seca y enemiga de la vegetación, aunque no a punto de destruir la que existe, pero sí de dejarle poca belleza o frescura. Estos edificios era forzoso echar por tierra, dejando llano y liso el terreno donde, llegando ocasión de ello, pudiese jugar bien la artillería de la plaza. Aun antes de venir a caso tal, convenía detener al enemigo agresor, y particularmente en lugar tan distante que desde él no pudiese mortificar al vecindario y destruir el caserío, arrojando a la ciudad bombas. Para ello había sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura que ya he descrito en otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento de los _polacros_. El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había, faltando aún el terraplén o piso de la muralla.
A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de Cádiz, quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de ver el gentío que poblaba las afueras de aquella linda ciudad, todo él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que se pensase en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para alegrarse. Frailes robustos, de aquellos de que sacan copias los enemigos de las órdenes monásticas para ridiculizar sin razón a todos, asidos de gruesas sogas tiraban de parte de las casitas destinadas a ser derribadas, y en breve las igualaban con el suelo, entre risas y pullas de las que solían usarse con los de su hábito, a los cuales a un tiempo, con notable contradicción, se tributaba respeto y se hacía objeto de sátira, a veces grosera, mientras ellos, acostumbrados a recibir tiros de saetas sin punta y arrojadas sin intención de dañarlos menoscabando su poder o influencia, correspondían de buen humor con dichetes iguales a los de que eran objeto. Hombres de todas las edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la vida social cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre, tal trabajo. Suplían el celo y el número la falta de fuerzas o de habilidad, y animaba a los trabajadores ver cuánto adelantaban, porque en poco tiempo quedó levantado el alto terraplén, que apisonaban otros a costa de salir con los brazos, si no lastimados, doloridos.[33]
[33] Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar, formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a la tertulia de la marquesa de Casa-Pontejos, madre de la excelentísima señora marquesa de Miraflores. Eran estos, entre otros, el duque de Híjar (Agustín), poeta si no de gran mérito, no del todo malo, y regular literato; el actual duque (entonces conde de Salvatierra); el conde de Casa-Tilly (después marqués de Iturbieta); el que llevaba por su mujer el título de Casa-Pontejos; don Fernando Silva (no el afamado corregidor de Madrid, don J. Vizcaíno), y algunos más hoy borrados de mi memoria, y todos, menos el duque de Híjar y yo, salidos ya al teatro del mundo. ¡Con qué alegría y ardor pasábamos de mano a mano las espuertas de tierra, y las contábamos para gloriarnos de lo activo de nuestro trabajo! No así con el pisón, pues yo le hube de tomar creyéndole obra poco penosa, y tuve que soltarle en breve, lleno de dolores en los brazos. Una enorme caldera llena de arroz con buenos tasajos servía para reponernos de la fatiga, y metíamos en ella nuestras cucharas, de palo, pero limpias y cada día nuevas.