Part 12
Duró cosa de una semana este trabajar de todos sin orden ni regla, pero al cabo del breve plazo que acabo de decir, entró un arreglo dispuesto por la autoridad, que fue dividir la ciudad en barrios para el trabajo, y hacer que cada día fuesen los de aquel al cual tocase a hacer la necesaria faena. Ni aun por esto, a pesar de que ya privaba algo al trabajo de su calidad de voluntario, cesó el celo durante algunos días; pero empezó la hora en que con el cansancio venía la tibieza, perdiendo además la obra el atractivo de la novedad, si bien por fortuna entonces lo más urgente estaba hecho, y por otra parte quedaba muy disminuida la importancia de la Cortadura, porque otro era ya el punto destinado a tener a raya el poder francés, salvando la independencia de España y, aun bien puede afirmarse sin jactancia, por consecuencia de la de España la de Europa, rescatando gobiernos y pueblos la que tenían perdida.
Mientras se trabajaba en la Cortadura, y era esto el principal entretenimiento de los gaditanos, la inesperada aparición del duque de Alburquerque con su división, con dar guarnición suficiente a las líneas del brazo de mar que va desde la _Carraca_ a _Sancti Petri_, aseguró la posesión de la empezada a llamar isla gaditana a los sustentadores de la independencia.
No es asunto de las presentes páginas contar de nuevo la historia de aquellos días, referida ya por mejor cortadas plumas, y hasta por la misma, tosca y pobre como es, de que salen estos renglones. En ellos me propongo solo decir lo que a la historia no compete, por ser demasiado humilde; lo que han callado quienes lo vieron; aquello de que hoy existen pocos que hayan sido testigos presenciales; pocos, y que parecemos ruinas en pie, pero en quienes no está mal, cuando podamos, que hablemos, pues no somos piedras, y que presentemos a la generación presente algunos cuadros de costumbres donde conozcan las de sus abuelos.
No obstante estar preparados a todo, la aparición de los franceses al frente de Cádiz no dejó de producir un efecto desagradable, o, cuando menos, solemnemente triste. Era el día 5 de febrero. Brillaba, como suele allí casi de continuo, el sol, siendo no infrecuentes, pero sí de corta duración, los nublados; y la atmósfera, pura y despejada, rival, si no superior a la de Madrid en sus bellos días, permitía ver los objetos distantes con claridad asombrosa.
En la expectativa del poco grato espectáculo cuya aparición era segura y se veía próxima, estaban los moradores de Cádiz, armados muchos de ellos con anteojos, poblando torres y azoteas, y la muralla que mira al norte, clavada la vista en la contrapuesta costa, y de ella en el punto llamado de Buena Vista, por donde es el camino de Jerez al Puerto de Santa María, principal medio de comunicación de lo interior de España con las poblaciones que rodean a Cádiz. De repente se divisa polvo: a poco aparecen tropas de caballería, reflejando un tanto la luz del sol las capas blancas y cascos de acero de los dragones franceses que venían delante de las demás tropas de su nación, en ordenanza como de quien no espera tropezar con oposición alguna inmediata. Singular cosa era ver aquella gente, a la par odiosa y temible al pueblo español, y verla sin recelo, aunque no para recibirla como a amiga; efecto ello de la disposición de aquellos lugares. Así es, que si nadie los vio con gusto, no hubo quien los viese con miedo, y hubo de suceder, aun a los tímidos, lo que al cordero de la fábula, que en el bien guardado redil hasta llegaba a echar fieros y retos al lobo.[34]
[34] No esta de más repetir aquí la noble y sencilla respuesta, dada por Cádiz a la intimación hecha por los franceses para que se sujetasen a José Bonaparte: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro soberano que al señor don Fernando VII». Y tampoco parece excusado renovar aquí la memoria de los agravios y calumnias de la historia de _El Consulado y el Imperio_, de M. Thiers, que en lo referente a otros pueblos que al francés, no pasa de obra de invención. Dice el calumniador de España que los habitantes de Cádiz, muy confiados en la fuerza natural de su ciudad y en el apoyo de las tropas inglesas, dieron suelta a sus pasiones, _opusieron insultantes bravatas a las intimaciones de los franceses, y anduvieron alborotados, divididos, mofándose unos a otros, y todo ello impunemente_. A esto hay quien llame historia, e historia exacta e imparcial. Bien que ya va despertando el mundo en cuanto a la obra de Thiers. Los ingleses, que la llevaron con paciencia, comienzan a probar sus falsedades. Hasta hay ya franceses que la censuran con rigor. Y es de creer que se arrepientan de haberla alabado como imparcial y verídica españoles a quienes alucinó su indudable gran mérito; mérito, sin embargo, oscurecido por gravísimas faltas.
No tardaron los franceses en acercarse al puente de Suazo. Entonces empezó a correr la noticia de que, adelantándose a reconocer las baterías, algunos pocos dragones hubieron de aventurarse a pisar el terreno de las salinas, en el que se hundieron caballos y hombres hasta quedar sepultados, lo cual se celebraba con risadas, ponderándose el apuro que debieron tener al ir hundiéndose en el fango con la ferocidad con que celebra la pasión la desventura de un contrario aborrecido. No sé si fue cierto este suceso; pero bien pudo, y, fuese o no verdad, sirvió para confirmar en la opinión de que era aquel terreno intransitable, dando a los que estaban detrás de él seguro amparo.
A pocos días ya no fue el puente de Suazo el límite entre el reino que dominaba el intruso José y el que reconocía por rey al cautivo Fernando. El duque de Alburquerque salió de la isla de León, y ocupó un puesto que dista de ella sobre un cuarto de legua, donde había un portazgo, y que estaba vecino al caño de Zurraque. No sé por qué no le disputaron la posesión de tal punto los franceses. Ello es que, teniendo condiciones para la defensa iguales a la del puente mismo, y además la ventaja de ser punto más avanzado, se plantó allí una batería llamada del portazgo, la cual no fue ni siquiera formalmente atacada por el enemigo durante los treinta meses que siguió al frente de aquella España en compendio, y el poder que se dilataba hasta las riberas del Báltico hubo de respetar aquellas obras de pobre aspecto, pero de verdadera fortaleza.
Quedó, pues, la isla de León segura a la par que la ciudad de Cádiz. Así es que en ella murió legalmente la Central e hizo su testamento, instituyendo por heredero al Consejo de Regencia. Allí se estableció este y tomó el carácter de Gobierno Supremo de España, sin que se le negase Cádiz, aunque por lo pronto no se le reconociese del todo, siendo objeto de su amor exclusivo, cuando el amor no era corta parte del poder de la autoridad, su nueva Junta.
La isla de León vino a ser para los gaditanos lo que para Madrid un Sitio Real cuando en él residía la corte, lugar donde era común, y con frecuencia necesario, ir para negocios, y asimismo a veces para diversión y recreo. El camino estaba en buen estado, y era completamente seguro, pues ni aun cuando pudiesen alcanzar allí los fuegos de los franceses, malgastarían ellos su pólvora o municiones en disparar a blanco incierto, donde, aun acertando un tiro, sacarían de esto muy escasa ventaja.
Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. Estando aliados los españoles con los ingleses, participaban de la dominación de estos en el mar para traficar en toda clase de géneros. Galicia, libre de franceses desde junio de 1808, y nunca vuelta a ocupar por ellos, aun cuando se enseñorearon de poco menos que toda España, enviaba a sus hermanos de la isla gaditana los abundantes productos de sus árboles, pastos y corrales; los otros pueblos de la costa de España, especialmente los de Andalucía, no bien salían de ellos los soldados franceses, que mal podían estar en todas partes de continuo, cuando se ponían en comunicación con la España de que eran parte, la cual existía allí donde estaba el Gobierno nacional, o, digamos, donde se reconocía estar la cabeza del cuerpo moral llamado patria, cuerpo cuyos miembros bien podían estar en sujeción al titulado rey José, pero que siempre se miraban y en efecto eran partes de un todo que no podía dominar la fuerza material, porque estaba por su índole fuera de su jurisdicción o de sus alcances. Así es que, como dos meses después de formalizado el bloqueo, que solo lo era por la parte de tierra, llegaron los alimentos a un precio razonable, manteniéndose el importante artículo de la carne de vaca a seis reales la libra de 32 onzas, y las demás carnes y pan en proporción a esto, y abundando las verduras, frutas y otros regalos. Los aljibes provistos de agua llovediza, que es delgada y sin sabor, bastaron a impedir que hubiese sed, sirviéndoles de suplemento algunos pozos, cuyo contenido, si menos grato, por ser el agua algo menos delgada, nada tenía de salobre.
Hostilidades apenas había. Las escuadras inglesa y española surtas en la bahía, y más aún las numerosas lanchas cañoneras de ambas naciones, disparaban a veces a los enemigos situados en la costa opuesta. Asimismo, en las líneas alguna vez se hacía fuego; pero tan inútil uso de pólvora y el no más provechoso sacrificio de algunas vidas, nada podían influir en el éxito de la contienda pendiente.
Un suceso desagradable interrumpió, si no del todo o en todos, el sosiego material, o el del espíritu en aquel periodo. Pocos días después de haberse presentado delante de Cádiz los franceses, y en los primeros días de marzo, en que acertó a ser el Carnaval (del 4 al 6), rompió un furioso temporal del S al SO tal, que recordó a los gaditanos el que siguió inmediatamente al combate de Trafalgar, al cual superó en violencia, aunque no en duración, no habiendo este último excedido del término de tres días. Hasta a los acostumbrados a escena tan aterradora como lo es la que presenta la casi aislada Cádiz cuando, movidas las olas por un viento parecido, aunque no igual, al huracán, amenazan tragarse aquella tierra baja, expuesta a los efectos de su furia, horrorizaban el ruido del mar y del viento, la atmósfera cargada de nubes, la espuma marina cayendo a la par con la lluvia, los edificios estremeciéndose a los recios embates a que oponían resistencia, al parecer, si bien no en realidad, por demás flaca y precaria. A los venidos de tierra adentro hubo de ser objeto de pasmo y terror espectáculo tan horrible y grandioso. En medio de él, dos de las reliquias de nuestra antigua marina, y de estos uno el navío de tres puentes de más porte entre los de nuestra Armada,[35] fondeados en paraje poco seguro, porque en lo interior del puerto habrían sido molestados y aun destruidos por los fuegos de los franceses, garrándoles las anclas o rompiéndoseles los cables, se fueron con mediana rapidez, pero con inatajable curso, hacia la costa donde estaba el enemigo.
[35] _La Purísima Concepción_.
Fue imposible socorrerlos, y llegando casi a dar en tierra, fueron desamparados e incendiados. Aumentaba la pena ver lo irreparable de la pérdida, porque no era tiempo de pensar en construir buques nuevos. Algo pudo mitigar el dolor considerar que lo que entonces hizo el furor de los elementos lo habría venido a hacer en no largo plazo la misma naturaleza por otro medio, causando en los viejos cascos la podredumbre que trae consigo la muerte.
Mediando abril, una mañana empezó a ensordecernos y hasta a conmover la tierra un espantoso ruido. Las cañoneras, los navíos, nuestras baterías, las enemigas habían roto un fuego vivísimo y continuado. Decían los viejos acostumbrados a la guerra que nunca desde el día en que combatieron con feliz éxito a Gibraltar las baterías flotantes habían oído los hombres tronar a un tiempo tantos cañones de tan gruesos calibres. Pasmoso era el efecto que producía; pero, si causaba dolor considerar que una grande efusión de sangre acompañaba aquel estruendo (punto en el cual hubo de ser exagerada la suposición, pues, como sucede en casos tales, no correspondió el estrago al ruido), no hubo asomo de temor en cuanto a la seguridad de Cádiz o de la isla; tan firme era la persuasión de ser inexpugnables las líneas, y estar, por consecuencia, en completa seguridad la plaza, o digamos la ciudad de Cádiz.
Un inconveniente de mediana gravedad resultó de aquel tremendo cañoneo. Se perdió en él Matagorda, castillejo que mal podía conservarse, quedando los franceses dueños de ambos lados de la boca del después afamado canal o caño llamado el Trocadero, cuando antes lo eran de uno solo. De resultas quedó insegura por demás para nuestros buques la parte interior y abrigada de la bahía,[36] y aun casi cortada la comunicación por mar entre Cádiz y la isla de León, antes, si no tan segura, tan frecuente como la de tierra.
[36] Quizá con alguna inexactitud doy el nombre de bahía al puerto de Cádiz. Pero hablo como suelen mis paisanos, que así le llaman, diciendo los de la clase ínfima _la badía_. El puerto allí es el de Santa María, o digamos, la ciudad de este nombre. Sin embargo, se dice la boca del puerto a la entrada del de Cádiz.
Otro mal resultó de la pérdida de Matagorda, que entonces no se preveía, y fue que desde el cercano lugar llamado punta de la Cabezuela, pudieron los enemigos arrojar granadas a la ciudad de Cádiz, reputada hasta allí, y con razón, fuera de tiro, según lo que alcanzaba la ciencia teórica y había acreditado la experiencia.
Pasado el susto o desabrimiento que trajo consigo la pérdida de Matagorda, volvieron las cosas a su estado ordinario. No era este todavía de tanto entretenimiento y recreo como llegó a ser en 1812, cuando fue compensada, como después diré, la incomodidad de las bombas con la multiplicación de las diversiones. Aún no estaba abierto el teatro, que lo fue mediando 1811. Encerraba Cádiz muchas personas de alta categoría, o por su cuna, o por su dignidad, adquirida en el servicio público en una larga carrera. De estos muchos dueños de pingües y aun cuantiosísimas rentas, pero cuyo caudal consistía en tierras, como estas, estuviesen a la sazón en país ocupado por el enemigo, cobraban poco y mal, cuando cobraban algo. Quienes vivían de sueldo también recibían mermados o con irregularidad los suyos. Pero había conformidad, porque el mal de muchos no es, como suele decirse, consuelo solo de los tontos, sino que lo es asimismo de los entendidos. Las costumbres hubieron de resentirse de la situación, y España, donde el poder era desde tiempo antiguo democrático, pero la sociedad no, encogida en el recinto de Cádiz, se amoldó a los usos de aquella ciudad, donde reinaba la igualdad, pero donde también brillaba entonces hasta un grado considerable la buena crianza. Era la política el principal alimento de la conversación; pero la política para las más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de la guerra, pues antes de juntarse las Cortes las cuestiones políticas sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la atención, de escaso número de gentes eran conocidas.
La calle Ancha, por las mañanas, la inmediata plaza de San Antonio, cuando era posible pasear en ella al sol, o, según la frase española, que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda, pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el gentío de ociosos de buen porte que a la hora antes indicada charlaba y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre _la olla_, pero sin añadirle el epíteto de _podrida_, que solo a ciertas ollas cuadra.
Trasladado en mayo el Consejo de Regencia de la isla de León a Cádiz, tuvo algunas, pero pocas, creces el vecindario; pero la isla de León, convertida en mero puesto militar, no dejó de seguir animada, por ser numeroso el ejército que allí tenía su cuartel general, del cual eran parte las tropas aliadas inglesas, y un regimiento portugués, y además porque residía todavía en aquella población alguna oficialidad de marina, a lo cual se agregaba haber ido a establecerse en el mismo lugar unas pocas familias a quienes parecía mansión estrecha la de Cádiz.
La vida así pasada era uniforme, y si libre de sustos, no ajena de fastidio. Pero llegó el día de abrirse las Cortes, con lo cual quedó abierto campo a la actividad individual, o, dicho con más propiedad, a la del pensamiento; y con avivarse las facultades vinieron a pedir más alimento, y, de resultas de ello, el cuerpo de la sociedad, sintiéndose más fuerte, buscó y encontró con qué ejercitar su fuerza y satisfacer sus lícitos apetitos.
En muchas cosas hace ventaja la generación presente a la de los días pasados, porque sabe más y piensa más, y aumenta el caudal de su entendimiento y discurso, allegándole los tesoros de la experiencia. Pero tal vez siente menos que sentíamos, o, a lo menos, no siente con igual viveza. Si no carece de fe, no puede blasonar de tener mucha, y esto hasta un bien es, en cuanto evita abrazar una fe errada, y sustentarla y propagarla; pero es un mal, y no leve, porque encoge y apoca el pensamiento y embota los afectos, si no del todo, quitándoles la viveza.
No comprenden los hombres de ahora el entusiasmo con que en 1810 acogimos unos pocos, que pronto en la isla gaditana fuimos muchos, la reunión de las Cortes. Los que eran gratos ensueños, halagüeñas visiones, hijas de nuestra lectura, y enseñoreadas de nuestra fantasía, pero sin pasar de la clase de deseo, habían llegado a ser realidad, harto bien a duras penas conseguido. En el estado de las cosas bien merecía ser calificado aquello de locura, pero locura sublime.
Me acuerdo de que en uno de los primeros días de las sesiones de las Cortes generales y extraordinarias (hubo de ser el 28 de septiembre, pero de la exactitud de la fecha no estoy cierto), estaba yo en la isla, cerca del pobre teatro donde los representantes de la nación celebraban sus sesiones. Estábamos en la calle, porque el Congreso celebraba sesión secreta. En medio de un corrillo, de que era yo parte, aparecía la figura severa, pero satisfecha por demás en aquella hora, de don Manuel José Quintana. Sabíamos que se estaba tratando en la sesión, entre otras cosas, del negocio del duque de Orleans, mucho después rey de los franceses. Este alto personaje había venido a España solicitando el mando de un ejército; llamado por el regente Saavedra; mal apoyado por el mismo cuando ya le tuvo en Cádiz; a quien habían hecho viva oposición el gobierno inglés y el ministro de Estado español, Bardají; del cual se decía que los diputados por América querían hacer algo correspondiente a su clase de personaje de la regia estirpe de Borbón, y sobre quien, después de un debate en secreto, habían dispuesto las Cortes, o en aquel mismo día o en el anterior, que saliese inmediatamente de España. Nadie sospechaba o conocía las buenas calidades de aquel príncipe, acreditadas desde 1814 hasta 1830 en Francia, y después en diecisiete años y medio de reinado, en que conservó a los franceses en libertad y prosperidad, llevando tal pago cual solo merecía el tirano más aborrecible. Sabíase confusamente que había militado con gloria en los ejércitos republicanos, lo cual, por cierto, no le recomendaba a la gente del pueblo español, adicta con entusiasmo a la monarquía; constaba que estaba reconciliado con su familia, y casado con una princesa de la familia real de Nápoles, lo cual le hacía mal visto por quienes, odiando a Napoleón, eran, con todo, parciales acalorados de las ideas de la revolución por él terminada en provecho de la autoridad despótica, y por último, era francés, y esto solo bastaba para que el vulgo le recibiese con sospecha y aun con mala voluntad; consideración esta bastante a alejarle de todo poder o influjo, habiendo de redundar el que pudiese dársele por corto plazo en daño ajeno y hasta en el suyo propio. Así era aplaudida la resolución de las Cortes contraria a su persona. Con este motivo, Quintana dijo que los tiranuelos de Nápoles, Portugal y Cerdeña estaban dando pasos encaminados a adquirir el mando o influencia superior en España, y que era vano su intento, atendido el espíritu de las recién congregadas Cortes; y en todos cuantos allí estábamos escuchando causó no solo aprobación, sino placer oír tratar de tiranuelos a los pocos reyes nuestros aliados, y ver que había llegado en España la hora en que el poder popular trataba al trono como de igual a igual, y en algún caso como a inferior. Estábamos en aquellos momentos comunes en la historia en que los poderosos están caídos y exaltados los antes humildes, de lo cual se sigue por lo pronto, no la igualdad, sino un trocar de papeles en que los nuevamente encumbrados cobran la soberbia o el entono que en los recién venidos a menos afeaban.
Mientras esto pasaba, y seguía la sesión secreta, y los corrillos no amenazadores ni inquietos, sino satisfechos y curiosos, continuaban en sus conversaciones, afanándose por averiguar lo que estaba pasando en el Congreso, sonó ruido de caballos que se acercaban, y a poco asomó en la angosta calle, teatro de la escena que voy describiendo, el duque de Orleans vestido de general español, que claramente venía a entrar en el Congreso. Se apeó, en efecto, a la puerta del teatro, pero no a la principal, sino a la del vestuario, estrecha y mezquina, como lo era todo en aquel pobre edificio. Por ella entró el príncipe y allí le perdimos de vista, pero no del todo, pues hubieron de reducirle a tomar asiento en un pasillo o cuarto oscurísimo, de modo que por entre las puertas entreabiertas asomaban sus piernas, más visibles, porque llevaba calzón corto de grana y media de seda, impropias prendas para quien venía a caballo, pero sin duda preferidas por el que las llevaba, porque se presentaba con el carácter de capitán general del ejército español. Con notoria y ridícula injusticia mirábamos todos el acto del príncipe en venir a las Cortes como un insulto, y con malignidad nos recreábamos en notar que no se le daba entrada, y que estaba haciendo como de portero. El color encendido del calzón seguía dando señal vistosa de su presencia en aquel sitio, y nos atropellábamos para clavar la vista en aquel objeto, siendo nuestro afán cerciorarnos de si entraba o no, y nuestro deseo que no entrase. Quedamos plenamente satisfechos, porque, pasado algún tiempo, vimos movimiento en las piernas tan observadas, pasando el muslo de la horizontal a la vertical, esto es, poniéndose en pie el príncipe, cuyo cuerpo entero asomó inmediatamente a la puerta en ademán de quien iba a salir despedido, como hizo al momento. Montó de nuevo el duque de Orleans a caballo; saludó con cortesía, pero con mal gesto, a los circunstantes, que le vieron ir desairado, si no con insulto, pues no llegó a tanto la locura, con satisfacción no disimulada. Al día siguiente se embarcó el príncipe francés, y dio la vela de vuelta a Sicilia, no volviéndose a pensar en él durante largos años en España, ni durante tres o cuatro más en lugar alguno del mundo.