Part 13
Al nuevamente abierto Congreso atendían todos. Por la primera vez se oía en España hablar en público a otros que a los predicadores o abogados. Encantaba y arrebataba tal novedad, de suerte que nacieron y crecieron reputaciones que hubieron de conservarse hasta nuestros días, mereciéndolas quienes las alcanzaron por sus virtudes y servicios eminentes a la causa pública, si no por su talento oratorio; sentencia desfavorable de que es razón excluir al ilustre Argüelles, aunque este mismo no pareció a una generación posterior lo que al auditorio de las Cortes de Cádiz. Era además común entonces leer discursos, de los cuales muchos eran celebradísimos leídos, pero oídos causaban el mal reprimido fastidio con que infaliblemente es oído lo que se lee cuando es largo, salvo en algunas piezas de verso.
Pero hasta febrero de 1811 no vinieron las Cortes a Cádiz, y los gaditanos no pudimos estar de continuo en la isla, donde no abundaban los alojamientos y los buenos escaseaban. Hízose, pues, necesario saber lo que pasaba en el Congreso, y saberlo sin demora, y para el intento servían los periódicos, que desde luego crecieron en poder, aunque ya alguno tenía desde que empezó a dominar en las cosas del Gobierno el influjo popular, lo cual coincidió con el alzamiento de 1808.
Por desgracia, no contaba Cádiz con periódico alguno como el _Semanario patriótico_, muerto en Madrid con la entrada de los franceses, y resucitado en Sevilla para morir en breve por su propia voluntad, hija de enojo nacido de pretender el Gobierno escatimarle la libertad de sus juicios u opiniones, o aun como la _Gaceta de Valencia_, célebre por las bufonadas con que comentaba los folletines del ejército francés, o como la de la _Mancha_, ya entonces difunta, o saliendo de tarde en tarde en diferentes lugares. Pero no mucho antes de abrirse las Cortes había empezado a publicarse en Cádiz un periódico titulado _El Conciso_, cuyo reducido tamaño, no dando cabida a gran número de palabras, justificaba su nombre. Era el fundador y principal escritor en él un don G. Ogirando, traductor conocido como tal hacía algunos años, cuya versión de la ópera _Une folie_, con el nombre de _Una travesura_, le había dado celebridad, más que por su mérito indudable de bien hecha y de castizo lenguaje, por la que llegó a tener aquella, hoy olvidada, y entonces y poco antes aplaudidísima música de Mehul, sobre todo, cantada por nuestro Manuel García. Había asimismo puesto en excelente castellano el mismo Ogirando la comedia francesa _Les Marionnettes_, a que él llamó _Los Títeres_, obra de Picard, hoy completamente decaído del alto concepto de que gozó, aunque, en mi pobre sentir, hay más injusticia en el extremo de su actual descrédito que la había en el de su antigua celebridad. No sé de qué otros conocimientos podía blasonar Ogirando fuera del de las lenguas francesa y castellana, siendo en la última verdadero purista: lo cierto es que no dio grandes muestras de sí, pero que tuvo fortuna, pues su periodiquillo vivió hasta 1814, siempre recibido con algún favor, habiéndose desde luego alistado en el partido que tomó el apellido de liberal de allí a poco. Pobre cosa era _El Conciso_, pero tal cual era, si no ayudaba, servía. Recién abiertas las Cortes, publicó uno a modo de número supletorio, al cual nombró _El Concisín_, que venía a dar a su _papá_ noticias de lo que en la isla iba pasando en el Congreso; obra de escaso chiste, pero de algún efecto.
Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un entretenimiento nuevo, que llamó otros. En electo, venido el Congreso a Cádiz en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero con las bombas vino a multiplicarse las diversiones, abriéndose el teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; estar llenos de gente los paseos, animadas con la muchedumbre y buen humor de los concurrentes las calles y plazas, y en medio de todo esto, ventilándose con ardor todo linaje de cuestiones, no ciertamente con los conocimientos venidos hoy a ser comunes, pero con más sinceridad y calor al sustentar y esforzar errores que hay hoy para defender verdades, siendo aquello las mocedades de un pueblo, llenas de inexperiencia y superficialidad, pero ricas en ilusiones, cuyo valor, en la flaqueza de la condición humana, a veces iguala y en alguna ocasión supera al de la realidad misma.
Pintar esto más circunstanciada, aunque toscamente, será asunto a otra parte de este artículo. Si en él me sucede ver las cosas de mis mejores días como suelen verlas los ancianos, aun esto servirá para pintar cómo pensaban y sentían los hombres de entonces, y una voz que sale de los bordes del sepulcro tendrá algo en consonancia con la índole de lo que conmemora.
Hermosa imagen han presentado a la vista y contemplación de los lectores de todos tiempos los que, narrando y describiendo los sucesos y escenas de la guerra por nosotros llamada _de la Independencia_, han pintado a un pueblo dándose nuevas leyes mientras llovían sobre él las bombas del enemigo sitiador, dueño además de casi toda la superficie del país a que la novel legislación estaba destinada. Sin duda hay ponderación, y no corta, al decir que caían las bombas como lluvia, y más si se tiene presente que en la misma guerra hubo poblaciones reducidas a escombros, o poco menos, sin desmayar por esto sus defensores hasta la hora fatal en que llegó a ser imposible continuar la heroica resistencia. Pero, según la expresión vulgar, así se peca por carta de más como por carta de menos, y las bombas arrojadas a Cádiz desde diciembre de 1810 hasta el 24 de agosto de 1812, si escasas en número, particularmente en los primeros tiempos del bombardeo, y menos destructoras que son por lo común tales instrumentos de ruina, no dejaron, andando el tiempo, de caer con alguna frecuencia, causando molestia y acabando con varias vidas, lo cual implica que para los habitantes de Cádiz había entonces cierto grado, si bien corto, de peligro.
Ya he dicho que, aun tomado por los franceses el fuertecillo de Matagorda, a lo cual siguió establecerse los sitiadores en la Punta de la Cabezuela, puesto el más cercano a la ciudad de Cádiz entre todos los de la costa fronteriza, no se recelaba que pudiesen alcanzar sus fuegos a la linda población, hecha por breve plazo capital de la ocupada, pero no sujeta, España. De repente en un día de diciembre, pasados ya diez meses de tener delante el ejército francés, como estuviésemos los ociosos, no cortos en número, en nuestro acostumbrado lugar de reunión en la calle Ancha, llenándola toda de acera a acera en corrillos de parleros, se difundió la voz de que había caído una granada o bomba cerca del Hospital de mujeres, esto es, en un lugar muy del centro de la población. Al oír tal noticia, la primera idea fue tratarla de patraña. ¿_De dónde_ había de venir tal bomba? Sabido era que de la costa opuesta no podía ser, pues todos sus puntos estaban fuera de tiro de la plaza, aun para los morteros conocidos de mayor alcance. Por mar, sí, era fácil meter bombas y granadas en el recinto de Cádiz, pero los franceses no se atrevían a asomarse con sus cañoneras fuera de las bocas del Guadalquivir y Guadalete, y si bien algún botecillo o lanchilla podía haberse escurrido por entre las fuerzas navales que protegían la ciudad y bahía, no así una bombardera, que es embarcación pesada y poco manejable, y ha menester otras que le den compañía y amparo. Y suponer que lo juzgado bomba fuese un aerolito enorme, no era menor desatino, y además, de aerolitos poco se sabía entonces, siendo voz que ni en el Diccionario de la Academia estaba. Con todo esto, la curiosidad hubo de llevarnos a muchos al lugar que nos daban por teatro de tan singular suceso. Llegados allí ya, a nadie quedó duda: había caído una granada de mediano tamaño. Al caer, en lugar de reventar con estrago, se había abierto como si la hubiese quebrado o rajado la violencia del golpe. Esto consistía en que en vez de venir toda rellena de pólvora y con una larga espoleta, al acabar de consumirse la cual revientan los proyectiles huecos causando grave daño sus cascos, que suben y se extienden de resultas de la explosión, venía casi atestada de plomo, y con tan corta cantidad del material destructor, que no era bastante a lanzar con violencia hecho pedazos el hierro. Veíase, pues, ser aquel un nuevo invento del arte, en que el aumento de peso se había hecho necesario para dar más alcance al proyectil que se arrojaba. No fue agradable esta ocurrencia, la cual podía traer en pos de sí consecuencias muy superiores a las que tuvo, pero causó más admiración que terror; y como a la primera granada no siguiesen otras en no corto tiempo, hasta llegó a creerse abandonada una idea que si había parado en algo, era en muy poco. Olvidadas estaban las granadas cuando vinieron las Cortes de la isla: sus debates llamaban en gran manera la atención. En las cosas de la guerra no dejaba de pensarse, pero tal vez menos de lo debido. Sin embargo, yendo a terminar febrero de 1811, empezó a prepararse una expedición, de la cual nada menos se prometían las gentes, y aun el Gobierno, que la derrota del enemigo y el levantamiento del sitio de Cádiz; porque fuerzas respetables inglesas y españolas, con un regimiento portugués, salidas de la isla gaditana y desembarcadas en Algeciras, venían a embestir a los sitiadores por la espalda, mientras una salida de los sitiados, hostilizándolos por el frente, los reducía a estar cogidos entre dos fuegos. A la historia toca definir cómo fue el malogramiento de esperanzas en gran parte fundadas, a pesar de haber conseguido los ingleses en el cerro del Puerco una victoria indudable, si bien los historiadores franceses tienen el descaro de afirmar lo contrario, dando motivo al aserto mentiroso que desavenencias entre los aliados hicieron inútil la ventaja alcanzada, y que un revés anterior llevado por nuestras armas había puesto las cosas en tal estado, que no era posible ya sacar de la expedición ventajas considerables. Pero lo que por ser pequeño no merece mención en la historia, y si en una pintura de aquel tiempo, fue el papel que en estos sucesos representaron, o diciéndolo con propiedad, representamos los voluntarios de Cádiz. Risa dará a los hombres de ahora la importancia que dimos a una cosa pequeñísima; pero así éramos, y cuales éramos debemos ser considerados. Hasta entonces aquella milicia, casi en todo semejante a la nacional de nuestros días, no había pasado de cubrir los puestos del casco de la plaza con los anejos castillos de San Sebastián y Santa Catalina, con su uniforme pardo, o de lucir el encarnado, remedo del inglés, en la procesión del Corpus y otras fiestas, haciendo triste figura con sus galas, porque los sombreros de picos o apuntados con que cubríamos la cabeza, eran diferentísimos en hechura, produciendo esto en la tropa formada un efecto desagradable a la vista. Pero necesitándose emplear en la expedición destinada a pelear fuera de la isla gaditana y en las líneas de esta la numerosa fuerza que las guarnecía, hubo de resolverse que, saliendo del recinto y murallas de Cádiz, fuésemos los voluntarios a cubrir los puestos avanzados de la Cortadura y baterías a ella inmediatas, a no larga distancia de la boca del Trocadero con los fuertes de Matagorda y Ortluis ocupados por los franceses. Levísimo, o aun puede decirse ningún peligro había que correr en aquellos lugares; porque el castillo de Puntales, próximo a ellos, y donde solían llegar las bombas y balas enemigas, y perderse vidas, no estaba incluido en los puntos en que habíamos de hacer servicio. Pero así y todo nos pareció la faena a que nos vimos destinados una verdadera salida a campaña. Por su orden, los cuatro batallones que figuraban ser de línea (vulgo guacamayos), y los dos de ligeros (alias cananeos), en seis días consecutivos marchamos ufanos a nuestra grande empresa, siguiendo desde entonces en dar guarnición a aquellos puntos. La música de un batallón, pues solo uno la tenía, fue sucesivamente acompañando a todos en la primera salida de cada uno. Tuvimos cuidado de hacer nuestras mochilas lo más pesado posible, para dar prueba a los espectadores, y aun dárnoslas a nosotros mismos, de nuestra fortaleza, elegimos para romper la marcha el punto más distante de aquel donde íbamos a parar, a fin de hacer con lo trabajosa más meritoria la jornada, y, acompañando con el canto la música instrumental, entonando las canciones patrióticas de aquellos días, en los cuales, como desde 1820 hasta 1823, era uso dar muestras del patriotismo en el canto, caminamos entre aplausos, y anduvimos una buena media legua con nuestra carga sin sentir fatiga; ¡tan ligero hacía el peso el nada fundado pero sí sincero entusiasmo! Años después, la milicia nacional de Madrid hizo muy superior servicio con igual celo, justificando con mayor motivo el entusiasmo que en ella inunda, y en días más cercanos del nuestro, cuerpos de milicias nacionales movilizadas han acreditado su buena voluntad y sufrimiento, en servicio de campaña, si no en combates; pero en los días de que voy hablando, obrábamos y sentíamos dominados por el hechizo de la novedad, y si bastante había ridículo en nuestro orgullo, merecíamos indulgencia por la candidez de nuestra soberbia un tanto fatua. Ni una sola desgracia, aun de las más leves, ocurrió a los que hasta 1812 siguieron ocupando aquellos puntos, aunque de ellos a la batería llamada la _Furia_, y además a la que tenía por nombre la _Venganza_, solían llegar balas y aun granadas; pero, buscando a tiempo, como era fácil, el abrigo de los salchichones de tierra y retama de que estaban hechas, venía a ser ninguno el peligro.
Aunque llegó a ser modesto o enfadoso pasar tanto tiempo sobre las armas, pues cada seis días había que entrar de guardia, y en hacerla en los puntos fuera de puertas se consumía buena parte de dos; con todo, lo divertido, pues lo era hasta cierto punto, de la ocupación, hacía la molestia llevadera. Las inmediaciones de la Puerta de Tierra habían sido, y por muchos años han seguido siendo para los gaditanos, lugar de recreo y fiesta, y por cierto, rara vez de recreo provechoso. Pasaban, pues, los días de guardia como de gresca y broma, siéndolo de comilonas en los vecinos ventorrillos. De esto padecían algo las costumbres, siendo ello uno de los males que trae consigo el dar a los paisanos hábitos de soldados sin el freno de la disciplina.
Mayor y mejor entretenimiento iba dando el interior de la ciudad. A muchos del sexo masculino (porque a las personas del femenino estaba vedado) ocupaba la asistencia a las Cortes. Celebraban estas sus sesiones en la iglesia de la casa de los padres Filipenses, que aun hoy subsiste; iglesia en forma de óvalo de no mala planta, pero no de adorno de buen gusto, y a la cual había adaptado medianamente al nuevo fin a que estaba destinada don N. Prats, oficial de ingenieros de marina. Unas tribunas formando a modo de andamiaje, que dentro del templo le daban trazas de costado de un teatro, componían las tribunas reservadas. Dos galerías altas con reja de balcón hasta el pecho, que corrían por todo el recinto de la iglesia y la abrazaban por entero, siendo parte antigua del edificio mismo, eran las tribunas del público, concurriendo allí donde antes iba el auditorio a oír la palabra sagrada numerosos oyentes a oír discursos de muy otra clase. De estos oyentes muchos no lo eran asiduos y constantes, pero había bastantes que tomaron la asistencia casi como oficio. Si bien la maldad de varios anticonstitucionales abultó extremadamente algunos excesos cometidos por concurrentes diarios a las galerías, y si bien en una época de atroz injusticia e inicua venganza, hubo quien inventase un nombre para hombres tales, y con inventarle añadiese, no solo un vocablo a la lengua, sino un delito en la lista de los hasta allí conocidos, apellidándolos _galeríos_, mal puede negarse que con frecuencia olvidaban el papel que estaban representando, el cual era el de verdaderos testigos mudos, destinados a transmitir afuera, juzgándolo y entregándolo al juicio ajeno, lo que allí veían y oían. De estos excesos ha habido no pocos en épocas posteriores, y hasta muy cercanas, y algunos de ellos de suma gravedad; pero aunque todavía la concurrencia a las sesiones de nuestros Cuerpos deliberantes dista un tanto de guardar el silencio absoluto a que está obligada, hay en este punto harto menos que censurar, pues en Cádiz, de 1811 a 1813, el mezclarse el auditorio en las deliberaciones del Congreso, dando muestras ruidosas de aprobación y desaprobación que una vez pasaron a ser hechos, era cosa continua. Había entre los bulliciosos espectadores de que voy ahora aquí hablando, todos ellos movidos por un celo sincero aunque descaminado, personas de todas clases, gaditanos y forasteros, para quienes vino a ser sustento ordinario del entendimiento la política militante.
La hora de concluir las sesiones era sobre las dos de la tarde, y las noticias de lo ocurrido en las Cortes pasaban a la calle Ancha, poco distante del lugar donde celebraba sus sesiones el Congreso, y los juicios de los procedentes de las galerías eran revisados por otra más numerosa clase de ociosos, o de hombres cuyas ocupaciones habían terminado.
Escaso campo quedaba para entretenimiento puramente literario en Cádiz, tal cual era entonces. No estaba enteramente olvidada del trabajo del espíritu, pero trabajaba influyendo en él las circunstancias, y conforme a lo que recibía era lo que daba, de suerte que el matiz político, siempre subido, con frecuencia cubriéndolo todo, daba su color a todas las producciones del ingenio.
Residía en Cádiz Quintana, ya con la dignidad de patriarca de la iglesia político-filosófica, de que había sido largos años, aunque como en secreto, por no consentir otra cosa los tiempos, uno de los principales doctores y maestros. Estaba ya en él reconocida su calidad de gran poeta, si bien no faltaba quien se la negase. Gallego, a quien la famosa composición al _Dos de Mayo_ había desde luego remontado a uno de los primeros puestos en lo todavía llamado nuestro _Parnaso_, siendo a la sazón diputado a Cortes, y nunca muy amigo del trabajo, tenía contenida su vena poética, no fecunda, aunque de exquisitos productos.
Beña, militar instruido, no descuidaba, en medio de otras ocupaciones, la de lo entonces dicho pulsar la lira. Arriaza, ya en Londres, ya en Cádiz, escribía mediana prosa, no manejando mal la pluma en reñidas disputas con Blanco White, que desde Inglaterra hacía guerra cruda a todo cuanto era de España en un periódico cuyo título era _El Español_, pero mostrándose por lo común inferior a su diestrísimo y más instruido adversario, y entre tanto seguía cultivando la poesía, fecundo siempre y por demás ingenioso, siendo esto último la principal calidad de su talento. Capmany, en quien la vejez, aunque no muy avanzada, había extremado rarezas que siempre tuvo, docto y vivo, hacía alarde de su purismo lleno de singularidades, y mientras en las Cortes seguía las hostilidades contra los galicismos de dicción, alistado en la bandera de los reformadores, pero con actos de insubordinación frecuente, y tan allegado a la Inglaterra que parecía en él falta lo que no era sino hábito de extremarse en todo, daba rienda a resentimientos personales, publicando vituperios de Quintana. Gallardo, con un lindo y chistosísimo folleto había cobrado crédito de los más altos, que sostuvo entre lo general de los jueces, pero no entre los mejores, con su _Diccionario crítico burlesco_. Algunas composicioncillas, aunque no malas, del joven don Ángel de Saavedra, no daban, con todo, idea de lo que había de llegar a ser el ilustre duque de Rivas. Don Mariano Carnerero, casi abandonando por la política y sus marañas la literatura, en que había comenzado a señalarse, parece como que anunciaba que no habían de igualar a sus grandes facultades intelectuales ni la importancia de sus escritos y actos, ni la altura o extensión de su fama en lo venidero. Al revés Martínez de la Rosa, recién vuelto de Inglaterra, donde había pasado unos pocos meses, empezaba a levantar la fábrica de lo que fue después, con título justo, su elevada fortuna. Saviñón, cuya principal celebridad había sido la de habilísimo traductor, la confirmaba con nuevas versiones. Jérica y Costa, poeta o versista de corto valor, pero fecundo, empleaba su mediano ingenio en frívolas censuras de cosas apenas dignas de atención. Un don Santiago Jonama, de agudo entendimiento y bastante instrucción, pero de no poca rareza, así como otros escribiendo gozaban de concepto superior al que merecían, era tenido en precio harto inferior al suyo real y verdadero. Algunos más podría nombrar, pero me sirve mal la memoria, y con los nombrados basta para dar una idea general y somera del estado del cultivo en que estaban las letras en Cádiz sitiada.
Pero, según antes he dicho, los mismos literatos solo usaban la pluma para tratar cuestiones políticas, porque en otros asuntos apenas habrían encontrado lectores. De esto fue excepción, sin embargo, el folleto de Capmany contra Quintana, reducido a censurar su estilo, y más todavía, su dicción, justo en su crítica en uno y otro caso, injusto con suma frecuencia; por lo acre de su tono vituperable a todas luces, y no tan bien escrito como debía exigirse a juez tan severo, pues si no pecaba de galicista tampoco podía blasonar de natural y fluido; vicio este de todos los escritos de un hombre cuyo idioma verdadero era el catalán, y en cuyas obras aparecía el castellano puro como traído con violencia. A pesar de que ya el censurado Quintana había subido a la silla del patriarcado, como en ella era novel, faltaba en lo general del público la reverencia que da una larga posesión del personaje respetado, y así Capmany hubo de encontrar aprobadores numerosos. Pero los amigos de Quintana, en quienes al principio causó desmayo la súbita e inesperada acometida, volvieron en sí, e hicieron frente al adversario. Entonces, como en otro lugar de este libro he contado, salió a nuevo y más brillante teatro el que hasta entonces solo había hecho papel en el literario de Granada, don Francisco Martínez de la Rosa. Quintana se defendió con nobleza en un breve escrito. Con la publicación de este último perdió los estribos Capmany, nunca sufrido ni prudente, y en segundo folleto, indigno de su pluma, y aun de la de todo hombre de juicio, lanzó sobre Quintana, no ya censuras literarias, sino acusaciones y vituperios de toda clase, calumniosos algunos, injustos todos, sin perdonar a los amigos de su enemigo, y haciendo de los concurrentes a la tertulia de Quintana en Madrid, de los cuales era él uno casi perenne, los más feos retratos, donde si se acercaba en algún rasgo de la pintura la malicia, hasta producir alguna semejanza, con más frecuencia turbaba la mente y descomponía la mano del pintor el odio, llevándole a recargar leves faltas, o a suponer las que no había. Apoyaban a Capmany en esta contienda, más o menos disimuladamente, Arriaza, y sin rebozo, Gallardo, a los cuales se adherían todos los adversos a las reformas por odio a Quintana el político y a su secta, más que por idea alguna literaria. Pero tal contienda fue pronto olvidada, y ni aun en los periódicos se hizo de ella larga memoria.