Part 14
Los periódicos eran pocos y pequeños. _El Conciso_ no traspasaba sus estrechísimos límites. Pero el _Redactor general_ los tuvo más extensos, llegando a los que hoy tienen algunos periódicos semanales, y constando ya cada carilla de dos columnas. Su principal redactor era un don Pedro Daza, de buena familia, de mediano pasar, bien criado, y caballero en sus modales; pero escaso en conocimientos literarios o políticos, por lo cual escribía poco en su diario. Este, sin embargo, alcanzó la primacía, escribiendo de cuando en cuando en él hombres de alguna nota, y otros de mediana, entre los cuales hube yo de ser contado una o dos veces. Los anticonstitucionales tenían periódicos de los cuales era el principal el titulado _Procurador de la Nación y del Rey_. Por desgracia de los hombres de esta opinión, que en el Congreso podían blasonar de tener personas de no corto mérito, aunque a reconocérsele se negase la intolerancia liberal, aun mayor entonces que lo es ahora, en los periódicos estaban mal representados. A su frente tenía el marqués de Villafranés, caballero jerezano de singular extravagancia, aun en el vestir, pues con el frac, aunque mal cortado, al cabo frac, y no casaca redonda, llevaba cinturón con un medio sable en vez de espadín, y el cual se jactaba de dormir en una dura tarima, creyendo esto conducente a la salud intelectual más todavía que a la corporal, pues contaba que a sus hijos, como les hallase dificultad en la comprensión al seguir sus estudios, había remediado el mal, de él reputado gravísimo, con rellenarles sus almohadas en vez de plumas o lana con piedras. Era el principal ayudante del raro marqués un sujeto cuyo nombre se me ha ido de la memoria, esta vez traidora,[37] y que en los días de 1814 llegó a gran privanza con el rey, a la cual siguió un revés de fortuna; clerizonte, según creo, ordenado de menores, alto, desgarbado, con un sombrero de picos mal puesto en la cabeza, cuyo título literario principal había sido, según él refería, haber hecho oposición a una plaza de organista sin haberla logrado; hombre en quien un descaro no común daba realce a sus modos y figura estrafalaria.
[37] Si mal no me acuerdo, su apellido era Molé. En los días del gobierno absoluto llegó a cierto grado de privanza muy superior a su valer, pero le sucedió lo que entonces a los de su estofa, que fue cambiarse su valimiento en desgracia y destierro. Hubo de pasar algún tiempo en semiconfinamiento en Cabra, donde no se ganó mucho crédito por título alguno, aunque tuvo embaucada a alguna persona devota.
Como ambos personajes se presentaban a tantos lugares donde podían herirlos las saetas de la burla, se veían acribillados, más con estas armas que con las de argumentos serios. Otro mérito tenían las cartas del filósofo rancio, pero estas no salían a luz en períodos fijos.
La sociedad, en tanto, era la que solía ser en Cádiz con fuerte mezcla de lo que era la de Madrid, de lo cual resultaba un buen conjunto. En aquellos días, nadie en castellano hablaba de abrir los salones, pero en cambio se iba a la tertulia. Ya he hecho mención de la de la marquesa de casa de Pontejos, en la cual se congregaba la gente de la más alta y mejor sociedad; pero, por desgracia, según fea costumbre de aquellos días, conservada hasta ha muy poco, ocupando a la concurrencia, más que otra cosa, el juego del _monte_. También una señora, mujer del abogado don N. Ayesa, recibía en su casa a las personas de más jerarquía, pero sin que faltase la mesa de juego, centro alrededor del cual giraban los tertulianos como palomitas en torno de la luz, y para más perfección del símil, quemándose con frecuencia en ella. De muy diversa clase era la reunión, corta en número, modesta en la apariencia, pero un tanto rica por el valor de varios de quienes la componían, que formaba todas las noches la sociedad de la señora doña Margarita López de Morla y Virués, mujer de singular entendimiento e instrucción vasta, educada en Inglaterra, aficionada a estudios serios, de agradabilísimo trato, y hasta ajena de pedantería, en la cual unos ojos hermosos y una conversación viva en que asomaba la andaluza entre la docta, suplían la absoluta falta de belleza; cargo grave para hecho a persona de su sexo, pero rescatado por perfecciones que hasta enamoraban y que hoy puede temerse sin lastimar afecto alguno ni aun el filial, al enumerar los méritos de tan ilustre difunta.[38]
[38] Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder el juicio. En sus últimos años, apenas pisando los confines de la vejez a que no llegó, abrazó las doctrinas de Fourier con tal calor, que ya daba indicios de locura. Esta vino, por desgracia, a declararse. Medio sanó, con todo, y hacia 1849 vino a Madrid, donde sus antiguos amigos la visitábamos, y de ellos con más frecuencia Gallego y yo, agregándosenos una persona cuya amistad con tan digna mujer era harto más nueva, pero había llegado a ser estrecha: el señor don Joaquín Francisco Pacheco. Pero a poco volvió a descomponerse aquella cabeza a punto tal, que fue necesario llevarla a la casa de Toledo, en la cual murió no muchos días después de haber entrado en ella, dándole cuanta asistencia podía su amante hijo, obligado muy a su pesar a ponerla en recogimiento, y su amigo Pacheco, que en este triste caso obró como si fuese de su familia.
A su casa llevaba don Juan Nicasio Gallego el buen humor y chiste porque tanto se señalaba en el trato social, Quintana su tono severo y dogmático, Toreno sus calidades superiores de hombre, así como de talento e instrucción, de mundo. Iba allí de cuando en cuando Argüelles, pero no ordinariamente como los tres que acabo de nombrar. Iba allí el mucho después afamado _Gorozarri_, que en las Cortes de 1837 llegó a adquirir fama de necio y extravagante, y no sin razón, pero que había leído mucho, y que en 1810 y 1811, oscuro todavía, ya era notable por sus rarezas. Había en la reunión, como era de suponer, el hermano de la señora de la casa y que vivía con ella, don Diego López de Morla, después conde de Villacreces, de familia de lo más ilustre de Jerez, aunque no hubiese titulado todavía; hombre ingenioso, instruido, decidor, raro entre los raros y que hacía gala de serlo y de extremarse en todo, dado entonces al estudio de la medicina que después practicó, menos aficionado a la política que solían serlo todos cuantos habitaban en Cádiz, y particularmente los concurrentes a su casa y aun su misma hermana; muy desviado de la democracia, porque tenía en alta estima su noble cuna, pero allegado a doctrinas nuevas, porque sus principios filosóficos distaban a la sazón infinito de los que eran fundamento del gobierno de la España antigua. Era yo su íntimo amigo desde los últimos días de nuestras niñeces, y había continuado con él en nuestra juventud en frecuente amistoso trato, por lo cual tuve entrada en la tertulia de su hermana. A ella hube yo de llevar a otra persona de cuenta que empezó a representar en aquella reducida sociedad uno de los principales papeles, allegado yo a él, y formando como una oposición al partido predominante en el Congreso, del cual era el conde de Toreno en aquella sala particular el primer representante, así como en la de sesiones uno de los capitanes de la gloriosa hueste de los reformadores. Era la persona de quien acabo de hablar don José García de León y Pizarro (conocido solo por la parte segunda de su apellido), entonces secretario del Consejo de Estado, empleo puramente titular, pues este cuerpo, aunque existente de derecho, de hecho estaba, si no muerto, en letargo parecido a la muerte; hombre de instrucción varia y amena, de clarísimo entendimiento, de gran chiste; algo singular, llano por demás y alegre, en el trato tan agradable cuanto serlo cabe, algo y aun bastante dado a censurar, tildado de tener cierto matiz de afrancesamiento, en doctrinas no poco liberal, pero disintiendo a menudo de los corifeos de la parcialidad dominante, y, sobre todo, disgustado de lo que en ellos juzgaba entono y orgullo, y de la en su sentir casi servil sumisión con que eran mirados por sus secuaces; personaje que, después ministro más de una vez, no hubo de corresponder a las esperanzas que de él se tenían, pero más que por otra cosa, inferior a su concepto por lo duro de las circunstancias, y con quien ha sido injusta la opinión, negándole el mérito que sin duda tenía, y el cual en algún tiempo era en él conocido y confesado. Con extrañeza de las gentes por la diferencia que había entre nuestras edades, por tres años fuimos Pizarro y yo inseparables, como pueden serlo dos amigos de los más íntimos iguales o cercanos en años, paseando juntos, leyendo juntos, comentando lo que leíamos, abarcando muy diversas materias en nuestra lectura y conversaciones, conformes o poco menos en nuestras ideas políticas,[39] y sobre todo en el orgullo con que resistíamos a otro orgullo, siendo en la fe constitucional cismáticos, aunque no herejes. En aquel palenque hubo de ser la victoria, aunque no completa, de mi amigo Pizarro, de que me cupo una pequeña parte.
[39] En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a España sujetarse de buena voluntad a Napoleón, y yo todo lo contrario. En el breve primer reinado de José Bonaparte en Madrid, terminado por el suceso de Bailén y la retirada de los franceses (pocos días de julio de 1808), había prestado Pizarro juramento de fidelidad al monarca intruso, como lo había hecho todo el Consejo de Estado, de que él era secretario. Sin embargo, no vaciló en cuanto a seguir al legítimo gobierno en diciembre del mismo 1808, cuando entró el Emperador francés victorioso en la capital de España, y huyó a pie pasando mil trabajos durísimos y peligros. Así sus adversarios le echaban en cara el juramento sin mucha razón, pues habían jurado la Constitución napoleónica en Bayona varios hombres que después se señalaron sirviendo al gobierno legítimo: el señor Romanillos, el general don Miguel de Álava, mi tío el tesorero general don Vicente Alcalá Galiano, con otros de igual o inferior nota. Mostrando yo a Pizarro mi extrañeza al ver que su conducta patriótica desmentía sus opiniones de casi afrancesado, me respondió con la imagen siguiente: «Si cuando en diciembre iba yo saliendo de Madrid a pie con el uniforme puesto y calzado con alpargatas, me hubiesen dicho: “¿Dónde va usted? ¿No ve usted que resistir a los franceses es una locura?”, habría respondido: “Sí, lo creo una locura, pero no me detenga usted, porque la nación quiere, y hay obligación de acceder a su voluntad”».
En cuanto a mí, pobre muchacho, ya me había negado a las cariñosas ofertas de emplearme ventajosísimamente en el servicio del usurpador, que me había hecho don Miguel de Azanza, íntimo amigo que había sido de mi padre y de toda mi familia.
En esto apareció una tertulia de igual naturaleza, pero en que predominaban opiniones diametralmente opuestas: la de la señora doña Francisca Larrea, mujer del ilustrado alemán don N. Böhl de Faber, literato, buen escritor en nuestra lengua y apreciabilísimo, visto a todas luces. Su mujer, a quien acababan de dar licencia los franceses para pasar a Cádiz desde Chiclana, donde residía durante los meses primeros del sitio, era literata y patriota acérrima, pero de las que consideraban el levantamiento de España contra el poder francés como empresa destinada a mantener a la nación española en su antigua situación[40] y leyes, así en lo político como en lo religioso, y aun volviendo algo atrás de los días de Carlos III, únicos principios y sistema, según su sentir, justos y saludables.
[40] Me acuerdo de que la señora de Böhl repetía con entusiasmo, mirándola como emblema de nuestro alzamiento, la siguiente décima, por cierto no falta de brío en la expresión o en el pensamiento, aunque incorrecta:
Nuestra española arrogancia Siempre ha tenido por punto Acordarse de Sagunto Y no olvidar a Numancia. Franceses, idos a Francia, _Y dejadnos nuestra ley_, Que, en tocando _a Dios y al rey_ Y a nuestros patrios hogares, Todos somos militares, Y formamos una grey.
Aquí está compendiado el modo general de ver el levantamiento del pueblo español por un aspecto de los varios que presentaba, considerándole el único.
De estas doctrinas de sus padres, y más particularmente de su madre, saca las suyas que con tanto celo sustenta la afamada novelista, hoy viva, cuyo nombre en la república literaria es _Fernán Caballero_.
Fui yo presentado en casa de la señora de Böhl; pero por mil razones no hube de agradarle, ni ella por su parte, a pesar de su mérito, se captó mi pobre voluntad. Lo cierto es que la vi una vez y después fue mi suerte (ya en 1818) entrar con ella y su estimable marido en agrias contiendas literarias en que hubieron de injerirse con poco disimulo cuestiones políticas, no sin grande peligro mío en aquellas horas; acrimonia de que hoy me pesa al hacer a aquellos dos ilustrados consortes la debida justicia.
Pero tales reuniones eran para pocos, y lo general de las gentes había menester alguna distracción para las noches, pues de día no daban poco los paseos, extraordinariamente concurridos. El invierno de 1810 a 1811 había corrido estando en gran parte de él en la isla de León la Regencia y las Cortes, y en el otoño anterior la fiebre amarilla, que tanto estrago había hecho en Cádiz y en toda Andalucía en 1800 y 1804, había aparecido por tercera vez, no con el antiguo rigor, pero acabando con no pocas vidas y causando el temor consiguiente. Por esto, así como por otras razones, no se pensó en abrir el teatro de Cádiz. No era tiempo oportuno para hacerlo el del siguiente verano. Pero corrió este sin que diese la menor muestra de sí, como se temía, la epidemia. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de aumentar distracciones a una población que, al cabo, si lo pasaba bien, vivía encerrada en breve recinto, y expuesta al peligro del bombardeo. Había tenido Cádiz sucesivamente varios gobernadores en el corto término de dieciséis a diecisiete meses, hasta que en junio de 1811 fue nombrado para desempeñar su gobierno militar y político, hasta allí siempre unidos, el teniente general de marina don Juan María de Villavicencio, personaje notable, instruido, activo, de singular chiste que contrastaba con lo severo y adusto de su rostro, dotado de gran tino para el manejo de los hombres; hombre, a quien confío que me será lícito elogiar, sin que el cercano parentesco que con él me unía (pues era hermano y muy querido de mi madre, y además mi padrino) me incline demasiado a su favor, ni la disconformidad que llegó a haber en nuestras opiniones políticas, crecida en sus últimos días a punto de romper entre nosotros todo trato, me pueda mover a rebajar en un ápice el buen concepto de que entre las gentes, inclusos no pocos de sus contrarios, disfrutaba. Aunque era Villavicencio religioso, lo era sin superstición, siéndole familiares las obras de los filósofos franceses, y así, aunque tropezó con preocupaciones que representaban ser impropio en una ciudad amenazada de peligros darse a diversiones profanas que bien podrían provocar sobre los moradores de Cádiz la ira de Dios, no hizo caso de ellas y atendió a distraer los ánimos de los males de la guerra, proporcionándoles el esparcimiento posible en uno que, al cabo, aunque cómodo, no dejaba de ser encierro. Se abrió, pues, el teatro, y pronto se vio lleno, no obstante la escasez de recursos de los habitantes. En aquellos días el teatro de Cádiz, hoy pobre, mezquino y feo, puesto en cotejo con otros muchos después edificados, era tenido por de los mejores de España, aun incluyendo el del Príncipe, recién construido en Madrid, pequeño y de escaso adorno, aun el de los Caños del Peral, solo notable por ser algo mayores sus dimensiones. En el de Cádiz, los palcos principales, que en la nomenclatura madrileña de ahora se llaman bajos, eran todos propiedad particular, la mayor parte vinculada. Los apellidados de platea, puestos al nivel del patio y lunetas, eran incómodos, y así a los segundos concurrió la flor de la sociedad de la corte; familias de grandes de España, y de altos empleados.
Eran medianos los actores, pero entre ellos había algunos de los ya afamados de la capital. Faltaba Máiquez, que bien podría haber estado allí, atendiendo a su celo patriótico que por poco le cuesta la vida en el Dos de Mayo; pero el insigne actor se había dejado ablandar por los halagos de José Bonaparte y de las autoridades afrancesadas, y lucía su habilidad prodigiosa en las tablas de Madrid, si bien no sin conservar ardiente amor a su patria, que le atrajo dura persecución en 1814 y hasta odio personal del rey Fernando, restablecido en su trono. Faltaban dos buenos discípulos de Máiquez, Prieto y Caprara, ya conocidos de los gaditanos. Pero estaba Carretero, el galán compañero de Rita Luna, de quien ya he hablado en otra parte de estos recuerdos; estaba Díez, aventajado alumno de la escuela de Máiquez, a cuyo lado había ya representado papeles, y estaba Querol, gracioso de la más alta fama en la corte, excelente actor, y en las comedias llamadas de figurón, inimitable. Una actriz, de la cual ya he hablado al referir anécdotas de las mocedades de Martínez de la Rosa, Agustina Torres, hasta allí solo conocida en teatros de inferior clase, y de cuyas buenas dotes y cortas facultades he hablado, debiendo ahora añadir que con su natural talento y sensibilidad, recibiendo lecciones o consejos de personas entendidas, perfeccionó lo que en ella era perfectible, y brilló supliendo hasta cierto punto la falta de aquello de que por la naturaleza de su voz carecía. Otro actor, después subido a la más alta y merecida reputación, apareció en aquel mismo teatro, venido de alguno muy oscuro; pero este (hablo de Guzmán) solo apareció después de haber levantado el bloqueo y retirádose los franceses, si bien cuando todavía era Cádiz residencia del gobierno de España.
Las piezas que se representaban eran de muy varia clase: de la antigua poesía dramática castellana, y de las nuevas, representándose de cuando en cuando alguna composición patriótica recién escrita. También de aquellas de las cuales era natural sacar alusiones al día presente, solía echarse mano. Así, una comedia de poco valor titulada las _Vísperas sicilianas_, era oída con aplauso, a punto de venirse el teatro abajo, cuando al sonido de la campana se arrojaban los sicilianos acaudillados por Juan de Prócida sobre los franceses y hacían en ellos horrible destrozo.
Estaba el teatro bien dentro del alcance de las bombas enemigas, pero desde diciembre de 1810 y en todo 1811, y aun en los días primeros de 1812, rara vez nos enviaron los sitiadores tan molesto presente. Rara vez, digo, pero no nunca; pues, como para quitar crédito a una voz que empezó a correr después de una larga interrupción, suponiendo abandonado por los sitiadores un proyecto que tan corto efecto producía, con intervalos desiguales, que fueron siendo menores, siguieron cayendo en Cádiz granadas. Pero en mucho tiempo todas cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la primera, y además viniendo como esta llenas de plomo, y no reventando, dieron motivo a la famosa coplilla de
Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones.[41]
[41] Alusión a los rizos en forma de sacacorchos usados entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo delgadas mechas de pelo, que cubre y adorna la frente y sienes.
Don Adolfo de Castro, en la obrilla excelente de su género, donde trae mil particularidades de lo ocurrido en Cádiz durante la guerra de la Independencia, cita esta coplilla, y con ella una variante que es como sigue:
Con las bombas que tira el farsante Sult se hacen las gaditanas toquillas de tul.
Pero como por fuerza ha de ver el lector, esto no tenía sentido, como lo de los tirabuzones. El señor de Castro (que no vivía entonces) ignora que esta variante tonta fue una copla improvisada y cantada en el teatro por un actor llamado Navarro que la echaba de gracioso, y a veces lo era, pero no a menudo. Al oírla fue aplaudida, como suele serlo cualquiera necedad, pero no era uso cantarla, pues bien se veía que no había materiales para medio pañuelo (vulgo toquilla en Andalucía) en las granadas que tiraban los franceses.
Sin embargo, ya entrado 1812, y muy a los principios, empezaron a venir con más frecuencia a visitarnos los instrumentos de muerte y ruina; y como ocurriese una u otra desgracia, ya comenzaron a buscar los habitadores en Cádiz medios de libertarse del peligro. Cabalmente de ello nació hacerse aún más alegre la vida. Como se verá en la continuación de esta narración (cuyas dimensiones van excediendo a las que pensé darle al comenzarla), los últimos meses del sitio, y los del bombardeo, nunca terrible, pero sí ya incómodo, fueron los en que de tal modo vino a ser la vida armada y rica en entretenimiento, que los pocos, poquísimos que hoy vivimos, y fuimos testigos de aquella situación, nos acordamos de ella como de una serie de días iguales a los que se pasan en una feria o en otra serie semejante de diversiones.
Lo que particularmente distinguía a los españoles de los días gloriosos en que sustentó nuestro pueblo, con raras excepciones y sin distinción de clases, la independencia y gloria de la patria, heroico en su perseverancia, aun cuando en varias ocasiones no lo fuesen en la campaña sus soldados bisoños, era la fe en la justicia de su causa, de donde nacía la confianza en el triunfo final, fuesen cuán grandes y numerosos podían ser los reveses con que hubo de afligirlos la adversa fortuna. Era en verdad España, en aquellas horas, personificación del varón justo y tenaz en su propósito, que en un pasaje, con frecuencia citado, pinta Horacio; cuyo espíritu firme, ni por las ventajas alcanzadas por el enemigo, ni por discordias intestinas y funestas desmayaba, y a quien no aterraba ver irse desmoronando sobre su cabeza el edificio de la nación a los embates del vencedor poderoso, estando, como estaba, resuelto a perecer impertérrito sepultado bajo las ruinas. De esto daba pruebas, como en ningún otro periodo de la guerra comenzada en 1808, España en los últimos meses de 1811 y primeros del siguiente; días cabalmente en los cuales hubo más sombras que lustre en el honor de nuestras armas, siendo frecuentes y graves los reveses, y escasas y de corta importancia las victorias. En aquella misma hora en que, consultada la razón, solo podía dar por respuesta que el triunfo del invasor era, si ya no seguro, poco menos, venía a ser cuando estaba haciéndose una Constitución, y cuando fue nombrado nuevo gobierno, atendiendo a ello más que a los sucesos de la guerra los moradores de la isla gaditana, mientras los de las tierras enseñoreadas por el enemigo, aun cuando poco se cuidasen de legislación política, miraban como la real y verdadera la que salía de la asediada Cádiz.