Part 15
Mediado 1811, empezó en las Cortes a discutirse la Constitución. De sus méritos no me toca hablar aquí ahora: básteme decir que su todo y sus artículos empeñaban vivamente la atención y toda clase de afectos, considerándola como destinada a regir durante plazo más o menos breve a España toda. Los discursos de los diputados sobre puntos constitucionales eran oídos, no meramente con atención, sino con ansia viva, comentándose luego,[42] y aun con frecuencia en la hora de ser pronunciados; clase esta última de comentario, si no ilegal en sí, ilegalmente ejercida, pues se expresaba con aplauso a los oradores gratos al público, y con vituperios a los de opinión contraria.
[42] Perdóneseme como a un pobre viejo a quien dio algún cuidado su reputación, citar aquí algo de mis mocedades en que pruebe que no fui el loco tribuno que se me supone. En 1811 escribí un largo artículo en el _Redactor general_, defendiendo la doctrina que hace necesaria la sanción Real para que las resoluciones de cuerpo o cuerpos legisladores pasen a ser leyes, cuando el _conde de Toreno_ en las Cortes había hablado contra dar al Trono tal prerrogativa. Verdad es que me ceñí a copiar los argumentos de _Mirabeau_. Pero al cabo algo era seguir al Mirabeau gran repúblico, en vez de seguir, como solían los más en aquel tiempo, en Mirabeau al tribuno, al revolucionario demoledor o trazador de locos planes.
Argüelles, Mejía, Muñoz Torrero, Calatrava, Oliveros, Gallego, Golfín, con algunos más, eran oídos como oráculos; Inguanzo, Gutiérrez de la Huerta, Borruell, Valiente, con otros pocos adictos a las mismas doctrinas, con extremos de injusticia. El famoso Ostolaza era blanco principal del odio y burlas del auditorio, lo cual merecía en parte por una frescura digna de ser calificada de descaro, y por ser conocidas sus malas costumbres y sus arterías para elevarse,[43] todo lo cual ponía en relieve su figura llena, su cara excesivamente redonda y rojiza, y sus ademanes y continente en grado sumo provocativos.
[43] Justifica lo aquí dicho de Ostolaza el proceso que se le formó por haber seducido a jóvenes de un colegio de que era director, cuando después de haber privado altamente con el rey Fernando fue enviado a residir en una provincia. También los medios por donde se había hecho notorio en 1810 habían sido ridículos y asimismo vituperables. Pero nada alcanza a disculpar la maldad atroz de que fue víctima, hacia 1838 o 1839, cuando, con no sé qué pretextos, murió asesinado con burlescas formas de juicio en Valencia.
Había asimismo diputados cuyos discursos unas veces eran recibidos con aplauso y otras con extremada desaprobación, porque en ellos estaban representados juntamente, pero alternando, los dos diversos y a veces opuestos principios del levantamiento popular de 1808: la predominancia del pueblo o de la plebe y el fanatismo. De ello venía o ser ejemplo don N. Torreros, conocido por el _Cura de Algeciras_, afluente, de corta y mala instrucción, sencillo a veces, malicioso en otras, ridículo en sus modos, y mucho en su acento _ceceoso_ a punto de dar golpe aun en Andalucía.[44]
[44] Bien viene aquí, a fuer de buen andaluz, decir que no todos los andaluces cecean, aunque ninguno pronuncia bien el castellano. En Cádiz, por ejemplo, donde el convertir la _l_ en _r_ es vicio común, raros son los que hacen sonar la _z_, cuyo sonido sustituyen con una _s_, cual no la hay en otra lengua o parte alguna.
En los primeros días de las Cortes se había hecho notable el buen cura por sustentar la causa de los guerrilleros contra la de los oficiales del ejército con frases que le valieron altos aplausos. Cuando empezó a discutirse la Constitución, ya no privaba Torreros con el pueblo de las galerías, porque había soltado expresiones favorables a la intolerancia religiosa llevada al mayor extremo. Pero al hablarse del artículo de aquella Constitución que declara que la soberanía reside esencialmente en la nación, a la cual asiste el derecho de variar sus leyes fundamentales, ningún demagogo pudo exceder al cura de Algeciras sustentando una doctrina tan peligrosa, por la cual parece que está la asociación política que constituye un Estado como de continuo puesta en vilo. Sus elogios del pueblo, los temores o recelos del poder del trono, que manifestaba, ya con énfasis, ya con singulares reticencias que implicaban cargos y encerraban amenazas, y todo esto dicho con los modos y tono estrafalarios, en él tan comunes, recrearon a los oyentes, que recibían su discurso con una aprobación mezclada con risa.
También por aquellos días ocuparon a las Cortes otros asuntos, que dieron margen a que mostrase el auditorio, que de veras se creía amante de la libertad, su feroz tiranía, no sin participación de la mayoría del Congreso que en unas ocasiones le excitaba y daba ejemplo, y en otras aprobaba sus excesos, pues aprobación venía a ser su tolerancia. Los procedimientos contra un folleto del exregente Lardizábal, contra otro del consejero don José Colón, y contra una consulta quedada en mero proyecto del consejo llamado de Castilla, eran actos de despotismo en que las Cortes, figurándose parte, hacían no poca del oficio de juez, todo lo cual era celebrado, y lo que es peor, aplaudiéndose el rigor injusto, a la par que recibiéndose con violenta desaprobación la defensa que hacían de los acusados sus parciales. En uno de estos acalorados debates vituperó la conducta del desmandado auditorio el diputado don Juan Pablo Valiente, consejero de Indias, y trajo en apoyo de su censura una cita de Filangieri; pero aunque este escritor, hoy olvidado, era para los hombres de las sectas reformadoras del siglo XVIII autoridad de gran peso, los concurrentes a las galerías del cuerpo deliberante, entre los cuales no abundaban los doctos, llevaron tan a mal la cita, en odio del citador, que rompieron en un torrente de dicterios contra el orador, expresándolos en gritos y acompañándolos con amenazas, y hasta con señales de querer pasar sin dilación de las palabras a las obras. Empezó, pues, un alboroto, interrumpiose la sesión, retirose a una pieza interior Valiente, y no paró por esto el tumulto, siguiendo en voces y ademanes no leves muestras de propasarse a actos de violencia contra su persona. No tenía, con todo, aquel bullicio carácter verdadero popular, pues lo general de la población se mantenía en paz profunda, ciñéndose la turba medio amotinada al corto recinto de las dos o tres calles inmediatas al lugar donde se celebraban las sesiones, y en punto a número al de los que tenían la asistencia a las galerías por ocupación ordinaria. Hubo con todo de acudir llamado el gobernador, mi tío, que aún gozaba de favor con todo el pueblo, incluso con los constitucionales, y que, tomando del brazo a Valiente, le sacó por entre los alborotadores, y le llevó al seguro asilo de un buque surto en la bahía. No se oyó en las Cortes la merecida severísima reprobación de tal atentado, ni volvió a tomar asiento en ellas Valiente.
Mientras esto pasaba, iban cayendo en poder del enemigo varias plazas de Cataluña y Valencia; una gran derrota de la flor de nuestro ejército, mandada por el regente Blake, amenazaba aún con mayores males; y el ejército inglés, aunque victorioso, ceñido a defender a Portugal, si alguna vez conseguía ventajas dentro de España, pronto desamparaba nuestro territorio, si bien desde los confines del territorio vecino era para la causa de la restauración auxiliar poderoso. Todo esto llegaba a noticia de los vecinos de Cádiz, y si no les era grato, tampoco los afligía en extremo, llamando más su atención la lucha entre las opuestas banderías que acababan de ser bautizadas con los nombres de _servil_ y _liberal_, que las operaciones militares.
También se prestaba atención a las producciones impresas, pero corta, salvo en una u otra ocasión en que lo impreso era casi como lo hablado, porque trataba de las cuestiones políticas pendientes. Los antirreformistas iban levantando la cabeza, no sin indignación de sus contrarios, que los culpaban de usar de la libertad para hablar contra la libertad, como si al obrar así no usasen de un derecho que se les había dado, así como a todos. No tenían grandes escritores, pero el padre Alvarado, que publicaba unas cartas con el nombre del _Filósofo rancio_, no era digno de desprecio. Una obra publicaron los de la misma parcialidad que valía poco, pero que hizo ruido, y vino a ser memorable por haber dado origen a otra producción de más valor, si bien no del que llegó a dársele, y de considerable escándalo. La que acabo de citar aquí en lugar primero, tenía por título _Diccionario razonado manual_, y era una sátira de los reformadores, siempre acre o amarga, por lo común necia e injusta; pero en algunas ocasiones no falta de ingenio o chiste, y hasta en uno u otro caso no ajena de justicia. Ello es que picó a sus adversarios, decidiéndose desde luego entre estos que era indispensable dar las tornas a tal agresor, y hacerlo con armas iguales a las por él empleadas. Lo más singular es que fuese señalado, como por elección, aunque no hecha por vías notorias, evidente, el campeón de los liberales a quien tocaba entrar en batalla, y, según se suponía sin consentirse en ello dudas, derribar y aniquilar al osado paladín de los serviles. El nombrado fue don Bartolomé Gallardo, dueño entonces de altísima reputación, aunque fundada en títulos que si por su calidad eran hasta cierto punto valederos, por su número y dimensiones apenas alcanzaban a constituir un valor literario muy subido. Gallardo, no muy conocido en Madrid, había sido elegido en Sevilla para escribir en el _Semanario patriótico_, puesto a la sazón a cargo de don Isidoro Antillón, don José María Blanco (el después conocido por Blanco White) y don Alberto Lista, a los cuales había encomendado Quintana, por entonces muy embebido en las ocupaciones de su empleo, continuar el periódico por él fundado en Madrid en agosto de 1808, al cual había logrado dar extremada valía e influencia, y en que había empleado su ya acreditada pluma. Gallardo hubo de escribir un artículo que no gustó, a punto de haber salido desechado por quienes habían de ser sus colaboradores. No eran prendas del así maltratado escritor ni la modestia, ni el sufrimiento, como hubo de probarlo en su larga carrera prolongada hasta días poco remotos del presente; carrera que fue una perpetua guerra en que él, agresor a menudo, se vio al fin obligado a defenderse y recibió más heridas que llevó, haciendo poco daño con sus armas, aunque procuró afilarles todo cuanto cabe en lo posible las puntas, y aun untárselas con veneno. Gallardo juró odio acerbo a la pandilla de Quintana y al que era de ella cabeza, lo cual, no obstante, se allegó a la bandera reformadora, pero como queriendo formar en ella un tercio o escuadrón aparte señalado por extremarse en la osadía. Había publicado un folletito de pocas páginas, titulado _Apología de los palos dados a don Lorenzo Calvo de Rozas_, y en tan breve trabajo y sobre tan pobre asunto había mostrado calidades de grande escritor; dicción castiza con solo algún ligero ribete de afectación, buen estilo, chiste abundante y de la mejor ley. Con tales méritos fue, sin embargo, desmedido el concepto que dio a su autor tan ligera obrilla, juguete primoroso, pero que de serlo no pasaba. Lo cierto es que Gallardo, como dejo dicho, fue señalado para contraponer un diccionario al _razonado manual_, y que cumplió con su encargo al cabo de no muy breve tiempo, anunciándose próximo unas veces el esperado parto de su ingenio, y otras remitiéndose a hora algo posterior el logro de las que eran altas esperanzas, y al cabo apareciendo el _Diccionario crítico burlesco_ con grande aplauso del vulgo de lectores, y moderada aprobación de los entendidos; con bastantes malos chistes entre algunos pocos buenos; con no mucha originalidad; conteniendo trozos bien escritos y otros en que la afectación llega a ser insufrible. Lo que más valor dio a la obra fue la ira que excitó, harto merecida en parte, por la ostentación de impiedad que en ella resalta. Gallardo hubo de ser condenado por su obrilla y aun reducido a prisión, pero la muy suave en que estuvo fue para él lugar de recreo y triunfo, siendo allí visitado y adulado por gran número de personas, para quienes eran méritos las culpas del autor atrevido.
Tales eran (y si algunas de otra clase pocas) las plantas que florecían y fructificaban allí y entonces en el campo de la literatura. Por aquellos días publicó Capmany reimpreso en Londres, el libro a que impropiamente había dado el título de _Filosofía de la elocuencia_, mero tratado de retórica al uso antiguo, en que nada filosófico podía encontrarse aun con el mejor deseo de hallarlo, y el cual, sin embargo, había corrido con aceptación por muchos años; pero su autor, en su _galofobia_, le había variado, dándose por arrepentido de haber citado en él, como modelos, trozos de autores franceses, y sustituyendo a estos otros de escritores castellanos, a que agregó en su estilo renovado salpicar la composición con frases propias de los malos conceptistas del siglo XVII y hasta dignas del imaginado fray Gerundio. Pero su obra no dio margen por lo pronto ni a alabanza, ni a vituperio.[45]
[45] En días muy posteriores, y (si bien me acuerdo) en la _Gaceta de Bayona_, publicada hacia 1830 y escrita en castellano, fue censurada con extremos de aspereza, aunque no sin mucho de justicia, la aquí citada obra de Capmany, llegando los censores a punto de citar, para usarla en sentido contrario, la famosa frase de Quintiliano, cuando dice tocante a Cicerón: _Ille se profecisse sciat cui Cicero valde placebit_, afirmando que da pruebas de buen gusto quien condena a _Capmany_. Aquí se mezclaban con odios literarios los políticos, porque los críticos, antes servidores de José Napoleón, y pasados a protegidos de Fernando VII, no perdonarían ocasión en que pudiesen cebar su odio a los que se mantuvieron firmes en defender la causa de su patria.
Sin duda, las rarezas de que llenó Capmany la nueva edición de su obra, nunca más que mediana, justificaban no poco la severidad de la censura. ¿No son dignas de Gracián o aun del supuesto Gerundio frases como las que siguen, «corriendo se vendían antiguamente las rosas», «porque galas tan caducas no permitían asiento»; o esta otra; «los antiguos nos daban dentro de una medalla todo un César, porque los grandes hombres se han de medir de pescuezo arriba»?
En tanto empezaban a darse a luz traducciones de obras que antes no habrían podido publicarse en España. Una de Mably, de escaso valor, pero que le tuvo no corto cuando su autor, hoy enteramente olvidado, pasaba por grande autoridad en política, tuvo por traductor, o, como debe decirse, por traductora, a la excelentísima señora marquesa de Astorga, condesa de Altamira. Un don N. de la Dehesa, que en 1834 o 35 fue ministro de Gracia y Justicia, dio a la estampa en nuestra lengua, la antes estimada obra del suizo Delolme, sobre la _Constitución inglesa_, llamando al autor original, ciudadano de Génova, por decir de Ginebra, lo cual a más que a traducir equivocadamente la voz francesa _Genève_ se extendía.[46]
[46] Debía el bueno del traductor, sobre haber sabido que Génova en francés es Gênes, así como Genève es Ginebra, saber que los genoveses, aun cuando era república el Estado de que eran parte, no usaban el título o calificación de _ciudadanos_. Al revés, en Ginebra, donde ciudadano era una calificación o un título legal, no común a todos los habitantes sino a una categoría de estos, por lo cual venía a ser un distintivo.
Más traducciones aparecieron, pero cuáles y cúyas fueron se me ha borrado de la memoria. Algo de esto era leído, de donde iban propagándose doctrinas hasta allí conocidas de pocos españoles.
Pensose en escribir para el teatro. Comenzó Martínez de la Rosa su tragedia _La viuda de Padilla_, y poco después su comedia _Lo que puede un empleo_, de las cuales ya he hablado en otro lugar de este libro. Infatigable Saviñón en traducir, lo cual hacía con extraordinario acierto, se dedicó a poner en verso castellano el _Bruto primo_ de Alfieri, mudándole el título en el de _Roma libre_, y extremándose alguna vez más que el autor en varias doctrinas republicanas.[47]
[47] Al terminar el primer acto del original, recién expelido del trono Tarquino, grita el pueblo romano:
«Il primo di che vivrem noi, fia questo».
Saviñón le tradujo bien diciendo:
«Este es el primer día en que vivimos».
Pero como Alfieri usaba del verso suelto, y su traductor del _Romance_ endecasílabo, y como cabalmente el verso aquí citado debía ser seguido en castellano por otro terminado en _e o_ con que acabase el acto, hace Saviñón que a la exclamación del pueblo romano, Bruto, que en la tragedia italiana calla entonces, prorrumpa en el siguiente verso:
«Cópielo el mundo, y vivirán los pueblos».
En tanto, un ingenio muy de otros principios, el duque de Híjar, hermano del actual, escribió e hizo representar una composición dramática, en parte alegórica, en que no faltaban buenos trozos; pero como abundaba en pensamientos monárquicos, aunque no contrarios a las reformas que iban haciéndose, fue oída con corto favor, si bien no con desaprobación, siendo además su autor persona en quien algunas singularidades impedían que se hiciese la debida justicia al valor natural y aun al buen cultivo de su entendimiento.[48]
[48] Como hubiese dicho el buen duque, candoroso por demás, que para componer los versos se tendía boca abajo, dio esto motivo a dichetes de mal gusto. Arriaza dijo sobre ello unos versillos obscenos e ingeniosos, y Gallardo, en su _Diccionario crítico burlesco_, también hace mención de un gran señor, el cual «diz que componía los versos según aquí va referido». Mejor tratado merecía ser el duque de Híjar, cuya afición a las letras era notable y loable, y cuyos versos, si ya no de alto aplauso, eran merecedores de algún aprecio, siendo correctos cuando menos.
Entre tales ocupaciones y entretenimientos dentro de la isla gaditana, se multiplicaban fuera de ella las desdichas. Cayó, al terminar el año de 1811 o en los primeros días de 1812, en poder de los franceses la ciudad de Valencia, y con ella el entonces principal ejército español, quedando prisionero el general don Joaquín Blake, uno de los del Consejo de Regencia del reino, y aun su presidente. Era el revés de tal magnitud que hubo de causar más que la ordinaria pena producida por otras desventuras en los descuidados habitantes de la isla gaditana. Al mismo tiempo sonaron, aunque medio articuladas, voces de traición de las que había tiempo que no se oían. Para Blake nunca había soplado favorable el aura popular, a lo menos la que procede de las regiones inferiores y medias de la sociedad, mientras de los que más presumían, y con razón, de entendidos, una buena parte, en la cual se contaban Argüelles y sus amigos, tenía al general desventurado en no corta estima, reputándole hombre de saber tanto cuanto buen patricio. Lo cierto es que Blake gustaba de dar batallas, y que solía perderlas; que su sequedad desagradaba generalmente, cuando a otros daba idea alta de su buen entendimiento o instrucción su silencio casi perpetuo, y que su amor a su patria y su fidelidad no desmentida a la causa de la nación, como estaban juntas con una tibieza que rayaba en frialdad, eran poco a propósito para días de pasiones violentas, de aquellas que se manifiestan más que en actos útiles, en palabras y vanas demostraciones. Así corrió por Cádiz la noticia de que Blake, si no había abrazado el partido del rey intruso, estaba cerca de abrazarlo, y que los franceses, al recibirle la espada, le habían hecho los honores de infante de España; enorme desatino, pues esto, si hubiese sucedido, casi equivaldría a reconocer, en cierto grado, los soldados de Napoleón y el gobierno de José, la legitimidad del gobierno por ellos calificado de rebelde.
Hubieron de terminar tales desvaríos (por otra parte no tan peligrosos como habrían sido tres o cuatro años antes) con llegar un parte de Blake, donde se expresaba tan bien y con tan nobles pensamientos y afectos al referir su desdicha a la par con la del Estado, que le captó no pocas voluntades, hasta colocarle en la opinión en punto superior al que merecía real y verdaderamente; porque si era honrado y un tanto instruido, no tenía las altas dotes que en él suponían sus parciales.
Importaba, después de faltar Blake, nombrar nueva regencia. Sus compañeros Agar y Císcar, que después vinieron a recobrar el favor de los constitucionales, por entonces le tenían perdido, no dudándose de su recta intención, pero sí de su suficiencia. La elección podía parecer ridícula, pues apenas había España que gobernar. Pero fue llevada a efecto con grande empeño de las Cortes y del público. Formáronse los diputados en un remedo de cónclave, encerrándose rigurosamente por unas veinticuatro horas poco más o menos. Esperábamos delante de las puertas cerradas con notable impaciencia los que nos creíamos interesados en cuestión de tanta importancia. Circulaban nombres de candidatos, los más de ellos no muy del gusto de la turba expectante, más extremada aún que la mayoría de las Cortes. Entre los cinco elegidos disgustó, más que otro nombre, el del duque del Infantado, sabiéndose además que no había sido del gusto de Argüelles y los suyos, en este caso vencidos, aunque generalmente vencedores en aquel Congreso. El de mi tío don Juan María Villavicencio tampoco fue grato, aunque se supo que le habían votado los caudillos de los liberales, y debo confesar, con arrepentimiento y vergüenza, que pudo más en mí el fanatismo político que los lazos que me unían al hermano querido de mi amadísima y amantísima madre, y que fui de los desaprobadores de la elección siendo así que el electo, por sus muchas buenas prendas aún gozaba de favor sumo entre lo general de las gentes; pero yo conocía sus principios monárquicos que, descubiertos, al cabo hubieron de engendrar mutua enemistad entre él y los constitucionales. De los otros tres nombrados, solo el nombre del conde de La Bisbal, don Enrique O’Donnell pareció bien, lo cual prueba no estar dotados de grande penetración los que juzgaban a los recién elegidos. Los dos restantes quedaron sin aplauso o censura, aunque uno de ellos (don Joaquín Mosquera) fue después objeto, más todavía que de acre vituperio, de burla amarga.
Era cosa de ver las enhorabuenas que recibían los nuevos regentes y las esperanzas y los temores que reinaban sobre su modo de gobernar, cuando faltaba un Estado en que pudiesen acreditar sus dotes de gobierno, y era lo más probable que no llegase a haberle.