Recuerdos de un anciano

Part 16

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Ocupaba en medio de esto los ánimos el próximo juramento y promulgación solemne de la recién elaborada Constitución, ya llevada a remate. La fiesta que para ello se preparaba no podía ser ostentosa, pero lo raro de las circunstancias le daba un alto grado de lustre. Señalose para la ceremonia el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono de Fernando, y por singular coincidencia, día de gala forzada para los españoles residentes en la opuesta costa, por serlo del santo del que se titulaba rey de las Españas _y de las Indias_. En el día 18, preparado ya todo para la festividad, se veía que no se prestaría a favorecerla el cielo, pues lo que tal nombre lleva aparecía cubierto a trechos de negras nubes, casi segura señal de recios aguaceros, y aun de viento furioso. Con todo, el nuevo gobernador de Cádiz, el dignísimo general de marina, don Cayetano Valdés, juzgando más por su deseo que por lo probable, aseguró que según su experiencia y habilidad en predecir por el _cariz_ el tiempo, podía augurar que no sería malo el del día próximo venidero, y reinando en quienes supieron tal vaticinio igual deseo que el del vaticinador, cuyo acierto en tales casos era conocido y ponderado, se entregaron todos a lisonjeras esperanzas, no obstante ver cargadísimo el horizonte por la boca del Guadalquivir, y por el mar alrededor del castillo de San Sebastián, circunstancias que, estando unidas, son indicio infalible de un viento vendaval acompañado de lluvia. Acertó más que el general marino quien con menos pasión juzgaba tomando en cuenta el aspecto del cielo. Fue el día de aquellos de que hay pocos en lo malo, y sin embargo, pudo más el alborozo que la inclemencia del tiempo, saliendo magnífica a su modo la fiesta. Había ya arreciado un tanto el bombardeo, y la catedral estaba en uno de los lugares más expuestos a la caída de los proyectiles; por lo cual fue elegida para que en él se cantase el _Te-Deum_, necesario apéndice de tal clase de funciones, la iglesia del convento de Carmelitas Descalzos, situado en la Alameda. Desde ella se descubre el mar con la entrada del puerto de Cádiz y la costa desde Rota, asentada cerca de la embocadura del Guadalquivir, hasta muy a la derecha de la ciudad del Puerto de Santa María, lugares ocupados por los franceses. Tronaba la artillería en ambas contrapuestas riberas, aunque estuvieron en aquel día suspensas las hostilidades, siendo los cañonazos meras salvas, pero por tan contrarias causas, que aquel saludo por una y otra parte era un reto o declaración de porfiada guerra. Bien lo notaba el numeroso concurso que llenaba aquel paseo de Cádiz, y con notarlo crecía en su entusiasmo. Era el caso de que voy ahora hablando (según en otro pobre escrito mío he dado a notar) uno de aquellos en que un pueblo entero, sin dar lugar a la reflexión, obedece a un impulso único que le domina y arrastra, porque, aun a los más opuestos a la ley que se estaba promulgando y ensalzando, y aun a los más persuadidos de que la causa de la Independencia estaba perdida, aquel acto, para los primeros odioso y para los segundos ridículo, si meditada y fríamente le consideraban, embargaba, suspendía e inspiraba un júbilo irresistible. Apareció en esto la comitiva que del edificio donde celebraban sus reuniones las Cortes venía a la iglesia. Componíanla los diputados formados de dos en dos: con ellos los regentes. Estaba formada haciendo calle por la carrera la tropa, o, según se decía entonces, tendida. El viento se había desatado y soplaba como un huracán, bramando y combatiendo, y casi derribando a las personas expuestas a sus ímpetus: las nubes iban rompiéndose en torrentes de agua despedida con violencia, azotando los rostros, a la par que calando los vestidos, y los circunstantes no por eso sentían incomodidad grave; pues con ademanes de arrebatado entusiasmo, y ojos y semblante encendidos, gritaban vivas salidos de lo más hondo del pecho y oían con desprecio los cañonazos que en honor del intruso rey de España disparaban los enemigos. Entrados en la iglesia los diputados y demás personajes a quienes de oficio tocaba asistir al acto solemne, y además los espectadores que cupieron, no desamparó la concurrencia las inmediaciones del templo, a pesar de lo desabrigado del sitio y del rigor del viento y lluvia. En una ráfaga tronchó el como huracán un álamo de mediana robustez que estaba a corta distancia de la iglesia, y hubo entre quienes lo presenciábamos alguien que, por vía de burla, calificase tal incidente de funesto agüero en cuanto a la suerte del código objeto de aquella festividad; cosa dicha sin intención, pero que así podía haber hecho suya muy de veras la persona más supersticiosa como la más sagaz y previsora, porque la obra de los legisladores de Cádiz estaba destinada a morir en breve, ya triunfasen los franceses, ya Fernando rescatado volviese al trono, no pudiendo un rey reducirse de grado a aceptar una ley que tanto restringía su poder, sin que esto sea disculpa de la negra ingratitud y bárbara y feroz injusticia con que al fin aquel monarca, vuelto a su libertad y poder por esfuerzos de los constitucionales, si no solos, a la par con los de opinión contraria, pagó con persecución indigna beneficios con que podía ir mezclada la equivocación, mas no otra idea contraria a su autoridad; mal aconsejado en parte, pero también llevado por no buenas inclinaciones propias. Mas esto que hoy vemos no lo veíamos entonces, ni venía a cuento en aquella hora pensar en lo futuro. Atendíamos solo a la grandeza y singularidad de la escena de que éramos espectadores, y asimismo parte en mayor o menor grado. No amainó el temporal, y al retirarse las Cortes y el concurso, continuaron el cielo con sus rigores y la turba de concurrentes con su entusiasmo y vivas. Hubo horas de descanso, retirándose las gentes a hacer su comida diaria a la acostumbrada hora de las tres de la tarde, y a poco más de las cuatro de la misma, nueva ceremonia llamó al pueblo a las calles, a pesar de la continuada inclemencia del tiempo. Había preparados en los principales sitios de la ciudad cuatro o cinco tablados donde había de publicarse la Constitución con solemnidad. Presidió este acto el gobernador don Cayetano Valdés, vestido de grande uniforme que estrenó para el intento; circunstancia, aunque leve, notable, porque solía tan digno personaje recordarla, pues, calado de agua al desempeñar su encargo, hubo de perder aquel vestido algo costoso; pérdida de tal cual consideración en sus entonces cortos haberes, y sacrificio que hacía a la causa de la patria una misma con la de la Constitución en tan memorable día. Terminó este tempestuoso y lluvioso, pero sin que hasta cerrar la noche dejasen de estar atestadas de gente calles y plazas. Había preparada una iluminación general, pero no fue posible llevarla a efecto.

Ya dejo dicho que empezaban a caer las granadas con más frecuencia que antes, aunque sin periodo fijo. Pero el 16 de mayo, primer aniversario de la batalla de la Albuera, vino el mariscal Soult de Sevilla a las líneas fronterizas a la isla gaditana, y como en desquite del revés padecido en igual día del año anterior, dispuso y llevó a ejecución al cerrar la noche un bombardeo más serio por su duración que todos los anteriores. Esto, si no aterró, incomodó, y, como desde entonces, o de allí a pocos días, siguiese el arrojar de granadas con regularidad, se creó con ello un modo de vivir en los moradores adecuado a las circunstancias.

El método que adoptaron los franceses fue disparar de cuatro en cuatro horas sus trece o quince obuses-morteros. Tal regularidad, por más de dos meses no desmentida, trajo consigo un método de vida en los habitantes de la ciudad, el cual correspondía con el peligro o la molestia, contribuyendo a hacerlos menores.

Las granadas alcanzaban como a dos tercios o más de la ciudad,[49] y el otro hasta el fin del sitio quedó indemne y seguro.

[49] Es muy de notar que el alcance de la primer granada que entró en Cádiz (en diciembre de 1810) fue rarísima vez excedido y no muchas igualado por las que cayeron en su recinto hasta el 24 de agosto de 1812, último día del bombardeo, siendo lo común quedarse muy cortas hasta caer muchas en la bahía. Próximos ya a retirarse los enemigos cayó una en la iglesia de San Antonio excediendo a todas las anteriores y posteriores, pero, como esto sucediese sabida ya la victoria de Salamanca, y previéndose la retirada del enemigo, no hizo el efecto que habría hecho en otro caso.

A él acudían a pasar la noche la mayor parte de los que vivían en los barrios expuestos. Rebosaban en gente las casas del barrio que lo era de refugio, y era de temer, y se temió, que con el rigor del verano, el hacinamiento de personas en espacios breves y cerrados produjese enfermedades, y tal vez que asomase y se propagase la fiebre amarilla.[50]

[50] También en el paseo de la Alameda, del cual una buena parte estaba fuera de tiro, y la otra no era de lo más expuesto, dormían muchos a cielo raso y aun solían llevar allí colchones. Como esto era en los meses de junio (hacia los fines), julio y agosto, no resultó de ello daño, no siendo, por otra parte en Cádiz, rodeado de mar, perjudicial a la salud el rocío de la noche.

De este último azote que en 1810 había caído sobre la población, aunque no recio como en 1800 y 1804, y que volvió a aparecer, con algún más rigor que en 1810, en 1813, cuando por fortuna ya estaba Cádiz libre del asedio, nos libertó aquel año como en 1811 la bondad de la Divina Providencia. Pero el fundado temor dictó precauciones. Los hombres, con rara excepción, nos quedamos a dormir en nuestras casas. Otro tanto sucedía en general aun con las mujeres de clase menos acomodada, siendo esta una de las muchas desdichas inseparables de la pobreza. Las personas apiñadas en casas por lo común pequeñas, por ser cabalmente el barrio seguro de la ciudad uno en que abundan más las habitaciones reducidas que las espaciosas, tendían sus colchones en el suelo, y, no siendo las camas cómodas, ni la estación impropia para pasar el tiempo al raso, no bien se levantaban y limpiaban y se aviaban un tanto en peinado y traje, cuando, sacando sillas fuera de las puertas, se sentaban a conversar unas con otras. Concurríase allí como a una tertulia constante. Durante los intervalos regulares entre los disparos solían los refugiados, o digamos las refugiadas, ir a dar una vuelta a sus casas. A veces se descuidaban, siendo sorprendidas por las granadas antes de volverse a su asilo o a veces cuando a él venían encaminándose.[51]

[51] De esto ocurrió un lance en mi familia, que cuento porque puede servir de dar a entender lo que pasaba. En el intervalo entre los disparos había venido a mi casa, situada en lugar ni de los más expuestos ni de los seguros, con otra criada, el ama de leche que lo era de mi desgraciado hijo Dionisio. Se descuidó hasta dejar pasar las cuatro horas de suspensión del bombardeo. Entonces se vino apresurada con el niño en sus brazos hacia el lugar que era asilo de mi mujer y parientes. Pero recién salida sonó la campana y siguió el zumbido de una granada que vino a caer en la calle a muy corto trecho, cubriéndola de polvo así como a la criatura. Era de ver, según me contaron, cómo entró despavorida y llevando en su persona y ropas señales del recién ocurrido lance.

Al llegar el término fatal, todos se ponían en escucha, atentos al sonido de la campana del convento de San Francisco. Porque, por juiciosa providencia, estaba prohibido el toque de campanas en todo caso, para que no sonase otra que la de aviso, salida del aquí citado campanario, donde un fraile, hecho atalaya, puesta la vista en las baterías francesas, al ver salir de ellas un fogonazo, daba una campanada, siendo estas tantas cuantos eran los tiros. Al sonido de la campana seguía inmediato el estampido (que entonces no era _detonación_ más que en francés) del temible obús o mortero; venía luego el zumbido de la granada por el aire, y cuando no caía el proyectil en la mar, como solía suceder, daba aviso de su caída un recio golpe. Entraba el averiguar dónde había caído y si había hecho daño a personas o a edificios. Lo primero ocurría rara vez; lo segundo no pasaba del agujero abierto por la casi inofensiva máquina de guerra. Había risa aun cuando hubiese miedo. En los lugares seguros, donde faltaba el temor de desgracia en la propia persona, había cuidado por las más o menos queridas que estaban en sitio expuesto, y aun por las casas y muebles que podían haber padecido detrimento. Libres ya de este cuidado, aunque ciertos de haber de sentirle igual cuatro horas después, se entregaban las gentes al buen humor, por lo común compañero de incomodidades no graves. Parecía como que se estaba en competencia para hacer gala de superior mérito contraído sobre quién vivía con más estrechez en punto a espacio, o con menos regalo en punto a cama y muebles.

Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había además allí un tablado para música instrumental y vocal, que servía con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como plaza donde se corrió por la sortija.

El embajador de Inglaterra, que lo era entonces sir Enrique Wellesley, hermano del general que llevaba el título de lord Wellington, solía dar bailes, si no con la suntuosidad que hoy se ve en algunos, y con lo que da de sí la ostentosa grandeza de los señores ingleses, unos donde concurría la buena sociedad gaditana y la grandeza de España y demás forasteros de alta categoría residentes en Cádiz, pero hubo de cesar en la costumbre por estar su casa muy expuesta a las granadas, porque sabiendo donde estaba, se recreaban los franceses en asestar allí sus tiros, y también por estar inmediata al campanario de San Francisco, otro punto a que ponían la puntería los sitiadores. Pero si el agente diplomático de la nación, nuestra principal aliada, interrumpió sus funciones destinadas al recreo de las clases altas, convirtió su atención al entretenimiento del pueblo todo, costeando fuegos artificiales, conciertos al aire libre, y otras diversiones de clase parecida. El teatro asimismo era lugar peligroso, y ya he contado en otro lugar que nos pasó por encima y cayó muy cerca una granada, al estar representándose con loco aplauso la comedia de Martínez de la Rosa titulada: _Lo que puede un empleo_. Pensose, pues, en hacer otro en el lugar a la sazón destinado a espectáculos, donde concurriese el público, y comenzó la obra, trabajándose en ella con actividad, y llegándose a construir un edificio mezquinísimo y de mal gusto, solo propio para aquellos días, pero que hoy está en pie y sirve a su destino, no sin descrédito de la culta Cádiz. También se dio principio a una plaza de toros allí muy al lado. Todo esto indicaba que esperábamos pasar largo tiempo en la situación en que nos veíamos, y de hacerla llevadera. En medio de todo ello no eran desatendidos los pobres. Como de estos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, y si bien no parecían tales habitaciones propias para pasar en ellas el invierno aun en el templado clima de Cádiz, se dejaba la consideración de buscar a aquella gente otra morada a la estación del otoño, y entre tanto se remediaba en algo el mal presente.

No puede decirse qué habría sucedido si semejante estado de cosas hubiese durado mucho, dilatándose hasta la entrada de una estación en que no es agradable, ni fácil, ni siquiera posible, pasar gran parte de la vida en la calle, o si logrando los enemigos dar mayor alcance a sus piezas, no hubiese quedado en la ciudad de Cádiz lugar completamente seguro. Por fortuna, nos vimos libres de las calamidades que eran de temer antes de sentir puesto a más prueba nuestro sufrimiento.

No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la noticia de la victoria alcanzada por el ejército inglés en la jornada dicha por los vencidos de los _Arapiles_ y por los vencedores de Salamanca. Era a medio día; la noticia corrió veloz por la población; sonaron exclamaciones altas y unánimes; celebrose con salva el triunfo; respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de estos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio. Hasta contaban que el fraile a quien tocaba dar las campanadas para anunciar la venida del proyectil, a cada llamarada que veía en la batería francesa, no bien tocaba la campana, saludaba a los enemigos de un modo que con poca razón, si con universal consentimiento, pasa por obsceno, a pesar de qué su nombre suena ser, más que de otra cosa, de _sastrería_. De allí a pocos días, como se esperaba con fundamento, se supo haber entrado en Madrid el ejército aliado vencedor. Estas segundas buenas nuevas, llegadas al anochecer, renovaron el entusiasmo, particularmente en los madrileños y demás gentes de las provincias del interior refugiadas en la isla gaditana. Apareció de súbito y por movimiento espontáneo iluminada la ciudad toda, y cantos y gritos poblaban el aire, y se abrazaban en las calles los más particularmente interesados en el recién sabido feliz suceso.

Pero, así y todo, el bombardeo seguía. Al mismo paso iban los festejos. El tablado de la música no estaba ya vacío ni silencioso ni una sola noche. La fecunda vena patriótica de Arriaza había dado de sí una canción nueva, cuyo coro era:

Viva el grande, viva el fuerte Que en la más gloriosa acción El furor francés convierte En vergüenza y confusión.

Siendo la primera copla:

Ved cuál entre polvo y humo Por los campos de Castilla Va la bárbara gavilla Que era un tiempo su opresión. ¿Quién los bate y los humilla Con el rayo de victoria? La trompeta de la gloria Dice al mundo, _Velintón_.[52]

[52] Adrede va escrito el nombre del ilustre lord y general, no como debe escribirse, sino como se pronuncia en castellano y es necesario para la rima.

Como se ve, no era la composición de lo mejor de un poeta que ha dejado muchas buenas, ni tampoco acertó quien lo puso en música; pero se oía con más gusto y entusiasmo que en tiempo alguno pueden haberse oído los mejores versos o los sonidos más melodiosos.

Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25 de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en retirada los sitiadores; suceso ya esperado. Amaneció el 25, y a su luz viéronse evacuadas las líneas enemigas, y a lo lejos, por el mismo camino de Buena Vista por el cual en el 5 de febrero de 1810 habían aparecido los franceses, ir marchando las columnas de caballería e infantería de los enemigos que para nunca volver desocupaban la tierra de que por tanto tiempo habían estado enseñoreados, dando poco menos que seguro vaticinio de que en no largo plazo habrían de abandonar la de España; castigada así la perfidia y dura conducta del invasor, y recibiendo el pueblo español la recompensa merecida por su primer arrojo y su no desmentida constancia.

La tarde del 25 fue destinada por un gentío numeroso a visitar las baterías abandonadas del Trocadero y la vecina punta de la Cabezuela, de la cual salían las granadas arrojadas a Cádiz. A los que en el 1.º de agosto de 1808 habíamos visitado el Retiro, nos parecía una repetición de la anterior escena la que presentaba el campamento francés en aquel momento. Los obuses-morteros eran principal objeto de la atención: se los miraba, se los palpaba, se les decían injurias, se los cargaba de desprecio, como si pudiesen ellos sentir el vituperio o la burla. El viaje a aquel punto se hacía por mar, pues por tierra había que dar para llegar a él un largo rodeo; los barcos, a pesar de haber muchos, escaseaban e iban atestados de gente, y todos ellos, al volver, traían en el tope de sus palos un gran ramo de hierba, como en señal de que ya podían pisarse los campos, saliendo de los áridos arenales a que por largos días habíamos estado reducidos. Es cierto que ramaje como el que venía en muestra traído del terreno del Trocadero, nada mejor que el de la isla gaditana, podía haberse hallado en esta última; pero no era del caso ser críticos tan prolijos, y bien venía saludar con gusto la señal que lo era de una feliz vuelta de la fortuna.

¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.

A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que, a los pocos días de levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas, era frecuente decir: «Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba». Así éramos las personas de 1812: así serían las de ahora puestas en iguales circunstancias.

IX.

CÓMO CAE UN MAL GOBIERNO.

No intenta quien esto escribe, al cabo de largos años de vida, rica en desengaños y no pobre en arrepentimientos, pero en la cual no faltan casos, siquiera se engañe, en que se ratifica en sus antiguos juicios, y en que la fría prudencia de la vejez confirma los dados entre las pasiones de una juventud ardorosa, ensalzar aquí una forma de gobierno a costa de otros, aun cuando crea hoy mismo que hay en unos de ellos superiores calidades. Pero con toda forma de gobierno puede gobernarse bien, o, si no tanto, medianamente, y con la mejor en cuanto cabe serlo, si no en absoluto relativamente a otras, es no solo dable sino frecuente cometerse desaciertos enormes contra el provecho común, así como contra el derecho o interés de los particulares. Ahora, pues, el Gobierno establecido en España en mayo de 1814, sobre las ruinas del constitucional, era malo por varios títulos, más todavía que por ser absoluto y tener la pretensión, imposible de lograr, de renovar una época pasada, y, si no remota, separada de la que la seguía por el campo de una revolución llena de graves sucesos y de consecuencias no menos importantes de los mismos, por ser ejercido sin justicia y también sin tino, guiándole un espíritu de persecución odiosa, que era, no como otras, venganza de agravios, sino injusta paga de buenos servicios, faltando concierto en las cosas y dignidad en las personas, inclusa la más alta, y sobre todo esto siendo débil a la par que violento, y encerrando en sí las causas de una caída, a la larga, infalible. Que tal caída llegó, cosa es que consta, y aun quienes la lloraron y la reputaron no merecida por sus excesos, habrán de confesar que lo fue por su torpeza.

Los padecimientos de los constitucionales, en 1814 y 1815, en quienes eran de las mismas ideas causaron un apetito de venganza vituperable, pero natural, y, como era de presumir, ansioso de saciarse, fuesen cuales fuesen los medios.