Recuerdos de un anciano

Part 17

Chapter 173,953 wordsPublic domain

Uno se presentaba de los peores, pero asimismo de los más eficaces, señaladamente en aquellos tiempos en que tenía el atractivo de la novedad y el valor de ser no muy usado ni muy conocido, cuando hoy, si no falto enteramente de fuerza, está muy enflaquecido por el uso y por la mayor facilidad que hay para descubrir sus manejos y contrarrestarle. Ya se entenderá que se va aquí ahora hablando de una sociedad secreta. De estas había una de antigua mala fama, condenada por la Iglesia, mirada con horror por la gente piadosa, y aun por la que no lo era mucho con sospecha, a la que era común atribuir en las grandes mudanzas del mundo moderno una parte que nunca tuvo, aun cuando alguna haya tenido; en España, harto novel entonces, y grata a los ojos de los innovadores, porque era uno de los blancos de la ira de los llamados serviles, y hoy subsistente en varios pueblos donde su existencia está declarada, pero convertida en inocente y un tanto simple juego de vanas ceremonias, y aun a veces en loable medio de ejercitar la virtud de la beneficencia. Había sido costumbre en los adversarios de la Constitución suponer a tal sociedad una fuerza que no tuvo en los días de la guerra de la Independencia, pues si bien es cierto que contó entonces con algunos prosélitos, fue con pocos, y estos no los de superior influencia en los sucesos de aquellos días. Los invasores franceses la habían establecido en España, y en ella se habían afiliado muchos de sus secuaces, como por hacer corte a sus señores, y también como para dar al mundo, y darse a sí propios, una prueba de que, despreciando preocupaciones añejas, al servir al dominador extranjero trabajaban por la regeneración de la patria. Esto mismo daba a la sociedad mal color, aun a los ojos de los más entendidos y más adictos a las reformas entre los sustentadores de la causa de la Independencia, de los cuales algunos, como por ejemplo Argüelles y sus amigos, no miraban ni podían mirar con favor cosa de que eran parciales y propagadores los servidores de José Bonaparte y del poder francés, nuestro odiado enemigo.

Pero vuelto al trono Fernando, restablecida la Inquisición, perseguidos insignes patriotas y amenazados otros, el fanatismo y la sed de venganza unieron con estrecho lazo a los adictos a la Constitución proscrita que aún gozaban de libertad. Los conatos de restablecer la ley caída en muchos no pasaban del decir a las obras. Pero si una conjuración duradera era, cuando no imposible, dificultosa, porque estaría de continuo expuesta a ser descubierta y deshecha con grave daño de los conjurados, una sociedad con sus ritos y ceremonias, con su orden y arreglo, en que hay mucho simbólico capaz de interpretaciones, que así puede ser nada como mucho, la cual, cuando es conjuración, se disfraza un tanto para que haya quienes sean hermanos sin el temor o escrúpulo de ser conspiradores, era cosa muy hacedera. La hubo, pues, en España, y comenzó a tener consistencia hacia 1816. Por una rara casualidad, siendo muy extendidas sus ramas, y alcanzando a todas las ciudades principales del reino, el tronco no vino a estar en la capital de la monarquía, sino en una ciudad de provincia, y esta no de entre las de primer orden, aunque por muchos títulos ilustre: en Granada. Gobernaba a la sazón aquella provincia como capitán general de ella el conde del Montijo.[53]

[53] No el último conde del Montijo, padre de la emperatriz de los franceses, caballero de altas prendas y muy pacífico, sino su hermano mayor, muerto sin hijos en 1834.

Este personaje había figurado mucho en las cosas de nuestra patria, acreditándose de ambicioso e inquieto, pues pasaba por cosa averiguada que en marzo de 1808, en Aranjuez, disfrazado de hombre de la plebe, y llamándose el tío Pedro, había capitaneado la sedición que derribó al príncipe de la Paz, y por consecuencia, aunque en verdad no de intento, movió a Carlos IV a hacer renuncia de la corona. En la guerra de la Independencia el mismo conde había representado algún papel, aunque no de los de más nota o lustre, siendo a veces soldado valiente en el campo y nunca general, y soliendo en las ciudades trazar o dirigir alborotos, cuyo objeto era apoderarse él del mando o dársele a algunos de sus amigos. Restablecido Fernando en el trono y presos y encausados los de superior renombre entre los diputados a Cortes, apareció con general admiración declarando contra ellos para contribuir a su condenación el conde del Montijo, acción tanto más extraña, cuanto que él, por su vida anterior y opiniones conocidas, más parecía de las opiniones de los constitucionales que de las contrarias, y por otra parte, cuanto que, ausente casi siempre del lugar en que celebraban sus sesiones las Cortes, poco podía saber de ellas sino por rumores vagos. Pero como no era en él costumbre ni perseverar en un sistema ni dejar que no hablase de él la voz pública, ello es que, llegando a Granada, estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la monarquía siendo él general cabeza del cuerpo conspirador, y teniendo igual carácter la parte de la sociedad de que era inmediato presidente. Que aspirase tal sociedad desde luego al restablecimiento de la Constitución, dudoso es, y aun puedo decirse falso; pero al cabo era una asociación prohibida por las leyes humanas, y aun por las divinas, y en España, en 1816, por fuerza había de ser una máquina de guerra, cuyo juego, si ya no cuyo objeto, sería conmover o derribar el trono, pues que combatía los cimientos en que el de 1814 estaba asentado. Se multiplicaron las sociedades; hubo una en Madrid, poco notable por la calidad de las personas que la formaban; gente ardorosa, pero de poco nombre o corto influjo. No podía faltar una en Cádiz, pueblo señalado por su adhesión a la Constitución caída y la consiguiente aversión al gobierno del rey Fernando. La hubo, pues, y me tocó (pues fuerza es hablar de mí) hacer un mediano papel en ella.

Había yo vuelto de Suecia, donde era secretario en la legación de España, en el otoño de 1814 con licencia para restablecer mi salud, tan quebrantada por algún tiempo, que por rara fortuna había escapado, como suele decirse, de las puertas de la muerte. En Gotemburgo había sabido los sucesos de mayo, la disolución de las Cortes, la prisión de los diputados de más importancia y de otros costitucionales. Llenome tal noticia de indignación, la cual subió de punto cuando a mi regreso a España, verificado muy en breve, pasando por Inglaterra, me vi en Londres con algunos de los que se habían salvado de la proscripción con la fuga, y entre ellos con Gallardo, a quien miraba yo con estimación superior a la de que era digno, si bien alguna merecía, no habiendo sido justos por lo excesivos, ni su anterior altísimo concepto ni el descrédito absoluto en que cayó en sus últimos años. Cuáles eran nuestros pensamientos y afectos de odio al Gobierno establecido en Madrid, bien puede presumirse, y a ellos correspondían nuestros propósitos de venganza. Prometí yo a los desterrados contribuir a su logro en cuanto pudiese; promesa hija de loca presunción, pero cuyo cumplimiento hubo de tener efecto por un concurso de singulares circunstancias. Pero llegado a Cádiz en octubre de 1814, no encontré ni el menor medio que pudiese dar esperanza de hacer cosa alguna contra el Gobierno, a la sazón pujante. Gobernaba entonces a Cádiz y también a Andalucía el conde de La Bisbal, y estaba extremándose en dar pruebas de adhesión al Gobierno restaurado, más ofensivas a los caídos y a los parciales de estos que conducentes al fin de dar a la autoridad verdadera fuerza. En una mañana apareció en la plaza de San Antonio un cañón como amenazando a una rebelión en que nadie soñaba, e invadida y convertida en cuerpo de guardia una casa-café allí situada, a cuyo dueño, al intimarle que entregase a los soldados aquel lugar destinado al recreo público y al provecho de su propietario, se le hizo entender que era aquello castigo, o modo de purgar la atmósfera de una pieza donde, en los días del reinado de la Constitución, habían los concurrentes hablado del Rey en términos descomedidos. A esto se seguía querer reconciliar el mismo general a muchos matrimonios desavenidos, y castigar a personas por irreverencias ligeras en los templos; cosa llevada más a mal porque al mismo tiempo vivía si no divorciado, separado de su mujer y entregado a escandalosos amoríos, a punto de haber llegado a las manos en la escalera de su casa, por disputarse el papel primero entre sus queridas, dos señoras, si dignas de esta calificación por su clase, no cierto por su conducta. Todo ello hacía odioso al Gobierno, pero aún no era tiempo de que el odio pudiese hacer más que maldecir en voz baja.

Enormes desgracias domésticas que cayeron sobre mí por aquellos días no me permitieron pensar en otra cosa que en mis aflicciones. La tentativa de Mina, cuya índole no llegó a ser conocida, aunque él haya impreso muchos años después que tenía por objeto restablecer la Constitución, y la de Porlier, claramente encaminada al fin que supuso después Mina haber sido el suyo, malogradas ambas, pasaron pronto sin dejar otra huella que dos ejemplos. Ni una ni otra fueron trazadas en las sociedades secretas.

Empezaba la de Cádiz a trabajar con alguna frecuencia en 1817. Pero sus trabajos se quedaban en vanas ceremonias, aunque muchos no nos dedicábamos a tales juegos sino con propósito y esperanza de que fuesen comienzos y medios de cosas muy graves, en tanto que otros con el juego se contentaban por lo que tenía de misterioso, y por parecerles un triunfo sobre las preocupaciones, sin que faltasen quienes, conociendo cuán natural era pasar a veras de aquellas como burlas, quisiesen diferir todo lo posible el tránsito, temerosos de agravar su peligro, como si el que corrían ya fuese corto.

De estas disposiciones se vio un ejemplo en 1817. Hizo el infeliz general Lacy una tentativa de proclamar la caída Constitución en Cataluña, llegando a dar principio a su empresa; pero vio muy en breve deshecha la escasa fuerza que le seguía, y, cayendo él prisionero para pasar en breve del encierro al suplicio, huyeron varios de sus secuaces hasta lograr ponerse en salvo. De estos fugitivos, el general Milans, con algunos pocos, llegó a Gibraltar, donde se detuvo pocos días. No era la gran sociedad secreta, ya entonces vigorosa por lo extendida, la que había tramado la conjuración de que fue fruto inmediato la fatal empresa de _Lacy_. Pero participaban los asociados de las ideas de los complicados en el alzamiento, y así fue que, no bien fue sabida la llegada de Milans y los suyos a Gibraltar en Algeciras, cuando de la sociedad residente en esta última población pasaron a la fortaleza inglesa comisionados a verlos y consolarlos, y en cuanto era posible a favorecerlos, siendo una de las muestras de afecto que les dieron iniciarlos y afiliarlos. De esto enviaron pronta noticia a Cádiz muy ufanos de su hecho los de Algeciras, solicitando aprobación con algo de aplauso, porque en la jerarquía de la sociedad era autoridad superior de la algecireña la gaditana. Presidía esta última a la sazón don Joaquín de Frías, oficial de la real Armada, que en días posteriores más de una vez llegó a ser ministro de Marina; hombre de mediano talento y un tanto de instrucción superficial, solemne en sus modos, campanudo en su lenguaje, que había sido encausado como constitucional en 1814 y condenado a una pena leve, y que después, como escamado, andaba cauto por demás en punto a contraer compromisos, aunque con inconsecuencia no extraordinaria en los hombres, no dejaba de persistir en algunos que bien podían serle fatales. Ello es que Frías desaprobó la conducta de los que por celo excesivo se habían propasado a patrocinar a los cómplices de una rebelión, si bien, ahuecando la voz, con frases peinadas, y como fingiendo llanto, lamentó la suerte de Lacy, a quien comparó con el asesinado maestro de obras de Salomón, personaje imaginario, cuya catástrofe sacó todavía más ayes y lágrimas aparentes de su elogiador que la verdadera y recién ocurrida del general su contemporáneo, que acababa de caer víctima de su arrojo imprudente. Pero a varios de los presididos sonó pésimamente lo dicho por el ocupante de la silla presidencial, y al revés, pareció la conducta de los hermanos de Algeciras loable en alto grado, y como propia de los fines para el logro de los cuales existía la sociedad secreta en España y en aquel tiempo. Nada formal hubo con todo de resolverse, ni había necesidad de resolución, porque los escapados de la catástrofe de Cataluña, salidos ya de Gibraltar, iban navegando para Buenos Aires, y el pensamiento de hacer lo que ellos habían hecho con infausta fortuna a nadie ocurría por entonces. Así es que el hecho que acabo aquí de referir sirvió solo de mostrar la índole y situación de las sociedades secretas en aquella hora, dispuestos a un levantamiento los más de quienes las componían, pero no todos, y unos y otros resueltos o resignados a remitir la satisfacción de su deseo a época más o menos distante, en la cual pudiere contarse con medios de que entonces se veían todavía completamente faltos.

Poco después un suceso, que pudo ser fecundo en tragedias, pero que tuvo cortas consecuencias, vino a causar fundados temores en todas las sociedades que eran ramas del tronco aún subsistente en Granada. La de Madrid fue descubierta, procediéndose a disponer la prisión de quienes la componían; pero casi todos huyeron, y solo cayó en poder de los tribunales don Juan Van Halen, coronel entonces, o teniente coronel, si no me es infiel la memoria. Era conocido Van Halen por su extremada travesura, acreditada en 1814 en una acción que estuvo a pique de costarle la vida, y que le mereció altos elogios de las Cortes y del Gobierno constitucional aún no caídos, sin que el rey restaurado declarase con su aprobación o desaprobación manifestadas en consideraciones o despego al individuo celebrado y agraciado haber tomado en gran cuenta sus servicios. Ello es que Van Halen, sin duda afiliado en las sociedades secretas, si no patrocinadas, toleradas por el Gobierno de José Bonaparte, al cual él servía, bullía en la Sociedad nueva o alterada que de la antigua tomaba rito y formas. Preso ya este personaje, y puesto en la cárcel de la Inquisición, a la cual tocaba juzgarle, no fue tratado, según parece, con rigor excesivo. De allí a poco se susurró que Van Halen había sido llevado ante el Rey mismo, a ruegos del mismo preso, o por mandado del monarca. Añadíase que súbdito y Rey habían tenido una larga conferencia, cuyos particulares eran referidos de muy diversos modos, corriendo versiones, sin duda injustas, en que se acusaba a Van Halen de haber hecho revelaciones, cuando menos, impropias; y sosteniendo otros que había tratado de persuadir a Fernando a que capitanease la Sociedad que le inspiraba odio y miedo, hasta convertirla, de enemiga que le era, en su firme apoyo. La verdad que de tan singular conferencia (si es que la hubo) no resultó cosa alguna notable, ni creció o se extendió la persecución, ni en el trato dado al encarcelado hubo agravación en la dureza, o clase mayor o menor de alivio. Lo que añadió singularidad a estos sucesos fue que muy en breve se escapó de su encierro el cautivo, y de allí a poco, de España, ejecutando su intento con facilidad tal, que bien aclaraba cuán distante estaba la Inquisición de 1817 de ser la de los días de los reyes austríacos. Así es que no faltó quien supiese haber sido la fuga de Van Halen protegida por poder muy superior; pero falta fundamento para tal sospecha, siendo cierto que, al salir, el preso fue favorecido por personas, aunque amigas suyas, enemigas del Gobierno y de la corte existentes.

No dejó de tener consecuencias el descubrimiento de la rama de la Sociedad que residía y trabajaba en Madrid. En largo tiempo no llegó a juntarse, fugitivos unos de los principales socios, y otros siempre recelando, y por lo mismo no dando nuevos motivos que los sujetasen a persecución. Así es que en 1818 estaba como rota la red que un año antes envolvía la mayor parte de España. En la misma Granada había desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde del Montijo ya no mandaba allí, y, o cansado del oficio de conspirador, no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado; pero había cesado de ser objeto de consideración, así como para el temor, para la esperanza.

Mas cuando iba a empezar 1819, las materias que encerraba la atmósfera política, como neutralizadas por algún tiempo, fueron agregándose hacia Cádiz para formar allí, apiñadas y en buena situación de hacer efecto, negrísima nube preñada de recia tormenta. Se había reunido en la Andalucía baja, y estaba destinado a pasar a América a intentar la reconquista de aquellas perdidas posesiones de la corona de España, un ejército que por la cortedad de su fuerza apenas merecía el nombre de tal, pero que, atendido cuál era el estado de nuestra nación entonces, no dejaba de ser considerable. Al frente de él había sido puesto el conde de La Bisbal, cuya condición mudable y ambición inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos en quien depositase en él su confianza para empresas importantes. A los soldados, y aun a los oficiales poco instruidos, repugnaba atravesar el mar para ir a aportar a tierra ingrata y enemiga, donde repetidos ejemplos acreditaban que había que recoger escasa gloria y aun más corto provecho, y que temer todo linaje de calamidades. Ya, al salir de Cádiz, en 1815, la expedición mandada por el general Morillo, había habido temores de un levantamiento de los soldados; pero entonces la idea de un movimiento favorable a lo llamado libertad reinaba en pocos, y además, el general era dueño de la confianza del Gobierno, y la merecía. Otras eran las circunstancias al expirar 1818, así en punto al espíritu de las tropas como tocante a la calidad de la persona que las mandaba.

Al saberse en Cádiz que venía a ser gobernador militar y político de la ciudad, así como capitán general de Andalucía, juntamente con ser jefe del ejército destinado a América, el conde de La Bisbal, fueron grandes el descontento y el miedo. Se recordaban las gentes los cañones puestos en la plaza de San Antonio; varias tropelías cometidas contra las personas; en suma, actos de tiranía desconcertada, y por lo mismo temible en mayor grado, pues no es fácil precaverse de sus rigores. Pero el conde, no bien llegó a la ciudad donde había dejado nada buena fama, cuando se mostró tan trocado de lo que había allí sido, que en cortesía y benignidad, si no excedía, igualaba a los más queridos entre sus predecesores. Corría la voz de que tanta mudanza en los modos encerraba otra igual en las ideas sobre cosas de superior cuantía. En una palabra, el conde de La Bisbal pasaba por convertido a la doctrina constitucional, y tanto que, a manera de otro _Saulo_, era ya un _Pablo_ resuelto a propagar la fe nueva que había abrazado por los medios más eficaces que los de la predicación que en su mano tenía.

Mucho encerraban de cierto estos rumores, según vinieron a probar los sucesos, si bien probaron asimismo que tan poco podrían contar con su nuevo campeón los constitucionales, como el Gobierno que acababa de poner en él su confianza.

En aquellos días yo acababa de ser nombrado secretario de la legación de España en Río de Janeiro, donde residía el rey que lo era así del Brasil como de Portugal. En 1818 me había trasladado de Cádiz a Madrid y sido relevado del cargo de secretario de la legación de S. M. en Suecia, cargo que había conservado como titular, y gozando de licencia por cerca de cuatro años después de haber salido de aquella corte remota. Mi tenaz propósito por tan largo plazo había sido no servir al Gobierno, que odiaba; mis conatos encaminados a derribarle. Pero pasaba el tiempo, y no veía señal que me diese la menor esperanza de alcanzar lo mirado por mí como un bien y ardientemente apetecido. En Madrid no encontré Sociedad formada. Así es que hube de resignarme a salir de España continuando el servicio en mi carrera. Fui, pues, nombrado para el cargo en el Brasil que poco antes he dicho, y en enero de 1819 me puse en camino para Cádiz, resuelto a embarcarme allí para el lejano país a que me llevaba la suerte.

Pero cuando llegué a Andalucía en los días últimos de enero hallé tan mudadas las cosas, que lo antes desesperación y desmayo pasó a ser fundada cuanto lisonjera esperanza, que trajo consigo renovados bríos para trabajar en lo que en mis circunstancias era criminal empresa.

No sé lo que son las sociedades secretas desde 1823 hasta el día presente. Que de ellas ha habido muchas, es constante; que aún hay algunas, es probable; pero que no son ni han sido desde mucho acá lo que eran desde 1816 hasta 1820, me parece fuera de duda. Son ya muy conocidas; están muy gastadas por el uso; reinan sobre ellas muchas menos ilusiones. Puede ser que como todo viejo estime yo las cosas de mis mocedades en grado superior al de su merecimiento, y tase las de ahora en valor inferior al suyo real y verdadero; pero hay una razón que me persuade de que no me engaño. Las Sociedades de aquel tiempo tenían en la vida política, el ardor y lozanía de la juventud, y la pureza de la virginidad; las de hoy adolecen de la frialdad y astucia de la vejez, y a fuerza de dar fruto están, si no corrompidas, estropeadas.

Los hermanos de 1819 teníamos bastante de fraternal en nuestro modo de considerarnos y tratarnos. El común peligro, así como el común empeño en una tarea que veíamos trabajosa y divisamos en nuestra ilusión como gloriosísima una vez llevada a feliz remate, nos unía con estrechos lazos, que, por otro lado, eran sobremanera agradables, porque contribuían en mucho al buen pasar de la vida. Así es, que al poner el pie en Sevilla, donde yo había parado poco tiempo, me encontré rodeado de numerosos amigos íntimos, a los más de los cuales solo había hablado una o dos veces en época anterior, cuando a otros veía entonces por la vez primera. Al momento fui informado de que en Cádiz estaba todo preparado para un levantamiento en que el general puesto al frente de sus tropas, había de pedir al Rey, en términos que harían de lo llamado súplica precepto, si no el restablecimiento de la Constitución de 1812, poco menos; esto es, la sustitución del sistema de gobierno de las monarquías moderadas al entonces vigente, calificado por su propio consentimiento de absoluto. De todo esto, gran parte era verdad; pero había bastante ponderación, porque el conde de La Bisbal sabía la conjuración, la toleraba y hasta la fomentaba; pero se detenía, daba largas, y retrocedía; incierto siempre, pues que hasta al dar el golpe contra los conjurados le dio de tal manera que los dejó con fuerzas bastantes para convertir en triunfo lo que había sido derrota.