Part 18
Los pocos días que me detuve en Sevilla (y pasé allí tres o cuatro sin motivo para tal detención), fueron para mí muy lisonjeros. Se hablaba de nuestra empresa con poco, si bien con algún recato. Que así hiciesen entre sí los _hermanos_, todos ellos conspiradores, natural era, pero a muchos de los profanos encubrían mal o poco el proyecto que los tenía ocupados. Solía estar en trato frecuente con nosotros un sujeto no de la Sociedad, y por consiguiente no de la conjuración; hombre singularísimo en persona y modos; de estatura muy elevada, si no gordo, rehecho, con la cabeza pobladísima de pelo un tanto mal peinado, o a lo menos no peinado al uso, con el vestido mal cortado, dado a familiarizarse con gente a quien conocía poco, hablador, y que parecía, como lo era, bien intencionado, franco, servicial, y en el trato agradable en grado no corto. Este hombre, con quien fue mi suerte trabajar unido muchos años, que tuvo en el alzamiento de enero de 1820 una de las partes principales, que después ha hecho gran papel en la historia de nuestra patria, y del cual por no breve tiempo he sido amigo político, y por más largo periodo contrario, viniendo en sus últimos días a renovar nuestra amistad privada, y siendo de los que más han llorado su muerte, era don Juan Álvarez y Mendizábal. Siendo de pocos conocido entonces, era socio y principal agente de la casa de comercio de Bertrán de Lis, y tenía a su cargo las provisiones del ejército llamado expedicionario. La familia de Bertrán de Lis acababa de perder uno de los hijos, del que era su cabeza, muerto arcabuceado por orden de Elío, a quien sin razón echábamos en cara como un asesinato lo que solo fue un acto de rigor cruel, ejecutado con la ferocidad propia del carácter de aquel general, de mala condición y durísimas entrañas. Un hermano de la víctima era de los más ardientes de la sociedad secreta y de la conjuración; pero a Mendizábal no se había dado entrada en la primera, ni parte en la segunda, no sospechándose en él las calidades que después descubrió, y las cuales llegaron a dar tanta importancia a su persona. Estando él en continuo roce con los conjurados, poco reservados en aquellos días, algo sabía de sus proyectos y más trataba de averiguar, deseoso de bullir y señalarse en los sucesos que se preparaban. Como yo le viese entre mis amigos o _hermanos_, estos me avisaron que no le contábamos en nuestro gremio, si bien nada recelaban de él, mirándole como seguro, pero de poca cuenta. Mas, con sorpresa mía, esta misma persona, que conmigo tenía tan poco trato, me llamó a parte y me dijo que, pues tratábamos de hacer una revolución, debíamos proponernos llamar otra vez al trono al anciano Carlos IV. Tal desvarío había ya ocurrido a mejores cabezas, y aun habían dado pasos para ello algunos constitucionales de los a la sazón desterrados, pero con tan mala fortuna cuanto escaso acierto. Esto aparte, fuese o no descabellada la idea, hacerme tal proposición, a mí, empleado del Gobierno y recién llegado a la corte, un hombre que apenas me conocía, da a entender a la par el estado de los ánimos en aquellos momentos y la singularidad del carácter de Mendizábal. Como debía suponerse, respondí yo a este haciendo de su propuesta objeto medio de burlas, medio de veras, no ofendiéndole ni dándome por ofendido, no haciendo protestas hipócritas de adhesión al Gobierno, pero tratando de vanos proyectos o ilusiones los pensamientos de contribuir a una revolución que se figuraba él que yo abrigaba. No pasó de aquí por entonces tan curioso incidente: en menos de un año, Mendizábal y yo, de acuerdo, fuimos los dos los principales entre muchos que lograron el restablecimiento de la Constitución de 1812, dando así principio a la serie de revoluciones y contrarrevoluciones que han venido a hacer una España nueva tan desemejante a la antigua.
Llegado yo a Cádiz al comenzar febrero, me encontré en una escena animada. La conjuración estaba adelantada, patrocinándola el conde de La Bisbal; pero por medios rodeados, como era indispensable en su situación, si bien usando de más artificio que lo que esta exigía. Al pueblo de Cádiz trataba de hacerse grato hasta en frioleras. Como de resultas de la muerte de la reina María Isabel de Braganza, segunda esposa del rey Fernando, estuviesen cerrados los teatros, dispuso que en los cafés se jugase a la lotería a precios bajos, proporcionando así a los ociosos un entretenimiento no perjudicial, aunque no loable. Consintió las máscaras en Carnaval, no en público ni de día en las calles, pero sí en casas particulares con más franqueza que antes era uso. A esto agregó cosas de mayor importancia y transcendencia. De los conjurados que fueron sorprendidos en Valencia trazando un levantamiento, y que, cayendo en poder de Elío, fueron todos al suplicio sin demora, uno había logrado escaparse y venídose a Cádiz, donde residía, sabiéndolo el general gobernador, que le daba amparo a pesar de que recibía repetidas órdenes de buscarle y prenderle. En tanto, las juntas de la sociedad secreta menudeaban, no tan de oculto que su existencia no fuese sabida de muchos que de ellas no eran parte. De tal estado de cosas fuerza era que tuviese noticia el gobierno de Madrid, que nada hacía, o ya temiese al general viéndole cabeza y dueño de un ejército al cual no podía oponer otro España, o ya fiase en promesas de contener la rebelión en la hora en que llegase a serlo; prueba todo ello de flaqueza junto con perfidia. Cinco meses hubo de durar tal situación, plazo ciertamente largo para negocio de naturaleza tan peligrosa y apremiante.
Como era natural, los conjurados se impacientaban. ¿Qué aguardaba el general? Era la voz común ya con algo de queja. A esta, que tenía un tanto de acusación, hija de la sospecha, respondía el conde que aún no estaba el ejército bastante trabajado; frase esta del día, que significaba no estar todavía todo lo extendido que era necesario entre la oficialidad la filiación a la sociedad secreta. Se tropezaba en estas comunicaciones con un inconveniente irremediable, el cual consistía en que el conde no podía tratar con los conjurados sino por el conducto de una o dos personas, y las destinadas al intento eran, si no de las menos celosas, de las menos impacientes, llenas de confianza superior a la debida en la sinceridad del hombre de quien dependía en aquel momento la suerte de la conjuración y la de la patria. Y aquí viene bien explicar en pocas frases cuál era la planta y arreglo de la sociedad conspiradora en el momento de que voy aquí hablando.
La sociedad, cuyo nombre callo solo por razones de decencia, pues harto sabido es, no era, como ya he dicho, en España en 1819 lo que ahora es, o lo que en tiempo alguno había sido en otros pueblos. Así, conservando su rito, había buscado la fuerza en un orden propio para dar a la conjuración efecto. Había una sociedad de la clase común o inferior en Cádiz, componiéndola militares y paisanos. Formose además una sociedad en cada regimiento. Pero sobre estas existía una autoridad ejercida por una junta con el nombre de Capítulo, que celebraba sus sesiones sin aparato ni fórmula en la casa de don Francisco Javier de Istúriz. Allí asistían personas acaudaladas de Cádiz, de las que son a manera de la aristocracia de aquella ciudad, las más de ellas de edad madura, graves, sesudas, si fanáticas en alto grado, de un fanatismo por lo común no acompañado de arrojo, un tanto despreciadoras de la gente inferior, que era toda cuanta no entraba en su gremio. De esta reunión salían y eran parte quienes se entendían con el conde.
Pero se creyó necesario introducir entre el puro simbolismo a que estaban reducidas las sociedades inferiores, el cual no impedía ver claro el fin a que se caminaba, y las maquinaciones políticas de la alta junta, poco trabajadora por su índole, un cuerpo donde estuviesen juntos los más arrojados y diligentes de los conspiradores; cuerpo al cual tocaba, sin descartar de él algo de la parte simbólica, formar los planes del levantamiento proyectado y hasta extender proclamas, como si estuviese cercano el momento en que estas habían de ser de uso. De reunión tal me tocó ser parte, siendo ella más adaptada a mi condición, a mis años y a mis hábitos de vida alegre, que la grave autoridad que se congregaba en casa de Istúriz, con quien tenía yo algún trato, pero todavía no amistad estrecha y tierna como la que después por dilatados años nos ha ligado, y hoy en una vejez avanzada nos liga. No me acuerdo de quiénes y cuántos éramos los de la junta intermedia, y básteme decir que don Evaristo San Miguel y yo éramos los que en ella más trabajábamos, sin decir por esto que en su interior hiciésemos el primer papel o tuviésemos superior influencia. Esta junta espoleaba a la superior sin necesidad de ser aguijada por las inferiores; porque en ella estaba lo más ardoroso de los conjurados. Asimismo los que la componíamos no dejábamos de asistir a nuestras respectivas sociedades de última clase, donde bullíamos y dirigíamos, ya incitando, ya refrenando, muy atendidos y aun respetados por suponérsenos dueños de secretos que al oído de otros llegaban algo confusos.
Era a principios de junio, e iba haciéndose imposible demorar mucho el golpe tan de antemano resuelto y preparado. Sonaba que el ejército iba a embarcarse, En esto fue nombrado para mandar la caballería de la expedición el general don Pedro Sarsfield, de gran crédito en nuestro ejército por sus campañas en Cataluña, durante la guerra de la Independencia, y persona con quien era forzoso contar para tratarla, o como a eficacísimo cooperador o como a terrible contrario. Unían al general O’Donnell, conde de La Bisbal, con Sarsfield, antiguas relaciones; el común origen irlandés, haber militado juntos, mucha semejanza de hábitos, si no identidad completa. De las opiniones políticas de Sarsfield nada se sabía, siendo probable que hubiese pensado poco hasta entonces en tales materias, ciñéndose a vivir y pensar como mero soldado, y así es que en las mudanzas de gobierno ocurridas o intentadas en España, no había sido pronunciado su nombre. Sabíase que había sido muy amigo de Lacy, y se suponía que lamentaba su suerte y veneraba su memoria; mera suposición no apoyada en hecho alguno evidente. Era hombre seco por demás, casi hipocondríaco, entregado, según decían, a la bebida y aun al uso del opio. Todo ello le daba para el caso de la conjuración existente el carácter de un enigma que era indispensable adivinar, valiéndose para ello del método indagatorio directo o indirecto, no siendo conveniente esperar a que los sucesos le descifrasen. El conde de La Bisbal dijo a los conjurados que con él se entendían que era indispensable ganar a Sarsfield porque _le valía lo que una división_ para la propuesta empresa. Debía ocurrir a los que recibieron tal encargo, que nadie era más a propósito que el conde mismo para ganar al general, su segundo, y asimismo su compañero y amigo en tiempos pasados. Pero alegaba O’Donnell que no podía él hacer tal averiguación sin exponer su persona, y con ella el grande hecho proyectado, si Sarsfield se mostraba adverso a la idea de una rebelión contra el Gobierno. Satisfizo a casi todos esta razón, aunque no buena, porque, fuese quien fuese el destinado a tantear a Sarsfield, por fuerza había de darle a entender, cuando no de descubrirle, que el general del ejército tenía parte muy principal en la trama. No era, sin embargo, posible desatender un encargo hecho por el conde de La Bisbal, dueño a la par de la fuerza militar y del secreto de la conjuración, por lo cual podía fácilmente valerse de la primera para acabar con la segunda. Hubo, por tanto, la autoridad superior que se congregaba en casa de Istúriz de nombrar una comisión que se entendiese con Sarsfield. De aquí tuvo origen el malogramiento de una empresa que tanto prometía, pero malogramiento tan incompleto, que, acometida después con inferiorísima fuerza, salió favorable a quienes la llevaron adelante, hasta darle feliz término contra toda racional esperanza, y gracias a la sin igual torpeza de un Gobierno que, titulándose absoluto, no sabía ejercer la autoridad de uno u otro modo entre los muchos que se presentan a quienes son cabezas del cuerpo de un Estado.
II.
Resuelto ya a entrar en tratos con el general Sarsfield, y nombrada para ello una comisión, pasó esta a la ciudad de Jerez de la Frontera, donde residía el general de la caballería, por tener allí lo principal de la fuerza de su arma. Componían la comisión tres personas; dos de ellas escogidas con acierto, pero no así la tercera. Eran las primeras las de dos oficiales de artillería, uno de ellos, amigo que había sido del general, don José Grasses, a quien ha visto gran parte de quienes hoy viven gobernador de Madrid, militar arrojado y no falto de instrucción, de natural talento y singular viveza, un tanto ligero, calidad que, viéndose en él demasiado, lo hacía a veces parecer inferior a su natural valor, de muy nobles pensamientos y finísimos modales que le acreditaban de caballero cumplido, y el otro don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, de buenas dotes naturales, de corto saber y caballero en sus modos como lo era por su cuna, pero persona a quien hubo de tasarse por algún tiempo en valor mucho más alto que el de sus merecimientos, dándole la autoridad de un _sabio_ en los varios sentidos de esta palabra, exageración que al cabo hubo de rebajarle en algo, cuando fue forzoso moderar la alta tasación primera, la cual daba al así celebrado, con una idea grandísima de sí mismo, un tanto de entono, a pesar de lo cual era imposible negarle buenas calidades. No sé por qué razón fue agregado a estos dos oficiales en la peliaguda comisión para que con ellos fuese un paisano a representar la parte civil de los conjurados, quitando así al proyecto el carácter de pura sedición militar, una de las criaturas más estrafalarias que han representado un papel notable en los sucesos de nuestras revoluciones, don José Moreno de Guerra. Era este un caballero de un lugar no de los principales de la provincia de Córdoba, y aunque de ideas muy revolucionarias, blasonaba no poco de su alcurnia, siendo en esto lo peor que lo hacía con no mucha razón, si bien no con falta absoluta de ella, pues decían que su nobleza era, aunque verdadera en el sentido legal, de pocos quilates y fecha no muy antigua. Tenía algún ingenio, desordenado, y en cuyos irregulares desahogos asomaba el mérito de la novedad en sus aciertos y en sus desaciertos: había leído algo,[54] sin método, por lo cual descubría no poca confusión en sus ideas; era atrevidísimo y carecía absolutamente de valor, por donde no sustentaba bien los excesos de su lengua; se consumía en deseos de hacerse notable, y a todo esto como que daba realce para llamar a él más la atención su alta estatura acompañada, si ya no de gordura de poco menos, su vestido mal hecho y desaliñado, sus modales por lo común toscos, su acento andaluz con la pronunciación de la gente del pueblo de su tierra, y la incoherencia de sus discursos en que mezclaba toda especie de cosas, de las cuales muchas no venían a cuento para las materias sobre que hablaba.[55]
[54] Moreno Guerra había leído a Maquiavelo, y, como el famoso florentino goza de mala fama entre la gente piadosa, así como entre mucha que no lo es, miraba como gran mérito el conocer las obras del autor del tratado _El Príncipe_, y le ensalzaba y citaba tanto que por ello era ridiculizado por quienes de cerca le trataban. En verdad, aprendió algo de las arterías recomendadas por tan insigne autor, pues en su carrera se mostró poco escrupuloso en cuanto al uso de medios para llegar a fines que, si alguna vez eran buenos, solían ser muy otra cosa.
[55] En un folleto muy gracioso y celebrado, cuyo título era _Semblanzas de los diputados a Cortes de 1820 y 21_, está bien retratado, como todos, y aun mejor que varios más, Moreno Guerra, y se hace alusión a lo incoherente de sus discursos, diciéndose de él que en las Cortes había contado que _vio la fragata Perla_, etc.
Estos tres comisionados se presentaron al general, según es de creer tomando por pretexto que iban a visitarle. Llegados a su presencia, le declararon el objeto de su visita, la existencia de la conjuración, el propósito de la misma y los medios con que contaba, oyéndolo Sarsfield, atento, impasible, como provocando con su silencio a que se le explicase todo muy por menor y puntualmente. Pero, no bien se hubo enterado de todo cuanto de él se esperaba, cuando, levantándose con tono y gesto amenazadores, dijo a los conjurados que le mirasen como a un enemigo resuelto a oponerse a su proyecto con todas sus fuerzas hasta desbaratarle y aniquilarlos a ellos, aunque puso por correctivo a sus amenazas que, como hombre de honor, no descubriría lo que fiándose en su honor acababa de serle confiado. Quedáronse atónitos y suspensos, pero no aterrados, Gutiérrez Acuña y Grasses, y temblando de pies a cabeza el casi agigantado Moreno Guerra. Pero Sarsfield, viendo la turbación de aquellos hombres, y pensándolo mejor (o bien podría decirse peor), si no es la honradez palabra vana, detuvo a los que iban a retirarse, y les dijo que la respuesta recién salida de sus labios no expresaba su modo de pensar ni su intención, pues la había dado solo para poner a prueba el temple de los conjurados, con quienes si aceptaba lo por ellos propuesto, como iba a aceptarlo, había de asociarse. No satisfizo ni podía satisfacer el nuevo aserto, pero el mal estaba hecho, el remedio era difícil, y, como durante algunos días se manifestase Sarsfield en palabras hasta celoso en la prosecución de la empresa, llegó a contarse con él, siguiéndose la propensión del hombre a acomodar su fe a su deseo.
En la Junta principal causó sumo disgusto lo ocurrido en Jerez, y aun hubo (pero fue uno solo, reprobándolo todos) quien propusiese un medio atrozmente criminal para libertarse del peligro con que Sarsfield amenazaba.[56] Pero como el daño no aparecía, continuaba la conjuración, la cual se hacía ya necesario que de proyecto pasase a ser hecho dentro de corto plazo.
[56] La persona cuya mala acción o cuyo delito intentado, de tal modo y clase que es ya altamente criminal solo el intento, pues hasta tuvo preparado el veneno que quería se diese a Sarsfield, por fortuna no era la de un español, sin que por esto pretenda yo tiznar la buena fama de sus compatricios al referir su malvado proyecto. Era, en verdad, mal sujeto, aunque hombre de bastante talento y de alguna instrucción, bien que la suya fuese superficial y de no la mejor clase. También, como Moreno Guerra, había leído a Maquiavelo, y le tenía en mucho, porque era cosa singular que el famoso florentino gozase de alta reputación entre los liberales conjurados de 1819, no solo como portentoso ingenio, lo cual es justo, sino como maestro de sanas doctrinas. Verdad es que hay liberales italianos de la misma opinión, pero a esto mueve y domina el patriotismo, olvidando al maestro de la tiranía y torcida política en su admiración al escritor ingenioso, agudo y profundo, y en su conducta no mal patricio, cuando en los no italianos es de admirar que consideren doctor y apóstol de la iglesia liberal al admirador y ensalzador de _César Borja_ y de _Castruccio Castracani_. Volviendo al objeto de esta nota, diré de él que, nacido de dignísimo padre español, abrazó la causa de los americanos que alzaron bandera contra España, pasó a servirlos, y (lo que es en él de vituperar) sustentó su causa, según voz común, con espíritu de feroz odio a todo cuanto era español, acreditado en hechos de crueldad y perfidia. Esto no obstó a que después viniese a España, donde residía ya en 1816, hasta siendo oficial en nuestro ejército, si bien no en servicio activo. Tuvo parte en los trabajos de la sociedad secreta y en la conjuración de 1819, pero no pasó a la ciudad de San Fernando cuando allí tremolaba el pendón constitucional en enero, febrero y marzo de 1820. Proclamada en toda España y aceptada por el rey la Constitución, logró este mismo individuo tener asiento en las Cortes de 1820 y 1821 como representante (creo que suplente) por una provincia de América. No hizo papel lucido en aquel Congreso, donde votó con la oposición, siendo del partido que entonces llevaba el título de _exaltado_. En sus conversaciones solía hablar de aquellas Cortes en términos de vituperio y aun de desprecio absoluto. Concluida la legislatura ordinaria de aquel Congreso en julio de 1821, se fue a Cádiz, donde se entregó a tales maquinaciones que hubo de huir de España por no ser preso al terminar aquel año. Después poco se ha hablado de él. No quiero decir su nombre, hoy de casi todos ignorado.
Al intento, la Junta intermedia convocó a diputados de todas las inferiores, o dígase de las de los regimientos, a una reunión solemne. Celebrose esta de noche, y con un tanto de misterio y reserva, pues si no amenazaba grave peligro, no consentía el decoro ni quería el general que se dejase de proceder con cierto recato, si bien más aparente que verdadero. En una pieza de no grandes dimensiones, medianamente alumbrada, con un calor propio del mes de junio en climas muy ardientes, nos congregamos en número bastante crecido. En el ritual y planta de la sociedad hay un individuo, cuyo cargo tiene el título de _Orador_, aunque no lo es, pues su oficio se reduce a leer breves escritos. Desempeñaba yo este oficio como por vía de preludio de ser orador más de una vez y en varios lugares, con crédito, y también con descrédito de mi pobre persona, y ciertamente, mirando a mi interés, más en mi daño que en mi provecho, viniéndose a añadir a mi nombre, como profesión, la oratoria, que en los demás es solo un apéndice de otras ocupaciones y obligaciones.
Era entonces, como confieso, ardiente mi fanatismo; mi edad, aunque ya no la de la verdadera juventud, una en que todavía ejercen grandísimo poder en el hombre las pasiones; mi natural, más que lo común apasionado, y el lugar, la calidad de la reunión, el corto peligro presente, el no leve futuro, todo contribuía a exaltarme y dar casi frenética viveza a mis palabras y a mi acento y modos. Rasgué, pues, el velo harto transparente de símbolos inútiles, convidé al levantamiento, ponderé la tiranía bajo que gemíamos, presenté la imagen de la libertad coronada con la aureola de glorias cuyo lustre había de rodear a sus restauradores, y, al fin, cogiendo una espada desnuda que en nuestro rito debía estar y estaba siempre sobre la mesa: «Jurad», dije con voz fuerte y trémula de emoción, «jurad llevar a cabo esta empresa, y juradlo sobre esta espada, símbolo del honor, que no en balde en este lugar se os pone a la vista». Un grito unánime, que casi era un alarido, respondió a mis palabras y a mi acción y gesto, arrojándose casi todos los concurrentes a la espada, y profiriendo el juramento con tono, rostro y ademanes de loco entusiasmo, no inferior al mío. ¡Escena tremenda, preñada de males futuros, recordada aquí y ahora no para recomendarla al aplauso, y todavía menos a la imitación, sino como retrato de los tiempos y con la mira a que sirva, entre otras, de lección a gobiernos y pueblos; a los primeros para evitar, en cuanto sea posible, con una conducta juiciosa, acertada y firme, que se repitan; a los segundos para que, difundida en ellos la ilustración, no dejen que las pasiones ahoguen y usurpen la voz y autoridad del juicio!