Part 19
De esta escena hubo de tener noticia el conde de La Bisbal, y hubo de conocer que ya le era forzoso acabar con la conjuración, si ya no es que, llevando a ejecución el proyecto de los conjurados, quería darle favorable remate.
Empezó, pues, a obrar, y contra los conjurados. Su primer disposición fue mudar la guarnición de Cádiz; disposición importante, porque en la ciudad debía darse el grito de rebelión al amparo de sus murallas, y entre su población, toda ella con rarísimas excepciones, constitucional ardorosa, y en la guarnición que iba a salir estaba la mayor parte de la oficialidad ganada a la causa del alzamiento propuesto, y, al revés, en los cuerpos que venían a relevarla había menos que en otros del mismo ejército oficiales comprometidos en la empresa cuyo éxito estaba pendiente.
Si esto disgustó de cierto, otro suceso causó mayor recelo, aunque para algunos fue motivo de esperanza. De súbito vino Sarsfield de Jerez a Cádiz, y encerrándose con el conde, tuvieron ambos una larguísima conferencia sin testigos. En que trataban de combinar sus operaciones, no cabía duda: si era para llevar a efecto la revolución o para impedirla, venía a ser también dudoso; pero, bien mirado, con arreglo a fuertes indicios, lo segundo era lo probable.
Vuelto Sarsfield a Jerez, entró en comunicaciones amistosas y muy frecuentes con Gutiérrez Acuña, que allí residía. Se mostraba ya tan dado a la causa de la revolución, que vituperaba la tibieza e irresolución de su amigo el conde de La Bisbal, aunque sin poner en duda lo sincero de su fe, porque decía: «A Enrique le falta corazón». Como esto era dicho para engañar, mal puede afirmarse que hubiese veracidad al hacer semejante cargo.
Así estaban las cosas al anochecer del 6 de julio de 1819. Ya oscurecido, se habían cerrado las puertas de la ciudad de Cádiz, entonces, aunque en tiempo de paz, cerradas de noche con rigor, que para pocos casos tenía relajación, sobre todo en la Puerta de Tierra, solo abierta cuando lo era para dar paso al correo. De repente corre la voz de que la guarnición toda, menos la parte de ella que cubría las guardias, se había puesto en movimiento y aun salido por la Puerta de Tierra con el general a su frente, encaminándose al Puerto de Santa María, donde estaba acantonada la división del ejército que pocos días antes estaba guarneciendo la plaza. Con haber llegado la hora de la retreta, y no aparecer los tambores o músicas, como hacían siempre, en la plaza de San Antonio, desapareció toda duda sobre si era falso lo que corría respecto a estar en camino las tropas, sin duda para objeto importante, aunque ignorado. Empieza entonces a decirse que, antes de salir, el conde había llamado a una de las personas con quienes se entendía, y díchole que preparase todo para proclamar restablecida la Constitución de 1812 en la ciudad de Cádiz, mientras él lo hacía en el ejército, para lo cual iba a juntarle todo. Con este motivo comenzaron las enhorabuenas, y aun los vivas dados en voz baja como grato secreto que se confían las gentes unas a otras. Sin embargo, la autenticidad de la comunicación verbal hecha por el conde no constaba, y lo evidente era su salida misteriosa, y haberla dispuesto cuando, cerrada ya Cádiz, no podía ir de ella al Puerto la noticia de que marchaba allí el general con demasiado acompañamiento.
En mí como en otros despertó circunstancia tal fuertes sospechas. Pero nadie pensaba en dar aviso a nuestros amigos del Puerto, y menos que otros la Junta de casa de Istúriz, a la cual correspondía hacerlo, pero que ni congregada estaba. Lo que nadie hacía hube yo de hacerlo, obrando por mí, sin participación y aun sin consejo ajeno. Debía dar la vela en la próxima madrugada con destino a la Habana un buque-correo, cuyo mando tenía don Antonio Valera, primo mío muy querido y de nuestra grey conspiradora. Para él y la tripulación de sus botes se abría la puerta de la mar a todas las horas de la noche. Acudí, pues, a él, le pedí un bote para que fuese al Puerto con un aviso, y busqué también persona que le llevase, y cuya salida era fácil, no examinándose quiénes salían para ir en los botes. Me puso Valera por reparo la falta de tiempo, pues que de allí a pocas horas tenía que levar anclas y hacerse a la mar; pero yo le hice presente cuán fácil era a un bote con buenos remos ir en una hora al Puerto y en menos tiempo volverse a bordo del buque a que pertenecía. Accedió a mi ruego Valera, marchó el comisionado, llegó a su destino sin obstáculo ni demora, se avistó con los conjurados, y los informó de que venía sobre ellos el Conde con tropas, sin poderse decir si como amigo o contrario. De nada sirvió el aviso, pues, por causas que nunca han sido bien explicadas, y que no es ahora del caso averiguar, determinaron esperar pacíficos, cuando si hubiesen tenido intento de resistir, era muy probable que parase la resistencia en darles el triunfo, pues contaban en los que seguían al general con muchos parciales. Bien es cierto que al mismo tiempo iba a caer sobre ellos por la espalda Sarsfield al frente de la caballería, pero esto lo ignoraban.
Ahora será bien dar cuenta de lo que el mismo Sarsfield había hecho en Jerez. Allí seguía engañando a Gutiérrez Acuña y a Grasses, quizás aún más de lo necesario para su propósito. Cuando ya se preparaba a marchar contra los conjurados, en la noche, en sus primeras horas, y poco antes de la destinada a emprender su movimiento, yendo de paseo con los dos que llamaba amigos, tropezó con un rosario donde iban cantando el _Ave María_, y dijo en tono de burla: _Cantad, cantad, que pronto no cantaréis_, como considerando triunfo sobre prácticas religiosas el hecho político que suponía cercano. A esto agregó decir a Gutiérrez Acuña, que estaba levemente indispuesto: «Recójase usted y descanse para prepararse a los brillantes trabajos que le esperan». Dicho esto, se despidió, y yéndose a su casa, no bien llegó a ella, cuando firmó una orden para prender a aquellos dos crédulos conjurados, orden que fue fiel e inmediatamente cumplida. Puesto al fin en camino, ya cerca del alba, llegó al Puerto de Santa María con sus caballos, casi a la misma hora en que llegaba al mismo punto el conde con su gente por el lado opuesto. En esto, amanecido ya, las tropas acantonadas en el Puerto habían salido a formarse, como tenían por costumbre, en un sitio apellidado el Palmar,[57] llevándolos allí sus jefes, no sabedores del intento con que se les venían acercando fuerzas un tanto crecidas; pero recelosos de que era en su daño, si bien resueltos a no resistir, a no innovar cosa alguna en su conducta diaria, y a aparecer ignorantes de que la guarnición de Cádiz hubiese hecho algún movimiento.
[57] Palmar llaman en Andalucía a ciertos terrenos incultos que allí abundan, y deben su nombre a estar llenos de palmas enanas que no sé cómo deben llamarse, pues aunque soy en extremo aficionado a árboles, plantas y flores, ni sé de ello lo que sabe no ya un botánico, sino acaso el jardinero u hortelano más tosco y rudo. Este Palmar del Puerto, teatro de la hazaña de O’Donnell y Sarsfield, tiene cierta fama. Cuando en los pueblos de la Andalucía baja, vecinos a la costa, se habla de una persona de mucha edad, y quiere ponderarse su vejez, es común decir de ella _que tiene más años que el Palmar del Puerto_.
Así los encontraron formados al acercarse por la parte de Cádiz el conde y por la de Jerez Sarsfield. Puesto el general al frente de la formación, hizo salir y presentarse ante él a todos los comandantes[58] primeros y segundos, a los cuales intimó que se diesen presos, no expresando sino a medias por qué causa.
[58] En el orden y planta dados a aquel ejército expedicionario, constaban los regimientos de un solo batallón cada uno, como sucedía, y aun creo sucede en Inglaterra, y hoy en Portugal. No había, pues, coroneles, aunque lo fuesen personalmente algunos de los que mandaban los regimientos de un solo batallón. El de Canarias, por ejemplo, estaba mandado por don Demetrio O’Daly, brigadier, que fue uno de los presos por el conde. Pero otros tenían a su frente meros comandantes, aunque de primera clase.
Este acto pasó sin la menor alteración de la tranquilidad, viéndole con admiración los oficiales y tropa, unos, y los más, por no adivinar del todo la causa de tan raro y general rigor; otros, y no pocos, por ver convertido en contrario y perseguidor al que miraban como caudillo futuro en la empresa en que tenían parte. Cuentan que recién acabado este acto, encontrándose Sarsfield y el conde, el primero soltó la risa; fea acción, si ya no fue calumnioso aserto el suponerlo, y agravación de otra de no menos fealdad. Si los posteriores, así como los anteriores señalados servicios de Sarsfield pueden, aunque no disculpar, compensar lo vituperable de su conducta en los sucesos de que soy ahora narrador, y si su desdichada muerte, causada por un vil asesinato en medio de una sedición infame, debe hacer cara y aun respetable su memoria, la historia debe ser veraz, y para serlo, inflexible, máxima seguida aun tratándose de los primeros personajes históricos, pues hasta los mayores encomiadores en Augusto no han dejado de vituperar, ni aun pasado en silencio, las horribles proscripciones del triumviro Octavio.
No aparecía risueño ni contento el conde de La Bisbal, sino al revés, como pesaroso y avergonzado de su acción, en el momento mismo de cometerla. Al prender a los comandantes primeros y segundos de los cuerpos que estaban en el Puerto, había envuelto en su rigor a culpados e inocentes, y de entre los últimos a algunos que ni siquiera comprendían la causa por que se veían presos, pues de la conjuración tenían escasa noticia, y juzgaban la corta que tenían por rumor vano. A los no militares, y aun a algunos militares cuya culpa sabía, no quiso molestar siquiera. Se dejó decir más de una vez que nadie temiese, porque «_él era caballero, y a nadie vendería_», y cumplió tal palabra, que estaba en contradicción con su modo de portarse tocante a la conjuración y a los conjurados ya presos. De resultas vino a quedar en situación harto amarga, porque, si bien recibió del Gobierno la gran cruz de Carlos III, distinción que entonces tenía más valor que en el día presente, fue a la par separado del mando del ejército y llamado a Madrid, a donde hubo de encaminarse lleno de recelo, pues al cabo, si había deshecho la conjuración por lo pronto, antes la había fomentado a punto de poner como al vuelco de un dado su éxito, y de ser dueño de la suerte de España pasaba a una situación en la cual así podía recibir castigo como recompensa.
Volviendo atrás, y al suceso del 8 de julio, bien será decir que, al saberse en Cádiz lo ocurrido en el Puerto, fue grande la consternación entre los conjurados. De ellos huyeron algunos de los más comprometidos, como por ejemplo Istúriz, y no dejó de hacer otro tanto Moreno de Guerra, que se figuraba ver tras sí a Sarsfield. Pero otros no se movieron, creyéndose en mucho menos peligro. Con razón creía yo que el mío no era muy grave, porque solo había representado hasta entonces en aquellos sucesos segundos papeles, entre otros muchos; pero me constaba que el conde no ignoraba mi parte en la trama, aunque a la par me alentó haber sabido desde luego que a nadie pensaba perseguir, excepto a los ya presos. Ello es que, a pesar de aconsejarme no pocos la fuga, yo ni pensé en ella. Tal era la ceguedad del Gobierno, que nada sabía de mi conducta, ni aun de mi paradero: tal la mía, que, olvidado de toda regla de moral, conservando el título y derechos de mi empleo, pensé en trabajar con más ardor que antes en la obra que en el Palmar del Puerto parecía que había quedado reducida a ruinas.
Y así fue que, cuando una conjuración formidable había venido a parar en nada, otra compuesta de sus reliquias, como pobre rama de planta poderosa, que trasplantada apenas con esperanza de verla prender, prende, con todo, y crece, y fortifica, una conjuración, de puro arrojada hasta ridícula, vino a derribar el trono de Fernando, sentado pocos años antes en lo que parecía robustísimo cimiento, y aún lo era ciertamente.
Pocos días habían pasado desde el en que fueron presos varios de los conjurados, y ya los escapados del peligro le queríamos correr mayor con acciones que eran delito atroz, y no inferior desatino. Siete u ocho personas de escaso poder, y sin recursos, nos juntamos y formamos el proyecto de hacer una tentativa contra la persona del conde de La Bisbal, en uno de los cortos viajes que solía hacer de uno a otro punto de aquellos en que tenía acantonadas sus tropas, tentativa que bien podía ser asesinato; pero el fanatismo a estos excesos, y aun a mayores si cabe, lleva, y particularmente si se le agrega el deseo de tomar venganza. Por fortuna, locuras tales algo tenían, si no de baladronadas, de visiones, y nuestra mala idea ni a ser proyecto llegó, quedándose en desahogo de vana rabia.
Todo aparecía, pues, por entonces concluido. Así es que hube de pensar en hacer mi viaje al Brasil a servir allí mi empleo, mudando una traición en otra, porque traición era seguir sirviendo al Gobierno al cual había tratado de derribar.
Había, con todo, en mi propósito de irme al Brasil, algo de segunda intención, porque lo natural era, saliendo de Cádiz, pasar a Lisboa, donde casi de seguro encontraría barcos con destino a aquel país, parte entonces de la monarquía portuguesa, y aun residencia de su gobierno, y preferí trasladarme a Gibraltar, donde faltaban medios de hacer el viaje, aunque yo suponía que debía de haberlos. La verdad es que a Gibraltar me llevaba otro motivo. Allí sabía que había ido Istúriz con otros fugitivos, cortos en número, y casi todos ellos de poco influjo, y allí se decía que estaban Gutiérrez Acuña y Grasses, escapados con poca dificultad de su prisión en Jerez, donde tenían la casa por cárcel. Todo esto era a manera de un núcleo de conjuración renovada. A lo menos, así se lo figuraba el deseo, el cual, no obstante ser vivísimo en mí, no me llevaba, sin embargo, como suele suceder, a ser crédulo en demasía, pero tenía poder bastante para no dejar morir mis esperanzas.
El 22 de julio, día en que cumplía los treinta años de mi edad, y catorce días después de la catástrofe del Palmar, salí de Cádiz. Nadie me había molestado, y ningún peligro corría; otros en igual caso que yo vivían tranquilos, y así fue que tomé el pasaporte correspondiente como secretario de la legación en el Brasil, que iba a servir su empleo. Llegué a Gibraltar al cuarto día de mi partida; con tanta detención se caminaba, y aun todavía por allí con poca más prontitud se camina; siendo entonces forzoso ir a caballo desde la isla de León o San Fernando, cuando hoy hasta Medina Sidonia se va en ruedas por carretera bien construida. En Gibraltar, a mi arribo, encontré lo que parecía desengaño. Istúriz, en quien era común poner grandes esperanzas, como si él tuviese medios iguales a su deseo, los cuales era común suponerle en un grado excesivo, había marchado de Gibraltar a Lisboa, porque la autoridad superior de la fortaleza inglesa veía con poco gusto su estancia allí, recelosa de que tramase algo contra el gobierno español, aliado del de la Gran Bretaña. Pero estaban en la plaza Gutiérrez Acuña y Grasses, ambos y señaladamente el segundo muy amigos míos, y con ellos había algunos más a quienes el miedo o el figurarse con una importancia superior a la que tenían, habían llevado a buscar en la fuga una seguridad que igualmente habrían tenido estándose quietos, y estaba Moreno Guerra, que así nos servía de embarazo a veces, como de distracción a menudo, con sus singularidades. Todo ello nada prometía, y seguía yo resuelto a embarcarme.
Al llegar a Gibraltar me vi, como era de suponer, con el cónsul de España en aquella plaza. El que a la sazón servía aquel destino era un excelente caballero, que sin duda se portaba bien en el desempeño de su obligación salvo en un punto en que podía más su bondad que su celo o su perspicacia, el cual era el vigilar bien la conducta de los conjurados fugitivos allí congregados. A mí me trataba con cordialidad como a un diplomático que va de viaje. Si mi conducta en Gibraltar hubiese sido cauta, habría él merecido disculpa, pero me portaba yo con una imprudencia que excede los límites de lo creíble. Vivía con mis compañeros de conjuración como si lo fuese suyo de proscripción; con ellos paseaba; con ellos hablaba de los negocios pendientes sin el menor recato. Hasta hube de escribir allí un soneto atroz[59] contra el conde de La Bisbal, composición hija de un frenético espíritu de venganza, y mis amigos imprimieron el soneto en un papelillo, el cual circuló por la ciudad y fue transmitido a España, sin que locura tanta llamase particularmente la atención a mi persona.
[59] No quiero copiar este soneto, harto conocido. De él tuvo noticia el conde de La Bisbal, y después de restablecida la Constitución, procuró y logró entrar en trato, aunque no frecuente, amistoso conmigo, quejándoseme en una ocasión de que yo le había tratado mal por no conocer los motivos de su conducta. Sabido es que otra vez (en 1823) faltó el conde a la confianza que en él pusieron los constitucionales más ardorosos. Aunque yo entonces en Sevilla, en las Cortes, hablé con violencia suma contra él, hoy, sin disculparle, debo decir de su carácter lo que siento. Si el conde de La Bisbal cometió varios y gravísimos actos de falta a la fe jurada y a la obligación contraída, no tenía el carácter propio de un traidor, no obrando con premeditación ni doblez continuada. Era ligero como pocos hombres. Una hora después de haber pensado una cosa pensaba la contraria. Así obraba con sinceridad en sus mudanzas violentas.
Entretanto, recibíamos de la vecina Cádiz noticias que nos daban a creer que la desbaratada trama cuyos hilos habían sido solo en un punto cortados, estaba anudada de nuevo. Sin duda en ello había ponderación, pues mal podían hacer unos pocos individuos, de ellos ninguno de superior poder o influjo, lo que se había malogrado contando con un ejército, con un general, y con buena parte de lo más granado de la ciudad de Cádiz. Pero pensábamos y sentíamos como piensan y sienten, dominando el sentir al pensar, todos cuantos están empeñados en una obra de grande importancia y además de peligro, a que se agrega estar en destierro, circunstancia muy para tomada en cuenta, porque no hay ilusiones iguales a las de los desterrados. No lo era yo, en verdad, pero en cierto modo había llegado a serlo por mi voluntad, si bien, gracias a la incuria del Gobierno, podía todavía haberme trasladado en paz y sosiego a una situación decorosa y provechosa. Pero apenas pensaba ya en ello, renovado en Gibraltar el espíritu que poco antes me animaba en Cádiz. Lo que más nos ocupaba el ánimo era saber a punto fijo el estado de las cosas, más aún que en Cádiz, en el ejército acantonado en varios puntos de las provincias que hoy son de Cádiz y Sevilla. Al intento convenía enviar allí emisarios; pero estos nos hacían falta, y no era menor la que nos hacía el dinero, alma de toda empresa. Aun contaba yo con algunos recursos, bien que ya escasos, reliquias de un buen pasar heredado de mi padre, pero era poca cosa lo que podía destinar a gastos de la naturaleza de los que se presentaban como indispensables. No estaban más sobrados que yo los otros fugitivos, y Moreno Guerra, que presumía de acaudalado, y que real y verdaderamente tenía un mediano pasar, gustaba más de gastar palabras que dinero, no obstante ser su celo furibundo y haber en él sinceridad, aunque por las contradicciones propias del hombre su misma pasión se contenía si llegaba el caso de hacer sacrificios. Hicimos, pues, un cortísimo fondo, y solo quedó el discurrir cómo emplearle, esto es, qué emisarios habrían de salir de la plaza para el interior de España a ponernos en comunicación con la que juzgábamos conjuración ya en trabajos. No vino a ser muy dificultoso hallar algunos, pero sí lo era hallarlos buenos. Ya dejo dicho que al saberse la ocurrencia del Palmar, huyeron algunas personas de poca cuenta creyéndose comprometidos. De estas eran casi todas las de oficiales subalternos, de las sociedades fundadas en los regimientos, hombres de limitadas luces y ningún saber, y cuya fuga intempestiva los acreditaba de cautos más que de arrojados. Estos hombres no se hallaban bien en Gibraltar, pues se veían absolutamente faltos de recursos. Propúsoseles que se arrojasen a entrar en España: pusieron primero dificultades, en que unos tres o cuatro persistieron empeñados en irse a América a las tierras fuera del poder de nuestro Gobierno y enemigas, y otros al cabo se allanaron a hacer lo que de ellos se exigía, y socorridos con escasas sumas, penetraron con poca dificultad en España. Pero nosotros mismos conocíamos cuán poco podía esperarse de aquellos pobres individuos, los cuales, dicho sea de paso, y anticipádose a hablar de lo que después pasó, nada absolutamente hicieron más que vivir escondidos hasta la hora en que cinco meses después fue levantada la bandera de la rebelión constitucional para ser por tres años muy largos la dominante en nuestro suelo. Visto, pues, que se necesitaba gente más activa y entendida para, o soplar el medio avivado fuego que ardía en el ejército, o poner en comunicación con los conjurados de España los de Gibraltar, como si estos algo pudiesen ayudar a los primeros, me brindé yo loca y criminalmente a desempeñar comisión tan aventurada, lo cual por un lado me era fácil, pues no estando proscrito ni encausado, era dueño de ir y venir según mi antojo, hasta con el carácter de empleado, aunque fuerza es confesar que para ir a mi puesto daba extraños y multiplicados rodeos sin adelantar camino. Aceptado por mí el encargo, me preparé a volver a Cádiz, y para ello vi al cónsul pidiéndole me refrendase mi pasaporte a fin de que en otro punto me embarcase con destino a Río de Janeiro, pues de Gibraltar no salía, ni se esperaba saliese, barco para aquella región lejana. El buen cónsul, siempre cortés y cariñoso, así como descuidado, ni siquiera me habló de mi singular proceder durante mi estancia en la plaza inglesa, ni extrañó que me volviese al lugar de que había venido, ni hubo de hablar de mí en sus despachos. Así pude yo seguir con algún grado de seguridad mis maquinaciones, cuando con un mero aviso que habría producido mi prisión, sin duda alguna no habría caído el trono al empuje de la rebelión, o a lo menos no habría caído dentro de breve plazo.