Recuerdos de un anciano

Part 20

Chapter 203,949 wordsPublic domain

El primer punto donde me dirigí al salir de Gibraltar, fue a Algeciras. Allí nada pude hacer ni saber, por dos razones. Era la primera que los de la sociedad algecireña, tan animados dos años antes, a tal punto se habían amedrentado y dado al desmayo de resultas de lo ocurrido en el Palmar, que, lejos de auxiliarme, ni aun trato privado querían con mi persona, desmintiéndose ya en esta ocasión el afecto fraternal con que los conjurados se miraban. Bien es cierto que yo, petulante entonces, y engreído así como intolerante, no bien noté en ellos señales de tibieza, cuando los traté con muestras hasta de desprecio, de modo que al encontrarme con ellos ni siquiera los saludaba, perdonándome ellos de buena gana una grosería que les venía a cuento por libertarlos de amigo tan peligroso. Pero otra circunstancia me tenía en apartamiento e ignorancia de todo cuanto pasaba; circunstancia que pudo haber frustrado nuestra empresa, pero que, si no la favoreció en cierto modo, no le sirvió de grande obstáculo, dando a los pasos de los conjurados una dirección por la cual vinimos a alcanzar el triunfo. Al expirar julio habían aparecido en la ciudad de San Fernando varios casos de fiebre amarilla, azote que por aquellos años solía caer sobre Cádiz y otros puntos de Andalucía, si bien no había vuelto a descargar desde 1813. En breve se difundió el mal, primero en un barrio de aquel pueblo, y a poco en todo él, haciendo numerosas víctimas. Acudiose al medio de incomunicar el pueblo infestado, y se multiplicaron las precauciones, disponiéndose cordones sanitarios para mirar por la salud del ejército, tanto cuanto por la de las poblaciones cercanas. Al entrar septiembre no había prendido del todo el mal en la ciudad de Cádiz, por donde siempre había empezado en los años anteriores, pero algunos casos eran poco menos que seguro anuncio de que allí se propagaría. Entre tanto, los cordones impedían el paso de unos a otros puntos, y como no era el correo el conducto por donde podían comunicarse con seguridad los conjurados, Algeciras venía a ser un punto donde apenas se sabía lo que cerca pasaba. Resolví, pues, pasar a Cádiz, y lo hice algo entrado septiembre, yendo en un miserable barquichuelo cargado de carbón, con harta incomodidad, pero, en cambio, con alguna más seguridad, porque no llamaban la atención pasajeros de los que suelen ir en semejantes barcos. Fue corta y feliz la navegación, y antes de veinticuatro horas de hacerme a la mar en Algeciras, estaba ya en Cádiz. A mi llegada me encontré en situación de no poco apuro. Cádiz estaba ya infestada, había salido de allí la guarnición, dejando en la plaza solo un batallón, el de Soria; con el ejército se había ido la verdadera fuerza de la conjuración, si bien de ella quedaba algo en la ciudad, a la cual se había puesto en incomunicación absoluta con el continente vecino, imponiéndose pena de la vida a quien atravesase los cordones; exceso de rigor que en casos tales nunca pasa de amenaza. Me vi, pues, encerrado y como caído en un pozo, en cuanto a la dificultad de salir, pero no en punto a ahogarme, si bien mi estancia en la ciudad era ya, cuando no un delito, un fuerte motivo de sospechar de mi conducta. Era además claro que el encierro había de durar hasta entrado diciembre, pues la experiencia tenía acreditado que la maléfica enfermedad no paraba en sus estragos hasta los fines del otoño. Estaban, sin embargo, compensados tantos graves inconvenientes con noticias para mi situación y proyectos un tanto lisonjeras. La deshecha trama estaba anudada, y si le faltaba infinito de su fuerza antigua, en cambio había adquirido ventajas nuevas, porque si entraban en la nueva composición materiales al parecer muy inferiores, servían bien a su juego todos los que en ella entraban, y si no teníamos al frente un caudillo poderoso, tampoco nos veíamos en el caso de depender de la voluntad mudable de un personaje poco seguro. De los elementos antiguos quedaban muchos en la obra nueva, aunque todos ellos de los inferiores, o cuando más de los de segundo orden tres meses antes. Por último, había entrado en nuestras filas algún refuerzo, y tal y tan bueno, que contribuyó en gran manera a la terminación feliz del renovado plan, en la ocasión primera malogrado.

Dos personas, entre varias de escaso valer, constituían tan importante refuerzo. De ellas la una al cabo de nada vino a servir, pero sirvió durante mediano tiempo por la clase de concepto de que gozaba. La otra se dio a conocer por la vez primera, mostrando calidades tan singulares, que en obra como la que teníamos a nuestro cargo son de subidísimo precio. Los dos sujetos a que acabo de referirme eran don Domingo Antonio de la Vega, abogado, ya algo entrado en años, y don Juan Álvarez y Mendizábal, harto conocido de la generación presente. El primero estaba en Cádiz; el segundo había salido con el ejército, y andaba de uno en otro acantonamiento fuera de los cordones, dándole su encargo de contratista de provisiones, medios abundantes y eficaces para trabajar en el logro de nuestro propósito con más facilidad y sin hacerse notable. Cómo alcanzamos el triunfo que tan difícil parecía debe causar admiración y pasmo en quien lo ignore, siendo todo ello cargo gravísimo contra el Gobierno que se dejó derribar por tan flacas fuerzas, y sorprender por una conjuración llevada a efecto con tan poco recato.

III.

Don Domingo Antonio de la Vega, cuya entrada en el gremio de los conjurados he citado más arriba y ha poco, declarándola suceso importante, era un hombre singular, aunque antes y después de los días en que contribuyó más con su nombre que con sus hechos al levantamiento constitucional no fuese conocido sino en reducido recinto; pero allí donde llegaba la fama de su nombre, era esta a tal punto diversa, que a los ojos de uno apareció si no radiante, poco menos, y a los de otros cubierta de negra sombra. Al querer decidir hoy cuál de los dos conceptos en que era tenido merecía, sin temeridad puede afirmarse que ni el uno ni el otro. Estaba pobre, lo cual era, si no completa, a lo menos fuerte prueba de que no había carecido de limpieza en su conducta en punto a dineros, porque de talento para ganarle no carecía, y de gastador no había pecado. Hubo, pues, de consistir su desconcepto en que tenía mala condición, siendo por demás díscolo, maldiciente y descontentadizo, y dado a satisfacer su afición a ofender a las gentes por varias clases de medios. Y en cuanto a quienes tenían formado alto concepto de su merecimiento, se fundaban en su antiguo y conocido apego a la causa apellidada de la libertad, y más digna de ser llamada de la revolución, y además en su práctica añeja de las conjuraciones, por sospechársele, y no sin razón, que en muchas de ellas había padecido persecuciones y llevado penas, aunque no graves. Verdad era que ninguna conjuración de las varias en que había entrado había pasado de mero proyecto, ni aun llegado a principios de ejecución; pero con todo, a falta del acierto había conseguido ser celebrado por la perseverancia. De la sociedad secreta antigua de que era hija o rama la conjuración existente, era uno de los asociados más antiguos en España, y lo había sido en época en que la hermandad privaba más que entre los liberales de Cádiz, entre los afrancesados. Desde 1816 no había tenido entrada en la sociedad de forma nueva. Siendo él un tanto inquieto, había tratado, como suele decirse, de levantar altar contra altar, y hacia 1818 había formado en Cádiz una sociedad del rito antiguo sin enlace con las modernas. Por un descuido increíble, la casa donde este cuerpo débil y pobre se congregaba fue registrada por los agentes del Gobierno, pero a hora en que no había en ella reunión, hallándose solo en su interior el aparato que sirve para sus símbolos y rito. No tuvo consecuencia el descubrimiento, siendo el suceso en breve olvidado; y Vega continuó, si no del todo ignorante de la conjuración, extraño a ella en la época de sus altas esperanzas y de su terminación funesta por lo pronto, aunque no absoluta. Pero como no careciese de amigos entre los hermanos, comenzó en el vulgo de estos a correr con valimiento la idea de que había sido gravísimo error excluirle de toda participación en tal negocio, pues era posible y aun probable que su experiencia, constancia y resolución hubiesen dado a las cosas mayor impulso, mejor sesgo y más feliz remate que lo que habían venido a producir los últimos tristes sucesos. Este modo de pensar cundió entre muchos de la oficialidad; a la sazón, los principales conjurados, o dicho de otro modo, los únicos, con rara excepción, que no habían desistido de trabajar en la, aunque malograda, al parecer no enteramente perdida empresa. Los principales enemigos de Vega, decían, eran los personajes de Cádiz que con tanta flojedad y torpeza se habían portado: bueno era, pues, sustituir a gente, si no tímida, tibia, personas cuyo mérito consistía en la audacia. Estaba, pues Vega, afiliado en la sociedad conspiradora, de la cual era ya parte cuando llegué de vuelta de Gibraltar a Cádiz. Había yo tratado al objeto de esta parte de mi narración en Madrid en 1808, y después en Cádiz; nunca en relaciones intimas o frecuentes, pero teniéndole en alguna estima, y si no participaba de la desmedida opinión de su valor como elemento de conjuración que muchos le atribuían, le suponía alguno superior al suyo real y verdadero, sin contar con dos circunstancias, ambas poderosas para influir en mi conducta respecto a él, de las cuales era la una participar yo en algo del enojo general contra los anteriores directores de una obra sin duda fatalmente terminada, y en mi sentir seguida con falta de valor o de tino, y la segunda que un nombre cualquiera, si era para nosotros aumento de fuerza, debía ser aprovechado conservándole o aumentándole la que traía. Sirva todo esto de disculpa de haber hablado aquí tanto de hombre que antes y después figuró tan poco, lo cual le fue común con algunos más de quienes mayor parte tuvieron en el restablecimiento de la Constitución, mal pagados después por sus servicios hasta en punto a fama.

De Mendizábal es inútil hablar en punto a su carácter, harto conocido de los más de la generación presente. No sé cómo tuvo entrada en la sociedad y conjuración, durante mi estancia en Gibraltar, pero supe a mi vuelta a Cádiz que no bien entró cuando empezó a figurar en ella en primer término, por su prodigiosa audacia y actividad y lo vivo y travieso de su imaginación e inventiva; hombre sin par en horas de desorden para traer las cosas a feliz paradero por singulares caminos, aunque por desgracia propio para desordenar lo ya ordenado, cediendo a un deseo de bullir y de ocuparse y ponerlo todo en movimiento. Se dieron al trabajo suspendido las sociedades de los regimientos. De la junta superior nada quedaba, pero hubo de suplirse su falta de un modo que ignoro. No era ya hora de entretenerse en meros trabajos simbólicos, aunque tampoco quedaron estos descuidados, sirviendo de medios de traer individuos a la conjuración, pero él pensó desde luego en llevar a efecto el alzamiento. Mucho faltaba para ello, y una de las principales faltas era la de un general que le capitanease llevándose consigo la oficialidad no participante de la conjuración, y con ella a la tropa. Se contaba como con el auxilio más poderoso con la repugnancia a embarcarse, general en el ejército, en fuerza de la cual era probable y casi seguro que seguiría dócil y aun con celo a quien le asegurase no haría viaje tan desagradable. Pero no había un general a mano, ni aun a mediana distancia, con intención o con osadía de las necesarias para acometer tal y tanta empresa, pues si es cierto que en Sevilla residía a la sazón el general don Juan O’Donojú, sabedor de lo que se tramaba, hombre de talento e instrucción, de algún crédito, en los pasados tiempos ministro de la Guerra, con no corta fama entre los constitucionales por haber estado preso como sospechado de conspirador, y a quien recomendaba para los de sus ideas la circunstancia de pasar por cosa cierta, aunque no lo fuese, que había padecido tormento; este personaje, cauto, o por su natural o a consecuencia de lo que había padecido, conocía el proyecto, le fomentaba, pero con precaución bastante a libertarse de grave peligro, de modo que lejos de querer ser cabeza de una rebelión, ni parte ostensible quería tener en ella, aun cuando no solo desease sino que por ocultos manejos contribuyese a su triunfo.

En apuro tal, tuvo Mendizábal una idea como suya, de la cual después me habló repetidas veces. Pues tanta necesidad hay de un general (dijo), ¿por qué no ha de hacerse uno a gusto? Circule entre la tropa que viene uno, sin decir su nombre o dándosele supuesto; háblese mucho de ello ponderando su importancia y la del negocio que se le confía, y yo de pronto me presentaré en los cuarteles con cualquier uniforme y faja, con lo que, gritando quienes están en la trama «Viva el general» seguirán otros, daré yo órdenes, se conmoverá Cádiz, y en un instante queda efectuado el levantamiento. Acaso tal acto de osadía habría salido bien, siendo la disposición de la tropa, como acreditaron los sucesos, seguir a quien la venía a libertar del viaje a América, por lo cual no habría entrado en averiguaciones sobre la persona que venía a mandarla. Pero hubo de parecer loco el proyecto, aun en días de locuras, y se siguió buscando general, si no entre quienes lo eran, entre los inmediatos a serlo. Mandaba en la isla de León un cuerpo, cuyo nombre era el depósito, un don N. Omlin, no me acuerdo si coronel o brigadier, de origen o nacimiento extranjero, con crédito de buen oficial, de opiniones políticas hasta entonces no conocidas, y que, o no había tenido parte en la recién sofocada conjuración, o solo había tenido una muy corta, y a este se brindó no menos que con el cargo de general del ejército si era llevado a cabo bajo su mando el levantamiento, a lo que él se prestó en la apariencia gustoso. Pero entretanto crecían los estragos de la epidemia reinante en San Fernando, y ya iban extendiéndose a Cádiz, de lo cual resultó, como antes va dicho, salir y desparramarse un tanto el ejército por la Andalucía baja, quedar cerrada Cádiz, y suspenderse toda operación, soltándose, si no rompiéndose, los hilos de la ya reparada trama. Por los mismos días, acometido Omlin de la fiebre, murió al cuarto o quinto de haber caído en cama.

Todo esto pasó en días poco anteriores al de mi llegada a Cádiz. En este, como he dicho, nada vi posible sino hacer en aquella ciudad una estancia como de tres meses. Por no sé qué aprensión juzgué conveniente estar oculto, como si mi presencia allí hubiese de causar sospecha, y aun para mi persona peligro. Uno de los conjurados mis hermanos me ofreció como asilo su casa, y yo la acepté pasando a ser su incómodo y peligroso, y aun algo gravoso huésped. Era el sujeto que me hospedó un joven llamado don José María Montero, de un mediano pasar, propietario de una botica aunque no la servía, teniendo el título muy general en Cádiz de comerciante, de buenas luces, de corta instrucción, de apreciabilísimas calidades en punto a honradez y celo, entrado en la conjuración por la sociedad, aunque a ella poco llevaba, y que a su ardor en favor del proyecto que teníamos entre manos agregaba una amistad ardiente a mi persona, no obstante haber corto tiempo que estábamos en clase alguna de trato. Cupo a este joven tener una gran parte en el restablecimiento de la Constitución, a que también contribuyó con alguna suma no muy corta, atendiendo a no ser cuantioso su caudal, y le cupo asimismo la suerte que suele tocar a ciertos participantes en grandes empresas, que fue vivir muy ignorado después del triunfo, y habiendo venido muy a menos, tener que contentarse con un mediano empleo, que también perdió sin dar para ello motivo, siendo triste ejemplo que debía retraer, pero no retrae siempre, de mezclarse en negocios políticos a personas faltas de las altas dotes o de las malas calidades necesarias para guiar con acierto la nave de la propia fortuna por el mar borrascoso de las revoluciones.

Establecido yo en casa de Montero, nada tenía que hacer allí por algún tiempo sino estar en expectativa. No me presentaba en público, y solo salía de noche, y esto para pasar a casa de una persona de toda mi confianza, con la cual me unían relaciones más estrechas que lícitas. Sin embargo, el secreto de mi residencia en Cádiz lo era solo para algunas personas, de suerte que acaso habría valido más darme al público como detenido en mi viaje a Río de Janeiro. En mi encierro tuve el disgusto de que hubiese en la casa no menos que cuatro víctimas de la epidemia reinante, pero de sus estragos estaba yo seguro, por haberla pasado ya en un año de los anteriores. Apenas hallaba con qué entretener mi ocio, y así, cediendo a una imprudencia apenas creíble, hube de escribir versillos sobre negocios de Cádiz no políticos, pero que con la política se rozaban, y en los cuales aprovechaba yo la ocasión de decir algo, y aun mucho, contra el Gobierno, sucediendo, como era natural, que tan pobres y ligeras obrillas eran recogidas y copiadas, y circulaban con aprobación muy superior a su valor escasísimo, no sin declararse el nombre del autor y el lugar donde escribía.[60]

[60] Por aquel tiempo vino a Cádiz, comisionado por el Gobierno para estudiar la epidemia, un médico llamado Cavanellas, que dijo e hizo mil extravagancias. Llovieron pullas sobre su persona y yo tomé parte en ellas, pero vituperando, más que al doctor, al Gobierno que le enviaba, y pasando a vituperarle por algo más y de mayor gravedad que la comisión dada al Cavanellas.

Iba corriendo el tiempo; había entrado noviembre; la epidemia estaba extinguida en San Fernando, y apenas existía ya en Cádiz, y se hacía urgente adelantar los trabajos desigualísimos a nuestra empresa, y sin embargo tales que en breve dieron las resultas apetecidas. Risa daría a cualquiera considerar los elementos de que se componía la poco numerosa sociedad que dentro del recinto de Cádiz era lo restante de la conjuración todavía pertinaz en su propósito. Se reducía a dos abogados con pocos pleitos, y con menor nombre que aun el ya citado Vega, y don Sebastián Fernández Vallesa, de quien habré de hablar después con alguna extensión, el joven Montero en cuya casa he dicho que yo vivía, el teniente de navío que era de la real armada don Olegario de los Cuetos, a quien han visto los que hoy viven por pocos días ministro de Estado, y, por último, mi pobre persona. Teníamos del ejército noticias cortas y confusas, y lo mismo sucedía a los que con él estaban, pero unos y otros sabíamos que trabajaban nuestros amigos o cómplices en los puntos donde residían. Los del ejército contaban mucho con los de Cádiz, figurándose que allí estaban congregadas las mismas personas que antes componían la autoridad superior de la sociedad o de la conjuración, gentes a quienes reputaban de grande influjo, y particularmente de considerable riqueza, de la cual estaban prontos a sacrificar gran parte para el infeliz remate de la grande obra. Hacíase, pues, necesario ponernos en comunicación y no por cartas, y no menos indispensable nos era a los de Cádiz engañar a los de afuera, suponiéndonos con un poder de que carecíamos para darles aliento con la seguridad de que tenían un auxiliar poderoso. Mal medio, puede decirse, y para no buen fin, pero estas son confesiones y no apología. Me tocaba ser el conducto de comunicaciones tales, pues no para otra cosa me había venido de Gibraltar, y a mi fanatismo complacía, a punto de ensoberbecerme, el peligro que iba a correr, el cual no fue grande, pero podía haberlo sido, si no estuviesen dormidos el Gobierno de España y todos sus agentes.

Salí de Cádiz, pasé a San Fernando, y atrevesé el cordón, no obstante la pena capital impuesta a quien así hiciese, y no fue necesario para ello más que unos pocos reales dados al sargento de la guardia, que vio en mí un trajinante. Verdad es que un mes antes habría habido para ello bastante dificultad; pero la epidemia estaba concluida en San Fernando y concluyendo en la algo más lejana Cádiz, y con la falta de peligro de que se propagase, yendo a entrar el invierno, el cordón era mirado como una cosa impertinente. El primer lugar a que me encaminé fue la villa de Alcalá de los Gazules. Allí estaban algunos, bien que pocos, de los comandantes y oficiales presos en el Palmar, siendo de ellos el más notable don Antonio Quiroga, que tenía el grado de coronel. Este oficial en la noche anterior al suceso del 8 de julio, al recibir en el Puerto mi aviso, había opinado por hacer resistencia al conde. En el batallón titulado de Cataluña que mandaba era muy querido, y tal le tenía en punto a disposiciones relativas al alzamiento, que receloso de él el Gobierno, hubo de hacerle embarcar hacia fines de julio y de enviarle a la isla de Cuba. Estas circunstancias habían dado al preso coronel cierto grado de concepto, y si se le suponía ambicioso, cabalmente eran ambiciosos los que nos hacían falta. Pasé, pues, a verme con Quiroga, lo cual en otro tiempo y lugar habría sido peligroso y también difícil, porque estaba preso, y por no menos causa que una tentativa de rebelión, lo cual traía consigo un encierro con incomunicación rigurosa. Pero tales estaban las cosas, que los presos por aquella causa, incomunicados de derecho, lo pasaban de hecho no solo en comunicación, sino en libertad. Quiroga se paseaba por las calles de Alcalá de los Gazules a la luz del día, concurría a un juego de billar, jugaba, y con frecuencia solía asomarse a la puerta de la casa de juego, y con el taco en la mano veía pasar la guardia destinada a tener segura su persona y saludaba al oficial que llevaba orden de no consentir que saliese ni hablase a criatura alguna. Me contaron que un oficial,[61] no de la sociedad ni de la conjuración, un día había reclamado contra tal escándalo, y blasonado de que el día en que a él tocase la guardia de los presos, cumpliría con su obligación, haciendo a los demás sujetarse al imperio de la ley; pero pareció tan mal el anuncio de esta determinación, que cayendo sobre él todos sus compañeros, aunque no de hecho de palabra, le obligaron a retractarse de su propósito, de suerte que hubo de faltar a su deber lo mismo que los otros.

[61] A este oficial dejaron atrás en Alcalá sus compañeros al ponerse en movimiento ya levantados, creyéndole su contrario. Pero él, cuando se vio solo, se vino tras de su batallón, se presentó en San Fernando, se mostró quejoso de que no hubiesen contado con él, y siguió muy celoso en la causa constitucional.