Part 21
Yo, en Alcalá, tuve por habitación la prisión de mis cómplices, y dormí en el cuarto mismo de Quiroga, llevando allí adelante la conjuración ajeno de temor porque estaba en seguridad completa. En la misma villa recibí a un oficial en el gremio de la sociedad, con pocas formalidades, pero con algunas, siendo la sala de recepción una cueva pequeña en el cerro en que está edificada aquella población, y mi asiento un canto a medio pulir de mediano tamaño. Al mismo tiempo me presenté confiado, soberbio y aun misterioso para dar a entender que algo importante callaba, porque no convenía divulgarlo; mentí afirmando que trabajaba con nosotros en Cádiz gente de la mayor importancia en aquella población: conociendo cuán necesaria era tal mentira; notando el alto concepto en que era tenido Vega, por suponerle dueño de grandes dotes y secretos para llevar a feliz término las conjuraciones, abundé en el mismo sentido, y en suma, hallando en aquella gente, o dígase en la oficialidad allí residente, materia dispuesta para el logro de mis fines, fomenté su disposición hasta darles con una buena dosis de esperanza otra no menor de aliento. Pero saqué una ventaja más de mi corta estancia de dos días en aquel pueblo, que fue la de tener un general para la empresa, aunque nos hubiese de costar a mí y a mis socios el trabajo de darle tal dignidad, que aún no tenía. Desde las primeras palabras que hablé con Quiroga, descubrí en él deseo de ponerse al frente del levantamiento para llevarle a cabo, y deseo tal no era común, sino todo lo contrario, pues los más resueltos y firmes se mostraban prontos a seguir y no a acaudillar, influyendo en ellos una aprensión que no era miedo ciertamente, pero la cual los inutilizaba para llenar un lugar que era imposible dejar vacío. En suma, ningún general quería serlo del levantamiento, y ningún oficial, por muy determinado que estuviese a aventurar la vida y honra en la empresa, quería comenzar por el acto de usurpar un cargo alto de la milicia; y pues Quiroga quería, lo cual no era digno de vituperio, concediendo mirar nuestro proyecto como bueno y aun como noble, a Quiroga convenía y hasta era preciso dar el mando. Esto decidí en mi interior, y al salir de Alcalá me propuse dar pasos para ello, casi con seguridad de lograr mi intento, como le logré sin mucho trabajo.
Lo que tenía que hacer en Alcalá estaba concluido. Allí solo había visto un batallón o regimiento, y por consiguiente solo una sociedad, siendo lo que le daba importancia estar en aquel pueblo algunos de los en el nombre presos, pero lo principal de mi encargo era ponerme en comunicación con todas las sociedades del ejército, y a estas unas con otras, más que lo estaban, hasta ligarlas con fuerte lazo, dar al todo un recio impulso y tenerle preparado a recibir otro mayor y definitivo en la ya no lejana hora del alzamiento. Salido de Alcalá, pensé, pero no sin vacilar, en trasladarme a Arcos de la Frontera, donde estaba el cuartel general; lugar el más propio para trabajar con fruto, pero asimismo de no corto peligro, pues aun yendo, como iba, disfrazado, era fácil que de alguien fuese conocido, de lo cual podía seguirse mi prisión, y con ella nuevo y más completo malogramiento de nuestra empresa. Mientras, revolviendo yo en la mente estas varias consideraciones, caminaba al paso de mi mal caballo de alquiler, acompañado de un oficial, mi amigo y cómplice, y cuando, habiendo bajado de una serrezuela, atravesábamos un llano, por el cual corre el río Majaceite, al que dio fama no ha mucho un suceso de la guerra civil, y al tiempo en que poníamos la vista en Arcos, que asentada en un cerro vecino se presenta allí al viajero, divisamos una persona a caballo, viéndose ser la de un oficial seguido de su asistente, y como fuésemos acercándonos, descubrimos, él en mí y yo en él, las personas de dos amigos, agregándose a ello que él venía, si no en mi busca, poco menos. Era el con quien tropecé don N. Bustillos, oficial de artillería, sujeto digno de aprecio por mil títulos, aunque culpado del muy común delito de participante en la proyectada rebelión, y uno de los más activos entre los conjurados, sobre las cuales circunstancias tenía la de haber contraído conmigo amistad estrecha, aunque no antigua. El objeto de Bustillos era impedir que yo fuese a Arcos, acto que, según él sabía, lo sería de imprudencia temeraria. Convencido de lo que me decía Bustillos, pues ya me lo recelaba, determiné pasar a Bornos, y para ello hice noche en el camino en la casa de una viña, en despoblado, no causando extrañeza, porque con motivo de estar acantonado el ejército por aquella vecindad, transitaba por allí alguna gente. No me acuerdo por qué motivo mudé otra vez de propósito, resolviendo ir más allá, a un pueblo cuyo nombre es Villamartín, de corta nota aunque de alguna celebridad en los contornos por sus ferias. Allí había un batallón con su sociedad correspondiente, y esta de las más numerosas y celosas; allí, por supuesto, encontré amigo; allí me detuve, y desde aquel punto envié mi convocatoria a las sociedades vecinas, convocatoria que encabecé poniendo por título las más altas dignidades de la sociedad, de que estaba revestido. La convocatoria solo mandaba enviar diputados al lugar de mi residencia, y fue obedecida, acudiendo bastantes. El punto principal fue el nombramiento del general que había de ser, y yo por bajo de cuerda hice presentar como candidato a Quiroga, proposición que admiró a todos y pareció mal a no pocos, pero que, recomendada por mí cuando era consultado, en breve empezó a correr con favor, porque al cabo no se presentaba quien a mi candidato hiciese competencia. Convenidos en varios otros particulares de importancia, se retiraron a sus respectivos lugares de residencia los diputados, y yo me puse en camino de vuelta a Cádiz. Entrar en los pueblos me parecía que encerraba peligro sin tener ya objeto, y así busqué hospedaje en los campos. Al atravesar en mi viaje de vuelta la llanura regada por Majaceite, e ir a subir por la vecina serrezuela, comenzaba a cerrar la noche, que era la del 29 de noviembre, y no obstante nada tenía de oscura ni de fría. Pero aun así, necesario era encontrar cama y sustento, y al efecto se me presentaba delante un convento titulado del Valle, en tiempos no muy distantes algo celebrado por su hospedería. Aunque no era un convento lugar propio de residencia para un viajero de mis circunstancias, allí me dirigí, seguro de no correr peligro al hacerlo, y también de encontrar mediana comodidad, si ya no regalo. Pero al llamar a sus puertas y pedir asilo, logré entrar, no sin mostrar poca voluntad de acogerme, y me encontré con la mansión más desabrida que puede figurarse el hombre menos descontentadizo. De ello hago mención por ser esto retrato de los tiempos, o prueba de la mudanza ocurrida en España durante la guerra de la Independencia, y de lo imperfecto de la restauración que la siguió, a pesar de la intención de Fernando VII de reponer las cosas en el pie en que estaban en los días de su subida al trono. Aquel convento donde había habido algo de regalo, aunque tal vez grosero, estaba reducido a un grado de miseria apenas creíble. Le habitaban tres o cuatro frailes cuya estupidez ni por la de los rústicos del campo vecino podía ser excedida; tan ignorantes de todo cuanto cerca de ellos pasaba que no podía yo ser sospechado, porque carecían de toda idea en qué fundar sospecha. Pasada allí una noche, que en lo incómoda no había tenido igual, ni la he tenido después en el largo discurso de mi trabajada vida, al día siguiente, y aun temprano, llegué a Alcalá de los Gazules. Allí me recibió con gusto Quiroga; me detuve a comer, di a conocer a mi huésped que era probable fuese elegido general, con lo cual le dejé satisfecho, y proseguí mi viaje a Medina Sidonia, donde contaba pasar la noche. Era aquella ciudad la cuna de mi madre, y tenía yo en ella por parientes más o menos lejanos todas las personas principales que encierra: el alcalde, además, hombre instruido y aficionado a la literatura, era de nuestra sociedad y conjuración, y a esto se agregaba estar residiendo allí mi hijo único en compañía de una tía mía ya anciana, que había sido y siguió siendo largo tiempo para mí y para él segunda madre; pero esto no obstante, y a pesar también de que toda la gente granada de aquella ciudad era constitucional en sus ideas y deseos, la prudencia me dictaba no verlos ni aun darles noticia de que tan próximo a ellos estaba. Como mi llegada fue ya bien entrada una de las largas noches de aquella estación, hallé fuera de la población esperándome, por aviso que de ir yo allí tenían, varios oficiales del regimiento de la Corona. A ninguno de ellos conocía, y por lo mismo hube de ser tenido en más como personaje a quien daba alto valor su comisión misteriosa. Pasé allí la noche más dado a trabajos concernientes a nuestra empresa que al sueño, y después de uno breve monté a caballo antes de amanecer y me encaminé a San Fernando. Pero al llegar me esperaba una dificultad de mí no prevista, pues creía yo que el cordón sanitario por mí atravesado tan fácilmente cuando podía llevar conmigo un germen de enfermedad a países sanos no me opondría el menor tropiezo al querer penetrar de uno sano en otro en que solo mi persona podía correr peligro. Me engañaba, con todo, y así me lo dio a entender el hombre, mi compañero, que me había alquilado el caballo que montaba, ducho en aquellas cosas por ser su ocupación constante ir al cordón desde los lugares vecinos. «Mayor riguridad», me dijo, «hay para dejar entrar que para dejar salir, y hoy como nunca, porque manda la guardia un sargento muy malo que tiene dicho a los soldados que cuidado como dejan pasar a naide, que para eso les da el rey su paga». Poco menos que acorde con mi acompañante quedé yo en punto a calificar de _malo_ al sargento que tan bien cumplía con su obligación, porque me ponía en situación harto penosa. Por fortuna, me ocurrió una idea, fruto de mi lectura, lo cual, dicho sea de paso, prueba que el leer para mucho sirve, aunque abunden quienes lo crean cosa de poca utilidad verdadera en los casos comunes de la vida. Tenía, pues, yo noticia de que habiendo sido preso un fraile, en el reinado de Felipe V, por fundada sospecha de ser autor de unos papelillos satíricos que de cuando en cuando aparecían en palacio con el título de _El Duende_ (obrilla de fama en su tiempo, aunque de cortísimo mérito), como estuviese su prisión harto mal guardada, se acercó un día a la puerta con intento de escaparse, y, no encontrando para ello más obstáculo que el de la centinela que estaba paseándose, acechó el momento en que esta le volvía la espalda, salió, casi se cosió a ella, yéndole detrás, y cuando el soldado dio la vuelta y tomó la contraria en su paseo, él sin correr ni dar sospecha siguió en dirección opuesta como un fraile cualquiera que andaba por la calle. Había yo tenido por cuento esta relación; pero en mi apuro recurrí a hacer una cosa si no del todo igual, muy parecida, la cual me salió a medida de mi deseo. Estaba el puesto del cordón en la batería llamada del Portazgo, célebre límite que desde 1810 hasta 1812 había separado del gigante imperio francés a la entonces reducida España independiente. Tiene aquella batería, como todas, un glacis y lo llamado camino cubierto. Despedí yo desde afuera al caballo con el hombre cuyo era, y con mi maletilla, encargándole la entregase en Medina Sidonia, y me quedé sin señal alguna de caminante. Esperé a un momento en que el soldado que estaba de centinela se quedase solo, lo cual sucedió, si bien era de temer que no, pues convidaba a estar al sol la mañana, o dígase el medio día de uno de los bellos de principios de diciembre. Seguí medio agachado, y cuando vi a la centinela volverme la espalda, me dejé caer del glacis al camino cubierto; pero, en vez de retirarme, volví la cara al lugar de donde venía, y cruzados los brazos me eché de bruces sobre el borde del glasis mirando a adelante. Al volver el soldado me vio, y creyendo que había venido de adentro, y que en contravención a las órdenes me ponía en lugar donde era prohibido estar, me dio el grito común entre los militares de «Atrás, paisano». Como su _atrás_ para mí quería decir _adelante_, obedecí gustoso, y me encaminé a la vecina ciudad de San Fernando, sin que en mí reparase el terrible sargento. Una vez dentro de la población tenía en ella amigos, y de los que más podían valerme, porque la conjuración, previsora, se había asegurado de muchos empleados en el ramo de Correos, y el administrador de esta dependencia del Estado en San Fernando, o digamos la isla de León, era todo nuestro y muy celoso. De este modo, esperando a la noche, llegada que fue esta, vino la correspondencia de Madrid, que debía pasar a Cádiz, y en el carrillo que la llevaba, abriéndose para darle paso la Puerta de Tierra, entró en la ciudad de Cádiz bajo el amparo del Gobierno el que estaba trabajando en derribarle.
Volví a Cádiz y a mi antiguo hospedaje, a descansar algunos días mientras crecía fuera el incendio, no obra mía, pero por mí poderosamente avivado y soplado. Di cuenta de lo ocurrido a mis poco numerosos cómplices, que nada podían hacer por lo pronto más que esperar y buscar dinero para los primeros gastos del alzamiento, género entre nosotros escaso, y que teníamos pocos medios de sacar a quienes podían disponer de sumas de mediana cuantía.
En todo cuanto acaba aquí de referirse apenas va hecha mención de Mendizábal, de quien algo atrás se ha asegurado haber sido de los principales entre los agentes y fautores del levantamiento. La razón de omisión tan notable es que sus trabajos, si iban a la par con los nuestros y los míos, eran llevados adelante en otros lugares. En verdad, el estado presente de la conjuración en el ejército era poco menos que obra suya, pues de un cuerpo casi muerto había hecho uno vivo, robusto ya, y muy alentado; confirmando en su propósito a los fuertes, acalorando a los tibios, restituyendo los bríos a los desmayados, activando los trabajos de las sociedades, y estrechando las relaciones que a unas con otras unían; cosas para las cuales le hacían propio sus calidades naturales, y la situación en que se hallaba. En mi viaje al ejército no pude yo verme con él, oponiéndose a ello más de un obstáculo; pero si de nuestras visitas habrían resultado ventajas a la común empresa, no habrían dejado de nacer de ellas algunos y no leves inconvenientes. Mendizábal era dado a bullir más de lo necesario; con sus singularidades conducentes al logro de sus fines mezclaba rarezas inútiles, y era por demás indócil y aun dominante, y yo, entre otras faltas, tenía la que aun en cierto grado conservo de mal sufrido. Es por lo mismo probable que nos hubiésemos desavenido en cuanto al uso de muchos medios de los encaminados a alcanzar los fines en que estábamos acordes. Por otra parte, habría disminuido la importancia con que yo me presentaba, y la cual contribuía eficazmente a llevar adelante con más aliento el proyecto que teníamos entre manos, hallarme al lado con hombre a quien no podía engañar respecto a los recursos de que era yo dueño, recursos no solo pecuniarios, sino de otras varias clases. Bien estuvo, pues, que no nos viésemos entonces, como lo vino a estar que nos viésemos luego.
La cuestión de dinero era, como poco ha aquí he dicho, una de las que más nos daba que pensar, e iba haciéndose apremiante. Yo solo cortísimos picos podía dar; Montero, cuyo capital era escaso, dio veinte mil reales y un poco más, y Cuetos, simple oficial de marina en grado subalterno, pero que tenía alguno, bien que reducido crédito personal, usó de todo el suyo para tomar prestado hasta mil pesos fuertes. A personas pudientes de Cádiz no había que pensar en dirigirnos. En tanto, supimos que había vuelto a la ciudad Istúriz, persuadido con razones que parecían convincentes de que nada tenía que temer de la causa pendiente hecha a los militares, y solo a estos, después de la ocurrencia del 8 de julio. Sabedores de su llegada, pensamos en acudir a él conociendo su generosidad y suponiéndole riquezas que no poseía, así como no ignorantes de que el malogrado proyecto anterior le había sido harto costoso. Aunque, como antes aquí he dicho, no era todavía nuestra amistad estrecha, teníamos algún trato, y para él valía más que las de los otros asociados mi persona. Fui por esto yo diputado a verle y pedirle. La visita tenía que ser de día, y aunque yo solo de noche pisaba la calle, me arrojé a ella en la mañana del 25 de diciembre. Vivía Istúriz en el lugar de más concurrencia que hay en Cádiz (en la plaza de San Antonio), y el día festivo era de los en que más están fuera de su casa las gentes, lo cual hacía en la apariencia peligrosa para mí mi salida, aunque en verdad en el general descuido era el peligro que yo corría, si acaso alguno, muy corto. Me embocé en mi capa, me calé un gorro, me puse unos anteojos, y así mal encubierto llegué a la casa a que iba; pregunté por el amo, di mi nombre para ser recibido, y lo fui al instante con muestras de consideración y afecto. Pero al buen juicio de Istúriz, al cual se agregaba el escarmiento, pareció nuestro plan descabellado, porque no sin razón tenía en poco a los que en él entrábamos, menos a mí (según me dijo y probó en cierto modo), y no creía posible hiciésemos sin fuerza de clase alguna lo que no se había podido teniendo mucha, ni que se atreviesen a un acto de loco arrojo los que no habían sabido hacer una resistencia con visos de terminar en una victoria. Noté yo que en él influía el desabrimiento hijo del desengaño, y así se lo manifesté, a lo que dio por respuesta que yo estaba llevado por una imaginación acalorada con exceso, en razón de los mismos sacrificios que había hecho y estaba haciendo a una causa desesperada. Terminó nuestra disputa en decirme que por consideración personal a mí, me entregaría al momento mil duros, aunque los consideraba perdidos. Acepté la oferta, pero había una dificultad. No tenía Istúriz en casa oro, y no era día de buscarle, ni tampoco nuestro negocio consentía espera, no siendo por otra parte conveniente que me presentase yo en público, sobre todo en momentos que iban siendo muy críticos, pues no podía tardar arriba de muy pocos días el rompimiento. En caso tal, temerariamente cargué yo con el peso de más de dos arrobas y media que tiene una talega, y metiéndome esta debajo de mi capa salí de vuelta a mi asilo. A los pocos pasos conocí el desatino que había hecho. Siempre he sido de poquísimas fuerzas, y aun las muy grandes apenas bastan para llevar a pulso tanto peso, y así es que sentí írseme escurriendo el que llevaba, y faltarme poder para contenerle, viéndome además obligado a atender al embozo. En un momento me asaltaron consideraciones tristísimas y harto fundadas. Ver rodar por el suelo una suma crecida de dinero, saliendo de debajo de la capa de un hombre embozado, en un día de los más festivos, y en que no se hacen pagos, por fuerza habría de inducir a quienes tal cosa viesen a fortísimas sospechas de ser un ladrón el sujeto al cual pasaba tan raro lance. Habrían acudido mirones, y entre ellos gente dispuesta a recoger una u otra moneda de las caídas y desparramadas, y de resultas de ello era inevitable mi prisión hasta averiguar quién era yo, y por qué andaba con aquel dinero oculto. Pero si, hecha la averiguación, quedaba (solo por ser conocido mi carácter y no haber quien se quejase de haber sido robado) indemne yo de la nota y sospecha de ladrón, entraba otra cuestión no menos grave. ¿Qué hacía yo en Cádiz? ¿Por qué estaba escondido? ¿A qué llevaba tan crecida suma en día de Navidad y con tal recato, en vez de fiarla a un mozo de cordel? Y, agregando a esto las voces que corrían sobre haber conjuración, y si no pruebas legales, casi general convencimiento de haber yo tenido parte en la formada primero y luego desbaratada a medias por el conde de La Bisbal, ¿no se seguiría de mi prisión gravísimo peligro, más todavía al proyecto de levantamiento que a mi persona? Todo esto en menos tiempo que el en que lo escribo se me vino de tropel a la mente, aumentando con la congoja moral la corporal que me producía el peso que me iba rindiendo. Pero un grande apuro da fuerzas, y de ello tuve yo y di entonces una prueba, pues entrándome por una calle corta y poco transitada, me arrimé a una pared, sostuve mi embozo con los dientes, aproveché un punto algo saliente en el a modo de zócalo de una casa para en él apoyarme, respiré con fuerza, cobré con esto bríos, y capaz ya de andar por breve espacio sin soltar mi carga, apreté el paso aprovechando la feliz circunstancia de estar poco distante de la de Istúriz la casa que era mi residencia. Llegué por fin a ella, atravesé la puerta de la calle, en Cádiz por lo común abierta, llegué al segundo portón cerrado, así el cordón de la campanilla, la toqué con violencia, y hecho ya el último esfuerzo, vino la postración y hube de caer, si bien no enteramente de golpe, boca abajo, quedando cubierta con mi cuerpo la talega. Al recio campanillazo acudieron los de la casa, no sin susto, pues sabían estaba yo fuera, y las circunstancias eran para estar con recelo y temor por mí y por nosotros todos. Abierta la puerta, grité yo desde abajo con voz lastimera y como enfermiza, y corriendo mis amigos a darme favor aunque ignorando cuál era mi pena, al principio se quedaron admirados, y luego soltaron la risa, distinguiéndose entre ellos el viejo Vega, que se desternillaba. Cuenta de Napoleón el obispo de Pradt que le dijo repetidas veces, en una conversación en Varsovia, que lo sublime y lo ridículo distan un paso no más, copiando con alguna mudanza el Emperador lo que había dicho Voltaire de _el amor y la devoción_,[62] y prueba es de ello el lance que acabo de referir.
[62]
_Car de l’amour à la dévotion_ _il n’y a qu’un pas._
De la cual dice nuestro Arriaza en su linda sátira de la tragedia _Los Venecianos_,
Sin duda se diría por tal caso Que amor y devoción distan un paso.
No porque califique yo de sublime ni mi acción ni la empresa en que estaba empeñado, pues sería hasta profanación de la voz sublime aplicarla a tales objetos, pero al cabo grande era y grandísima vino a ser por sus resultas la importancia de un suceso tan de burlas, por lo cual no quiero omitir su relato donde aparece un testimonio más de cuán común es depender cosas graves de sucesos por demás pequeños.
Mientras esto pasaba, nuestras relaciones con el ejército iban siendo más frecuentes. Pero se había hecho necesario no dejar enfriar el calor producido por mi visita. No pareció conveniente que yo la repitiese, y fue en mi lugar Fernández Vallesa. Este sujeto, digno de aprecio por más de un título, pero poco o nada conocido, apareció con importancia superior a la que tenía, y desempeñó su encargo con sumo acierto, mezclando el valor con la prudencia. Era, en verdad, Vallesa persona de muy buenas prendas, aunque sin calidad alguna superior, no muy instruido, pero tampoco ignorante, a lo cual acompañaba un juicio claro, una gran serenidad de ánimo, y no común honradez; sujeto muy deslucido en persona y modos, defecto que a primera vista oscurecía sus dotes, las cuales se descubrían después de algún trato, y hombre a quien tocó hacer mucho en la conjuración y figurar poco después del triunfo, pero que, al cabo de su carrera, querido y también estimado, vino a ocupar un puesto alto y no de los superiores, colocándose así en el lugar correspodiente a su mérito, lugar que era de los elevados entre los de segunda clase.[63]
[63] Murió siendo magistrado del Tribunal Supremo de Guerra y Marina.