Part 22
Vallesa, una vez en el ejército, lo cual logró hacer con poca dificultad, porque de día en día iba allanándose más el paso por los cordones, anunció estar hecha la elección de general en el coronel Quiroga, el cual, sin embargo, seguía preso, si tal calificación podía darse a la situación en que estaba. Poco al parecer tenía que hacer este nuestro nuevo comisionado, pero con todo hizo mucho, porque la conjuración, como todas comúnmente comparadas al fuego, necesitaba como el fuego continuos soplos para mantenerse viva.
Había en medio de esto llegado el 26 de diciembre. No estaba señalado el día en que había de tener efecto el rompimiento, pero no podía ya perderse tiempo, y era necesario poner en obra lo propuesto y dentro de plazo muy breve. Estando así las cosas, se me presentó un sujeto de mí desconocido, que me traía, de parte de Mendizábal, un encargo, diciéndome que sin demora pasase a verle en Jerez, para lo cual me traía el mensajero medio fácil y seguro de atravesar el cordón. Cauto yo, como convenía a las circunstancias, con arte procuré averiguar si el mensajero era nuestro aliado o cómplice, y pronto hube de conocer que no lo era, sino que, al contrario, ignoraba qué clase de negocio tenía yo en trato con nuestro común amigo, y creía que era sobre cosa de compra y venta, todo ello relativo al ramo de provisiones. Acomodé al saber esto mi lenguaje a lo que de mí debía pensar el que iba a ser en mi nuevo corto viaje mi compañero. En medio del día tuve que salir por medio de Cádiz, donde era tan conocido, embozado y tapándome, pero de manera que no diese tampoco sospechas por mi empeño en encubrirme a la persona que iba conmigo. No pude conseguir esto último, pues como él me dijo después, receló que yo tenía alguna causa por la cual me recataba con exceso. El hombre, sin embargo, no era de temer, porque a la política atendía poco, y si algo, era allá constitucional a su modo, como buen gaditano. Así es que nos embarcamos sin tropiezo para el Puerto, de la cual población salimos sin perder tiempo para Jerez, donde nos encontramos Mendizábal y yo, siendo de notar que no le había yo visto desde que había entrado en nuestra sociedad y nuestro proyecto.
Ya en aquella hora, una conjuración sin verdadera cabeza, sin recursos, o poco menos, tenía una fuerza formidable. Con todo eso, aún podría el Gobierno haberla atajado, como pudo fácilmente después del levantamiento haberla sujetado; pero dio con su conducta sobrado motivo para que los más amantes de las doctrinas que profesaba y de las cuales era defensor, se viesen forzados a darlo, aunque de mala gana, y por otras causas, la calificación de malo que le daban sus enemigos y se le da en esta narración prolija. Sirva de disculpa de esta prolijidad que ella misma, en sus menudencias, manifiesta con lo flaco de los medios empleados para derribar aquel poder, hasta qué punto había en él venido a menos la fuerza que tenía en 1814.
IV.
Al llegar a Jerez y verme con Mendizábal, encontré a este lleno de su importancia, y no sin razón, ufano del éxito de sus trabajos, tan feliz, según nuestro deseo, que era ya fácil y llano, a punto de contarlo como seguro lo que tres meses antes habría parecido un delirio. Por desgracia, o diciéndolo con propiedad, para mortificación de nuestra impaciencia, teníamos al principio un testigo de nuestra conversación en mi acompañante, quien, al vernos hablar de negocios de compra y venta, con ingenuidad manifestó que había recelado otra cosa de mí, porque a la salida de Cádiz tenía para él trazas de persona muy sospechosa, y tal vez implicada en un suceso político de aquellos días al cual aludió,[64] pero sin darnos susto, porque no era el de harta más gravedad que teníamos entre manos.
[64] Por aquellos días fue comunicada una Real orden supuesta, mandando poner en pie y entrar en servicio activo las milicias provinciales. De dónde salió, y cuál fin llevaba tal fraude, no creo que se haya sabido, pues de los conjurados no fue ni podía ser, porque en las milicias más contrarios teníamos que amigos. Lo cierto es que el Gobierno se indignó, y en la _Gaceta_ expresó su indignación en nuevas y verdaderas Reales órdenes, mandando averiguar el origen de un hecho en que veía un peligro. De esto se habló mucho; no entre nosotros, atentos a mayor cuidado. Mi acompañante, más enterado de ello que de nuestro negocio, me dijo, pues, que al figurarse que yo me tapaba mucho, receló si sería de los implicados en la causa mandada formar sobre el asunto de las milicias provinciales.
Un negocio o solo un deseo de distracción llevó a este que nos era importuno, y dejándonos a solas uno con otro a los dos agentes de conjuración, supe de Mendizábal que me llamaba para que juntos pasásemos a las Cabezas de San Juan, donde habían de darse sus disposiciones finales para el levantamiento casi inmediato, porque allí estaba uno de los que en él habían de hacerlo principal, nombrándome a la tal persona, hasta allí de mí no conocida. Era esta la del primer comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, de allí a poco de tan alto renombre, por algunos años después de controvertida fama, al cabo de suerte por extremo lastimosa. Del carácter del tal personaje deben dar el mejor testimonio sus hechos, pero estos son conocidos imperfectamente, habiéndolos abultado, sacado de quicio, y desfigurado en contrarios sentidos pasiones furiosas o locas, unas de amor y otras de odio. Un motivo poderoso me sirve de impedimento para hacer su retrato, y es que lo trágico de su fin y el extremo de barbarie con que fue tratado por sus enemigos vencedores deben hacer en alto grado respetable su memoria, mientras por el lado opuesto la verdad histórica, que no admite falsedades, ni aun abona el silencio cuando es justa y necesaria la censura, exigiría, al hacer mención de sus buenas prendas, señalar igualmente las faltas enormes que las compensaban y deslustraban, y que tan fatales fueron a la patria, causa y persona del que sobre todo era desigual por demás al puesto a que por breve plazo le encumbró la fortuna. Riego tenía parte en la conjuración medio sofocada en el Palmar, siendo de la sociedad secreta, pero tenía en ella tan pobre papel, que solo era conocido de sus amigos. Tuvo la mala suerte de haber ido en el séquito militar del conde de La Bisbal en la noche del 7 al 8 de julio, desde Cádiz al Puerto, a ejecutar la prisión de los comandantes, pero, lleno del celo de la causa común, y conociendo la intención del general desde el momento en que se puso en marcha, había tratado en el camino de dar aviso a sus cómplices y de excitar a la resistencia. O por no ser sabido tal proceder, o por otra causa ignorada, lejos de participar de la desgracia de los que cayeron presos en aquel lance, había sucedido a dos de ellos (los hermanos San Miguel) en el mando del batallón de Asturias; pero lo ignorado o desatendido por unos, era recordado y aprobado por otros, de lo cual había nacido contarse mucho con Riego entre los continuadores de la poco antes malograda empresa. Yo ni de vista le conocía; pero Mendizábal me hizo de él grandes elogios, porque en la trama renovada y reforzada en el ejército había tenido y tenía muy principal parte. Esto supe en Jerez, y esto oí de nuevo en el camino que emprendimos Mendizábal y yo, sin compañeros, en la noche del 26 al 27 de diciembre. Habiendo llegado al amanecer a las Cabezas, villa pequeña, villa cuya existencia y nombre sabían pocos, excepto en los lugares comarcanos, pero de extendida fama después, y que será recordada siempre, ya para bien, ya para mal, en la historia de España, entramos en el pueblo, fuimos al alojamiento de Riego, y yo fui presentado a él, quien desde luego me recibió como amigo, a uso de aquellos días de sinceridad en nuestro entusiasmo, y se empezó al momento a trabajar en los pormenores del plan del levantamiento. Tres habían de ser los movimientos principales. El batallón de Asturias, saliendo de las Cabezas en la noche del 31 de diciembre (después se pospuso a la del 11 de enero de 1820), había de irse sobre Arcos, donde estaba el cuartel general, y juntándose en las inmediaciones de aquella población con el batallón de Sevilla, que había de acudir al mismo punto desde su acantonamiento en Villamartín, y con algún otro, juntos caer sobre la residencia del general del ejército, prenderle con todos cuantos a él siguiesen adictos, y proclamar lo que llamábamos la libertad, y por general a Quiroga. Al mismo tiempo este, sacado de su prisión en Alcalá por el batallón de España, allí acuartelado, y puesto a su frente, había de ir sobre Medina Sidonia, donde le esperaba y se le reuniría el batallón de la Corona, y ambos juntos, marchando en la larga noche de invierno, debían con la primera alborada estar sobre la batería del Portazgo y puente de Suazo, donde, aprovechando el general completo descuido, lo cual, como acreditó la experiencia, no era prometerse mucho, entrar sin resistencia y por sorpresa en la isla gaditana, y dueños ya de ella los levantados, creían seguro serlo de Cádiz, guarnecida por el batallón de Soria, muy nuestro, aunque no lo era su primer comandante, y cuyo vecindario, liberal ardoroso, recibiría con aplauso a los que debía considerar como libertadores de la patria, sujeta al yugo del despotismo. Por último, tercer movimiento hecho un poco más en lo interior, y empezado por la artillería, cuyo comandante, el coronel don Miguel López de Baños, era contado entre los más firmes y ardientes de nuestra sociedad y empresa, agregándose el batallón de Canarias y algunos más, había de marchar a la costa, donde el ejército antes expedicionario, y ya destinado a muy otro fin, había de presentarse junto. De este plan solo una parte tuvo efecto, y muchas tropas de las que con harta razón suponíamos amigas, en fuerza de las circunstancias, vinieron a sernos contrarias, no obstante lo cual, en el término de poco más de dos meses fue nuestra y completa la victoria.
Estando ocupados en estos trabajos, se presentó en las Cabezas, llamado por Riego, el comandante de un batallón acantonado, no me acuerdo si en Trebujena o en Constantina, de la sociedad también, y de la conjuración por consiguiente, pero hombre tibio e irresoluto. Enterósele de lo quede tocaba hacer en la obra común, lo cual era ponerse en marcha sobre Cádiz, juntándose, si le era posible, con Riego. Allanose a ello sin poner objeción alguna, y como si hubiese aún algo en qué convenir, después de estar conformes en lo principal, fue preguntado por Riego si necesitaba todavía alguna cosa, a lo que él respondió con gran flema y no menor asombro de nuestra parte, que solo pedía una orden del general (no del nombrado por nosotros, sino del que lo era por el Rey), para ponerse en movimiento. Ridiculizó Riego, como era de suponer, la idea de pedir una orden del general para rebelarse contra el Gobierno y contra su misma persona, pero el bueno del comandante repuso: «¿Pero y yo, si no sale bien el movimiento, con qué me cubro?». «¿Y con qué me cubro yo atacando el cuartel general?», exclamó arrebatado y replicándole Riego. No hizo mella tal consideración en el ánimo de su compañero, del cual visto estaba que poco o nada era de esperar, pues trataba de cubrirse, y así fue que se marchó con apariencias de ir disgustado, y que no tomó parte en el movimiento verificado de allí a cinco días. Pero hizo otra cosa más singular, y es que Riego, habiéndole parecido tan ridícula pretensión la de su compañero, apelase después al arbitrio de que se burló e indignó;[65] acción por largo tiempo ignorada aun de mí, y descubierta por el mismo que la hizo en una de sus frecuentes indiscreciones.
[65] Cuando regía la Constitución, y estaba Riego en el punto más alto de su fama e influjo o poder, como estuviésemos un día, estando él presente, hablando del pormenor de los sucesos de nuestra conjuración, cité yo, como idea singular por lo ridícula, la del buen comandante que necesitaba una orden supuesta del general para sublevarse, y la alentada y oportuna respuesta del que era llamado Héroe de las Cabezas, cuando, con sorpresa mía, este dijo: «_Pues yo hice escribir una orden como la de que se trata, para mí, y estaba tan bien imitada la letra de la oficina y la firma del general_ (el conde de Calderón), _que puestas al lado las órdenes verdaderas y la supuesta, no se distinguía la una de las otras_». Como había entre nosotros personas, si no enemigas, tales que podían hablar de este acto, hicimos ruido y procuramos que apenas se entendiese lo que algo menguaba la clara fama de Riego. Lo más raro de todo ello, es que habiendo él publicado la Constitución de 1812, separándose del plan del alzamiento, no se atina cómo pudo pretender cubrirse con una orden para ponerse en marcha.
Pasose en claro la noche del 27 al 28, como había yo pasado la anterior caminando, pero no sentíamos la falta de sueño. Arregladas las cosas en las Cabezas, salí para Jerez de vuelta a Cádiz, y me separé de Mendizábal. En las pocas horas que pasé en Jerez, escribí para Quiroga la proclama que había de dar en la hora del levantamiento, y que solo fue publicada en San Fernando al tercero o cuarto día de estar allí, siendo ya inoportuna. Marchó a Alcalá a llevarla don Vicente Bertrán de Lis y Rives, amigo muy querido mío, cuya muerte temprana, aunque no ocurrida en la primera juventud, es una de las que lamento entre las muchas que está destinado a llorar aquel a quien concede el cielo el dudoso favor de una vida larga.
Tenía prisa de llegar a Cádiz, y lo hice sin tropiezo o gran dificultad, aunque estaba el cordón subsistente como para prueba de que había una ley o disposición del Gobierno, de que nadie hacía caso. A favor de mis relaciones con el correo, desde el Puerto fui en el carro que llevaba las valijas, juntamente con el conductor, que solo vio en mí un recomendado, y así penetré en la ciudad a la acostumbrada hora de la noche. Encontré a la gente un tanto inquieta con una novedad, y era que en la noche anterior había sido preso Istúriz y llevado al castillo de San Sebastián, donde estaba encerrado e incomunicado. Seguía, pues, la causa de los complicados en la conjuración, y con algún aumento de actividad, pues ya eran presos paisanos como cómplices de los militares; pero seguía con tan poco tino que dejaba libres a los que a la sazón amenazaban al Gobierno con peligro tan inmediato como grave. Aun mi prisión acaso, que mes y medio antes habría desbaratado de nuevo la trama, ya no habría alcanzado a impedir el alzamiento, pero a lo menos habría sido ponerse en el rastro verdadero, cuando con prender entonces a Istúriz se seguía uno que no llevaba objeto a la sazón importante.
Así es que la prisión de Istúriz nos dio pena, pero susto no, y aun la primera fue poca, por creernos seguros de libertarle dentro de tres o cuatro días. No eran más los que faltaban para el gran suceso esperado. Los pasamos en ansiosa expectativa, si llenos de esperanza, no ajenos de temor, y este, puede afirmarse sin jactancia, no por nuestras personas, sino por la causa a que con empeño tal nos habíamos dado. Llegó, por fin, el 1.º de enero y pasó, y ninguna noticia tuvimos; pasó el día siguiente y continuó la misma incertidumbre, hasta llegar la noche y cerrarse las puertas. Aunque estas habían de abrirse para el correo, ya apenas contaba yo con recibir por él noticias, y tan subidas cuanto habían sido mis esperanzas, tanto era mi desaliento, o debo decir mi desesperación, figurándome, si no una desgracia como la del Palmar, pues de ella, si la hubiese habido, habría tenido noticia el gobernador de Cádiz y sería pública, un amilanamiento al tiempo de obrar, u otra cosa parecida, que causando nuevas dilaciones iba a malograrlo todo, pues la dilación encerraba entonces segura ruina. Entre furioso y triste, siguiendo mi costumbre de salir de noche, me fui al lugar donde solía estarme hasta la hora de recogerme. Pero no habría estado allí una hora, cuando llamaron con recio campanillazo a la puerta, y acudiendo a ver quién era, preguntó por mí un sujeto desconocido. Bien podía infundir temor la pregunta, y el hecho de buscarme allí donde poquísimos sabían que podría hallárseme; pero era hora de aventurarlo todo, y así me presenté resuelto al que deseaba verme. No le conocí, pues en mi vida le había visto, pero me hizo las señales por donde nos dábamos a conocer unos a otros, a lo que siguió decirme lo siguiente: «Acabo de entrar en Cádiz en el carro del correo. Vallesa ha llegado a la isla esta tarde de vuelta del ejército: el gran golpe está dado:[66] el cuartel general ha sido sorprendido ayer antes de amanecer con feliz fortuna y ninguna resistencia: el general del ejército está preso con otros muchos: Quiroga libre, y dueño del mando, viene marchando sobre el Puente de Suazo, donde llegará al amanecer, siendo fácil, a punto de darse por seguro, que en el descuido que hay entrará en San Fernando, sorprendiendo antes la guardia avanzada del Portazgo, sin que se note siquiera».
[66] No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido, ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un hombre solo.
El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día, siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego, viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo, se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.
Grandes noticias eran estas, y tales que equivalían al triunfo completo de nuestra causa; de suerte, que hasta en mí, siempre más inclinado a creer y mirar posible lo adverso que lo favorable, produjeron el efecto de infundirme, juntamente con loca alegría por lo presente, las más lisonjeras esperanzas para lo futuro.
El gran golpe estaba dado, y si aún quedaba por hacer una cosa, al parecer nada fácil, que era la entrada en la isla gaditana, atendido el estado de las cosas, lo miraba yo como cosa hecha. En esto último acerté, pues, como referiré de aquí a poco, fue entrado y ganado por nosotros lo que había sido diez años antes baluarte de la España independiente y límite del gigante imperio de Napoleón, sin resistencia y hasta sin conocimiento de los que dentro estaban, a pesar de lo cual, y de algún otro suceso feliz, montes de dificultades se nos pusieron delante, a punto de poner muy a pique de ser trágicos fines los que habían sido tan afortunados principios.
Volviendo a mi persona, cuando recibí las para mí tan faustas nuevas, corrí a verme con mis amigos y cómplices, a fin de prepararlo todo para abrir las puertas de Cádiz a los levantados. Parecía la cosa fácil una vez en San Fernando los nuestros. Guarnecía a Cádiz con muy escasa fuerza el batallón de Soria, en el cual teníamos cómplices numerosos, si bien no lo era el primer comandante; pero este más trazas tenía de sernos amigo que contrario, como lo probó al fin, aunque tarde; y de los gaditanos esperábanos con plena seguridad, si no otro auxilio, el de su arrebatado aplauso, que no deja de servir, y aun bastante, en señaladas ocasiones.
Pero luchábamos con un inconveniente, el cual era lo corto del poder o influjo de las cinco o seis personas únicas que en Cádiz estábamos en el secreto de lo que pasaba, y aquí se nos presentó un obstáculo en don Domingo Antonio de la Vega, quien, sin contar con que se nos mostró tímido, como de él no se esperaba, obró guiado por consideraciones de interés privado, harto disculpables en sus circunstancias, pero funestas para nuestra empresa, pues habiendo él tomado tanta parte en los trabajos y peligros, no quería que fuese de otros el provecho ni la gloria, y sabía que, levantaba la población de Cádiz, daría el mando por elección a los que nada habían hecho en la empresa nueva, cuando, entrando el ejército, tocara un alto puesto al que en la nueva conjuración le ocupaba muy principal, y en el concepto de los vencedores era tenido en mucho. Que no calumnio a Vega al decir de él que tales motivos le guiaban en el 3 de enero de 1820, me consta de sus propias declaraciones, pues más de una vez en el aquí recién citado día, me expresó lo que yo de él no supongo, sino refiero, procurando hacer uno con su interés el mío. Pero me olvido de que pensando en lo posterior, aunque inmediato, he pasado por alto varias circunstancias de la mañana del mismo 3 de enero.