Part 23
Bien era de suponer que dormiría yo poco en la noche anterior. Así es que el alba me encontró despierto, suponiendo que en aquella hora o éramos dueños de la importante posición de la isla de León o San Fernando, o habíamos tenido un revés inesperado que reduciría a nada la victoria en el cuartel general recién conseguida. Pasaron horas, y ninguna noticia me llegaba. Inquieto nuevamente por demás, envié una persona a la Puerta de Tierra a que viese si venía gente de la Isla, como viene todos los días a Cádiz en no corto número, y de los que viniesen averiguase lo que allí había pasado o pasaba. Fue mi comisionado y volvió con noticias que, por ser tan ordinarias y triviales, si no me causaron dolor, aumentaron mis angustiosas dudas. Habían llegado de la isla de León calesines salidos de aquel pueblo ya entrado el día, y como fuesen preguntados los caleseros qué había de nuevo en el punto de que venían, respondieron que nada. Terrible era la respuesta, por ser al parecer prueba evidente de que se le había a Quiroga malogrado el golpe. No perdí tiempo en despachar una persona de mi confianza a la isla de León, y me puse a esperar las tres o cuatro horas que debía tardar la respuesta. No hube de estar por tan largo tiempo en mi casi congojosa espera, pues a poco más de una hora de su salida, mi comisionado me escribió desde poco más de la mitad del camino que Quiroga y los suyos eran ya dueños de la Isla, y que había hablado con una corta partida o avanzada de sus tropas, que, vencida ya más de la cuarta parte del camino que separa aquella población de la de Cádiz, estaba en el lugar a que da nombre un torreón antiguo llamado Torregorda. Nueva alegría fue esta tras de nuevas congojas, y esta vez parecía todo concluido, aunque vino a distar mucho de estarlo. He aquí lo que había pasado con particularidades que calla o ignora la historia; menudencias quizás, pero tales que explican nuestro increíble triunfo.
Por mucha prisa que se hubiese dado Quiroga en su marcha, no había podido hacerla con la prontitud necesaria para el fin propuesto. En primer lugar, no se había movido en el día 1.º al mismo tiempo que Riego, lo cual se le achacaba a grave culpa, pero no lo fue, porque si se hubiese movido, habría habido de detenerse en el camino, atajándole el paso dos ríos que, estando como estaba lloviendo con violencia, y siendo como torrentes, hasta dos o tres horas después de escampar, no podían ser vadeados. En segundo lugar, puesto ya en marcha, encontró muy malo de resultas de las lluvias el camino. También al llegar a Medina Sidonia, si allí se le reunió el batallón de la Corona, lo hizo, aunque sin asomo de resistencia, con alguna tardanza. Esta, aunque no grande, trajo pérdida de tiempo, y lo mojado y cenagoso del terreno hicieron trabajoso el paso de las cuatro leguas que hay de Medina-Sidonia al puente de Suazo. Ello es que, en vez de llegar a avistar este punto antes de amanecer, o con luz dudosa, se vio cercano a la batería del Portazgo entre las nueve y diez de la mañana de un claro día; mala hora para sorpresas.
Hubieron de titubear todos cuantos allí venían sobre acometer una empresa a que todo el poder de Napoleón no había bastado, pero hubieron también de reflexionar que ningún lugar es fuerte si no está defendido. Hízose, pues, la prueba de si lo estaba. Dos compañías del regimiento de la Corona se adelantaron hasta la batería del Portazgo. Había en esta una corta guardia mandada por un oficial subalterno, ignorante de lo que pasaba, pues aún lo estaban las autoridades de Cádiz de haber sido sorprendido el cuartel general treinta horas antes a cinco o seis leguas de distancia. Viendo el oficial del puesto llegar tropa, la juzgó amiga, no suponiendo que pudiese haberla contraria en España, entonces en paz, y saludando al que mandaba a los recién llegados como compañero, le pidió que le entregase el pasaporte o carta de sanidad u otro documento que debía traer consigo. En tanto, formados como venían los de la Corona, hicieron alto delante del cuerpo de guardia, mientras los que este lugar ocupaban, ajenos de recelo, no tomaron las armas, dejándolas asimismo afuera en el lugar acostumbrado. Al fingir ir a dar el pasaporte el que mandaba a los en aquel caso agresores, hizo a los suyos una seña, a la cual, obedientes ellos, se arrojaron de golpe al soldado que estaba de centinela, le desarmaron, no consintiéndole resistir el asombro; cogieron como a manojo las armas y las tiraron a tierra, y apuntando al oficial y a los suyos que, sin armas, salían a echar mano a las suyas, curiosos más todavía que irritados de tan imprevisto suceso, les intimaron que se entregasen prisioneros, lo cual hicieron ellos sin resistir y sin saber por qué eran así tratados. Todo esto pasó en completo silencio. Quedaba aún el Puente de Suazo, de más fama que fuerza, entonces, pues da su nombre a los lugares vecinos, y si es formidable y dificilísimo de expugnar, aun en la guerra de la Independencia había quedado de segunda línea, y en 1820 ni guarnecido estaba. Salió encargado de tomarle o de ocuparle, o solo de pasar por él, un capitán de granaderos de la Corona, llamado don Miguel de Bádenas, joven de singular humor festivo, atronado, muy conocido en la buena sociedad de Madrid, donde eran citadas sus rarezas. No conocía Bádenas el lugar a que iba, pues nunca había estado en él, por lo cual fue yerro darle el encargo que llevaba, si bien fue yerro que no tuvo malas consecuencias. Atravesó Bádenas con los suyos a todo correr el espacio como de un cuarto de legua o algo más, que separa el Portazgo del Puente; llegó a este último sin saber dónde estaba; vio baterías a sus costados y un puente levadizo al frente, sin gente las primeras, y el segundo con el paso expedito; siguió adelante, mirándole desde las baterías uno u otro soldado sin conmoverse o mostrar extrañeza; se puso al otro extremo del largo puente, y ya frente de las primeras casas de la población de San Fernando, y enterado allí, con asombro suyo, de que dejaba ya atrás el fuerte puesto, cuyo nombre había sonado en sus oídos, loco de alegría, y apelando a sus singularidades, se echó en tierra, se revolcó por ella, pidió papel, y con lápiz puso en el que le trajeron _Soy dueño del Puente de Suazo_, y firmó tan raro parte con la palabra _Netez_, voz derivada del adjetivo _neto_ que él usaba con frecuencia, soliendo designarse por ella a sí propio. Así fue entrada por pocos hombres la isla gaditana.
En el pueblo de San Fernando nadie sabía lo que estaba sucediendo, menos los conjurados, y aun estos apenas, porque habiendo salido al amanecer a recibir a sus amigos, con no verlos venir, cansados de esperar, recelosos y desesperados, se habían vuelto a sus casas. Un incidente más señaló tan singular suceso, como para poner en relieve la inercia o incuria de las autoridades que allí había. Estaba en aquella población, que es el primer departamento de marina, no menor personaje que el ministro, o dígase el secretario de Estado y del despacho del ramo, que era entonces el teniente general don Baltasar Hidalgo de Cisneros, buen oficial, pero no político avisado. Residía allí, por breve tiempo, aunque conservando su alto puesto e importante cargo por orden del Rey, a fin de que activase la salida de la expedición dedicada a reconquistar una parte de nuestras perdidas provincias ultramarinas. Estaba el buen ministro o trabajando o descansando en su morada, en plena paz, y en su entender seguridad completa, cuando ya la bandera de la insurrección, que pronto fue la constitucional de 1812, pasaba triunfante las desiertas calles. Sabedores los constitucionales de la presencia allí de tal personaje, no tardaron en dar orden de asegurarse de su persona. De hacerlo fue encargado un oficial con pocos soldados. Tenía el ministro en su casa una guardia de infantería de marina, la cual, viendo formarse enfrente tropa de tierra, no hizo alto en ello, y antes dio franca entrada al oficial de ejército que manifestó deseos de ver al general ministro. Este último, asimismo se mostró pronto a recibir la visita que se le anunciaba; pero como, con sorpresa suya, el recién entrado a su presencia le intimase que se diese a prisión, el honrado y candoroso anciano, aunque no ignorante por experiencia propia de lo que son las revoluciones, pues diez años antes había sido en la de Buenos Aires, donde era virrey, depuesto y preso, ajeno de toda sospecha de ver en la España europea cosa igual o parecida, juzgó que procedía del Rey el duro injusto proceder que con él se usaba, y exclamó: «que bien veía que S. M. había sido sorprendido, pues él había hecho de su parte todo lo posible para que la expedición saliese». Pero como, continuando la conversación, pasase él a averiguar por qué conducto venía la orden de prenderle, y le fuese respondido que la disposición era del general del ejército nacional; asombrado al oír tal adjetivo, comprendió su significado, y se vio llevar a decoroso encierro, no volviendo en sí de su asombro de que se hubiese apoderado de la isla de León fuerza armada sin sentirlo ni el vecindario ni las autoridades militares de lugar de tanta importancia. No sin razón va aquí citada esta ocurrencia, porque esclarece la situación en que tuvo efecto, y explica, como lo que más, el éxito de una conjuración, solo por culpa del Gobierno favorecida por la fortuna.
Mientras esto sucedía en la isla de León, en Cádiz, recibido ya el aviso de estar cercana parte de nuestras tropas, sin que supiésemos en cuánta fuerza, nos preparábamos a recibirla. Al intento juntamos gente, de ella la mayor parte de la peor clase posible, y le dimos por punto de reunión la Puerta de Tierra. Pero aquí empezaron las dificultades. Guiado Vega por los motivos que antes aquí dejo dichos, y además, faltándole arrojo por haberle quitado los años el que tenía; como había sabido que hora y media antes estaban algunos de los de Quiroga en Torregorda, los suponía, no sin razón, en la Cortadura, y por estar este puesto avanzado indefenso, dueños de ella, que es decir casi a las puertas de la plaza. Por esto prefería en su entender lo cierto y seguro a lo dudoso y arriesgado, y también se veía ya puesto por los vencedores sus cómplices a la cabeza de una junta. En tanto, furioso yo con su vacilación y dilaciones, quería arrojarme a la calle, pero me lo estorbaba diciéndome que con mi salida intempestiva podía echar a perder lo que había salido o iba tan a medida de nuestro deseo. Es de contar que ya recibíamos avisos de que las autoridades de Cádiz, sabedoras, aunque tarde, de lo que pasaba, estaban en movimiento y apercibiéndose a la defensa, pero nos daba esto poco miedo. Faltaba a Cádiz gobernador; el que hacía sus veces, el teniente de rey don N. González Valdés, había sido castigado en 1814 por constitucional, pecado no común en el ejército, y de él juzgábamos que si no se nos declaraba amigo no se nos mostraría acérrimo contrario. Verdad es que estaba en Cádiz el general Campana, pero en él ni pensábamos, siendo hombre que, con razón o sin ella, gozaba de escaso concepto en la milicia. En el batallón que guarnecía la plaza veíamos un apéndice de la parte del ejército levantado. Solo quedaba en Cádiz el regimiento de la Pava, o sea milicia urbana del tiempo antiguo, tal que ni sirvió en la guerra de la Independencia, sustituyéndole los voluntarios. Pero ¡rareza de las que suelen suceder en el mundo! Contra toda probabilidad habíamos logrado levantar el ejército, y traer parte de él hasta dentro de la isla gaditana, y con todas las probabilidades en favor nuestro, no fuimos dueños de la, aunque fuerte, indefensa ciudad de Cádiz, cuyo vecindario nos era afecto, y con no lograr su posesión, nuestra empresa, bien comenzada, estuvo cerca de terminar trágicamente y en nuestra ruina.
Volviendo a mi situación y la de mis allegados, continuaba yo mi altercado con Vega, insistiendo en hacer algo, cuando él, con el tono enfático siempre suyo y el medio bramido que precedía en su boca a sus frases: «Calle usted, Antonio», me dijo, «y no dude de que no hay que temer; que si hubiese gobierno en España, meses ha que estaría usted siete estados debajo de tierra». Triunfó al fin Vega, ayudado de otros, aunque solo por lo pronto, creyendo todos de cuarto en cuarto de hora saber que los de Quiroga estaban en la Puerta de Tierra, o cuando menos en la Cortadura.
En esto, el día brevísimo, como de los primeros de enero, iba a terminar, y yo, esperando a Vega que se había ido a su casa para volver o aguardando noticias, y entre ellas la de la llegada de los de Quiroga, me consumía de rabia, hasta que me eché a la calle. Pero no encontraba conocidos a quienes preguntar, y solo veía la gente inquieta y notaba movimiento. Vega, creyendo errado el golpe, se había escondido. La gente nuestra que estaba apostada en la Puerta de Tierra, no viendo venir tropa de afuera, y sin moverse la de adentro, se había ido dispersando. Acudí al cuartel del regimiento de Soria, y el segundo comandante, mi amigo y cómplice, me declaró que no era posible por entonces que su tropa se declarase por nuestra causa. No sabiendo qué hacer, lleno de dolor y de rabia, corrí a la casa donde solía pasar las primeras horas de la noche, y allí me estuve sin pensar en volver a la de mi asilo, de donde se había retirado su propio dueño no creyendo aquella estancia segura.
Seguía la ciudad en silencio, cuando a altas horas de la noche, que yo no había tratado de dar al sueño, sonaron dos o tres cañonazos. De nuevo volví a salir, pero no tenía a dónde ir ni a quién preguntar. Al cabo llegué a saber de un desconocido, en la calle, que el fuego que había sonado había sido en la Cortadura. Pero reinaba donde quiera silencio, dormía el pueblo, o velaba recogido cada cual en su casa, y todo declaraba que, si había habido choque, los que venían de fuera habían sido rechazados. Era mortal mi angustia, porque a la incertidumbre se agregaba un tanto de reconvención que me hacía a mí propio por haber cedido en el día anterior a ajena voluntad en vez de hacer la mía, y además consideraba culpados a todos cuantos desde Cádiz habíamos traído allí a los levantados, prometiéndoles fácil entrada en aquella plaza, sin cuya posesión corrían grave peligro.
Estos pensamientos me hicieron pasar segunda noche desvelada, pero harto peor que la anterior, en que la inquietud estaba acompañada de alegría. Con el nuevo día vine a saber lo ocurrido en la noche, lo cual fue, según testimonios venidos después a confirmar o rectificar las primeras noticias, lo siguiente.
Quiroga había perdido muchas horas en la Isla, atento a varios cuidados y no ligeros. Pero debía haber desatendido cualquiera otra consideración, poniendo la suya principalmente en ocupar desde luego a Cádiz, o cuando menos la Cortadura, pues esta dista solo como una legua de Torregorda, donde ya habían llegado algunos de sus soldados al mediodía, y con haber adelantado en la tarde una corta fuerza hasta aquella obra avanzada, a la sazón sin defensa alguna, nuestra habría sido la plaza de Cádiz, o en la misma noche, o al día siguiente. Difirió, con todo, hasta cerca del oscurecer la marcha de la fuerza destinada a tan importante objeto, la cual hubo de andar su camino entre las tinieblas de la noche. A yerro tal agregó otro para los suyos no menos funesto. Aunque tenía a su lado el comandante que había sido del batallón de Aragón, don Lorenzo García, llamado el _fraile_ por haberlo sido lego antes de ser militar, y el cual era persona de no común arrojo, y con la circunstancia de ser hombre de los dichos «_de vida airada_», que en Cádiz, donde él había residido, pasan la vida en comilonas, en los ventorrillos que hay en el camino a San Fernando, y aunque el mismo García solicitó del nuevo general, muy su amigo, la dirección de una expedición a que llevaba él la ventaja de conocer aquel terreno a palmos, fue encomendada la empresa al primer comandante de la Corona don N. Rodríguez Vera, buen oficial, pero para quien los lugares donde iba a obrar eran absolutamente desconocidos. Así es que en su marcha nocturna, ya casi cerca de media noche, se encontró Vera al frente, como gigante que le atajaba el paso, la alta muralla de la Cortadura corriendo de mar a mar, y al acercársele, oyó dentro gran rumor de armas, llamar a la pelea en voces terribles, y en medio de esto salieron de las troneras dos disparos de cañones de grueso calibre, la bala de uno de los cuales acertó a caer en la poco numerosa columna de su mando, matando a dos e hiriendo a algunos más de los que la componían. Fue, por cierto, rara casualidad que de dos tiros solos, salidos de batería no rasante, sino al revés, muy elevada, una bala de cañón fuese tan certera. Mayor casualidad fue que en una tropa declarada en rebelión al Gobierno, y persuadida de que venía a consultar amigos, tal recibimiento, acompañado de tal estrago, no hubiese infundido sospechas de traición y producido un contralevantamiento, pero la tropa se mantuvo fiel, y el que la mandaba, desesperando de poder tomar tanta fortaleza con el corto poder de que disponía, hubo de volverse a San Fernando. Desde entonces la Cortadura, en poder de las tropas fieles al rey, fue valladar insuperable para las fuerzas de Quiroga y Riego, y aseguró al Gobierno la posesión de Cádiz por más de dos meses; de suerte que, solo después de haber jurado Fernando VII la Constitución, lograron los restauradores de esta poner el pie en lo que debía haber sido una de sus primeras conquistas.
He aquí lo que había sido la inesperada y feliz resistencia de la Cortadura. Al saberse confusamente lo ocurrido en Arcos, donde había caído prisionero el general del ejército expedicionario, y con alguna más claridad que habían entrado en la isla de León tropas de los levantados, las autoridades de la plaza de Cádiz trataron de defenderla. El teniente de rey acudió al general Campana, el cual tomó el mando con cualquier título. No tenían mucha fuerza, y de la poca que tenían desconfiaban; pero nadie se movía ni alzaba la voz, y era fácil obrar cuando nadie se presentaba a oponerse, reinando en la ciudad quietud y silencio. En esto, un joven animoso tomó a su cargo la defensa de la Cortadura. Era el de quien aquí ahora hablo el capitán de infantería don Luis Fernández de Córdoba, tan famoso después en los anales de España, entonces de pocos años y ningún renombre, no obstante lo ilustre de su familia. Tenía yo relaciones de parentesco con Córdoba y alguna amistad, y bien podría, si hubiese yo andado libre por Cádiz, haber tratado de atraerle a nuestro partido, y es probable que lo hubiese hecho, y aun que lo hubiese conseguido, porque no tenía él opiniones políticas formadas, y de su carácter podía presumirse que le sedujesen el atractivo de lo llamado libertad, y una empresa que abría a su actividad un camino ancho, y, según la opinión de muchos en aquellos días, glorioso. Pero Córdoba solo supo que había una rebelión o sedición militar, y que faltaban fuerzas para hacerle resistencia, si bien no tanto que algo no pudiese hacerse, y esto poco cubriría de gloria a quien con brío lo acometiese, mayormente si, favoreciéndole la fortuna, salía airoso de su empeño. Marchó, pues, a la Cortadura con poquísima gente de la milicia urbana y algunos artilleros; llegó allí, por su buena suerte y nuestra desdicha y la tardanza de Quiroga, como una hora antes que los que venían a ocupar aquel puesto se presentasen; al sentirlos venir dio voces, armó alboroto, tocó tambores aparentando tener consigo gran fuerza, mandó hacer disparos con tanta felicidad que, de dos cañonazos, uno hizo estrago en sus enemigos, y con su osadía y habilidad, cuando ya pocos, si acaso algún más disparo podía hacer, vio retirarse a los que venían a apoderarse del punto de cuya defensa se había encargado, labrando con este hecho la fábrica de su fortuna, que después tuvo su mayor aumento en una causa, si no idéntica, análoga a la de que él había sido ardoroso contrario, y todo ello no con una deserción vergonzosa, sino al revés, sin mengua de su decoro. Pero fuerza es confesar que le favoreció la suerte, pues si Rodríguez Vera hubiese conocido el lugar donde estaba, lejos de retroceder, habría seguido por la playa, al abrigo ya de los fuegos de la fortaleza, y rodeando esta la habría entrado por la gola casi indefensa, pudiendo Córdoba y los suyos solo morir con gloria, pero no rechazar a los agresores.
Con esto quedó por lo pronto seguro Cádiz por la causa del Rey. Una tentativa hecha de allí a dos días, en la noche del 5, a que asistí yo en persona y que tenía mil probabilidades de salirnos favorable, por haberse entrometido en ella más de una persona y dado disposiciones que se contradecían, vino a parar solo en proporcionar la fuga de varios de los presos en el castillo de San Sebastián, que pasaron al ejército ya constitucional, y fueron allí de tanto servicio y provecho que sin ellos no habría triunfado; pero no sirvió de darnos la posesión de Cádiz, que sin duda habría sido nuestra si se hubiese seguido el plan primero en vez de alterarle con inoportunas adiciones, como hicieron algunos en la hora de ejecutarle. Aunque en lo singular no es este lance menos digno de atención que otros aquí referidos, pues al revés, abunda en escenas que juntamente provocan a risa y pena, me abstengo de contarle por menor ahora, por haber dejado correr la pluma harto más de lo debido en estas narraciones prolijas. Baste decir que de resultas salió orden de prenderme, y que, después de estar siete días oculto, salí de Cádiz no sin peligro, favoreciéndome para atravesar la Puerta de Mar la casualidad apenas vista en aquellos alrededores de estar nevando, y que pasado a un buque francés disfrazado de marinero, entre otros de la misma nación, me fui al Trocadero, y de allí pude escapar a Puerto Real, donde encontré a Riego con algunas tropas de las suyas. Ya en el ejército de San Fernando, referir lo que allí pasaba y pasó sale fuera de los límites de esta parte de mis recuerdos.
Réstame solo hacer leve mención de lo que todos saben. Nuestra empresa, gracias a la torpeza del Gobierno llevada a ejecución con felices comienzos, por nuestros yerros, y asimismo por causas que no pudimos remediar, llegó a tener tan mal aspecto al cabo de dos meses de floja guerra civil, que nuestra perdición parecía segura; pero el mismo torpe proceder que dejó pasar a ser rebelión una conjuración mezquina, dio al cabo la victoria a una rebelión de flaquísima fuerza cuando estaba, si no vencida, poco menos. Tres años y medio hubo de durar el edificio que levantamos con tan malos materiales; pero la falta de solidez apareció al cabo: tal cual fue levantado, cayó derribado a no muy recio embate. De él algo quedó, sin embargo, malo y bueno, y de lo uno y de lo otro está sintiendo los efectos la generación presente.
X.
EL 10 DE MARZO DE CÁDIZ.
Ya más de una vez ha dado a notar quien esto escribe cuán olvidada está la generación presente de lo que hicieron y pensaron sus padres. Parece como que la parte más moderna de nuestra historia, o digamos la que está más atrás del periodo en que, muerto Fernando VII, comenzó la guerra por la sucesión a la corona de España, es una de las más desconocidas. Verdad es que la breve época desde 1820 hasta 1823 tiene poco que la recomiende, habiendo sido su terminación no solo funesta, sino ignominiosa para los que entonces predominaron, y no, cierto, porque todos ellos fuesen dignos de desprecio, sino porque, traídos por los sucesos a una situación de que era imposible no salir mal, si no merecieron el descrédito en que cayó la revolución de que fueron defensores, y con ella hasta cierto punto sus personas, tampoco pudieron, ni pueden con razón, extrañar la a veces injusta y acre censura que ha sido común hacer de sus hechos y sus nombres.