Recuerdos de un anciano

Part 24

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Pero no es lo malo que se tache, si a veces con justicia, a veces sin ella y en todo caso con rigor, por lo excesivo no merecido, a los constitucionales de 1823, pues peor es, si cabe, y atendiendo a que duele más a los humanos ser despreciados que ser maltratados; que de las cosas de aquellos días solo queden memorias escasas y confusas. De seguro no faltarán quienes al leer el encabezamiento del artículo presente pregunten: ¿Y qué ocurrió en Cádiz el 10 de marzo que merezca ser conmemorado? ¿Y de qué año fue el 10 de marzo, cuya recordación da margen a no menos que un artículo de periódico del día presente?

Sin embargo, este 10 de marzo hoy conservado en pocas memorias, como que casi ha desaparecido la generación cuyos ánimos tanto ocupó, era citado con frecuencia desde 1820 a 1823, siendo uno de los asuntos que daban motivo a encarnizadas disputas y vehementes declamaciones y apasionados juicios, en los cuales, tomando la fundada acusación carácter de odio y venganza, y apareciendo espíritu de bandería, perdía mucho de su fuerza, mientras por el lado opuesto, defensas hijas de parcialidad política, tiraban a convertir en acto loable, o cuando menos disculpable, un delito que debía ser calificado de tal, juzgándole por sus méritos y fuese cual fuese la causa en cuyo favor se declarase, y diese su fallo definitivo la fortuna. Y así fue que, vuelto en 1823 al mando y predominio el partido de la monarquía, fue celebrado y recompensado como buen servicio hecho al trono un atentado que toda autoridad debería haber desaprobado, aun cuando por motivos dignos de consideración no castigase a los perpetradores y directores.

Empezaba a correr marzo de 1820, y se veía España en una situación de que da la historia pocos ejemplos. Sobre cuatro mil hombres no cabales dueños de la ciudad de San Fernando tenían allí levantada la bandera de la Constitución de 1812, y el Rey, señor de todas las fuerzas de la monarquía, en el término de más de dos meses no había podido vencer una rebelión de tan flacas fuerzas. Una columna procedente de aquel punto, y que apenas ascendió en la hora de su salida a dos mil hombres, había recorrido buena parte de la Andalucía Baja, proclamando en varias de sus poblaciones la Constitución, y perseguida por las tropas reales, alcanzada y vencida, pero no desbaratada, en Marbella, haciéndose después de este revés señora de la ciudad de Málaga, rechazando allí a los contrarios que vinieron a embestirle, y obligada a emprender la fuga después de su triunfo, había padecido segunda y mayor derrota en Morón, lo cual no impidió que sus fugitivas reliquias ocupasen por algunas horas a Córdoba. En tanto, los que habían quedado en San Fernando se veían cercados por fuerzas muy superiores a las suyas en puesto harto mal defendido, pues dueños de Cádiz sus contrarios, así como lo eran de la tierra de allende el Puente de Suazo y la batería del Portazgo, fácilmente podían por el lado nombrado en primer lugar haber superado los pobres obstáculos que les ofrecía la espaciosa playa. Que tan flaco poder como era el de los rebeldes existiese aún, y hasta con apariencias de fuerte, era ciertamente un prodigio, pero prodigio que podía y debía ser explicado por la situación de España por aquellos días. Los constitucionales, aunque en número muy escaso, tenían la ventaja de estar en perfecto concierto, unidos con el lazo de la sociedad secreta, si no todos ellos, los que gozaban de algún influjo, y hasta el ser pocos les daba vigor, porque es privilegio de una minoría reducida tener una fuerza que es grande por estar reconcentrada. Además tenían parciales en el ejército que con habilidad y osadía habían adquirido extraordinaria influencia sobre sus compañeros e inferiores. Si la mayor parte de los españoles era realista, lo era tímida y confusamente, sin pasión todavía, porque no tenía que chocar y luchar con pasiones contrarias, poco satisfecha del Gobierno, del cual juzgaba por los efectos que era malo, y de resultas, si no deseosa de verle caído, tampoco dispuesta a sostenerle contra una fuerza contraria. Así, los constitucionales levantados, donde quiera que ponían el pie y levantaban el grito, si no encontraban amigos y valedores, tampoco tenían que habérselas con enemigos, y, hasta viéndose rodeados de espectadores cuya indiferencia parecía buena voluntad, cobraban bríos suponiéndose o figurándose tener un tanto numerosos parciales.

Si tal era la disposición de los ánimos en lo general de la nación, y si por ello, y particularmente por el estado de la opinión en una parte crecida de la oficialidad del ejército, la causa de los levantados dueños de la ciudad de San Fernando no podía darse por perdida, resta considerar cómo pensaban y sentían en aquellas horas quienes componían las dos fuerzas beligerantes, dando este nombre solo a los que en Andalucía sustentaban las opuestas partes de la revolución y de la monarquía.

En el ejército destinado a Ultramar reinaba entre la tropa, corriendo 1819, grande repugnancia a embarcarse. Esta repugnancia de los soldados fue aprovechada por los conspiradores, los cuales, fomentándola y avivándola, predispusieron los ánimos de gente ruda en quienes no podía haber opiniones políticas en favor del levantamiento. En punto a la oficialidad, ha sido calumnia corriente atribuir a toda ella que obraba movida por tan feo motivo, pero en punto a que influía en una parte de ella, quizá la menor, apenas cabe duda. A unos pocos oficiales instruidos habían llevado a la empresa doctrinas de las llamadas liberales, bien estudiadas; a muchos, deseos de medrar; a otros un espíritu inquieto. La sociedad secreta había comprometido a no pocos, que habían pasado a ser constitucionales porque habían empezado por ser sectarios. Así, en general, y aun puede decirse con rarísima excepción, si acaso alguna, todavía en marzo las tropas acantonadas en San Fernando bajo la bandera constitucional se mantenían firmes y hasta ardorosas en su adhesión a la causa que habían abrazado.

No había sucedido lo mismo en la columna volante, de la cual habían desertado algunos oficiales y muchos soldados a la bandera Real. Pero esto era sabido de pocos en San Fernando, los cuales lo ocultaban a punto de conseguir que estuviese casi generalmente ignorado, no fuese que el ejemplo incitase a la imitación, cosa en aquellas circunstancias harto probable.

Pero lo que apenas sabían ni los constitucionales ni los mismos oficiales superiores que militaban en las filas de los Reales, era que, particularmente en las tropas que formaban la guarnición de Cádiz, había llegado a crearse un espíritu, si no anticonstitucional, hostil a los constitucionales, que iba llegando a ser entusiasmo. Por cierto, si esto hubiese sido conocido, habría causado en la parte opuesta desmayo, y en la propia bríos, con lo cual la expugnación de San Fernando y la ruina completa del levantamiento constitucional habría sido cosa fácil.

Varias causas habían contribuido a convertir en celosos y acalorados parciales de la causa monárquica a los mismos que poco antes por la aversión a embarcarse abrazaron o favorecían la de los levantados. Fue una desgracia que, al ser sorprendido por Riego en Arcos el cuartel general del ejército, sin haber verdadera refriega, hubiesen caído muertos dos o tres soldados del batallón de Guías del general, y aunque luego este mismo cuerpo se puso bajo la bandera constitucional, desde luego dio muestras de obrar como forzado y resentido, pudiendo estas cosas al parecer de inferior importancia más que otras de muy superior clase en los ánimos de la soldadesca. Así, los guías se fueron desertando casi todos, y viniéndose a Cádiz se formó de ellos un cuerpo con su nombre antiguo. De otros desertores de la bandera constitucional, y no del batallón de _Guías_, fue compuesto en la misma plaza de Cádiz otro batallón con el nombre de Leales de Fernando VII, y con llamarse así, y con la idea constante en su mente de la deserción, se sentían poseídos de afectos de ardorosa lealtad al monarca. Hasta la circunstancia de ser el vecindario de Cádiz, con rarísimas excepciones, apasionado amigo de la Constitución en aquel pueblo nacida, contribuyó a excitar en el soldado pensamientos y afectos contrarios, porque el no encubierto desvío de los paisanos a los que miraban como opresores aumentó la mala voluntad o desprecio con que suelen mirarlos y tratarlos los militares.

Todo esto, bien será repetirlo, no estaba patente. Así, en la oficialidad de la fuerza opuesta a la constitucional abundaban parciales de estos, irresolutos tanto cuanto ignorantes del modo de pensar y sentir de la clase llamada de tropa.

Tal era la situación de las cosas, y bien podía ser considerado el ejército de San Fernando como perdido, cuando comenzaron a circular por Cádiz rumores que daban por noticia haber sido proclamada la Constitución en puntos de España bastante lejanos. De Galicia llegó casi a saberse con certeza. De otros lugares se decía con menos verdad, pero se presumía con sobrado fundamento que así fuese. En tanto, faltó el correo de Madrid, porque el conde de La Bisbal, puesto al frente de una corta fuerza, había proclamado la Constitución en la Mancha cortando la comunicación entre la capital y Andalucía, lo cual hizo creer desde luego como cierto lo que en breve llegó a serlo, y era haber triunfado la causa del levantamiento constitucional en el mismo centro del Gobierno, compeliendo al Rey a doblar la cerviz y sujetarse al yugo.

Mandaba el ejército opuesto a los levantados constitucionales el general Freire, y la escuadra surta en la bahía de Cádiz el capitán general de marina don Juan María Villavicencio; el primero bien acreditado en la guerra de la Independencia por distinguidos servicios, y en 1814 sospechado de cierta inclinación a la Constitución entonces derribada; el segundo, persona muy notable por haber sido hasta uno de los regentes del reino desde 1812 a 1813, así como por su larga carrera, y también por su talento y saber, nada afecto a la causa constitucional, de lo cual había dado pruebas, pero tolerante con sus adversarios. Como puede presumirse, aparecía el primero más celoso de la causa que sustentaba, por lo mismo que podía ser sospechado de tibio, mientras el segundo, señalado por sus no lejanos grandes servicios al poder monárquico, cuyos excesos había condenado como prudente sin faltarle por esto a la lealtad debida, parecía que preveía ser necesario buscar un medio de avenencia entre parcialidades poderosas. Sabidas las noticias de la sublevación de Galicia con certeza, y de la de la Mancha confusamente, y siendo muy de temer que hubiese habido una gran mudanza en Madrid, ambos generales vinieron a Cádiz, el uno del Puerto de Santa María, y el otro de su navío. Su llegada conmovió al pueblo de Cádiz; supusiéronles intenciones que no traían; acudió numeroso gentío a la plaza de San Antonio, que había sido llamada de la Constitución desde 1812 a 1814; el hecho mismo de haber allí tal concurso era ya grave, trocado el temor en confianza, siendo así que poco antes los gaditanos, irritados y medrosos, apenas salían a la calle, y no osaban congregarse en crecido número; y, como acaece siempre cuando hay muchas personas juntas, la concurrencia, aun sin ser bulliciosa, tenía apariencias y aun carácter de serlo, sonando como clamor sordo las conversaciones particulares, y alterados los rostros de los concurrentes como de quienes estaban en ansiosa expectativa a punto de no poder ya distinguirse que aquella reunión fuese pacífica, sin poder por esto ser calificada con razón de sediciosa. No podía durar mucho tal incertidumbre. Los generales se asomaron al balcón de una casa que daba a la misma plaza, y en breve, sin que ninguno de los dos lo hubiese dispuesto ni consentido, pero sin que mostrase resolución de estorbarlo, un grito de «Viva la Constitución» salido de mil bocas pobló el aire, y atronó aquel recinto. No sonó una voz que a tal exclamación se opusiese; no se dio providencia para reprimir un movimiento que era ya una rebelión o revolución declarada. Era entonces, y fue por algún tiempo, costumbre dar a la inscripción que anunciaba tener una plaza el nombre de la Constitución a modo de un carácter sagrado y una importancia política la más alta. Así es que de pronto se buscó una tabla, y escribiendo en ella el a la sazón terrible letrero, fue este colocado en el lugar donde había estado otro igual escrito con letras de bronce dorado en lápida de mármol, saludando apasionadas aclamaciones a aquel símbolo de una época renovada, que para los gaditanos era de glorioso y caro recuerdo. Siguiose iluminarse el pueblo todo al cerrar la noche, y discurrir las gentes por las calles con ruidosa alegría, tanto que en las escenas de la revolución de 1808 a 1814 no hubo una que a esta excediese en punto a manifestaciones de entusiasmo popular, y pocas que la igualasen.

En tanto, el general de marina Villavicencio, a impulsos de su natural conciliador, o mandó o consintió que pasasen a San Fernando tres oficiales de la armada a dar al ejército llamado Nacional noticia de lo ocurrido. Fueron los que llevaron tal comisión el conde de Mirasol, muerto ha pocos días, don Jacobo Oreiro, y don N. Sánchez Cerquero.

Poco esperábamos en San Fernando recibir tan faustas nuevas. Yo, que era uno de los contados a cuya noticia había llegado haber sido vencida y deshecha la columna volante del mando de Riego, había salido en la misma tarde de aquel día (9 de marzo), y cuando en Cádiz ocurría tan inesperada mudanza, a dar un corto paseo, y me sentía poseído de negra melancolía, viendo cercano el momento en que, o había de caer en manos de nuestros contrarios y pagar con la vida mi delito, o de escapar con trabajo a vivir la vida del proscrito, empresa nada fácil. Venía retirándome de mi paseo, y había entrado en las calles, cuando noté súbito alboroto de general alegría. Anunciábase haberse jurado en Cádiz la Constitución, y la llegada de los portadores de la noticia tanto cuanto feliz difícil de creer. Ya antes más de una vez habían corrido voces semejantes creídas de algunos, dudadas de muchos, y venidas a desvanecerse como ilusión hija del deseo. En esta ocasión fui yo de los incrédulos, hasta que varias personas me afirmaron ser verdad averiguada lo que yo estimaba lo contrario. Me encaminé, pues, a casa del general Quiroga, donde hallé a los oficiales de marina, procedentes de Cádiz, rodeados de gente alborozada, agasajados, festejados y acosados a preguntas por quienes apenas podían creer el felicísimo suceso de que eran nuncios.

Entró entonces el discurrir qué habría de hacerse, por nuestra parte. Lo primero que se resolvió, fue enviar a Cádiz comisionados que tratasen de ponernos en paz y unión con las autoridades y tropas de aquella ciudad, si bien pareció oportuno dar el carácter de parlamentarios a los encargados de tan importante comisión, por no considerarse aún la paz asentada. Tres fuimos los nombrados para la comisión o parlamento; el coronel don Felipe Arco-Agüero, jefe de estado mayor de nuestro ejército; el de igual graduación don Miguel López de Baños, que tenía el mando de nuestra artillería, y tercera persona no militar, que fue la mía, recomendándome para tal comisión el ser diplomático, y más todavía el cercano parentesco que me unía con el general Villavicencio, hermano de mi madre, además mi padrino de bautismo, y a cuyo lado había yo pasado buena parte de mi niñez. Comenzamos desde las primeras horas de la noche a prepararnos para nuestro viaje, si bien los preparativos no podían ser muchos, ni lo eran. De ello nos distrajo por breve rato la agradable ocupación de salir de la población al sitio llamado Manchón de Torrealta, donde está situado el observatorio astronómico, y desde el cual registra la vista no corto espacio, descubriéndose a lo lejos, allende las aguas de la bahía y las tierras llanas inmediatas, la ciudad de Cádiz, blanca como la nieve, en el horizonte; pero en aquel momento, si las tinieblas de la noche no permitían ver sus casas y torres, señalaba el lugar donde estaban un resplandor vivísimo nacido de las luminarias, cuya luz se dilataba a largo trecho. Numerosos espectadores acudían a recrearse con la contemplación de aquella luz, más grata todavía que la de la aurora lo es para el navegante, tras de una noche de borrasca, peligro y ansias.

Poquísimo dormí yo en la noche de que voy ahora aquí hablando, porque hacía en mí el gozo lo que podría haber hecho la pena más aguda. Amaneció el deseado día, y en sus primeras horas pasé a juntarme con mis compañeros, y emprendimos nuestro breve viaje. Llevábamos los parlamentarios algún acompañamiento: un ayudante de Arco-Agüero, llamado don N. Silva, cuatro soldados de artillería de a caballo, con largas barbas, por lo cual eran apellidados _barbones_, y un trompeta de la misma arma. Todos iban a caballo menos yo; circunstancia no digna de mención si no hubiese influido en mi suerte en los sucesos que siguieron, y debida a que, siendo yo pésimo jinete, no quería ir haciendo ridícula figura a nuestra entrada en Cádiz, por lo cual escogí un calesín a pesar de lo incómodo y feo de tan mala y antigua máquina de viaje.

Poco más de media legua habríamos andado desde San Fernando, y estábamos cercanos al lugar donde, cerca del torreón apellidado de Torregorda, tuerce casi formando un ángulo recto, y va en derechura a Cádiz la carretera nombrada allí arrecife, cuando empezamos a encontrar gente de Cádiz, que a pie había andado sobre legua y media ansiosa de ver y saludar a los constitucionales de ellos tan amados. Según íbamos adelantando, iba creciendo el número de los viajeros, que llegó a ser muy considerable ya a más de media legua de Cádiz. Habíamos los del ejército constitucional, cuyo título era el de nacional, tomado por divisa añadir a la escarapela encarnada un ribete ancho de cinta verde, divisa considerada después por muchos como propia de la sociedad secreta directora del levantamiento, y de la cual éramos gran parte de los del ejército, si bien no todos, pero divisa que no lo era de sociedad alguna, siendo solo emblema de nuestra esperanza al acometer y empezar a poner por obra nuestra empresa, esperanza nunca del todo perdida. Como sabían esto los gaditanos todos, los paisanos se habían puesto escarapela como militares, y, no habiendo tenido tiempo para coser a las que traían el ribete verde, se habían contentado con poner un lazo de este color sobre el centro de la escarapela encarnada. Las manifestaciones de alegría de aquellas gentes tenían trazas de delirio, y al vernos rompían en altos vivas, declarando, a la par que adhesión a la causa que con ellos nos era común, afecto vivo y aun admiración a nuestras personas, en las cuales veían representadas las de nuestros compañeros. En medio de tanto aplauso, llegamos a la obra avanzada llamada la Cortadura, guarnecida por tropas que poco antes eran para nosotros enemigas, habiéndolo sido por espacio de dos meses, plazo durante el cual habían nacido en ella contra nuestra causa, y más aún contra nuestras personas, pasiones de odio no poco vivo, siendo muy otra nuestra firme, pero errada creencia, pues los reputábamos amigos violentados a sernos hostiles. Sin embargo, al acercarnos al fuerte, más por pedantería que por recelo, quisimos usar las fórmulas comunes de la guerra, y mandamos al trompeta que con nosotros venía, tocar llamada. Salieron a respondernos; pero no como prestándose al parlamento, sino calificándole de inútil, porque ya no estábamos en guerra. Parecía afectuosa la respuesta, así como fundada en buena razón, y, con todo, no hubo de agradarnos, porque fue dada con desabrimiento. Otras dos causas, con harto más motivo, mezclaron un tanto de disgusto y desconfianza a nuestra alegría. Poco antes de llegar a la Cortadura, del numeroso gentío que venía de Cádiz se separó una persona que vino a hablarnos, entendiéndose particularmente con Arco-Agüero, con quien había tenido algunas relaciones de trato casi amistoso. Era el personaje de quien ahora hago aquí mención un don N. Elola, oidor o, como decimos ahora, magistrado de la Audiencia de Sevilla, vivo, travieso, no de la mejor reputación, pues era tachado de ligero y cruel, no sé si con justicia, entremetido y dado a bullir, sin crédito de constitucional ni de lo contrario, y el cual, no sé, ni llegamos a saber, por qué razón venía de Cádiz, y si lo hacía por voluntad propia o encargo de otros. Lo cierto es que Elola se empeñó en persuadir a Arco-Agüero a que nos volviésemos sin llegar a Cádiz; pero como las razones que alegaba nada claro ni explícito contenían, no juzgamos decoroso ni justo dejar de cumplir con lo que nos estaba encomendado. Separose, pues, de nosotros Elola, sin haber logrado convencernos, y no sé si regresó a Cádiz o si siguió a San Fernando.

Igual, si no mayor, causa de temor o de sospecha nos dio otra circunstancia que por lo pronto no fue de todos nosotros notada ni aun sabida. Cabalmente, cuando estábamos llamando a parlamento, y recibiendo por respuesta que tal acto era impropio entre gentes ya no enemigas, había crecido sobre manera y agolpádose en aquel lugar la turba procedente de Cádiz, cuyos vivas y aplausos eran tales y tantos que nos ensordecían, y en medio de la gritería reparamos que también gritaban desde el fuerte asomados a sus murallas los soldados, y aunque viniendo sus gritos de lejos solo podían oírse estos, confundiéndose otros más cercanos y numerosos, no faltó quien oyese que eran, en vez de bendiciones y aplausos, maldiciones y denuestos. Pero esto, repito, apenas llegó a nuestra noticia, y aun cuando hubiese llegado nos habría desviado de pensar en ello el espectáculo que presentó a nuestra vista Cádiz.

A pesar de que las turbas (pues llegaron a serlo) que nos esperaban fuera de las puertas parecía como que debían haber dejado poca gente en el casco de la ciudad, o fuese porque de la población nadie había querido quedarse en casa, o que los que no habían salido a la calle, sin excepción de clase u ocupación, poblaban los balcones y ventanas, era inmenso el gentío que se presentaba a la vista. Las casas estaban adornadas con colgaduras. Entre tanto llovían sobre nosotros, los parlamentarios, flores arrojadas por los que estaban en alto, mientras los que paseaban las calles se apiñaban a nuestro alrededor con animación casi frenética, gritando y procurando asirnos la mano o bien la pierna, o aun solo el vestido. Mis compañeros, poco o mucho conocidos en Cádiz, eran objeto de admiración, y a mí, nacido en aquella ciudad y que en ella había pasado buena parte de mi juventud, se me daban generalmente testimonios de ardiente afecto. Los caballos de mis compañeros apenas podían romper por el tropel, y se encabritaban espantados, y a mi pobre calesín apenas consentían que rodase, no faltando quien se subiese en las ruedas para apretarme la mano o darme una enhorabuena afectuosa. ¡Días eran aquellos que no volverán en largo tiempo, no siendo tan arrebatado o loco entusiasmo posible ya a una generación llena de desengaños y escarmientos, y que por ser más cuerda ha perdido muchos de los placeres que las ilusiones hijas de la inexperiencia traen consigo!