Recuerdos de un anciano

Part 25

Chapter 252,575 wordsPublic domain

Como ya va aquí dicho, atravesamos casi toda la ciudad de Cádiz por estar muy distante de la Puerta de Tierra la casa del general Freire, a que nos encaminábamos. Al ir a llegar a ella, pasamos las esquinas de la calle de Linares, que desde la plaza de San Antonio, que iba a ser de la Constitución, va al paseo de la Alameda, y que era y debe de ser aún hoy una de las vías de comunicación en aquella ciudad más transitadas. Al atravesar descubrimos parte de la plaza atestada de gente, porque allí iba a jurarse la Constitución ante la lápida que de ella era recordación y símbolo. Reservándonos nosotros asistir a aquel espectáculo para la hora muy cercana en que, presentes las autoridades, había de celebrarse la ceremonia del juramento, nos apeamos a la puerta de la casa del general y pasamos a su presencia.

Hallamos a Freire cortado, inquieto, ni desabrido ni afable, y solo con muestras de estar muy poco satisfecho de la situación en que se veía. La sala en que le vimos estaba muy concurrida, llenándola personas de diversas opiniones, cuáles alegres y soberbias, cuáles si ya no mostrando tristeza o enojo, dando señales o de abatimiento o de recelo. Vinieron a abrazarnos amigos nuestros, que presos por haber sido cómplices en nuestra empresa, habían sido puestos en libertad pocas horas antes y en las de la noche. Otros, poco antes nuestros contrarios ardorosos, con frases conciliatorias procuraban captarse nuestro afecto, explicando su conducta anterior como quien se disculpa de una falta. Bien mirado y considerado todo, no nos sentíamos satisfechos de la escena de que eran teatro aquel lugar y los cercanos, y de que éramos testigos. Freire como que procuraba despedirnos para que nos volviésemos al lugar de que habíamos venido, aunque no lo dijese claramente, y habiendo soltado una expresión de temor de que puestas en roce las tropas de su mando con las del ejército nacional, este introdujese en aquellas un espíritu de indisciplina; y respondiendo a esto Arco-Agüero, como algo picado, que el ejército constitucional era por demás disciplinado, añadió el general de las tropas reales que las suyas (según esperaba) a ningunas cedían en este punto; pero lo dijo con tan anublado rostro y vacilante acento, que bien parecía que hablaba según su deseo y no según su esperanza. En esto sonó un tremendo ruido, oyéronse tiros, voces confusas, carreras: se asomó al balcón Freire y desde la calle le gritaron que estaban asesinando al pueblo. Él dio muestras de no creer tal cosa, pero poco pudo decir, porque ya el hecho estaba patente. La parte trágica y en sus consecuencias no poco funesta de la historia de la segunda época constitucional había comenzado, anticipando los odios que por fuerza habían de nacer de la mudanza de una a otra opinión sustentada con vehemencia, y del choque de intereses que cambios tales tienen por consecuencia forzosa.

II.

La súbita acometida de parte de la guarnición de Cádiz a los pacíficos paisanos que habían acudido alegres a una fiesta a que los había convidado la autoridad, era un suceso que debían haber previsto el general Freire y los que a sus órdenes mandaban las tropas de aquella plaza. Pero de estos últimos, algunos, sin duda, fueron cómplices, aunque solo cómplices hasta cierto grado, del hecho atroz de la desmandada soldadesca; y en cuanto al general, justo será decir que, combatido de terribles dudas, casi arrepentido de haberse prestado a que se proclamase la Constitución en el día anterior, sin llegar su arrepentimiento a punto de atreverse a revocar su resolución cuando menos aventurada, sintiéndose casi rebelde sin serlo, y por lo mismo falto o de la osadía o de la fe que hace de la rebelión la defensa de un principio, o bien creído, o tomado por pretexto, no acertaba a contener la tropa, sofocando el espíritu que la animaba, y dejaba andar las cosas, lisonjeándose de que no llegarían a un extremo.

Así, mientras con loco alborozo celebraba en la noche del 9 al 10 de marzo el restablecimiento de la Constitución el vecindario de Cádiz, bramaban de coraje los soldados en los cuarteles, siendo para ellos cada viva que oían un insulto insufrible, o un reto que pedía respuesta. En tal disposición de ánimo no fallaron malos consejeros que les persuadiesen a pasar de las palabras de queja y resentimiento a las obras. Quiénes fueron los consejeros del atentado que cometieron, no está averiguado, ni aun hoy, al cabo de largos años y de una causa que duró más de tres, sin dar de si más que llevar al suplicio a un pobre guarda de las puertas, no más culpado que otros, pero sí totalmente desvalido. Que los consejeros del movimiento que vino a ser sublevación, no dictasen el modo brutal con que fue llevado a efecto, probabilísimo es; pues, resuelto el hecho, hubo de quedar el modo de la ejecución encargado a gente baja y grosera. Porque haberse opuesto en la tarde del 9 a obedecer a quien les mandaba, fuese quien fuese, proclamar la Constitución, o consentir que la proclamase el pueblo, habría sido acto loable en cierto grado, y aun haber manifestado los soldados y oficiales en la mañana del 10, quietos en sus cuarteles, su desaprobación de todo cuanto estaba pasando e iba a hacerse, declarándose resueltos a ser fieles al Rey y su Gobierno, habría merecido aprobación más todavía que disculpa. Y con tal declaración bastaba para que el acto de jurar la Constitución hubiese sido por lo menos suspendido, evitando por tal medio un choque al cual no podía arrojarse el indefenso y tímido vecindario.

Pera no fue así; y saliendo a la calle primero el batallón de Guías y después el de Leales, casi en tropel, sin son de cajas, asomaron los de aquel a la plaza de San Antonio por varias de las calles que en ella desembocan, y saludaron al numeroso gentío allí congregado con una descarga. Pretenden los defensores de la inicua agresión que muchos de los tiros disparados lo fueron al aire, y solo para amedrentar, de lo cual citan como prueba haber habido pocas víctimas entre tanta gente allí apiñada; pero si tan prudentes o misericordiosos estuvieron algunos, no fueron todos, pues quedaron una o dos personas muertas y varias heridas en aquel sitio, sin contar con que solo el terror producido por tal barbarie era un acto de ferocidad punible. Huyeron en confuso tropel los que llenaban la espaciosa plaza, entre los cuales había mujeres, niños y ancianos, dándoles alcance los soldados con muestras, si no con intención, de hacer en ellos estrago. Difundiose por la ciudad el alboroto, hubo gritería, gemidos; cerrar de puertas que parecía nuevos disparos y alternaba con los que ciertamente lo eran. Enfureciéndose los agresores, como siempre acaece, con sus primeros actos de violencia, discurrían por las calles voceando, amenazando y a veces hiriendo, pues en lugares distantes del teatro del acto primero de aquella tragedia cayeron muertos algunos paisanos. Resistencia no hubo, por no ser el pueblo gaditano propio para la guerra de calles. Así, al alboroto y bullicio siguió la soledad de las calles, y la angustia y terror en el interior de las casas, pero el silencio no en algún tiempo; pues los vencedores sin batalla con tiros continuos y gritos descompasados de _viva el rey_ seguían dando satisfacción a sus pasiones.

Ya dejo dicho que a la primer noticia del alboroto se asomó el general Freire al balcón para sosegar al pueblo que acudía a quejarse y pedir favor, y que aseguró que nada había qué temer, quizá no creyendo lo ya ocurrido. En tanto los del parlamento, desempeñada ya nuestra comisión, íbamos a volvernos a nuestro ejército a ser portadores de nuevas poco satisfactorias, y muy otras que las que los nuestros con harta razón esperaban. Fue gran fortuna que hubiésemos diferido unos cuantos minutos ponernos en camino, pues, no siendo así, habría roto la sedición antes de haber nosotros llegado a la Puerta de Tierra; y no habiendo por ella salida, porque nos la habría impedido la tropa acuartelada en la inmediación, sin duda alguna habríamos sido sacrificados. Pero como el tumulto comenzó cabalmente en el momento de ir a montar mis compañeros en los caballos que habían dejado a la puerta de la casa del general, suspendieron el salir, y, al revés, se volvieron adentro, donde no creyéndose seguros, subieron a las azoteas que tienen todas las casas de Cádiz, y saltando de una en otra de las de la manzana, al fin pararon en una ya algo distante, donde bajando por la escalera encontraron en uno de los pisos o cuartos de la casa quien les diese abrigo. Otra y harto más crítica fue mi suerte.

Ya dije que había dejado mi calesín a alguna, bien que corta, distancia del alojamiento de Freire, y en esta distancia estaba la calle de Linares en medio. La había yo atravesado, o iba a subir en el calesín, cuando vi que este huía a buen correr de su caballo, y, por otro lado, un golpe crecido de gente huyendo en tropel y barriendo la angosta calle como un torrente me atajaba el camino para la vuelta. En la esquina había (y creo hay aún) una confitería que comunica con una botillería del mismo dueño, a la cual solía yo concurrir algunos meses antes, y había concurrido bastantes años, siendo en ella conocido de los mozos de servicio. Respaldarme a una de las puertas de la confitería, ya cerradas, fue mi primer acto; el segundo o casi inmediato volver mi sombrero de suerte que la escarapela con su lista verde no se viese. Así parecía yo un militar, siendo entonces muy común en los oficiales llevar el sombrero de picos o apuntado con divisas juntamente con el traje de paisano. Por esto no llamé la atención de unos cuantos soldados de Guías que entraron furiosos por la calle persiguiendo a los fugitivos. Delante de mí, y en la acera opuesta, cayó uno de estos enredado en su capa, y echándose sobre él un soldado repetidas veces, le hirió al parecer con su bayoneta; pero creyéndole muerto o moribundo, pasó adelante en busca de nueva víctima, cuando, con sorpresa mía, el que creía yo cadáver se levantó sano y salvo, y se puso en huida, pues ni él tenía otra lesión ni daño que el causado por el miedo, ni su agresor, ciego de furia, había acertado a atravesar con su arma otra cosa que la capa o capotillo del caído. En medio de esto oí yo que me llamaban por mi nombre por las rendijas de la puerta. Respondí, y volvió a hablarme un mozo del café que, preguntándome en voz baja si había algún soldado enfrente, y diciendo yo que todos estaban ya distantes siguiendo el alcance, abrió de la puerta lo bastante para que por allí cupiese mi persona, y tirándome de los faldones me hizo entrar de espaldas, siendo tal la prisa que teníamos, yo por verme en seguridad y él por llevarme a lugar en su sentir algo menos expuesto, que, sin detenerse a abrir la entrada que alzando una tabla del mostrador da paso de este a la parte exterior de la tienda, me hizo saltar por encima y casi caer al lado opuesto. Una vez dentro de la casa, pasé a la sala que servía de botillería y no tenía puerta a la calle, sino solo a un patio, y encontré aquella pieza llena de gente, en su mayor número de mujeres, acongojadas y aterradas. No les fue grata mi llegada, pues pronto se enteraron de quién era yo y del triste caso en que me veía, y les entró el fundado temor de que podrían penetrar allí los soldados y el menos racional de que, si entraban, pagarían todas las personas en aquel lugar refugiadas la pena de hallarse en mi compañía. Así fue que un rumor sordo empezó a declarar deseos de que saliese de entre gentes a las cuales estaba comprometiendo; pero pudo más al cabo la compasión que el miedo, y no hubo quien se atreviese a proponer acción tan fea como habría sido la de arrojarme a la calle donde me amenazaba grandísimo peligro. Lo que sí hicieron fue apoderarse de mi sombrero, y con tijeras descoserme de la escarapela la cinta verde que le servía de ribete, y la cual, por lo mismo de no estar sobrepuesta, me delataba como procedente del ejército de San Fernando. Entre tanto poblaban el aire varios ruidos de voces y tiros, y desde adentro juzgaban muchos refriega o combate lo que era alboroto y excesos de los vencedores, que lo habían sido sin hallar resistencia. Mal podía suponerse que hubiera poder que la hiciese, pero no faltaban quienes se figurasen que en aquel pueblo indefenso y nada belicoso podía haber personas capaces de apelar a las armas para, o hacer frente a una agresión, o tomar de ella venganza, mientras otros se lisonjeaban de que una parte de la guarnición estaba en batalla con la otra en cuya sublevación no había tenido parte. Cesó por fin el ruido, o solo sonaba el de los vivas al Rey dados con voces así como destempladas, roncas: claro indicio tanto de la furia mostrada en la repetición del gritar de los voceantes, cuanto de la bebida con que habían excitado su entusiasmo al arrojarse a su atroz hazaña, y le habían mantenido y seguían manteniendo al solemnizar su triunfo. Pero, como no se oyesen ya disparos, comenzaron los abrigados en la botillería a pensar en irse a sus respectivas casas, lo cual fueron llevando a efecto poco a poco, asomándose primero algunos o algunas con precaución, y aventurándose luego a salir los menos tímidos, y sirviendo el ejemplo a los demás, pues ya veían que habían pasado para lo general de las gentes los momentos de mayor peligro. No así para mí, cuya situación era diferente, y que a la sazón no tenía casa en Cádiz. Por esto hube de detenerme, pensando en qué haría. Solo ya, o poco menos, en mi asilo, había llegado la hora de las tres de la tarde, que era la de comer en Cádiz, y el dueño de aquel establecimiento, no obstante no ser fonda, ni servirse en él otra cosa que bebidas frescas, me propuso darme de comer, lo cual acepte yo sin escrúpulo, suponiendo que pagaría lo que gastase. Comí, pues, y no mal en medio de mi inquietud, y hube de hacerlo de pescado, por ser aquel día viernes de Cuaresma, pensando en que a un francés o inglés parecería natural, siguiendo ideas supersticiosas sobrado comunes, que fuere tan trágico aquel día de la semana, porque entre los extranjeros tiene la reputación de aciago que los españoles atribuyen al martes. Pero cuando concluí mi comida, y para pagarla pedí la cuenta, se me presentó el mismo amo de la casa diciendo que nada me cobraría por título alguno; acto de cortesía y generosidad por desgracia compensado con la condición que me puso, y fue que le hiciese el favor de irme a la calle lo más pronto posible. No tuve otro remedio que obedecer, y me arrojé a correr mi suerte por medio de la ciudad atribulada y desierta, o solo poblada fuera de las casas por soldados que habían roto el freno de la disciplina.