Part 26
Triste era por cierto y espantoso el aspecto de aquella población, entonces todavía por lo común alegre y de gran concurrencia en sus calles y paseos. Veíanse cerradas todas las puertas, así las que caían a la calle como las que daban paso a los balcones y rejas, y se notaba que aun las de madera detrás de las vidrieras lo estaban asimismo; reinaba profundo silencio, cuando no le interrumpían los gritos de los soldados. Vagaban estos por el pueblo con gesto airado y ademanes descompuestos, como buscando enemigos en quienes desahogar su furia, y rabiosos porque no los encontraban. Por entre ellos pasaba yo sin ser notado, gracias a las divisas de militar que llevaba en mi sombrero. Incierto en cuanto a escoger el punto a que primero me dirigiría, resolví ir a casa de mi tío, porque precisamente por haber él enviado a nuestro ejército en la tarde anterior los oficiales de marina portadores de las para nosotros alegres nuevas, y también, según nos parecía, de seguridades de paz y unión, le considerábamos, no con toda justicia, obligado a hacer que se nos respetase. Llegué, pues, a su casa, penetré donde él estaba, le encontré comiendo con alguna gente, y levantándose al verme, con rostro donde se pintaban sorpresa y enojo, me mandó ir a otra pieza, donde sin perder un momento vino a hablarme sin testigos. Su primer palabra fue preguntarme qué traía, y mi respuesta, seca y hasta insultante, nacida de ver su gesto no afable, fue que no venía a buscar al pariente, o al hermano más querido de mi difunta adorada madre, sino al general de marina que nos había convidado a venir a Cádiz como amigos; siendo mi principal empeño que me reuniese con mis compañeros para que juntos tuviésemos igual fortuna. La respuesta de mi tío fue que nada sabía de ellos, ni tenía que ver con lo que pasaba, por lo cual me remitía al general Campana, con quien me tocaba entenderme, pues este era el gobernador de Cádiz. Salime yo, pues, sin despedirme ni ser despedido, y resuelto a seguir el consejo de mi tío, fui en busca del personaje a quien me remitía; viaje nuevo más peligroso que el que acababa de hacer con tan poco feliz suceso. Estaba por entonces el general Campana en uno de los pabellones de los cuarteles próximos a la Puerta de Tierra, siendo forzoso para llegar allí desde el punto de la ciudad de que yo venía atravesarla toda cuan larga es, pasando por sitios por los cuales estaba en mayor número desparramada la sublevada tropa. Fue mi suerte oír entre sus gritos expresados deseos de haber a las manos a los que pocas horas antes habían entrado en Cádiz procedentes de San Fernando y sido recibidos en triunfo, prometiéndoles, si los descubrían, saciar en ellos su saña. Bien temía yo, y no sin algún motivo, ser conocido de alguno de aquellos hombres feroces, porque de su número no pocos habían estado en el ejército de San Fernando, en el cual era yo muy conocido, aun de los individuos de la clase de tropa, que me daban por título o nombre el de _El Gacetero_. Pero tuve la dicha de no tropezar con quien me conociese, y llegué al alojamiento del general Campana. La sala en aquella hora estaba llena de oficiales, todos celosos de la causa Real, todos, a lo menos en la apariencia, ufanos de lo ocurrido. Asombrose el general de verme allí, y no obstante no tener conmigo amistad, sino mero conocimiento, se esforzó en persuadirme a que luego, luego, me retirase y fuese a esconderme, porque (según me decía) estaba la gente muy exaltada, y era muy posible que fuese yo víctima de alguna violencia. Pero yo insistí en reclamar mi privilegio de parlamentario, y más todavía en que se me llevase donde estaban mis compañeros, siendo esto último mi principal deseo, porque me habría creído deshonrado si no participaba de su suerte, y también porque ellos no sabían si yo había huido dejándolos en peligro, y no quería yo tener sobre mí tan fea y no merecida nota, ni justificar la prevención desfavorable con que aun el más despreocupado militar juzga al paisano. Mi primera pretensión fue tratada como ridícula; y en cuanto a la segunda, se me aseguró lo que era verdad, y yo no quería creer, a saber: que nadie de los que estaban en autoridad entonces sabía ni sospechaba dónde habían ido a ocultarse los oficiales parlamentarios, pues los soldados estaban presos. Desistí al fin de mi temeridad, o, diciéndolo con más propiedad, de mi necia pertinacia; seguí el consejo del general Campana, que me le daba con empeño e insistencia afectuosa, y me encaminé a buscar abrigo en los puntos en que juzgué me sería menos difícil hallarle. Pero encontré resistencia a acogerme aun en amigos y parientes: tal era el terror de que estaban poseídos los gaditanos. Cerró en tanto la noche, que fue nublada y lluviosa, y, no habiéndose encendido los faroles del alumbrado de la ciudad, que, si no tan bueno como suele serlo ahora el de toda población considerable, era lo mejor qué a la sazón había en España, quedó Cádiz así como en soledad y silencio, en tinieblas, de manera que los poquísimos precisados a transitar por las calles íbamos a tientas y tropezando. En tanta incomodidad y angustia ocurrió que en la calle cuyo nombre es del Sacramento, oí cerca de mí un «¡Viva el Rey!» dado por voz bronca y vinosa, y, antes que viese la persona de quien salía el grito, me sentí detenido y asido por un soldado que, en estado de embriaguez casi completa, andaba, vagando con el sable desnudo, pronto así a hacer mal como a contentarse con dar voces. «¿Quién vive?», me dijo, «y ¿dónde va usted?», a lo cual respondí yo ser oficial de la _Real_ marina (y recalqué el adjetivo Real) que iba con una comisión de mi general. No estaba el que me detenía para entrar en averiguaciones prolijas, y como su enojo era con los paisanos y yo no le parecí tal, por mi sombrero que veía en la oscuridad cuando estábamos juntos, me llamó compañero, trocado en familiaridad el respeto, y, convidándome a gritar «Viva el Rey», lo cual hice yo de buena o mala gana, me dejó ir adelante. Pero podía repetirse este lance con peores resultas. Así fue que crecieron mis ansias, hasta que, por fortuna, en casa de la viuda del hermano mayor de mi madre (que también había sido general de marina) y con cuyas hijas gemelas me había criado más como hermano que como primo, siendo la misma nuestra edad, encontré donde pasar con descanso y seguridad la noche. Pero aun esta misma familia limitó a una noche su hospitalidad, lo cuál no extrañé, pues al cabo más hacían por mí que otros. Pasé, pues, en aquella casa la noche, y dormí profundamente, con admiración de quienes me hospedaban, que atribuyeron a serenidad lo que era cansancio. Llegó la mañana y hube de desocupan mi lugar de provisional abrigo, y de volver a mis vanas pesquisas del día anterior. No había mejorado con el nuevo día el aspecto de Cádiz, y apenas uno u otro habitante había salido de su casa, mientras los soldados, cansados de la agitación pasada, casi todos se habían recogido a las filas de sus respectivos cuerpos, quedando pocos, si bien todavía algunos, sueltos por las calles. En tanto, acudí yo en busca de noticias o de asilo, entre otras personas, a dos que eran de nuestra sociedad secreta, que habían sido partícipes en sus trabajos juntos conmigo pocos meses antes, y que, hasta por su obligación así como por reglas de decoro, debían darme amparo. Pero ambos me recibieron con sequedad casi grosera, y me trataron con tan claro desvío, que, si no me echaron fuera de sus casas a viva fuerza, me intimaron que saliese de ellas en términos que no daban lugar a resistencia alguna y ni siquiera a demora. Volví otra vez a mi paseo sin objeto, cuando una casualidad rarísima le puso término, dándole el más favorable en mis circunstancias, o, a lo menos, el más conforme a mis deseos con empeño manifestados. Caminando yo por una de las desiertas calles del centro de Cádiz, y próximo al teatro Principal, sentí pasos detrás de mí, y a corta distancia, dados tan a compás con los míos, que bien declaraba ser de persona que me seguía. En caso tal, fuese amigo o contrario quien venía sobre mí o a mí, la resistencia era inútil. En efecto, mi seguidor, pues no era perseguidor, en voz muy baja me llamó por mi apellido. Respondí yo, preguntando qué me quería. «¿A dónde va usted?», repuso él; y un _no lo sé_ fue mi segunda respuesta. «¿Y por qué no va usted a juntarse con sus compañeros (dijo hablando otra vez el desconocido, que para mí lo era, aunque él me conociese bien)». «Porque no sé dónde están (respondí yo), y desde el alboroto de ayer los ando buscando». «Pues yo soy quien los tengo ocultos (dijo aquel hombre), y precisamente he salido a comprar algo con que almuercen. ¿Quiere usted venirse conmigo?». «¿No he de querer?», fue mi nueva respuesta. «Pues déjeme usted pasar delante», dijo mi interlocutor (cuya conversación conmigo había pasado siguiendo andando el uno detrás del otro), «sígame usted, y al llegar a la casa número tantos de la calle de Linares entraré yo, y, si no hay soldados en la calle, dejaré la puerta entornada, y por ella entrará usted en mi seguimiento». Hicímoslo así, hallamos la calle del todo desierta, se entró mi guía en la casa indicada, pasé yo detrás y cerré tras de mí la puerta, y siendo la casa de las llamadas de pisos, esto es, como son generalmente las de Madrid que tienen más de un vecino, subiendo la escalera hasta llegar al cuarto tercero, llamamos a él, y abierto que nos fue, sin anunciar mi llegada pasé yo a la sala donde encontré a Arco-Agüero, López de Baños y el ayudante Silva. Un grito de agradable sorpresa me saludó al ponerme delante de mis compañeros, que, juzgando al haberme perdido de vista que yo me había acogido a lugar seguro, oyeron con sorpresa que mis aventuras, trabajos y peligros habían sido muy otros que los suyos, pues desde la casa del general a su asilo solo habían tenido que saltar azoteas y, no habiendo sido descubiertos, no habían sido molestados. Juntos ya los tres del parlamento, determinamos qué habíamos de hacer, lo cual fue, en vez de seguir escondidos, reclamar el derecho de parlamentarios según práctica o ley de la guerra, alegando que al llegar a las obras avanzadas de la plaza habíamos tocado llamada. Quiso Arco-Agüero que yo extendiese la reclamación como ejercitado en el manejo de la pluma. Pero, hecho el escrito y firmado, ocurrió una dificultad no leve, que lo era asimismo para que permaneciésemos por más tiempo abrigados o amparados en aquella casa. El que en ella vivía comenzó a sentir remordimiento o miedo de tenernos allí, y, sobre todo, rehuía llevar un mensaje nuestro por donde quedase convicto de habernos protegido por un periodo de cerca de veinticuatro horas. Nos sacó, y a él también, de este apuro una idea de Arco-Agüero, la cual fue aconsejar a aquel buen hombre que dijese al gobernador, al llevarle nuestra reclamación, que en el día antes, en el momento de empezar el alboroto habían llamado a la puerta de su habitación en el cuarto tercero, y que, yendo él a abrir fue sorprendido por tres oficiales armados venidos de la azotea, según pareció, los cuales, habiéndole sujetado le habían encerrado en un cuarto interior y tenídole desde entonces en aquel encierro, no dándole libertad sino para encargarle del papel de que era portador. Agradó al mensajero el ingenioso embuste, y, prestándose a él, marchó a cumplir su comisión, aliviado de sus ansias. En tanto, nos preparamos a matar el hambre, dando prisa a la criada para que nos trajese el almuerzo; almuerzo, ¡ay!, que no hubimos de comer, ni tampoco otro igualmente mandado traer con no mejor fortuna en el discurso de aquella malaventurada mañana.
Hubo de andar ligero nuestro enviado, porque no mucho después de su salida oímos ruido en la calle, y asomándonos con precaución por detrás de la vidriera, vimos hasta veinte hombres de tropa formados enfrente del lugar de nuestro refugio. Siguiose oír abrir la puerta que daba a la calle, sonar pasos pesados de más de una persona en la escalera, llamar con recios golpes al cuarto en que estábamos, darse entrada a los que venían, y aparecerse en la sala un oficial de la peor traza posible, siguiéndole tres o cuatro soldados con las armas preparadas. Era el tal oficial, repito (sin que la desfavorable preocupación con que le mirábamos nos llevase a ser injustos), de fea catadura, alto, por demás moreno, de tosca presencia y groserísimos modales; hablador, con mucho de jaque, y de la clase de los llamados _pinos_ entonces en nuestro ejército, lo que significaba haber ascendido a oficial, de la clase de sargento y no de la de cadetes, de la cual salía nuestra oficialidad con no muchas excepciones. De que había sido o valiente o afortunado era testimonio un buen número de cruces que llevaba, trayéndolas dispuestas formando un círculo en el costado de su uniforme. Al atravesar los umbrales de la sala en que estábamos esperándole, este oficial nos presentó la punta de su espada desnuda, plantándose como un matador en la plaza de toros al ponerse en suerte, y mandando a sus soldados asimismo preparar las armas, aunque no apuntar, nos gritó ron voz ronca y amenazadora: ¡_Dense ustedes presos_! Admirámonos todos, y López de Baños, hombre de valor sereno y acreditado, riéndose, dijo a nuestro aprehensor que no le miraba con miedo, pues era un oficial antiguo de superior graduación; que extrañaba su proceder violento y hasta ridículo, y que mal venía suponernos dispuestos a resistir y querer atropellarnos, cuando venía allí por nuestro llamamiento. Quedose cortado aquel soldado rudo, cuya estupidez excedía a lo común de las gentes faltas de talento, instrucción y crianza, y tal fue su confusión, que hasta se olvidó de pedir las espadas a aquellos a quienes iba a llevar y llevó consigo en calidad en que disonaba ir con la espada ceñida. Salimos a la calle con la escolta que nos esperaba, y marchando diez soldados delante de nosotros y otros tantos detrás, nos pusimos en camino, ignorando nosotros cuál iba a ser nuestra suerte. Al atravesar la vecina plaza de San Antonio, vimos que venía por ella formado un cuerpo de tropas a situarse donde había estado el día antes el letrero de plaza de la Constitución y poner otro en su lugar, que hubo de ser el _del Rey_, y no el antiguo del Santo, haciendo esta sustitución con ceremonia solemne y expiatoria del pecado allí recién cometido. Algo de susto pasamos al ver aquella fuerza, pero no fuimos de ella notados, pues no recibimos ni aun el más leve insulto. Prosiguiendo nuestro camino, llegamos a la puerta llamada de la Caleta, donde hicimos alto, entrando en el cuerpo de guardia de aquel punto, con lo cual estaba visto que por entonces iba a ser nuestra prisión el vecino castillo de San Sebastián. Pero como esta fortaleza está a alguna, bien que corta distancia de la plaza, y asentada en peñas asperísimas, aunque bajas, siendo el camino hasta llegar a su recinto por demás desigual y también de rocas, y cubriéndole la mar cuando está la marea llena, hasta dejar el castillo en una isla a que se va por un pésimo puente de tablas; y como la hora de nuestra llegada a la Caleta fuese la de la pleamar, y el puente estuviese cortado en todo su largo, fue necesario aguardar a la vaciante para tener franco el paso al lugar de nuestro destino. En el cuerpo de guardia había un oficial de milicias provinciales de Sevilla con tropa del mismo cuerpo; hombre atento, servicial, cortés, en suma, caballero, que, siéndolo por su cuna,[67] declaraba serlo por su crianza.
[67] Era hijo o hermano del marqués de San Gil.
Este consintió en que un ordenanza fuese a una tienda de comestibles poco distante a traernos de allí algo que comer durante nuestro descanso, que debía ser de dos o tres horas, atendiendo al estado de la marea. Supo esto con enojo nuestro aprehensor, que deseaba sujetarnos hasta a padecer hambre. Pero como declarase este su intento, y mezclase con la declaración nuevos insultos y amenazas, ya colérico López de Baños le hizo presente que, preso y todo, antes de ser condenado era un coronel a quien debía respeto un subalterno, y que, esto aparte, nunca un hombre de honor, como debe serlo quien viste uniforme, maltrata ni aun de palabra a persona alguna, y menos siendo personas algo distinguidas, de cuya custodia está encargado. Parose un sí es no es turbado con esta reconvención aquel hombre rudo y violento; pero, recapacitando un poco para buscar disculpa o explicación de sus malos modos y rigor brutal, _nada de esto es por ustedes_ (dijo), _compañeros; esto va principalmente para el perillán del paisano_. Oí yo con paciencia el cumplimiento hecho a mi pobre persona, pero no le extrañé, por ser entonces tal modo de pensar común en la parte baja de la milicia; ideas que ya van desvaneciéndose, aunque no hayan desaparecido del todo en cabezas poco ilustradas.
Lo cierto fue que por mortificar al perillán del paisano no quiso el bueno del oficial dejar de hacer lo mismo con aquellos a quienes llamaba compañeros. Porque, ansiando privarnos del corto regalo de un mal almuerzo, de repente dio orden de ponernos en marcha para el castillo, a pesar de que no había bajado la marea lo bastante para ir a él a pie enjuto, como habría sucedido con solo haber esperado todavía sobre una media hora. Perdimos, pues, como antes apunté, el segundo almuerzo, y le perdimos habiéndole pagado como el primero, y nos dirigimos sin demora a nuestra prisión por entonces definitiva, llegándonos el agua hasta el tobillo cuando menos, y en algunos lugares bastante más arriba, y lastimándonos los pies con tropezar en las puntas agudas de las numerosas rocas que, cubiertas por el mar, aún no podíamos ver para evitar pisarlas. No era esta una gran desdicha ni un peligro, pero era incomodidad bastante para que los soldados de nuestra escolta, no obstante ser del batallón de Leales y nuestros enemigos, haciéndose cargo del mal ajeno porque en aquel caso lo era también propio, gruñesen y en voz perceptible y alta dijesen que _no era regular ni había para qué hacer pasar aquel mal rato a aquellos caballeros oficiales_. Pero la incomodidad duró poco, y una vez en el castillo, nuestro aprehensor hizo entrega de nuestras personas al gobernador del fuerte, y dejándonos seguros se volvió a Cádiz, no sin esperar a que bajase más la marea para hacer menos incómodo su regreso.
Era el gobernador del castillo un buen sujeto, oficial antiguo, bien criado, y según aparecía, y apareció, no muy extremado ni firme en ideas políticas, de las cuales alcanzaba poco; fiel sin exceso de celo, por lo cual no nos trató ni con rigor ni con blandura, no faltándonos a la cortesía, pero rehuyendo ocasiones en que ejercerla. Dispuso ponernos incomunicados, para lo cual había recibido órdenes; pero protestando tener pocos encierros, nos puso de dos en dos, a López de Baños con el ayudante Silva, y a Arco-Agüero conmigo. A esto agregó concedernos que para comer lo hiciésemos juntos los cuatro, estando presente para observarnos el oficial de la guardia.
El que lo era a la sazón se llamaba don N. Riego Pica, según él nos dijo, añadiendo, como quien desea estar exento de un borrón, que no tenía parentesco, con el Riego no Pica, señalado por el hecho de las Cabezas. Solía el Riego realista venir a visitarnos, pero no entraba muy adentro en nuestro cuarto, diciendo que tenía horror a las pulgas, de las que, en su opinión, había allí muchas, de cuyo rigor nos dejaba participar, y paseando de la puerta del cuarto hasta la pared de enfrente, ensartada la llave de nuestra prisión por su ojo en un dedo de su mano, y haciéndole dar vueltas continuas, se entretenía en darnos noticias propias para desconsolarnos. En verdad, no se quedaba inferior a nuestro aprehensor en cuanto a tenernos y mostrarnos mala voluntad, pero nos daba pruebas de su desafecto con modos, aunque secos y fríos, corteses.
Así pasamos la tarde del día 11, en la mañana del cual ocurrió nuestra prisión y llegada al castillo, y lo mismo fueron todo el día 12 y aun la mañana del 13.
Entretanto, deliberaban los que mandaban en Cádiz sobre qué debía hacerse con nosotros. Que hubo quien aconsejase pasarnos por las armas como a rebeldes, si bien ha habido quien lo haya dicho, no parece cierto. Lo primero a que se apeló fue a enviar a San Fernando un parlamento proponiendo canjearnos por los generales a la sazón encerrados en la Carraca, y hechos prisioneros cuando fue sorprendido por Riego el cuartel general en Arcos, así como por el ministro de Marina Cisneros, que en la misma ciudad de San Fernando había caído en poder de los levantados constitucionales.
Al llegar al ejército dicho nacional esta propuesta, encontró los ánimos de los que allí mandaban llenos a la par de soberbia y de ira. Sabíase ya estar ondeando triunfante en más de un punto de España el pendón constitucional, presumiéndose con razón que sería alzado en breve aun en Madrid mismo. Si esto daba aliento, por otra parte el atentado cometido en Cádiz había sido sabido con indignación furiosa. De los gaditanos que en la mañana del infausto día 10 habían salido de la ciudad y adelantado largo trecho, pocos se volvieron atrás y los más huyeron a San Fernando. Congregados allí, y enfurecidos con la noticia del hecho atroz y pérfido de la guarnición de Cádiz, rompieron en altos clamores, y comunicaron sus pensamientos y afectos al vecindario de la población donde por dos meses y días había residido el ejército nacional, vecindario, hasta entonces tranquilo, y el cual, si en general más que contrario nos era amigo, no había, con todo, hecho demostración alguna favorable a nuestra causa. Alborotada aquella gente, pedía armas para tomar venganza en los asesinos, del pueblo gaditano; y si tal jactancia de población poco belicosa habría valido poco delante de los soldados, tenía fuerza moral y no corta oír proclamados nuestros principios ya por algunos más que los militares del ejército sublevado, o los pocos que estábamos militando con nuestra presencia o con nuestra pluma bajo la misma bandera. En aquellas mismas horas llegaron de Gibraltar algunos personajes de cuenta, entre ellos don Facundo Infante y don Bartolomé Gutiérrez Acuña, trayendo buenas noticias, como era el pormenor de la revolución de Galicia, y todavía más alegres y muy fundadas esperanzas. Tal era la situación de las cosas cuando llegó allí la propuesta del canje, la cual fue desechada con indignación, dando por motivo de desecharla que los generales prisioneros lo habían sido por una sorpresa, cuando nosotros los parlamentarios por el carácter que llevábamos éramos personas sagradas aun en medio de la guerra más reñida y seguida con más furor y encono. Pero, como podía recelarse que los de Cádiz intentasen algo en nuestro daño, se los amenazó con que si en algo nos maltrataban, igual suerte cabría a los generales prisioneros, ateniéndose al principio de las represalias; cruel y no muy justo para puesto en ejecución, pero saludable como amenaza cuando el temor que infunde impide actos de bárbara violencia. Siguiose a esto que envalentonados los constitucionales así como irritados, rotas ya las hostilidades con los de Cádiz, adelantasen por la carretera o arrecife, y plantasen una batería a corta distancia de la Cortadura, arrojando desde ella bombas o granadas, y haciendo esto como por vía de reto y a fin de tomar el papel de agresores.
Mientras esto pasaba, medio ignorándolo nosotros, en la tarde del 13 entró Riego Pica, según era su costumbre, en nuestro encierro, y dando su acostumbrado paseo sin perder la maña de guardarse de las temidas pulgas ni dejar de hacer girar la llave en su dedo, nos dijo que corría la voz de haberse prestado el rey a jurar la Constitución, pero que, siendo tal acto a las claras forzado, no hacía caso de él la guarnición de Cádiz. No sé si esperaba respuesta, pero ninguna dimos, aparentando recibir con frialdad tan graves noticias.