Recuerdos de un anciano

Part 27

Chapter 273,972 wordsPublic domain

Pasó la noche, y en la mañana del 14 fue relevada nuestra guardia, sustituyendo a los del batallón de Leales que la formaba, tropa de las milicias provinciales de Sevilla. Aunque estos cuerpos de provinciales desde 1820 a 1823 se dieron a conocer en general por desafectos a la Constitución, en las horas de que voy ahora aquí hablando, ganamos mucho con pasar bajo su custodia. El oficial que mandaba la nueva guardia, si no era amigo de nuestra causa, tampoco era enemigo, y considerándonos como a individuos, se nos mostraba atento y afable, de suerte que nos fue muy satisfactorio el cambio que nos privaba del Riego tan diferente del constitucional del mismo apellido. Pero lo principal era no ser dudoso que en Madrid había triunfado la causa constitucional, aun cuando no fuese completo su triunfo.

Tranquila y aun agradable fue la noche del 14 al 15, pero más agradable aún la mañana que siguió. En ella fueron recibidas en Cádiz las _Gacetas_ de oficio de Madrid con el decreto del 7 en que prometía Fernando VII jurar la Constitución, y con la noticia de haber hecho el juramento el 9 con toda formalidad, habiéndose además creado una junta a modo de vigilante de los hechos futuros del monarca. Viendo tan trocadas las cosas el gobernador del castillo, envió a decirnos que estábamos en libertad, pero que nos tenía aún en aquella fortaleza por precaución, trocada la prisión en amparo amistoso, porque estaba revuelta y amenazando la guarnición en Cádiz, dominada por los autores del atentado cometido cinco días antes. Y como en el mensaje se nos exhortase a que nos alegrásemos, _comiésemos y bebiésemos_, hubo quien respondiese por vía de burlas que en punto a comer, sobre todo _Galiano_ no había esperado el consejo, siendo cierto que yo, a la sazón joven y glotón, había distraído mis penas comiendo copiosamente. Pasamos a visitar al gobernador en respuesta a su cortesía, y fuimos muy agasajados por él y por su mujer y dos hermanas de esta que tenía consigo.

Así corrió el día 15, hasta que, llegadas las horas avanzadas de la noche, nos entregamos al descanso y sosegado sueño. Habíamos despertado temprano, y Arco-Agüero, cuyo humor era alegre, me había rogado que escribiese una proclama o de mi invención o dictada por él, cuando, llamando a la puerta de nuestro cuarto, ya no encierro, al abrir me encontré al entonces oficial subalterno de la armada Real, y hoy teniente general de la misma y consejero de Estado, don Juan José Martínez y Tacón, conocido mío antiguo, el cual me dijo que venía con un bote de orden de su general a recogernos para llevarnos a San Fernando, haciendo el viaje por agua, por donde no es costumbre hacerlo, rodeando a Cádiz, porque el estado de la plaza o ciudad, donde seguía la guarnición, si no sublevada, poco menos, y mostrándose resuelta a no hacer paz con los constitucionales, no consentía que atravesásemos por dentro de su recinto, de lo que se seguiría peligro no solo a nuestras personas sino a la paz pública. Vestímonos al instante, despedímonos apresurados del ya amigo gobernador y de su familia, subimos al bote por la playa, no habiendo allí muelle, y, estando clara y templada la mañana, casi callado el viento y la mar serena, como si estuviese la naturaleza en consonancia con el estado de nuestros ánimos, rodeamos la todavía inquieta y acongojada Cádiz hasta llegar a las aguas de su bahía. Allí atracamos al navío general, y se nos dijo que subiésemos a él. Hicímoslo así, y pasando a la cámara encontramos en ella al general, mi tío, acompañado de sus hijas. Un seco saludo de nuestra parte correspondió al que él nos hizo, y, puestos a un lado de la cámara como en formación nosotros, y al otro el general con su familia, reinó por algunos instantes completo silencio, dominando en nuestros ánimos la pasión política a un punto de hacerme aún a mí olvidar las relaciones de estrecho parentesco. Mi tío, siempre cortés, aunque nunca afable en su rostro, ni cuando lo era en su intención y su trato, nos instó a que participásemos de su almuerzo, pero, proponiéndonos la alternativa, en caso de no aceptar el convite, de irnos inmediatamente a nuestro ejército en una falúa que al intento estaba preparada. Escogimos lo último con despego que rayaba en descortesía, y nos salimos de la cámara haciendo un frío y silencioso saludo. Bajamos a la embarcación, emprendimos nuestro corto viaje, y al enfilar, después de la línea de la Cortadura, la en que estaba nuestra recién plantada batería, sabedores los que la guarnecían de ir nosotros en la falúa que veían a lo lejos navegando para San Fernando, rompieron el fuego con un ruidoso saludo. Otro tanto hicieron las baterías de las inmediaciones de San Fernando, habiendo la particularidad de que pasasen muy altas silbando dos o tres balas de cañón por encima de nuestras cabezas, lo cual alborotó a nuestro acompañante el oficial de marina, poco antes aquí citado, no por causarle linaje alguno de temor, pues ningún peligro corríamos, ni aun, habiéndole corrido, podía ello haber hecho mella en el ánimo de un militar pundonoroso y bizarro, sino porque receló que, enfurecidos y enconados los constitucionales contra los de Cádiz, quisiesen mostrárseles enemigos. Así me lo manifestó, pero yo le desvanecí su sospecha, adivinando la causa de la ocurrencia que la motivaba, la cual fue que en la prisa del alborozo, sin reparar que algunos cañones estaban cargados con bala, los dispararon por vía de salva en celebridad de nuestro regreso. Así fue que continuaron los disparos ya con solo pólvora, produciendo cada estampido en nuestros ánimos más grato efecto que el que habría causado la más dulce melodía. Llegamos por fin al muelle denominado de la Punta de la Cantera, hallámosle cuajado de gente, rompió en altos vivas el concurso, y al poner el pie en tierra fuimos abrazados y aun llevados en brazos o en andas formadas por brazos, no solo por los de nuestro ejército, sino por el paisanaje de aquella vecina población, si antes indiferente, o cuando más tibia, entonces ya constitucional ardorosa. Volviose a la escuadra la falúa, y nosotros pasamos al pueblo que por más de dos meses había sido el de nuestra residencia, en días muchos de ellos de tribulación, y al cual volvíamos en horas de triunfo e inefable alegría.

Tardó algunos días en abrirse del todo la comunicación con Cádiz, cuyos habitantes seguían amedrentados a punto de ni sentir gozo por las que debían ser para ellos felicísimas nuevas. Tardó asimismo la guarnición en resignarse a las consecuencias de la mudanza de gobierno, aun sabido ya que a ella se había doblado el Rey, y continuó por breve plazo de días ni sumisa ni rebelde. Pero de allí a poco hubieron de salir de la plaza, teatro de su exceso, aquellas tropas mal contentas, entrando a ocupar su lugar los de nuestro ejército, cuya causa había triunfado. Entonces comenzó a tratarse de formar causa a los fautores del suceso del 10 de marzo, y así lo dispuso el Gobierno, haciendo lo que debía en rigurosa justicia, pero quizá no lo más conveniente. El clamor de los constitucionales de Cádiz y de nuestro ejército pidiendo que fuesen tratados aquellos delincuentes con todo el rigor de la ley, quitó (bien es repetir lo dicho en el principio del artículo presente) a la justicia, si no su verdadero carácter, las apariencias de serlo y casi toda su fuerza moral, porque nuestros clamores más que otra casa sonaban como de quien pedía venganza.[68]

[68] Estando, como estoy, pronto siempre a condenarme a mí mismo, cuando creo que he errado o yerre, debo recordar un hecho. En el 10 de marzo de 1822, esto es, habiendo pasado sin particular mención en el de 1821, si mal no recuerdo por consejo mío, nos presentamos en el Congreso, vestidos de luto, los diputados por la provincia de Cádiz a pedir se activase la causa de los que habían trazado o capitaneado la sedición militar ocurrida en aquel día dos años antes. Si bien es cierto que escandalizaba la dilación en el proceso, la cual fue tanta que solo una víctima oscura pagó por otras personas harto más culpadas que vivieron para recibir alabanzas y premios por su atentado, no es menos verdad que influir con nuestra acción en el curso de la justicia era, cuando menos, impropio. A esto se agregó que, habiendo hablado contra nosotros un diputado eclesiástico, constitucional moderado, le repliqué yo con tal violencia que hubo de rayar en desmán, pues se alzó un clamor contra mí, aun en aquellas Cortes tan violentas en sus principios y conducta.

Justo habría sido calificar la acción de los realistas del 10 de marzo como delito, y no como fidelidad a la causa del monarca; pero bien habría sido también cubrir aquellos excesos y a quienes los cometieron con el manto del olvido o de la clemencia. No fue así, y con todo no se logró su condenación y castigo; pero les preparamos días de altas alabanzas y recompensas dentro del plazo de poco más de tres años, plazo al expirar el cual dio vuelta completa en nuestro daño la rueda de la fortuna.

XI.

LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS DE 1820 A 1823.

Tanto hay dicho, y con tantas equivocaciones a veces, sobre las llamadas sociedades patrióticas de la época corrida desde 1820 a 1823, que bien será dar de ellas alguna razón, o exacta noticia, aun cuando obliguen las circunstancias a hacer breve y superficial la que a dar me arrojo. Hasta puede decirse que, en cierta manera, a aquel cuyo nombre suele ir unido con la de una de ellas, y esta la más célebre, toca describir el teatro en que hizo algún papel, y recordar las escenas allí representadas, lo cual tal vez no hará con la imparcialidad debida en los juicios, pero sí con fidelidad al referir de los hechos.

Establecido en España un gobierno de los apellidados libres, dignos del nombre que llevan en cuanto les es apropiado porque en ellos hay libertad para expresar los pensamientos, ya por la vía de la imprenta, ya por discursos en los Cuerpos deliberantes, cuyas sesiones son públicas, nadie pensó por lo pronto en hacer uso de la palabra ante un numeroso concurso para tratar cuestiones políticas, no haciéndolo en virtud de ejercer un cargo público, sino solo para ejercitar un derecho de individuo particular y libre. La Constitución de 1812, prolija en general, estaba manca en algunos puntos, y sobre lo llamado derecho de reunión nada decía. El recuerdo de los famosos clubs de Francia vivía entre los franceses y asimismo entre los extranjeros, e inspirando un horror de lo pasado, infundía terror cuanto a lo futuro. En Inglaterra es cierto que con frecuencia se congregaban crecidas turbas a tratar de la cosa pública, ya en general, ya en lo relativo a cuestiones pendientes; pero tal práctica, emanada no ya de una ley, sino de falta de ley que la prohibiese, había sido, como lo ha sido después en más de una ocasión, coartada, y por otro lado estaba enlazada con las costumbres de un pueblo rara vez tomado por modelo, aun cuando sea muy común, así como muy justo, alabarle. Además, la Constitución había nacido en una plaza sitiada, donde era difícil que se consintiese deliberar en reuniones numerosas, que fácilmente podían convertirse en motín, con gravísimo peligro, cuando no daño, de la seguridad pública. En medio de todo ello, resultó que mientras de la libertad de imprenta se habló mucho en la primera época constitucional, en la de reunión apenas hubo quien pensase.

Sin embargo, en Cádiz, entrado el año de 1814, hubo de formarse una como tertulia pública en la sala de un café, donde se hacían discursos, y aun, según tengo entendido, proposiciones para que fuesen aprobadas. Pero aquella ciudad, si bien la más señalada entre todas las de España por su adhesión a la causa constitucional, no era ya residencia del Gobierno, y todo cuanto en ella pasaba no tenía importancia superior a la que tiene una capital de provincia. Murió recién nacida la tertulia o sociedad de que acabo de hacer mención, y solo dejó de sí memoria por haber sido duramente castigados quienes a ella concurrieron, y por haber alcanzado el castigo al sitio en que celebró sus sesiones, pues, como en otro lugar de estos mis recuerdos dejo contado, restablecido el Gobierno absoluto, el conde de La Bisbal mandó convertir aquella pieza de un café en cuerpo de guardia para purificar su atmósfera; castigo que, declarando serlo de una sala inocente e impasible, lo era del dueño del establecimiento, a quien causó grave perjuicio.

Corrieron, en tanto, los años, y en 1820 fue restablecida la Constitución por un levantamiento militar que vino a ser popular, y por haberse allanado el Rey a jurarla y ponerla en ejecución. Entonces hubo de pensarse en celebrar reuniones que imitasen a los _meetings_ ingleses o a los clubs franceses.

No sé de quién nació esta idea, y lo cierto es que, poco después de jurada por Fernando VII la Constitución, se abrió en Madrid en el café llamado de Lorencini, situado en la Puerta del Sol, una sociedad que pronto adquirió grande influjo y fama no de la mejor clase. A ella, con todo, hubieron de concurrir personajes de tanta nota cuanto eran el exministro don José García de León y Pizarra y el conde de La Bisbal, a sincerarse de cargos que allí les hacían en discursos apasionados delante de un auditorio numeroso. Como debía suponerse de tal reunión y de aquellas circunstancias, predominaban allí las opiniones más extremadas, sustentadas con vehemencia; y no siendo los oradores ni los asistentes gente flemática ni acostumbrada al uso del examen y discusión libres, pronto asomó intención de que lo que en la reunión se resolviese no se quedase en vanas palabras.

Mientras esto ocurría en la capital de España, otro tanto pasaba o iba a pasar en varias poblaciones de las más considerables. Era natural que en la ciudad de San Fernando (o según era común todavía llamarla por su nombre antiguo de la isla de León) no nos quedásemos atrás en punto a formar reuniones de igual clase, que desde luego tomaron el nombre de sociedades patrióticas, con el cual llegaron a adquirir nada buena fama y censura merecida; pero es error suponer que en los dos meses y medio que había estado allí proclamada la Constitución por el ejército encerrado en su recinto, se hubiese pensado siquiera en hablar en público sobre materias políticas, lo cual no podría haber sido sin algún peligro para nuestra causa. Al revés, hubo de preceder la sociedad apellidada Lorencini en Madrid a la que se abrió en San Fernando, muy entrado el mes de abril de 1820.

Dispúsose abrirla en un café, en el cual se levantó una tribuna, remedo fiel en la forma de los púlpitos de nuestras iglesias, desde el cual sitio tocaba perorar ante un inmenso auditorio al que se titulaba orador, a falta de título que mejor le cuadrase. Me tocó ser el primero para inaugurar las tareas de la sociedad, pues no inferior título que el de inauguración dábamos a aquel acto. Era la vez primera que iba yo a hablar a un número crecido de personas congregadas sin exigir circunstancia alguna para darles entrada, esto es, a puerta abierta. Y aquí perdonarán mis lectores que me detenga un tanto a hablar de cosa de tan corto valer como es mi persona, o, digamos, mis pensamientos, dichos y hechos, porque lícito es aprovechar una ocasión de manifestarse tal cual es y ha sido un anciano con frecuencia maltratado, y porque tal manifestación, aun teniendo mucho de defensa, contribuye a poner en su verdadera luz sucesos mal conocidos de una parte de nuestra historia.

Haciendo mi examen de conciencia, y buscando en mis adentros qué motivo pudo inducirme, con algunos años ya de carrera diplomática, con parientes cercanos, todos ellos parciales del Gobierno del Rey, tal cual era su forma en 1819, aunque desaprobasen sus excesos por un lado y por el otro su torpeza, y teniendo medios de medrar como había tenido algunos, y despreciándolos, a jugar con gravísimo peligro mi vida, y mi situación y esperanzas, podría caer en la tentación, que sería sobre criminal, ridícula, de reputarme a manera de un _Santo_ en lo político, como lo son algunos en lo religioso, o, dicho de otro modo, un varón justo olvidado de su propio interés y hasta de su vanidad, y dedicado completamente al triunfo de un principio al que estaba pronto a sacrificarlo todo para conseguirle a cualquiera costa. Ahora bien: si hay tales hombres en la esfera política, lo cual ni afirmo ni niego, no tengo yo ni tenía la arrogante pretensión de ser de su número. He de confesar, pues, que mi deseo de hablar en público, o lo que puede llamarse una fuerte vocación, me impelía a sobreponer a mi interés inmediato el más remoto de obtener aumentos a la par con gloria, y proporcionármelos con el instrumento de la palabra.

A dar fomento a esta mi ambición me llevaban asimismo mis doctrinas. Lo poco que en España se entendía de política, ha sido causa de no haberse comprendido bien las mías, y los hombres más entendidos de la generación presente, dándose poco a estudiar lo pasado, han formado con ligereza sus juicios sobre mi conducta y opiniones. Hasta ha habido hoy mismo un escritor, y no mi enemigo, que, honrándome con elogios excesivos y superiores a mis merecimientos, comete la atroz injusticia de compararme con _Danton_;[69] con el feroz demagogo incitador de sediciones y matanzas, cuya memoria está unida a la de los asesinatos de septiembre.

[69] Alúdese aquí a la obra recién publicada por don Juan Rico y Amat sobre los oradores españoles. Hay en ella errores, no pocos ni leves, nacidos de que al hablar de aquella época, faltando noticias, se fundan los juicios en suposiciones. Así, da por supuesto el autor que hubo muchas reuniones en San Fernando, en las cuales me mostré yo furibundo demagogo.

Cierto es que yo he dado ocasión alguna vez a tales cargos, y que, puesto en circunstancias revolucionarias, he obrado y aun hablado como procedían y hablaban los prohombres de la revolución francesa, si bien no como los feroces jacobinos; pero estos casos raros no constituyen, o no constituyeron en mí, según es común suponer, un desmandado demagogo.

Mi yerro principal venía de mi admiración de las libertados inglesas, y de mi persuasión de que podían y debían ser aplicadas a mi patria. Sabía yo el inglés casi desde la niñez; había leído mucho los buenos autores de aquella nación, miraba sus prácticas y leyes con veneración y envidia, y deseaba traerlas a mi patria. Republicano, ni soñaba en serlo. Una mudanza de soberano, llegase o no a serlo de dinastía, habría sido muy de mi gusto, por razones claras de comprender; pero, no viéndola posible, no ponía mi pensamiento en cosa que a ella encaminase. Tal era el interior, tales las doctrinas del hombre que comenzó a adquirir renombre en las tribunas de las sociedades populares.

Cuando subí a la abierta en San Fernando, varias circunstancias ridículas por ser pequeñas contribuían a turbarme, y, sin embargo, aun no estando preparado, rompí a hablar, y siendo locamente aplaudido por mi verbosidad, cobré con los aplausos bríos, y concluí mi primera arenga en público, la cual habría de ser seguida de muchas, no siempre en provecho de mi persona, o, diciéndolo con propiedad, de mi concepto. Pero tales discursos, más que encaminados a promover desorden o a pregonar y propagar doctrinas demagógicas, se reducían a trivialidades: mucho repetir la voz libertad; mucho encarecer los bienes que ella trae consigo; mucho ensalzar la Constitución, como fuente de la cual había de correr como en torrentes todo linaje de felicidad pública y aun privada; alguna vez explicar la índole del recién establecido Gobierno, o en su todo o en sus partes. Debo añadir que, con rara excepción, las sociedades patrióticas de provincias no pasaron de ser necias o insulsas, quedando reservado a las de la capital el ser en alto grado perjudiciales.

Ya lo era entonces en Madrid la llamada de Lorencini. O sea la condición impaciente de los pueblos meridionales, gente la cual, con alguna contradicción, es larga en palabras y no se contenta con ellas, sin querer pasar desde luego a las obras, o sea porque todo pueblo no acostumbrado a la discusión templada y pacífica solo quiere usarla como preliminar de actos dirigidos a ejercer el poder, los oradores del café de Lorencini pretendieron ser no una reunión de individuos sueltos, sino un cuerpo deliberante. Así es que enviaron diputaciones al Gobierno, pidiendo no menos que excluir del Ministerio a uno de los que le componían, al ministro de la Guerra, marqués de las Amarillas. Admiró al Gobierno tal y tanto desacato; negó a los suplicantes su arrogante pretensión; alterose con este motivo, aunque no gravemente, la paz pública; fueron de resultas presos algunos de los de la sociedad señalados por haberse desmandado, y la sociedad de Lorencini, si no fue disuelta, hubo de ser reducida a silencio, a lo menos por breve plazo.

Pero el viento soplaba a la sazón favorable a las reuniones llamadas sociedades patrióticas, que iban naciendo en toda población un tanto considerable de nuestra España, con aprobación de los constitucionales todos. Hasta les había dado su aprobación Martínez de la Rosa, quien, recién salido del lugar de su confinamiento, había estado en la de Granada a su paso por aquella ciudad; aprobación expresada con una frase ingeniosa, pues las calificó de _batidores de la ley_. Así en Madrid, sintiéndose los malos efectos de las discusiones del café de Lorencini, pero conviniéndose, en general, en que, si aquella sociedad había sido mala, era lo conveniente crear una buena que le hiciese frente, se procedió a la formación de una asociación nueva, titulándosela de los amigos del orden, y escogiendo para lugar donde se estableciese el espacioso salón del café apellidado de la Fontana de Oro. Era el tal salón larguísimo y de alguna anchura, y por su construcción permitía hacer una división entre la parte de la sala que habían de ocupar los socios, y otra de grande capacidad destinada a contener un crecido número de oyentes. No faltó su púlpito con el nombre de tribuna, remedos la cosa y el nombre de la vecina Francia, bien que ya hubiese habido un mueble igual, llamado lo mismo en nuestras Cortes de 1810 a 1814, donde uno u otro orador subía para pronunciar desde allí o leer sus arengas.

Había yo llegado a Madrid a ocupar y servir mi plaza de oficial último de la secretaría de Estado (ascenso por cierto no muy notable con que había sido premiada la parte que había tenido en la recién hecha revolución), cuando fue abierta la sociedad de los amigos del orden, cuyo destino fue en breve ser conocida solo por el del lugar en que celebraba sus sesiones, perdiendo poco a poco, pero no desde luego, del todo su derecho a la honrosa denominación que había tomado. Yo, que había hablado dos o tres veces en la de San Fernando, y una vez sola en la que se abrió en Cádiz en el café del Correo, granjeándome en esta última más desaprobación que aplauso, porque choqué con una pasión nacida de lo que creían los gaditanos ser su interés, me preparé para estrenarme en la capital como orador estrenando la sociedad nueva, sin que pueda ahora acordarme de cómo me fue concedido tal honor, aunque sí confiese que le deseaba y que le había solicitado.