Part 28
Mi primer discurso ya tuvo algo de oposición; acción impropia de un empleado, pero muy natural en aquellas circunstancias, porque ya empezaba a haber disensión entre los que comenzaban a calificarse unos de hombres de 1812 y otros de 1820; los primeros, ufanos de la fama antigua y de sus gloriosos padecimientos, y los segundos de ser restauradores de la caída Constitución; aquellos, tratando a estotros con entono y desdén, y correspondiendo los desairados con resentimiento, pues llevaban menos que lo debido cuando tal vez eran superiores a sus merecimientos, sus esperanzas o sus pretensiones. No estaban aún, sin embargo, vivas las pasiones que pronto empezaron a dar muestra de sí, excepto en lo relativo al marqués de las Amarillas, a quien miraban con disgusto los constitucionales más ardorosos, y particularmente los restauradores de la Constitución, o digamos los revolucionarios, porque el marqués, constitucional, pero tibio, no de los perseguidos en 1814, aristocrático en sus modos y aficiones, y celoso de la disciplina militar y aun del orden civil, no era admirador de la sublevación militar de las Cabezas ni de las que siguieron, y si bien no trataba mal a los participantes en aquella empresa, ocultaba poco que al considerarlos como buenos obraba casi forzado. Y si bien no era esto de culpar en el marqués, tampoco es de extrañar que no le mirasen bien aquellos que le creían su enemigo, ni que extremándose como gente violenta, y abultándose su enemistad, le profesasen poco menos que odio. Si yo no llegaba a tanto, esto prueba que hacer guerra al marqués de las Amarillas era cosa natural en un hombre de 1820, revolucionario, y aunque no militar, parte del ejército de Quiroga, que con el dictado de ejército libertador subsistía unido. Además, aunque desaprobase la sociedad nueva los excesos de la antigua, y hubiese sido creada para formar respecto de ella un contraste, la miraba, sin poderlo remediar, como a hermana; hermana de mala conducta, pero con quien la ligaba algún vínculo, y cuyos yerros, si bien indudables y vituperables, más consistían en su modo de proceder que en sus doctrinas, porque había caminado por malas sendas a buenos fines. Lo cierto es que yo, en mi primer discurso en la Fontana, impugné la idea de que por la vía de la imprenta o en los discursos de las sociedades se debía hablar de las cosas en general y no de las personas, sosteniendo que en los actos de la vida pública, si bien respetando los de la privada, era en los que debían ocuparse quienes servían o de intérpretes o de despertadores de la opinión pública. Y siguiendo esta idea, puse un caso hipotético de un personaje elevado a quien debíamos aparecer hostiles, y designé al marqués ministro de la Guerra sin nombrarle, casi copiando un discurso que contra el ministro inglés sir Roberto Walpole hizo hacia 1730 sir Guillermo Windham en el Parlamento británico; discurso de poquísimos, si acaso de algunos, españoles conocido entonces, por lo cual hubo de parecer idea original mía lo que era plagio, y logré altos y repetidos aplausos por el contenido de mi discurso y por mi modo desenfadado de pronunciarle. Así empezó, la sociedad de la Fontana, y así poco más o menos siguió en 1820, hasta que en 1821, ausente yo de ella, vino a ser un teatro donde se representaban escenas escandalosas.
Cuatro o cinco discursos de medianas dimensiones hice yo en la Fontana, en todos los cuales me mostré parcial loco del levantamiento de 1820, pero no deseoso de desorden ni provocando a él; errado con frecuencia en mis principios, pero solo por extremarlos, y nunca trocándolos por otros ajenos a la Constitución vigente; en suma, digno de severa censura por mi poco seso, pero no de mayor pena como incitador a desmanes. Hablaban allí don Ramón Adán, don Manuel Eduardo Gorostiza, célebre autor de comedias, en aquellos días muy aplaudidas, don Manuel Núñez, muerto pocos días ha, intendente jubilado, y otros más de cuyos nombres en este instante no me acuerdo. Todos ellos, si no hacían oposición al Gobierno, abogaban la causa entonces llamada ya de los exaltados. Apareció un día en aquella tribuna un eclesiástico llamado don N. Falcó, que había sido (creo) diputado en las Cortes ordinarias de 1813 y 1814, y pronunció una oración elegantísima, cuya única falta era exceso en el aliño del estilo y en el esmero de la pronunciación; y agradó sobremanera al auditorio y hasta le cautivó lo que dijo, y el modo de decirlo. Con todo, su argumento no pasó de ser alabanzas de la Constitución y de sus consecuencias en términos generales; propio proceder de hombre que de allí a dos años había de señalarse como diputado a Cortes entre los moderados primero, y a la postre entre los apenas constitucionales, si bien no enteramente absolutistas. Otro clérigo de distinta especie, grosero y osado, y antes de una orden monástica, también apareció en más de una ocasión en aquella tribuna, sacando partido de que solía acompañar a una señora francesa viuda del general don Luis Lacy, y de que presentaba al público un niño del cual decía, no sin ser contradicho, que era hijo de aquella ilustre y desgraciada víctima de nuestras discordias civiles. Con todo esto, corría el tiempo, y los amigos del orden, si bien contrarios al Gobierno, como no podían menos de serlo, pues una reunión de la clase de aquella sociedad, si no es de oposición, muere, matándola cuando no otra cosa el fastidio que causa, todavía no habían hecho cosa alguna en quebrantamiento del orden ni que a ello se aproximase.
Sin embargo, había dado la sociedad uno u otro paso en que nadie reparó por el pronto, y cuyas consecuencias podían ser peligrosas y aun fatales, porque se arrogaba facultades de un cuerpo político que, como tal, procedía fuera del lugar donde se congregaban los socios para hacer discursos. Así fue que en junio de 1820, estando próximo a venir a Madrid el general Quiroga, diputado a Cortes electo, la sociedad de la Fontana nombró una comisión que fuese a obsequiarle en nombre de la misma en su entrada en la capital de la monarquía. Pero en ello nadie hizo alto para censurarlo, y la sociedad, como tal, rerepresentó su papel en las demostraciones hechas para honrar al general del ejército que había proclamado la Constitución en San Fernando.
Entretanto, ninguno de los socios primeros de la Fontana se había separado de la sociedad, aunque desaprobasen el espíritu que le animaba, y solía concurrir a ella aún don Sebastián Miñano con otros de sus opiniones, censurando a los oradores, casi siempre con razón, pero no condenando al cuerpo entero. Iban así las cosas, cuando la llegada de Riego a Madrid, juntamente con los sucesos que la acompañaron y siguieron, y los que habían antecedido y produjeron su viaje, vinieron a convertir en rompimiento escandaloso lo que era discordancia de opiniones, y más todavía de intereses, entre los dos bandos que ya aparecían formados en el gremio de los constitucionales.
No es mi propósito ahora referir aquí lo que ya en alguna otra obrilla mía dejo dicho, y lo que con más extensión está explicado en algún escrito mío que acaso verá la luz después del momento, poco lejano, en que cierre yo los ojos a ella, tocante a la conducta de Riego, de los ministros y del partido que con el famoso general obraba, y del cual se desentendió y apartó él en su conducta en los sucesos que señalaron los días primeros de septiembre de 1820. Me ciño a hablar del papel que en tan graves circunstancias presentó la sociedad de que era yo parte principalísima entonces.
La cuestión pendiente entre el Gobierno y los hombres de 1820, casi todos, era si había o no de ser disuelto el ejército que se había levantado en enero proclamando la Constitución, y que después había tenido aumento de fuerza, y estaba al mando de Riego desde que había venido Quiroga a tomar como diputado su asiento en las Cortes. No había una buena razón que pudiese alegarse contra la providencia del ministerio que había dispuesto la disolución, pero con ello parecía sin razón que caía una mancha sobre la revolución, representada por aquel ejército; no siendo de extrañar que fuésemos tan propensos a recelar los que sentíamos en nuestro fuero interno que nuestro hecho nos hacía acreedores a extremos o de alabanza o de censura, participando mucho de esta última todo cuanto no era la primera. Era lo cierto entonces que la revolución estaba concluida legalmente, pero en la realidad no, porque estaba fuerte, y trabajando con actividad la vencida causa su contraria, teniendo por su cabeza al monarca reinante, y por cómplices a todos los gobiernos de Europa y a una parte muy crecida del pueblo en España. De tal situación nada bueno podía salir, y en ella nada podía hacerse con acierto completo; y no siendo las cosas lo que sonaban y aparentaban ser, lo que tenía visos de racional por lo común no lo era, y de todo ello nacían juicios errados y actos conformes a tales juicios, siendo la verdad que del triunfo de la Constitución rígidamente observada, y dando al trono todo cuanto ella le concedía, con ser tan poco, la restauración del antiguo gobierno absoluto era, si no infalible, harto probable. No pretendo con esto abonar mi conducta y la de quienes conmigo obraban. Trato solo de explicar el origen y la índole de nuestras culpas.
En la Fontana solía hablarse contra la disolución del ejército, pero no con mucho calor ni con insistencia, porque en otras partes, y no del todo ostensiblemente, había comenzado y estaba siguiéndose con ardor la guerra comenzada.
A la llegada de Riego se habían repetido los obsequios hechos a Quiroga, pero con muy inferior efecto, a pesar de que en renombre y concepto excedía mucho el primero al segundo. Las circunstancias habían variado: los constitucionales estaban divididos, y los ánimos estaban más dispuestos a luchar que a mostrar satisfacción o a concurrir a festejos. Todo ello vino a parar en recibir Riego una orden de ir de cuartel a Asturias, lo cual equivalía a un destierro; y en recibir órdenes iguales o parecidas el general de artillería don N. Velasco, el coronel don Evaristo San Miguel; el de igual clase don N. Manzanares y algún otro. De mí comenzó a susurrarse que sería enviado como secretario de embajada a Londres, plaza que entonces desempeñaba, sin perder por ello su puesto, un oficial de la secretaría de Estado. Pero no fue así, y las cosas tomaron para mí otro aspecto. Fui llamado por el oficial mayor de la secretaría don Joaquín Anduaga, el cual me hizo presente que así él como otros dos compañeros suyos que lo eran míos, don Mauricio Onís y don Manuel de Aguilar, iban a separarse de la sociedad de la Fontana, de la cual eran todavía socios, y que esperaban que yo hiciese otro tanto, no solo por razones de lo llamado _compañerismo_, sino también por otras de mucha mayor fuerza. Mi respuesta fue negarme rotundamente a lo que se me pedía, y, como se me hiciese presente cuán impropio era seguir yo sirviendo mi plaza en una secretaría del despacho, y continuar siendo miembro de un cuerpo declarado ya hostil al Gobierno, convine yo en que tal proceder sería malo y hasta escandaloso, y que por lo mismo estaba yo dispuesto a hacer renuncia, pero de mi empleo, y no del oficio de orador en la tribuna de la Fontana. Cumplí en breve mi propósito, extendí mi renuncia en términos un tanto impropios, y aunque respetuosos en la forma, todo lo contrario en el fondo, y al cabo de ocho años largos de carrera, y tras de mis servicios a una causa que entonces «de oficio» estaba declarada justa, quedé reducido a la clase de mero particular, sin derecho a percibir sueldo, porque aún no existía la clase de cesantes.
Consumado hecho tal, en que mi fatua vanidad tenía no corta parte, aunque también tuviesen alguna y no leve los principios a que quería yo arreglar mi conducta, esperé coger amplio premio de mi sacrificio en vivas y palmadas. Subí, pues, en la noche del 6 de septiembre a la tribuna de la sociedad, seguro de ser aplaudido, y ciertamente al principio excedió la realidad a mis esperanzas, con ser estas muy subidas. Una salva de aplausos tanto cuanto ruidosa, prolongada, me saludó al presentarme al público, y yo, embargado el ánimo, enternecido, cediendo a un tiempo a buenos y a malos afectos, iba a empezar mi discurso, del cual hube de pronunciar algunas frases, justificando o ensalzando mi proceder, cuando fui interrumpido de un modo inesperado, y tanto, que habría sido en balde todo intento de proseguir mi arenga, si ya no me contentaba con hacer el papel, sobre inútil a todo fin desairado, de quien, según la frase vulgar, predica en desierto.
El suceso que interrumpió mi oración fue haber coincidido con ella un alboroto o motín de aquellos a que entonces comenzó a aplicarse la voz de asonada, palabra rejuvenecida de nuestro vocabulario, donde como anticuada figuraba, estando en desuso. A los gritos de viva la Constitución y viva el pueblo soberano, que eran las aclamaciones principales usadas en semejantes alborotos, hubieron de estremecerse de placer mis numerosos oyentes, a los cuales, si eran gratas mis declamaciones, era harto más agradable el tumulto, pues sobre ser más animado que el discurso más vehemente, prometía tener efectos más inmediatos y de superior importancia. En vano yo, influyendo en mí por un lado la vanidad, pero también (séame lícito decirlo) por otro mi convencimiento de que convenía más la oposición por medio de palabras que por el de alborotos, traté de persuadir a mi auditorio de que con oírme serviría mejor a nuestra causa común, que con lanzarse a excesos, si no de los mayores, desde luego propensos a producir algunos de los más graves.
Cansado yo, y habiendo dejado vacía la tribuna, no hubo quien viniese a ocuparla, entretenida la gente ociosa y bulliciosa con el alboroto de las calles; de suerte que con mi malhadada y apenas comenzada arenga se cerró el primer periodo de aquella sociedad de la que tanto se ha hablado.
Al día siguiente a la noche de que acabo de hablar, hubo una acalorada sesión en las Cortes sobre los excesos de la noche anterior y los de que ellos eran resultas. Habló Argüelles con alguna elocuencia, con la razón de su parte, y no del todo con prudencia o tino, y los de la oposición con escasa habilidad para defender su mala causa. Mientras el Ministerio sustentaba la lid en las Cortes, hizo un alarde ostentoso de fuerza en las calles, poblándolas de tropas, y en la Puerta del Sol de cañones, a cuyo lado estaban los artilleros con las mechas encendidas. En el Congreso fue completa la victoria del Gobierno, y en las calles mal pudo conseguirla, pues no hubo asomo de resistencia. Hablar en la Fontana en circunstancias tales era imposible, por lo mismo que no podíamos hacerlo con templanza, ni sin ella. Lo que hicimos los principales socios, esto es, los más activos, fue meternos en una pieza de la casa en cuyo piso bajo celebrábalos las sesiones, y acordar suspender estas por plazo indeterminado, pero no sin hacer a manera de una protesta en términos violentos en la esencia, aun cuando no lo fuesen en la forma. Se me encargó este trabajo, le hice yo de prisa, y le leí a mis consocios, pero no acerté a darles gusto, recayendo sobre mi obra muy general desaprobación por muy diversas razones aparentes, y en verdad, por una común a no pocos que la disimulaban, la cual era el miedo, porque a la fiera amenaza del Gobierno recelaban que seguirían duros golpes. Me acuerdo particularmente que, como yo en el desaprobado escrito dijese cosas graves por lo fuertes, protestando que no las decía, hubo un socio de pocas letras que expresó su extrañeza al notar la contradicción entre lo que yo afirmaba estando haciendo lo contraído, a lo cual respondió en mi defensa otro socio «que el escribir es un arte, y que la contradicción aparente en mí tachada era una figura retórica (la preterición)», lo cual con todo no satisfizo. Vino, pues, a quedar cerrada la Fontana por dos meses a lo menos, sin que los socios compensasen con excesos de la pluma en un manifiesto el sacrificio forzado que hacían renunciando al uso de la palabra.
Pero cuando permanecíamos callados, estuvo a pique de llevarnos a romper el silencio un incidente, el cual prueba que no teníamos inclinación a obrar por medio de motines. Habían las Cortes votado una ley suprimiendo gran parte de las órdenes monásticas, y el Rey, a quien repugnaba dar su sanción a tal proyecto, se manifestó primero dispuesto a negarla, pero después consintió en darla a trueco de ciertas condiciones, y luego volvió a manifestarse resuelto a la negativa. Entendida entonces la Constitución al pie de la letra, se creía que con negar o conceder el monarca su sanción a un proyecto de ley, nada o poco tenía que ver el Ministerio, siendo asunto propio de la regia prerrogativa; pero aun así importaba a los ministros que el proyecto de ley sobre monacales, aun no habiendo sido propuesto por ellos, pasase a ser ley con la sanción real. En medio de esto, o de algún ministro más ligero e imprudente que violento o pérfido, o de empleados allegados a los ministros que creían complacer a sus superiores o servirlos bien, aun contra su deseo en punto a los medios, nació la idea de que convenía amedrentar al monarca, sacando de él por el miedo una vez más lo que ya con frecuencia en los puntos de mayor gravedad se había sacado. Para tan vituperable fin no dudaron quienes a él aspiraban escoger medios nada buenos, pero oportunos; y como la Fontana había conseguido inspirar a la corte terror a la par que odio, a la Fontana apelaron quienes deseaban violentar la conciencia del Rey compeliéndole a confirmar con su sanción la ley sobre monacales. Difundiose de súbito por Madrid a mediodía la voz de que a la noche había sesión en la Fontana, excitose por varios conductos a los socios a que cesase la suspensión voluntaria de hablar en su tribuna, hubo muchos que acogiesen por buena tal idea y se prestasen a llevarla a efecto, y el vulgo liberal, lleno de gozo, se preparó a acudir a un espectáculo para él siempre entretenido, y que lo sería más si en él hubiese de hablarse contra la persona misma del Rey en términos poco embozados. Pero a unos cuantos socios no acomodaba de manera alguna servir de instrumento a política tan torcida, lo cual sería por otra parte convenir en que nuestra sociedad merecía la acusación que le hacían sus enemigos, suponiéndola promovedora de sediciones. Así fue que, congregados en la pieza en que habíamos acordado suspender nuestras sesiones cerca de dos meses antes, ahora deliberamos si era conveniente abrirlas, y, si bien no faltaron quienes opinasen por la afirmativa, prevalecimos los de contrario parecer, y quedó la sociedad en su silencio. Por desgracia, sirvió de poco esta determinación nuestra, pues llegó a Palacio la falsa noticia de que en la Fontana estaba ya hablándose contra la corte con gran calor, y ante un numeroso gentío igualmente acalorado, con lo cual amilanado el Rey se allanó a dar la sanción que de él se exigía. Cuál fue el resentimiento del monarca y los palaciegos, y qué efectos estuvo a pique de tener, no es asunto de la relación presente: baste en ella decir que la sociedad de la Fontana, lejos de prestarse a promover un alboroto, se resistió hasta a abrir sus sesiones cuando a hacerlo era provocada, y no fue, por cierto, culpa de los que en ella figurábamos que, contra nuestra voluntad, sirviésemos de instrumento con que, amenazado, el Palacio cedió al terror que le causaba nuestro nombre, viéndose en esto que era peor nuestro concepto que nuestros merecimientos; preocupación de entonces que hoy todavía dura. Pero si permaneció muda la Fontana en el suceso que acabo de referir, no así cuando, retirado Fernando VII al Escorial, trazó allí planes de derribar la Constitución, y con escasa maña declaró su intento sin dar el golpe que meditaba nombrando por sí, y sin anuencia de sus demás ministros, para desempeñar el ministerio de la Guerra a una persona a todas luces sospechosa. Estalló con esta en Madrid un motín que duró tres días, consintiendo el alboroto los ministros, si bien, por lo mismo que nadie se opuso a los bulliciosos, no pasó el desorden de ser una continuada gritería en que abundaban voces injuriosas a la real persona.[70]
[70] Los que no vivieron en aquellos días no tienen idea de lo que era entonces una asonada. Lejos de causar terror, como los alborotos de nuestros días, eran una verdadera fiesta. En vez de cerrarse las puertas de las casas o las tiendas, todo estaba abierto y poblados de gente los balcones. El motín se reducía a gritos acompañados de canto, porque la revolución de 1820 fue en alto grado filarmónica. El grito principal era viva el pueblo soberano; las canciones varias. La famosa del _trágala_ se usaba solo delante de las casas de determinadas personas, y, por lo común, de noche como por vía de cencerrada.
Se abrió con este motivo la Fontana, y desde su tribuna peroraron varios de los que solían lucir allí su elocuencia, y algunos más que en aquella ocasión se estrenaron. Hablé yo también, y parecí frío y poco digno de mi fama, porque eran horas aquellas de desacato en el hablar, y yo no sabía llegar en la forma a la descompostura generalmente usada entonces. Esto aparte, la Fontana en aquella ocasión obró en consonancia con lo que pasaba fuera de su recinto, pues ni excitó ni fomentó en gran manera el desorden, contentándose con hacer en él un papel y no el primero. Quien más se desmandó fue un don Santiago Jonama, hombre de gran talento y regular instrucción, nada liberal desde 1814 hasta 1820, y hasta entonces poco grato a los constitucionales, si bien figuró después entre los más extremados de su bando, acarreándole sus violencias prisión y temprana muerte causada por enfermedad contraída en su encierro. Este tal aludió a que era posible que llegasen las cosas al caso de deponer al Rey, por lo cual, pasado ya el tumulto, fue llamado por el jefe político y medio reprendido en términos suaves. De los demás en ninguno hubo que notar, porque el yerro o delito era de tantas personas y en tantos lugares, que se hacía imposible no solo el castigo sino aun la censura.
Después de estos sucesos (por noviembre y diciembre de 1820 y al principiar 1821) tuvo la Fontana un eclipse. Estaba, bien puede decirse, abierta de derecho; pero de hecho nadie hablaba en su tribuna. Hasta no sé por qué causa la tribuna hubo de desaparecer por breve plazo, siendo de notar que nadie la echase de menos. Si no había recibido aquella sociedad un golpe, había sido acometida de un mal funestísimo a un cuerpo de su clase, como lo es a los periódicos de oposición violenta, y era que el partido en ella dominante había venido a ser el del gobierno o ministerio, por lo cual no era posible hablar desde aquella tribuna dando gusto a la muchedumbre. Entretanto, por lo mismo que los llamados hombres de 1820 se habían avenido y unido con los ministros, otras personas de diferente opinión, o cuyo interés era casi contrario, se iban deslizando a una recia oposición, cuya fuerza principal era que contaba con el favor palaciego y con el del Rey mismo. Quiso este partido novel, que ni aun podía pretender ser un bando de alguna influencia, usar también del arma de los discursos en sociedad patriótica, sin conocer que arma tal no sirve para todas las manos. Así es que formó una sociedad en el café de la Cruz de Malta; pero según debía suceder, con poca feliz fortuna a la postre.
II.
Para lograr que comprendan los que poco saben de la historia de España en 1820 por qué la sociedad patriótica fundada y abierta en el café de la Cruz de Malta tuvo breve la vida y escasa la fortuna, aunque en ella se habló con tanta violencia cuanto en donde más, indispensable es decir a qué circunstancias debió su origen aquella malhadada reunión y de qué clase de personas estuvo compuesta.