Part 29
Ofendido y no sin causa el Rey de haber sido engañado y compelido por un terror sin motivo a dar su sanción a la ley de supresión de monacales, se propuso vengarse de un agravio que le punzaba más porque le lastimaba en su vanidad de sagaz y ladino. Buscó la codiciada venganza por varias sendas; primero por una en que caminasen unidos los llamados exaltados u hombres de 1820 con los amigos personales del monarca, o digamos sus privados, contra los ministros, y después, no siendo fácil llevar a cabo tal unión, por otro medio a él más grato, cual era el de una conjuración que, si salía favorecida por la suerte, acabaría a la par con la Constitución y los ministros. Malogrose este último plan, y descubierta la trama, salvó al Rey su inviolabilidad, pero la legal de que disfrutaba no alcanzó a ser moral, por lo cual su persona quedó expuesta, no solo a acre censura, sino a groseros insultos. Vuelto del Escorial, a donde había ido para llevar adelante su empresa hasta darle cima, y regresando de allí, no por su voluntad, sino llamado o constreñido por fuerza a la cual nada tenía que oponer, fue a su entrada en la capital saludado con maldiciones y denuestos, y estos últimos de la clase más soez, de lo que recibió dolor y enojo superiores a todo cuanto podrían haberle causado tentativas contra su vida. De ello acusaba a sus ministros, y no sin razón, bien que a estos servía de disculpa haberles sido imposible refrenar la ira de los constitucionales sin dar a los enemigos de la Constitución un grado no leve de fuerza; cuando estos ya la habían cobrado no corta de resultas de haber sido maltratados los prohombres de la revolución en los sucesos de septiembre. Haberse avenido los ministros con aquellos a quienes dos meses antes habían mirado como a contrarios y castigado como a inquietos, era otro acto que la corte calificaba de culpa, aunque lo mismo habían querido hacer o aparentádolo los palaciegos con plena aprobación del Rey mal disimulada. Había además un crecido número de personas no palaciegas, que en las ocurrencias que causaron el destierro de Riego y sus amigos habían abrazado la causa del ministerio con calor, cebándose en los caídos, proclamándose constitucionales, y calificando de facciosos a sus adversarios; en suma, ofendiendo gravemente a unas personas y a un partido cuyo nuevo encumbramiento veían con dolor e ira, viéndose ellos casi pasados a una oposición de la cual no podían prometerse ventajas, ni aun siquiera sentirse halagados por el aura popular que respiran por lo común con recreo las oposiciones. Si entre tales individuos había algunos amantes sinceros de la Constitución o de un gobierno libre, eran estos en número corto, no señalados por su adhesión a la causa constitucional en los tiempos pasados, y por lo mismo, o ya sospechosos a los liberales extremados, o en situación en la cual era fácil hacer caer sobre ellos sospechas de la peor clase posible. Contábase entre esta gente lo general de los afrancesados, llenos de odio a los constitucionales de 1812, y no sin alguna razón, si bien no la bastante, a justificar los medios que empleaban para satisfacer su pasión rencorosa. Porque es cierto que en 1820, con alguna injusticia y con ninguna cordura, los restauradores de la Constitución, con raras excepciones, no habían escaseado insultos a los malaventurados secuaces de José Bonaparte, cuyo crimen había sido grave, pero en algunos acompañado de circunstancias atenuantes, y a los cuales aconsejaba una sana política tratar como lo han sido en nuestros días los servidores del Pretendiente. Provocados los maltratados, que lo eran de palabra más que de obra, pero resentidos de la injuria más todavía que del daño, y estrechando los lazos que los unía su misma situación de excomulgados políticos, iban formando un partido que buscaba en los anticonstitucionales aliados, yéndose poco a poco desviando aun de la profesión de doctrinas un tanto liberales en que solían ellos buscar y creían hallar la justificación de su pasada culpa.
Esta amalgama de personas vituperaba entonces la conducta del ministerio por lo que llamaba vergonzosa capitulación con los que le habían hecho guerra en septiembre, y a los cuales había vencido y sujetado a merecida, aunque blanda pena. Pero escogieron para comenzar su campaña los de la novel oposición el medio de formar una sociedad patriótica, idea desatinada, de la cual, si lo pensaban bien, no podían sacar provecho. No era la hora en que principiaron a poner por obra su plan la más a propósito para sociedades patrióticas, si ya no las hacían como lo que eran las de provincia, donde se reducían las sesiones a explicar artículos de la Constitución, por lo común disparatando, cosa que no bastaba para los auditorios madrileños, y por esto era preciso que en una tribuna popular de la capital o se hiciesen elogios de los ministros, lo que en reuniones tales no es sufrible, o se hiciesen censuras oyéndolas con desaprobación cabalmente la gente en lo general más inclinada a aceptarlas y aplaudirlas, porque no eran del gusto de estas o no merecían su confianza los censores.
Sin embargo, a los primeros discursos pronunciados en la Cruz de Malta acudieron numerosos oyentes, y como los oradores en punto a doctrinas y a invectivas contra el Gobierno nada dejasen que desear, ni aun comparándolos con los de a la sazón muda Fontana, fueron oídos con satisfacción y terminaron sus arengas entre vivas y palmadas. Pero bajo la corriente a la cual cedían los aprobantes, dejándose llevar por ella como incautos, había otra que impelía a mirar con reprobación la oposición nueva. Los liberales antiguos, y aun la mayor parte de los nuevos, descontando los del mero vulgo, comenzaron a murmurar de la sociedad novel, sospechando la intención que la movía, convirtiendo pronto en certidumbre la sospecha, y llevando a mal, como era y es propio de la parcialidad que se dice o aun se cree amante de la libertad, que otros hiciesen corte al ídolo de su culto y pretendiesen ser por él favorecidos. De todo ello resultó caer la reunión de la Cruz de Malta en pronto y completo descrédito entre los partidos todos, condenándola unos por lo que sonaba ser, y otros por no ser lo que sonaba. Despertose la idea muy natural de que convenía que se hablase en la Fontana levantando altar contra altar, o, digamos, contraponiendo el de la deidad verdadera al de la falsa, con lo cual caería al instante la última resuelta en polvo. Presteme yo a llevar a efecto tal proyecto, y lo hice de muy mala gana, porque acababa de ser incluido entre los vueltos a sus destinos con ventaja, y además aprobaba hasta cierto punto la conducta del Gobierno, quizá porque desaprobaba la de sus contrarios, y, por el lado opuesto, sentía afición a toda sociedad patriótica y llevaba a mal que les coartase la facultad de hablar el Gobierno, del cual, si estaba yo satisfecho en buena parte, no lo estaba del todo. Batallaban también en mi ánimo dos principios encontrados, llevándome a sustentarlos pasiones diversas a ellos conformes: no querer ponerme en guerra con un Gobierno del cual había novísimamente recibido una merced, y, lo que era más, recibido otras iguales mis amigos políticos, siendo esta señal de alianza contra un enemigo común, y sentir repugnancia, por otra parte, o aparecer apóstata, aun cuando no lo era, pues hablaría al cabo contra una sociedad de la clase de las que yo admiraba, si bien compuesta de personas muy otras que las de mi bando, o, dígase, de una sociedad en la cual apenas podía yo culpar los hechos, pero en que juzgaba muy mal de las intenciones de los oradores. Con todo, acudí a la Fontana, y como no estuviese allí aún repuesta en su lugar la tribuna, peroré subido en una mesa, según se hacía en el café de Lorencini. Mi discurso no fue ni ministerial ni de oposición, porque inculpé malamente a los ministros, y afeé el espíritu inquieto de los de la Cruz de Malta, sustentando el derecho de hablar en público y condenando al Gobierno porque le coartaba o se le declaraba contrario, pero insistiendo en que la oposición hecha de palabra no debía provocar a sediciones ni alborotos. Poco efecto hubo de hacer mi arenga, sucediendo otro tanto a la que en seguida hizo mi amigo don Manuel Eduardo de Gorostiza. No recibí señal de desaprobación de los ministros, aunque alguna merecía, ni de los de mi partido, no obstante ser ellos a la sazón ministeriales. Los periódicos dijeron que se había hablado en la Fontana, donde los oradores (señalándonos por nuestros nombres) habíamos sostenido principios de orden, lo cual fue hacernos favor, sin dejar de hacernos justicia. Nuestros pobres rivales de la Cruz de Malta hubieron de callar, porque para seguir la guerra por ellos declarada habían menester fuerzas muy superiores a las suyas. Quedó, pues, triunfante la Fontana, y con ella el ministerio, el cual la miraba, si como amiga, como una que lo era poco segura y no más grata. Fue restablecida la tribuna, pero desde ella se hablaba poco y con escasísimo efecto. Concurría yo, pero solo como oyente, distraído a otras atenciones que la a que llamaban los discursos, dignos en verdad de poca, porque, no siendo la reunión de oposición, en sus efectos era nada. En medio de ello (empezando enero de 1821) salí yo de Madrid y me trasladé a Córdoba, a servir la intendencia de aquella provincia, con la que había sido agraciado al expirar el anterior noviembre.
En Córdoba se formó una sociedad, y, como debe suponerse, hablé yo en ella, cosa que no cuadraba con la dignidad de mi cargo; pero en aquellos días se reparaba poco en tal cosa. Mis discursos allí no fueron demagógicos ni podían serlo, porque no eran de lucha entre doctrinas o intereses opuestos y se reducían a alabanzas de la Constitución, a explicaciones de artículos de la misma, o a justificar reformas de las que entonces estaban haciendo las Cortes.
Corriendo el año de 1821, separó el Rey de sus puestos a sus ministros, y puso en su lugar otros, si bien muchos de ellos constitucionales que habían dado pruebas de serlo, harto inferiores en renombre a aquellos cuyos puestos ocupaban. El espíritu de inquietud comenzó a dar muestras de sí, y, andando el tiempo y mediado el año, la sociedad de la Fontana comenzó a ser por demás borrascosa, según entendí entonces y ha sido fama luego. De sus excesos me hacen responsable no pocos escritores de hoy, completamente ignorantes de lo pasado en los días de que voy hablando; pero mi justificación es fácil, pues no podía, estando en Córdoba, estar en una sociedad madrileña. Lo cierto es que el jefe político de Madrid, Martínez de San Martín, mandó cerrar la tal sociedad, excediéndose, en mi sentir, aun pensándolo hoy, de las facultades que le concedía la ley vigente, pero procediendo con acierto, si cabe acierto en no atenerse a la ley, porque la interpretó estirándola, y la interpretación, aunque errónea, hubo al fin de ser aprobada por las Cortes.
Separado Riego del mando militar de Aragón, siendo su separación bien merecida, coincidió, o poco menos, con el cerrar de la Fontana, haber varios individuos, de ellos muchos socios y oradores en aquellas reuniones turbulentas, que discurrieron pasear por las calles de Madrid como imagen de santo en procesión el retrato del general objeto de la severidad del Gobierno y del culto de los patriotas extremados, haciéndole honores parecidos a los que a las santas imágenes hace la Iglesia. Disgustó al Ministerio el proyecto, y salió una orden prohibiendo ponerle en ejecución; pero tal orden o no fue sabida, o no se tuvo por ajustada a la ley ni por acreedora a obediencia, y, comenzada la procesión, tropezó esta en la calle de las Platerías con un batallón de la Milicia nacional mandado por don Pedro Surra y Rull, a la sazón del comercio de Madrid, el cual, habiendo intimado a los que traían con pompa solemne el retrato que se retirasen y disolviesen, y hallando resistencia pasiva, mandó embestir con ellos a bayoneta calada; pero de tal modo, que la embestida no pasase de amago, porque no preveía que hubiese quien a los suyos hiciese frente. Y fue así, que los de la procesión, viendo venir sobre ellos a los milicianos, se dieron a la fuga, dejando en el suelo la imagen objeto de su veneración y obsequios, la cual fue recogida, y por lo pronto depositada (según creo) en las casas consistoriales. Tanto los del partido vencedor cuanto los del vencido en lid tan poco reñida, convinieron en dar a aquel lance, más cómico que trágico, por nombre o apodo el de batalla de las Platerías; pero no pocos escritores tildaron como horrible exceso la conducta en caso tal observada por el Gobierno y sus agentes. Alcanzó el golpe a la sociedad de la Fontana, cuyas puertas quedaron entonces para siempre cerradas para otro fin que el servicio ordinario de un café, pues aunque todavía hubo en Madrid una sociedad patriótica, y por cierto no poco alborotada, fue otro el lugar donde se congregó, y otros que los socios antiguos de la Fontana quienes en ella se distinguieron.
En tanto, continuaban en varias ciudades de provincias las sociedades patrióticas; pero el hecho mismo de que continuasen acreditaba no ser miradas como peligrosas por las autoridades.
Sin embargo, podría decirse que la tolerancia de la autoridad probaba poco en varias poblaciones, donde o estaba supeditada, o era ejercida contra el Gobierno. Esto pasaba en Cádiz y Sevilla en los últimos meses del año de 1821 en que estaban ambas capitales con las dos provincias de ellas dependientes separadas de la obediencia al Ministerio y a las leyes. Pero, aun allí y entonces, las sociedades patrióticas o públicas no dirigían el movimiento que nacía de las sociedades secretas dominantes en ambas ciudades y si a él coadyuvaban era en corto grado y con escaso efecto.
Así fue que en diciembre del aquí recién citado año, siendo yo diputado electo por la provincia de Cádiz, y habiendo pasado a ella con objeto de traerla con política artificiosa a la obediencia al Gobierno y a las leyes, cuando me proponía valerme para mis fines de la sociedad patriótica de aquella ciudad, supe que tal sociedad era tenida en muy poco hasta por los hombres de opiniones más extremadas y los más empeñados en que no cediese la loca resistencia o rebelión que tantos males estaba produciendo. Era cabeza de la sociedad don Domingo Antonio de la Vega, de quien he hablado bastante en otro lugar de estos mis recuerdos, y participaba la reunión del disfavor con que estaba mirado en Cádiz su presidente, o digamos, de la mala fortuna que a este perseguía, a punto de no haber recaído en él premio alguno por los notabilísimos servicios que había hecho a la causa constitucional en los trabajos que, con grave peligro de quienes en ellos tuvieron parte, la sacaron triunfante al cabo. Fui yo, con todo, una vez a la sociedad, invitado a ello, y no pudiendo excusarme, hablé, y fui muy aplaudido al oírme; pero en breve fue muy censurado mi discurso por haber sido completamente evasivo, pues ni una sola palabra dije sobre la gran cuestión pendiente, la cual ocupaba todos los ánimos, y me ceñí a hablar de las obligaciones que había contraído al ser nombrado diputado y de mis propósitos en punto al modo de desempeñarlas. Era, con todo, tan corto el valor que se daba a todo cuanto se decía o hacía en la sociedad que aun mi proceder algo cauteloso, o, cuando menos, poco franco, si fue con razón desaprobado, no me atrajo clase alguna de sinsabores, y eso que no escasearon para mí en aquellos días, en la misma ciudad, y por la causa que a todos tenía en ansioso empeño.
Igual era, o quizá inferior en importancia a la sociedad de Cádiz, la de Sevilla. No porque en la una y en la otra se oyesen sanas doctrinas, pues sucedía a menudo lo contrario; pero se perdían en los aires, sin dejarse sentir su influencia fuera del recinto en que se celebraban las sesiones todas las perjudiciales ideas que desde sus tribunas se predicaban.
No hablé yo en la sociedad de Sevilla en dos o tres días que pasé en el mes de enero de vuelta de Cádiz en aquella ciudad, reducida ya con trabajo a la obediencia, así como lo había sido su compañera en los anteriores excesos. También a mi paso por Écija asistí a la sociedad que en ella había, a pesar de no ser capital de provincia, pero sí población importante por su vecindario y su riqueza. Era común entonces en España decirse que unos pueblos eran constitucionales y otros no, y el de Écija estaba contado por de los apasionados de la Constitución, y en alto grado. Pero su sociedad era pacífica, y en ella se explicaban los artículos del Código sagrado (que tal nombre se le daba entonces), con poco acierto en general, como se debía esperar del corto saber de casi todos cuantos en ella peroraban; pero con mucha paz y a satisfacción del auditorio, al cual servían aquellas pláticas doctrinales profanas de diversión, que, en una ciudad donde hay pocas, venía bien por cierto. Aunque solo me detuve allí a hacer noche, como fui a la sociedad no pude excusarme de hablar en ella, y dije algunas trivialidades que me valieron buena cosecha de aplausos.
Abriéronse en breve las Cortes de 1822 y 1823, y considerando quiénes eran los diputados electos, había razón sobrada para presumir que en ellas predominaría el partido dicho a la sazón exaltado. No correspondieron del todo a las esperanzas o los temores las resultas, pues en la primera legislatura del nuevo Congreso, variando la mayoría, ya se declaraba por uno, ya por otro de los dos bandos que estaban haciéndose cruda guerra. En la cuestión de las sociedades patrióticas ganaron los moderados una victoria, desechándose una proposición en la cual iba implicado que se abriese la de Madrid, porque se interpretaba la ley vigente hasta aprobar la conducta del jefe político que la había cerrado y mantenía cerrada. Con vergüenza confieso que fui yo de parecer contrario al de la mayoría, durando aún en mí la afición a tan perniciosas reuniones.
Pero sobrevinieron los sucesos que señalaron el día 30 de junio y los seis siguientes, concluyendo el 7 de julio en una agresión violentísima del partido monárquico o absolutista, y una victoria completa de los constitucionales. Del triunfo, al cual habían contribuido los moderados, sacaron los exaltados todo el provecho, cayendo en sus manos el poder a despecho del Rey, constreñido a escoger de entre ellos sus ministros. Abiertas Cortes extraordinarias en octubre de 1822, una comisión del Congreso, entre varias proposiciones que hizo encaminadas a defender y sustentar la Constitución contra los enemigos que dentro de España la combatían y desde afuera la amenazaban, propuso que fuesen abiertas las sociedades patrióticas. Me tocó hacer una nueva ley sobre ellas, y la hice sencillísima, y muy arreglada a las buenas doctrinas, siendo su único defecto que, con ponerla en práctica en las circunstancias en que se veía el pueblo español, se fomentaba todo linaje de desorden y se imposibilitaba el remedio cuando ocurriese.
No tardó mucho en abrirse en Madrid una sociedad para que sirviese de prueba de lo que era en su aplicación y uso la nueva ley. No sirvió ya la Fontana, sin que sepa yo la causa, para teatro de nuevos alborotos, como si fuese menester otro edificio cuya fama oscureciese la del antiguo, por excederle en lo malo. Trabajaba ya entonces una división más al no muy fuerte partido constitucional, pues los exaltados, guiados por dos sociedades secretas, una de otra enemigas, estaban en pugna no menos recia que la que ambos juntos habían tenido y aun no cesaban de sustentar contra los moderados. El Ministerio tuvo, pues, a su frente a los de la sociedad otra que la de que había salido, y sus contrarios, como era natural, extremando las doctrinas favorables al poder popular, le tachaban no solo de torpe, sino de tibio, aplicándole el epíteto, común en aquellas horas, de _pastelero_. La sociedad, junta en un salón del convento de Santo Tomás, hubo de llamarse _Landaburiana_, tomando este nombre en obsequio a la memoria del oficial de la Guardia Real don Mamerto Landáburu, asesinado en la tarde del 30 de junio del año 1822 por los anticonstitucionales de la misma Guardia. Acudí yo a ella como a campo de batalla donde lejos de esquivar la lid la buscaba, seguro de la victoria alcanzada entre aplausos. En efecto, en el primer día en que hablé en su tribuna, como fuese el argumento de mi discurso declamar contra las potencias extranjeras que a las claras estaban preparándose a romper en hostilidades contra la España constitucional, salí de mi empresa airoso, vitoreado como cuando más en ocasiones anteriores. Poco me duró mi triunfo. Yo era amigo del Ministerio, impropio título para ganarme aprobaciones en una reunión de la clase de la _Landaburiana_, en la cual la sociedad de los comuneros, enemiga de la de que yo seguía siendo en ella parte de las principales, contaba por representantes de sus doctrinas e interés a la mayor parte de los oradores. Habló en ella el anciano Romero Alpuente, vertiendo con su débil voz de viejo achacoso máximas subversivas e incitadoras a toda clase de excesos, que si bien proferidas con frialdad excesiva, y saliendo de hombre cuya cabeza estaba cubierta de canas, producían efectos perniciosísimos. Empezó a distinguirse en el mismo teatro don Juan Florán, muerto poco ha titulándose marqués de Tabuérniga; joven entonces, de claro talento y de instrucción corta, declamador hueco y teatral en sus modos, pero propio para arengar a la muchedumbre ignorante. A estas famas recién nacidas y crecientes intenté yo oponer la mía algo antigua; pero con poco fruto, y en breve hube de conocer que no solo quedaba y quedaría vencido en la lid, si a ella me arrojaba, sino que me costaría suma dificultad hasta el intentarlo, impidiéndomelo muestras de desaprobación próximas a ser insultos. Abandoné, pues, el campo, y hube de retirarme aun del lugar destinado a los socios, y si alguna vez concurría a la sociedad fue al sitio destinado a los meros oyentes, desde el cual oía llover denuestos sobre mis amigos políticos y sobre mi persona.[71]
[71] Desde el lugar destinado al público solían mis amigos políticos desmentir a los oradores. Una noche, el señor don Facundo Infante, entonces diputado, como oyese que decían de mí una cosa falsa, gritó «_es mentira_»; conmoviose el auditorio, pero no paso de murmullo desaprobador su enojo. El orador desmentido no hizo más que ratificarse, pero solo en parte, en lo que había afirmado.