Recuerdos de un anciano

Part 30

Chapter 303,867 wordsPublic domain

No faltaban en aquella reunión los mueras y a alguno de estos se agregaba mi nombre. Entre tanto iba haciéndose la sociedad turbulenta, a punto de que amenazaba excitar a un motín, y, aunque era probable que no pasasen de amenazas sus provocaciones, el Gobierno y sus parciales no eran sufridos, no siéndolo partido alguno en España y menos entonces, y las circunstancias habían venido a ser críticas sobremanera, despedazando el Estado una guerra interior y viéndose venir una invasión de los extraños. Pero la inexorable mal pensada ley, hija de mi locura más que de la de otros, tenía atadas las manos a la autoridad, pues si podía mandar cerrar la sociedad en la hora en que se desmandase, tenía obligación de consentir que de nuevo se abriese, corrido brevísimo plazo. En apuro tal, apeló el Gobierno a un recurso en que llegaba a los últimos términos de lo ridículo su mal encubierta flaqueza. Mandó reconocer la sala en que celebraba sus sesiones aquella reunión turbulenta, y cuidó de que se declarase el edificio en mal estado, a punto de amenazar ruina, por lo cual, celoso al parecer del bien de los socios y del público, cuya concurrencia le hacía participante del peligro, prohibió congregarse en lugar tan poco seguro. Bien era fácil haber hallado otra sala, aunque menos espaciosa, donde seguir perorando y alborotando; pero estaban cansados de la sociedad hasta los mismos socios. Murió, pues, tan singularmente la sociedad _Landaburiana_ dejando de sí menos nombre que su antecesora, aunque en la historia de nuestros desvaríos merecía ocupar un lugar prominente.

Su fin fue el de las sociedades patrióticas de la capital, porque, coincidiendo con él gravísimos acontecimientos, como fueron la presentación de las notas de las potencias aliadas y la inminencia de la invasión francesa, que pronto vino a ser un hecho, ocupaban los ánimos mayores cuidados que el de prestar atención a vanas declamaciones.

Sin embargo, en las provincias no quedaron desocupadas las tribunas populares. En el último tercio del año 1822, favoreciéndolas hasta no corto grado el Gobierno, si bien hallando en ellas más contrarios que amigos, daban entretenimiento a las poblaciones. De las de algunas sé, pero confusamente, que fueron promovedoras no solo de desorden, sino de excesos. Una hubo en Cartagena cuyo nombre descubre su mala índole, porque se titulaba de los _virtuosos descamisados_, remedo este sustantivo del de _sans culottes_, si bien, al copiar a nuestros vecinos, pareció conveniente mudar la pieza de ropa, cuya carencia constituía un mérito o un derecho a ser tenidos los asociados por modelos de patriotismo. Por supuesto, cuadraba mal a semejante cuerpo el nombre que llevaba y el epíteto con que se distinguía, por no ser en sus miembros la virtud calidad muy común, ni dejar de llevar camisa los que pretendían ser de suma pobreza, porque los verdaderamente necesitados no son los que asisten a tales reuniones ni los que en ellas predominan.

Otras sociedades se distinguían por su inocencia. En la de Córdoba, a ejemplo de otras, sintiéndose escasez de oradores y hambre de discursos, se apeló al arbitrio de convidar al clero y a las comunidades religiosas a que viniesen a la tribuna a hacer panegíricos de la Constitución, y como no aceptar el convite pareciese peligroso, acudieron clérigos y frailes a hacer el para ellos ingrato oficio de predicadores profanos.[72] Cosa era que movía a risa oír a aquellos infelices, casi todos ellos enemigos de la causa porque se veían obligados a abogar, decir trivialidades que por lo común eran desatinos enormes, agregándose a la mala voluntad visible en los oradores su ignorancia completa en punto a las materias que trataban.

[72] En una excursión de unos días que hice a Andalucía a fines de febrero de 1823, como hiciese noche en Andújar la diligencia en que yo iba y se supiese ser yo uno de los pasajeros, me envió una diputación la sociedad de aquella ciudad, la cual, sin ser capital, la tenía, así como Écija, por ser población crecida y rica. Pero fue grande mi extrañeza al ver al frente de los que me convidaban al vicario, a quien yo por casualidad conocía por haber viajado con él en silla de posta hasta Madrid en 1817, y porque en el viaje, hablando de un obispo de Jaén que había sido liberal en 1813, se expresó el buen eclesiástico en términos que le declaraban tan lejano de ser constitucional, cuanto cabe. Pero el pobre señor cedía a las circunstancias, como otros de su clase y opiniones. Por supuesto, fui yo a la sociedad y hablé como en Écija. No era por cierto peligrosa al orden público aquella reunión, pues era solo inocente, dando a esta palabra las varias acepciones que es común darle.

Pero solía suceder con alguno de estos eclesiásticos, a quien, en sentido inverso de un personaje de comedia muy conocido, no cuadraría mal el nombre de fray Obediente Forzado, se deslizase un tanto a mostrar desaprobación, si bien no de la Constitución, de su espíritu y de varias doctrinas a la sazón predominantes, así como de leyes de ellas emanadas, y entonces era grande la indignación del auditorio, sin considerar que el malhadado orador, apremiado a hablar, había de hacerlo, o contra su propia opinión en gravísimas materias, o en parte contra los principios reputados santos en el lugar donde predicaba. Por fortuna, fueron raros casos tales, y cuando ocurrieron, no tuvieron efectos funestos a los oradores. En general los discursos _constitucionales_ de los _desafectos a la Constitución_ solo se señalaban por lo vacíos de ideas y por la insulsez a ello consiguiente. Pero tales cuales eran bastaban para hacer pasar el tiempo a los oyentes, que lo eran solo a medias, pues más debían ser llamados concurrentes distraídos.

Estas sociedades pacíficas vinieron a ser a modo de tertulias públicas, en que el orador hacía a veces el papel de algún pobre músico que toca o canta delante de un auditorio que le presta o poca atención o ninguna. Yo hacía el papel de asistente a la de Córdoba durante el mes de marzo de 1823 que pasé en aquella ciudad, y aun hablé en ella una vez para oponerme al desmandado comunero Moreno Guerra, quien, hablando de la próxima entrada del ejército francés invasor en nuestro suelo, le pronosticó pronta y fácil victoria, moviéndole a tal aserto, que vino a ser verdad, el mismo exceso de su furor de partido, pues solo intentaba cebarse en los de la sociedad secreta su enemiga, a la cual achacaba haber traído la guerra.

Durante la estancia del Rey y las Cortes en Sevilla en la fatal primavera de 1823, aún no sé si seguía allí abierta una sociedad patriótica, pero el hecho mismo de no saberlo prueba que si existía, era tenida en muy poco. No la hubo, y mal podía consentirse en el siguiente verano en Cádiz, estando sitiada y combatida la plaza por el ejército francés mandado por el duque de Angulema. Ni estaban a la sazón los espíritus para echar de menos declamaciones vagas de tribuna, siendo general el decaimiento llegado a ser postración, y si poseídos algunos de furia intensa, precisados a no manifestarla, en parte por temor a la autoridad, y en parte también por estar ciertos de que a pocos lograrían comunicar sus pasiones furibundas, y porque sentían que un furioso, cuando no causa terror, provoca a risa.

Que las sociedades patrióticas causaron algún mal, aunque no al punto que suele suponerse, y ningún bien, es cosa que hoy apenas hay quien duda. Así es que, recién proclamada la Constitución de 1812 en 1836, de resultas de varias conmociones populares, y triunfante el partido más extremado de esta época, los ministros de él salidos, y que eran sus caudillos y representantes, se negaron a conceder licencia para el establecimiento de una sociedad patriótica al uso antiguo en Madrid, y si el haber habido quien esto solicitase prueba que aquellas reuniones aún contaban con uno u otro aprobante, el hecho de que no hubo un clamor pidiendo su resurrección, cuando todo quería reponerse según estaba en 1823, acreditó que aquellos cuerpos un tiempo tan famosos vivían en el recuerdo más para ser reprobados que aplaudidos.

En estos años novísimos ha habido, sin embargo, reuniones en que se ha hablado ante un público numeroso sin que de ello haya resultado el menor inconveniente. Pero las reuniones de ahora son para un punto concreto, y versan sobre cuestiones en que la pasión toma poca parte, no teniendo por tanto semejanza con las sociedades patrióticas que tanto dieron que hacer y decir en los tres años y poco más en que estuvo la Constitución de 1812 establecida, pero no firmemente asentada en nuestro suelo. Que hoy produjesen el efecto que en los pasados tiempos, es muy dudoso, siendo lo cierto que si existiesen tendrían forma diversa de la que tuvieron, y serían en algo, aunque no en mucho, diferentes las doctrinas que en ellas resonasen. Pero estas son conjeturas ajenas del artículo presente, en el cual solo ha querido darse un compendio de la historia de aquellos cuerpos, compendio escrito _ad narrandum_ y no _ad probandum_, aunque de la narración bien pueden y aun deben sacar datos en que fundar juicios los lectores.

XII.

SOCIEDADES SECRETAS DE ESPAÑA DESDE 1820 A 1823.

En anteriores trabajos he hablado, con ocasión de referir o explicar cómo cayó un mal gobierno en nuestra patria, de la parte principal que tuvo en derribarle una sociedad secreta. Posteriormente he escrito en compendio la historia de las reuniones públicas apellidadas sociedades patrióticas, que representaron importantísimo papel en el drama de trágico fin de que fue España teatro, desde que fue en ella restablecida la Constitución de 1812 por un acto de violencia, hasta que la invasión de un ejército extranjero, favorecida por la parte más numerosa, aunque, cierto, no la más respetable o ilustrada, del pueblo español, la echó al suelo. Pero quizá no esté de más dar alguna noticia de lo que la misma sociedad restablecedora de la Constitución hizo mientras la ley política restablecida por sus esfuerzos se mantuvo en pie, como también del nacimiento y creces de otra sociedad salida de sus entrañas, la cual, su rival y aun su enemiga desde luego, cobrando pujanza, vino a entrar en viva y enconada guerra con su madre; lid a la par ridícula y funesta, que, si no trajo consigo el acabamiento de la Constitución, debido a superiores causas, contribuyó a él en grado no corto. En verdad, sin saber qué hacían las sociedades secretas en 1820, 21 y 22, la historia de las cosas de aquellos días incurre en errores graves, e induce con ello a equivocados juicios, siendo común achacar los efectos a causas otras que las verdaderas.

Mucho han dicho los pocos escritores que han tratado de un periodo de nuestros anales en verdad nada glorioso, contra la fatal y desvariada idea de que una sociedad, máquina usada para combatir y derribar un gobierno, continuase en juego con la pretensión de dirigir en conciliábulos secretos la conducta del que había puesto en pie. Autoridad de tanto respeto como es la de don Manuel José Quintana asienta en sus cartas a lord Holland que es absurda por demás la idea de «_gobernar como se conspira_». Pero los censores, si bien lo son con justicia, olvidan que hay malas consecuencias casi forzosas de hechos de mala especie, y que el medio abrazado para acabar con el despotismo del gobierno de 1819 hubo de ser vituperable aun a los ojos de la gente juiciosa que aplaudía el para ellas buen fin a que se había llegado por nada buen camino. Pretender que, jurada por el Rey la Constitución, y establecido como gobierno legal el constitucional, se hubiese disuelto por voluntad propia una sociedad ufana de su triunfo y llena del conocimiento de su poder, es pretender una cosa justa, pero apenas asequible.

Sin duda erramos o pecamos gravemente quienes, en vez de disolver la sociedad a que me voy ahora aquí refiriendo, atendimos no solo a conservarla viva y en acción sino a extenderla y robustecerla, y no fui yo de los que menos parte tuvieron en tanta culpa. Pero hoy mismo, cuando lo confieso y de ello me arrepiento, no puedo olvidar las razones no enteramente desatinadas que influyeron en mi conducta y en la de otros mis compañeros en aquellos días. Que Fernando VII había jurado la Constitución forzado a hacerlo, era evidente, a punto de no haber quien lo negase; que los enemigos del recién entronizado sistema político eran muchos y poderosos, no era menos notorio; que así no podía considerarse la revolución como concluida, era opinión de muchos, si bien no de todos, y aun los que lo contrario decían tenían trazas de hablar, o quizá de juzgar, en su interior, más que guiados por la luz de la razón, movidos por la fuerza de su buen deseo.

Ahora bien: suponiendo la revolución detenida en su carrera, pero no terminada, porque tenía a su frente amenazándola a la contrarrevolución su enemiga, sin poderse evitar que de nuevo entrasen en pugna, convenía que los constitucionales, no sobrados en número, tuviesen un orden y arreglo interno por el cual estuviesen unidos con fuerte lazo. Sucedía, como antes de romper la revolución, y en los actos que la prepararon, que la curiosidad hacía sectarios a muchos que sin serlo no habrían sido liberales ardorosos. Además el interés, no de la clase del individual, sino el de partido, menos feo que el primero, aunque también digno de reprobación, movía a los autores de la revolución a desear ser fuertes, para afianzar la seguridad y lograr el aumento, o cuando menos la conservación, de lo que habían ganado. Todo ello valía poco mirado como argumento encaminado a justificar un acto reprensible, pero quien no le dé valor ignora qué cosa es lo llamado _capitulaciones de conciencia_.

Al cabo, fuese o no disculpable, acaeció que la sociedad secreta determinó seguir unida y activa, siendo gobierno oculto del Estado, resuelta al principio a ser auxiliar del gobierno legal, pero llevada en breve por impulso inevitable a pretender dominarlo, y a veces a serle contraria.

Poco varió la sociedad su planta antigua. Fue adoptado en ella el sistema de representación o electivo. Madrid, como era natural, vino a ser la residencia del cuerpo Supremo director o cabeza de la sociedad entera. Componíanle representantes de los cuerpos llamados capítulos, constituidos en las capitales de provincia, y compuestos de representantes de los cuerpos inferiores repartidos en diferentes poblaciones, o en los regimientos del ejército que los tenían privativos suyos, siendo de ellos a la par con los oficiales uno u otro sargento, bien que en raro caso; perniciosa idea esta última, que hizo suya, pero dándolo extensión, andando el tiempo, la otra sociedad rival, con notable daño de la disciplina.

Estaba formado el gobierno Supremo oculto (si oculto puede llamarse uno cuya existencia es sabida y nadie trata de encubrir) de personajes de tal cual nota y cuenta, de estos algunos de los de la primera, otros no tanto. Del primer ministerio constitucional a que dio nombre Argüelles ni uno solo era de la sociedad, ni en el cuerpo director ni en otro, hasta después de cumplirse el segundo tercio de 1820. Pero tenía en el mismo cuerpo asiento el conde de Toreno, ilustre ya por más de un título, si bien a la sazón mero diputado a Cortes, por no haber aceptado una legación que le fue confiada. Estaba asimismo en él don Bartolomé Gallardo, cuyo renombre había llegado a ser altísimo al terminar la primera época constitucional en 1814 y cuya fama aún no podía haber tenido el menoscabo que de allí a poco fue teniendo, hasta llegar a la decadencia suma en que ha muerto oscuramente en vejez bastante avanzada; concepto después sobradamente rebajado en lo tocante a su valor literario, si bien con más injusta y aun loca exageración avaluado en días anteriores. Predominaba, con todo, en el gobierno de la sociedad, como en ella entera, el interés más que las doctrinas de los hombres de 1820, los cuales comenzaban a llamarse así por lo mismo que su interés iba siendo otro que el de los hombres de 1812.

Hasta julio de 1820 (época en que se abrieron las Cortes primeras del nuevo periodo constitucional), nada hacía la sociedad más que extenderse, sin disentir del gobierno legal en punto alguno importante. Pero habiendo el ministerio dispuesto la disolución del ejército llamado libertador, resolvió la sociedad, por medio del cuerpo de su director o autoridad suprema, oponerse a una disposición arreglada a la justicia. Para lograr su intento apeló a medios harto dignos de reprobación, pues no eran menos que los de una resistencia, la cual, si bien había de comenzar por medios, aunque ilegales, pacíficos, no podía parar sino en pésimo fin, ya se encendiese guerra civil, ya encendida fuese la victoria del uno o del otro partido, ya, por último, hecha pública la resistencia, viniese el gobierno a quedar vencido, quedando con esto conculcadas las leyes. El plan era que el general del ejército (cargo ejercido a la sazón por Riego, sucesor de Quiroga, al cual excedía mucho en fama) representase contra la dispersión de la fuerza de su mando, en vez de obedecer la orden que para llevarla a efecto había recibido. Para dorar este acto de insubordinación, quitándole su carácter puramente militar, habían de representar en igual sentido varios cuerpos civiles, y entre estos la diputación provincial de Cádiz, a la cual ni la razón ni aun las leyes de entonces daban derecho para entrometerse en tal negocio. Pero estas peticiones unidas, procedentes de un ejército cuyo alzamiento acababa de ser coronado por la victoria, y al cual debía su existencia la nueva Constitución, y de una provincia y ciudad constitucionales como por antonomasia, eran retos más que súplicas, y quienes las usábamos como instrumento las mirábamos como armas que habrían de darnos de seguro el triunfo. Salvó a la patria de este peligro, pero no sin causarle graves males, la súbita determinación de Riego, que, siguiendo el consejo de un canónigo su hermano, célebre después por sus rarezas, y entonces enviado a traerle a la razón, por el conde de Toreno entre varios y más que por otro alguno, se vino del ejército, dando a su viaje el carácter de fuga, pues no tuvieron noticia de su partida sus cómplices hasta después de estar él en camino.

La llegada de Riego a Madrid desbarató nuestro plan criminal, y desde entonces, por algún tiempo, la sociedad secreta nada hizo sino dejarse llevar por las circunstancias. De los pasos desatentados que dio Riego durante su breve estancia en Madrid, lejos de ser consejera, como fue entonces y aun es hoy común suponer, fue desaprobadora, pero tímida y callada. Llevó, sin embargo, el cuerpo en algunos de sus miembros el golpe merecido por su anterior y mal conocido exceso, pero no merecido por los que se le achacaron, los cuales fueron pretexto o motivo de la leve pena impuesta a los culpados, y de la más grave del desconcepto en que se trató de ponerlos, y en parte se consiguió, llegando a pasar por verdades averiguadas falsísimos cargos.[73]

[73] Entre otras calumnias, corrió con valimiento la de que tenía la sociedad formado un ministerio, que por un acto de violencia había de ser sustituido al que existía. En el supuesto proyecto me tocaba ser ministro de Estado. Aunque contaba yo treinta y un años de edad y ocho de carrera diplomática, y había sido de los principales entre los restablecedores de la Constitución, esta calumnia me ofendió, más porque parecía una burla, que por lo infundada. ¡Tanto se distaba entonces de hacer las rápidas carreras que después hemos visto!

La pena impuesta a unos causó en otros disgusto y hasta indignación: nació de ello aumentarse la desunión entre los que componían el gobierno oculto: se exacerbaron las pasiones, y vino a parar la discordia en una proscripción, que, por fortuna, no pudo pasar de ser expulsión de la sociedad de los que en ella eran minoría. Alcanzó tal rigor a no menor personaje que el conde de Toreno, no aprovechándole su renombre antiguo, ni su recién terminado destierro huyendo de la pena capital que, si bien solo en rebeldía, le había sido impuesta. Igual suerte cupo al intendente de ejército don Domingo de Torres, a pesar de su extremado celo del bien y lustre de la sociedad, celo que se extendía a la observancia de los ritos estimados por otros en poco. Algunos más fueron los expulsados.

Seguía en tanto la sociedad fría y desmayada. Era contraria al ministerio; pero, como este se componía de hombres de altísimo concepto entre los constitucionales antiguos, la oposición que se le hacía era de parte de algunos hecha casi con repugnancia, y de parte de otros, si con acrimonia y encono, con corta esperanza del triunfo.

Pero con la división de los constitucionales iban cobrando aliento el Rey y los parciales de Fernando, que lo eran del gobierno absoluto. De aquí nacía irse arrimando al gobierno los más entre los antes sus contrarios, en tanto que unos pocos, entre los cuales me contaba yo, nos resistíamos a la reconciliación mientras no avasallásemos a los que nos habían vencido y desconceptuado, guiándonos, ya ciego deseo de venganza, ya razones políticas de más o menos peso.

Así, cuando el Rey trató de negar la sanción al decreto de las Cortes sobre supresión de los monacales, y cuando fue forzado a darla por la amenaza de una sedición que en la sociedad de la Fontana había de comenzar, pero que no comenzó, por no prestarse los socios a abrir las sesiones por ellos voluntariamente suspendidas, el gobierno de la sociedad secreta nada resolvió y nada hizo. Verdad es que Regato y yo, ambos parte del actual gobierno, nos afanamos, y no sin éxito, porque la Fontana siguiese cerrada y muda; pero nuestra conducta no fue ni censurada ni aprobada por nuestros compañeros.

Sin embargo, de allí a poco, cuando, irritado Fernando VII de haber sido engañado y burlado al compelerle a dar la sanción al decreto que desaprobaba, hubo de decir en privada conversación a alguno de sus fieles servidores que se prestaría a avenirse con los llamados exaltados para hacer guerra a sus ministros, y aun para sustituirlos con otros entre los cuales hubiese constitucionales de los más ardorosos, llevada al gobierno oculto la cuestión sobre si convendría o no entrar en trato con la corte, fue resuelta por afirmativa, pero nos costó gran trabajo ganar la votación a los que en ella triunfamos, no sin haber de esforzarnos en gran manera para alcanzar el triunfo, y aun vimos tal tibieza, recelo, y como pena en los aprobantes, que reputamos desde luego muy difícil aprovechar nuestra victoria. Así fue que los tratos seguidos con mutua desconfianza por parte de los palaciegos y por la nuestra, oyéndose con poca satisfacción todo cuanto de ello se iba dando parte mientras estaban pendientes, pronto concluyeron en un rompimiento, siendo por otra parte verdad que la perfidia de la corte justificó a los que de ella nada favorable a nuestros intentos se prometían.