Recuerdos de un anciano

Part 31

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En los alborotos que ocurrieron durante la residencia del Rey en el Escorial, en noviembre de 1820, y con motivo de haber Su Majestad nombrado un ministro de la Guerra sin consultar a los demás del Ministerio, agregándose a ello ser el sujeto nombrado notoriamente desafecto a la Constitución, y haberse descubierto al mismo tiempo una conjuración cuyo objeto era el restablecimiento del gobierno absoluto, poco tuvo que hacer el gobierno de la sociedad secreta para fomentar el desorden que desde luego se manifestó en la capital y reinó en ella durante tres o cuatro días. Su resolución formal por votación unánime fue _dejar correr las cosas_. Corrían, en efecto, como torrente impetuoso, contra la persona del monarca. No eran, como he dicho en otros de estos mis recuerdos, los de la sociedad ni los apellidados exaltados los más furiosos en aquellos días, pues los que pasaban por moderados y ministeriales se mostraban, si no en mayor grado, igualmente violentos en la sociedad de la Fontana, y por las calles y plazas, hechas teatro de un alboroto que, no hallando resistencia, no causó daños materiales o inmediatos. Quizá no es fuera de propósito decir que en los groseros insultos hechos al Rey a su entrada en Madrid de vuelta del Real Sitio, solo tomó parte la gente soez o uno u otro loco, pero cediendo a propio impulso y no a dirección alguna.

Mas si el gobierno de la sociedad secreta no fue excitador ni aun siquiera causador de los desmanes de aquellos momentos, no se descuidó en punto a aprovecharlos, pues lo hizo celebrando con el Ministerio una concordia como entre potencia y potencia.

Verdad es que el Ministerio había mudado en aquellos días en parte en su conducta, en otra parte en su composición. Al ministro de Ultramar, don N. Porcel, había sucedido don Ramón Gil de la Cuadra, a la sazón ni enteramente moderado, ni exaltado, pero con algo del uno y del otro carácter, y además de la sociedad secreta, aunque no del cuerpo supremo de la misma, sino de otro de los inferiores, en el cual estaba compensado lo inferior de su categoría con lo distinguido de las personas de que estaba compuesto. Como estuviese asimismo vacante el ministerio de la Guerra, fue nombrado para desempeñarle el ilustre general de marina don Cayetano Valdés, el cual no era exaltado, pero había hecho actos de tal; honradísimo caballero, así como militar valiente, y en quien concurría la circunstancia de ser pariente lejano de Riego. Ambas cosas facilitaron la avenencia poco menos que generalmente deseada. Pasaron los militares desterrados a ocupar cargos importantes, y a mí me cupo una suerte parecida. Fue muy censurada esta capitulación, pero los censores afeaban más la conducta de los ministros que la nuestra, suponiéndola para ellos humillación y para nosotros victoria.

Para hacer constar mejor la paz restablecida entre los de la oposición, que eran de la sociedad, y los ministros y amigos de ellos, volvieron al cuerpo director o gobierno oculto los que de él habían sido excluidos, pero con una u otra excepción, y entre estas la notabilísima hecha de Toreno, a quien no alcanzó nuestra amnistía. Sin duda contribuyó a tal rigor el valor político de tan digno personaje, y haber él tratado con desprecio la como pena que le había sido impuesta sin previo juicio. Así, cuando Argüelles y Valdés entraron en la hermandad, quedó separado de ella para siempre el digno amigo de ambos, que era hermano antiguo.

Lo cierto es que la sociedad secreta se declaró amiga y auxiliar del Ministerio, y siguió siéndolo hasta la caída de este en marzo de 1821. Se prestaron Argüelles y Valdés a entrar en la sociedad, y así lo hicieron, pero sin ser del cuerpo su director supremo, sino del inferior de que seguía siendo parte su colega Gil de la Cuadra. Debe añadirse que ni uno ni otro fueron _hermanos_ muy celosos, aunque no fuesen infieles, y que antepusieron siempre, como debían, su oficio de altos empleados y de ciudadanos al de socios.

No a toda la sociedad fue grata la reconciliación con los ministros. En el cuerpo su director se mostraba muy descontento el después celebérrimo Regato, o ya hubiese empezado a ser traidor a la causa constitucional, o ya estuviese vacilante y jugando juego doble, o solo alimentase su odio sin objeto fijo todavía, habiéndole posteriormente empujado las circunstancias y su falta de honradez a la infame conducta que siguió, la cual le ha dado tan merecida mala fama. Ni era único en su modo de pensar, porque en los socios o hermanos de inferiores categorías no escaseaban, aunque no abundasen, quienes en su opinión coincidían.

En febrero de 1821 (ausente yo de Madrid por estar sirviendo la Intendencia de la provincia de Córdoba), se sublevaron los guardias de la Real persona (vulgarmente dichos de Corps), tal vez forzados a hacerlo por habérseles hecho groseros insultos. Acudió a reprimir la sublevación el Gobierno, y lo llevó a efecto; pero fue acusado con poca razón de tibieza y aun de contemplaciones con los sublevados. Es lo cierto que en la indisciplina civil y aun militar de aquella época, no pocos de los que se precipitaron a oponerse a la sublevación obraron como de _motu proprio_, más que como obedientes a orden superior de legítima procedencia, y que la ejecución de lo dispuesto por el Gobierno hubo de resentirse de tal circunstancia. Los que por exceso de celo, haciendo más de lo que les era mandado, merecieron ser tachados de cierto linaje de desobediencia, quedaron por demás descontentos cuando vieron, si no desaprobada, tibiamente aprobada su conducta. Regato y algún otro abrazaron la causa de estos quejosos, siendo probable que al hacerlo solo vieron con gusto llegada la hora de un rompimiento, de ellos mucho antes ardientemente deseado. Desprendiéndose del tronco de la sociedad antigua, fueron estos a fundar otra nueva, si al principio pobre y con pocas apariencias de medro, no muy tarde robusta y poderosa, tal que, si la catástrofe que acabó con la Constitución y con todo linaje de liberalismo, y aun de libertad, no hubiese sobrevenido, compitiendo con la sociedad madre, habría llegado a oscurecerla y tal vez a destruirla.

Dio nombre y correspondiente forma, o fórmulas, a la novel sociedad secreta (si es que de secreta merecía con exactitud el nombre) una idea de don Bartolomé Gallardo. Este escritor afectadísimo, político violento más que atinado o agudo, se distinguía por su afición ardorosa a las cosas de su patria y lengua. La sociedad en que él tenía un puesto de los superiores en categoría, aunque en ella no ejerciese grande influencia, había tomado de una antigua y extranjera nombre y ritos. Bien es cierto que de la del mismo nombre en otros pueblos se diferenciaba notablemente, por ser una asociación puramente política y concretarse a los negocios del país donde estaba establecida, y que al ritual y planta y arreglo de las de su clase en tierras extrañas había añadido algo peculiar de España y del oficio que en su patria ejercía. Pero todo ello aun parecía poco a Gallardo, resuelto a españolizar más los nombres y símbolos de la que era propiamente una asociación de españoles constitucionales o liberales. Para su intento había vuelto la atención a la época de la guerra de las comunidades de Castilla, traída a la memoria de los españoles con ideas de amor y veneración a quienes en ella figuraron sustentando la parte del popular por la oda de Quintana a Juan de Padilla, y por la tragedia de Martínez de la Rosa, cuya heroína, que le da título, es la viuda del mismo famoso personaje. De aquí nació un plan de crear en la sociedad secreta grados y dictados que variasen los en uso o se les sustituyesen, tomándolo todo de lo que habían sido los comuneros.

Tal idea de Gallardo, comunicada por él en conversaciones particulares, hubo de dar golpe y de agradar a quienes proyectaban una asociación entre secreta y pública, cuya índole y apariencia fuesen propias para captarse voluntades y encontrar secuaces, particularmente en el vulgo. Diéronse, pues, los nuevos sectarios el nombre de comuneros, siendo en el uso común más corriente apellidarse hijos de Padilla; y llamaron a sus sociedades particulares _Torres_. A esto añadieron varios dictados de los cargos de la secta, insignias, ritos; todo ello en parte remedo, pero asimismo variación, de los usos y formas del cuerpo de que se separaban. Uno u otro nombre de personaje distinguido contribuyó desde luego al lustre e importancia de los comuneros. Ocupaba entre ellos uno de los primeros puestos Regato, de no corto poder e influjo todavía en los negocios, y de gran crédito entre los liberales más extremados, no obstante ser escasos sus merecimientos, aunque fuese de ingenio vivo y sutil y de extraordinaria audacia y travesura. De mucho más valor era el joven, a la sazón brigadier, don José María Torrijos, de quien tanto va dicho en otra parte de estos recuerdos. Movió a Torrijos a entrar en los comuneros, además de su natural fogoso, estar descontento del Gobierno legal y también del secreto de la sociedad antigua, porque en la represión del levantamiento de los guardias de Corps había hecho más que otro alguno, y por ello había sido si no reprendido, poco menos. También fue comunero y llegó al puesto más alto en la sociedad el brigadier Palarea, en la guerra de la Independencia acreditado, pero en su clase culto, guerrillero, y en las Cortes, a la sazón juntas, orador de la oposición, si bien hablaba con más ardor y celo que elocuencia o tino. Andando el tiempo, y no pasando mucho, contaron en su gremio los hijos de Padilla al general Ballesteros, hombre que, a pesar de su corto entendimiento, había alcanzado grande fama en la guerra de la Independencia, y que desde 1815, época en que fue ministro de la Guerra bajo el rey absoluto, en días de sañuda persecución de los constitucionales, había seguido una conducta vacilante y dudosa, y, a pesar de ello, privaba sobremanera con los liberales más ardientes; ejemplo este, no raro, de sujetos que, aun sin el talento de ser arteros, consiguen medrar y tener concepto en diversos y aun opuestos bandos. Adquirió desde su entrada en el gremio de los de la misma comunión política cierto puesto como de maestro y personaje venerado, el anciano Romero Alpuente, cuyo renombre de magistrado desinteresado mal podía encubrir sus malísimas calidades; fríamente violento y predicador de la anarquía, que se valía de medios torcidos para recoger aplausos de la gente más baladí. También, como se debía suponer, pasó a militar en las filas comuneras Moreno Guerra, el cual (según le he pintado en otros de mis recuerdos anteriormente publicados)[74] parecía como naturalmente llamado a tal milicia por la clase de su instrucción, por los hábitos de su vida política y hasta por su misma persona física y lo general de su porte y modos.

[74] En los artículos cuyo título es _Cómo cae un mal Gobierno_. Al escribir lo que va arriba, difícil es no tropezar en uno de dos escollos: o el de repetir lo dicho en otro lugar, o el de citarme a mí propio apareciendo presumido.

También figuró y mucho en la comunería, sin mayor mérito que el de una osadía e inquietud a que pocos podían llegar, el diputado a Cortes don Francisco Díaz Morales, oficial de artillería comprometido en una conjuración en los días de la monarquía absoluta, y por ello condenado a muerte, aunque, suspendida por largo plazo la ejecución de la sentencia, logró, a la par con la libertad, el concepto de víctima ilustre cuando vino a triunfar su causa; de ilustre familia cordobesa, pero inclinado a mezclarse con la plebe, no obstante su educación en el real colegio de Segovia; padrino de todo alboroto y de todo alborotador,[75] y hasta con un matiz como de locura que hacía menos criminales sus malos hechos; persona que murió ha poco tiempo en indigencia absoluta, habiéndose apelado a la caridad pública para que una suscripción le diese el sustento y abrigo necesarios, y siendo su desgracia tal, que le sobrevino la muerte al llegarle el tal cual alivio de su miseria.

[75] Entre otros, había apadrinado a principios de 1821 al después famoso Bessieres, que había sido condenado a muerte en Barcelona por tener parte en una conjuración republicana. No fue, como es notorio, ejecutada la sentencia, empeñándose los más ardorosos y extremados liberales por salvar al que estimaban su caro hermano, el cual vino a ser campeón del absolutismo.

Este último personaje, muy dado al cosmopolitismo, trasplantó a España vástagos de otra sociedad extranjera que procuró enlazar con la de los comuneros; pero el vástago, si prendió, no echó raíces ni medró a punto de figurar notablemente en un terreno ocupado ya por producciones del suelo propio. Fue así que, recién nacida la sociedad de los comuneros, ocurrió caer de súbito la Constitución española en Nápoles y el Piamonte, que, proclamada en el reino aquí nombrado en primer lugar, había vivido allí algunos meses, y siéndolo igualmente en la Italia Septentrional solo existió en ella algunos días, de lo cual resultó haber de huir del suelo patrio los liberales más comprometidos, y acudir a España, donde encontraron, como debían esperar, cariñoso y aun fraternal acogimiento. No se mostraron, por cierto, ingratos los así favorecidos, pues, lejos de serlo, declaraban que en nuestro suelo habían hallado segunda patria; pero la misma circunstancia de vivir con los españoles como hermanos los llevaba, sin mala intención, a mezclarse muchos de ellos más de lo justo en los negocios de su nueva familia. La revolución de Italia había sido obra de una sociedad secreta, desde 1817 o 12 establecida en su suelo, y conocida con el dictado de la de los carbonarios (o carboneros), la cual se había dilatado por Francia, donde la sociedad masónica era instrumento muy conocido y gastado, y por lo mismo, para fines políticos inútil enteramente. Hubo, pues, también en España _ventas de carbonarios_, pero en corto número y con flaco poder, siendo Díaz Morales uno de los que trataron de fomentarlas. Andando el tiempo, y ya al empezar 1823, aspiraron los carbonarios a salir de su oscuridad o insignificancia, como pegándose a los comuneros más violentos y obrando a la par con estos; pero nunca llegaron a merecer mucha atención, y aun una u otra fechoría que discurrieron no alcanzó a darles siquiera un grado mediano de mala fama.

Grande fue la indignación en la sociedad primitiva al ver desgajar de su tronco aquella rama y plantarla como destinada a ser árbol rival del antiguo destinado a hacerle sombra, y desde luego a desacreditarle, porque su descrédito justificaba el nuevo plantío, suponiéndole necesario para dar a los liberales mejor sombra y nutrirlos con más saludable fruto. Lo en parte singular fue ver entre los más furiosos anticomuneros a Gallardo, a quien por sus antecedentes y conducta habría parecido natural ver alistado en el gremio de la gente más extremada y violenta, y del cual debía presumirse que se dejase llevar por los nombres castellanos algo autorizados de la novel asociación; pero se indignó sobremanera de ver como que se apropiaban su invención, y, pudiendo en él más lo literato que lo político, miró solo a los nuevos asociados como a plagiarios, les achacó que al robarle sus ideas se las habían desfigurado por no comprenderlas bien, y dio suelta contra ellos a su natural de hombre vano y acre en demasía.

No correspondió la novel asociación con odio manifiesto al de que era objeto, porque se sentía débil aún y conocía que debía ser modesta y reservada, aspirando solo a cobrar fuerzas y destinando las que cobrase a una guerra contra su rival, pero difiriéndola para tiempo oportuno.

La caída del Ministerio en que figuraba en primer término Argüelles, fue dolorosísima para la sociedad antigua, que durante cuatro meses había estado con él en unión estrecha, contentándose con ser su auxiliar, y no aspirando a dominarle, como hizo año y medio después con un ministerio nacido de su seno. Los comuneros que acababan de nacer no eran muy adictos a los ministros caídos, pero aparentaron serlo, y se excedieron en sus demostraciones de enojo por el acto que los derribó, mirando en él una ocasión de mostrar su celo para descubrir conjuraciones y conjurados.

Corría en tanto el año de 1821, no exento de turbulencias ni de sublevaciones realistas, pero amenazando con males superiores a los que ocurrían, los cuales eran pronto remediados, o sobresanados.

Pero en otoño del mismo año tomaron los negocios un aspecto y sesgo pésimos, no tanto por hechos de los enemigos de la Constitución, cuanto por disensiones entre sus amigos. Habiendo cometido Riego actos de enorme imprudencia como capitán general que era de Aragón, fue separado de aquel mando por el Gobierno; disposición justa, pero que tenía la desgracia de ser grata al Rey, lo cual, sobre otras razones, era una poderosísima para que pareciese injusta, y aun atroz, a los liberales conocidos por el distintivo de exaltados. Hubo en Madrid conatos de sedición que fueron reprimidos. Entretanto, circulaba por las provincias la idea de que el Gobierno supremo, dócil por demás con la real persona y con toda la corte, iba a consentir en el restablecimiento del poder absoluto, o en algo poco menos. En todos los conventículos de la sociedad antigua, a la sazón en el apogeo de su poder, era tal el pensamiento dominante.

En ninguna parte de España eran los constitucionales más numerosos, ni contaba la antigua sociedad secreta con más poder, así por el número como por la calidad de quienes la componían, que en la ciudad de Cádiz. Los comuneros, escasos en número, y apenas contando con persona alguna de tal cual valía, eran casi nada en un lugar teatro donde la otra sociedad poderosa había llevado a cabo el restablecimiento de la Constitución, siendo de todos sabido que era obra suya. Y lo fue también, y casi exclusivamente, el proyecto concebido en los días de que voy ahora aquí hablando, y llevado a ejecución hasta cierto punto de levantar bandera contra el Gobierno constitucional en nombre de la Constitución misma.

No fue consultado para el intento el gobierno superior establecido en Madrid. Al revés, procedieron los de Cádiz ocultándole su proyecto, y hasta fue tildado de delación algún paso dado para que, conocido en la capital el daño que amenazaba, se atajase o previniese por las vías de consejo cariñosas y fraternales, por las cuales únicamente podía proceder un cuerpo falto de fuerza material, y que, aun si la hubiese tenido, no habría querido emplearla.

Al cabo la semirrebelión estalló y se comunicó a Sevilla, siendo también allí de la misma sociedad la dirección, así como lo fue el origen del levantamiento.

Entonces el gobierno de Cádiz estuvo en la sociedad apenas disimulado. Los que no eran de ella sabían su existencia, se mostraban prontos a prestarle obediencia, averiguaban ansiosos lo que en ella se trataba, y esperaban para cumplirlo a saber lo que se resolvía.

En medio de esto, el cuerpo llamado Capítulo de Cádiz, al cual obedecía, las sociedades inferiores de la provincia, inclusas las de la misma ciudad, numerosas y acaloradas, se veían en situación de notable apuro. Muchos de aquel cuerpo habían atizado el fuego que veían con pena y terror crecido hasta ser incendio que amenazaba gravísimo daño. La autoridad suprema de Madrid había disculpado más que aprobado los hechos de las de Cádiz y Sevilla, y, si nada afecta al Ministerio, ni aun a la mayoría de las Cortes, que solo era semiministerial y solía variar, tampoco veía sin horror que fuese a encenderse una guerra civil entre los constitucionales. Los enemigos de estos se mostraban al doble satisfechos, porque el desorden les daba motivo a censurar un estado de cosas que tan malos efectos producía y en que eran desatendidas impunemente las leyes, y porque esta misma confusión les daba juntamente materia a la censura, y fundadas esperanzas de triunfo. Pero en el mismo Capítulo había hombres obcecados resueltos a llevar las cosas adelante hasta a una situación de rebelión completa, mientras otros procuraban traer una avenencia que no dejaba de ser dificultosa. En las juntas inferiores era lo común estar por los pareceres más violentos, influyendo en esto varias razones: fanatismo nacido de escasa ilustración en algunos, temor en otros por creerse comprometidos por los pasos primeros dados en la carrera de la rebelión, y ambición o interés en un gran número, que esperaban de la guerra civil ascensos y otras ventajas, porque comenzaba a asomar la idea, llevada después a extremos a resultas de verla realizada, de que sembrando o fomentando las revueltas se coge buena cosecha de grados y honores. Y si bien las Cortes, en dos resoluciones que se contradecían, habían a la par dado apoyo al Ministerio y declarádosele enemigas, aprobando con esto último el quebrantamiento de las leyes que como por fórmula en su primera resolución sustentaban, ni aun esto alcanzó a traer a la sumisión a la parte más crecida de los rebelados en Cádiz y Sevilla, muy numerosos en la primera ciudad, y escasos en número en la segunda, pero dominantes en ambas.

Tal era la situación de las cosas en Cádiz al terminar 1821, gobernando allí la sociedad secreta, a la cual obedecía, sin ser de ella, el gobernador militar y político; hombre honradísimo, hasta virtuoso, de mansa condición, deseoso del bien, y pesaroso del papel que estaba representando por sentir que con su conducta evitaba mayores males.

Me tocó en aquellos días, en que acababa de ser elegido diputado a Cortes por la provincia de Cádiz, pasar a aquella ciudad desde la de Córdoba en que estaba residiendo, porque había estado sirviendo en ella mi empleo de intendente. Había yo sido de los desaprobadores del pensamiento de resistir al Gobierno legal; pero empezada, contra mi deseo no encubierto, la guerra entre los exaltados y los moderados, por cálculo político no desacertado, aunque de mala especie, me había puesto de parte de los primeros, y bullía en su favor, porque preveía que, si triunfando el Ministerio triunfaba con él la ley, infaliblemente los anticonstitucionales, unidos a la sazón con los ministeriales, pronto se sobrepondrían a sus compañeros, y deshaciéndose de ellos y de la Constitución, recogerían todo el fruto de la victoria. Salí, pues, para Cádiz lleno de pena, descontento aun de mí mismo, incierto sobre cuál sería el modo de pensar de mis amigos políticos, de los cuales había disentido al desaprobar yo el proyecto del rompimiento, y deseoso de encontrar términos de avenencia, si bien con poca esperanza de ver mi deseo logrado. Pero, llegado que hube al pueblo de mi nacimiento y también de mi amor, cabeza de la provincia que me había elegido diputado a Cortes, encontré que mis amigos, con rara excepción, deseaban ya la paz, viendo cuán funesta sería la guerra. Había con todo dificultades enormes que vencer para reducir a la obediencia a los que habían sacudido el yugo y querían sustentar con la fuerza su desobediencia. En dos semanas que pasé en Cádiz apenas salí del Capítulo, casi constituido en sesión permanente. Debo decir que pocos días de mi larga vida han sido más amargos, aunque en ella hayan abundado horas de amargura. Los singulares medios por donde llegamos por lo pronto, pero no de buena manera, al fin apetecido merecen una relación circunstanciada en la cual se dé a conocer qué eran aquellos días.

II.