Recuerdos de un anciano

Part 32

Chapter 323,588 wordsPublic domain

Si era el Capítulo de Cádiz la única autoridad real y verdadera de aquella provincia, era una autoridad supeditada por los que de ella dependían. Así es que no osaba tomar resolución alguna, disimulaba, y cuando se aventuraba a dar un paso adelante en la carrera por donde los que en él eran el mayor número querían llevar las cosas, al punto se veía precisado a detenerse y aun a retroceder, si no en la realidad, en la apariencia. Hasta con la minoría del mismo Cuerpo se veía la mayoría forzada a guardar contemplaciones, que eran actos de condescendencia. Verdad es que los frívolos pretextos con que se cohonestó el primer acto de resistencia estaban desvanecidos; que habían intervenido en el negocio las Cortes, y en dos votaciones, en no corto grado, si ya no enteramente contradictorias, se habían declarado contra los ministros, aunque condenando a los semirrebelados, y mandándoles sujetarse a las leyes y al Gobierno, y (lo que es más) que, pendientes estos sucesos, había habido una elección general, y en las Cortes electas iba a predominar el partido exaltado, con lo cual estaba logrado el objeto que había dado ocasión a la resistencia de los gaditanos y sevillanos. Pero esto último venía a ser una desgracia, porque daba un argumento erróneo, pero de gran fuerza para el vulgo, a los que insistían en seguir desobedientes hasta llegar a ser rebeldes, sustentando su causa con las armas. Algunos hombres, y de los más notables, causantes o fautores de los primeros movimientos, habían sido elegidos diputados, y, si bien con esto había adquirido fuerza la causa por ellos abrazada y sustentada, era común decir que, llegados ellos a encumbrarse, daban con el pie a lo que les había servido de escalera, lo cual no parecía bien y aun dolía a quienes nada habían ganado en toda la serie, aunque no larga tampoco corta, de aquellos disturbios. Esto decían algunos, y acusación tal muy repetida hallaba favorable acogimiento en numerosos jueces, en litigio en que eran muy crecidos en número los que juzgaban. En la ciudad de Cádiz la sociedad tenía influjo sobre las clases todas del pueblo, inclusas las ínfimas, allí a la sazón constitucionales, y sabido es que entre la gente ruda e ignorante, las opiniones extremadas prevalecen.

Ni se contentaban los de los cuerpos inferiores con mostrarse indóciles en sus reuniones y en su manejo para allegarse parciales fuera de ellas, a lo que hacía, y más todavía a lo que, no sin causa, sospechaban que intentaba hacer el Capítulo, sino que le enviaban una u otra diputación, que, contra toda regla, era admitida, y a la cual se daba voz, si bien no voto, y que al usar de la voz lo hacía en tono de no encubierta amenaza, y como quien manda en vez de ser como quien representa. Mal podía reprimir la ira el presidente del Capítulo, hombre nada sufrido entonces, y, sin embargo, tascaba el freno, aunque sin poder ocultar que se violentaba. Al revés los de la corta minoría; viéndose apoyados por gente de afuera, aparecían no solo renuentes, sino indignados y soberbios.

Pasaba uno y otro día sin salir de situación tan angustiosa, cuando urgía una decisión final, y apremiaban a darla los sucesos, empujando a ella por opuestos lados. Se presentó en el Capítulo un comisionado del de Sevilla, y nos echó en cara nuestra timidez, declarando que los sevillanos (esto es, no los hijos y vecinos de aquella ciudad, sino los que en ella pretendían llevar la voz del pueblo) estaban resueltos a seguir resistiendo hasta que la victoria en verdadera lid decidiese entre la causa del Gobierno de Madrid y la de las provincias desobedientes. Singular era tal aserto, siendo sabido que en Sevilla la población, aunque con excepciones, no era, como en Cádiz, constitucional, sino lo contrario, por lo cual, si llegaban las hostilidades, difícil había de ser que no fuese el triunfo de los parciales del Gobierno, a los cuales se habían agregado los de la monarquía absoluta. Pero cuando a los de Cádiz, tachados de tibios, o quizá de algo más, se ponía por ejemplo de ardor y fortaleza la conducta de los de Sevilla, a estos, según supimos muy en breve, se citaba por modelo para avergonzarlos, y aun para intimidarlos, los de Cádiz.

Entretanto, el Gobierno supremo oculto de Madrid, lleno de congoja y de temores, ansiaba por ver reducidas a la obediencia a las provincias ya casi rebeladas. Apeló, pues, de nuevo al consejo, porque otras armas no tenía, y solo por la vía de la persuasión podía lograr el fin que anhelaba. No creyendo los escritos suficientes para ver satisfecho su buen deseo, cuerdamente dispuso enviar a Cádiz un hermano comisionado, y al intento eligió uno de los más comprometidos en el alzamiento de 1820, lo cual equivale a decir de aquellos para quienes la causa de la Constitución era una misma con la de su interés personal, pues cayendo aquella, vería en grave riesgo hasta su vida. Fue el elegido el oficial de marina don Olegario de los Cuetos, a quien ha visto la generación presente figurar, al cabo, en primer término en el partido apellidado progresista.

Sabida que fue en lo general de la población de Cádiz la venida de tan digna persona, y sospechándose y aun casi sabiéndose a qué venía, los más extremados y alborotados levantaron la voz de que un emisario del Ministerio había llegado con la mira de reducir al pueblo a la servidumbre y acabar con los patriotas, y de resultas con la libertad misma. Hubo hasta inquietud peligrosa por la propagación de tal rumor, acogiendo la credulidad las calumnias de la maldad, y estuvo a pique de ser maltratado, y aun tal vez en el grado último, uno de los restablecedores de la Constitución.

La llegada de Cuetos ponía al Capítulo gaditano en una situación por un lado ventajosísima, y por otro algo apurada, porque si la autoridad del Gobierno oculto, si no de todos obedecida, por todos declarado con derecho a exigir obediencia, nos mandaba someternos, de temer era, atendido el estado de los ánimos, que aun a su mismo Gobierno secreto la sociedad de Cádiz se declarase medio rebelde, llevando delante, hasta sustentarla con las armas y hacer la rebelión completa, acompañada de guerra civil entre constitucionales, la separación de la obediencia a las leyes y a la autoridad que en nombre de las leyes obraba. De todos modos, iba a acabar la hora de las dilaciones y tergiversaciones.

Pero si bien el Capítulo podía proceder por sí en tan grave negocio, no quiso; en lo cual si un tanto se expuso, obró con cordura a la par que con atrevimiento, trayendo el negocio a la deliberación y resolución de toda la sociedad secreta, o, dígase, de todos cuantos quisieron concurrir con su voto, o con su voz, o con su asistencia a la determinación final sobre la cuestión pendiente. Fue, pues, convocada, al intento de promover en ella un debate y resolución definitiva, una junta magna para las primeras horas de la noche. Era esta de las de enero (1822), que aun en las latitudes apartadas de las polares son bastante largas, y dan tiempo para detenerse en prolongadas discusiones. Acudieron los de la sociedad, si todos no, en número muy crecido: corrió por la ciudad la noticia de la convocación y del negocio que iba en ella a tratarse y decidirse; estaban todos suspensos y como colgados de lo que iba a dictar una asociación ilícita, y hasta el mismo gobernador y jefe político, no obstante ser honrado patricio, buen caballero y cristiano piadoso, como si hubiese renunciado a su autoridad por no poder ejercerla, se sometía al fallo de un tribunal o cuerpo cuyos miembros estaban anatematizados por la Iglesia, sobre sus otras nulidades.

Aunque el Capítulo había resuelto someter la cuestión a la resolución de la irregular _Junta magna_, no debía ni quería, ni en razón podía, presentarse en ella sin el intento formado de influir poderosamente en lo que resolviese la numerosa reunión convocada. Para el intento, era indispensable que hasta desapareciese la minoría del mismo Capítulo, corta, pero tenaz, y tal que podría frustrar el proyecto de sumisión, si no aparecía unanimidad en vez de mayoría en lo resuelto por el cuerpo cuya autoridad iba a ser como renunciada al ponerla en juicio ante quienes de ella dependían. Consiguiose nuestro intento, no sin trabajo, sosegando el honrado fanatismo de una o dos personas, y aun logrando que guardase silencio otra, cuya violencia, según juicio que pudo ser erróneo, pero que tenía harto fundamento, parecía hija de malas pasiones y de ambición poco escrupulosa. Así nos encaminamos al sitio donde se había de celebrar la junta con un tanto de confianza, pero ciertamente no ajenos de recelo.

Abierta la sesión, siendo en ella presidente el del Capítulo, y proponiéndose ante todo que entrase y fuese oído el comisionado del gobierno supremo de nuestra sociedad, se levantó a oponerse a que siquiera se le diese entrada el entonces famoso escritor que llevaba por apellido Clara-Rosa. El tal sujeto, ejemplo lastimoso del influjo que tienen y poder que cobran en tiempos revueltos personas cuyo ningún valor moral no está compensado por dotes intelectuales ni por saber, acreditó con sus palabras mal zurcidas, en las cuales ni observó las fórmulas de la sociedad, cuán malas eran sus intenciones, y cuán escasos sus recursos para sustentar sus opiniones. Entre sus errores, fue uno apellidar a Cuetos emisario, dictado que, sin ser ofensivo, venía a serlo, porque con nombrar así a Cuetos se le había hecho odioso ante el vulgo. Esto proporcionó al presidente una ocasión de ensalzar a Cuetos, y de poner en claro, si no cual era su comisión, la alta procedencia de este, y por consiguiente, su importancia. No bastaron, con todo, ni la dignidad de la silla presidencial, ni las convincentes razones dadas por quien la ocupaba para que no siguiese la discusión sobre si había o no de entrar Cuetos. Tales trazas llevaba el negocio, predominando en la junta los de opiniones extremadas, si no por ser allí los más numerosos, por ser los más audaces y llevarse consigo a los tímidos o vacilantes, que parecía casi cierto que el comisionado del gobierno de la sociedad no sería ni admitido en la junta, cuando el presidente, sin esperar la votación, dando un golpe en la mesa, con voz clara, fuerte y como de quien manda, dijo que «en nombre de nuestras leyes, dese entrada al momento a nuestro digno hermano». Sorprendió a todos el atrevimiento, y siguió al mandato la obediencia, de suerte que, cuando empezaban los malcontentos a quejarse de lo que calificaban de acto ilegal y despótico, estaba Cuetos en la sala, y llenos de aliento los deseosos de la sumisión, y de desmayo, en medio de su furia, los de la opinión contraria. Oído Cuetos, el cual, no por sí, sino en nombre de quienes le enviaban, aconsejó el desistimiento de la resistencia, todavía iba a renovarse sobre ello el debate, cuando alzando la voz el comandante del batallón de la Princesa, hombre de gran entereza y de aquellos para quienes valían más sus obligaciones de militar y de ciudadano que los de miembro de un cuerpo no legal, declaró que él con la tropa de su mando estaba resuelto a obedecer a la autoridad legítima y constitucional, o, dígase, a las leyes civiles y militares. Era tal modo de expresarse una condenación explícita hasta de la existencia de la sociedad, o, si no tanto, de la parte que la misma tomaba en la dirección de los negocios públicos, así como lo era de todo lo hecho en Cádiz y Sevilla desde los primeros pasos dados en la carrera de la resistencia al Ministerio. Pero lo atrevido de la declaración cuadraba bien con el deseo de quienes deseaban sofocar el incendio que ellos mismos habían causado y atizado. El escándalo causó un alboroto o principio de desorden en la junta, e impidiendo seguir la discusión, produjo una cosa a manera de votación, pero no votación perfecta, la cual, levantada la sesión entre quejas y reconvenciones de los vencidos, vino a dar de sí que Cádiz entrase en el orden de que se había separado. La gente que, en las inmediaciones o en otros lugares, estaba aguardando ansiosa a saber lo resuelto por la sociedad, árbitra entonces de la suerte de aquellas provincias, entendió desde luego que la resistencia había concluido. Al día siguiente hubo un amago de motín dirigido contra los de la sociedad a quienes con sobrada razón se atribuía el éxito del grave negocio que tanto ocupaba los ánimos del vecindario gaditano. Pero los sediciosos, faltándoles apoyo, no pasaron de amenazar, y tras días de inquietud vinieron otros de sosiego, ya muy deseados por la gente de algún valer, y aun por la parte de esta que había visto con placer y aprobado los primeros desmanes.

Allanándose Cádiz a entrar en la senda legal, inmediatamente le siguió Sevilla, dándose el parabién quienes dirigían los negocios en esta última ciudad de verse fuera de una situación de angustia y peligro. Allí no había que temer alboroto de la plebe, siendo la de Sevilla, con raras excepciones, indiferente en punto a los promovedores de la resistencia, cuando no contraria.

En dos provincias más de España (en Galicia y Murcia) había habido movimientos para ayudar a los desobedientes de Cádiz y Sevilla; pero duró poco el triunfo de los que los causaron, restableciéndose el orden e imperio de la ley sin dificultad considerable. En todo ello obraban ciertos cuerpos de la sociedad secreta, no en obediencia al gobierno de la misma, sino por sí, de lo cual resultaba falta de unión y concierto en el gremio numeroso de los asociados en España.

Mientras esto pasaba, apenas daban señal de vida los comuneros como cuerpo, si bien algunos de ellos se asociaban a los desobedientes, como convenía a personas de las ideas más extremadas. Con todo, ocurrió recién pasados los primeros días de haber levantado la bandera de la resistencia Cádiz y Sevilla, un incidente notable y extraño. El Gobierno legal, no bien supo las inquietudes de Andalucía, cuando cuidó de impedir que a las poblaciones semirrebeladas acudiesen personas cuyas opiniones y conducta conocidas diesen fundado motivo de temer que fuesen a fomentar la idea de la resistencia. Pero cuando esta disposición, no muy legal pero en uso constante en nuestra España donde los movimientos y residencia de las personas están como sujetos a la intervención de los que mandan, estaba llevándose a efecto, se apareció en Andalucía, con licencia de la superioridad, Regato, persona muy principal entre los comuneros, pero hombre de cuyos antecedentes conocidos debía esperarse que prestase eficaz auxilio a los desobedientes. No hubo de hacerlo, ni tampoco lo contrario, a lo menos claramente, y la como oscuridad con que vivió entre los semirrebelados encerraba sin duda un misterio, si bien en ello apenas se hizo alto.

También pareció extraño que el Ministerio nombrase entonces para desempeñar el gobierno político de Sevilla a un sujeto de mérito, pero comunero y amigo no menos que del anciano Romero Alpuente, es decir, de la persona a quien más se allegaba la gente más sediciosa. Así es que en Sevilla, restablecido el orden, los pocos hijos de Padilla que encerraba aquella ciudad, aparecían adictos a quien había venido a poner, y puesto, término a la resistencia.

No sucedió lo mismo en Cádiz. Allí creció de súbito la sociedad comunera, y creció prodigiosamente, pasándose a ella todos los de la antigua, descontentos y aun furiosos por la terminación de los recién pasados disturbios. Y como en Cádiz las clases inferiores eran constitucionales, fue fácil a la comunería aumentar allí sus filas hasta formar una crecida hueste. De esta era principio fundamental el odio a la sociedad antigua.

Entretanto, en Madrid, abiertas las nuevas Cortes, trabajaban las dos sociedades influyendo en la conducta de los diputados que respectivamente eran de ellas, los cuales cuando menos componían más de una mitad del nuevo Congreso.

Pero, coincidiendo con la reunión de este nuevo cuerpo legislador y en la esencia soberano, por un lado ser elegido Riego para la presidencia durante el primer mes de la legislatura, y por el otro haberse formado un Ministerio de moderados, todos ellos hombres de mérito y alto concepto, entre los cuales descollaba Martínez de la Rosa, tomaron las cosas singular aspecto y sesgo en cuanto al proceder de los gobiernos ocultos. El de la antigua no era amigo del Ministerio, pero tampoco su enemigo, y los meros socios estaban divididos, contándose entre ellos así los hombres más vehementes de la oposición, como no pocos ministeriales declarados y celosos. Vino esto a influir en la mayoría del Congreso a punto tal que no la había fija, sino al revés muy variable, y esto sobre cuestiones importantes, siendo así que, recién hechas las elecciones, era general esperar, unos con temor y pena, y otros con gozo y soberbia, que predominarían constantemente los exaltados. En tanto, el gobierno de los hijos de Padilla y todos cuantos de él dependían, hacían al Ministerio cruda guerra en unión estrecha con no pocos diputados que éramos de la otra sociedad rival. Yo, que estaba entre estos últimos, obrando o hablando con desatentada violencia, como si quisiese probar que no merecía ser acusado de moderado, como lo había sido poco antes en Cádiz, y que veía mi conducta aprobada y ensalzada por los escritos de los comuneros, y o tibiamente aplaudida, o a veces solo disculpada por los de mi _hermandad_, sentí lo que era a la par pueril enojo y justo cálculo político, y en un momento de mal humor, para el cual no me faltaba motivo, solté la expresión de que mi puesto natural entonces era estar entre los comuneros. Oyeron algunos de estos, amigos míos, mis palabras, y equivocando por resolución deliberada un arranque de ira, participaron a su gobierno que iban a contarme en su gremio; y tal era la necesidad que tenía su sociedad de recibir aumentos, que pasó nada menos que una circular a todas las _torres_, haciéndoles saber la adquisición de mi pobre persona como una conquista digna de mención especial. Pronto, sin embargo, vino el desengaño, porque pasado el ímpetu en que yo me había mostrado inclinado a dar tal paso, determiné por varias razones mantenerme firme en la asociación a que me ligaban fortísimos lazos. Grandísima fue la indignación de los comuneros contra mí, y si disimulada por algún tiempo, conservada hasta dar claras y vivas muestras de sí en periodo no muy distante.

Iban así las cosas trabajosamente, y estaban próximas a terminar las Cortes ordinarias de 1822, encendida la guerra civil en Cataluña, no sin tentativas de emprenderla en otros puntos; no encubriendo el gobierno francés la mala voluntad que nos profesaba, ni aun su intención de hostilizarnos a la larga; el Rey dispuesto a recobrar su poder antiguo, y ya apenas contento con el Ministerio moderado por él mismo escogido, y lleno de condescendencia a sus deseos, y las Cortes con escaso concepto, sin fe en sí propias, no atreviéndose ni a dar apoyo al Ministerio ni a hacerle guerra. En la sociedad de que yo era parte había la misma incertidumbre que en las Cortes.

Ocurrieron en esto los sucesos que señalaron los días corridos desde el 30 de junio al 7 de julio: la sublevación de la Guardia Real, y su vencimiento en las calles de la capital que invadieron. En los días que permanecieron las tropas sublevadas y el Gobierno constitucional frente a frente, nada hicieron las sociedades secretas que no les fuese común con los demás liberales. La nuestra apenas celebró juntas.

Pero la victoria de la causa constitucional mudó la faz de las cosas. El Rey, vencido y sujeto, se veía forzado a darse por satisfecho con seguir reinando en la apariencia, o dicho con más propiedad, con que continuase la ficción legal que le suponía reinante, ficción, como todas las de igual clase, de nadie creída.

El Ministerio, bajo cuya dirección habían venido las cosas públicas a tan fatal paradero, no podía seguir gobernando, ni él quería. Formar el que había de sustituirle vino a ser puesto a cargo del gobierno oculto de nuestra sociedad, el cual, puesta mano a la obra, la completó como pudo, aceptando la lista de ministros que le fue presentada el Rey, tan sujeto a todo que en prestarse a cuanto más le dolía encontraba nuevas pruebas de su estado de cautiverio.

No solo tuvo nuestra sociedad la imprudencia de hacer nombrar un Ministerio compuesto exclusivamente de personas de ella misma, sino que se mostró satisfecha y aun ufana de ello, como si hubiese alcanzado una victoria y conseguido una gran ventaja. Lo que había logrado era cargar con una responsabilidad enorme, introducir en el Estado un gobierno secreto al cual obedecía el gobierno público o legal, y crear nuevos elementos de discordia, cuando tantos había que pugnaban unos contra otros, en nuestro daño y el de nuestra causa.

Grande fue el furor de la mayor parte de los comuneros al verse excluidos de participación en el Ministerio, cuando este venía a manos de una oposición, en la cual muchos de ellos habían peleado y señaládose. Pero los más de ellos disimularon por lo pronto, tirando a contener a los impacientes o mal sufridos de su sociedad, lo cual dentro de breve plazo llegó a ser nada fácil empresa.