Part 33
Otro inconveniente asimismo de bulto tenía el recién formado Ministerio. No podían por la Constitución vigente ser ministros los diputados, y era forzoso llamar para entregarles las riendas del gobierno a otros hombres en vez de los caudillos de la parcialidad predominante en el Congreso, donde tenían asiento los de más nombradía entre los exaltados. Ahora bien; aun cuando habría sido dificultoso hallar en nuestras filas hombres capaces de ser buenos ministros, y tampoco era fácil señalar algunos siquiera medianos para circunstancias en que acertar era casi imposible, crecía de punto la dificultad si se iba a buscar sujetos idóneos para estar al frente de la nación en la minoría de las Cortes nuestras antecesoras, o fuera de ellas en lo general de los españoles de algún renombre. En el Congreso inmediatamente anterior habían figurado los constitucionales de antigua fama, y el mayor número de estos pasaban por ser del partido moderado, cuando la oposición exaltada del mismo cuerpo, si bien compuesta de personas muy dignas, era reputada, y no sin razón, inferior en valor intelectual al gremio de aquellos con quienes habían estado en guerra, y por los cuales había sido vencida repetidas veces. Sin agravio de la respetable memoria de los que en agosto o a últimos de julio de 1822 se encargaron del gobierno de la nación, bien puede decirse que no eran sus fuerzas bastantes a llevar el grave peso que se echó sobre sus hombros. Don Evaristo San Miguel, que no había sido diputado, merecía ser tenido por un buen militar y no mal literato, recomendándole además ser amigo y compañero de Riego; pero por ninguna de sus calidades, a pesar de tenerlas buenas, parecía a propósito para ministro de Estado. Tal vez el ministerio de la Guerra, que fue confiado al general López de Baños, no caía mal en él, aunque fuese bizarrísimo soldado y hombre entero más que instruido o agudo. Recomendaban a don José Manuel de Vadillo, diputado que acababa de ser en las Cortes de 1820 y 21, su instrucción algo extensa y su entonces no mal juicio, así como el haber sido ya jefe político de una provincia en 1814, a pesar de lo cual para la actividad necesaria en un ministro le faltaba mucho. Aunque nadie podía negar algún talento y buena intención a don F. Fernández Gascó y a don Felipe Benicio Navarro, por confesión casi general, y por no ser sus nombres de suficiente fama, hacían desairada figura en su encumbramiento. La Hacienda fue dada a don M. Egea, pero solo en interinidad, pues no obstante ser de nuestra sociedad secreta, y buen empleado, todavía no tenía nombre bastante para ser elevado a ministro propietario. Por último, fue llamado a desempeñar el alto cargo de ministro de Marina el entonces capitán de navío don Dionisio Capaz, que había sido diputado a Cortes en las de 1813 y 14, pero de quien, para no decir más en su censura, bien puede asegurarse que su elevación admiró al cuerpo de la armada, y no pudo causar grande satisfacción a los pocos que le conocían.
Formado el Ministerio, solo agradó al cuerpo del cual procedía. A no pocos causó disgusto; a lo general de las gentes, sorpresa. No justificaron los hechos los temores de quienes recelaban ver salir de los nuevos ministros disposiciones de violencia revolucionaria, ni correspondieron ellos a las lisonjeras esperanzas y a los temores que de su advenimiento al poder habían concebido por un lado sus amigos y por el opuesto sus contrarios.
Sin embargo, hubo al principiar los recién nombrados a desempeñar sus cargos un momento en que cesaron los odios antiguos y todavía no aparecieron los nuevos, periodo en el cual los parciales de la monarquía absoluta, no bien recobrados de su derrota en Madrid, guardaban silencio, en que los moderados, igualmente vencidos en las últimas lides, aunque no hubiese sido sobre ellos directamente alcanzada la victoria, se resignaban a su destino, y en que los exaltados, aun los descontentos, no creían conveniente a ellos mismos dar todavía señal del espíritu que los animaba.
Mina, nombrando general del ejército destinado a sujetar a los rebeldes catalanes, caminaba a su destino con algunas tropas, y ningún liberal extremado por entonces dejaba de tener en mucho a Mina, y si otra cosa sentía, lo disimulaba. Iban a juntarse Cortes extraordinarias como con harta menos necesidad de tenerlas juntas se había hecho el año anterior, cuando era de los moderados el predominio, y las Cortes eran más que son hoy lo que a todos los sucesos daba color e impulso, aun cuando las Cortes mismas, como el Ministerio, habían venido a ser poco más que ejecutores de lo que disponían las sociedades secretas, o digamos de lo que dictaba las más antigua de estas, sirviéndole hasta entonces la novel de auxiliar, si bien no de buena voluntad y teniendo que contentarse con censurar a algunos de los miembros de aquel cuerpo, pero respetando al cuerpo entero, a lo menos en público, mientras en hablillas o en sus conciliábulos le zahería y tiraba a desconceptuarle.
Abiertas las Cortes extraordinarias, el primer paso de estas, de alguna bien que no grande importancia, fue elegir el que había de ser presidente durante el primer mes de la recién comenzada legislatura. Aquí resultó la votación hecha con arreglo al espíritu de los partidos políticos antiguos y no con el que comenzaba a animar a las dos sociedades hasta convertir su rivalidad en guerra; pues los de una y otra sociedad secreta conocidos por ser exaltados se declararon por el candidato que triunfó, el cual era comunero, mientras otros de la sociedad antigua antes, y aun entonces moderados, votaron con la minoría casi constituida en oposición al novel Ministerio.
Entretanto, los gobiernos supremos ocultos se iban preparando a hostilizarse, pero con timidez y hasta con vacilación, no sin disimulo, pero más engañándose a sí propios, a lo menos en los primeros tiempos, que procediendo con doblez o encubriendo con apariencias de amistad o de indiferencia afectos de odio y propósito de empeñar una lid en viendo para ello ocasión oportuna.
En los debates y aun en los votos de las Cortes extraordinarias continuó por algunos días, o, digamos, como dos meses; se vio lo que se había visto al elegir el presidente del primer mes. El Ministerio veía entre los que le hacían oposición, si no violenta, declarada, a no pocos de la misma sociedad de que él había nacido y de que seguía siendo representación pública o legal, y por la cual era dirigido en muchos de sus actos, en tanto que encontraba apoyo en lo general de los comuneros.
Daba tal irregularidad materia a debates alguna vez acalorados en el cuerpo director supremo de la sociedad antigua, donde pudiendo más la amistad política reinante que la enemistad incipiente de secta, varios nos inclinábamos a los comuneros, sin llegar con todo a pretender aunar con los nuestros el interés o principios de quienes, como sectarios, eran nuestros rivales; pero en los cuerpos inferiores de la sociedad, en Madrid y más en los de las provincias, la enemistad a los comuneros comenzó a dar muestra de sí, aunque casi siempre justificada o disculpada por claras provocaciones.
Pero un periódico, a la sazón famoso, vino a hacer imposible la continuación de la paz entre los hijos de Padilla y los a quienes estos calificaban de _hermanos pasteleros_.
Ya se entenderá que hablo del _Zurriago_, cuyo valor entonces era grandísimo, no estando tasado ni siendo posible tasarle por su mérito intrínseco, sino por el que le daban las circunstancias, el cual era escandalosamente exorbitante. Creado el Ministerio de una sociedad sola, el _Zurriago_ se le declaró enemigo, por razones obvias, y entre estas la principal, por su necesidad de ser enemigo del poder dominante, so pena, si a ello faltaba, de no ser leído; de suerte que no hubo de ser de la oposición por ser comunero, sino que al revés, se veía como precisado a llevar la voz de la comunería para cumplir con su obligación de hacer guerra al Gobierno a todo trance. Sin embargo, el _Zurriago_ se declaraba intérprete de los deseos y opiniones de los comuneros, estos no le desmentían, y los ministros y la sociedad antigua eran, no solo censurados, sino insultados gravemente por aquel periódico procaz. Así, los más pacíficos no pudimos continuar siéndolo, por más que nos doliese empezar la campaña.
Para ver cómo esta comenzó y fue seguida, no estará de más, aun cuando para ello se vuelva atrás un tanto, pintar lo que era entonces el cuerpo director y gobernador de la sociedad antigua y sus relaciones con los que le prestaban obediencia.
III.
El cuerpo director, o sea gobierno supremo de la antigua sociedad secreta, en octubre de 1822, al tiempo de congregarse las Cortes extraordinarias, estaba, como antes, compuesto de representantes de los Capítulos, o digamos, de las autoridades superiores de provincia. Los más de los que componíamos cuerpo tal éramos diputados a Cortes, y de los que más papel hacían en el Congreso, aunque no pocos comuneros también figuraban en las primeras filas del mismo Congreso a nuestro lado. Nuestro presidente era por entonces Riego, y no siendo la menor irregularidad de nuestra situación en aquellas horas estar presididos por una persona cuyas inclinaciones eran todas hacia la sociedad comunera nuestra contraria; inclinaciones apenas disimuladas y cuya manifestación nos causaba grandes apuros y aun disgustos. En efecto, Riego, no bien fue nombrado el ministerio de la sociedad con su anuencia, teniendo en él entrada y aun lugar principal San Miguel su amigo, cuando comenzó a querer ejercer sobre este último personaje un influjo extraordinario, tanto más insufrible cuanto pretendía ejercerle, no en punto a graves cuestiones, sino en pequeñeces, y para satisfacción de pasiones personales, ya favorables, ya adversas a sujetos determinados. No siempre quisieron o pudieron los ministros prestarse a conceder pretensiones caprichosas, que a veces eran en daño de hombres apreciables, y Riego, que veía en San Miguel un amigo, pero también un subalterno suyo, miró la menor resistencia hecha a sus deseos por el novel ministro como un acto de ingratitud, o sea de rebeldía. Llegó a tanto el enojo del famoso general, que hubo de partirse de Madrid para Andalucía en el mes de septiembre, y de pasear varias poblaciones, donde, haciendo imprudentes discursos mal pergeñados, recibió altos y vivos aplausos de los necios, y fue oído con desaprobación por los entendidos. Era el héroe de las Cabezas hombre desinteresado en punto a provechos, y aun en punto a honores, pero no así en lo tocante a oírse vitorear, para lo cual no excusaba servirse de artes de toda especie, y, por lo mismo que se creía íntegro, y tenía razón de creerlo, miraba como enemigo de mala naturaleza al que le negaba, o siquiera le escaseaba, el culto.
No dejaba con todo Riego, aunque su inclinación a los comuneros nacía de verse de ellos aplaudido, de tener quienes con él coincidiesen, manifestándose, cuando no favorables, poco menos a la sociedad comunera.
Bien será confesar que, recién abiertas las Cortes extraordinarias, y empezados en ellas debates de no corto empeño, como resultase que el Ministerio encontraba fuerte oposición en algunos de nuestra sociedad, los más de ellos personas de valía, y al revés recibía apoyo de casi todos los diputados comuneros, algunos de nosotros, uno de los cuales era yo, y con sumo calor a veces, nos mostrábamos amigos más que contrarios de la sociedad rival, cuya conducta política, fuera del interés o pasión de secta, era conforme a la nuestra en todo punto. Nacían de esto disputas que en nada venían a parar, pues no terminaban en una resolución, quizá por estar todos seguros de que si alguna se tomase, de nadie sería obedecida.
Pero el interés y pasión de secta iban mostrándose en negocios de menor cuantía en sí, pero de no inferior importancia si se tomaba en cuenta el efecto que producían en los ánimos, y por consecuencia en el proceder de los individuos.
Al abrirse las sesiones de nuestro cuerpo, harto frecuentes, se empezaba por lo que se llama despacho ordinario en los Cuerpos legisladores u otros de índole igual o parecida. Ya una sociedad particular, ya un Capítulo de provincia, se quejaba de los comuneros, especificando los agravios que de ellos recibían los nuestros, y aun solía mezclar con la queja otra del Gobierno legal, nuestro hijo y representante, al cual atribuían que favorecía a nuestros enemigos los hijos de Padilla harto más de lo debido. Es un escándalo (nos hacía presente una sociedad) que el empleo tal (y citaba uno, a veces no muy alto ni de grande influjo en los negocios) haya sido dado a un comunero, cuando hay aquí hermanos dignísimos que podrían servirle, y le han pretendido con éxito desfavorable a su pretensión. Ya no es posible (venían diciéndonos por otro lado) sufrir más tiempo los insultos de los comuneros, a quienes la autoridad en vez de refrenar parece como que apadrina. En las quejas de estos últimos había más razón, porque en las provincias la desunión entre las dos sociedades había llegado a ser enemistad, lo cual se dejaba sentir aun en Madrid, salvo donde abundaban los diputados propensos a no mirar mal a quienes con ellos votaban.
Pero la hostilidad de los periódicos comuneros iba asomando, aun cuando solo en el _Zurriago_ apareciese desembozada, descarada y violenta. En tanto se abrió nuevo teatro, donde los de la sociedad de fecha moderna, declarando, con fundamento o sin él, que obraban no solo como particulares, sino en nombre del cuerpo de que eran miembros, comenzaron a desatarse, así como contra el Ministerio, contra el Gobierno oculto del cual eran representación los ministros. Fue el nuevo teatro a que acabo ahora de referirme, la sociedad patriótica llamada Landaburiana, abierta hacia principios de noviembre de 1822. De ella y de sus excesos he hablado hace poco, y por tocante al argumento del presente artículo, debo añadir que casi todos cuantos allí hablaban se proclamaban hijos de Padilla y enemigos de aquellos a quienes, con grosera expresión, común entonces, daban el mote de hermanos pasteleros. Asistía a la sociedad Landaburiana Romero Alpuente, y recibía allí obsequiosas aprobaciones tributadas en su persona a uno de los personajes más venerandos y venerados de la novel comunidad. Asistía asimismo Riego, pero su asistencia solo servía de provocar, a la par con aplausos a su persona, vituperios a la sociedad por él presidida, habiendo a la sazón comenzado a oírse la frase, después muy repetida, de _viva Riego sin mandil_; grito que oía con frecuencia el así aplaudido, sin dar la menor muestra de desaprobarle.
Agregábase a todas estas causas de disensión entre las dos sociedades una quizá de superior gravedad. Estaba a la sazón haciéndose proceso criminal a los principales fautores y caudillos de la rebelión de la Guardia Real, ocurrida en los días primeros de julio. La causa era seguida ante la justicia militar con beneplácito y aun con aprobación de los liberales más extremados, los cuales, por una singularidad hoy no enteramente desterrada aun cuando solo aparezca en raros casos, buscaban apoyo en la Milicia contra la autoridad civil cuando les convenía para el logro de sus deseos, encontrando en el ejército, tal cual estaba entonces, instrumentos propios para el triunfo o defensa de la causa revolucionaria. Fue nombrado para fiscal en el proceso un oficial llamado don N. Paredes, comunero muy estimado entre los suyos. Al encargarse este de la causa, o a petición propia, o por disposición ajena, se hizo ramo separado relativo a un don N. Goiffieu, francés de nacimiento, realista extremado en sus opiniones, oficial de las Guardias Reales y del regimiento antes llamado de Walonas, y culpado en la sublevación del cuerpo de que era parte, y en la muerte dada a Landáburu su compañero por los soldados. A pesar de ser notoria y grave la culpa del tal infeliz, como tenía cómplices si no en el todo, en una parte no leve de su delito, chocó, y no sin razón, ver que él solo fuese juzgado como lo fue, y condenado a muerte, siendo en breve ejecutada la sentencia. Pero a los fautores de la sedición y caudillos de la soldadesca rebelada se sujetó a una causa larga y enmarañada, con trazas de no terminar sino en muy dilatado plazo, yendo el fiscal buscando delincuentes por todos lados, en lo cual veían sus amigos pruebas de su celo, y sospechaban sus contrarios intentos de salvar con las dilaciones y complicaciones a aquellos en cuya salvación tenían no encubierto empeño el Rey y sus parciales. Llegó la osadía de Paredes a pedir y lograr por breves días la prisión de los que habían sido ministros en los días en que se rebeló y continuó en rebelión la Guardia. Tanto desafuero causó la indignación que no podía menos de excitar: alzose un clamor contra que un mero fiscal y un consejo de guerra se arrogasen facultades solo propias de las Cortes, declarando haber lugar a exigir la responsabilidad a los ministros por sus actos: llevose el negocio al Congreso, y en él fue desaprobada la conducta de Paredes; pero no con la dureza debida, y tampoco sin alguna oposición, siendo yo (con dolor y vergüenza así como con arrepentimiento lo confieso) de los pocos que desaprobaron hasta la blanda y tímida desaprobación de los actos ilegales y altamente vituperables del fiscal sospechoso.[76]
[76] Cuando repaso los sucesos de mi vida y trato de juzgarlos, no con imparcialidad, lo cual no es posible, pero según me dicta hoy mi conciencia, y con la frialdad que trae consigo el tiempo, no hay parte de mi carrera en que crea haber andado más errado, y de que más me arrepienta y aun me avergüence, que de los pasos dados por mí en el negocio de Paredes, y en todo lo relativo a mis relaciones con el Ministerio y con los comuneros en octubre y noviembre de 1822, durante los primeros meses de aquellas Cortes extraordinarias. Al meditar en ello ahora, encuentro en mi propio ejemplo, cuán común es en el hombre la adulación, pues quien la niega a las cortes de los reyes la tributa a los pueblos, o, diciéndolo como se debe, a los que tomando el nombre del pueblo no pasan de ser partidos. Yo entonces sostenía al Ministerio y conocía su nulidad; me arrimaba a los comuneros, estando persuadido de su mala índole, defendía en público mucho de lo que en mi interior desaprobaba, y mal satisfecho de mí mismo, no me corregía de una conducta que estimaba en algo reprensible. Verdad es que no todo era en mí lisonja, pues había en mi proceder loca pasión, lo cual es igualmente vituperable, pero no tan feo.
Abrazaron los comuneros la causa del de su sociedad, diciendo de los de la rival y ya contraria «estar visto que el ministerio y los amigos de este querían guardar indignas contemplaciones con los moderados, y, por condescendencia con ellos y aun con los realistas, salvar a los culpados principales sujetos a juicio, de donde provenía ponerse obstáculos al honrado, celoso y valiente fiscal en el desempeño de su cargo». A acusaciones tales respondían con contra-acusaciones los inculpados, según los cuales Paredes se había puesto de inteligencia con la corte, siendo mera apariencia el exceso de su celo, y la realidad que, mientras buscaba criminales donde mal podía encontrarlos, y donde no le era lícito entrometerse, aquellos sobre quienes debía recaer la pena escapaban cuando menos por lo pronto sin castigo, siendo su defensa lo enredado de la causa, cuya complicación los daba amparo. En suma, para los de la sociedad ministerial vino a ser casi verdad averiguada estar Paredes ganado por el Rey; cargo tal vez injusto, a pesar de que su proceder vino al cabo a dar a aquellos a quienes acusaba, no solo la impunidad, sino, con la mudanza que ocurrió sin concluirse la causa, el triunfo más completo.
Entretanto en la tribuna de la sociedad Landaburiana y en _El Zurriago_ era el asunto principal tratado en aquellos días el de Paredes y los encausados. Los _hermanos pasteleros_ decían (para usar de las groseras palabras empleadas entonces) se habían quitado la máscara, apadrinando a los conspiradores para libertarlos del rigor de la ley, a lo cual se seguiría hacer con ellos causa común, y hasta echar por tierra la Constitución, sustituyéndola una con dos Cámaras, a las cuales se apellidaba odiosas.
Ya he dicho que aun yo, tachado (no sin algún motivo) de inclinarme a los comuneros, no pude sufrir más ver a mis amigos hechos blanco de acusaciones tanto cuanto injustas inicuas. Rompí, pues, aun por mi cuenta propia la guerra contra la comunería, aunque no disparando mis tiros contra ella como sociedad, sino solo increpando a quienes en su nombre nos hostilizaban, a la par que ensalzando los merecimientos de nuestra hermandad en términos poco prudentes. Mi folleto (pues un folleto fue mi acto de hostilidad) valía poquísimo, pero encendió una ira violenta en aquellos contra quienes estaba dirigido, los cuales me atribuyeron una imprudencia muy superior a la que en justicia debía echárseme en cara.
La sociedad comunera no por esto se había puesto en guerra con la nuestra, si bien no desmentía a los que blasonaban de llevar su voz al acusarnos y denostarnos. Pareció entonces como forzoso poner en claro la situación respectiva de las dos potencias semiocultas que existían dentro del Estado legal. A una declaración formal de guerra suelen preceder negociaciones, y el modo de hacer estas más solemnes es el nombramiento de un embajador. Fue nombrado uno por el gobierno de nuestra sociedad para que pasase a entenderse con el de la potencia antes solo rival, hasta a veces aparente amiga, ya en aquella hora enemiga, pero enemiga dudosa. Para desempeñar tan importante embajada fue escogida mi pobre persona.
Ya nombrado, cuidé de aumentar con ridículo énfasis la importancia de mi misión a la autoridad delante de la cual había de desempeñarla, solicitando pública audiencia con la solemnidad correspondiente. Fueme concedida, como era de esperar, y difícil es decir, al recordar el desempeño de mi embajada, quién se llevó en aquella farsa la palma en punto a ridiculez, habiéndonos ambas partes extremado. Aunque nuestra sociedad antigua se distinguía por su ceremonial, en el cuerpo gobernador de ella la habíamos omitido enteramente, pero en el de los comuneros, a lo menos para acto tal como era el de recibir una embajada de potencia extraña, había algo, bien que poco, en adorno del lugar, e insignias o condecoraciones en las personas. Lleno yo de entono, me presenté haciendo el papel de legado romano que intimaba al Senado cartaginés que se decidiese sin demora por la paz o la guerra, o el de Argante haciendo la misma intimación a los Cruzados presididos por Godofredo; y no se tenga por pedante esta cita, porque llevaba yo en la mente los lances a que me refiero para acomodarlos disparatadamente a la ocasión en que me veía. Si entonado y hueco aparecí yo, no lo estuvo menos el gran maestre de la orden que me recibió en pleno capítulo. A mis quejas de la conducta de _El Zurriago_, y a mi petición, reducida a que declarase la sociedad no ser aquel periódico representante de sus opiniones o intentos según él aseguraba, recibí una respuesta casi evasiva sobre el primer punto, y sobre el segundo una negativa rotunda.
En suma, por ambas partes hubo pompa en los modos, y sequedad en el tono hasta rayar en desabrimiento. Me retiré, pues, sin sacar fruto de mi embajada; mal ensayo de un diplomático que ya lo había sido de veras, pero en puestos inferiores. Fui muy censurado de los comuneros, y creo que merecía serlo, pero incurrieron en la ridiculez de afirmar que yo me había turbado y cortado ante el espectáculo solemne que presentó a mi vista su sociedad reunida.