Recuerdos de un anciano

Part 34

Chapter 343,970 wordsPublic domain

Como era de suponer, la negociación malograda produjo exacerbarse la guerra. Pero como ya entonces amenazase una más seria de parte de Francia, y como, a pesar de ventajas alcanzadas sobre los realistas levantados en Cataluña y las Provincias Vascongadas por Mina y Torrijos, donde quiera asomasen partidas de anticonstitucionales, dando a conocer por estas chispas, y sobre ellas por otros síntomas, la existencia de intenso fuego oculto pronto a romper en voraz incendio, se veía claro la necesidad de avenirse entre sí los constitucionales, o, cuando menos, de estos los conocidos por exaltados. Hubo, pues, tratos para venir a conciliación las sociedades ya enemigas, no por medio de pomposas embajadas, sino por medio de negociadores en conferencia amistosa. Nombró para el intento la sociedad comunera al general Ballesteros, a Romero Alpuente y a Regato; la nuestra a Istúriz, a otro, cuyo nombre no recuerdo, y a mí, a pesar del mal éxito del desempeño de mi anterior cargo. Abierta la conferencia, habló primero en ella Romero Alpuente, cuyo talento no era grande y a quien entre otras calidades, aunque le sobrase la malicia, faltaba el tino. Díjonos que los comuneros tenían muchas quejas de nosotros, y una de las principales era que al formarse el Ministerio nos le hubiésemos tomado por entero, sin darles en él siquiera una corta parte, y que podía remediarse el yerro con darles _una dedadita de miel_, lo cual por el pronto bastaría, siendo por otra parte fácil, pues «en el ministerio había un Capaz que era muy incapaz».[77]

[77] Esto aludía a que _El Zurriago_, una de cuyas mañas era poner nombres de burla a personas conocidas, llamaba al ministro de Marina Capaz el incapaz.

Iba a continuar cuando le interrumpió su colega Regato, con muestras visibles de ira contenida a duras penas, el cual negó que los comuneros reclamasen una parte en el gobierno, pues su deseo era que se gobernase bien, fuese por ellos o por otros, de lo cual se estaba muy distante. Toconos hablar en medio de esto; pero dijimos poco, y sin claridad ni precisión, no siendo fácil avenirnos con quienes parecían mal avenidos entre sí, y aun sintiendo la maligna complacencia que es común sentir cuando se ve división entre los enemigos. Fuéronse enzarzando en su disputa Romero Alpuente y Regato; seguimos nosotros más entretenidos con su riña y deseosos de fomentarla que atentos a buscar una concordia en aquellos momentos inasequible, y, sin resolver ni aun proponer cosa alguna, había el cansancio de los disputantes traído un momento de silencio, cuando rompiéndole Ballesteros, hasta entonces callado, y medio dormido, expresó con cuánto placer veía que al cabo estábamos todos acordes, no pudiendo menos de ser así entre personas amantes de la libertad y de la Constitución en igual grado. Aunque de las luces del buen general no era de admirar tal ocurrencia, todavía hubo de dejarnos parados, y, reprimiendo la risa, no obstante la tentación fortísima que de ella nos asaltó, aprovechamos en cierto modo la ocasión de terminar la conferencia, no persuadidos como Ballesteros de que estaba trocado en amistad el odio, pero tampoco negándolo, y satisfechos de haber concluido con un negocio al cual no era posible hallar buena salida.[78]

[78] Por aquel tiempo comenzaron a salir a luz unas cartas que se decían ser del compadre de _El Zurriago_, en las cuales se hacía cruda guerra a este periódico y a toda la sociedad comunera. Estaban escritas en buen estilo, y abundaban en chistes, muchos de ellos de buena ley. Su autor (por unos pocos días ignorado) era un don Gabriel García, que había sido del ayuntamiento de Madrid, y señalándose por una defensa de Goiffieu que le mereció injustas censuras, y el mismo que en 1836, después del suceso de la Granja, fue subsecretario de Estado. Mucho incomodaron a los comuneros las tales cartas, de que hoy apenas habrá quien se acuerde.

Así es que la guerra continuó embravecida, y aun hubo de señalarse por un incidente de pocos sabido. Por aquellos días desapareció uno de los dos que escribían _El Zurriago_. Corrió al momento la voz de que los hermanos, en aquel lance no pasteleros, sino muy al revés, lo habían hecho víctima, y tal vez quitado la vida, o que a lo menos le tenían encerrado en alguna oscura mazmorra. Nosotros ya nos quejábamos, ya nos indignábamos, ya nos burlábamos de lo que reputábamos una calumnia, opinión que hasta ahora había tenido, y sobre la cual me ha hecho vacilar un aserto de fecha moderna y digno de alguna fe.[79]

[79] Este escritor de _El Zurriago_ (Don N. Mejía), cuyo compañero murió pasado por las armas en 1824 cerca de Almería, en una loca tentativa de restablecer la Constitución, vivió hasta ha poco, pero vuelto a su patria desde los Estados Unidos de la América Septentrional a donde había huido en 1823, vino tan trocado que no intentó hacer papel, como bien podía; se mostraba arrepentido de su conducta anterior, prefería la oscuridad y la indigencia a darse a conocer, y es fama que recibió socorros, de que tenía suma necesidad, hasta de Martínez de la Rosa, a quien tanto había ultrajado, pero cuyo perdón solicitó humilde y alcanzó, pagando con gratitud el beneficio. Sin embargo de su arrepentimiento acompañado de una confesión de sus yerros, siguió afirmando que real y verdaderamente había sido asaltado de noche, y encerrado después de aprehendido, hasta qué al cabo de algunos días fue puesto en libertad, también de noche, dejándole en una plaza. Tal aserto es digno de crédito. Pero por el lado opuesto me consta que la sociedad a la cual fue achacado aquel acto criminal, ni le dispuso ni le creyó cierto. Quizá algunos de ella, más celosos que cuerdos o justos, cometieron tal, sin dar parte de él al cuerpo director, que no le habría aprobado. Quizá algunos de sus aparentes amigos fueron culpados de aquella maldad para atribuirla a sus contrarios. De todos modos, el asunto queda oscuro, y llevar a él la luz se ha hecho imposible.

Mientras seguía escondido, o por disposición propia, como maquinación contra sus enemigos, o por otra causa hasta hoy de mí ignorada, el zurriaguista, algunos amigos de este, o que para ciertos fines pasaban por serlo, trazaron su rescate o venganza.

Ya dejo dicho en una parte anterior de este trabajo que, como a la sombra de la sociedad comunera, existía cierta cosa a modo de ramal de la de los carbonarios italianos. Estos, como si estuviesen cansados de que de ellos no se hablase, ni aun para vituperarlos, hubieron de pensar en señalarse por un acto de vigor, y, con motivo de la desaparición del escritor de _El Zurriago_, discurrieron echar mano a una persona de la sociedad a la sazón ministerial, y tenerle en estrecho y duro encierro en rehenes del perdido periodista. Fueron los que tomaron tal determinación pocos en número, y hubo la singularidad de que entre ellos figurase el que era a la sazón _bufo caricato_ de la ópera italiana, mediano cantante y no mal actor, que solía dar que reír al público y recoger aplausos, por gestos raros, y palabras en español chapurreado interpoladas en el texto italiano de lo que cantaba. No obstante el secreto que era natural guardar en resolución tan aventurada, no faltó un delator ni aun en el escaso número de los congregados, así que como a las once de la noche, hallándome yo como tenía por costumbre en casa de mi amigo y colega Istúriz, llegó a este el aviso de mi peligro, y él, sin enterarme del negocio, me rogó que me quedase a dormir en su casa aquella noche, dándome por motivo que a la mañana siguiente muy temprano habíamos de tratar de un asunto importante. Accedí yo, como debía suponerse, al deseo de mi amigo, y llegado el día siguiente, supe la causa que me había hecho pernoctar en casa ajena aunque tan amiga. Con estar descubierta la fechoría trazada, quedó imposibilitada su ejecución. De allí a muy poco, en altas horas de la noche, apareció en una plaza de Madrid, medio desnudo, el escritor secuestrado, con lo cual terminó tan ridículo incidente, ruidosísimo entonces, casi de todos ignorado hoy, siendo la común opinión tener el suceso por farsa dispuesta por la aparente víctima y por sus amigos.[80]

[80] En prueba de que este malvado proyecto existió, contaré lo siguiente: Un íntimo amigo nuestro comunero, concurrente a casa de Istúriz, como oyese hablar de la reunión en que se había resuelto el atentado contra mi persona, clamó que era una calumnia o un chisme de los que suelen correr y creerse entre enemigos. Pero al día siguiente volvió confuso, y con candor confesó que había averiguado ser cierto haber habido tal junta y tal resolución; si bien afirmó, con veracidad, que no había sido acto de los comuneros.

Mucho mayores sucesos estaban preparándose en aquellas horas. No tardaron en llegar a nuestro Gobierno las famosas notas en que Rusia, Austria, Prusia y Francia condenaban nuestra Constitución, y más todavía la revolución que había traído su restablecimiento, declarándose resueltas a obligar a España de uno u otro modo a devolver al Rey el uso de su autoridad para que la ejerciese según creyese justo y oportuno.

El Ministerio, recibidas estas comunicaciones, preparó la respuesta, y la comunicó a la sociedad antes de traerla a las Cortes. El supremo gobierno oculto aprobó plenamente la conducta de los ministros, y en cierto grado preparó, aunque no dispuso del todo, ni podía disponer, la escena del 9 de enero de 1823.

Mi intento ahora es referir y no disputar, por lo cual no pretendo ni desaprobar ni justificar la conducta de nuestro Gobierno al resolver cuestión de tanta magnitud cuanta fue la que encerraba la paz o la guerra; la sumisión de la nación o su resistencia; la posibilidad o no posibilidad de entrar en tratos; conducta casi generalmente reprobada, entre otras razones, por haberle sido notoriamente adversa la fortuna. Diré solo que de muchos actos de mi vida política estoy arrepentido, y lo confieso y aun lo pregono; que de otros sigo satisfecho, aun hoy mismo, en mi interior y no lo encubro; que conozco puedo equivocarme ahora como juzgo que me equivoqué antes, y, finalmente, que hay pasos dados en mi carrera sobre los cuales hoy mismo opino que no fueron dados ni con acierto completo ni con desatino, incluyendo en estos últimos la parte considerable que tuve en lo relativo a la respuesta dada a las famosas notas. Creo en este momento mismo que nada habría salvado la Constitución, ni Constitución alguna que no fuese la que da al monarca una autoridad semiabsoluta, acompañada de una condenación solemne de la revolución de 1820; del trágico fin que cupo a la española de 1812 en 1823: creo asimismo que procedimos con poca maña y sobrada ligereza, errando los medios aun cuando acertásemos en el fin que nos proponíamos. Aun cálculos de política en que predominaba el interés de bandería sobre el del Estado hubieron de influir en nuestro ánimo, no conociendo, pero tampoco ignorando enteramente, su influjo en nuestros pensamientos y resoluciones. Nos oíamos acusar de vergonzosas contemplaciones con los enemigos de la Constitución y de la libertad, y hasta de prestarnos a la sustitución de una Constitución reformada a la vigente, y quisimos desmentir la acusación, no sin el loable propósito, mezclado con nuestra mira interesada, de impedir una revolución que amenazaba, si nos manifestábamos dispuestos a acceder a los deseos de los monarcas extranjeros, o a los del Rey y sus parciales.

Sea como fuere, el entusiasmo, en gran parte facticio, y ciertamente de pocos, pero aparente, vivo y común en los que sentían empeño en la causa pública, con que fueron recibidas las resoluciones del Congreso en las sesiones de 9 y 11 de enero, calló por algún tiempo a los comuneros, y aun los constriñó a mezclar sus voces en el coro de alabanzas tributadas a los ministros prohombres de la sociedad de ellos aborrecida. Pero quiso la común desdicha que al ruidoso himno laudatorio sucediese muy en breve un grito de pena y terror, y también de afectos de ira y vergüenza, causado por la derrota de una división de nuestro ejército por una partida de facciosos, gruesa sí, pero al parecer poco respetable; derrota padecida a corta distancia de la capital, y que causó en ella un temor sumo, aunque no fundado. Al creerse que los vencedores podían presentarse delante de los muros, o, hablando con propiedad, de las tapias de Madrid, en cuyo interior contaban numerosos amigos, pensó el Gobierno, forzado a ello, conferir el mando militar de la capital al general Ballesteros, lo cual en aquellas circunstancias era una importantísima concesión hecha a la sociedad comunera. El negocio vino a las Cortes en sesión pública, donde un diputado comunero calificó al general agraciado de personaje que había figurado en primer término en el cuadro del 7 de julio, siendo recibida la expresión con palmadas de los concurrentes a la tribuna, en la cual escaseaban, como siempre escasean, los ministeriales. Sobre la importancia general de aquellos sucesos gravísimos, apareció en ellos rota la unión hasta entonces constante de los diputados a Cortes de la una y la otra sociedad.

Pasó en no largo plazo el peligro inmediato de Madrid, y del gobierno constitucional, pero había descubierto y hasta hecho patente el peligro algo menos cercano, pero no muy distante, en que estaba la causa pública, amenazada por fuerte poder, flaquísima en fuerzas para la defensa.

El conocimiento del común peligro trajo la división al seno de la sociedad comunera. De ella muchos personajes de nota, y entre estos casi todos los que eran diputados a Cortes, menos tres o cuatro, más notables por su violencia que por su brillo, se adhirieron a los de la sociedad rival dando apoyo al Ministerio. Pero los capitanes, aunque de los principales de su hueste, fueron seguidos de pocos soldados, y, según sucede en casos tales, los más vehementes y extremados se llevaron consigo o mantuvieron bajo su influjo o mando a las turbas.

Estas, casi todas comuneras, entre los liberales de las provincias habían llegado a un estado de frenética furia contra los de la sociedad su rival. En Cádiz las cosas habían llegado a excesos increíbles. Las cintas y divisas verdes, en las que (como en otra ocasión he dicho) veían los poco entendidos un símbolo de la sociedad antigua, no habiéndolo sido sino de la esperanza en el triunfo que los restablecedores de la Constitución habían tenido al acometer y sustentar su empresa, eran objeto de insulto para la plebe liberal. Persona hubo del sexo femenino, y no de la clase baja, que se paseó con zapatos en que lo bajo de la suela era verde para indicar que destinaba aquel color a ser pisado. A puerilidades semejantes acompañaron serios desórdenes, y a estos actos de despotismo por parte de la autoridad, la cual, no obstante estar en manos de constitucionales y aun de exaltados, procedía con la tiranía que en tiempos de revolución, y sobre todo en España, es la regla de conducta de los partidos políticos militantes. En suma, en toda la nación los comuneros numerosos y violentos, con sumo poder en las poblaciones donde abundando los liberales lo era la plebe, y con menos fuerza donde los constitucionales escaseaban, o apenas contaban entre los suyos genios de las clases ignorantes, seguían a los caudillos hasta entonces inferiores en nota que no se habían unido al Ministerio.

Todo ello venía a parecer cosa leve, cuando llamaba la atención la invasión inminente pronto pasada a ser invasión realizada. Ante ella fueron casi nada en la apariencia las rencillas de las sociedades rivales, pero en la apariencia y no más, pues a la sorda obraban, y no tuvieron poco influjo en las deserciones de los antes defensores de la Constitución; deserciones en que los de una y otra sociedad tuvieron igual vergonzosa parte, pero a las cuales dieron con sus argumentos pretexto los comuneros más que los de otra parcialidad, por lo mismo que, saliendo de ellos, parecían más poderosas las razones contra la continuación de la resistencia.

En efecto, la condenación de las respuestas dadas a las notas comenzó a oírse salida de los labios que poco antes clamaban contra toda idea de avenencia con los extranjeros o con los realistas. De aquí siguió desaprobarse la idea de la traslación del Rey, Gobierno y Cortes a Andalucía, la cual era consecuencia forzosa de la resistencia a la invasión francesa, encaminada a restituir al Rey el lleno de su poder perdido. Cayó, por proponer este viaje necesario, el ministerio de los hermanos, pero un motín escandaloso obligó al monarca a reponer a los ministros caídos. Vituperaron entonces agriamente los comuneros (si no todos, los más de ellos, y entre estos los que entre los antes caudillos de la sociedad se habían resistido a unirse con los ministeriales) el atentado cometido contra la real persona y las leyes; desacato y aun exceso atroz que no admitía disculpa, pero tal era la desgracia de los tiempos que, al vituperarle con sobrada razón, tenían que declararse aprobadores de una conducta cuyo término forzoso era el triunfo de la invasión francesa y la caída de la Constitución, lo cual disonaba en boca de constitucionales de celo extremado. Una vez llegados el monarca y el Congreso a Sevilla, nuevo Ministerio, pero ya no de la sociedad secreta, aunque de ella fuesen varios de los ministros nombrados, tampoco mereció la aprobación de los comuneros, si bien tuvo en su favor los votos de los que de la sociedad se habían separado. En verdad ya entonces ambas sociedades habían perdido su fuerza, y las luchas, si alguna había, eran como la de cuerpos debilitados por achaques de temprana vejez en las cuales se muestra el rencor inveterado, pero falta poder en los combatientes para hacerse daños graves. Además, en su interior las mismas sociedades estaban, si no disueltas, combatidas por un elemento de disolución incipiente, a modo de lo que es en lo material un cuerpo apolillado del cual se va desprendiendo resuelta en polvo mucha parte, mientras lo que sigue en pie solo existe entero en la apariencia. Algunos de los prohombres de los hijos de Padilla más exaltados (no de los que se habían unido al cabo con la sociedad rival) entraron en trato secreto y amistoso con el Real Palacio, pero estos tratos conocidos poco dieron de sí, a no ser por lo que influyeron en la opinión de gente de más poder, señaladamente en los ejércitos, y, siendo sabidos, no podían ser castigados, ni aun con entregarlos a la vergüenza y censura, porque había llegado la hora en que la opinión pública, dividida, trabajada, desmayada e incierta, no acertaba a juzgar ni aun para condenar las acciones más feas, y en que, desapareciendo el interés público, atendían los más cada cual al suyo privado. En situación tal fue la causa de la Constitución y aun la de la dignidad de la nación abandonada por personas de todas las sociedades, o de ninguna de las secretas; personas altas y bajas; de las antes apasionadas y de las tibias; de las entendidas y de las ignorantes. Ejemplos hubo en medio de esto de honrada fidelidad, compartiendo también la gloria (si en ello gloria había, aunque haya quien contra toda regla de justicia y moral lo niegue) algunos comuneros distinguidos, y otros que se contaban en la sociedad antigua, y el general Mina de esta última, y el general Torrijos de aquella, pudieron presentarse en tierra extraña, proscritos, pero con la frente erguida como de quienes han cumplido con su obligación a todo trance, en medio de numerosos ejemplos de lo contrario. Ni fueron los generales citados los únicos dignos de ser mencionados con alabanza, porque militares y no militares de varias categorías los acompañaron en su honrosa desventura. Como en otros de estos mis recuerdos he dicho, por consecuencia de la flaqueza humana, la cual apenas consiente que en el hombre no vaya mezclado lo malo con lo bueno, los que llevaron al destierro su honor intacto llevaron con él un tanto de sus antiguas rivalidades. Pero, como los años de la emigración engendraron nuevas pasiones de amistad y aun de odio, al aparecer restablecido en España el gobierno parlamentario, ya no revivieron las antiguas sociedades secretas. Hubo, es verdad, otras de que solo tengo noticias vagas, y aun hubo cierta cosa a modo de resurrección de la antigua, pero el cuerpo que hubo de creerse resucitado estaba meramente galvanizado, y, en vez de repetir, remedaba las funciones de su pasada vida. No sé si me engaño, pero, tímido como soy en aventurar opiniones, todavía me arrojo a decir que el tiempo del predominio absoluto de las sociedades secretas en los negocios públicos, si no es ya imposible, es improbable en altísimo grado.

XIII.

DEPOSICIÓN DEL REY POR LAS CORTES EN SEVILLA EL 11 DE JUNIO DE 1823.

Las Cortes, de resultas de la invasión del territorio español por el ejército francés, se habían retirado a Andalucía y abierto sus sesiones en Sevilla, habiéndose traído consigo al Rey, su enemigo, pero embozado, y traídosele, no sin haberse él resistido a hacer el viaje, si bien valiéndose de pretextos no políticos, pero tan claramente pretextos, y no más, que nadie ignoraba, ni S. M. mismo pretendía ocultar del todo, que eran un modo decoroso de declarar su resolución de esperar a los invasores, los cuales de hecho eran sus mejores amigos, aunque de derecho o de oficio aparecían siendo sus contrarios.

Las Cortes en Sevilla discutían, deliberaban, resolvían, pero con evidente desmayo, que era forzosa consecuencia de las tristísimas circunstancias en que se hallaban. Veíase claro que del pueblo, si no la parte mejor, la mucho más numerosa, hacía causa común con los invasores. Flacos de espíritu, si no traidores, los generales se rendían al peso de desdichas superiores a las que pueden resistir humanas fuerzas. Divisábase la nube desde mucho antes formada, y se la notaba crecer en negrura y oscuridad, hacer ya estragos en los lugares a que alcanzaba, y amenazar con otros, tal vez mayores, aquellos donde no había llegado pero a que se venía encaminando con mediana rapidez, si bien con curso que no podía ser atajado. En el mismo Congreso, lo que había sido unanimidad en los días 9 y 11 de enero, en mayo era ya solo mayoría, si numerosa aún, poco alentada, y a la cual se oponía una minoría valiente, cuya osadía y firmeza declaraban que contaba con auxilio poderoso.

Fuera del recinto en que se celebraban las sesiones, los diputados estaban, como era fuerza sucediese, inquietos, tristes y dudosos en punto a la conducta que debía seguirse, cuando se estaba viniendo a tierra la fábrica de que eran custodios. Era común quejarse de que nada se hacía; pero provocados quienes así se quejaban a indicar qué podía hacerse, nadie acertaba a proponer cosa alguna, porque, en verdad, nada había que hacer, sino seguir la guerra y llevar los reveses que eran de ella consecuencia con resignación, tanto más difícil de tener cuanto que el trágico fin de la Constitución se descubría claro y a poca distancia. El Ministerio, incompleto y hecho a retazos, no gozaba de la confianza del Rey, el cual, sin embargo, le miraba con cierto afecto parecido a gratitud, porque le había libertado de otro de él tan odiado como el de San Miguel y consortes, pero que le habría preferido al de los comuneros y de Flores Estrada; gente, en verdad, más extremada en sus doctrinas contrarias a toda autoridad, inclusa la del trono, pero unida entonces con la corte y las reales personas por común aborrecimiento a la sociedad secreta, su enemiga, en aquellas horas predominante.