Part 41
La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines de junio de 1890 se preparó en Londres, y cuya primera terminación (porque bien puede decirse que la tuvo segunda, y funestísima) no pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras muchas, del extremo a que precipitan a hombres de entendimiento y aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la impaciencia de la desdicha. En efecto; en aquella expedición iban hermanadas la falta de secreto con la cortedad de medios, de suerte que faltaban las condiciones para que pudiese tener un éxito siquiera medianamente satisfactorio. Un golpe dado de pronto e inesperado suele salir bien, o si no tanto, llega a tener algún efecto, a punto de dejar por mayor o menor plazo dudosas sus resultas. Napoleón mismo, con ser todo un Napoleón, no habría entrado en París y tomado de nuevo posesión del trono imperial a los veinte días de haber desembarcado en Cannes al frente de menos de mil hombres, si hubiese habido noticias de que estaba preparándose en la isla de Elba a invadir a Francia. Y para descender de lo muy grande a lo muy pequeño, en 1824 había sido ocupada Tarifa por una corta porción de hombres arrojados, cabalmente porque nadie podía sospechar tal exceso de atrevimiento, cual era el de lanzarse con tan flaco poder a restablecer en España la Constitución entonces recién caída. Por otro lado, la expedición del príncipe de Orange, después Guillermo III de Inglaterra, para arrebatar el cetro de manos de su suegro Jacobo II, fue llevada adelante con harta publicidad; pero era de tal poder, que, aun viéndola venir, no alcanzaban a malograrla los preparativos hechos para resistirle. Y aun lo mismo hubo de acontecer, andando el tiempo, y después del en que ocurrió lo que estos renglones refieren, a la fuerza que preparó el exemperador del Brasil para sentar en el trono de Portugal a su hija; empresa favorecida al cabo por la fortuna. Muy distantes estaban de contar con medios de algún valor los que en Londres se aprestaban a dar por tierra con el gobierno de Fernando VII. Un barco mercante de poco porte, acaso un centenar de hombres, y armamento para algunos más, pero no en cantidad considerable, constituían toda su fuerza. En otro punto de igual o superior importancia, que era el de recursos pecuniarios, tampoco iba la expedición muy sobrada; pero llevaba más que lo suficiente a su escaso poder en gente y armas, habiéndole facilitado una suma de algunos miles de pesos fuertes un buen inglés de la clase media, llamado Boyd, el cual, hallándose con una suma de dinero para Inglaterra no muy crecida, y según creo procedente de una herencia, ardiendo en celo arrebatado de la causa de la libertad, y particularmente de la de España, buscó empleo a su reducido capital en una empresa que a la postre podría darle provecho y desde luego le daría gloria y encumbramiento; desdichado cálculo en lo que de tal tenía, pues hubo de costar al infeliz la vida poco más de un año después, cayendo desapiadadamente sacrificado. La expedición llevaba también a la España rescatada un gobierno ya formado, nacido no ciertamente de la elección, ni aun de una hecha por la nación emigrada, que si poco habría valido, al cabo podía blasonar de ser producto de una votación de lo que quedaba siendo el pueblo de la España constitucional, sino, cuando no por sí mismo nombrado, hijo de los votos de pocos; pero esto era inconveniente inevitable de tal empresa. No se puede llamar del todo singular la composición del gobierno a que ahora aquí me refiero, sino en cuanto a la persona de uno de los tres que le formaban, don Manuel Flores Calderón, nunca en España de la asociación comunera, de severo juicio, y al parecer de pasiones poco violentas, pero en quien debía de haber un ardor encubierto que le movió a entrar y tener parte principal en un proyecto de hombres más celosos que prudentes, y a entrar en ella asociándose con personas a las cuales hasta entonces no había estado arrimado. No era menos extraño ver haciendo uno de los principales papeles en aquel drama a don José María Calatrava; pero en este la vehemencia de las pasiones lo explicaba todo. De la pluma del mismo Calatrava salió un manifiesto o alocución a la nación, que fue, para no perder tiempo, impreso en Inglaterra, como si no quisiesen los que iban a entrar en guerra con Fernando hacerla sin declararla, imitando actos de iniquidad de otros gobiernos, siendo la producción de que voy hablando una obra bien escrita, sin inoportunas galas en el estilo, y con elegancia y decoro, y, si no bien pensada, lo bastante para lo que eran nuestras doctrinas y deseos en aquel tiempo. Pero en la obra había un defecto que la hacía, si no ridícula, poco menos, y era la solemnidad y pompa con que tan flaco poder se presentaba como podría una potencia fuerte; propio proceder del autor, el cual, entre algunas buenas dotes, y otras no tan buenas calidades, tenía un orgullo excesivo. Así es que, en general, aun a aquellos no de la expedición a quienes agradó el papel, disonó haberse escrito y dado a luz para tan pobre empresa, como si fuese voz sonora y bien templada, así como fuerte, que sonaba amenazando, pero salida de cuerpo tan pequeño, que mal podría dar efecto a la amenaza. Sin embargo, a casi todos admiraba y a no pocos infundía desatinadas esperanzas ver que semejante escrito, reproducido en muchos ejemplares, circulando por Londres, y acompañado de actos que seguían sin interrupción, como era haber un barco fletado en que entraban municiones de guerra y estaba pronta a embarcarse gente armada y prevenida a guerrear, no diese margen a providencia alguna del gobierno inglés, cuando al lado de él había un ministro plenipotenciario del rey de España que no podía menos de hacer sobre tan grave negocio vivas reclamaciones, no siendo creíble que el duque de Wellington, tanto por sus inclinaciones conocidas, cuanto por su situación y deber, dejase de atender a ellas del modo más satisfactorio posible para el reclamante. Duró más de lo regular un estado motivo de admiración para algunos y para otros de dudas, así como para unos pocos de desvariadas figuraciones. Zarpó entretanto de su fondeadero el buque, que le tenía en el río Támesis, cerca del puente de Londres, y comenzó su navegación, que por fuerza en sus principios había de ser lenta hasta desembocar en el mar, y, según es allí uso, no se embarcaron los pasajeros, pensando hacerlo en Gravesend o algo más abajo. Pero entonces el Gobierno, que sin duda no quiso dar el golpe hasta darle seguro, sin dilatarle a punto de verse precisado a prender y sujetar al rigor de las leyes a los principales de la expedición, mandó detener el buque, como debía y podía, siendo ya fácil probar cuál era su destino. Terminó así la expedición, muy superior en importancia a todas cuantas tentativas de parecida naturaleza habían hecho los emigrados, pero superior únicamente por el valor de las personas que en ella entraron y por la solemnidad con que se preparó, si bien tan desigual al fin que se proponía cuanto lo habían sido en épocas poco anteriores aun las más descabelladas.
Materia a grandes disensiones habría dado la mala fortuna de la expedición, por lo mismo que nada había tenido de trágica, pues hubo de ocasionar burlas malignas de los que la desaprobaban; burlas que habrían causado resentimiento, si en parte no justo, en otra parte fundado; pero nos salvó de disgustos, de que tocaría algo aun a los al parecer más indiferentes, el gran suceso de la revolución de Francia en 1830 que inmediatamente sobrevino.
No es de extrañar que hasta a los más descorazonados llenase de alegrísimas esperanzas y renovados bríos ver derribada del trono la rama superior de la estirpe de los Borbones, y sustituida la bandera tricolor, emblema de la revolución, y emblema del cual no se suponía que se quedase en ser para nosotros y para casi todos los revolucionarios de fuera de Francia inútil, a la bandera blanca que nos había sido tan funesta, y que, mientras ondeaba triunfante, era un signo propio para recordar nuestra desventura y prometernos que sería esta duradera.
Si cuando faltaban de todo punto, aunque no para algunos pocos, esperanzas de volver al suelo patrio y de entrar a pisarlo no perdonados sino vencedores, pasando por consiguiente a ocupar en él los puestos eminentes, eran entre nosotros tales y tantas las discordias y ambiciones de mando, ¿qué no hubieron de ser cuando a la vista aun de los menos propensos a formarse halagüeñas ilusiones se presentaba una España constitucional renacida y abierta de nuevo a los desterrados, estándoles tan llano el camino, o, cuando menos, habiendo en él tropiezos tan escasos en número y tan fáciles de vencer?
Así es que no bien constó estar ya triunfante en Francia el partido apellidado liberal, cuando fue nuestra idea, con raras excepciones, trasladarnos al territorio donde prevalecían nuestras doctrinas y cuyo interés juzgábamos uno mismo que el de los constitucionales españoles. Fui yo uno de los primeros que de Inglaterra pasaron a Francia, encargado por los que nos juntábamos en casa de Valdés y Argüelles de ir a tantear el estado e intenciones de aquel recién nacido gobierno en lo tocante a España, encargo que admití suponiendo, por haber salido de aquella reducida, pero importante reunión, o digamos tertulia de la paz hija de la falta de esperanza en que vivía, que se obraba de acuerdo con Mina, sirviendo de conducto para entenderse con él Gil de la Cuadra, quien fue asimismo el que con más ahinco me aconsejó ponerme en camino, dando así a mi comisión, si tal nombre merecía, algún valor, y sobre todo a mis ojos, el bastante para que me encargase de ella sin temor de aparecer neciamente crédulo y vano. Séame lícito añadir que contaba yo asimismo con el tal cual renombre de que entonces aún gozaba, muy superior, sin duda, a mis merecimientos, pero debido a mi conducta política en el alzamiento de 1820, y en las Cortes de 1822 y 23, y a la circunstancia de figurar yo entre los primeros en más de una lista de proscritos condenados a muerte por más de una causa. Pero se presentaba una dificultad para hacer mi viaje con la prontitud que, al parecer, requerían las circunstancias, y cuya importancia abultaba mi deseo. La embajada francesa en Londres estaba compuesta casi toda de gente muy adicta al derribado gobierno de Carlos X, que había recibido con no corto dolor y enojo la noticia de la gran mudanza ocurrida en su patria, y, como es natural, no la creía definitiva según llegó a serlo, y teniendo además órdenes muy estrechas de no dar ni visar pasaportes para Francia a constitucionales españoles, cumplía con su obligación sin tomar en cuenta que, trocadas las cosas, era natural que fuese diferente y aun contraria su conducta, y discutiéndose de esto, y ateniéndose a órdenes no revocadas, con lo cual procedían aquellos empleados conforme a sus inclinaciones y deseos, sin poder por ello ser reprendidos ni aun desaprobados en justicia por la autoridad nueva de su patria. Parecía, pues, difícil llevar a efecto mi proyectado viaje, a lo menos hasta que corriese algún tiempo; pero me sacó del apuro y me facilitó la entrada en Francia, yendo en mi compañía una persona que solía aparecer y hacer gran papel en horas de desorden y revueltas, siendo como nacida para discurrir arbitrios raros y salir bien de empresas dificultosas, aunque era menos feliz su suerte y muy inferior su acierto en circunstancias ordinarias; persona parecida en lo moral a lo que son en lo físico seres que andan admirablemente por tierra asperísima y quebrada, y en la llana y fácil de pisar, o tropiezan o son torpes. La persona a quien me refiero en este instante era la de Mendizábal.
Este, por muchos títulos acreedor a ser llamado digno personaje, a pesar de sus defectos y yerros, había vivido hasta un grado muy notable oscurecido en la época corrida desde marzo de 1820 hasta junio de 1823, esto es, mientras estuvo vigente la Constitución, en cuyo restablecimiento había tenido tanta y tan principal parte. Figuraba como intendente honorario, y aún no sé si este destino o estos honores eran adquiridos antes de 1820 por servicios buenos, aunque nada conocidos, que había prestado sirviendo en el ramo de provisiones del ejército durante la guerra de la Independencia. Llevaba, sin quejarse, tal suerte que había sido común a hombres de méritos, si algo inferiores a los suyos, muy considerables, contraídos en la empresa que mudó, y durante tres años tuvo mudada, la suerte de España. Pero encerrado el gobierno constitucional en Cádiz en junio de 1823, se presentó Mendizábal ofreciéndose a la nada fácil tarea de mantener al ejército sitiado en la isla gaditana con los escasísimos recursos que podían ponerse a su alcance. No bien tomó tal encargo, cuando empezó al desempeño con actividad prodigiosa, atrayéndose por ello la atención y aun la admiración de muchos que hasta entonces poco o nada le conocían.[98]
[98] Entre estos citaré al general Álava, el cual me dijo en julio de 1823 que merecía Mendizábal una estatua de _oro lágrima_. Singular coincidencia es esta con la de la malhadada estatua de 1858.
Pero no podía Mendizábal crear dinero, y como lo necesitaba en cantidad, si no muy crecida, tampoco corta, el gobierno, reducido a la mayor estrechez, y las Cortes, a las cuales este apeló, recurrieron a un medio altamente vituperable, pero, por desgracia, usado por anteriores gobiernos de España, hasta de los constitucionales, siendo vicio nuestro muy común respetar poco todo derecho individual, sin que el de la propiedad esté exceptuado. Por aquellos días, o pocos meses antes, el cónsul general de España en París, don Justo Machado, encargado del fondo producto de las indemnizaciones que en virtud de tratados había pagado Francia a particulares españoles para reparación de perjuicios causados en España desde 1808 hasta 1814 por los ejércitos franceses, viendo próxima la invasión de nuestro territorio por la fuerza que a ello se aprestaba con el fin de acabar con el gobierno constitucional, y receloso de que el gobierno francés, no reconociendo ya por tal al español, se echase sobre aquel fondo, le puso en salvo, de lo cual dio aviso, mereciendo por esta su acción aprobación muy señalada. De esta suma, pues, determinó disponer el gobierno de Cádiz, por lo pronto, para sus necesidades grandísimas y urgentísimas, no haciendo alto en que no era suyo, y quedando satisfecho con prometer competente indemnización en mejor tiempo a aquellos a quienes despojaba de sus bienes. Diéronse, pues, a Mendizábal letras contra Machado, a la sazón residente en Londres, y en cuyo poder estaban, o debían suponerse que estuviesen, tales sumas. Pero Machado protestó las letras, alegando para su acción más de un pretexto, siendo uno de ellos, que el fondo de que se trataba no era del gobierno, lo cual era verdad, pero lo cual no tocaba a Machado resolver, pues por el gobierno estaba encargado de aquel dinero, y no por los interesados. Corrieron, en tanto, con tal rapidez los sucesos, y cayó tan pronto el gobierno constitucional, que no pudo este, dar paso alguno en tal negocio. Restablecido Fernando VII en su poder absoluto, su gobierno escribió a Machado aprobando y aun ensalzando su proceder, no solo como justo, sino como un señalado servicio hecho a su soberano. Pero Machado, con extraña modestia, apenas aceptó tal elogio, soltando la expresión de que había salvado caudales de particulares, esto es, dando a entender que no tenía los que estaban en su poder a disposición del nuevo gobierno de Madrid, como no los había puesto a la del caído encerrado en Cádiz. Siguiose de aquí una correspondencia bastante singular y aun chistosa, pero inútil en cuanto a sacar a Machado el dinero que de él se reclamaba. Entretanto, Mendizábal, tenedor de las letras protestadas, estaba en Inglaterra refugiado, mientras Machado residía, ya en la misma Londres, ya en París, evitando pasar a España, ni separado de la obediencia al gobierno del rey, ni lo contrario, y viviendo bien, como persona muy entendida en tal materia.
No tenía tan buena suerte Mendizábal, a quien, sobre las calamidades comunes a los desterrados, había caído encima otra nueva, pues, andando siempre en negocios, hubo de contraer una deuda que no pudo pagar, y cuyo importe era, creo, de unas 2000 libras esterlinas (sobre 190.000 reales), habiéndole su acreedor, a uso inglés, hecho encerrar en la cárcel destinada particularmente a los presos por deudas. Allí vivía, pues, disfrutando en su desgracia del alivio que dan las leyes inglesas a los que están en tal situación, pues habitaba fuera de las paredes de la cárcel, en sus inmediaciones, dentro de ciertos límites donde es lícita la residencia a los deudores presos, y además tenía el derecho de salir en ciertas no largas épocas del año, con la obligación de recogerse temprano a su habitación forzada, y de no entrar en ciertos lugares como aquellos donde se come y bebe por dinero, y otros de igual o parecida naturaleza. En medio de esto, Mendizábal, o aconsejado u obrando por su propio discurso como hombre de ingenio fecundo en formar raros planes, tuvo la idea de prender a Machado como su acreedor por no menor suma que la de 100.000 libras esterlinas (o dígase sobre 9.500.000 reales), cantidad casi igual al valor de las letras de cambio que contra él tenía. Inadmisible parecía su pretensión, porque las letras estaban giradas por el muerto gobierno constitucional de España, y al que le había sucedido tocaba demandar a Machado con más o menos fundamento, así como a Mendizábal repetir contra el gobierno su deudor. Pero las circunstancias eran raras, tanto que de otras iguales no había ejemplo: el gobierno de Madrid no se reconocía heredero del de Cádiz, como lo es todo gobierno de su antecesor, y Mendizábal, o había de quedarse sin lo suyo, o había de lograr cobrarlo allí donde estaba. Lo cierto es que encontró abogados que le persuadiesen, no solo de lo justo de su pretensión, sino de que era probable que saliese de ella triunfante. Las leyes inglesas, que dan excesivo valor al juramento, sujetan a aquel de quien se reclama bajo él una deuda a ser desde luego detenido y encarcelado, dejándole el recurso de pedir y lograr crecidas sumas, como daños y perjuicios del que le hizo prender, si resulta haber sido sin bastante fundamento. Mendizábal, pues, logró fácilmente el mandamiento de prisión por él solicitado, y aprovechando uno de los días en que él tenía la facultad de salir, acompañado de un su amigo, portador del documento terrible, se fue a esperar a Machado a la puerta del teatro de la Ópera italiana, donde sabía que había de ir el destinado a ser su víctima, como lugar de concurso casi forzoso a quienes como él vivían. Por rara casualidad tardó algo aquella noche en acudir al teatro Machado, y corría el tiempo, y estaba cercana y casi inmediata la hora en que Mendizábal debía estar recogido, pues de no hacerlo sería agravada su prisión, sobre tener que pagar una buena cantidad, perdiendo la fianza de que de su imperfecta o incompleta libertad no abusaría. Tuvo al fin término tan fundada congoja, con aparecer, aunque tarde, antes de la hora fatal, Machado, y un preso por deuda de 2000 libras hizo prender a otro por 100.000; caso que rara vez, si acaso alguna más, habrá ocurrido. No es del todo una digresión de mi objeto la narración que acabo aquí de hacer, pues la prisión de Machado y los procedimientos legales a que dio motivo pusieron a Mendizábal en el caso de hacer servicios a nuestra causa, que lo era suya. En primer lugar, tuvo licencia para pasar a Francia, cosa que era común negar a constitucionales menos comprometidos que él, consintiéndolo su acreedor primitivo, sin duda con seguridad, pero no tal que estuviese el deudor enteramente libre.
Llegó a noticia de Mendizábal, que entonces me veía poco (no por haber tibieza en nuestra amistad, sino por desviarnos diversos cuidados en la inmensa y afanada Londres), que necesitaba yo un pase para Francia, y al punto me ofreció llevarme como su criado, porque su pasaporte le concedía llevar uno. Emprendimos, pues, nuestro viaje en el 11 de agosto de 1830, día cabalmente en que se sentaba Luis Felipe en el trono que le había levantado la revolución, y de que otra revolución vino a derribarle.
Momento de inefable placer fue aquel para mí, que, al cabo de cerca de siete años de destierro, me ponía en camino, según creía, para mi patria, yendo a entrar en ella triunfante con el triunfo de la causa que había servido con celo. Por casualidad, el día antes me había sentido con algo de calentura, la cual, con todo, consultado un facultativo, por ser ligeramente nerviosa, no era obstáculo para viajar, y aunque estando a bordo sentí síntomas febriles, pronto noté que habían desaparecido. Era el día hermoso como de los buenos de agosto; soplaba favorable el viento, no recio, pero no calmoso; rizaban la superficie del mar en el por lo común alborotado estrecho de Calais algunas bien que no altas olas; daba el sol calor grato, y yo, puesto en la cubierta cerca de la proa del buque, le veía cortar el mar, y me hallaba a cada instante bañado por el rocío del agua marina, con lo cual sentía volverme del todo la salud, y nacer en mí más que común aliento, agregándose a lo cual, cuando nos acercamos a la costa francesa, ver en Calais tremolando a millares las banderas tricolores, signo de victoria a la sazón para la causa de la libertad común a muchos pueblos; con el influjo de lo moral en lo físico, me vi al instante en un estado de salud la más robusta. Tres horas duró la agradable travesía: saltamos en tierra a la tarde, nos pusimos en camino a prima noche en la silla correo, y poco después de amanecer el día 13 me encontré en la capital de Francia.
Si en breve fui seguido de españoles de los residentes en Londres, por lo pronto hallé en París varios compañeros de destierro, de los cuales algunos nunca habían venido a Inglaterra, y otros habían salido de allí algún tiempo antes. Era de los primeros una persona que por algunos días bulló mucho entre nosotros, y haciendo papel logró cierto influjo, aunque corto, habiendo sido después su suerte alcanzar alguna fortuna en España, si bien no empleos del Gobierno, distinguirse como escritor, figurar en el Congreso de Diputados, aunque no con lustre como orador, gozar de varia reputación, y al fin caer en la desdicha, si merecida por sus faltas, más dura que la que ha cabido en suerte a hombres con menores prendas y no inferiores culpas. Era este el tan nombrado don Andrés Borrego, a quien no siempre he mirado como amigo, y a veces hasta como a contrario, con quien había contraído en 1858, como alguna vez antes, relaciones, aunque no estrechas, de trato amistoso, y cuya triste fortuna, sin abonar su conducta, hoy lamento sin querer encubrirlo.
Había yo visto a Borrego algunas veces en Gibraltar en octubre de 1823, cuando recién salido yo de Cádiz empezaba la vida de desterrado. Había reparado poco en él, pero a mi llegada a París se me presentó como conocido y aun como amigo, y también como hombre dispuesto a trabajar en la causa que a Francia me había traído, y dueño ya de cierto grado de influjo entre los periodistas y aun en el ánimo del general Lafayette, todavía omnipotente o poco menos en aquella hora, propenso a dejarse cautivar por la lisonja, y en verdad (según supe de su misma boca), prendado de Borrego, al cual suponía de harto más valer entre nosotros que el que entonces tenía. De cuáles eran las pretensiones de Borrego, que las abrigaba grandes, hablaré posteriormente, cuando refiera la lucha que empezó al competir por acaudillar la empresa de lo que llamábamos dar libertad a España.