Recuerdos de un anciano

Part 40

Chapter 403,002 wordsPublic domain

Algunos pocos imprudentes, como es sabido, se lanzaron a España, donde al momento cayeron en poder del Gobierno, siendo sin misericordia sacrificados. Tal suerte cupo a los hermanos _Bazán_, un tiempo parciales de Mina, y después sus contrarios, que no contentos con vituperar al juicioso general por lo que hacía, y lo cual si hubiese hecho, habría sido no solo en su propio daño, sino contra el harto más importante interés de nuestra causa y nuestra patria, se arrojaron a dar ejemplo de una conducta diametralmente opuesta, siendo su trágico fin lección, aunque de pocos aprovechada, porque si en su locura no tuvieron muchos imitadores, no cesó la desatinada opinión de mucha parte de los desterrados de seguir culpando en Mina una inacción que las circunstancias no solo justificaban sino hacían forzosa.

En tanto, el general, objeto de tan injustas censuras, no residía en Somers Town, ni aun por lo común en Londres. Su salud y su conveniencia le dictaban vivir apartado del aire de una ciudad populosa y de los chismes de una emigración desocupada y malcontenta. Sus parciales iban decreciendo en número, sus enemigos antiguos y nuevos creciendo en bríos. Torrijos había atraído a sí no poca gente, mucha de ella de la sociedad rival de la Comunera, mientras la Constitución estaba vigente en España. Don Evaristo San Miguel, a quien daba fama haber sido compañero de Riego, y escritor en 1820 en el ejército levantado en San Fernando, así como después la circunstancia de ser ministro de Estado, y como tal haber respondido a las famosas notas de Verona, sustentando después su respuesta, calificada de temeraria, en el campo de batalla, donde cayó prisionero muy gravemente herido, sin ser de Torrijos, no encubría su aversión a Mina. Acompañábale en ello su entonces estrechísimo amigo don Olegario de los Cuetos, el cual, si no era personaje de cuenta, no dejaba de hacer papel, y siendo chistoso y de felices ocurrencias, amontonaba contra Mina acres y a veces ingeniosas frases de vituperio.[97]

[97] No muy bien aconsejado Mina, dio a luz en Inglaterra una compendiada historia de los hechos de su vida toda, librillo mal escrito y no mejor pensado, que hubo de causar pena a los que entonces éramos sus amigos. Por lo mismo fue materia de censura burlona para sus contrarios. Como ponderase en su obra el excaudillo de guerrillas hasta un punto increíble la cantidad y calidad de sus victorias en la guerra de la Independencia, anubló con ello la indudable alta gloria que había adquirido, si bien solo a los ojos de un odio ciego pudo borrarse. Me acuerdo que el ya aquí citado don Olegario de los Cuetos puso por mote a tal escrito _El romance de Francisco Espoz_, aludiendo a los conocidos romances de _Francisco Esteban_, chiste que fue aplaudido de muchos, siendo entonces manía de algunos suponer que el general no tenía el apellido de Mina y que le tomó por ser el de Mina de uno en 1809 guerrillero afamado.

Así estaban las cosas cuando de súbito, mediado 1826, llegó a Inglaterra la noticia de que, muerto don Juan VI, rey de Portugal, su hijo y heredero don Pedro, residente en el Brasil y rebelado contra su padre, con el ya título de Emperador de aquel remoto estado americano, renunciando su cetro europeo, le había puesto en manos de su hija, menor de edad, acompañando la dádiva con la de una Constitución a su pueblo. No era este suceso de poca monta, porque una ley de las llamadas como por antonomasia Constitución, y que de hecho creaba un poder popular, mal podía existir en una parte de la Península ibérica sin que a la otra algo de ella se comunicase. Había más, y era haber sido el ministro plenipotenciario de Inglaterra en Portugal el portador de la recién otorgada Constitución, de lo cual era general deducir que de su influjo venía tan inesperado suceso, no pudiendo él haberse atrevido a usar de su influencia en tan grave materia sin estar para ello autorizado por su gobierno, consecuencia que sacaron, no solo los pobres desterrados españoles, crédulos de suyo, y más de lo que tanto los lisonjeaba, sino liberales y monárquicos de todos los pueblos, los primeros para prometerse mucho del gobierno británico y ensalzarle, los segundos para recelarse de él y maldecirle. Se equivocaban, con todo, unos y otros, pero no era fácil desengañarlos, lo cual no es maravilla, pues la equivocación todavía hoy en algunos dura. Todo ello consistía en atribuir al famoso ministro Canning intenciones que nunca tuvo del todo, y que si llegó a tener en parte, y esta muy corta, fue en fuerza de habérsela atribuido, y aprovecharse él de lo que se le suponía. Porque Canning tory era, aunque de los de doctrinas más liberales entre los de su partido, y tory murió y haciendo profesión de serlo, aun cuando llegado a ser primer ministro en 1827 vio contra sí la mayor parte de los antes sus amigos políticos, sin contar con que en 1826 no era más que uno del ministerio, aunque superior en mérito y renombre a sus compañeros, inferior en categoría a lord Liverpool, acérrimo tory, teniendo que avenirse con él y otros de sus colegas de las mismas ideas, nada favorables por cierto a la extensión del poder popular en el continente, si a los ojos de otros constitucional, a los de ellos revolucionario. Pero, dejando esto aparte, que bien merece ser calificado de digresión, y aun tal vez de digresión impertinente, el efecto producido en los españoles constitucionales por la Constitución dada a Portugal fue tal y tanto, que a quienes menos esperanzas teníamos de mejora en nuestra suerte y la de nuestra patria, entre los cuales me contaba yo, llenó de alegría e infundió confianza en lo futuro.

Con todo esto, el número de los desterrados que de Inglaterra acudió a Portugal fue corto, y las noticias que de allí venían, si no desconsoladoras, propias para rebajar en no corto grado nuestro gozo. Volvió, sin embargo, a subir este de punto cuando, amenazando a Portugal el Gobierno español, el británico resolvió enviar tropas a socorrer al portugués, su aliado, y llevó su resolución a efecto sin demora. Entonces pronunció Canning con este motivo un discurso célebre, calificado de revolucionario por los más de los que eran todo lo contrario en el continente, y aplaudido por muchos liberales, según mi corto entender, con poco motivo, pero que a varios de entre nosotros, y entre estos a Argüelles, más que placer causó disgusto y enojo. Las resultas confirmaron lo que en nosotros parecía nimio recelo.

Sin embargo, aun los desconfiados no dejaron de concebir esperanzas. El amigo y compañero de casa de Argüelles don Ramón Gil de la Cuadra, que entre sus íntimos gozaba del más alto concepto por nada justificado, me encargó que escribiese una carta para que fuese publicada en el periódico _The Times_, donde procurase desvanecer la idea de que el pueblo español no deseaba una Constitución liberal, y, sosteniendo lo contrario, ponderando el crédito de que Mina gozaba en España en calidad de tipo de la causa de que había sido defensor, dándome a entender, pero no claramente, que deseaba el gobierno inglés ver propagada tal idea como para preparar la opinión a que aprobase cualquier acto encaminado a restablecer la libertad en España. Escribí yo la carta, que salió a luz y dio motivo a artículos en otros periódicos; pero todo se quedó en dar margen a reflexiones sobre la materia que contenía, las cuales duraron poco. Entretanto, los contrarios a Mina manifestaron gran descontento, suponiendo el paso dado por mí, no en favor de la causa común tomando por instrumento a Mina, sino en favor de Mina en el caso para ellos cercano de ondear de nuevo la bandera constitucional en nuestra patria. Nunca he podido averiguar después si de hecho hubo entonces algo de trato, aunque poco e indirecto, entre el desterrado general español y algún agente subalterno, pero autorizado, del gobierno británico; mas me inclino a creer que nada absolutamente hubo, si bien no acuso de fingirlo a Mina, y menos todavía a Gil de la Cuadra, y solo juzgo que uno y otro tomaron por realidad las ilusiones de su deseo, fundándose en algunas conversaciones a que dieron importancia muy superior a la debida.

Pronto pasó lo que parecía aurora de nuestra felicidad rayando en Portugal, y se convertía en día tormentoso, y en encapotársenos más que antes estaba el horizonte. Volvimos, pues, a nuestra vida pacífica y triste. En medio de esto, la como colonia de Somers Town se iba desmembrando, y buena parte de ella empezaba a escoger por morada una isla dependiente de las británicas, poco distante de ellas, y sujeta al gobierno inglés, que brindaba con grandes ventajas a quienes vivían en situación cercana a la pobreza. Era esta la isla de Jersey, un tiempo, pero en días ya remotos, francesa, o, diciéndolo con propiedad, _normanda_, donde el idioma es francés, aunque no puro, y de los llamados _patois_ entre nuestros vecinos, las leyes peculiares suyas, las costumbres sencillas, la vida un tanto barata, el clima no frío, pero sí sujeto a violentas y frecuentes borrascas, a vientos impetuosos y a continuas lluvias, y cercada de un mar rara vez tranquilo, que brama y se estrella furibundo contra multiplicados escollos. Es, con todo, bellísima aquella isla, en cuyo terreno reducido, pues apenas mide legua y media de norte a sur, y casi otro tanto del este al oeste, abundan lindas vistas campestres; cubierto el suelo de abundante arbolado, principalmente de manzanos, de cuyo fruto se saca la sidra, bebida ordinaria de aquellos isleños; en cuyo terreno quebrado cerros de poca altura, cortados por valles, remedan altas y fragosas sierras, y representan, en pequeño, los países de los Alpes y Pirineos; donde abunda el ganado vacuno, siendo el de allí señalado por la abundancia y calidad de la leche de las vacas, de que se saca exquisita manteca, aun superior a la de la vecina Bretaña. Es allí franco el puerto, aunque no para todos los objetos, pero tal cual es, trae consigo en algunas cosas necesarias a la vida copioso surtido y precios bajos. Todo ello hacía aquel asilo propio para pasar en él la vida los desterrados; y comunicada la noticia de lo bien que allí se pasaba por los primeros llegados, fueron siguiéndolos otros, y en breve excedió a la de Somers Town la población española de Jersey. Los más de los desterrados se establecieron en la población de Saint-Helier, que, con la de Saint-Aubin, son las dos de la isla que merecen el nombre de pueblos; pero hay doce divisiones llamadas parroquias, y que lo son del culto protestante, y todo el territorio está sembrado de casas de campo con anejos de tierras de corta extensión. Varias de estas casas fueron tomadas en arrendamiento a precios cómodos por españoles que se dieron al cultivo o al cuidado de las reses vacunas, de que tenían dos o tres cabezas no más; pero, ayudándose con lo que recibían del gobierno, lo cual constituía una renta que suele faltar al labrador, sacaban los más de sus afanes alguno aunque escaso provecho. En aquella vida campestre no fue olvidada la política, pero compartían con ella la atención diaria otros cuidados, u otras ocupaciones, o cuando no, conversaciones a que daban materia cuidados ajenos, pareciendo como que aquel aire, si no mitigaba la pena causada por el destierro, le daba cierto carácter tranquilo y, en cuanto cabe, dulce. Allí terminaron su carrera mortal algunos de nuestros compañeros de destierro; y quienes en los tiempos venideros visiten el cementerio de Saint-Helier encontrarán en él testimonios del dolor de los que sobrevivían a los amigos o parientes perdidos, y en uno como apartado rincón de un mar distante, recuerdos de los disturbios de la revuelta y malaventurada España.

También estaba más pacífica que antes la mermada población española de Londres. Mina seguía casi siempre en el campo. Torrijos se había vuelto escritor. Los demás seguían su vida acostumbrada.

En medio de esta situación pacífica, recibimos algunos, y entre ellos Istúriz y yo, una carta del general Mina, residente a la sazón a alguna pero corta distancia de Londres, en que nos acompañaba una serie de cuestiones a que solicitaba respuesta; todas ellas relativas a la suerte de España, en la suposición de una empresa encaminada a sustituir al gobierno del Rey uno de los llamados constitucionales. Qué gobierno o qué sistema convendría establecer en la rescatada patria, por lo pronto, era el principal asunto de todas aquellas cuestiones que bajaban a más de un pormenor, no reinando en ellas el mejor orden, y faltando algo, y también sobrando, de lo que, al parecer, requería tal materia, pero al cabo, dándose a entender que ocurría o se tenía entre manos un negocio que hacía necesaria una determinación sobre tan importantes puntos. Como a la sazón reinaba completa tranquilidad en Europa, y no sabíamos, ni aun parecía probable, que corriese peligro la de España, nos sorprendió la carta de Mina, y aunque solicitaba respuesta a sus preguntas solamente por escrito, Istúriz y yo determinamos pasar a dársela en persona, tanto para explanar bien nuestras ideas, cuanto, y esto era lo principal, para averiguar el motivo de pedirnos opinión sobre tales puntos en aquella hora. Fuimos, pues, a vernos con Mina, y nada sacamos en limpio, así porque el general nada tenía de franco, y siendo, como suele decirse, de _malas explicaderas_, no trataba de mejorar las suyas, sino al revés, de valerse de su defecto para no comprometerse a cosa alguna, como porque el secreto más fácil de guardar es el que nada contiene, y este era entonces el de Mina. Volvímosnos, pues, de mal humor, porque nos habíamos llevado chasco, y sentíamos nuestra vanidad un tanto ofendida de haber como caído en un lazo, cuando presumíamos de avisados, siendo el lazo haber contribuido, aunque en poco, a favorecer un manejo del astuto general, quien, sintiéndose acosado con pretensiones de amigos poco sagaces o juiciosos para que algo hiciese por la causa común, y molestado con injustísimas y violentas acusaciones porque nada hacía, quería entretener la impaciencia y acallar la malicia, para lo cual empleaba medios poco a propósito al cabo para el logro de su intento, pues si él con su buen juicio conocía cuán imposible era restablecer en España la Constitución caída, u otra a ella semejante, por otro lado se engañaba al creer que con arterías harto visibles podía satisfacer a los bien dispuestos, o desarmar a contrarios enconados, cuando a los primeros disgustaba y a los segundos daba ocasión de renovar con aumento de furia y con mejor pretexto sus acusaciones.

La guerra declarada por la Rusia a la Puerta Otomana en 1828 fue para nosotros causa de prometernos algo, bien que inciertos en nuestra esperanza o nuestro deseo, porque es una de las tristes condiciones del destierro mirar con disgusto la pública felicidad en los extraños y celebrar las discordias y guerras, considerando, a veces sin motivo, que de la inquietud han de salir gananciosos.

Al revés, el ministerio de Martignac en Francia fue visto por nosotros con poca satisfacción, pues si bien algunos esperaban de él que, influyendo en las cosas de España, hiciese al Gobierno de Madrid, cuando no otra cosa, más indulgente, no era un perdón lo que en general podía contentar a nuestra soberbia, aun dejando aparte la consideración de que un perdón dado por Fernando VII en el pleno de su autoridad mal podía alcanzarnos a todos.

Pero la mudanza del ministerio francés en 1829 y el descontento que en Francia causó, despertó esperanzas dormidas, y esta vez no sin algún fundamento, como vinieron a acreditar los sucesos en el término de menos de un año. De la resistencia hecha al nuevo ministerio por el pueblo de Francia recibíamos noticias ciertas. Veíase inminente una revolución en el Estado nuestro vecino, cuyos príncipes y gobierno habían impuesto a nuestra patria el que nosotros considerábamos pesado yugo. Así, los impacientes entre los desterrados comenzaron a bullir, y si Mina no se movía, otros creyeron llegada la hora de una tentativa en favor de nuestra causa de que a ellos resultaría gloria y provecho legítimos, y a la par descrédito a un rival casi odiado. Verdad era que si la situación de Francia no consentía que pudiese ayudar al Gobierno español, y aun prometía dentro de poco tal vez convertir en auxiliador el poder que nos había sido, y debía ser el más temible contrario, el estado de Inglaterra no era tal que de ella pudiese esperarse que favoreciese o siquiera consintiese empresas revolucionarias. Era a la sazón cabeza del ministerio británico el duque de Wellington, muy favorable a los españoles en punto a socorrer sus necesidades y a mostrarles cierto grado de consideración y afecto compasivo, pero por sus doctrinas políticas y antecedentes por extremo opuesto a todo cuanto a revolución en pro del poder popular se parecía. Esto no retrajo de la idea de acometer la empresa de restaurar a viva fuerza la libertad española no solo a Torrijos y sus allegados antiguos, sino a otros que habían venido a serlo, y en aquella hora a algunos dignos sujetos de buen seso y prudentes de los que hasta entonces habían tenido con el general excomunero poco trato, viendo en él, si no un contrario político, menos todavía un amigo, y sí una persona enlazada con los que habían sido de ellos enemigos verdaderos. Nació de estas circunstancias un proyecto, que empezó a ser llevado a ejecución, tan descabellado que asombra ver participando en él ciertos personajes; proyecto que sin la revolución casi inmediatamente ocurrida en Francia se habría quedado en ser una locura inocente, pero que con el suceso, si no del todo inesperado, nada seguro, que derribó del trono a Carlos X, perdió en la apariencia lo que había tenido de desatino, y al revés, andando el tiempo, vino a parar en una sangrienta tragedia.

III.