Part 42
Encontré también en París a mi queridísimo amigo y compañero don Ángel Saavedra, todavía no, como es hoy, duque de Rivas. Con él renové los lazos de estrecha amistad que nos habían unido, nunca rotos y solo aflojados por habernos separado largas distancias y no corto plazo; pero Saavedra, si firme constitucional, no tenía ambición de figurar en primera línea, y así en mis proyectos conté con él solo como un compañero en la fortuna que habría de caber a nuestra causa.
También encontré a don José Manuel de Vadillo, otro amigo antiguo, y de los que habían compuesto el Ministerio a que dio nombre don Evaristo San Miguel; pero en él tampoco pude ver más que un liberal extremado, en quien lo atrevido y aun exagerado de los principios hacía mal maridaje con su natural flemático e indolente; hombre no falto de valor, pero sí muy opuesto a hacer esfuerzos; en suma, bastante revolucionario en las doctrinas y nada propio para serlo en las obras.
Otro sujeto acudió desde luego a verme, y a tratar conmigo con empeño y pertinacia de negocios políticos, no encubriendo su pretensión de ocupar en cualquiera empresa el puesto de uno de los principales, si ya no el principal caudillo, que era el general don Pedro Méndez de Vigo. Con él no había yo tenido amistad, y solo alguno, pero poco, trato en Londres. No obstante haber sido acusado de la muerte dada a ciertos presos en el mar cerca de la Coruña en 1823, hecho que fue, como debía serlo, muy vituperado, había logrado Méndez Vigo licencia para pasar de Inglaterra a Francia, cosa que a pocos de nosotros se concedía, y lo cual en nuestras preocupaciones era, si no una culpa, cosa a ella parecida, como si la emigración en Inglaterra hiciese del suelo británico una patria, y del territorio francés, mientras dominaba en él un gobierno causador de nuestra ruina, un lugar de mala nota. Extrañé, por lo mismo, ver a Méndez Vigo tan ansioso de lanzarse a restaurar la libertad y con ideas revolucionarias extremadas; pero sin serle adicto ni enemigo, como le encontré pretensiones tan subidas, esquivé ligarme con él, porque no buscaba yo gobierno para España ni generales para el mando de fuerzas destinadas a libertarla, todo lo cual me sobraba, siendo mi objeto solicitar ayuda del gobierno francés, y con ella medios para juntar y preparar del todo fuerzas, a las cuales no faltarían de cierto quienes, bien o mal, las dirigiesen y gobernasen.
Estaban también a la sazón en París dos personajes de tanta importancia como eran don Francisco Martínez de la Rosa y el conde de Toreno. Con el primero me había unido en mi primera juventud estrecha amistad; pero en las lides políticas desde 1820 a 1823, alistados en diferentes y opuestas banderas, nos habíamos llegado a mirar con algo parecido a odio, que por fortuna desapareció del todo con el tiempo, y que ya entonces no existía, pues entramos desde luego en trato cortés, si no amistoso. Pero Martínez de la Rosa, muy dura o injustamente tratado por el bando llamado exaltado en 1822, estaba desviado de la política; aunque vivía fuera de España, vivía como mero desterrado y no como proscrito; hasta había paseado por las calles de Madrid cuando los invasores y absolutistas españoles cantaban su triunfo sobre la Constitución, y huían o gemían ocultos o padecían todos los constitucionales; y por esto, y por el horror que había concebido a los desmanes populares, si no deseaba que continuase en su patria el gobierno que la regía, no se prestaba a actos de violencia que le derribasen. Así nadie contaba con él en agosto de 1830. No así el conde de Toreno, quien, si por razones de algún peso para él, no quiso aparecer figurando en aquellos momentos, cooperaba a los planes de los constitucionales más activos hasta con celo, empleando en ello su influjo en buena parte de la sociedad de París de la clase llamada de capitalistas; ardoroso como el que más, si bien no traspasando los límites del partido en cuyas filas militó, y olvidado todo resentimiento, no obstante haber tenido motivo de queja por enormes agravios a veces iguales a los de que había sido blanco Martínez de la Rosa, y otras veces de distinta clase, pero no menos atroces.
Desde luego empecé a dar pasos, poniéndome en comunicación con personajes franceses, de los de más nota y cuenta en aquellos momentos. El primero de ellos fue el general Lafayette, que me recibió con el agasajo en él natural, cautivándome desde luego, pero no en el grado que a otros, sus modales de caballero y aun de cortesano cumplido, cierta bondad no exenta de ambición, y una llaneza donde se descubría que, al querer igualarse con sus inferiores, era un señor muy principal que descendía, como sin esfuerzo, naturalmente y por afición, pero que descendía al cabo. A todo proyecto favorable a extender la revolución fuera de su patria se prestaba Lafayette gustoso, y hasta con celo; pero, aunque su poder era mucho, nunca llegaba a tanto que pudiese lanzar al gobierno o aun al pueblo francés a empresas aventuradas, cuyo objeto fuese puramente el provecho ajeno, aunque sea común en los franceses blasonar del desinterés con que sirven a los extraños. Aunque vi más de una vez a Lafayette, no llegó a ser intimidad nuestro trato, porque aun para los asuntos de España, divididos de allí a poco los españoles, acertaron a captarse la voluntad del general otros de mis compatricios que aquellos con quienes yo estaba en unión formando un partido aun antes de tener campo en que los partidos pudiesen dar de sí consecuencias. Debo, con todo, añadir que, aun cerca de cuatro años después, próximo ya a morir aquel ilustre anciano, pues ilustre era, no obstante sus graves yerros, y cercano yo también a volver a mi patria, cuyas puertas ya me daban paso franco, tuve la satisfacción de recibir muestras de su amistoso afecto, dadas en el mismo lecho de que a pocos días pasó a ser trasladado al sepulcro.
No fue para mí de tanto agrado, ni aun de alguno, la visita que por el mismo tiempo hice al afamado Benjamin Constant. Había sido yo admirador apasionado de sus escritos, y seguía siéndolo, y aun hoy lo soy en bastante grado, pues veo con placer que van recobrando sus doctrinas la por algún tiempo casi perdida fama, mientras de su carácter y conducta sabía, aunque algo, poco, recomendándole a mis ojos la enemistad que le profesaban mis enemigos, y no habiendo sabido, como haré por posteriores escritos dignos de crédito, que si en él todavía como escritor hay mucho que aprobar y alabar, en los hechos de su vida hay harto más motivo que para el elogio para el vituperio. Pero, aun con toda mi admiración de entonces, salí de mi corta conversación con el famoso publicista por demás descontento. Porque habiendo yo manifestado a aquel célebre personaje que tratábamos de dar cuanto antes a nuestra patria la libertad de que el anterior gobierno francés la había despojado, él, asomando ya entonces entre los suyos la idea política del partido que vino a triunfar en Francia sin que él hasta entonces le fuese contrario, me dijo: _Ah! il ne faut pas_, que puede traducirse _no hay que hacer eso_. Incomodado yo, con gesto y tono que hubieron de ser desabridos, _à qui ne faut-il pas?_ le pregunté, haciendo de la pregunta réplica, a lo cual él, conociendo el mal efecto en mí producido por sus palabras, se explayó en vagas, pero frías protestas de su conocido amor a la libertad, recordando cuánto había condenado la guerra o expedición en que el gobierno francés restableció en España el poder absoluto. Pocas y cortadas frases siguieron a estas, y me despedí, siendo probable haberle yo disgustado tanto cuanto él a mí, si no más todavía. No volví a verle, ni hubo para qué, en lo que duró su vida, de allí a pocos meses terminada.
Pero no era yo solo quien bullía entre los constitucionales españoles. Obraba como un comisionado; pero sin saberse de quién ni saberlo bien yo mismo, mientras otros, cuyo número creció mucho en breve, bullían y obraban, o por su cuenta propia, o por la ajena. Desde luego me estorbaba y juntamente me ayudaba Mendizábal, porque, siendo de mi partido, pero de natural propenso a hacerlo todo por sí, estimaba en nada mis acciones, y pretendía dictarme las que él juzgaba convenientes. De una cosa estaba ufano, y con razón, y era de que, haciéndonos falta dinero, él había dado con un medio de encontrarle en cantidad suficiente para nuestras necesidades. Ahora, pues, para toda empresa es indispensable el dinero, y para una como la nuestra lo era en alto grado, y la dificultad de hacerse con él era grandísima, y Mendizábal la había vencido hasta cierto punto, lo cual habría envanecido a cualquiera, y dádole, sobre entono, superioridad sobre sus compañeros; pero a Mendizábal daba una vanidad como a quien más, porque en proporcionar recursos pecuniarios tenía él el punto de su gloria, mirando lo demás como de muy inferior importancia, y, si estimando el talento aplicado a otras materias como instrumento, juzgándole, aunque bueno, propio solo para servir de ayuda a planes de Hacienda. Yo cabalmente pecaba entonces, y gravemente, por el lado opuesto, no dando a las atenciones pecuniarias la importancia que merecen. Agregándose a esto ser Mendizábal dominante y yo nada sufrido, en sus conatos para dictarme lo que debía hacer, siendo él todavía persona cuyo nombre distaba de ponerse en parangón con el mío, hubo entre los dos disputas, a veces acaloradas, si no agrias, y una de ellas llegó a agriarse, aunque por corto tiempo, naciendo de ella para mí un revés que hubo de influir en mi suerte.
Se iban trasladando a Francia todos los emigrados de Inglaterra que se sentían o creían capaces, o de entrar en acción con las armas en la mano, o de dirigir los negocios políticos como conviene a una empresa tal cual era la del restablecimiento del Gobierno constitucional, lo que llevaba consigo una revolución, no pudiendo esperarse que fuese llevada a feliz remate sin resistencia. Entre estos no tardó en presentarse Istúriz, cuyas relaciones conmigo eran de amistad fraternal. Tardaba, en tanto, Mina, y quienes culpaban su flojedad cuando nada había que hacer, más la culpaban en horas en que obrar con vigor era en nosotros casi una obligación sagrada; pero sin razón entonces como antes, pues el precavido general, si, como acreditó de allí a poco, no se había olvidado de su antiguo valor, calculaba las dificultades que tenía que vencer y les daba el valor debido. Al cabo pasó a París, y de París se fue muy pronto a la frontera.
Entre este acudir de españoles a Francia, no apareció Torrijos ni sus compañeros en el Gobierno formado para la expedición acabada en flor, o aun podría decirse en capullo, como un mes antes, pero no porque el activo general y su no menos animoso colega Flores Calderón huyesen del peligro, pues fueron a buscar para teatro de sus hechos la parte meridional de España, trasladándose a Gibraltar, tanto porque allí encontrarían menos competidores por el mando, cuanto por ser conveniente acometer al Gobierno español por puntos uno de otro muy distantes, a fin de distraer su atención para la defensa.
Así puede decirse que había terminado la emigración en Inglaterra, si bien quedaban allí no pocos de los proscritos, pero como retirados de la política militante, y espectadores y no actores en las escenas que se preparaban, las cuales distaron mucho de corresponder a las esperanzas lisonjeras con mucho fundamento concebidas con motivo de la mudanza del gobierno francés, hasta el punto de haber reducido a la emigración en Francia, durante tres años, a una situación más pacífica, si cabe, que la en que había estado en Inglaterra.
Referir las particularidades o el pormenor de los sucesos que en septiembre y octubre de 1830 prepararon en París y otros puntos, y en la frontera produjeron la infeliz tentativa hecha para restablecer en nuestro suelo la Constitución u otra cosa semejante, dará argumento a otra parte de este enojoso trabajo; pero antes no será ocioso, volviendo atrás la vista, contar algunos sucesos anecdóticos de nuestra larga estancia en Inglaterra; sucesos que sería bien haber referido antes, pero que, corriendo sin buen gobierno la pluma, han sido omitidos, aunque en mi sentir no deben quedar olvidados, siquiera sea para puro entretenimiento de mis lectores, si acierto a entretenerlos, lo cual, no lo puedo negar, es uno de los fines a que aspiro.
IV.
Hubo entre los españoles emigrados en Inglaterra algunos caracteres raros, y en mi corto entender, no dignos de recordación, o dignos de ella a lo menos en cuanto la de las personas está enlazada con la de las cosas de aquel periodo, en el cual eran para nosotros motivo de conversación, ya para la extrañeza, ya para la risa, las singularidades a que ahora aquí me refiero. Por lo mismo, la omisión que de tales menudencias he hecho, según me parece, es de condenar, y merece reparo, porque con ella falta algo en la tosca, si bien fiel, pintura que he hecho de nuestra estancia en Inglaterra. Pero tengo que echarme en cara otra omisión de más bulto, y es la de no haberme detenido más en especificar los favores que al pueblo inglés debimos, los cuales fueron tales y tantos, que la ligera mención de ellos antes hecha en otros artículos no es paga suficiente de nuestra deuda de gratitud, cuando en mi sentir era ocasión de satisfacerla en lo posible la narración de lo ocurrido en los días en que se contrajo obligación tan crecida.
Invirtiendo el orden con que acabo de hablar de estas mis omisiones, empezaré a repararlas por la que he puesto en segundo lugar, por parecerme de superior importancia. Y aquí me veo obligado a acogerme de nuevo a la indulgencia de mis lectores, tantas veces solicitada; porque he de decir cosas relativas a tan pobre sujeto como soy y me conozco, y confieso ser, para ocupar la atención pública; pero de mis negocios, a la par que de otros de más valor escribo, y, tratándose de beneficios recibidos, mal podría callar los hechos a su persona quien los recibió muy señalados. Y hay una razón más que me mueve, o, hablando con propiedad, me impele, y como que me precisa a dar tal testimonio. Por ser lo que llaman las gentes anglómano paso, y no puedo negar que en algún grado lo soy, y desde los años primeros de mi edad adulta comencé a serlo, y en lo que eran vagas inclinaciones nacidas de circunstancias particulares me han confirmado después mis estudios. Además, las bondades de que no solo yo, sino muchos de mis compatricios y hermanos en fe política, hemos sido objetos han añadido un título más, y este poderoso, para que mostremos gratitud y admiración a un pueblo que, con colmarnos de beneficios, dio pruebas de una de sus muchas buenas cualidades; lo cual no obstante, ha querido mi suerte que divida mi patria en bandos, y habiendo yo mudado el de mí seguido por otro, al parecer, si no del todo, opuesto, haya en la última y buena parte de mi vida allegádome al que la Francia de 1834 a 1848 miraba como amigo y la Gran Bretaña como contrario, sujetándome a ser tachado de ingrato, aunque en verdad sin causa.
Ya dejo apuntado en las primeras páginas de estos artículos cuán bien recibidos fuimos por el pueblo del Imperio británico los constitucionales españoles. También he dicho con cuánta largueza contribuyeron a socorrer nuestras necesidades personas de todas las opiniones, aun aquellas que con más desaprobación, y hasta con ceño, miraban las doctrinas por sustentar las cuales estábamos padeciendo. Pero no estará de más entrar en el pormenor de algunos de los beneficios a que debimos vivir, si no con regalo, con comodidades propias de un estado que, si era pobreza en sentido relativo, no lo era en absoluto.
El gobierno inglés, a los pocos meses de haber la como inundación de refugiados españoles invadido la tierra británica, trató de sustituirse a los actos de caridad, aunque colectiva y pública, en su carácter de meros particulares, asegurando de un modo permanente la suerte de las desdichadas víctimas de la revolución vencida en España. De notar es que el Ministerio inglés de aquel tiempo era tory, y que a pesar de todo cuanto han dicho los franceses, y creído los no franceses, había visto con poco disgusto, y aun algunos de quienes le componían con satisfacción, el triunfo del duque de Angulema, porque, no obstante serlo del poder francés, lo era asimismo de la bandera blanca, tan grata a los antirrevolucionarios de todos los pueblos, y esto no obstó a que los socorros dados a los españoles tuviesen cierta solemnidad, como acto patente en que la compasión iba hermanada con algo de respeto y cariño. Tomó a su cargo el duque de Wellington la dirección superior de tal negocio, y bajo de él entendió en ello más particularmente su amigo, y antes su secretario de campaña, el lord Fitzroy Somerset, que en días muy posteriores, con el título de lord Raglan, ha hallado en Crimea un campo de victoria y una tumba, dilatando por el mundo su nombre. Por los españoles fue escogido para entenderse con los ingleses, en los casos frecuentes en que estos necesitaban auxilio para el justo reparto de las sumas con que socorrían a los objetos de su beneficencia, el exdiputado a Cortes don Domingo Ruiz de la Vega, hoy uno de los pocos que sobrevivimos de aquella época; ruinas tristes del viejo edificio resuelto ya en polvo y casi olvidado. Poco menos que a todos los refugiados comprendió la beneficencia del Gobierno, y los que de ella no participaron fue porque, o tenían medios de subsistir, y no les consentía su delicadeza recibir auxilios no necesarios, o se hallaban en circunstancias particulares en que mal podían tomar lo que venía por mano de aquel Gobierno. Debe añadirse que quien una vez fue incluido en la lista siguió siendo socorrido con tal que no saliese de las Islas británicas o sus dependencias inmediatas las de Jersey y Guernesey, extendiéndose el beneficio a tal punto que ha habido y quizás hay algunos, triunfante ya nuestra causa en el suelo patrio desde ha veintinueve años muy cumplidos, que todavía viven de lo que cobran de una suma destinada a ser socorro para el forzoso destierro.
Pero aunque el Gobierno acogió a todos, hubo de cerrar su lista, si bien después más de una vez la abrió de nuevo para incluir a refugiados que llegaban. Sin embargo, por lo pronto, estos nuevos desterrados, que iban creciendo en número, no podían ser abandonados por un pueblo en general caritativo, y en particular, por entonces, amante de los españoles. Así es que revivió al momento la junta llamada _Commité_, que antes de dar socorros el Gobierno los daba, hallándolos en numerosas suscripciones. Pasado algún tiempo, el exdiputado don Joaquín Lorenzo Villanueva y yo hicimos al lado de esta junta de socorros el oficio que con el Gobierno hacía Ruiz de la Vega. Además, me alcanzaron los auxilios de esta junta en graves necesidades que hube de padecer con mi reducida familia, compuesta de un hijo de catorce años (en 1825) cuando llegó conmigo, y de una anciana de cerca de setenta, tía carnal materna mía, y para mí y mi hijo Dionisio segunda madre, y la cual no dejaba de ser uno de los objetos curiosos de la emigración, trasladada a tanta edad a clima y pueblo para ella tan extraños.
En los que así iban acudiendo había personas dignas; de ellas muchas expuestas a ser perseguidas en su patria por motivos que no los deshonraban, pero tampoco faltaban quienes viniesen buscando un modo de vivir que les faltaba en España, o quienes hubiesen merecido castigos por culpas en que la política tenía o poca o ninguna parte. Aun entre estos, pocos hacían cosa que pudiese desacreditarlos y, desconceptuándolos, comunicar algo de su desconcepto a sus compañeros. Eran sí, por lo común, descontentadizos y maldicientes, siendo blanco de sus censuras los principales de la emigración. Aun a los ingleses de la junta que los socorrían acusaban malamente, y sobre todo al secretario de la misma, míster Freshfield, buen hombre, de poca cuenta, que, sin duda a la par que por loables motivos, trabajaba para que sonase su nombre hasta allí oscuro, pretensión harto disimulable, pero al cual comenzaron a calumniar, suponiéndole que se enriquecía con los fondos de las suscripciones, y los escatimaba a los desterrados; acusación que, sobre ser calumniosa, era desvariada pero general, a punto de llevarse a mal que se defendiese al acusado. También Villanueva y yo llevábamos nuestra parte de malquerencia porque no se concediese todo cuanto solicitaban a todos los que pedían. Pero estas eran pequeñeces recibidas comúnmente con risa por ser ridículas, y si alguna vez con un tanto de indignación, con una que duraba poco.
Hacia fines de 1828, cuando el Gobierno más de una vez había dado entrada en la lista de los socorridos a número no corto de personas, y cuando las suscripciones no habían parado del todo, si bien eran menos, fue hecha una nueva apelación a la caridad pública en nuestro favor, con solemnidad bastante a darle fuerza. Hubo una reunión de las llamadas _meetings_, en la ciudad vieja (_City_); la presidió el lord corregidor, hablaron en ella personas notables y se distinguió por un discurso el elocuente abogado Mr. Denman, a la sazón afamado diputado en la Cámara de los Comunes, que, después con la dignidad de lord, añadida, no a nombre de tierras, sino a su apellido, llegó a ser primer juez en Inglaterra (_lord chief justice_), y murió desempeñando tan alto cargo. Correspondió bien el público al llamamiento, no cansándose la generosidad con hacerse de ella tanto uso, y una suscripción nueva y bastante cuantiosa alivió miserias que constantemente se iban renovando.
Pero no era solo en actos que al cabo tienen la índole de limosnas en lo que mostraban los ingleses el afecto que nos profesaban. Se extendían las pruebas de su cariñoso empeño en mirar por nosotros hasta el punto de dar cierta protección a criminales, contribuyendo a que no fuese probada su culpa puestos en juicio, y a que saliesen por consiguiente absueltos. De esto hubo dos ejemplos notables. Fue el primero el de un joven cuyo padre, oficial que había sido en nuestro ejército, era emigrado, y que había logrado colocación en una casa de comercio inglesa y, con igual irreflexión que maldad, falsificado la firma de sus principales. Llevaba en aquel tiempo tal delito en Inglaterra por pena la capital, y según costumbre, hija de preocupaciones de aquel pueblo mercantil, mientras el derecho del Rey de perdonar o conmutar las penas era ejercido con frecuencia para mitigar el rigor de unas leyes penales entonces todavía con exceso duras, rarísima vez, si acaso alguna, había sido dejada de ejecutarse una sentencia de muerte en un falsario. Pero en el caso de que voy ahora hablando, no hubo perdón que solicitar, porque el acusado salió absuelto, no obstante ser clara su culpa, pues la acusación fue seguida de tal modo, que evidentemente tiraba a hacer pocas o nulas las pruebas del delito: los testigos, así los contrarios al reo como los llamados en su defensa, se pusieron en lo posible como de acuerdo, el juez fue blando en el resumen, y el jurado sin vacilación dio su fallo, como allí tiene que serlo por unanimidad, favorable. Triste es añadir que costó la vida al padre la culpa del hijo, no obstante haber este quedado impune.[99]
[99] El infeliz padre se suicidó.