Recuerdos de un anciano

Part 2

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Habiendo llegado a Cádiz en los días de lo llamado la _epidemia_ grande, o sea la invasión de la fiebre amarilla en 1800, una de las cosas en que se señaló durante su gobierno, fue en providencias durísimas para atajar todo contagio, circunstancia digna de recordación, porque trasladado el mismo general a Granada en 1804, y apareciendo allí la misma cruel enfermedad, por lo que hizo a fin de atajarla vino a ser objeto de odio para los granadinos, lloviendo sobre él sátiras de versos casi todos malos, pero no sin chiste, y respondiendo él en prosa con algún folleto impreso en el cual presumía de médico, así como de literato.[4]

[4] Era empeño de los granadinos, como suele serlo de todo pueblo cuando en él aparece una enfermedad pegadiza o transmisible de enfermos a sanos (para huir de las sutilezas a que da lugar decir contagiosa) negar que existía el mal, y calificar de enfermedades comunes los casos de él que ocurrían. Morla tenía razón en sustentar que había enfermos de la fiebre amarilla en Granada, pero sustentaba su causa con malos medios. De los infinitos versos con que los poetas o copleros granadinos le asaeteaban, algunos quedan en la memoria del anciano cuyos son estos recuerdos. Ya uno decía:

La fiebre amarilla Que reina en Granada Se pasea en coche, Anda por las plazas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Aparta, que viene, Mírale a la cara, ¡Qué gesto tan feo! ¡Qué zancas tan largas! Huid, granadinos, No os lleve a la zanja.

Ya otro glosando la anterior, decía:

Estimado amigo: En esta letrilla Voy a retratarte, ¡_La fiebre amarilla_! No la verdadera, De esa no hablo nada. Sí solo de aquella Que reina en Granada. Es más horrorosa Que una mala noche, Y todos los días _Se pasea en coche._

Y así seguía la glosa, peor aún que lo glosado.

Otra composición era una colección de epitafios para el cementerio, algunos de ellos graciosos y todos satíricos. En uno de ellos, aludiendo a un médico favorecido de Morla, y, por supuesto, de los que daban por cierta la existencia de la fiebre amarilla, se decía:

Aquí, pecador cristiano, Reposan cuarenta y dos Pidiendo justicia a Dios Contra el médico Solano.

Y terminaba:

Del contagio imaginado Que tanto nos da que hablar, Ninguno en este lugar Todavía se ha enterrado.

Martínez de la Rosa, a la sazón muy joven, fue de los que (según cuentan) hicieron versos contra Morla.

Aunque privaba mucho Morla con el príncipe de la Paz, no conservó por entonces largos años el gobierno de Cádiz. Le sucedió en él, siendo asimismo capitán general de Andalucía, el aquí mismo poco ha citado don Francisco Solano.

No se parecía a su antecesor el gobernador nuevo. Era hombre de gallarda presencia, de modales cortesanos, dado a la literatura amena, aunque no escritor, activo aun más que lo necesario, y de valor extremado, acreditado después en su fortaleza al morir asesinado entre tormentos. Había servido, si bien por breve tiempo, en un ejército francés y había tomado de los guerreros de aquella nación el porte y aire marcial, si bien no los malos hábitos de crueldad y rapiña, en aquellos, aunque con excepciones, tan comunes; propia falta de conquistadores.

Solano entró a gobernar en tiempo de paz; pero a poco de haberse hecho cargo del gobierno rompió la guerra con la Gran Bretaña en 1804. Había por aquellos días venido a Cádiz el famoso general francés Moreau de camino para el destierro a que le había condenado el cónsul Bonaparte, ascendido cabalmente en aquellos momentos al trono imperial, y Solano, aunque tenía bastante de cortesano, y aunque sabía la sumisión de nuestro Gobierno al francés, acordándose de que había conocido en una campaña en Alemania al ilustre proscrito, entonces glorioso general republicano, se esmeró en agasajarle. Recién rotas las hostilidades, Solano, con su huésped francés al lado, cuidaba de que se armasen baterías, recorría las ya hechas, se afanaba y daba aparato teatral a todos sus movimientos, mientras el francés, cuya apariencia era modesta, y cuyo aspecto y modos fríos y harto diferentes de los generales sus compatricios, parecía como que miraba con sonrisa benévola, pero sarcástica, tales alardes, cotejándolos con las reñidas y sangrientas lides en que él había adquirido inmortal fama.

No fue solo en hacerle ver preparativos militares en lo que entretuvo el general español al francés durante la estancia de este en Cádiz, la cual hubo de prolongarse algunos meses, no sin disgusto de Napoleón, que miraba a Moreau con odio, aunque afectase despreciarle. Duraba aún la paz entre España e Inglaterra, cuando llegó el famoso desterrado a Cádiz, rica entonces y dada al placer y al lujo, y su gobernador, aficionado a fiestas, gustaba de que se diesen bailes públicos en el teatro, cosa no usada en Madrid, y que un Gobierno y una corte recelosa y oscura habría mirado como criminal por ver en ello un peligro. Obsequió, pues, Solano a Moreau con un baile, a que asistió numerosa concurrencia. La mujer del general francés, riquísima americana de las Antillas francesas, no bella, pero agraciada, se presentó con un lindo traje blanco muy ajustado al cuerpo, como era uso entonces llevarlos, y de arriba a abajo rodeado como cadena en roscas con hilos de brillantes ensartados, que al dar las vueltas del vals, baile que empezaba a estar en moda en España, brillaban y como que chispeaban reflejando las luces del bien alumbrado salón de baile en que estaba convertido el teatro. Así, mientras los hombres contemplaban a aquel personaje que tanto ruido había hecho en el mundo, y veían en él una figura cuya traza nada declaraba ni prometía, las mujeres admiraban y tal vez envidiaban la riqueza de aquella señora, riqueza al lado de la cual era poca cosa el lujo gaditano.

No era solo para obsequiar a un huésped ilustre para lo que disponía Solano fiestas, pues sin motivo alguno especial las multiplicaba. El modo de cubrir su costo demuestra cuáles eran las costumbres de aquellos días. Mandó el general descontar de las pagas de los oficiales de la guarnición un tanto razonable, o bien podría decirse contra toda razón, y destinó el producto de esta exacción a los bailes, mientras a los comerciantes ricos de Cádiz, con insinuación que era precepto, sacó mucha mayor cantidad, no siendo corta la necesaria para tales fiestas. Llegada la Cuaresma, en vez de quitarse el tablado que hacía del teatro un salón para los bailes de Carnaval, como entonces no se consintiesen representaciones teatrales desde el miércoles de Ceniza hasta el domingo de Pascua, fue destinado aquel lugar a funciones calificadas de tertulias y conciertos, cuyo gasto se cubría del mismo modo que el de los bailes.

Una aventura chistosa interrumpió esta práctica. Se acercaba el día de año nuevo, no me acuerdo si de 1807 o 1808, día que celebraba como el de su santo el omnipotente don Manuel Godoy. No era Solano un adulador rastrero, pero no negaba el culto al ídolo por todos adorado aunque entre maldiciones ahogadas. Así es que convocó a los generales y oficiales superiores de la guarnición de Cádiz para que se celebrase el día del privado con el lucimiento propio de obsequio hecho a tan encumbrado personaje. Concurrió entre los generales uno célebre en los fastos de Cádiz por ser una de las figuras más raras que paseaban las calles de aquella ciudad, correspondiendo en rareza su carácter a su figura. Su nombre era don N. Ugalde, pero nadie le conocía (y no había chico ni grande que no le conociese) sino como el general Chafarote. Parecía una momia de puro pegado que tenía el pellejo a los huesos, tenía una nariz enorme y encorvadísima, la barba puntiaguda, y por consiguiente la boca hundida por extremo entre las dos facciones salientes. Jamás vistió frac, ni pantalones, ni abandonó en el peinado los rizos y la coleta. Sombrero de picos puesto de frente; casaca redonda, casi siempre de seda de color; chupa o igual a la casaca, o blanca con bordado; calzón corto, medias de seda, zapato con hebilla y el espadín recto, o, como decían entonces, atravesado por los riñones, componían su vestidura, sin que de general llevase más que la faja sobre la chupa. Con traje tan insólito añadido a su figura, sostenida en piernas que parecían cañas delgadas, era objeto de admiración a quienes le veían por la vez primera, y como de diversión para todos, aunque de burlas mal podía ser, porque el tal general nada tenía de sufrido, y no era lícito entonces ofender a personas de su clase. Pero los chiquillos, y aun los grandes, solían con pluma o lápiz dibujar un perfil de su persona, siendo ella tal, que era imposible no dar al más torpe bosquejo mucha semejanza. Era tan extraño personaje maldiciente por demás, y siendo rico y anciano, nada temía; por lo cual siempre que se desataba en vituperios del Gobierno, decía que «él por sus años estaba _fuera de cuenta_», no siéndole posible recibir ya grave daño. Asistió, pues, Chafarote en clase de general a la junta en que propuso Solano costear el obsequio al Príncipe de la Paz; y como todos al oír la propuesta callasen, aceptando con el silencio la carga que a pocos debía de ser grata, llegada la vez al estrafalario anciano, dijo, con gran sorpresa de todos, «que él no tenía trato ni relaciones de amistad con el caballero a quien se trataba de hacer el obsequio, y que si tales relaciones tuviese, medios tenía y voluntad de hacerle un obsequio a su costa particular y no en compañía; pero siendo como era, no veía para qué contribuir él con suma alguna». Turbáronse los circunstantes, y aun el mismo Solano, al oír frases tan atrevidas en que se hablaba como de un caballero cualquiera del príncipe generalísimo, y se disolvió la junta sin tomarse resolución alguna, de que resultó no darse el baile.

No dejó de atender Solano a objetos de más utilidad que la de tales diversiones. Si desde los días del gobierno de O’Reilly había sido Cádiz una ciudad notable por su aseo, gobernando Solano llegó la limpieza, o puede decirse la pulcritud de las calles, al punto más subido. El pueblo de Chiclana, lugar de recreo entonces preferido de los gaditanos, le debió mucho, haciéndose para él un camino de carruajes bueno y cómodo, y estableciéndose en el caño de Zurraque, que le atravesaba, una excelente barca. Vivimos en días en que en este ramo se ha adelantado infinito, y bien puede mover a risa ver celebradas hoy las pobres mejoras de pasados y no muy antiguos tiempos; pero todo es comparativo, y Solano era, para sus días, un gobernador celoso y entendido, Así es que gozaba de favor con el pueblo de todas clases, y si había quien censurase en él ligerezas, actos teatrales y afán superior a la importancia de lo a que se dedicaba, todos perdonaban estas faltas, tanto por las buenas providencias que las compensaban, cuanto porque agradaba a un pueblo ansioso de diversiones y deleite un gobernador que se complacía, entre otras cosas, en divertirle.

Así, en medio de la decadencia de aquella ciudad, a la cual privaba la guerra de su comercio, fuente única de su prosperidad, seguía siendo Cádiz una residencia agradable. Sin duda en los recuerdos de una juventud ya muy lejana hay mucho de ilusión, y al representarse en la mente las cosas de la primavera de la vida, aparecen frescas y brillantes como lo son los cuadros de una estación deliciosa. Pero no es ilusión el recuerdo de que los paseos estaban concurridos diariamente, y lleno el teatro; de que vivir bien y comer bien era allí cosa común, y que en la Pascua de Pentecostés en Chiclana, y en las ferias del Puerto se presentaba gran gentío que alegremente gastaba sumas, si no crecidas, no despreciables.

Y nótese que aun en los días de más prosperidad de Cádiz, si había buenos caudales, no se hablaba de cosa igual a la suma que para ser rico se cree necesaria en la hora presente. Un millón de pesos fuertes (allí no se solía contar por reales) era lo que se atribuía a tres o cuatro de las personas más acaudaladas. Tener cien mil pesos se reputaba estar muy bien. Y esto que, salvo el lujo de coches, apenas necesario en aquel pueblo llano y pequeño, no se escaseaban los regalos de la vida.

Vino al cabo la guerra de la Independencia, y con ella la pérdida de nuestra América Continental, y entonces recibió Cádiz la herida mortal de que hoy está convalecida, pero sin poder volver a su ser antiguo. El lustre y animación que tuvo en los días de la guerra de la Independencia, fueron hijos de la circunstancia de estar allí el Gobierno supremo de la nación, y las principales personas de esta, viniéndose a formar una España reducida a corto recinto. De ello va dada razón en _La América_ en recuerdos anteriores a estos en la fecha de la publicación, si bien posteriores en punto a la época de que tratan.

El autor del presente artículo se acuerda ahora de que vio a Cádiz en 1844, en días para él no felices, y que admiró con extremo de dolor la decadencia de una ciudad antes tan floreciente, decadencia mayor aún que la de su propia persona y fortuna, aunque entre estas y aquellas hubiese consonancia. Pero Cádiz va recobrándose, porque para los pueblos no hay muerte, mientras que quien esto escribe camina para el sepulcro, que no puede estar lejano, y en su cansada vejez vuelve mentalmente la vista a los lugares que tanto amó, y desea cuantas prosperidades sean compatibles con el curso de las cosas humanas a la población que fue su cuna, y donde pasó algunos de los dulces años en que, a pesar de los inconvenientes que toda edad y toda situación trae consigo, es una felicidad la vida.

II.

CÁDIZ EN LOS DÍAS DEL COMBATE DE TRAFALGAR.

En el año 1805, España había vuelto a entrar en guerra con la Gran Bretaña, gracias al atentado en plena paz cometido contra cuatro fragatas españolas. Aun los poco adictos a la alianza francesa, que eran, y aun puedo decir, éramos a la sazón muy pocos, aprobamos una guerra venida a ser inevitable, si bien censurábamos la desacertada conducta que había dado, si ya no razón, motivo al insulto hecho a nuestra bandera.

Cádiz fue uno de los puntos en que más se sentía la guerra, limitada a los mares y costas, aunque sus efectos aun en lo interior se sintiesen, pero siendo casi nada conocidos. En el mar vecino, a vista de los gaditanos, solía ondear orgullosa la bandera enemiga, a la cual, rara vez las aliadas marinas francesa y española se resolvían a hacer frente, reconociendo en ella superior poder, debido a circunstancias favorables a una nación, por necesidad y por afición nacida de la necesidad, en alto grado marinera. No se contentaban los ingleses con insultar en cierto modo a Cádiz con su presencia, sino que trataban de dar un duro golpe a las escuadras surtas en su puerto. Las que en septiembre y octubre llenaban la entonces espaciosa bahía, eran un tanto numerosas, pero estaban nada bien pertrechadas y mal tripuladas. Sin embargo, reinaba confianza en que si los ingleses intentaban caer sobre ellas forzando la entrada del puerto, saldrían de su empresa desairados y mal parados. Si en los días lejanos del reinado de Felipe II el conde de Essex había ganado a Cádiz y saqueádola, en tiempo de harto menos poder para la monarquía española los esfuerzos de las armas británicas contra tan importante punto habían salido vanos. En la decaída España de principios del siglo XVIII, las fuerzas inglesas de mar y tierra, después de ocupar las poblaciones abiertas de Rota y el Puerto de Santa María, se habían estrellado contra el fuertecillo de Matagorda, y embarcádose, no sin mengua, los que saltaron en tierra, retirándose en seguida sus navíos. En 1797, un bombardeo, cuyo objeto más era, al parecer, contra la escuadra que contra la plaza, había tenido poco efecto, reduciéndose a combates en que salieron con honra y ventaja nuestras lanchas cañoneras, siendo de notar que mandaba en esta ocasión las fuerzas agresoras Nelson, cuya fama estaba en sus comienzos, pero cuyo arrojo, ya probado en el combate del Cabo de San Vicente, era fianza y seguro vaticinio de su futura gloria. En 1805 el mismo Nelson, ya con la dignidad de Lord y con el crédito que le daban su gran victoria de Aboukir o el Nilo, y su menos claro triunfo en Copenhague, del cual, sin embargo, sacó partido no inferior al que si hubiese sido vencedor podía haber alcanzado; aguijado por una ambición noble, pero excesiva, por un patriotismo mezclado con odio rencoroso a Francia, y por un orgullo nunca enfrenado por la prudencia de que carecía, y despechado de no haber acertado con las escuadras de sus contrarios, a los cuales había perseguido con actividad pasmosa, pero no con feliz fortuna, venía a ponerse sobre Cádiz con el proyecto declarado de buscar dentro del puerto a sus enemigos, y allí combatirlos a todo trance. Por nuestra parte, nos preparábamos a la resistencia con igual ardor, ayudando a la defensa de los navíos las baterías de la costa y ciudad de Cádiz, y numerosas cañoneras.

Gobernaba a la sazón a Cádiz y Andalucía[5] el general don Francisco Solano, marqués de la Solana por su mujer y que después heredó de su padre el título de marqués del Socorro, que llevaba en el día de su trágica muerte, en que se hizo notable por su extraordinaria fortaleza.

[5] La capitanía general, impropiamente llamada de los cuatro reinos de Andalucía, pues había otra en Granada, si bien con el título de la costa, no solía estar unida con el gobierno militar y político de Cádiz, el cual, por sí solo, era un puesto de lustre y alta importancia, confiado a un teniente general. La residencia del capitán general de Andalucía fue, por algunos años, en el Puerto de Santa María, desempeñándola un general con el título de príncipe italiano (creo que de Monforte), o nacido en la Italia inferior, u oriundo de ella. Pero siendo los capitanes generales presidentes de las Audiencias, cosa que tan mal les convenía, se determinó que fuesen a establecerse en Sevilla a presidir la de aquella capital. Sin embargo, juntos en una persona aquel alto cargo con el gobierno de Cádiz, y viva a la sazón la guerra con los ingleses, con sumo acierto se dispuso que el general revestido de ambas dignidades residiese en la plaza fuerte, expuesta a los ataques del enemigo.

Era Solana un general por otro estilo que los que entonces contaba España, de alta y aventajada estatura, lleno de carnes, de expresiva figura, de presencia marcial, sediento de gloria, no corto en instrucción y aun con algo de literato; finísimo en modales, donde aparecían sus pensamientos de caballero vestidos con la cultura moderna; bastante teatral en sus actos, así militares como civiles; más de militar francés que de español; activo a menudo con exceso, lo cual le movía a obrar en todo más de lo necesario, frecuentemente con alguna precipitación y no siempre con tino; hombre, en suma, digno de aprecio, y dueño de él y de buen afecto, sobre todo entre las personas ilustradas y de alta y mediana esfera. Había militado por breve plazo en los ejércitos republicanos franceses, y si no me es infiel mi memoria, al lado del célebre general Moreau. Así es que cuando este afamado guerrero vino a Cádiz, de paso para los Estados Unidos, a donde le enviaba desterrado el recién coronado Napoleón, Solano, a pesar de no ser contrario del novel emperador francés, se esmeró en obsequiar al ilustre proscrito, traspasando tal vez en sus atenciones los límites de la prudencia. Solano había sucedido al no menos nombrado don Tomás de Morla[6] sujeto muy de otra clase, y en sus singularidades muy distante de estar falto de talento.

[6] Quizá, en articulillos posteriores se entretendrá el escritor del presente en traer al conocimiento y vista de sus contemporáneos personajes o tipos de la generación pasada. Faltan y hacen falta en nuestra España noticias de esta clase, de lo cual tienen muy errados juicios. Aun hablando de hombres no de alta estatura intelectual o política, se da a conocer lo que eran ciertos tiempos que fueron; por ejemplo, don Tomás de Morla fue hombre singular, muy notado en su época, y que hoy está olvidado, salvo en el cuerpo de Artillería, donde es venerada su memoria, y con razón, mirándolo como ilustrado artillero, aunque por otro aspecto, si es digno de conmemoración en alguna parte honrosa, también lo es de no blanda censura.

Pero aunque Morla era militar instruido, y oficial facultativo de la mejor nota, era su sucesor más soldado, siendo además el mérito de este último el entusiasmo de que el otro carecía. Diose, pues, Solano a multiplicar y ensayar medios de defensa, así de la plaza de Cádiz y la vecina costa, como de las escuadras de que las fortalezas de tierra eran amparo, en adición al que les daban sus cañones. Volvíase todo revistas, simulacros (voz hasta entonces no oída en España, si no es tratándose de templos y aras de falsos dioses), y probar cañones para cerciorarse del alcance de los fuegos. A todo acudía solícito el general, fastuoso en sus alardes, sin descuidar por esto el gobierno civil, pues, al revés, era amigo de fiestas y de mejoras materiales.

Entretanto, las escuadras seguían en su fondeadero, si amenazadas, con harta probabilidad de rechazar a un agresor temerario. Más de treinta navíos de línea, ondeando en unos la bandera tricolor, en otros la amarilla y encarnada, poblaban la bahía gaditana, dilatándose su línea desde la boca del puerto, en el lugar llamado el Berreadero, hasta las inmediaciones del arsenal de la Carraca. Allí apareció por última vez una numerosa escuadra de nuestra entonces ya decaída marina, pocos años antes tan floreciente, a lo menos a primera vista y por el indudable mérito de muchos de nuestros oficiales, si bien cuerpo de más viso que robustez por faltarle el elemento de una buena y numerosa marinería, y estar fuera de proporción con la marina mercante.

Mandaba, como es sabido, la escuadra combinada el almirante francés Villeneuve; valiente en la pelea, tímido e irresoluto en el consejo, no sin razón persuadido de la ventaja que a los suyos y a los nuestros llevaban los ingleses, y desaprobador de los planes de su Emperador, por lo cual tenía como general el grave inconveniente de ser ejecutor de lo que desaprobaba.

Menudeaban los consejos de generales a bordo. La escuadra inglesa estaba a la vista como desafiando a sus contrarios. Aún no había llegado a tomar de nuevo el mando de ella Nelson, quien no mucho antes había pasado a Inglaterra por pocos días; pero su llegada era dada por varios como hecho ya ocurrido, y por los demás como cercano. Se sabía o se suponía que Napoleón ansiaba porque sus marinos probasen sus fuerzas con la de los odiados isleños en un combate.