Recuerdos de un anciano

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

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* Así mismo la ortografía de los nombres propios de persona y de lugar ha sido modernizada.

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* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

RECUERDOS DE UN ANCIANO.

BIBLIOTECA CLÁSICA.

RECUERDOS DE UN ANCIANO

POR EL EXCMO. SEÑOR D. ANTONIO ALCALÁ GALIANO

MADRID Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz Colegiata, núm. 6. 1878

AL LECTOR.

Al dar a luz, coleccionados y en forma de libro, los artículos que con el título de _Recuerdos de un anciano_, hace años y en vida de su autor se publicaron en la acreditada revista titulada _La América_, que a la sazón dirigía con sumo acierto el señor don Eduardo Asquerino, cedo al deseo manifestado repetidamente por muchas personas de valía de recorrer de nuevo las interesantes páginas que contienen, y que, aparte de su mérito literario, encierran una suma de noticias tan curiosas como ignoradas, y de cuya veracidad son garantía suficiente la prodigiosa memoria del escritor y la entera buena fe, que si resplandeció en su carácter cuando vivo, según es notorio, hoy se refleja fielmente en sus escritos.

El haber publicado el periódico _Las Novedades_ el 11 de junio de 1862, tomada del _Diario_, la sesión de las Cortes en Sevilla de igual fecha de 1823, en que se adoptó la resolución de suspender al Rey para verificar la traslación del Gobierno a Cádiz, movió al autor, tanto de aquella célebre medida como de la presente obra, a escribir el primer artículo de sus recuerdos en _La América_, declarando entonces en un preámbulo al relato, que hoy se suprime por aparecer este hecho en el lugar que cronológicamente le corresponde y resultar allí innecesario y aun ocioso, que «como es sabido, las relaciones de oficio solo dan una idea imperfecta, o cuando menos no cabal, de los sucesos que conmemoran, y quizás no fuese inoportuno añadir al compendioso relato de lo que se dijo y se resolvió en aquella ocasión, lo que entretanto ocurría en el salón y en sus inmediaciones».

Este fue el propósito que realizó al narrar aquel episodio interesantísimo de nuestra historia moderna, y sin duda, animado por el éxito que obtuvo y puesto en vena de hablar de los principales sucesos de aquel primer tercio del siglo actual en que le tocó ser espectador interesado y aun autor principal más de una vez, empezaron a brotar de su pluma, sacadas del inmenso arsenal de sus recuerdos, las singulares escenas que describe en esta venida a ser hoy obra, de cuyo precio y tasa me vedan ocuparme el amor que profesé al padre queridísimo, el respeto que a su gloriosa memoria dedico en todas las horas de mi vida, y que aun así y todo, apenas creo que me hace digno de llamarme su hijo y de llevar, si orgulloso, a la par con temor de no merecerle, el nombre ilustre que, cualquier que sea el juicio de los críticos, logró aquel varón singular consignar de un modo indeleble en la historia y literatura patrias.

Páginas nacidas de tan castiza pluma, hechos interesantes como los relatados, bien merecen que el público fije en ellos su atención con preferencia; algunos para recordar lo que entonces leyeron; los más para leer lo que, conviniendo que se sepa, a la par que instruye, deleita.

Más tarde, cuando las circunstancias lo permitan, verá la luz la obra póstuma del autor, que es como la fuente y origen de donde proceden estos episodios; sus memorias inéditas, en que se presentará al público el personaje en la vida política y privada, desnudo de todo atavío, tal como fue en sus propósitos y en sus hechos, y derramando cual brillante antorcha la más viva luz sobre los sucesos de los dos primeros períodos de la revolución española.

Al entregar de nuevo esta producción al juicio del público, sírvame de excusa para confiar en su éxito el que ya alcanzó en otro tiempo, y que, no tratándose ni mucho menos de una obra de circunstancias, es de esperar consiga ahora como entonces.

ANTONIO ALCALÁ GALIANO.

RECUERDOS DE UN ANCIANO.

I.

CÁDIZ EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO PRESENTE.

Cádiz, donde residía yo, poco después de empezado el presente siglo, era a la sazón un pueblo floreciente. La guerra con la Gran Bretaña, seguida desde 1796 a 1802, le había sido funesta, sin causarle con todo males a que no pudiese y debiese poner término la renovación de la paz, a la cual habría de acompañar abrirse las comunicaciones con nuestras extensas y en cierto modo ricas provincias de América, fuente principal por entonces de la riqueza de España, y señaladamente de la del puerto y plaza de comercio que, si no monopolizaba, conservaba para sí en su mayor parle los provechos del tráfico con aquellas apartadas regiones. La paz de Amiens, ajustada al entrar 1802, dejó sentir su benéfico influjo en Cádiz de un modo prodigioso. Empezaron a venir en abundancia buques de varios puntos de América, todos con buenos cargamentos de producciones preciosas y de gran valor en el comercio, y, sobre todo, de plata. De esta última recibía gran porción el gobierno, no escasa los particulares, una parte crecida el vecindario gaditano. Notábase gran movimiento; poblada de buques la bahía; transitando por las calles numerosos carros cargados de efectos, o procedentes del puerto, o llevando a los muelles los venidos del interior, y cruzando por entre la concurrencia de paseantes, allí muy numerosa, robustos gallegos en cuyo cuello, doblado por el peso, como que relucía al través de la grosera tela de las talegas el metal de los pesos duros. En tanto se levantaban casas nuevas, no recomendables por su belleza arquitectónica, pero sí por su solidez y primor, todas de sillares, cuya piedra fea y de color oscuro cubría una capa de blanquísima cal que daba al total de la ciudad el carácter de blancura que la distinguía, mientras las rejas, entonces en lo general de España dejadas en su negrura primitiva, aparecían cuidadosamente pintadas, las más de ellas de color verde, y las vidrieras, en vez de compuestas de vidrios feos y pequeños, lo estaban de cristales o vidrio finísimo y transparente. Era extremado el aseo del piso, siendo allí desconocido el lodo, aun en los días en que aquel cielo, generalmente despejado, aparecía cubierto de espesas nubes, que, empujadas por el vendaval, descargaban torrentes de agua mientras azotaba el mar las murallas con espantoso bramido, derribándolas a trechos, dejando abiertos los allí conocidos con el nombre de agujeros, y amenazando ruina a los edificios vecinos. Era en cierto grado el lujo grande, pero no parecido al de los días presentes, en que conocemos comodidad y regalos ignorados de nuestros padres. No existían sino para muy pocos en España las alfombras, si bien no faltaban enteramente en Madrid, en las casas más principales, y aun de ellas había algunas en provincia. Suplían su falta en invierno las esteras; pero las de Valencia, casi únicas en Madrid, en Cádiz eran tenidas en corta estima, usando los ricos de unas hechas en Chiclana, de buena labor para ser esteras, y cuyo precio no era bajo, aunque no fuese alto. La madera de caoba, escasa en lo interior de la Península, abundaba en Cádiz. Así los muebles de la gente de la clase media hacían notable ventaja a los usados por personas de la misma calidad y de iguales o mayores bienes de fortuna avecindadas en la corte. Una particularidad de la cultura gaditana en el ramo de adorno interior era el cuidado con que se amueblaban las habitaciones interiores, cuando en Madrid el escaso lujo solía ceñirse a las salas y gabinetes de recibo. Los comedores gaditanos ostentaban, por lo común, mesas de caoba, allí entonces siempre maciza, teniéndose en menos el trabajo del enchapado. El servicio de cristal era curioso, y el agua servida a la mesa en botella blanca, en vez de echarla el criado en los vasos desde un jarro de loza basta, siendo la de los platos y fuentes toda inglesa de la llamada de pedernal, nombre que en nuestros días casi ha perdido. Así es que, trasladados a Madrid, los gaditanos hacíamos ascos, y no sin alguna razón, a varias cosas de la capital, lo cual hubo de durar aún hasta después de la guerra de la Independencia.

En el vestir era también esmerada la gente de Cádiz, pero había diferencia notable entre la del uno y la del otro sexo. Porque el traje de los hombres era, en la clase alta y media, el de los extranjeros, y particularmente el de los ingleses, y la clase baja, aunque usaba chaqueta, no vestía a la andaluza, y al revés, las mujeres, aun cuando no fuesen de majas (lo cual era diferente del vestir ordinario y no estaba en uso común), solo salían a la calle, necesitando para ello mudarse de ropa, con basquiña (cuyo nombre era el de saya), mantilla y jubón (conocido este último con la palabra corpiño), todo lo cual hacía de las gaditanas criaturas (como diríamos ahora) especiales, a las cuales daba realce el pie pequeño, calzado con zapato corto y bajo, y, al andar por las llanas y bien empedradas calles y plazas, el airoso talle y el gracioso contoneo.[1]

[1] Del andar y meneo de los gaditanos dice lord Byron en su poema _Don Juan_, canto segundo:

I cannot describe it; so much it strike. Nor liken it: I never saw the like.

Que mal traducido, dice:

Tanto admira, que mal puede pintarse. Ni a compararle acierto; que en mi vida Cosa no vi a que pueda compararse.

Eran los gaditanos finos en sus modales, no al par con la gente cortesana, sino de una finura cual es la de las personas del alto comercio en pueblos donde el trato con los extranjeros de las naciones más adelantadas en civilización y cultura es frecuente. Algo y aun no poco tenían, con todo, de gente de provincia. Lo notable en Cádiz era que las clases bajas en su tono y modos apenas se diferenciaban de las altas, siendo corteses, y sobre todo cariñosas, y no manifestando en el trato con sus superiores ni humildad ni soberbia, como si un espíritu y práctica de igualdad social no dejase lugar ni a la sumisión ni a la envidia, o al odio por ella engendrado contra los favorecidos por la fortuna, a quienes tampoco consentía el uso que fuesen desdeñosos.

En cambio de tan ventajoso estado de cultura material, el cultivo del entendimiento estaba en Cádiz descuidado. Verdad es que se enseñaban allí las lenguas francesa e inglesa, abundando quienes las aprendiesen hasta llegar a hablarlas con la fluidez y corrección necesarias para la conversación y el despacho de los negocios mercantiles. Dos establecimientos con el título de academias, a los que hoy diríamos colegios, se habían distinguido allí desde los últimos años del siglo próximo pasado. Para señoritas había una academia dirigida por una francesa llamada madama Bienvenú, a la cual siguió otra no inferior en reputación, puesta a cargo de una española llamada doña Rita N. Aunque en estas, así como en las dos antes citadas, destinadas a niños, de ellos ya muchos crecidos, había clase de francés, no salían las discípulas muy aventajadas, porque o la genial pereza era impedimento al estudio, o las costumbres de la juventud, nada favorables a él, borraban en breve de la cabeza, como cosa no de uso, el corto y superficial saber adquirido de no buena gana.

Aunque no habían por entonces llegado los días del _periodismo_, palabra todavía desconocida, aunque ya existiese la de periódicos, hacia 1804 apareció uno en Cádiz. Privaba en aquellos días entre los lectores andaluces _El Correo de Sevilla_, de que era editor don J. Matute, médico y literato, y donde salían a luz versos de Blanco, Lista, Reinoso, Arjona, Roldán y Mármol, con algunos de González Carvajal, y también artículos en prosa sobre crítica, en los cuales _El Diario Sevillano_ había medido sus fuerzas con un periódico madrileño en que figuraba Quintana, y salido de la contienda triunfante en alguna ocasión y siempre airoso. Mal podía Cádiz, falto de jóvenes aficionados a las letras y de hombres de edad madura dados a su cultivo, producir o sostener una obra semejante. El novel periódico gaditano dado a luz con el título de _Correo de las Damas_ era de lo más pobre en mérito que en ocasión alguna ha salido de las prensas. Le escribía, o hablando con propiedad, le publicaba un buen señor, oficial francés emigrado, entrado en años, corto en saber, y no sobrado en luces, honrado caballero, cuyos títulos algo pomposos de barón de Bruere y vizconde de Brié cuadraban mal con su pobreza. Retazos comúnmente mal zurcidos de varios escritos componían los números de aquel periódico (no me acuerdo si semanal, pero no diario), siendo la mayor parte de lo en él publicado traducciones del francés, todas ellas harto mal hechas, si bien es justo decir que en punto a pureza de dicción castellana, con tener poquísima, todavía podrían competir con las que hoy leemos en días de muy superior ilustración, y en compañía con buenos escritos, y quedar victoriosas en la competencia.

En tanto, unos pocos jóvenes de Cádiz tuvimos el atrevimiento de pretender fundar no menos que un cuerpo literario, al cual dimos por dictado el de Academia de Bellas Letras, remedando a la de Buenas Letras que por algunos años había existido en Sevilla, y que a la sazón, si no había muerto, estaba moribunda. Eran nuestras fuerzas desigualísimas a tanta empresa, no habiendo en nosotros para llevarla a ejecución apenas otra calidad que la del buen deseo. Nuestras tareas se reducían a tener juntas literarias semanales, en las cuales se leían dos disertaciones escritas por uno de los académicos al cual tocaba por turno, debiendo versar una sobre elementos de retórica, y otra sobre los de poética, y sirviendo de texto para comentarle un capítulo de la obra del abate Batteux, traducida por Arrieta, aunque también se tenía a la vista las lecciones de Hugo Blair puestas en castellano por Munarriz, obra de más valor que la del crítico francés, y cuya versión, siendo mala, lo era menos. Seguíase a esto leerse algunas composiciones ligeras, las más de ellas en verso y de escasísimo mérito, bien que en algunas no faltase algo digno de alabanza conforme al gusto pseudo-clásico de aquellos días. Teníamos dos concursos anuales a premios, y para el acto de adjudicarlos sesiones públicas de tal cual solemnidad, en las cuales, después de leerse las obrillas premiadas, era común añadir a su lectura la de otra composición, si no poética, metrificada a lo menos. Pero a diferencia de las academias antiguas y autorizadas, éramos en la nuestra los académicos competidores y no jueces, pues habría sido arrogancia indigna de perdón la idea de juzgar obras ajenas, y, al revés, merecía disculpa competir por un premio, ejercitando en ello el ingenio, para someter nuestro trabajo al fallo de tribunal competente. Así es que de los académicos, no todos, sino una parte por acto voluntario, después de discurrir dos programas, uno de verso y otro de prosa, escribíamos nuestras composiciones, y, nombrados de antemano tres jueces, que eran escogidos de entre los hombres de más concepto por su entendimiento y ciencia así de Cádiz como de Sevilla, a estos las remitíamos sin nombre de autor y con un lema, acompañando un pliego cerrado con el mismo lema en el sobrescrito y la firma del escritor adentro, abriéndose solo el que declaraba cúya era la obrilla por la mayoría o unanimidad de los jueces preferida. La apertura del pliego era en la sesión pública para dar al triunfo del vencedor mayor realce. Todo ello, valiendo poco, no dejaba de ser ocupación un tanto provechosa, si bien, libertándonos de más graves culpas, nos hacía tal vez incurrir en la de presumidos y pedantes.

La Academia, después de algunas ridículas tentativas anteriores, comenzó formalmente con el año de 1805 y se prolongó hasta entrar 1808. La protegió bastante el capitán general de Andalucía y gobernador militar y político de Cádiz don Francisco Solano, marqués del Socorro, y antes de la Solana, persona de buenas prendas, cuyo nombre ha perpetuado más que otra cosa su trágica muerte. Poco más adelante y en este mismo artículo habré de hablar de este digno general, a quien yo particularmente debí consideraciones excesivas para una persona que, como yo, contaba entonces pocos años. Pero si logramos tan estimables aprobaciones, éramos en compensación objeto de burla para la mayor parte de los gaditanos, por quienes estábamos considerados como ridículos copleros.

De los que compusimos aquella Academia pocos vivimos, y casi todos han dejado de sí corta memoria. No porque en ella faltasen jóvenes que algo y aun bastante prometían; pero casi ninguno de los académicos había seguido la carrera dicha literaria, y, dedicados después a sus respectivas profesiones, olvidaron los entretenimientos de su mocedad, o solo volvieron a ellos rara vez el pensamiento. Vive, sin embargo, en edad muy dilatada allende los términos ordinarios de la vida humana, y vive con la cabeza firme y el ingenio despierto, laborioso, habiendo alcanzado merecido renombre en las letras, y conservándolo aún por sus presentes trabajos en su ancianidad, don José Joaquín de Mora, con la singularidad de ser compañero en este periódico del autor del presente artículo, como lo era en trabajos académicos ha ya cincuenta y nueve años. Ocioso sería y de poco interés para los lectores mentar otros nombres, no por ser de personas de corto valer, porque declararlos tales sería injusticia y casi acción villana, sino porque la suerte no les ha dado renombre, aunque tal vez en compensación les haya dado en su tranquila y meritoria vida felicidad superior a la de los que han cobrado fama a precio muy subido. Debe, con todo, aquí hacerse mención del sujeto en cuya casa celebraba la pobre Academia sus sesiones, sin tener que pagar por ello suma alguna, lo cual no nos habría sido fácil: de don José de Rojas, después conde de Casa-Rojas, que en aquellos días aún no había heredado su título.

Si la literatura daba poca ocupación a los ánimos de los gaditanos, tampoco los embebía mucho la atención la política; pero en este último punto no era Cádiz una de las poblaciones de España en que nada se pensaba sobre los negocios del Estado. Siendo puerto de mar y plaza de comercio a la sazón de primer orden, por fuerza había de resentirse de la guerra, la cual estaba continuamente poniendo a la vista la escuadra inglesa, que a la vela y aun a veces anclada se descubría desde sus torres. Si se leía la _Gaceta de Madrid_, que dos veces por semana llegaba al sexto día de publicada, también eran leídos, aunque por pocas personas, los periódicos extranjeros, inclusos los ingleses, no obstante estar prohibida su lectura. Como en toda España, abundaban o componían la parte más crecida los parciales de la Francia y admiradores de Napoleón, pero no faltaban los mamelucos, cuyo gremio constaba de gentes de opiniones muy diferentes: de los odiadores de la revolución desde su principio hasta su fin, y de los que veían en el emperador francés un destructor de la libertad, siendo muy de notar que, andando el tiempo, los más considerables entre los mamelucos fueron ardorosos liberales.

En punto a la política interior, daba poco que pensar, salvo en su relación con las cuestiones de la paz o de la guerra. Solo había conformidad en odiar y despreciar al Gobierno, conviniéndose en punto tal por muy diferentes motivos. A Carlos IV era común suponerle bueno, pero débil y necio; a la reina considerarla como mala mujer, y al príncipe de la Paz como a un monstruo. Pero Madrid estaba lejos, y de mudar la forma existente de gobierno nadie tenía la menor esperanza, a punto de no consentir la desesperación el deseo. Lo importante para los gaditanos era el carácter y hechos de su gobernador, cargo que desempeñaba un teniente general que a menudo era asimismo capitán general de Andalucía.

Los ancianos hablaban del gobierno del conde de O’Reilly, a quien tantas mejoras materiales había debido Cádiz, y que era citado con extremos de alabanza, no obstante achacársele, con razón o sin ella, poca limpieza, pero suponiendo que empleaba en común provecho buena parte, si no el total, de lo que sacaba por medios ilícitos a los particulares. Después de él había habido varios gobernadores, de quienes no se hacía particular recordación: Fonsdeviela, el conde de Cumbrehermosa, Iturrigaray, quizá algún otro. Pero en 1800 fue conferido el gobierno de Cádiz a un sujeto notable por su carácter personal, que se granjeó parciales acalorados y no menos ardientes enemigos: el general de artillería don Tomás de Morla.

Este general, de familia poco conocida de Jerez, pues la antigua y aristocrática casa de los López de Morla de aquella ciudad no le reconocía por pariente, no obstante tratarle como amigo, aunque sin duda de alguna oscura nobleza, pues había entrado en un Real cuerpo para ser cadete, del cual era necesario probar que se era noble; de claro y agudo entendimiento; de instrucción en su ramo, según acreditan sus obras tenidas en estima; con pretensiones hasta de escritor poco justificadas, si bien no del todo absurdas; de condición violenta y despótica, pero adulador en la corte, así como tirano en el mando, grosero con afectación de serlo, bufón a veces en sus providencias,[2] recto en medio de esto y desinteresado como pocos, con mala reputación de soldado, pues la voz común le suponía falto de la calidad primera del guerrero, y sin embargo, arrostrando toda oposición con valentía, era temido, y juntamente querido del vulgo, y dividía en opuestos pareceres respecto a su conducta a las gentes de las clases superiores.[3]

[2] Morla gustaba mucho de remedar a Federico II de Prusia, objeto de la atención y admiración universal en los días en que el general español comenzó su carrera. Esta imitación se notaba en singularidades de sus decretos. Por ejemplo, se quejó un vecino de que una academia de baile le era molesta, y Morla puso por decreto en el memorial del querellante:

Siga la danza, Baile el danzante Y tenga paciencia el suplicante.

De su caprichosa y despótica justicia, citaba con admiración el vulgo el siguiente rasgo: Por cierto favor hecho a una persona de condición humilde, regaló el favorecido al gobernador, su favorecedor, media docena de gallinas. Este, para castigar un acto de gratitud que parecía cohecho, mandó meter en la cárcel al que había hecho el presente, y tenerle allí seis días, sirviéndole en cada uno de ellos una de las gallinas que le había regalado.

[3] No se haría, ni aun se apuntaría cargo tan grave y feo como es el de falta de valor en un militar, si no hubiese sido hecho a Morla delante del rey Carlos IV y hablando a Su Majestad mismo por el duque de San Carlos, padre del general conde de la Unión, muerto gloriosamente en la campaña en 1794, mientras Morla se retiraba si no vergonzosamente, poco menos.