Recuerdos de un anciano

Part 3

Chapter 34,079 wordsPublic domain

A un consejo de guerra celebrado para decidir si habría o no de salirse a la mar en busca del enemigo, fueron convocados dos brigadieres, uno de los cuales era mi padre don Dionisio, a la sazón próximo a recibir la faja de jefe de escuadra por haber sido novísimamente nombrado comandante general de pilotos, así como por sus antiguos, señalados y mal premiados servicios; hombre, en fin, a quien me es lícito calificar de varón ilustre, pues tal le juzgaban sus contemporáneos. En el consejo de guerra quedó resuelto que las escuadras no saliesen, y a tal resolución contribuyó como quien más mi padre, cuya opinión era, y en aquel caso fue, que empeñándose un combate general era probabilísimo fuese de los enemigos la victoria, siendo grande la probabilidad contraria si se arrojaba Nelson a embestir con los nuestros en el puerto.

Estando así las cosas, en el 18 de octubre hube yo de salir para Chiclana con mi familia, siendo el objeto de nuestro viaje mirar por la salud de mi madre, a quien aconsejaban los médicos pasar una temporada en el campo por estar convaleciente de una grave enfermedad, sobre sus achaques y padecimientos grandes y continuos. Hicimos el viaje por agua, llevándonos mi padre en su bote, y llegados, se despidió asegurando que volvería dentro de tres o cuatro días, pues era seguro que no saldría la escuadra. Despedida fue, que apenas lo era, por ser separación por breve plazo y a corta distancia, pero que vino a serlo de aquellas que solo en mejor vida terminan, si es que las almas igualmente felices pueden renovar los lazos que las unieron en el mundo.

Ajeno yo de toda zozobra, iba paseándome por el lindo campo de Chiclana hacia el mediodía del 20 de octubre, cuando un hombre del pueblo, encontrándome y saludándome con la cortesía entonces usada fuera de poblado, y queriendo entrar conmigo en conversación, cosa no rara en la franqueza española, me preguntó si no iba al altillo de Santa Ana a ver salir la escuadra. Sorprendiome la noticia, y puse en duda su certeza, pero se ratificó en su dicho quien me la había dado, afirmando que decía lo que había visto. Corrí entonces desalado a la altura, y vi el espectáculo bello para considerado en otras circunstancias, pero en aquellas dolorosísimo para mí y aun para personas menos interesadas en la suerte de aquellos marinos: el mar poblado de numerosos buques de gran porte, navegando a toda vela, ciñendo el viento, largas las banderas y en ademán de ir a provocar al enemigo.

Volví apresurado a mi casa, di la fatal noticia, y no estando mi madre para moverse, determinó que con una hermana suya, soltera, y que siempre vivió a su lado, y después al mío hasta morir en edad muy avanzada, pasase yo a Cádiz a averiguar noticias y a cuidar de nuestra casa, dejada, por la súbita e inesperada partida de mi padre, en completo abandono.

Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy San Fernando) a Cádiz, era uso de los carruajes, cuando estaba baja la marea, dejar el piso duro de la carretera por el blando de la playa, por el cual iban pegados al límite del agua, atravesando con frecuencia las olas por debajo de las ruedas. Desde allí se descubre largo espacio de mar, y cabalmente el lugar donde entonces mismo estaba dándose la acción de recordación tan funesta, aunque a la par gloriosa.

Divisábamos a lo lejos, bien que algo envueltos en nieblas, buques de la armada. La tarde estaba serena, pero no despejado el horizonte; la mar sin gran movimiento, y el sol, ya declinando, pero todavía distante del ocaso, ni brillaba con toda su luz, ni estaba oculto por nubes. Nos pareció que había humo cerca de los buques; pero a tanta distancia era imposible distinguir qué era humo y qué era niebla.

Llegamos por fin a Cádiz; era por la tarde. Pasé a casa de un amigo, y no bien había entrado, cuando viniendo otro que lo era de ambos, sin reparar en mi presencia, gritó: «Subamos a la torre, porque la de vigía ha hecho señal de _combate a la vista_». Inútil era el disimulo, porque yo había oído el terrible anuncio; y así, corrimos todos a la torre, siendo la de la casa en que estábamos una de las más altas y espaciosas entre las muchas que tienen las casas particulares de aquella ciudad, a la cual sirven de especial adorno vista desde lejos.

Las numerosas torres de Cádiz, y hasta las azoteas, desde las cuales algo del mar puede descubrirse, estaban atestadas de gente, de esta gran parte armada de anteojos de larga vista, instrumento muy común en los gaditanos, para quienes es registrar el mar y las naves que le surcan agradable y constante recreo. Seguía sereno el tiempo, si bien con algunas, pero no claras, señales de cercana borrasca. De la escuadra se veía poco, porque la envolvía, hasta ocultarla, una espesa nube de humo. Pero en las claras hubo de aparecer algún navío desarbolado, dando claro indicio de haber sido recio el combate, pues el viento, hasta entonces manso, y la mar, poco o nada picada, no podían haber causado tales averías. De súbito una vivísima llamarada iluminó el mar próximo al horizonte; viose entre la luz como la figura de un navío, y desapareciendo al momento la espantosa claridad, un tremendo estampido vino muy en breve a anunciar que un navío se había volado. Aun en los indiferentes, si alguno lo era del todo, hizo grande efecto tal espectáculo, mayor que en los demás en mí, como era natural; y con ello, y con ir oscureciendo, bajamos inquietos o afligidos de la torre.

Cerró la noche, que lo fue de horrorosa incertidumbre, y no solo para los inmediatamente interesados en la suerte de los que iban en la escuadra, sino aun para lo general de las gentes, a quienes movía toda clase de buenos y nobles afectos, entrando en estos el del patriotismo.

Amaneció el día 22 con horroroso aspecto, cubierto el cielo de nubes negras y apiñadas, en cuanto permitía ver lo cerrado del horizonte, cayendo con violencia copiosa lluvia, bramando desatado el viento del SO, allí denominado vendaval, levantándose olas como montes que, según suele suceder en Cádiz en las grandes borrascas, rompían en la muralla con espantoso ruido, rociaban con su espuma los lugares vecinos, y hasta amenazaban con no leve peligro a la tierra y edificios contiguos a la orilla. Consonaba el horror y tristeza que causaba tal espectáculo con el efecto que producía en los ánimos la consideración de desventuras recién ocurridas. Porque, al asomar las gentes a ver la furia de la tempestad, descubría la vista cinco navíos de línea españoles, fondeados en lugar muy inseguro por no haberles permitido el temporal tomar bien el puerto, desmantelados en gran parte; en suma, mostrando señales de la dura pelea que en el día inmediatamente anterior habían sustentado. También aparecía uno u otro navío francés. A más distancia, cuando rompía a trechos y por cortos instantes la espesura de las nubes el furioso viento, se divisaban aquí y allí más navíos, de ellos algunos desarbolados, sin vérseles la bandera, luchando con las olas, y no pudiendo saberse ni quiénes eran, ni cuál sería su suerte. No obstante ser peligrosa y aun difícil la comunicación por medio de embarcaciones pequeñas en tan recia marejada, pudo al fin irse a los navíos anclados. Entonces empezaron a divulgarse los pasados sucesos. El combate había sido terrible. Al principio no se suponía haber sido de éxito enteramente contrario a las naciones aliadas. Dábase por obra del temporal, sobrevenido de pronto, la vuelta al puerto de los navíos presentes en su boca. En ellos (en el _Príncipe de Asturias_) venía el general Gravina herido gravemente; pero, según afirmaban, no de peligro sumo, a lo menos no de peligro inmediato. En el navío _Neptuno_ (otro de los allí presentes) yacía sin conocimiento su comandante el brigadier don Cayetano Valdés, heroico no menos que lo había sido en el combate de 14 de febrero, ocho años antes, y ahora, sobre herido, atolondrado por haberle caído una pieza gruesa del aparejo sobre la cabeza. De otro navío, también de los venidos del combate, se supo haber muerto su comandante Alcedo. En cuanto a lo demás de la escuadra, no a la vista, se ignoraba la suerte de cada navío, y la de las personas que llevaban. Hay que añadir que esta incertidumbre duró días, pues hasta el 31 de octubre no supe yo la muerte de mi glorioso, aunque desdichado padre.

Numerosísimo gentío poblaba el muelle. Ni la inclemencia del tiempo impedía que personas aun de las clases superiores y acomodadas, y de ambos sexos, acudiesen a ofrecerse a los heridos, solicitando a competencia llevárselos a sus casas para su cura y regalo. Fue aquella la primera ocasión en España durante dilatados años en que se notó lo llamado espíritu público, o digamos tomar parte y aun empeño los individuos privados en un suceso público, e interés por personas con quienes no tenían relaciones de clase alguna. Ni se descuidaba el gobierno. Activo como siempre Solano, había acumulado en el muelle todos cuantos medios de transportar heridos o enfermos tenía Cádiz, en este punto no muy rico: sillas de manos, que eran entonces allí más que los coches, calesines incómodos, parihuelas. Manifestábanse los gaditanos, si no arrepentidos de anteriores injusticias, deseosos de repararlas, porque el mal éxito del combate del cabo de San Vicente (el del 14 de febrero de 1797), los había movido a juicios de desatinada severidad contra nuestros marinos, víctimas en aquel caso de la impericia y rivalidad necia de dos generales, cuando en la ocasión de que voy ahora aquí hablando, venidos a mejores pensamientos, honraban el valor y sacrificios de aquellos mismos a quienes había sido adversa la fortuna.

Veíanse espectáculos horribles, sabíanse rasgos de valor y sufrimiento en el padecer, y también heroicas impaciencias en los que, víctimas del recién terminado combate, venían, o a perder al cabo la vida de resultas de sus heridas, o a recobrar la salud después de una cura penosa. Llegó entre otros el guardia marino don N. Briones, de quien se contaba que, habiéndole llevado el pie una bala, pero dejándosele unido a lo restante de la pierna por un tendoncillo o nervio, como le hubiese dicho a un marinero que le llevase a curarse, y no se viese obedecido pronto, con la mano acabó de desprenderse del pie dando un tirón, y arrojó el miembro perdido a la cara al marinero mal obediente, quedando vivo después de tal acto, pero no por largo tiempo, pues murió recién llegado a Cádiz. Mejor suerte cupo al capitán de fragata Somoza, segundo comandante del navío _Montañés_, y cuya herida era de lo más singular posible; pues una bala, pasándole de refilón por el vientre, le había llevado toda la parte carnosa con la piel exterior, y dejádole sana una película de las que cubren los intestinos, casi transparente, lo cual no estorbó que conservase la vida hasta convalecer del todo, siendo curado en el hospital, a donde quiso ir, desechando numerosas ofertas de señoras y caballeros que pretendían llevársele a sus casas. Gravina padeció largo tiempo, y aun acaso si se hubiese amputado el brazo herido, no habría muerto; pero por culpa o suya o ajena, no fue llevada a efecto la operación de muchos aconsejada. Salvó a Valdés el arrojo de un oficial subalterno o guardia marina, pues habiendo quedado abandonado sin conocimiento en el navío de su mando, próximo a perderse en la costa, como de hecho se perdió, y no habiendo quien se atreviese a ir a bordo del buque puesto en peligro, alrededor del cual hervía la mar embravecida, logró el animoso joven persuadir a unos pocos valientes marineros a que le siguiesen, y, favorecido por la suerte, llegó al navío y sacó de él al digno comandante, quien llegado con felicidad a Cádiz, y trasladado a casa de unas señoras sus amigas, cuando volvió en sí, se encontró libre de peligro, y vivió después largos años para contraer nuevos méritos y pasar nuevos trabajos, siendo notable ejemplo de los vaivenes de la fortuna. Dolores hubo y desdichas menos conocidos, aunque no de menos lástima, pero quedaron ocultos entre las tinieblas en que suelen hechos notables ser desde luego envueltos y seguir siempre ignorados.

En cuanto a mí, pues forzoso me es hablar de mí en estos recuerdos, el día 22, recién aparecidos delante de Cádiz los navíos que bien merecen ser dichos despojos del combate, traté de restituirme a Chiclana a dar a mi madre algún consuelo en sus congojas y dudas, que todavía no eran, como dejo dicho, dolor por una pérdida temida solo, pero no conocida. Difícil nos era el viaje, porque por agua no consentía el tiempo hacerle, y por tierra faltaban medios de ponerse en camino, estando embargado todo carruaje. Vencí este inconveniente yendo yo a ver a Solano, el cual me distinguía notablemente, y que además hubo de tomar en consideración las circunstancias en que me hallaba. Concedióseme un calesín, y pasé a Chiclana por tierra; pero siendo a la sazón el camino que lleva a aquel lindo pueblecito, desde el de la isla de León, largo y malísimo, hicimos harto incómoda jornada, calándonos el agua, azotándonos el viento en el desabrigado vehículo, traqueteándonos horriblemente el movimiento, amenazados mil veces de volcar, y agregándose estas incomodidades a la agitación mental, bien que para distraer en parte el ánimo de la pena o del cuidado.

No teniendo noticias en Chiclana, resolvimos venir a Cádiz a buscarlas. Seguía, como no suele suceder, aun sin intermisión, o con algunas breves en duración y no grandes en fuerzas, la borrasca. Hicimos el viaje en un coche bastante cómodo; pero salidos de la isla de León, y pasada Torregorda, al acercarnos a Cádiz, presenciamos un espectáculo espantoso. Estando la marea baja, echamos por la playa. Pero aquel camino siempre cómodo dejaba de serlo, porque le cubrían a cada paso despojos de naves, pedazos de jarcias, de arboladura, aun de cascos de buques, y con particularidad de botes, no faltando entre ellos de trecho en trecho algún cadáver, todo lo cual arrojaban a la tierra las olas encrespadas, que sin amansar su furia seguían apareciendo en el mar a modo de montes y estrellándose con ímpetu y tremendo ruido en la arena. Cerraba los ojos mi afligida madre como temerosa de encontrar entre los muertos el cuerpo de la persona querida, cuya pérdida, si no era para nosotros cierta, estaba muy dentro de los límites de lo probable.

Una vez en Cádiz, la incertidumbre seguía. Pero no es de la de mi familia y persona de la que me toca ahora aquí hablar, o a lo menos no de la que debo tratar, sino como de una parte accesoria de la situación de las cosas. En efecto, no mejorando el tiempo, casi todos los buques escapados del combate fueron a dar en la costa. Uno francés se fue a pique a la boca del puerto, pereciendo todos cuantos le tripulaban. A otro, que estaba anclado fuera, tuvo la osadía de acercarse un navío inglés hasta dispararle una andanada, a que él respondió con otra, pero con poco efecto por ambas partes, retirándose el agresor por respeto a la artillería de la plaza que comenzó a disparar, protegiendo a nuestro aliado en su apuro. De los diecisiete navíos que habían arriado bandera al terminar el combate, la mayor parte, corriendo varias fortunas en pocos días, o pocas horas, ya volvían a ser de su nación, sublevada la tripulación contra los pocos ingleses que marinaban el buque, ya recaían en poder de los que le habían ganado y ocupado, ya iban a perderse en la costa. Fue de los más afortunados el navío _Santa Ana_, de tres puentes, que ya rendido, combatiéndole el mar y viento, hubo de entrarse en Cádiz, cayendo prisioneros los ingleses ya dueños de él y rescatándose el teniente general don Ignacio de Álava, que en él estaba y venía herido. Así poco a poco iban llegando noticias de casos particulares. Hubo también algún parlamento, siendo recibidos en Cádiz los oficiales parlamentarios con cortesía, y hospedándose en casa de Mr. James Duff (llamado en Cádiz don Diego Duff), cónsul que había sido de su nación en la misma plaza, muy querido y respetado allí, y que seguía haciendo parte del oficio de cónsul, y llevaba el nombre de serlo en boca de lo común de las gentes, no obstante el estado de guerra. De un parlamento fue objeto el reclamar los ingleses como su prisionero a Álava, porque lo había sido por dos o tres días; pero su pretensión fue desatendida, como debía serlo, pues el favor de la suerte le había traído la libertad. A la casa de Duff era común acudir a averiguar el paradero de una u otra persona de las de la escuadra, cuyo fin o existencia aún eran ignorados; pero poco o nada se averiguaba, no cuidándose los ingleses de otras vidas que las de los suyos, y en quienes el dolor por la pérdida de la de Nelson no dejaba lugar a otros dolores.

El 31, según más arriba dejo dicho, cesaron mis dudas y las de mi familia, poniéndoles término el dolor más vivo y acerbo, dolor no para contado a indiferentes, y del que basta hacer esta leve mención, quizás, aun así, inoportuna.

Como todo pasa en el mundo, pasó la imagen de los sucesos que aquí acabo de recordar, yendo borrándose poco a poco de la memoria. Por lo pronto, dio motivo a los poetas para sentidos cantos, de ellos algunos de gran valor, pues que aún bastante conservan. _La sombra de Nelson_, obra de Moratín, hasta ha desaparecido de las más de las colecciones de sus obras, no tanto por el vicio de oscuridad que la afea, pero el cual está rescatado por grandísimas perfecciones, cuanto por las adulaciones en él prodigadas, no solo a Napoleón, sino al Príncipe de la Paz, a quienes prometen triunfos navales que no vinieron ni era de esperar que viniesen. La oda de Quintana vive con gloria; y si no con tanta, no ha muerto una de Arriaza.

También el púlpito, en oraciones fúnebres, ensalzó las glorias de aquel día. Se distinguió entre los sermones con esta ocasión predicados, uno que corrió impreso y aplaudido, pronunciado en el Ferrol por el señor Varela, célebre después, siendo comisario de Cruzada, como aficionado y protector de las letras y de las artes.

La guerra a Napoleón en defensa y sustento de nuestra independencia y gloria, como llena de grandísimos acontecimientos, oscureció la de un periodo más antiguo. Además, a la moribunda marina fue no menos funesta la paz y alianza con Inglaterra, que lo había sido la imprudente y poco feliz guerra sustentada contra aquel gobierno. Porque, siendo forzoso atender a lo presente y no más, convertida la atención a los ejércitos, y pareciendo como inútil la marina de guerra, perecieron carcomidos los navíos, y no se pensó en sustituirlos con otros.

Hoy ha cesado esta situación, y va resucitando, o aun puede decirse ha resucitado, nuestra marina de guerra.[7] Aún las reliquias vivas de Trafalgar no han sido olvidadas, y al cabo de 56 años sus servicios han tenido una remuneración, si no grande, sin duda decente, y lo que vale más, honrosa. Y si los sucesivos gobiernos atienden a este ramo del servicio público, la opinión general en este punto los ayuda y estimula.

[7] Aquí merece particular mención y muy honorífica el librito que, con el título de _Trafalgar_, escribió en 1850 don Manuel Marliani. Verdad es que su objeto fue vindicar nuestra marina de los agravios, a veces calumniosos, de M. Thiers; pero cumpliendo el autor su propósito del modo más satisfactorio posible, hizo un servicio señalado a su patria, así como a la Armada española. Al marqués de Molins, cuyo celo del honor del cuerpo a cuyo frente estaba era y es vivísimo, se debe haber patrocinado la obra del señor Marliani, suministrándole datos, y por todos los demás medios posibles, y haciéndose así acreedor a no corta parte del elogio que es debido y se tributa aquí con singular placer al autor y a la obra, y al ministro que les dio su patrocinio.

III.

MADRID EN LOS DÍAS DEL REINADO DE CARLOS IV.

Notan algunos, y entre ellos quien esto escribe, que más de una vez lo ha repetido, cuán poco sabe la generación presente de lo que eran sus padres e inmediatos abuelos, mientras la diligencia de los eruditos ha llegado a enterarse bien y a poner con algún acierto a la vista del público lo que fueron sus antepasados absoluta o relativamente remotos. Últimamente algo se ha dicho de la época de Carlos III, pero de la de Carlos IV se habla poco o nada. Bien está, pues, en las tristes y escasas reliquias que aún quedamos de los últimos días de reinado tan deplorable, que alguna memoria dejemos y transmitamos a las generaciones futuras de la imagen política, literaria y social de un periodo casi envuelto en niebla, por lo mismo que no tuvo ni pudo despedir luz que le diese brillo, y con él a nuestra entonces malaventurada patria.

No se suponga en los borrones que siguen, y que están unidos con otros iguales o parecidos destinados a pintar usos y costumbres, y sucesos de leve monta de época de superior interés, la loca pretensión de suplir una falta o de llenar un hueco que han menester esfuerzos mayores y más detenimiento para ser suplidos o cubiertos de un modo satisfactorio. Cuento (pues justo es usar de la primera persona en trabajo de tan corto valor) lo que vi, y lo que otros han callado: lo cuento como viejo; pero, si no me engaña (como es posible que me engañe) una pasión natural, sin necio apego a lo pasado, si bien no con la amarga censura, no siempre justa, de unas escenas lastimosas. Escribo tirando a ser imparcial, y sin esperanza de conseguirlo del todo; pues, si aun las mejores cabezas y las más nobles almas no están exentas de las miserias de la flaqueza humana, cual podría estarlo quien no presume de hombre sabio o de varón justo.

Me ciño a traer a la vista de mis lectores solo escenas de la capital de la monarquía, y de uno u otro año, porque no pretendo hacer un cuadro acabado de la España de mi niñez y de los primeros años de mis mocedades. De meros rasgos puede sacarse algo y bastante para hacer pinturas, haciendo el ingenio y buen discurso lo que han hecho grandes anatomistas al construir con huesos de animales muertos esqueletos, y aun cuerpos, con fundada pretensión de ser reproducciones fieles de las que fueron criaturas vivas.

En los primeros años del presente siglo, era Madrid un pueblo feísimo, con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío, y, aunque ya un tanto limpio desde que, con harto trabajo y suma repugnancia de una parte crecida del vecindario, le hizo despojar de la inmundicia que afeaba sus calles Carlos III, todavía distantísimo de verdadero aseo, como el de que entonces con razón blasonaba Cádiz. Los hierros del balconaje estaban tales cuales habían salido de la herrería; las vidrieras compuestas de vidrios pequeños, azulados, por los cuales penetraba trabajosamente la luz, y no pasaba menos dificultosamente la vista de dentro afuera; las fachadas de los edificios sucias, con las puertas y ventanas mal pintadas, y renovada en ellas la pintura tan de tarde en tarde que tal vez habría presentado mejor aspecto la madera dejada en su color primitivo. Era pésimo el empedrado. Verdad es que había aceras, de lo cual entonces carecía París y siguió careciendo por largos años; pero las aceras madrileñas, de las que hoy duran algunas, servían con imperfección al fin a que están destinadas. En los zaguanes o portales de casi todas las casas estaba el basurero, y al traer a él los sucios materiales que le llenaban, buena parte de ellos se quedaba esparcida por las escaleras. Eran estas, en general, oscuras y hechas de mala manera, atendiéndose poco o nada a mantenerlas en buen estado.