Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)
Part 7
Por amor á la Comunidad, sometiéronse los socios á la más exquisita división del trabajo. Arévalo Vaca tomó sobre sí la misión de adiestrarnos en el conocimiento práctico de la geología y fauna de los terrenos visitados; Guillén, futuro Director del Jardín Botánico, quedó encargado de lo concerniente á la flora; tocóme el doble papel de cronista y fotógrafo de las excursiones; el amigo Marsal, profesor de Matemáticas, recibió el delicado encargo de administrar los fondos de la Sociedad y de fijar á prorrateo los gastos de cada gira, cosa á veces difícil porque solíamos sumar un número primo y él tenía la preocupación, muy natural, de obtener dividendos enteros y exactos; un simpático empleado de ferrocarriles[28], fué encargado de la locomoción, corriendo de su parte el alquiler de caballerías y la obtención de billetes de ferrocarril á bajo precio, con tarifas de alivio destinadas á murgas aldeanas ó á farándulas trashumantes; en fin, un confitero retirado y rico, águila en el arte culinario, dirigía á conciencia la confección de las paellas y elaboración de postres.
[28] José Nogueroles, uno de los pocos supervivientes.
Y así, de paella en paella, y siempre en amena y cordial compañía, visitamos todos los rincones atrayentes de la comarca levantina. _Sagunto_, _Castellón_, _Játiva_, _Sueca_, _Cullera_, el _Desierto de las Palmas_, _Burjasot_, _La Albufera_, _Gandía_, las sierras del _Monduber_ y _Espadán_, etc., desfilaron sucesivamente por el objetivo de mi Kodak, cuajando en pruebas que guardamos piadosamente, como recuerdos de añorada juventud, los pocos supervivientes de aquella generación. Como homenaje cordial á los excelentes camaradas desaparecidos para siempre, reproducimos aquí varias fotografías entresacadas de las numerosísimas conservadas en el Álbum del famoso _Gaster-Club_.
En cuanto á la otra distracción aludida, tuvo sabor más científico, y consistió en la confirmación experimental y en grande escala de los celebérrimos estudios acerca del sonambulismo artificial y fenómenos de sugestión, efectuados en Francia por Charcot, Liébeault, Bernheim, Beaunis, etcétera. Estas investigaciones de psicología mórbida, emprendidas en el extranjero por sabios famosos habituados á las observaciones exactas, tuvieron inmensa resonancia. Merced á ellas, recibieron al fin carta de naturaleza en la ciencia muchos de los estupendos milagros narrados por Mesmer y exhibidos aparatosamente por los magnetizadores de teatro. Una ciencia nueva, heredera directa de la hechicería medioeval, había aparecido. De ella transcendía algo acremente pecaminoso é irresistiblemente tentador para la juventud novelera. Preciso es convenir que, á despecho de tres siglos de ciencia positiva, la afición á lo maravilloso tiene todavía honda raigambre en el espíritu humano. Somos aún demasiado supersticiosos. Miles de años de fe ciega en lo sobrenatural, parecen haber creado en el cerebro algo así como un _ganglio religioso_. Desaparecido casi enteramente en algunas personas, y caído en atrofia en otras, persiste pujante en las más. Por _esprit fort_ que se sea, ¿quién no ha oído sonar alguna vez aquellas místicas campanas de Is de que habla Renan, ó sentido rebrotar lozana la creencia en genios, duendes y aparecidos?
Por esta vez, sin embargo, no se trataba de manifestaciones sobrenaturales, sino de sorprendentes y harto descuidadas actividades, ó si se quiere anomalías del dinamismo cerebral.
Para estudiarlas metódicamente, varios amigos, algunos de ellos tertulianos del Casino de la Agricultura, organizamos un _Comité de investigaciones psicológicas_. É inauguramos nuestras pesquisas por la busca y captura de sujetos idóneos. Por mi casa, convertida al efecto en domicilio social, desfilaron especies notabilísimas de histéricas, neurasténicos, maníacos y hasta de acreditados _mediums_ espiritistas. En breve tiempo recogimos copiosa colección de interesantes documentos. Llenos de asombro, hubimos á confirmar casi todos los estupendos fenómenos descritos por los sabios, singularmente los señalados por Bernheim, de Nancy. Ocioso fuera citar menudamente los resultados obtenidos. Carecen de novedad é interés, y más hoy, después de la publicación de tantos Tratados magistrales relativos á este orden de estudios.
Mencionaré, solamente, los experimentos de hipnosis producidos en las personas sanas y al parecer limpias de toda tara neurótica (algunos de ellos, abogados, médicos, etc.). Sobrevenido el grado de sopor y de pasibilidad indispensables, producíanse á la orden del hipnotizador, y tanto durante el sueño como después de despertarse, la _catalepsia cérea_ y la _analgesia_; _congestiones y hemorragias_ por sugestión; _alucinaciones positivas y negativas_ de todo linaje (visuales, acústicas, táctiles); _amnesia total ó parcial_; _evocación de imágenes olvidadas_ ó casi olvidadas; _desdoblamiento de la personalidad_; _eclipse_ ó _inversión de los sentimientos más arraigados_; y en fin, _abolición total del libre albedrío_, es decir, de la facultad crítica y de la selección motivada de las reacciones motrices. Hasta los actos más repugnantes al carácter ó los más contrarios á la moral y á la decencia, eran fatal y necesariamente ejecutados. Sujeto hubo que ajustó estrictamente su vida, durante una semana, á un programa especial lleno de acciones extravagantes é ilógicas, sugerido durante el estado somnambúlico.
Y llevando la sugestión al terreno terapéutico, conseguí realizar prodigios que envidiaría el más hábil de los taumaturgos. Mencionaré: la transformación radical del estado emocional de los enfermos (paso casi instantáneo de la tristeza á la alegría); la restauración del apetito en histeroepilépticas inapetentes y emaciadísimas; la curación, por simple mandato, de diversas especies de parálisis crónicas de naturaleza histérica; la cesación brusca de ataques de histerismo con pérdida del conocimiento; el olvido radical de acontecimientos dolorosos y atormentadores; la abolición completa de los dolores del parto en mujeres normales[29]; en fin, la anestesia quirúrgica, etc.
[29] Un caso de este género fué publicado después en Barcelona en la _Gaceta Médica Catalana_, número del 15 de Agosto de 1888.
La fama de ciertas curas milagrosas recaídas en histéricas y neurasténicos, divulgóse rápidamente por la ciudad. Á mi consulta acudían enjambres de desequilibrados y hasta de locos de atar. Ocasión propicia hubiera sido aquella para crearme pingüe clientela, si mi carácter y mis gustos lo hubieran consentido. Pero, satisfecha mi curiosidad, licencié á mis enfermos, á quienes, naturalmente, no solía pasar la nota de honorarios: harto pagado quedaba con que se prestaran dócilmente á mis experimentos.
Durante aquellas épicas pesquisas sobre la psicología morbosa, sólo se me resistieron tenazmente esos fenómenos extraordinarios, confinantes con el espiritismo, á saber: la visión á través de cuerpos opacos, la transposición sensorial, la sugestión mental, la telepatía, etc., estupendos milagros afirmados muy formalmente por Ochorowicz, Lombroso, Rochas, Zöllner, Richet, P. Gibier, Flammarion, Myers, etc.
¿Fracasaron quizás por imposibles? Tal creo hoy. Los secuaces de Allan Kardek y los partidarios de la fuerza cerebral radiante, dirán acaso que no tuve suerte. Sin embargo, puse en mis observaciones la mejor voluntad y no escatimé gasto ni diligencia para procurarme los sujetos dotados de virtudes más transcendentales. Pero bastaba con que yo asistiera á una sesión de adivinación, sugestión mental, doble vista, comunicación con los espíritus, posesión demoniaca, etc., para que, á la luz de la más sencilla crítica, se disiparan cual humo todas las propiedades maravillosas de los _mediums_ ó de las histéricas zahoríes. Lo admirable en aquellas sesiones no eran los _sujetos_, sino la increíble ingenuidad de los _asistentes_, que tomaban, cual manifestaciones sobrenaturales, ciertos fenómenos nerviosos (_autosugestión_ sobre todo) de los _mediums_, ó la mera coincidencia de hechos, ó los efectos del hábito mental, ó, en fin, los fáciles y conocidos ardides del _cumberlandismo_, tan exhibido después en los teatros[30].
[30] Acaso publique algún día, con el título de «_¿Hacia el alma?_», cierto mamotreto en que tengo registrados y discutidos muchos de los fracasados ensayos emprendidos con _sujetos_ españoles (alguno tan fecundo en ardides como la famosa napolitana Eusapia Paladino), para contrastar la realidad de los supuestos _fenómenos físicos_ de los _mediums_ (levitación, aparición de objetos, producción de moldes, movimientos intencionales de las mesas, escritura directa, etc.). Hasta hoy, nos han detenido, y acaso nos detengan indefinidamente, sentimientos de piedad y de respeto. Parécenos, en efecto, poco meritorio extirpar ciertos errores dinamógenos, indispensables para la dicha de personas que, poco satisfechas de las religiones históricas, sienten horror hacia el vacío del agnosticismo. Y nos apena, además, tener que delatar, como testigos de hecho, la odiosa explotación de que fueron víctimas, á manos de _mediums_ trapaceros, hombres de ciencia tan simpáticos y prestigiosos como W. Crookes, Zöllner, Flammarion, Lombroso, W. James, Luciani, etc. Estas caídas de mentalidades que, en los dominios de la ciencia, demostraron poseer facultades críticas de primer orden, enseñan cuán superfluo y peligroso resulta abordar el estudio de los fenómenos medianímicos --tan propicios al fraude y superchería-- con el prejuicio de la comunicabilidad de los muertos con los vivos. Siempre que semejante _estado de creencia_ falta, las artimañas ingeniosas de los _mediums_ son sorprendidas hasta por los observadores menos sagaces. De ello pudiéramos citar ejemplos elocuentísimos.
En suma, y prescindiendo aquí de los milagros increíbles atribuídos á ciertos sujetos, declaro que, los consabidos experimentos de sugestión causáronme un doble sentimiento de estupor y desilusión: estupor al reconocer la realidad de fenómenos de automatismo cerebral, estimados hasta entonces como farsas y trampantojos de magnetizadores de circo; y decepción dolorosa al considerar que el tan decantado cerebro humano, la «obra maestra de la creación», adolece del enorme defecto de la sugestibilidad; defecto, en cuya virtud, hasta la más excelsa inteligencia, puede, en ocasiones, convertirse por ministerio de hábiles sugestionadores, conscientes ó inconscientes (oradores, políticos, guerreros, apóstoles, etc.), en humilde y pasivo instrumento de delirios, ambiciones ó codicias.
[Ilustración]
CAPÍTULO V
Mi traslación á la Cátedra de Histología de Barcelona. -- Los nuevos compañeros de Facultad. -- La peña del Café de Pelayo. -- Mis investigaciones sobre el sistema nervioso conducen á resultados interesantes. -- Mi excesiva fecundidad científica durante 1888, me obliga á publicar una Revista micrográfica. -- Las leyes de la morfología y conexión de las células nerviosas. -- Resumen de algunos descubrimientos en el cerebelo, retina, médula espinal, lóbulo óptico, etc.
Promediado el año de 1887, fué reformado el plan de enseñanza médica. La asignatura de _Histología normal y patológica_ que figuraba en el doctorado y explicaba el Dr. Maestre de San Juan, quedó incorporada al período de la licenciatura. Dadas mis aficiones, natural parecía que yo aprovechase la reforma, concursando alguna de las nuevas cátedras creadas, cosa fácil después de todo, porque las nuevas disposiciones legales consideraban la Anatomía como disciplina análoga, á los efectos de traslaciones y concursos, de la asignatura recién creada.
Habiendo tocado á turno de concurso las vacantes de Barcelona y Zaragoza, vacilé algún tiempo en mi elección. Mi primer pensamiento fué trasladarme á la capital aragonesa. Hacia ella me arrastraban el amor de la tierra, los recuerdos de la juventud y el afecto á la familia. Pero enfrente de estos sentimientos prevalecieron consideraciones de orden honestamente utilitario. Para el hombre votado á una idea y resuelto á rendirle toda su actividad, las ciudades grandes son preferibles á las pequeñas. En éstas, las gentes se conocen demasiado, ó demasiado pronto, para vivir en santa calma. Y el tiempo se va en halagar á los amigos y combatir á los adversarios. Importa notar, además, que por aquellos tiempos el claustro de mi venerada _Alma mater_, á causa de dos ó tres desequilibrados, ardía en rencillas y antagonismos impropios del decoro de la toga. No faltan, por desgracia, temperamentos malévolos en las grandes poblaciones universitarias; pero aquí las toxinas humanas, diluídas por la distancia, pierden ó atenúan notablemente sus efectos.
Temeroso, pues, de que mis fuerzas se disiparan en vanas y dolorosas frotaciones, resolví al fin, contra el consejo de mi familia, trasladarme á la ciudad condal. Y acerté en mis presunciones, porque en Barcelona encontré no sólo el sereno ambiente indispensable á mis trabajos, sino facilidades que no hubiera hallado en Zaragoza para organizar un bien provisto laboratorio y publicar folletos ilustrados con profusión de litografías y fotograbados. Precisamente, durante los primeros años pasados en la ciudad condal, aparecieron las más importantes de mis comunicaciones científicas.
Preocupado, como siempre, de no turbar la ecuación entre los gastos y los ingresos, me instalé modestamente en una casa barata de la calle de la Riera Alta, próxima al Hospital de Santa Cruz, donde, por entonces, estaba la Facultad de Medicina. Ulteriormente, y contando ya con otros emolumentos (los proporcionados por algunos médicos deseosos de ampliar en mi laboratorio sus conocimientos histológicos y bacteriológicos), me mudé á la calle del Bruch, á cierta casa nueva y relativamente lujosa. En ella dispuse de una hermosa sala donde instalar el laboratorio y de un jardín anejo, muy apropiado para conservar los animales en curso de experimentación.
Allí recibieron enseñanza micrográfica, entre otros jóvenes de mérito, Durán y Ventosa, hijo del ex ministro Durán y Bas; Pí y Gilbert, que hizo brillantes oposiciones á cátedras de Histología y publicó algún trabajo en mi _Revista_; el malogrado Gil Saltor[31], futuro profesor de Histología en Zaragoza y de Patología externa en Barcelona; Bofill, que llegó á ser, andando el tiempo, un buen naturalista; Sala Pons, que publicó años después algunas investigaciones interesantes sobre la estructura del cerebro de las aves y la médula espinal de los batracios, etc.
[31] Murió pocos años después de tomar posesión de la cátedra de Cirugía de Barcelona.
Dada la proverbial cortesía catalana, huelga decir que en mis compañeros de Facultad hallé sentimientos de consideración y respeto. Pasa el catalán por ser un tanto brusco y excesivamente reservado con los forasteros; pero le adornan dos cualidades preciosas: siente y practica fervorosamente la doble virtud del trabajo y de la economía; y acaso por esto mismo, evita rencillas y cominerías y respeta religiosamente el tiempo de los demás.
Entre los comprofesores con quienes me ligaron lazos de afecto sincero, recuerdo á nuestro excelente decano el Dr. Juan Rull, profesor de Obstetricia; al simpático doctor Campá, que acababa de trasladarse desde la Universidad de Valencia; á Batlles, catedrático de Anatomía, orador colorista y afluentísimo; al anciano y benemérito Silóniz, un andaluz á quien treinta años de permanencia en Barcelona no habían quitado el gracioso acento gaditano; á Coll y Pujol, enclenque y valetudinario entonces, pero que ha alcanzado los setenta sin jubilarse; á Pí, maestro de Patología general, una de las cabezas más reflexivas y equilibradas de la Facultad; á Giné y Partagás, orador brioso y publicista fecundo y agudo; á Valentí, profesor de Medicina legal, expositor sutil, pero algo desconcertante y paradójico; al Dr. Morales, prestigioso cirujano andaluz, á quien los barceloneses llamaban el _moro triste_, por su aspecto de Boabdil destronado; á Robert, clínico eminente, luchador de palabra precisa é intencionada, que, andando el tiempo, debía sorprendernos á todos dirigiendo el nacionalismo catalán y proclamando _urbi et orbi_, un poco á la ligera (no era antropólogo, ni había leído á Olóriz y Aranzadi), la tesis de la superioridad del cráneo catalán sobre el castellano; opinión desinteresada, pues además de gozar de un cráneo pequeño, aunque bien amueblado, había nacido en Méjico y ostentaba un apellido francés; en fin, al simpático Bonet, quien, gracias á su viveza y habilísima política, llegó á rector de la Universidad, á senador y hasta á _barón de Bonet_, etc., etc.
¡Lástima que tan lucido elenco de maestros desarrollara sus funciones en el vetusto y ruinoso Hospital de Santa Cruz, en donde si no faltaban enfermos y facilidades, por tanto, para la enseñanza clínica, se carecía del indispensable local para cátedras y laboratorios! Por lo que á mí respecta, hízose lo posible para organizar la enseñanza micrográfica. Gracias á la benevolencia del Dr. Rull, conseguí una sala, relativamente capaz, destinada á las manipulaciones y demostraciones de Histología y Bacteriología, amén de un buen microscopio Zeiss y de algunas estufas de esterilización y vegetación. Contando con alumnos poco numerosos, pero muy aplicados y formales, pude, no obstante la pequeñez del laboratorio, dar una enseñanza práctica harto más eficaz que la actualmente dada en Madrid, donde la masa trepidante de trescientos alumnos turba el buen orden del aula y esteriliza las iniciativas pedagógicas mejor encaminadas.
Novato todavía en los estudios de Anatomía patológica, tomé á empeño adquirir conocimientos positivos en esta rama de la Medicina, haciendo autopsias é iniciándome en los secretos de la patología experimental. Por fortuna, los cadáveres abundaban en el Hospital de Santa Cruz. Pasábame diariamente algunas horas en la sala de disección: recogía tumores; exploraba infecciones; cultivaba microbios y, sobre la base de algunas piezas interesantes, llevaba adelante mis estudios sobre el sistema nervioso del hombre. Casi todas las figuras relativas á la _inflamación_, _degeneraciones_, _tumores_ é _infecciones_, incluídos en la primera edición de mi _Manual de Anatomía patológica general_[32] son copias de preparaciones efectuadas con aquel rico material necrópsico, al que se añadieron algunos tumores é infecciones proporcionados por Profesores de otros hospitales ó por los veterinarios municipales. La ejecución de estos trabajos y la redacción del citado libro fueron la principal tarea del año 1887 y comienzos del 88.
[32] _Cajal_: Manual de Anatomía patológica general, 1.ª edición. Barcelona, 1889-1890.
Dejo expresado en otro lugar que el hombre de laboratorio, ajeno á la política y al ejercicio profesional, nada frecuentador de casinos y teatros, necesita, para no llegar al enquistamiento intelectual ó caer en la estrafalariez, del oreo confortador de la tertulia. Es preciso que llegue hasta él, simplificado y elaborado por el ajeno ingenio, algo de lo que en el mundo pasa. Ocioso es notar que tales reuniones, para ser amenas y educadoras, deben comprender temperamentos mentales diversos y especialistas diferentes. Sólo los ricos, es decir, los escuetamente capitalistas, y las malas personas serán cuidadosamente eliminados; porque si los últimos causan disgustos, los primeros disgustan del ideal, que es harto peor. La buena peña supone atinado reparto de papeles. Un comensal tratará de política; otro de negocios; aquél comentará, leve y graciosamente, los sucesos locales ó nacionales; el de más allá se entusiasmará con la literatura ó con el arte; alguien cultivará la nota cómica; hasta la voz grave de un defensor celoso del orden social, y del consabido consorcio entre el altar y el trono, se oirá con gusto de vez en cuando; mas para el hombre de laboratorio, los más útiles y sugestivos contertulios serán sus colegas de otras Facultades, los capaces de comentar sin pedantería las últimas revelaciones de las respectivas ciencias.
Sin responder enteramente á este ideal, la tertulia del _Café de Pelayo_ (trasladada después á la _Pajarera_ de la Plaza de Cataluña), donde fuí presentado en los primeros meses de 1887, me resultó singularmente grata y provechosa. Preponderaban, y ello era bueno, los Catedráticos de la Facultad de Ciencias; pero figuraban también políticos, literatos, médicos y hombres de negocios. Recuerdo, entre otros: al amigo Lozano, Catedrático de Física; á Castro Pulido, Profesor de Cosmografía y pulcro y fácil conversador; á Villafañé (recién llegado de Valencia), carácter atrabiliario, defensor de una estrafalaria teoría filosófica sobre el _átomo pensante_, con que nos dió tremendas tabarras; á Domenech, un buen Catedrático de Geometría, arquitecto, catalanista ferviente y partidario, en último término[33], de la anexión á Francia (solía decir que Cataluña estaba llamada á ser la Bélgica del Sud); á V. García de la Cruz, Profesor de Química, bonísima persona y talento clarísimo, del cual hablaré luego; á Solsona, médico locuaz y zaragatero que abusaba de los específicos y de los autobombos periodísticos; á Soriano, Catedrático de latín y activo periodista; á Schwarz, Profesor de Historia (entonces auxiliar), orador fogoso, prototipo del _vir bonus dicendi peritus_, que llegó á Concejal, Alcalde y no sé si á Diputado á Cortes; á Sedó (yerno), fabricante de tejidos, persona lista y diestra en negocios; á Pablo Calvell, abogado con fábrica, dotado de finísimo ingenio satírico, fértil en ocurrencias agudas y oportunísimas[34], etc. Á esta peña agregáronse más adelante B. Bonet, entonces boticario en Gracia, hoy Profesor en la Facultad de Farmacia de Madrid, y mi paisano Odón de Buen, naturalista de mucho mérito, y en fin, otras muchas personas borradas de mi memoria.
[33] Según noticias, en estos últimos años ha abandonado sus radicalismos nacionalistas, lo que celebro infinito.
[34] Del saladísimo Pablo Calvell podría referir machos dichos graciosos. Citaré sólo la siguiente andaluzada, la mayor que he oído en mi vida:
Despedían en la estación al famoso Romero Robledo varios acompañantes, entre ellos el diputado Sol y Ortega y Pablo Calvell. Llegado el último apretón de manos, el famoso _leader_ republicano hizo ademán de sacar una tarjeta. De pronto exclama: --¡Calla!... No llevo ninguna. No importa... Dada mi popularidad, cuando necesite usted algo de mí, le bastará escribir en el sobre: _Sol, en Barcelona_. Y llega la carta--.
Entonces el socarrón de su compañero, á quien había molestado la prosopopeya de Sol y Ortega, reprodujo el mismo gesto y exclamó: --¡Qué casualidad! ¡Tampoco llevo tarjetas!... Afortunadamente soy también un personaje. Si alguna vez me honra escribiéndome, he aquí mis señas: _Pau. Via Láctea_. ¡Y llega la carta!--.
Juzgo excesivamente egoísta aquel dicho antiguo, desaprobado por Cicerón, «que se debe amar como quien ha de aborrecer»; pero estimo prudente para salvaguardar la santa libertad, no extremar el trato amistoso hasta esa embarazosa intimidad que merma nuestro tiempo, se entromete en caseros asuntos y coarta gustos é iniciativas. De esta discreta reserva, hice, sin embargo, excepción en favor de Victorino García de la Cruz, uno de los más asiduos y agradables comensales de la referida peña. De ideas filosóficas no siempre armónicas con las mías, coincidíamos en muchos gustos y tendencias: igual despreocupación del dinero; el mismo culto hacia el arte, y en su defecto, hacia la fotografía; parecida aflicción patriótica al reconocer nuestro decaimiento científico; igual entusiasmo, en fin, por la investigación original y el renacimiento intelectual de España.