Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)
Part 6
Penetrado de estas verdades, aproveché la primera ocasión que se me presentó de colaborar en Revistas alemanas, entonces, como hoy, las más leídas y autorizadas. Un histólogo célebre de la Universidad de Göttingen, M. W. Krause, fué mi introductor en el mundo sabio. Con el título de _International Monatsschrift für Anatomie und Physiologie_, publicaba dicho Profesor cierta Revista mensual, donde figuraban comunicaciones en francés, inglés, italiano y alemán. Había leído algún trabajillo mío, andaba no muy sobrado de original y solicitó benévolamente mi concurso, ofreciéndome costear todas las cromolitografías necesarias y regalarme una tirada de 50 ejemplares. Encantado de la invitación, me apresuré á satisfacer sus deseos, enviándole desde Valencia, y con intervalo de dos años, dos monografías redactadas en un francés aproximado y adornadas con profusión de dibujos.
Pecaría de ingrato si no recordara aquí que el doctor Krause, Profesor entonces de Histología en Göttingen y actualmente en Berlín, me animó mucho con sus consejos y me instruyó con sus cartas llenas de preciosas indicaciones bibliográficas. En sus buenos oficios, llegó hasta prestarme ó regalarme folletos antiguos de difícil ó imposible adquisición en el mercado alemán. Aprovecho esta ocasión para testimoniar al viejo maestro y generoso mentor la expresión de mi cordial gratitud y sincero afecto. Más adelante, con ocasión de un viaje á Alemania, tendré ocasión de hablar del insigne investigador.
Volviendo á las mentadas comunicaciones, diré que la primera llevaba por título _Contribution à l’étude des cellules anastomosées des épithéliums pavimenteux_[23]. En ella analizaba yo la estructura íntima de las células epiteliales de algunas mucosas (corneal, palpebral, lingual) y del bulbo piloso. Después de reconocer y describir el retículo intraprotoplásmico y filamentos comunicantes intracelulares, señalados años antes por Bizzozero y Ranvier en la epidermis de la piel, confirmaba estas mismas disposiciones en la córnea (epitelio anterior) y en las vainas del bulbo piloso, órganos en que no se habían observado; y añadía la existencia, en los referidos hilos de unión de una envoltura ó forro en continuación, al parecer, con la membrana celular. Semejante pormenor estructural fué ulteriormente comprobado, con alguna variante de apreciación, por Ide, Kromayer y, años después, por Unna, de Hamburgo.
[23] _Cajal_: _International Monatsschrift f. Anat. u. Physiol._ Bd. III, Heft 7, 1886.
La segunda comunicación, que apareció en 1888 con el título de _Observations sur la texture des fibres musculaires des pattes et des ailes des insectes_[24], fué de más fuste y harto más rica en detalles descriptivos nuevos. Versaba principalmente sobre la textura de la fibra muscular de los insectos, campo de observación preferido por los histólogos, á causa del gran tamaño que, en dichos articulados, poseen las bandas ó rayas transversales de la materia contráctil, y de la comodidad de observarlas en vivo sobre la platina del microscopio. La colecta y preparación del material necesario para la redacción de esta extensa monografía (que llevaba anejas cuatro grandes láminas litografiadas), costóme unos dos años, durante los cuales exploré numerosos géneros y especies de insectos. Contenía mi comunicación bastantes observaciones originales de histología comparada, algunas de las cuales fueron posteriormente comprobadas por los histólogos. Por desgracia, si estuve trabajador y celoso en la observación y acarreo de los hechos, no fuí igualmente afortunado en su interpretación.
[24] _Cajal_: _International Monatsschrift f. Anat. u. Physiol._ Bd. V, Heft 6, 1888.
Reinaba entonces en histología una de esas concepciones esquemáticas que fascinan temporalmente los espíritus é influyen decisivamente en las pesquisas y opiniones de la juventud. Aludo á la _teoría reticular_ de Heitzmann y Carnoy, aplicada muy ingeniosamente á la constitución de la materia estriada de los músculos por el mismo Carnoy, autor de la célebre _Biología celular_[25], y después por el inglés Melland y el belga van Gehuchten. Y yo, seducido por el talento de estos sabios y el prestigio de la teoría, incurrí en la debilidad de considerar, como ellos, la substancia contráctil como una rejilla de fibrillas sutiles (las _hebras preexistentes_ aparecidas en los preparados de los ácidos y del cloruro de oro) unidas transversalmente por la red emplazada al nivel de la línea de Krause. Lo grave de esta apreciación era su exagerado exclusivismo, es decir, la negación rotunda de la preexistencia, en el vivo, de las _fibrillas primitivas_ de los autores (las _columnillas_ de Kölliker), las cuales eran audazmente interpretadas como el resultado de la coagulación _post-mortem_ de cierta materia líquida alojada en las mallas de la red. Más adelante volví sobre esta opinión, criticada vivamente por Rollet, Kölliker y otros, los cuales alegaban con razón que los pretendidos _artefactos_ eran observables hasta en los músculos vivos de ciertos insectos.
[25] _Carnoy_: _La biologie cellulaire_, fasc. I, 1884.
Insisto en estos detalles, porque deseo prevenir á la juventud contra la invencible fuerza sugestiva de las teorías simplistas y gallardamente unificadoras. Subyugados por la teoría, los principiantes histólogos veíamos entonces redes por todas partes. Lo que especialmente nos cautivaba era que dicha especulación identificaba el complejo _subtractum_ estructural de la fibra estriada con el sencillo retículo ó armazón fibrillar de todo protoplasma. Cualquiera que fuera la célula, amibo ó corpúsculo contráctil, el protagonista fisiológico, ó sea el factor activo, estaba siempre representado por la redecilla ó esqueleto elemental.
De estas ilusiones ningún histólogo está libre, máxime si es debutante. Caemos tanto mejor en el lazo cuanto que los esquemas sencillos estimulan y halagan tendencias profundamente arraigadas en el espíritu: la inclinación nativa al ahorro de esfuerzo mental y la propensión, casi irresistible, á tomar como verdadero lo que satisface á nuestro sentido estético, por exhibirse bajo formas arquitectónicas sencillas y armoniosas. Como siempre, la razón calla ante la belleza. El caso de Friné se repite constantemente. Sin embargo, no hay equivocación inútil como nos asista el sincero propósito de la enmienda. Y yo, persuadido de que la fama duradera sólo acompaña á la verdad, deseaba acertar á todo trance. En adelante, pues, reaccioné vivamente contra esos esquemas teóricos, al través de los cuales la realidad desaparece ó se deforma.
En mis exploraciones sistemáticas por los dominios de la anatomía microscópica llegó el turno del sistema nervioso, esa obra maestra de la vida. Lo examiné febrilmente en los animales, teniendo por guías los libros de Meynert, Hugenin, Luys, Schwalbe y, sobre todo, los incomparables de Ranvier, de cuya ingeniosa técnica me serví con tesón escrupuloso.
Importa recordar que los recursos analíticos de aquellos tiempos eran asaz insuficientes para abordar eficazmente el magno y atrayente problema. Desconocíanse todavía agentes tintóreos capaces de teñir selectivamente las expansiones de las células nerviosas y que consintieran perseguirlas, con alguna seguridad, al través de la formidable maraña de la substancia gris.
Ciertamente, desde la época de Meynert se practicaba con algún éxito el método de los cortes finos seriados, impregnados en carmín ó hematoxilina, á que se añadió por entonces el método de Weigert para el teñido de las fibras meduladas; mas por desgracia, los mejores preparados no revelaban sino el cuerpo protoplásmico de las células nerviosas con sus núcleos, y algo, muy poco, del arranque ó trayecto inicial de los apéndices dendrítico y nervioso.
Algo más expresivo, á los efectos de la revelación de la morfología celular, resultaba el proceder de la disociación mecánica, puesto en boga por Deiters, Schültze y Ranvier. Este aislamiento elemental efectuábase, de ordinario, á favor de las agujas, sobre el porta-objetos, previa maceración de la trama nerviosa en disoluciones débiles de bicromato de potasa. Tratándose de nervios, semejante recurso proporcionaba muy claras imágenes, máxime si se le combinaba, á ejemplo de Ranvier, Schiefferdecker, Segall, etc., con la acción impregnadora --subsiguiente ó preliminar según los casos-- del nitrato de plata ó del ácido ósmico. Pero aplicada al análisis de los ganglios, de la retina, de la médula espinal ó del cerebro, la delicada operación de desprender las células de su ganga de cemento y de desenredar y extender con las agujas sus brazos ramificados, constituía empresa de benedictino.
¡Qué dicha cuando, á fuerza de paciencia, lográbamos aislar por completo un elemento de neuroglia, con su forma típica en araña, ó una neurona motriz colosal de la médula, bien destacados y libres sus robustos cilindro-eje y dendritas! ¡Qué triunfo sorprender en afortunadas disociaciones de los ganglios raquídeos la bifurcación de la expansión única, ó desbrozar de su zarzal neuróglico la pirámide cerebral, es decir, la noble y enigmática célula del pensamiento! Estos modestos éxitos de manipulador nos llenaban de ingenua vanidad y de íntima satisfacción. Lo malo era que semejante alarde, un poco pueril, de virtuosidad técnica, halagaba harto poco al entendimiento científico, desilusionado al reconocer su radical impotencia para dilucidar el soberano misterio de la organización cerebral. Los más vitales y hondos problemas de la máquina nerviosa columbrábanse cual cimas inaccesibles. Á nuestra febril curiosidad se sustraía cuanto se refiere á la ardua cuestión del origen y terminación de las fibras nerviosas dentro de los centros, y á la no menos fundamental y apremiante de las íntimas conexiones intercelulares. Nadie podía contestar á esta sencilla interrogación: ¿Cómo se transmite la corriente nerviosa desde una fibra sensitiva á una motora? Ciertamente, no faltaban hipótesis; pero todas ellas carecían de base objetiva suficiente.
Y, sin embargo, á despecho de la impotencia del análisis, el problema nos atraía irresistiblemente. Adivinábamos el supremo interés que, para una psicología racional, tenía el formar un concepto claro de la organización del cerebro. Conocer el cerebro --nos decíamos en nuestros entusiasmos idealistas-- equivale á averiguar el cauce material del pensamiento y de la voluntad, sorprender la historia íntima de la vida en su perpetuo duelo con las energías exteriores; historia resumida, y en cierto modo esculpida, en esas coordinaciones neuronales defensivas del reflejo, del instinto y de la asociación de las ideas. Mas, por desgracia, faltábanos el arma poderosa con que descuajar la selva impenetrable de la substancia gris, de esa _constelación de incógnitas_, como en su lenguaje brillante, la llamaba Letamendi.
Y con todo eso, mi pesimismo era exagerado, según hemos de ver. Claro es que el aludido _desideratum_ era y es aún hoy ideal inaccesible. Pero algo se podía avanzar hacia él aprovechando la técnica de entonces. En realidad, el instrumento revelador existía; sólo que ni yo, aislado en mi rincón, lo conocía, ni se había divulgado apenas entre los sabios, no obstante haber visto la luz por los años de 1880. Fué descubierto por C. Golgi, eximio histólogo de Pavía, favorecido por la casualidad, musa inspiradora de los grandes hallazgos. En sus probaturas tintoriales, notó este sabio que el protoplasma de las células nerviosas, tan rebelde á las coloraciones artificiales, posee el precioso atributo de atraer vivamente el precipitado de _cromato de plata_, cuando este precipitado se produce en el espesor mismo de las piezas. El _modus operandi_, sencillísimo, redúcese á indurar por varios días trozos de substancia gris en soluciones de _bicromato de potasa_ (ó de líquido de Müller), ó mejor aún, en mezcla de bicromato y de solución al 1 por 100 de _ácido ósmico_; para tratarlos después mediante soluciones diluídas (al 0,75) de _nitrato de plata_ cristalizado. Genérase de este modo un depósito de _bicromato argéntico_, el cual, por dichosa singularidad que no se ha explicado todavía, selecciona ciertas células nerviosas con exclusión absoluta de otras. Al examinar la preparación, los corpúsculos de la substancia gris muéstranse teñidos de negro achocolatado hasta en sus más finos ramúsculos, que destacan con insuperable claridad, sobre un fondo amarillo transparente, formado por los elementos no impregnados. Gracias á tan valiosa reacción, consiguió Golgi, durante varios años de labor, esclarecer no pocos puntos importantes de la morfología de las células y apéndices nerviosos. Pero, según dejo apuntado, el admirable método de Golgi era por entonces (1887-1888) desconocido por la inmensa mayoría de los neurólogos ó desestimado de los pocos que tuvieron noticia precisa de él. El libro de Ranvier, mi biblia técnica de entonces, le consagraba solamente unas cuantas líneas informativas, escritas displicentemente. Veíase á la legua que el sabio francés no lo había ensayado. Naturalmente, los lectores de Ranvier pensábamos que el susodicho método no valía la pena.
[Ilustración: Camilo Golgi, profesor de la Facultad de Medicina de Pavía.]
Debo á L. Simarro, el afamado psiquiatra y neurólogo de Valencia, el inolvidable favor de haberme mostrado las primeras buenas preparaciones efectuadas con el proceder del cromato de plata, y de haber llamado mi atención sobre la excepcional importancia del libro del sabio italiano, sobre la íntima estructura de la substancia gris[26]. He aquí cómo fué ello. Merece contarse el hecho, porque sobre haber tenido importancia decisiva en mi carrera, demuestra una vez más la potencia sugestiva y dinamógena de las _cosas vistas_, es decir, de la percepción directa del objeto, en frente de la debilísima y por no decir nula influencia de estas mismas cosas, cuando á la mente llegan por las descoloridas descripciones de los libros.
Allá por el año de 1887 fuí nombrado juez de oposiciones á cátedras de Anatomía descriptiva. Deseoso de aprovechar mi estancia en Madrid para informarme de las novedades científicas, púseme en comunicación con cuantos en la corte cultivaban los estudios micrográficos. Entre otras visitas instructivas, mencionaré: la girada al _Museo de Historia natural_, donde conocí al modestísimo cuanto sabio naturalista D. Ignacio Bolívar; la consagrada al Laboratorio de Histología de San Carlos, dirigido por el benemérito Dr. Maestre, y cuyo ayudante, el Dr. López García, mostróme las últimas novedades técnicas de Ranvier, de quien había sido devotísimo y aprovechado discípulo; la dirigida á cierto _Instituto biológico_ particular, instalado en la calle de la Gorguera, en el cual trabajaban varios jóvenes médicos, entre ellos el Dr. D. Federico Rubio, y sobre todo D. Luis Simarro, recién llegado de París y entregado al noble empeño de promover entre nosotros el gusto hacia la investigación; y, en fin, la verificada al laboratorio privado del prestigioso neurólogo valenciano, quien, por cultivar la especialidad profesional de las enfermedades mentales, se ocupaba en el análisis de las alteraciones del sistema nervioso (asistido, por cierto, de copiosísima biblioteca neurológica), ensayando paciente y esmeradamente cuantas novedades técnicas aparecían en el extranjero.
[26] _Golgi_: _Sulla fina anatomia degli organi centrali del sistema nervoso_. Milano, 1885.
Fué precisamente en casa del Dr. Simarro, situada en la calle del Arco de Santa María, 41, donde por primera vez tuve ocasión de admirar excelentes preparaciones del método de Weigert-Pal, y singularmente, según dejo apuntado, aquellos cortes famosos del cerebro, impregnados mediante el proceder argéntico del sabio de Pavía.
Expresaba en párrafos anteriores la sorpresa sentida al conocer _de visu_ la maravillosa potencia reveladora de la reacción cromo-argéntica y la ninguna emoción provocada en el mundo científico por su hallazgo. ¿Cómo explicar tan extraña indiferencia? Hoy, que conozco bien la psicología de los sabios, hallo la cosa muy natural. En Francia, como en Alemania, y más en ésta que en aquélla, reina una severa disciplina de escuela. Por respeto al maestro, ningún discípulo suele emplear métodos de investigación que no se deban á aquél. En cuanto á los grandes investigadores, creeríanse deshonrados trabajando con métodos ajenos. Las dos grandes pasiones del hombre de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Trabajan, sin duda, por amor á la verdad, pero laboran aún más en pro de su prestigio personal ó de la fama intelectual de su país. Soldado del espíritu, el investigador defiende á su patria con el microscopio, la balanza, la retorta ó el telescopio. Por donde, lejos de acoger con agrado y curiosidad la conquista realizada en extrañas tierras, la recibe receloso, como si le trajera grave humillación. Á menos que el invento sea de tal magnitud y transcendencia industrial que, ignorarlo, constituyera pecado de leso patriotismo. ¡Cuántas veces, en mi ya larga carrera, he padecido los desalentadores efectos de tales miserias!... Más adelante, empero, tendré ocasión de elogiar á sabios que, por honrosa excepción, sienten placer en realzar, con trabajos de confirmación y ampliación, el mérito forastero preterido ó ignorado. ¡Pero qué raros tan nobles caracteres!...
Á mi regreso á Valencia decidí emplear en grande escala el método de Golgi y estudiarlo con todo el tesón de que soy capaz. Innumerables probaturas, hechas por Bartual y por mí, en muchos centros nerviosos y especies animales, nos convencieron de que el nuevo recurso analítico tenía ante sí brillante porvenir, sobre todo si se encontraba manera de corregirlo de su carácter un tanto caprichoso y aleatorio[27]. El logro de una buena preparación constituía sorpresa agradable y motivo de jubilosas esperanzas.
[27] Á estas veleidades de la impregnación cromo-argéntica se debió, sin duda, el que Simarro, introductor en España de los métodos y descubrimientos de Golgi, abandonara desalentado sus ensayos. En carta suya de 1889 me decía: «Recibí su última publicación sobre la estructura de la médula espinal, que me parece un trabajo notable, mas no _convincente_, á causa del método de Golgi, que aun en sus manos de usted, que tanto lo ha perfeccionado, es, más que demostrativo, un método _sugestivo_.»
Por seguro tengo que si mi ilustre amigo hubiera examinado mis preparaciones de la médula espinal, ganglios, cerebelo, etcétera, habríase plenamente convencido de las excelencias de la técnica golgiana y de la exactitud absoluta de mis descripciones. Aquéllas y éstas tuvieron la virtud de persuadir en el Congreso de Berlín de 1889 á los más afamados neurólogos, prestando boga y actualidad á un método hasta entonces cultivado casi exclusivamente en Italia.
Hasta entonces, nuestras preparaciones del cerebro, cerebelo, médula espinal, etc., confirmaban plenamente los descubrimientos del célebre histólogo de Pavía; pero ningún hecho nuevo de importancia aparecía en ellas. No me abandonó por eso la fe en el método. Estaba plenamente persuadido de que, para avanzar seriamente en el conocimiento estructural de los centros nerviosos, era de todo punto preciso servirse de procederes capaces de mostrar, vigorosa y selectivamente teñidas sobre fondo claro, las más tenues raicillas nerviosas. Sabido es que la substancia gris representa algo así como fieltro apretadísimo de hebras ultrafinas: nada valen los cortes delgados ni las coloraciones completas para perseguir estos filamentos. Requiérense al efecto reacciones intensísimas que consientan el empleo de cortes muy gruesos, casi macroscópicos (las expansiones de las células nerviosas tienen á veces muchos milímetros y aun centímetros de longitud), y cuya transparencia, no obstante el insólito espesor, sea posible, gracias á la exclusiva coloración de algunas pocas células ó fibras que destaquen en medio de extensas masas celulares incoloras. Sólo así resulta empresa factible seguir un conductor nervioso desde su origen hasta su terminación.
[Ilustración: Interior de la cueva de Sardaña, no lejos de Jérica, en la sierra de Espadán. Fotografía tomada en una de las excursiones del _Gaster-Club_.]
De cualquier modo, estábamos ya en posesión del instrumento requerido. Faltaba solamente determinar escrupulosamente las condiciones de la reacción cromo-argéntica, disciplinarla para adaptarla á cada caso particular. Y si el encéfalo y demás órganos centrales adultos del hombre y vertebrados son demasiado complejos para permitir descubrir, mediante dicho recurso, su plan estructural, ¿por qué no aplicar sistemáticamente el método á los animales inferiores ó á las fases tempranas de la evolución ontogénica, en las cuales el sistema nervioso debe ofrecer organización sencilla y, por decirlo así, esquemática?
Tal era el programa de trabajo que nos impusimos. Iniciado en Valencia, sólo cuando me trasladé á Barcelona fué cumplido con una perseverancia, un entusiasmo y un éxito que superaron mis esperanzas. Pero de esto trataremos oportunamente.
No todo fué, durante mi estancia en la capital valenciana (años de 1886 y 1887) austera y febril labor de laboratorio. Tuvieron también su correspondiente laboreo los barbechos artísticos y filosóficos del cerebro. Forzoso era proporcionar á cada célula su ración y á cada instinto honesto ocasión propicia de ejercitarse. Á guisa de desentumecedores de neuronas en riesgo de anquilosis, desarrollé dos órdenes de distracciones: las excursiones pintorescas, y el estudio experimental del hipnotismo, ciencia naciente que por entonces atraía la curiosidad pública y apasionaba los espíritus.
[Ilustración: Vista parcial del teatro romano de Sagunto. Fotografía tomada en una de las excursiones del _Gaster-Club_.]
Poco hablaré de las excursiones, cuyo relato sólo puede ser interesante para los escasos supervivientes de aquellas agradables é higiénicas expansiones. Recordaré no más que varios contertulios del _Casino de la Agricultura_ (Arévalo Vaca, Dr. Guillén, el farmacéutico Dr. Chiarri, doctor Narciso Loras, D. Prudencio Solís, Marsal, Soto, Rodrigo, E. Alabern, F. Peset, Gaspar, Nogueroles, Castro, etc.), organizamos una Sociedad gastronómico deportiva, rotulada humorísticamente el _Gaster-Club_. Los fines de esta reunión de gente de buen humor reducíanse á girar visitas domingueras á los parajes más atrayentes y pintorescos del reino de Valencia; tomar fotografías de escenas y paisajes interesantes; dar de vez en cuando juego supraintensivo á músculos y pulmones, caminando entre algarrobos, palmitos, pinos y adelfas, y, en fin, saborear la tan suculenta y acreditada paella valenciana. El Reglamento, redactado por mí, excluía como cosa nefanda y abominable cuanto oliera á política, religión ó filosofía, con sus inevitables derivaciones, las controversias acaloradas, perturbadoras de la digestión y enervadoras de la buena amistad. Sólo de ciencia y arte estaba permitido discurrir, y eso en términos llanos y fácilmente comprensibles. Teníamos guerra declarada al énfasis y á la declamación.
[Ilustración: Los camaradas del _Gaster-Club_ fotografiados en las ruinas del teatro romano de Sagunto: 1, Arévalo; 2, Paco el Cocinero; 3, Gaspar; 4, Cajal; 5, P. Solís; 6, Rodrigo; 7, N. Loras; 10, Chiarri; 11, Nogueroles, etc.]