Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)
Part 5
Dejo apuntado ya que la referida investigación sobre el cólera me trajo el gusto por la bacteriología y por el estudio de los problemas patológicos. Muchas veces me he preguntado si no hubiera sido mejor para mi porvenir moral y económico haber cedido á la sugestión de la moda, abandonando definitivamente, á ejemplo de muchos, la célula por el microbio. Ciertamente, no faltaban incentivos y razones para justificar un cambio de frente. El camino histológico me condenaba sin remisión á la pobreza, en compensación de la cual sólo brindaba, si lo recorría con fortuna, el frío elogio ó la tibia y razonable estima de dos ó tres docenas de sabios, harto más inclinados á la emulación que al panegírico; mientras que el camino de la bacteriología, menos trillado entonces y bordeado de tierras casi vírgenes, prometía al investigador afortunado inagotables veneros económicos, fama popular ruidosa, y acaso gloriosa epifanía. Ahí estaban como ejemplos vivos y emulaciones soberanas esos bienhechores de la humanidad, que antaño se llamaban Pasteur, Koch, Lister, y que hoy se llaman Behring, Roux, Ehrlich, Löffler, Schaudin, Grassi, Metchnikoff, etc.
Sin embargo, movido por mis inclinaciones, y sobre todo por motivos de índole económica, escogí al fin la discreta senda histológica, la de los goces tranquilos. Sabía bien que por angosta jamás podría recorrerla en carroza; pero me sentiría dichoso asistiendo en mi rincón, y en el olvido de todos, al espectáculo cautivador de la vida animal íntima, y escuchando embelesado, desde el ocular del microscopio, los rumores de la bulliciosa colmena que todos llevamos dentro. En cuanto á la razón económica aludida, no es otra que lo oneroso de los trabajos bacteriológicos.
La Histología es ciencia modesta y barata. Adquirido el microscopio, redúcese el gasto á reponer algunos reactivos poco dispendiosos, y á procurarse, de vez en cuando, tal cual rana, salamandra ó conejo. Pero la Bacteriología es ciencia de lujo. Su culto requiere toda una Arca de Noé de víctimas propiciatorias. Cada experimento encaminado á fijar el poder patógeno de un germen, ó la acción de toxinas y vacunas, exige una hecatombe de conejos, conejillos de Indias, á veces de carneros y de mamíferos más corpulentos. Súmese á esto el dineral que cuesta la cría y reposición de tantos animales de experimentación, amén del gasto de gas indispensable al régimen de autoclaves y estufas de esterilización é incubación.
Tal fué la consideración, harto prosaica y terrena, que me obligó á guardar fidelidad á la religión de la célula y á despedirme con pena del microbio, al cual sólo de tarde en tarde, con ocasión de análisis periciales ó de investigaciones comprobatorias, me digné saludar, penetrado de ese afecto respetuoso, no exento de envidia, con que saludamos al amigo millonario, de quien nuestra inopia nos aleja irremediablemente.
Regresado, pues, á Valencia en Octubre de 1885, continué entregándome con pasión al análisis de los tejidos vivos. Fruto de aquella labor, que se prolongó dos ó tres años (de 1885 á 1888) fueron varias comunicaciones de Histología comparada concernientes: á la estructura del cartílago, de la lente del cristalino, y, sobre todo, de la fibra muscular de los insectos y de algunos vertebrados. Pecaría de ingrato y olvidadizo si no consignara ahora que en la nomenclatura y sistemática de los insectos y demás animales estudiados (batracios, reptiles, etc.), prestáronme inestimable concurso el ilustre naturalista Boscá, á la sazón Director del Jardín botánico de Valencia, mi excelente amigo Arévalo Vaca, Catedrático de Historia natural y el Dr. Guillén, distinguido médico naturalista[20].
[20] Aludo á las Memorias siguientes: _Fibras musculares de las alas de los insectos_. _Boletín Médico valenciano_. Julio de 1887.--_Músculos de las patas de los insectos_. _Idem._ Agosto de 1887.--_Textura de la fibra muscular de los mamíferos_. _Idem._ Junio de 1887.--_Sobre los conductos plasmáticos del cartílago hialino_. _Crónica Médica de Valencia_. 20 de Abril de 1887.
Ocupábame también por entonces en la publicación de una obra extensa de _Histología y técnica micrográfica_, que salía por cuadernos. Su impresión corría á cargo del activo editor valenciano D. Pascual Aguilar, quien sin escatimar gastos había lanzado ya el primer fascículo (comprensivo de la _Técnica micrográfica y Elementología_), en Mayo de 1884[21].
[21] _Cajal_: _Manual de Histología normal y técnica micrográfica._ Valencia. Editor: Pascual Aguilar, 1884-1888.
Sosteníanme en esta empresa varios motivos: el deseo de reunir en haz todas las observaciones más ó menos originales recolectadas á campo traviesa en los dominios histológicos; la conveniencia de disciplinar mi desbordante curiosidad, moldeándola en las rigideces de un programa fijado de antemano; y, sobre todo, el patriótico anhelo de que viera la luz en nuestro país un tratado anatómico que, en vez de concretarse á reflejar modestamente la ciencia europea, desarrollara en lo posible doctrina propia, basada en personal investigación. Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros anatómicos é histológicos, no traducidos, publicados hasta entonces en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras.
En contraposición con tan bochornosa costumbre, hija de tradicional pereza, mi libro había de contener solamente, según promesa solemne del prólogo, grabados originales y conclusiones deducidas de personales pesquisas. No me arredraban entonces la insuficiente preparación científica ni la penuria bibliográfica. Daba por seguro que, en mi impaciencia y aturdimiento de incipiente observador, habría de incurrir inevitablemente en equivocaciones y temeridades; mas, cegado por mi exaltación patriótica, prefería en todo caso el error propio al error ajeno, la hipótesis estrafalaria concebida por mí á la teoría ingeniosa, pero falsa ó insuficiente, sugerida por otros. Que en mi actitud mental entraba por mucho la infatuación y el orgullo... ¡quién lo duda! Pero este orgullo se coloreaba con los matices simpáticos del amor á la raza. Hoy siéntome satisfecho de aquellas gallardías. Que las cuestas á arriba hay que acometerlas á todo vapor, aprovechando como combustible hasta las malas pasiones, como sean dinamógenas. Y en la investigación científica la cuesta es el empezar. Quédese el freno para más adelante, vencidas ya las grandes resistencias.
Á la citada obra estuve ahincadamente consagrado desde 1884 á 1888. Al acabarse, comprendía 203 grabados en madera, copiados de mis preparaciones, y ejecutados por un excelente artista valenciano y contaba con 692 páginas, de letra menuda. Agotada pronto la primera edición, contra mis previsiones, hubo de imprimirse la segunda en 1893, cuando yo me había trasladado á la Universidad de Barcelona. El editor Aguilar hizo, según noticias, un bonito negocio.
En vena de confidencias acerca de mis publicaciones de aquellos tiempos, no debo omitir ciertos artículos de popularización histológica que, bajo el título de _Las maravillas de la Histología_, aparecieron en _La Clínica_[22], semanario profesional de Zaragoza, dirigido por mi condiscípulo y amigo D. Joaquín Gimeno Vizarra. Algunos de estos artículos, desbordantes de fantasía y de ingenuo lirismo, fueron reproducidos y ampliados después en la _Crónica de Ciencias Médicas de Valencia_. Firmábalos el doctor _Bacteria_, pseudónimo _terrible_, que yo usaba para mis temeridades filosofico-científicas y las críticas joco-serias. Dejando aparte el estilo, inspirado en la manera frondosa y bejucal del gran Castelar --¡estilo Castelar sin Castelar!--, alentaba en dichos trabajitos el buen propósito de llamar la atención de los médicos curiosos sobre el encanto inefable del mundo, casi ignoto, de células y microbios, y de la importancia excepcional de su estudio objetivo y directo.
[22] _La Clínica_ (Zaragoza). Número del 22 de Julio de 1883 y siguientes.
Al emborronar estas cuartillas tengo ante mí los precitados artículos. Perdone el lector mi vanidad senil si declaro que ahora, pasados treinta y tres años, hallo algún solaz en leer estas fervorosas expansiones científico-literarias. Dejando á un lado exageraciones de pensamiento é incorrecciones de forma, transciende de ellas algo como un aroma confortador de confianza juvenil y de fe robusta en el progreso social y científico. Hallo también atrayente cierto sentimiento de curiosidad frescamente satisfecha, y un fervor de pasión hacia el estudio de los arcanos de la vida, que en vano buscaríamos hoy en los escritos primerizos de la ponderada, equilibrada, circunspecta y financiera juventud intelectual.
Como muestra de mi estilo de entonces y de las ideas filosofico-biológicas que me seducían, voy á transcribir aquí algunos párrafos de los consabidos artículos de _La Clínica_.
Entre los espectáculos cautivadores que nos ofrece el microscopio, enumeraba:
«La _contracción amiboidea_ ó protoplásmica, que permite al leucocito errante abrir brecha en la pared vascular, desertando de la sangre á las comarcas conjuntivas, á la manera del preso que lima las rejas de su cárcel; los campos traqueales y laríngeos, sembrados de _pestañas vibrátiles_ que, por virtud de secretos impulsos, ondean, cual campo de espigas, al soplo de brisa vernal; el incansable latigueo del zoospermo, corriendo desalentado hacia el óvulo, imán de sus amores; la célula nerviosa, la más noble casta de elementos orgánicos, extendiendo sus brazos de gigante, á modo de los tentáculos de un pulpo, hasta las provincias fronterizas del mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas fisico-químicas; el óvulo, con su sencilla y severa arquitectura, guardando el secreto de las formas orgánicas y cuyo protoplasma se asemeja á la nebulosa donde bullen en germen mundos innumerables, que se desprenderán en futuros anillos; la geométrica arquitectura de la _fibra muscular_ (especie de complicadísima pila de Volta), donde, á semejanza de la locomotora, el calor se transforma en fuerza mecánica; la _célula glandular_ que, por sencilla manera, fabrica los fermentos de la química viviente, consumiendo generosamente su propia vida en provecho de los demás elementos sus hermanos; las _células adiposas_, modelo de economía doméstica, quienes en previsión de futuras escaseces, reservan los alimentos sobrantes del festín de la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes conflictos nutritivos... Todos estos fenómenos, tan varios, tan maravillosamente coordinados, atraen con seducción irresistible, y su contemplación inunda nuestro espíritu de satisfacciones tan puras y elevadas como perdurables.»
Para ver de cerca é intimar efusivamente con los protagonistas de tan sorprendentes fenómenos, añadíamos: «Venid con nosotros al laboratorio del micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio, desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración á su hermosura ni á su aroma: arrancad después una parcela de los tejidos animales; disociadla sin piedad, aunque las fibras contráctiles palpiten y se estremezcan al contacto de las agujas. Asomaos después á la ventana del ocular, y... cosa notable, resultado estupendo, la hoja del vegetal como el tejido del animal os revelarán por todas partes una construcción idéntica: especie de colmena formada por celdillas y más celdillas, separadas por una argamasa intersticial poco abundante, y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel de la vida, bajo la forma de una materia albuminoide, semisólida, granulosa, cuyo seno encierra un pequeño corpúsculo: el núcleo.»
«Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que cubre vuestra lengua, una gota de vuestra sangre, el moho de las materias orgánicas en descomposición, etc... y siempre la misma referida arquitectura: células y más células, más ó menos transformadas, repitiéndose con monotonía y uniformidad abrumadoras.»
«Esta tenacidad de composición de los tejidos orgánicos, en el líquido como en el sólido, así en el músculo como en el nervio, en el tallo como en la flor; esta repetición fastidiosa del mismo tema estructural constituye la verdad primordial de la histología; el hecho básico sobre que se funda la grandiosa y transcendental _teoría celular_ de Schwann y de Virchow.»
Expongo después el aspecto fisiológico de tan soberana concepción, y me pregunto: «¿Será posible que dentro de nuestro edificio orgánico habiten innumerables inquilinos que se agitan febriles, á impulsos de espontánea actividad, sin que nos percatemos de ello? ¿Y nuestra tan decantada unidad psicológica? ¿En qué han venido á parar el pensamiento y la conciencia con esta audaz transformación del hombre en un polípero?... Cierto que pueblan nuestro cuerpo millones de organismos autónomos, eternos y fieles compañeros de glorias y fatigas, cuyas alegrías y tristezas son las nuestras; y cierto que tan próximas existencias pasan desapercibidas del _yo_; pero este fenómeno tiene fácil y llana explicación si consideramos que el hombre siente y piensa por sus células nerviosas, y que el _no yo_, el verdadero mundo exterior comienza ya para él en las fronteras de las circunvoluciones cerebrales.» (Aquí late en germen y obscuramente la hipótesis formulada después por Durand de Gross y Forel acerca de la existencia de conciencias medulares y ganglionares múltiples, ignoradas del yo, el cual representaría la conciencia privilegiada y autocrática de las células cerebrales).
Harto influído por las ideas de Häckel y Huxley y por la poco afortunada teoría del _plason_, de Claudio Bernard, me declaraba partidario, en principio, de la generación espontánea, pese á los experimentos de Pasteur, que hallaba concluyentes solamente por lo que toca al origen de la vida actual.
«¡Quién sabe --exclamaba, lleno de ingenuo optimismo,-- si los sabios del porvenir demostrarán algún día que el Génesis de la vida, que las tradiciones de los pueblos nos pintan con poéticos colores cual obra de un Creador omnipotente, surgida en el grandioso teatro de una naturaleza virgen, bajo los rayos de un sol joven y como nunca esplendente y entre los hosanas de los ángeles y querubines... quién sabe, repito, si la ciencia logrará probar que la vida tuvo más humildes orígenes, iniciándose en los tenebrosos senos del mar, sin más protagonista que los átomos con su perpetuo palpitar, sin más testigos que las fuerzas fisico-químicas!...»
En otro artículo señalo, acaso por primera vez, un concepto que ha tenido después en Alemania sabios y autorizados intérpretes: el de la concurrencia y lucha intercelular dentro del organismo.
«¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas en los zoospermos, que, para dar cima al acto supremo de la fecundación, vuelan en denso enjambre hacia el óvulo? Sólo uno de ellos, el más fuerte, ó el más afortunado, sobrevivirá á la destrucción irrevocable para sus compañeros más perezosos. No más él rasgará el misterioso velo de la membrana vitelina, y se unirá al fin, despojado de su cola degradante y en conjugación sublime, con el núcleo femenino. De este ósculo de amor brotará la innumerable progenie de células del organismo. Pero sólo aquel zoospermo privilegiado alcanzará el alto honor de perpetuar la raza y de conservar y transmitir, cual nueva vestal, el fuego sagrado de la vida...»
Señalábamos después la rigurosa concurrencia nutritiva de las células de un mismo tejido, las luchas homéricas libradas entre los elementos semiasfixiados de los territorios inflamados, ó de los elementos amenazados por la invasión de los tumores. Y, en fin, independientemente de Metchnikoff, hablábamos «de las reacciones de las células contra los gérmenes animales ó vegetales que pululan por la atmósfera y penetran en el organismo; de la guerra incesante librada entre lo pequeño y lo grande; entre lo visible y lo invisible, etc.»
Mas para atenuar la crudeza de esta desconsoladora verdad (la lucha universal), añadimos que «así como en toda nación civilizada la concurrencia vital se extingue ó se atenúa en gran parte por la división del trabajo, que hace á los ciudadanos solidarios en sus intereses y aspiraciones, también en el estado orgánico, gracias á la previsión de las células nerviosas y al citado reparto profesional y, en fin, á la supresión del ocio y de la excesiva libertad individual, etc., la lucha desaparece ó se dulcifica, mostrándose no más cuando la alimentación comunal (de órganos ó células) se compromete gravemente por causas interiores ó exteriores.»
En otro pasaje hacía notar, en coincidencia con muchos biólogos y filósofos á quienes no había leído, que la naturaleza sólo se preocupa de la vida de la especie. «Una existencia, por grande que sea, aun realzada por el prestigio de la idea, aun ennoblecida por los fulgores del genio, nada significa á los ojos de la Naturaleza. Que todo un pueblo sucumba; que razas enteras sean aniquiladas en la lucha por la vida; que especies zoológicas antes pujantes sean inmoladas en la bárbara batalla, poco importa al principio director del mundo orgánico... Lo importante es ganar la contienda, tocar la meta final objeto de la evolución orgánica.»
¿Cuál es esta finalidad, caso de existir? ¡Profundo misterio!
En otro artículo nos consolábamos de la impenetrabilidad del tremendo arcano y de la inexorabilidad de la muerte individual, proclamado la eternidad y continuidad del protoplasma, es decir, de lo que, después de nosotros, llamó Weissmann _plasma germinativo_.
«Consolémonos, considerando que si la célula y el individuo, sucumben, la especie humana y, sobre todo, el _protoplasma_, son imperecederos. El accidente muere, pero la esencia, ó sea la _vida_, subsiste. Estimando el mundo orgánico como un árbol cuyo tronco fué el primer protoplasma, cuyas ramas y hojas forman todas las especies nacidas después por diferenciación y perfeccionamiento, ¡qué importa que algunas ramitas se desgajen á impulsos del vendabal, si el tronco y la matriz protoplasmática subsisten vigorosos; prometiendo retoños de cada vez más hermosos y lozanos!... No hay, pensándolo bien, organismos progenitores y producidos, ni individuos independientes, ni vivos ni muertos, sino una sola _substancia_, el protoplasma, que llena el mundo con sus creaciones, que crece, se ramifica, se moldea temporalmente en individuos efímeros, pero que nunca sucumbe. En nuestro ser se agita aún aquel viejo protoplasma del _archiplason_ (es decir, la primera célula aparecida en el cosmos), punto de partida quizás de toda la evolución orgánica.»
(Es curiosa la coincidencia de esta doctrina pseudopanteísta con algunas lucubraciones posteriores de Weissmann, Le Dantec y otros).
«Este protoplasma llenó con sus creaciones el espacio y el tiempo; él se arrastró en el gusano, vistióse de irisados colores en el vegetal, adornóse con la radiante corona del espíritu en el mamífero. Comenzó inconsciente y terminó consciente. Fué esclavo y juguete de las fuerzas cósmicas y acabó por ser el látigo de la naturaleza y el autócrata de la creación.» (Adviértanse también singulares concordancias con las conocidas ideas de Schopenhauer y Hartmann, Spencer, etc., á quienes no había leído todavía. ¿Es que llegó hasta mí algún resumen de la filosofía de lo Inconsciente ya entonces publicada? No lo recuerdo).
«¿Á dónde va la vida? nos preguntamos en otro pasaje del mismo atrevido artículo. ¡Cualquiera lo sabe!... Pero entonces creíamos probable que la evolución tiende á producir formas de cada vez más perfectas, más progresivas, siquiera no viéramos muy claro el concepto de perfección.»
«¿Ha llegado á la meta y agotado su fecundidad en el organismo humano ó guarda en cartera proyectos de más elevados organismos, de seres infinitamente más espirituales y clarividentes, destinados á descorrer el velo que cubre las causas primeras, y acabando con todas las obscuras polémicas de sabios y filósofos? (¿Quién no ve aquí en esbozo la teoría del _superhombre_, defendida posteriormente por Nietzsche?)»
«¡Quién sabe!... --continuábamos--. ¡Acaso ese protoplasma semidiós fenecerá también, en aquel triste día apocalíptico, en que la antorcha solar se apague, el rescoldo central de nuestro globo se enfríe y no queden sobre su corteza sino fúnebres despojos é infecundas cenizas!... ¡Día horrendo, soledad angustiosa, noche obscurísima aquella en la cual se apague con la luz de nuestro Universo la luz del pensamiento! ¡Pero no... esto es imposible!... ¡Aquel protoplasma soberano, cuyas creaciones abrumaron el espacio, que taladró cordilleras, que transformó los mares y continentes, que jugó con el viento, con el vapor y con el rayo, que esculpió el planeta para hacer de él un palacio digno de su grandeza, y subyugó las fuerzas naturales, convirtiéndolas en esclavos de sus caprichos..., no puede morir!... Cuando nuestro miserable planeta se fatigue y la fría vejez haya consumido el fuego de su corazón, y la tierra se torne cual páramo helado, y el sol enrojecido y muriente amenace sumirnos en tinieblas eternas..., el protoplasma orgánico habrá tocado la perfección de su obra. ¡Entonces el rey de la Creación abandonará para siempre la humilde cuna que meció su infancia, asaltará audazmente otros mundos y tomará solemne posesión del Universo!...»
¡Bien se ve que no había leído á Clausius ni conocía las fatídicas predicciones de la termo-dinámica!... ¡Ante mi optimismo candoroso quédase en mantillas el de Metchnikoff, quien en libro reciente (_Estudios sobre la naturaleza humana_) sólo promete á la especie humana, para cuando las _neuronas_ aprendan á defenderse mejor de los _fagocitos_ y toxinas intestinales, una senectud tranquila, plácida y exquisitamente adaptada á la idea de la muerte!... Adelantándome en muchos años á las tan decantadas fantasías de Wells, daba yo por misión fundamental de la evolución, la eternidad de la vida y la conquista intelectual y material del Cosmos... _Excusez du peu!..._
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
Decido publicar mis trabajos en el extranjero. -- Invitación del profesor W. Krause, de Gotinga, de colaborar en su Revista. -- Mis primeras exploraciones sobre el sistema nervioso. -- Dificultades encontradas. -- Excelencias del método de Golgi y excesivo nacionalismo de los sabios. -- Mis distracciones en Valencia: las excursiones del Gaster-Club y las maravillas de la sugestión y del hipnotismo.
Aunque el fruto de mis pesquisas había sido hasta entonces harto mezquino, me acometió la comezón de exportarlo al mercado extranjero. Tal propósito parecióme hasta indispensable á los fines de mi educación científica. Es verdad vulgar que sólo luchando con los fuertes se llega á ser fuerte. Correr solitario en la angosta pista nacional, jaleado por amigos, no es lo más adecuado para resultar un atleta. Con las células nerviosas ocurre lo que con las tropas: instruídas exclusivamente para las luchas civiles ó en previsión de motines callejeros, difícilmente harán frente á un ejército extranjero organizado técnica y moralmente para la guerra grande, es decir, para los conflictos internacionales. Sobre que la crítica severa de los extraños no es absolutamente necesaria: hiere la carne ruda y ásperamente, cual cincel sobre el mármol; pero modela y hermosea la estatua intelectual.
Y al reflejar imparcialmente nuestros defectos, nos trae también el conocimiento objetivo de nuestras fuerzas.
[Ilustración: El profesor W. Krause, de Gotinga (1889), actual Catedrático de Histología en la Universidad de Berlín.]