Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)

Part 4

Chapter 43,487 wordsPublic domain

Con igual propósito ingresé en el _Ateneo Valenciano_, centro científico-literario, similar del de Madrid, que congregaba por aquella época lo más selecto y brillante de la juventud intelectual de la región levantina. Allí, en aquel modesto local de la plaza de Mirasol, tuve ocasión de conocer y aplaudir, entre otras personas de renombre, al joven entonces, y ya clarísimo orador y maestro, Amalio Gimeno; á Segura, consumado dialéctico y culto expositor de las cuestiones sociales; á Luis Morote, que acababa de leer á Flaubert, los Goncourt y Zola, y criticaba, amena y espiritualmente, las tendencias del naturalismo literario; á mi paisano M. Zabala, recién llegado de Zaragoza, que sobresalía por la sobriedad y la intención de su oratoria, y por su particular competencia en las ciencias históricas; á M. Mas, cirujano humanista, que esgrimía con igual desembarazo la lengua y el bisturí, y que era en aquella casa intérprete elocuente y autorizado del libre examen y de los credos políticos ultra-radicales; al afamado profesor Pérez Pujol, peritísimo en la historia de la Edad Media y en las ciencias sociales, y cuyas frases fluían, puras y armoniosas, como raudal sonoro en artística fontana. Allí, en aquella incubadora de artistas de la palabra ó de la pluma, y con motivo de no sé qué inauguración solemne, admiré también por vez primera el verbo soberano de Moret, quien disertó acerca del progreso social, y cuya palabra, colorista y jugosa, pintaba cuadros tan plásticos y reales, que al evocar entonces, por contraposición con la moderna civilización, basada en la libertad, la civilización antigua, fundada en la esclavitud, nos parecía contemplar al suavísimo Platón filosofando con sus discípulos en el jardín de Academo, entre calles de mirtos y adelfas, y á la sombra de plátanos seculares; mientras los esclavos labraban penosamente la tierra ó gemían de fatiga en el obrador del artífice para que, cual flor del espíritu, resplandecieran gloriosos la ciencia y el arte griegos... En aquella casa, en fin, admiré, tiempos después, al asombroso y malogrado aragonés D. Joaquín Arnau, talento tan vasto y completo, que ganó simultáneamente por oposición tres cátedras de asignaturas diferentes, y á quien la Universidad de Valencia, fertilísima en oradores, escogió para dar, en nombre del Claustro, la bienvenida al gran Castelar, con ocasión de una visita del célebre tribuno á la Atenas levantina.

Este oreo literario y político hízome mucho bien, evitando á mi cerebro esas temibles atrofias compensadoras del especialismo profesional, en virtud de las cuales vemos con pena todos los días á matemáticos, físicos, químicos y naturalistas insignes, discurrir como si carecieran de sentido común, en cuanto se les saca de sus habituales estudios, y se les obliga á platicar de filosofía, de arte ó de ciencias sociales.

Dejo apuntado algo acerca de lo modesto de mi domicilio. Añadiré ahora que me confiné, conscientemente y por sistema, en la mediocridad económica, á fin de disponer á mi talante de todo el tiempo que me dejaba libre la enseñanza oficial. Penetrado de que un presupuesto equilibrado es condición inexcusable de la paz del hogar y de la serenidad de espíritu necesaria á la actividad científica, decidí vivir con los 52 duros de paga mensual á que ascendía mi haber de catedrático (3.500 pesetas al año). Pero como un Laboratorio en plena actividad consume casi tanto como la familia, hube de buscar, según costumbre, ingresos complementarios, no en el ejercicio profesional, según hábito general, sino en la extensión de la función pedagógica. Organicé, por tanto, en Valencia, con mejor éxito todavía que en Zaragoza, un curso práctico de Histología normal y patológica, al cual acudieron bastantes médicos que cursaban libremente el doctorado, y algunos doctores deseosos de ampliar sus conocimientos en Histología y Bacteriología; ciencia esta última que entonces alboreaba prometedora en el horizonte, á impulsos de los geniales descubrimientos de Pasteur y de Koch.

Uno de los jóvenes más asiduamente asistentes á mis lecciones, fué el Dr. Bartual, talento sólido y completo (actualmente catedrático de Histología de Valencia), y cuyo alejamiento del Laboratorio, por imposición del enervante medio social, deploramos cuantos conocimos de cerca sus excepcionales aptitudes y su adecuada y concienzuda preparación para la investigación científica; otro discípulo, frustrado igualmente para la ciencia por falta de ambiente, fué el Dr. E. Alabern, á quien faltó resolución para desertar oportunamente del Cuerpo de Aduanas y consagrarse á la carrera del profesorado. Pero la lista de los buenos, extraviados en el desierto, sería interminable...

Con los nuevos ingresos no sólo evité el temible _déficit_, sino que alimenté holgadamente mi Laboratorio, procurándome además nuevos aparatos científicos; por ejemplo: un microtomo automático de Reichert, que me prestó inestimables servicios. Porque hasta entonces no había usado más microtomo que la vulgar navaja barbera (el rudimentario microtomo de Ranvier que poseía ofrecía más inconvenientes que ventajas), para el manejo de la cual había adquirido, ciertamente, bastante habilidad, mas con cuyo auxilio resultaba imposible conseguir regularmente cortes finos de alguna extensión.

El cólera de 1885, que hizo tantos estragos en Valencia y su comarca, me obligó temporalmente á abandonar las células y fijar mi atención en el _bacillus comma_, el insidioso protagonista (recién descubierto por Koch en la India) de la asoladora epidemia. Decía en páginas anteriores que en el horizonte científico surgía un nuevo mundo, la _microbiología_, consagrada al estudio de los microbios ó bacterias (hongos archimicroscópicos, agentes de las infecciones) y al mecanismo de su acción patógena sobre el hombre y los animales. Las novísimas y sorprendentes conquistas de Pasteur y Chaveau, en Francia, y de Koch, Cohn, Löffler, etc., en Alemania, atrajeron vivamente la atención de los micrógrafos, muchos de los cuales desertaron del viejo solar histológico, fundado por Schwann y Virchow, para plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los invisibles enemigos de la vida. Yo sufrí también la sugestión del nuevo sol de la ciencia, que iluminaba con inesperadas claridades los obscuros problemas de la Medicina. Y cedí durante algunos meses á las seducciones del mundo de los seres infinitamente pequeños. Fabriqué caldos, teñí microbios y mandé construir estufas y esterilizadoras para cultivarlos. Ya práctico en estas manipulaciones, busqué y capturé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch, y dime á comprobar la forma de sus colonias en gelatina y _agar-agar_, con las demás propiedades biológicas, ricas en valor diagnóstico, señaladas por el ilustre bacteriólogo alemán.

Eran días de intensa emoción. La población, diezmada por el azote, vivía en la zozobra, aunque no perdió nunca (dicho sea en honor de Valencia) la serenidad; los hospitales, singularmente el de San Pablo, rebosaban de coléricos. Recuerdo que en mi propio domicilio (calle de Colón) murieron varios atacados.

Como de costumbre, reinaban entre los médicos la contradicción y la duda. Los viejos galenos, recelosos de toda novedad, ateníanse, en teoría, á la doctrina clásica de los miasmas, y, en el orden práctico, al inevitable láudano de Sydenham. Los creyentes en el microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hervir el agua potable y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones higiénicas, la inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi Laboratorio casero deyecciones de colérico y cultivos del germen en gelatinas y caldos.

Por cierto que por aquellos días (2 de Julio de 1885), período culminante de la epidemia, me nació mi cuarto hijo.

En medio de la preocupación general apareció en Valencia el Dr. Ferrán, célebre médico tortosino, predicando por boca de elocuentes amigos y admiradores, la buena nueva de la vacuna anticolérica. Después de algunos experimentos de Laboratorio practicados en conejos de Indias, y de ciertas audaces y abnegadas auto-inoculaciones, creyó haber encontrado un cultivo del vírgula que, inoculado en el hombre, le inmuniza seguramente contra el microbio virulento llegado por la vía bucal.

La clase médica, emocionada por el anuncio de la citada vacuna, discutió vehementemente el tema en Academias y Ateneos, Revistas profesionales y hasta en periódicos políticos. Como siempre, mostrose en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de misoneistas y filoneistas. Para los primeros, la vacuna constituía deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal género; los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico tortosino, cuyos talentos y laboriosidad pusieron en las nubes. En fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico hasta organizar un comité ó sociedad encargada de hacer propaganda, fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización, y en fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas las provincias atacadas.

Invitado insistentemente por el citado comité, yo decliné humildemente la honra de colaborar en la obra común; deseaba conservar mi independencia de juicio y quedar inmune de toda sospecha crematística. Porque, á la verdad, valor hacía falta para desafiar las virulentas campañas que el Dr. Moliner y otros médicos hacían desde los periódicos contra los fundamentos científicos de la vacuna, y sobre todo, contra el comité profiláctico... Además, parecíame prematura la fe en el novísimo remedio. ¡Y si á la postre resultaba que la tal vacuna no vacunaba!...

Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, donde los intereses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la serenidad de espíritu necesaria para juzgar. No me envanecen mis aciertos de entonces; nada hay más fácil que hallar el buen camino cuando nuestro pensamiento recibe su inspiración en las alturas del patriotismo, y la voluntad se mantiene ajena á toda baja concupiscencia ó bastardo interés. Y el mejor galardón de mi conducta lo recibo hoy al ver que, no obstante los años transcurridos, puedo mantener en lo científico y en lo moral mis puntos de vista de entonces. Durante aquellos días, á cuantos me hicieron la honra de consultarme sobre las mencionadas inoculaciones, expresé lo que diría hoy mismo si el caso se repitiese: gran satisfacción de que á un médico español se debiera tan loable iniciativa; mi deseo de que, comprobada la inocuidad de la vacuna, se ensayara en las personas y poblaciones que lo solicitaran; el consejo de que, para evitar censuras y murmuraciones, dichas prácticas fueran al principio inspeccionadas por una comisión oficial, encargada, además, de formar estadísticas imparciales de los resultados obtenidos; en fin, mis ruegos encarecidos, á los fines morales y patrióticos de la empresa, de que el Dr. Ferrán declarara explícitamente el secreto de su vacuna, con el objeto de que las delegaciones extranjeras y españolas, reunidas á la sazón en Valencia, no quedaran defraudadas en su expectación ni sospecharan de la buena fe de la sociedad vacunadora, ni, en fin, formaran de nosotros una opinión poco lisonjera.

No tuve la fortuna de ser oído. Y ello me dolió mucho, porque mis fáciles vaticinios se cumplieron en todas sus partes, con bochorno del nombre español. Aquellos extranjeros que por primera vez concurrieron á España para comprobar una invención científica, chasqueados en su curiosidad, y exagerando quizás la transcendencia práctica de algunos defectos metodológicos (impureza eventual de los cultivos del vírgula, deficiencias del instrumental usado en la esterilización de los caldos y en la expedición de éstos á las sucursales de vacunación, etc.), una vez regresados á sus sendos países, escribieron de Ferrán y de los médicos españoles verdaderos horrores... ¡Oh, qué amargo desencanto devoraron entonces quienes, como yo, encendidos en celo patriótico y en irreflexivo entusiasmo, saludábamos en el Dr. Ferrán una gloria positiva de la ciencia española!

La circunstancia de vivir yo en Valencia y ser aficionado á la micrografía, me valió ser designado por la Diputación provincial de Zaragoza, en unión del Dr. Lite, delegado oficial, para estudiar la enfermedad epidémica reinante en la región levantina (todavía se discutía si era ó no cólera) y emitir dictamen sobre el valor real de la profilaxis.

Cumpliendo, pues, el honroso cometido, seguí atentamente la campaña de la sociedad vacunadora; conferencié con los delegados científicos oficiales (el Dr. Mendoza entre otros); practiqué experimentos de inoculación del vírgula en los animales; analicé bacteriológicamente varias muestras del caldo utilizado por Ferrán en sus inoculaciones; me inyecté yo mismo la linfa vacunífera á fin de conocer de cerca sus efectos fisiológicos; y, en fin, comprobé estadísticas oficiales y particulares, etc.

Allegados los datos necesarios, aquel verano me trasladé á Zaragoza (Julio de 1885), ante cuya Diputación y en presencia de numeroso público expuse el resultado de mis estudios y experimentos. Mis conclusiones afirmaban resueltamente el carácter colérico de la epidemia, que se había propagado entonces por gran parte de España; atribuían, como cosa muy verosímil, al _vírgula_ de Koch la responsabilidad de la infección; ponían en duda el pretendido cólera experimental en los conejos y cobayas, animales en quienes sólo se producían, por inyección del microbio, fenómenos inflamatorios locales ó septicémicos harto diferentes del síndrome colérico del hombre; y en lo tocante al punto principal, ó sea la profilaxis, me declaré poco favorable al procedimiento Ferrán, aunque admitiendo su práctica, á título de investigación científica (los cultivos puros del vírgula inyectados bajo la piel resultan inofensivos) y sin forjarme grandes ilusiones sobre su eficacia.

Expuestas oralmente las citadas conclusiones, primer avance de mis observaciones y juicios sobre el tema, proseguí ahincadamente las pesquisas experimentales. Á este propósito, me instalé con la familia en una finca ó _Torre_ (llamada _Torre de las canales_) que poseía mi padre cerca de San Juan, á legua y media de Zaragoza, donde organicé un Laboratorio de campaña, y pude, sin recelo, guardar y estudiar tranquilamente mis cobayas y conejos inoculados. No me faltaron los _vírgulas_, primera materia de mis pesquisas, pues precisamente por aquellos días se había extendido el cólera por los pueblos y casas de campo de la huerta y hacía estragos en la capital, en cuyos hospitales me proporcioné abundante semilla para mis cultivos.

Por cierto que, acerca del modo de propagación de la epidemia, confirmé desde luego su origen hídrico. Por ejemplo: los huertanos, que no obstante vivir casi aislados en las torres, hacían uso del agua de las acequias contaminadas por el lavado de ropas de coléricos, eran frecuentes víctimas del cólera; en tanto que solían librarse fácilmente aquellas familias que, por precaución, bebían agua de los pozos ó se servían exclusivamente de la hervida.

Mis ensayos de profilaxis en los animales reveláronme que el problema de la inmunización era harto más arduo de lo que se creía. Conseguíase, en efecto, según anunciaba Ferrán, á favor de inyecciones subcutáneas de cultivos del vírgula, cierta resistencia del cobaya enfrente de ulteriores y más fuertes dosis del microbio virulento, inoculado por idéntica vía; mas, careciendo el _comma_ de Koch de acción patógena en el intestino de dicho roedor, resultaba imposible aportar prueba decisiva y concluyente sobre la eficiencia de la inyección. Para procurarse esta demostración, fuera preciso hallar un mamífero colerizable por la vía bucal y susceptible de hacerse refractario á la infección intestinal, mediante previa inoculación subcutánea de cultivos puros del vírgula virulento ó atenuado. Por desgracia, este animal, idóneo á la dilucidación del grave problema profiláctico, se desconocía entonces.

Á fines de Septiembre de aquel año, según prometí á la Diputación provincial zaragozana, redacté extensa monografía, bajo el título de _Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones profilácticas_. Zaragoza, 1885. El librito, que se imprimió por cuenta de dicha Corporación[17], apareció ilustrado por 8 grabados litográficos ejecutados por mí y algunos de ellos tirados en color.

[17] La Diputación me comunicó los acuerdos siguientes, excesivamente honrosos y halagadores para mí:

«Primero. Pasar á D. Santiago Ramón un oficio de aplauso por la notable conferencia que ante la misma dió en la mañana del domingo 19 de Julio, acreditando con su vasta erudición que no en vano goza fama de eminente micrógrafo.»

«Segundo. Publicar por cuenta de la Diputación la Memoria que él mismo ha de presentar en su día sobre estudios micrográficos del microbio del cólera.»--El Vicepresidente, _Faustino Sancho y Gil_.

Excusado es advertir que semejante monografía, redactada con ocasión de una misión oficial, y sin los medios de trabajo necesarios, no contiene ningún hecho nuevo importante. Representaba, ante todo, el fruto de una labor de confirmación y contraste de los memorables y entonces novísimos descubrimientos de Koch y de las estimables contribuciones de Hueppe, van Ermergen, Nicati y Riesch, Ferrán, etc. Con todo eso, según suele acontecer en todo estudio minucioso y esmerado, sus páginas encierran algunos detalles descriptivos originales y tal cual apreciación teórica no exenta de valor.

Entre otras menudencias originales, figuraban, en el orden técnico, un proceder práctico y sencillo para teñir el _bacillus comma_, y otro encaminado á conservar, colorear y montar definitivamente sus colonias en gelatina y agar, etcétera. (Citado y confirmado más adelante por van Ermergen).

En el orden científico, añadíamos: _a_, un análisis comparativo minucioso, de los microbios de las aguas y deyecciones, dotados, á semejanza del vírgula, de la propiedad de liquidar la gelatina; _b_, la demostración (independientemente de Pfeiffer) de que el microbio de Koch, poco patógeno en inyección subcutánea, resulta sumamente virulento en el peritoneo del cobaya; _c_, y, sobre todo, la prueba experimental de la _vacuna química_, es decir, de la posibilidad de preservar á los animales de los efectos tóxicos del vírgula más virulento, inyectándoles de antemano, por la vía hipodérmica, cierta cantidad de cultivos muertos por el calor[18].

[18] Casi todos los autores atribuyen á dos bacteriólogos americanos, MM. Salmon y Smith (_On a new method of producing inmunity from contagious diseases._ _Proceed. of the Biol. Soc. of Washington_, 22 Febrero 1886) el honor de haber probado la posibilidad de vacunar á los animales mediante la inoculación de cultivos muertos. Séanos lícito recordar que tal demostración fué aportada primeramente por nosotros en Septiembre de 1885. Por entonces también anunciaron Ferrán y Pauli haber resuelto el mismo problema; mas como no declararon en 1885 en qué consistía el modo de fabricación de su vacuna, que sólo divulgaron más tarde en los _Compt. rend. de la Acad. de Sciences_ (sesión del 18 de Enero de 1886), mi prioridad no puede ofrecer la menor duda.

En el orden teórico, contenía mi Memoria algunos puntos de vista dignos de atención, puesto que han sido repetidos después por eximios bacteriólogos al justipreciar los fundamentos teóricos y valor práctico de las vacunas de Ferrán, Haffkine, Kölle y otros. «Difícil parece admitir --decíamos-- que la mera inoculación hipodérmica en el hombre de un cultivo puro de vírgulas, incapaces de emigrar hasta el intestino, ni de provocar, por consiguiente, trastorno alguno análogo al cólera, sea poderosa á esterilizar completamente el tubo digestivo, órgano en continuación del mundo exterior y exclusivo terreno donde prospera y desarrolla su formidable poder patógeno el germen de dicha enfermedad.» Y no menciono aquí, á causa de su carácter meramente crítico y circunstancial, los experimentos y observaciones probatorios de que los famosos _cuerpos muriformes_ de Ferrán, por los cuales ascendía el vírgula á la categoría botánica de las _peronosporas_, representaban, con otras formas aliadas, simples cristales precipitados en los caldos, y de que los _oogonos_, aparatos de reproducción señalados en el vírgula por el mismo autor, constituían formas monstruosas ó degenerativas aparecidas en los terrenos esquilmados.

Acerca de este último punto, es decir, tocante á los procesos regresivos observables en el protoplasma del _bacillus comma_ senil, ó que se cría en medios pobres en substancias nutritivas, publiqué ulteriormente una comunicación en _La Crónica Médica_, de Valencia (_Contribución al estudio de las formas involutivas y monstruosas del coma-bacilo de Koch_, 20 de Diciembre de 1885), en donde se demostraba el carácter francamente degenerativo, no sólo de los _oogonos_ de Ferrán, sino de los pretendidos esporos de Hueppe, Ceci, etc.[19].

[19] Entre los varios autores que, inconscientemente, confirmaron estos estudios, citaremos por ejemplo á Podwyssowsky (_Centralblatt für pathol. Anat._, etc., Bd. 1893), quien describe y dibuja exactamente, ocho años después que nosotros, las mismas degeneraciones del protoplasma bacteriano, así como las formas esféricas del microbio, adoptando enteramente nuestra interpretación.

Excusado es decir que todas estas modestas contribuciones teórico-experimentales pasaron inadvertidas por los bacteriólogos. Eran aquellos tiempos harto difíciles para los españoles aficionados á la investigación. Debíamos luchar con el prejuicio universal de nuestra incultura y de nuestra radical indiferencia hacia los grandes problemas biológicos. Admitíase que España produjera algún artista genial, tal cual poeta melenudo, y copiosos danzantes de ambos sexos; pero se rechazaba hasta la hipótesis de que surgiera en ella un verdadero hombre de ciencia. Acaso contribuyeron algo al desdén con que entonces nos trataban los sabios, la inhábil actitud adoptada por Ferrán con los delegados extranjeros en el asunto de la profilaxis colérica, y los candorosos errores del médico tortosino en punto á la morfología y multiplicación del _vírgula_ de Koch.

Con todo, si mi labor careció de eco en los Laboratorios de París y Berlín --y con ello no se perdió cosa mayor--, valióme, en cambio, un galardón material y espiritual de gran transcendencia para mi carrera. Agradecida la Diputación de Zaragoza al celo y desinterés con que trabajé por servirla, decidió recompensar mis desvelos, regalándome un magnífico microscopio Zeiss. Al recibir aquel impensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría. Al lado de tan espléndido _Statif_, con profusión de objetivos, entre otros el famoso 1,18 de _inmersión homogénea_, última palabra entonces de la óptica amplificante, mi pobre microscopio Verick parecía desvencijado cerrojo. Me complazco en reconocer que, gracias á tan espiritual agasajo, la culta Corporación aragonesa cooperó eficacísimamente á mi futura labor científica, pues me equiparó técnicamente con los micrógrafos extranjeros mejor instalados, permitiéndome abordar, sin recelos y con la debida eficiencia, los delicados problemas de la estructura de las células y del mecanismo de su multiplicación.