Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)
Part 33
[242] _Cajal_: L’appareil réticulaire de Golgi-Holmgren coloré par le nitrate d’argent. _Trab. del Lab. de Invest. biol._, tomo V, 1907.
[243] _Idem_: Notes microphotographiques. (Avec 6 gravures). _Trab. del Lab. de Invest. biol._, tomo V, 1907.
[244] _Idem_: Note sur la dégénérescence traumatique des fibres nerveuses du cervelet et du cerveau. (Avec 4 gravures). _Trab. del Lab. de Invest. biol._, tomo V, 1907.
[245] _Idem_: Quelques formules de fixation destinées à la méthode du nitrate d’argent. _Trab. del Lab. de Invest. biol._, tomo V, 1907.
Constituye el primero[246] ardoroso y razonado alegato en favor de la concepción neuronal de His y Forel, apoyado sobre imponente masa de pruebas concordantes deducidas del proceso de la neurogénesis y del mecanismo de la regeneración de los nervios. En el segundo artículo[247], publicado simultáneamente en Alemania y España, se responde á cierta crítica gratuita de H. Held, defensor de la vieja y abandonada teoría de Hensen, y se comunican significativas y convincentes observaciones sobre la _evolución de los neuroblastos_ y la _diferenciación neurofibrillar_. Acerca de este último trabajo, bastante rico en hechos originales, diremos algo más adelante.
[246] _Cajal_: Die histogenetischen Beweise der Neuronentheorie von His und Forel. Mit. 24 Abbild. _Anat. Anzeiger._ Bd. XXX, 1907.
[247] _Idem_: Nouvelles observations sur l’évolution des neuroblastes avec quelques remarques sur l’hipothèse neurogénétique de Hensen-Held. (Avec 16 gravures). _Trab. del Lab. de Invest. biol._, tomo V, 1907, y _Anat. Anzeiger._ Bd. 37, 1908.
[Ilustración]
CAPÍTULO XX
Durante el bienio de 1905-1906, soy favorecido por honores y recompensas extraordinarios. -- La medalla de oro de Helmholtz y el premio Nobel. -- Felicitaciones y agasajos a granel. -- Inconvenientes de la celebridad. -- Mi viaje á Estocolmo: ceremonias, festejos y discursos. -- Miseria de nuestra representación diplomática. -- Moret, que tuvo siempre para mí benevolencias inmerecidas, pretende hacerme ministro. -- Asombro de los vividores de la política al saber que rechazaba tan codiciado honor. -- Tras del Domingo de Ramos, vino, según temía, mi semana de pasión. -- Mordeduras de la emulación y del despecho: mis polémicas con Apáthy y Held.
En Febrero de 1905 recibí gratísima nueva. En recompensa de mis modestos trabajos científicos, una de las Corporaciones científicas más prestigiosas del mundo, la _Real Academia de Ciencias_ de Berlín, por acuerdo tomado á fines de 1904, tuvo la bondad de adjudicarme la _medalla de oro de Helmholtz_. Llegóme tan lisonjera noticia por atento oficio del Ministro de Estado, acompañado de la comunicación oficial de la Embajada alemana en Madrid[248]. Pocos días después transmitíame esta Embajada, además del Reglamento de la Institución del premio Helmholtz, dos enormes medallas: una de oro, de peso de 620 gramos, y otra de cobre, copia de la anterior. Según muestra el grabado adjunto, en el anverso aparece la efigie del genial físico alemán, y en el reverso la inscripción: _Ramón y Cajal. Año de 1904_.
[248] La comunicación oficial de la Academia lleva la fecha de 26 de Enero de 1905.
Al pronto no me dí cuenta cabal de la importancia y alcance de tan honorífica distinción. Adquiridos antecedentes por la lectura del citado Reglamento, quedé pasmado al saber que la susodicha medalla se otorgaba cada dos años al autor que hubiere dado cima á más importantes descubrimientos en cualquiera rama del saber humano. Con asombro y rubor leí la lista de los laureados.
Instituída la medalla en 1892, en vida del ilustre físico alemán, fué adjudicada nada menos que á E. du Bois Reimond, Weierstrass, Robert Bunsen y Lord Kelvin. Y fallecido Helmholtz, siguió otorgándose á sabios del siguiente calibre: en 1898, á R. Virchow; en 1900, á Sir C. G. Stockes; en 1906, á H. Becquerel; en 1908, á E. Fischer; en 1910, á J. H. van Hoff; en 1912, á Schevendener...; todos lumbreras de la ciencia, investigadores y creadores geniales. Avergonzado estaba de verme intercalado en esta serie de gloriosos iniciadores científicos con la medalla de 1904.
Sin extremar la modestia hasta considerarme exento de merecimientos --lo que constituiría agravio para la doctísima Academia berlinesa-- séame lícito sospechar que en la propuesta de 1904 entró por mucho el cordial afecto y sincera estimación de mi ilustre amigo el Dr. Waldeyer, firmante, á título de _Secretario de la Presidencia_, de la mencionada comunicación académica.
[Ilustración: Fig. 126.--Anverso de la gran medalla de Helmholtz.]
[Ilustración: Fig. 127.--Reverso con el nombre del recipiendario.]
Divulgada la noticia por la Prensa, que la aderezó con generosos y espirituales elogios, tuve que hacer frente al inevitable alud de felicitaciones y mensajes congratulatorios, desde el enviado en nombre de S. M. el Rey por su Secretario Sr. Merry del Val, hasta los recibidos de las más humildes Corporaciones populares. Todos fueron cordialmente agradecidos[249].
[249] Mención especial merecen, entre otros obsequios, la artística _placa conmemorativa_, ofrendada por los alumnos de la Facultad de Medicina de Madrid (26 de Enero de 1905), adorno que vino á hacer _pendant_ en mi despacho á otra preciosa joya de la orfebrería catalana con que me agasajó en 1904 la Academia Médico-farmacéutica de Barcelona.
Transcurridos algunos meses, y cuando el ánimo reposado y tranquilo volvía á saborear las dulzuras y sorpresas del trabajo concentrado y silencioso, cierta mañana de Octubre de 1906 sorprendióme, casi de noche, cierto lacónico telegrama expedido en Estocolmo y redactado en alemán. El texto decía solamente:
_Carolinische Institut verliehen Sie Nobelpreiss._
Firmaba mi simpático colega Emilio Holmgren, Profesor de la Facultad de Medicina. Poco después llegó otro telegrama de felicitación de mi entrañable amigo el profesor G. Retzius. En fin, transcurridos algunos días, obraba en mi poder la comunicación oficial[250] del _Real Instituto Carolino_ de Estocolmo, Corporación á cuyo cargo corría la adjudicación del premio Nobel para la _Sección de Fisiología y Medicina_. Aparte la honra inestimable que se me hacía, el citado premio tenía expresión económica nada despreciable. Al cambio de entonces, equivalía en especies sonantes á unos 23.000 duros. La otra mitad fué muy justamente adjudicada al ilustre Profesor de Pavía Camilo Golgi, creador del método con el cual dí yo cima á mis descubrimientos más resonantes.
[250] He aquí el texto del documento, redactado, por cierto en limpio castellano: «El _Instituto Carolino de Medicina y Cirugía_, que en virtud del testamento otorgado el día 27 de Noviembre de 1894 por D. Alfredo Nobel, está facultado para recompensar, con el premio fundado por el citado señor, el descubrimiento científico más importante que durante los últimos tiempos haya venido á enriquecer la Fisiología y la Medicina, ha acordado el día de la fecha conceder á D. Santiago Ramón y Cajal la mitad del premio correspondiente al año de 1906, en atención á sus meritorios trabajos sobre la estructura del sistema nervioso. Estocolmo, 25 de Octubre de 1906. El Claustro de Profesores del _Instituto Carolino de Medicina y Cirugía_.»
Si la _medalla de Helmholtz_, galardón puramente honorífico, causóme halagüeña impresión, el famoso premio Nobel, tan universalmente conocido como generalmente codiciado, prodújome sorpresa mezclada con pavor. Interpretando á la letra el Reglamento de la _Institución Nobel_, parecía imposible otorgar el premio por la Sección de Medicina y Fisiología á los histólogos, embriólogos y naturalistas. Además, hasta entonces habíase solamente adjudicado á bacteriólogos, patólogos y fisiólogos.
Ante la perspectiva de felicitaciones, mensajes, homenajes, banquetes y demás _sobaduras_ tan honrosas como molestas, hice los primeros días heroicos esfuerzos por ocultar el suceso. Vanas fueron mis cautelas. Poco después, la Prensa vocinglera lo divulgó á los cuatro vientos. Y no hubo más remedio que subirse en peana y convertirse en foco de las miradas de todos. ¡Cuánto hubiera dado yo por poseer uno de esos secretos burladeros que, con el nombre de _vedados ó fincas de caza_ (desperdigados por los breñales de Torrelodones ó El Escorial), constituyen recurso supremo de nuestros políticos ante los asaltos de la pública curiosidad! Por desgracia, careciendo de las aficiones cinegéticas de D. Antonio Maura ó del Conde de Romanones, tuve que entregarme indefenso á los homenajes más ó menos sinceros y protocolarios de Corporaciones é individuos.
[Ilustración: Fig. 128.--Una de las hojas artísticamente miniadas del diploma del premio Nobel, con las firmas de los profesores del Instituto Carolino.]
Metódica é inexorablemente se desarrolló el temido programa de agasajos: Telegramas de felicitación; cartas y mensajes congratulatorios; homenajes de alumnos y profesores; diplomas conmemorativos; nombramientos honoríficos de Corporaciones científicas y literarias; calles bautizadas con mi nombre en ciudades y hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas, dudosamente higiénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de pingüe participación en empresas arriesgadas ó quiméricas; demanda apremiante de pensamientos para álbums y colecciones de autógrafos; petición de destinos y sinecuras...; de todo hubo y á todo debí resignarme, agradeciéndolo y deplorándolo á un tiempo, con la sonrisa en los labios y la tristeza en el alma[251]. En resolución, cuatro largos meses gastados en contestar á felicitaciones, apretar manos amigas ó indiferentes, hilvanar brindis vulgares, convalecer de indigestiones y hacer muecas de fatigada satisfacción. ¡Y pensar que yo, para garantizar la paz del espíritu y huir de toda posible popularidad, escogí deliberadamente la más obscura, recóndita y antipopular de las ciencias!...
[251] No todos los agasajos se redujeron á corteses enhorabuenas y á efímeras efusiones de banquetes conmemorativos. Algunos homenajes tuvieron valor material positivo, aparte su alta significación espiritual. Recordemos la gran _medalla de oro_, esculpida por el genial artista Mariano Benlliure, costeada por suscripción entre los alumnos, profesores de San Carlos y muchos médicos de Madrid; el _magnífico Álbum_, verdadera joya de arte, avalorado con primorosas acuarelas, ofrecido por todas las Corporaciones y fuerzas vivas de la cultísima Valencia; el _diploma honorífico_, admirablemente decorado, remitido por los médicos españoles de Buenos Aires, los cuales, deseosos además de colaborar materialmente en alguna de mis investigaciones científicas, abrieron suscripción pública para costear la publicación de uno de mis libros (de esta obra, publicada en 1910, trataremos más adelante), etc.
Excusado es decir cuán vivo agradecimiento guardo de todos esos y otros generosos regalos, que conservo orgulloso, no sólo como testigos de mi buena estrella, sino del fervoroso patriotismo de muchos excelentes españoles de aquende y allende el mar, los cuales, inspirados en nobilísima solidaridad espiritual, estiman como propia toda honra rendida por el extranjero á uno de sus hermanos.
[Ilustración: Fig. 129.--Anverso de la medalla Nobel.]
[Ilustración: Fig. 130.--Reverso con una alegoría de la Medicina.]
No incurramos, sin embargo, en exageraciones que en el caso actual pudieran sonar á ingratitudes. Ni es lícito extremar los fueros del egoísmo. Fuerza es reconocer que los honores rendidos á los hombres que, por algún concepto persiguieron el enaltecimiento de su patria, son éticamente bellos y eficazmente ejemplares: brotan de sentimientos de solidaridad y gratitud harto nobles para ser vituperables. Toda alma bien nacida debe agradecerlos y rememorarlos. Pero las gentes latinas somos extremosas en todo. En contraste con la moderación y frialdad de los pueblos del Norte, carecemos del sentido de la medida. Y lo que comenzó por ser ofrenda acariciadora, acaba por resultar importunidad mortificante. En España --y díganlo si no los Echegaray, los Galdós, los Benavente, los Cávia y otros muchos justamente homenajeados--, para salir con bien de los obsequios y agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero, piel de elefante y estómago de buitre. Al dulzor de los primeros momentos síguese cierta apacible amargura. Al modo de la amistad vehemente y ruda, entre nosotros la fama estruja al acariciar: besa, pero oprime. Nos arrebata las suavidades del hábito; turba la paz del espíritu; coarta el sacrosanto albedrío, convirtiéndonos en blanco de impertinentes curiosidades; hiere la humildad, obligándonos de continuo á pensar y hablar de nosotros; y, en fin, altera la trayectoria de nuestra vida, torciéndola en caprichosos é inútiles meandros.
Á fuer de sincero, debo confesar algo que acaso haga sonreir irónicamente al lector. Como insinué hace poco, el premio Nobel prodújome más miedo que alegría. Medallas, títulos, condecoraciones, son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios. Pero ¡un gran premio pecuniario!... La honra opulenta es algo irritante y difícilmente soportable.
Hay, por otra parte, un gran fondo de verdad en el dicho vulgarísimo de que la adversidad sigue á la ventura como la sombra al cuerpo. Ambas parecen, en efecto, constituir fases alternativas de la irremediable oscilación del humano destino. Y no por la influencia de los quiméricos hados, sino porque la fortuna excesiva tiene la nefasta virtud de cambiar los sentimientos de los hombres. Ya lo dijo Séneca --y perdóneseme la pedantería-- en forma insuperable: «Conforme crece el número de los que admiran, crece el de los que envidian. Puse todo mi empeño en levantarme sobre el vulgo, haciéndome notable por alguna particular cualidad, y no conseguí sino exponerme á los tiros de la envidia y descubrir al odio la parte en que podía morderme.»
¿Cómo tomarán --me decía-- mis contradictores extranjeros los dones de mi buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos errores tuve la desgracia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar á los ojos de tantos preclaros investigadores preteridos, cuyos superiores merecimientos me complazco en reconocer, las preferencias del Instituto Carolino? En fin, y volviendo los ojos á nuestra querida España, ¿qué haría yo para consolar á ciertos profesores --algunos paisanos míos--, para quienes fuí siempre una medianía pretenciosa, cuando no un mentecato trabajador? Porque --¡doloroso es reconocerlo!-- los mayores enemigos de los españoles, son los españoles mismos.
Luego veremos que mis recelos estaban justificados y que los disgustos comenzaron ya durante mi estancia en la capital de Suecia. Y no ciertamente á causa de los sabios suecos, modelo de cortesía y buen sentido, sino del extraño carácter del copartícipe del premio, una de las personas más engreídas y endiosadas que he conocido.
Pero, descartando comentarios prematuros, digamos algo de mi viaje. Ordenan los Estatutos de la _Institución Nobel_ que los laureados concurran personalmente á la solemne ceremonia del reparto de los premios, que se celebra todos los años el 10 de Diciembre, aniversario de la muerte de Alfredo Nobel, y que, además, expliquen y demuestren, en conferencia pública, lo más esencial de sus descubrimientos científicos. Si á nuestro ilustre Echegaray y al altísimo poeta italiano Carducci, fuéles dispensado el viaje, en atención á su avanzada edad, yo no pude ni debí sustraerme á la costumbre, que significa además obligado y cortés testimonio de gratitud al Patronato de la Institución Nobel y á la generosidad del pueblo escandinavo.
Púseme, pues, en marcha, y llegué á Estocolmo el 6 de Diciembre, días antes del comienzo de las fiestas. Después de abrazar efusivamente á mis buenísimos amigos y colegas del _Instituto Carolino_, Dr. Retzius, G. Holmgren y H. Henschen, fuí presentado al célebre C. Golgi, mi compañero de premio, y á los demás profesores laureados llegados de Francia é Inglaterra. Eran éstos J. G. Thomson, á quien se adjudicó el _premio de Física_, por sus penetrantes investigaciones acerca de la naturaleza de la electricidad, y H. Moissan, que recibió el _premio de Química_, en consideración á su invención del horno eléctrico y á sus trabajos sobre el fluor. Dejo apuntado ya que el famoso G. Carducci, recipiendario del _premio de la Poesía_, excusó su ausencia por enfermo. En fin, el _premio de la Paz_ fué otorgado al americano Teodoro Roosevelt. Importa consignar, en descargo del circunspecto pueblo sueco, que tan extraña decisión fué tomada por el _Storthing_ noruego, á quien, según cláusula del testamento Nobel, incumbe conferir el _premio de la Paz_. ¿No es el colmo de la ironía y del buen humor convertir en campeón del pacifismo al temperamento más impetuosamente guerrero y más irreductiblemente imperialista que ha producido la raza yanqui?
La ceremonia de la adjudicación de los premios fué una fiesta pomposa y de altísima idealidad. Celebróse, según costumbre, en el gran salón de la _Real Academia de Música_, adornado al efecto con el busto de Nobel, rodeado de flores. Sobre el estrado presidencial veíanse las banderas y emblemas de Suecia y de las naciones á que pertenecían los laureados. Presidió S. M. el Rey, acompañado de los Príncipes y Princesas, con su brillante séquito, y asistieron el Gobierno, el Cuerpo diplomático, los descendientes de la familia Nobel, altos funcionarios palatinos y militares, representación de las Cámaras suecas y del Ayuntamiento de la ciudad, profesores y alumnos de la Universidad y, en fin, numerosas y elegantísimas damas.
Inició la fiesta el profesor Törnebladh, miembro del _Patronato Nobel_, con un noble discurso, en el cual, después de trazar la historia de la fundación del premio, hizo un elogio caluroso de la ciencia, que coronó repitiendo la conocida máxima de Pasteur: «_La ignorancia separa á los hombres, mientras que la ciencia los aproxima_.»
Los diplomas y medallas fueron entregados personalmente por S. M. el Rey, que proclamó los candidatos. En cada caso, el Presidente de la Academia promotora de la propuesta elogió en breve y sentida oración los méritos del recipiendario. Según era de presumir, el discurso encomiástico de los laureados de _Fisiología y Medicina_ corrió á cargo del ilustre Conde de Mörner, Presidente del _Instituto Carolino_.
Días después, comenzaron las conferencias de los candidatos premiados. En el día prefijado para la mía, y ante público selecto é imponente, expuse lo más esencial de mi labor de investigador, ateniéndome estrictamente á los hechos y á las inducciones naturalmente surgidas de los mismos. Conforme á mi costumbre, y á fin de hacerme entender hasta de los profanos, hice uso de gran número de cuadros policromados de grandes dimensiones. Mi lección fué, según creo, del agrado del público. En todo caso, mereció benévolos elogios de los periódicos de la localidad.
De acuerdo con los precedentes, el texto de todas las conferencias fué publicado semanas después en lujosísimo volumen, adornado con bellísimos emblemas en colores, con la copia de las medallas, los retratos de los laureados, y enriquecido además con los sendos discursos de presentación de los padrinos y del representante oficial del _Patronato Nobel_[252].
[252] Este elegante libro se titula: _Les prix Nobel en 1906_. Una tirada aparte de mi discurso, con magníficas copias de los cuadros murales, fuéme regalada por el Patronato Nobel. Diversas Revistas científicas la insertaron, singularmente los _Archivio di Fisiologia_, del Dr. G. Fano, vol. V, fasc. 1, Firenze, 1908.
Impórtame hacer constar que en la susodicha conferencia hice de mi compañero el profesor C. Golgi el elogio cordial imperiosamente exigido por la justicia y la cortesía. No procedió con igual hidalguía el sabio italiano al pronunciar su lección sobre _La doctrine des neurones_. Contra lo que todos esperábamos, trató en ella, más que de puntualizar los valiosos hechos descubiertos por él, de sacar á flote su casi olvidada _teoría de las redes intersticiales nerviosas_.
Estaba en su derecho al escoger el tema de su lección. Lo malo fué que al defender su estrafalaria lucubración --que pudo disculparse en 1886, cuando los datos básicos de la conexión interneuronal no habían sido señalados--, hizo gala de un orgullo é injusticia tan inmoderados, que produjeron deplorable efecto en la concurrencia. Ni por incidencia siquiera aludió á los casi innumerables trabajos neurológicos aparecidos fuera de Italia, y aun en Italia misma, desde la remota fecha de su obra magna sobre la _fina estructura del sistema nervioso_. Para el anatómico de Pavía, ni Forel, ni His, ni yo, ni Retzius, ni Waldeyer, ni Kölliker, ni van Gehuchten, ni v. Lenhossék, ni Edinger, ni mi hermano, ni Tello, ni Athias, ni siquiera su compatriota Lugaro, habíamos añadido nada interesante á sus hallazgos de antaño. Por lo mismo, se creyó dispensado de rectificar ninguno de sus viejos errores teóricos. La ciencia había sido definitivamente fijada, gracias á la infalibilidad del sabio italiano, en el año de gracia de 1886, época dichosa en que se definió y divulgó el dogma intangible de la moderna neurología. Huelga decir que en sus dibujos y descripciones del cerebro, cerebelo, médula, asta de Ammon, etc., no aparecía ninguna de las disposiciones señaladas por mí y confirmadas por todos los autores; y cuando se columbraba alguna era artificiosamente disfrazada y falseada, á fin de adaptarla, _velis nolis_, á sus caprichosas concepciones. El noble y discretísimo Retzius estaba consternado; Holmgren, Henschen y todos los neurólogos é histólogos suecos contemplaban al orador con estupefacción. Y yo temblaba de impaciencia al ver que el más elemental respeto á las conveniencias me impedía poner oportuna y rotunda corrección á tantos vitandos errores y á tantos intencionados olvidos.
No he comprendido jamás á esos extraños temperamentos mentales, consagrados de por vida al culto del propio _yo_, herméticos á toda novación é impermeables á los incesantes cambios sobrevenidos en el medio intelectual. Para que, dentro de lo humano, semejante actitud fuera conciliable con el criterio del interés personal, sería preciso que el progreso se paralizara, que los sabios renunciaran al privilegio de la crítica y que el nivel mental de los investigadores descendiera tan bajo, que el talento ensoberbecido, en virtud de sugestión irresistible, impusiera dogmáticamente á todo el mundo sus visiones personales. Mas como imaginar todo esto es desposarse con el absurdo, no concibo, repito, á menos de apelar a la psiquiatría en busca de expresiones adecuadas, la psicología de los susodichos temperamentos.
Por lo demás, harto prevista tenía yo la referida contrariedad, desde el punto y hora en que supe cuál era mi compañero de premio. Y ello contribuyó no poco á que la noticia me causara más amargura que satisfacción. Porque si hay un histólogo en Italia de quien jamás haya recibido un franco testimonio de estimación ó de justicia, es el sabio de Pavía[253]. ¡Cruel ironía de la suerte, emparejar, al modo de hermanos siameses unidos por la espalda, á adversarios científicos de tan antitético carácter!
[253] Este juicio, que acaso parezca harto severo, palidece al lado del de varios anatomo-patólogos é histólogos italianos, á quienes he oído cosas peregrinas sobre la dictadura universitaria ejercida por el sabio lombardo y sobre las amarguras de los candidatos al profesorado, poco dispuestos á aceptar sin crítica los dogmas del maestro.