Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)

Part 25

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2.º Demostración de la existencia de tipos piramidales característicos (provistos de penacho ó borla descendente) en la circunvolución del hipocampo y lóbulo piriforme del hombre (fig. 81, G), y señalamiento en otras regiones de la citada circunvolución de variedades neuronales específicas, así como de sistemas peculiares de agrupación de pirámides enanas, alternando con elementos asteriformes gigantes (fig. 82, A).

3.º Descubrimiento, en lo alto del _lóbulo olfativo_ ó piriforme de los mamíferos _leiencéfalos_ y _girencéfalos_, de un foco especial (fig. 84), de textura singular, al cual viene á parar importante vía olfativa, y del cual emana la corriente principal de fibras exógenas destinada al asta de Ammon. En virtud de este hallazgo, quedó establecida la existencia de tres focos olfativos escalonados: el _foco olfativo primario ó corteza esfenoidal inferior_ (fig. 83, A), donde se terminan las fibras de la _raíz externa_ del bulbo olfatorio; el _foco olfativo secundario_ (que hemos llamado _angular ó esfeno-occipital_), donde acaban fibras nacidas en el núcleo precedente; y el _foco olfativo terciario_, representado por el asta de Ammon y _fascia dentata_, punto de arborización final de las fibras emanadas del citado núcleo angular.

[Ilustración: Fig. 82.--Trozo de un corte de la región olfativa central ó principal de la circunvolución del hipocampo humano. Repárense islotes de células menudas separados por fajas de neuronas gigantes.]

4.º Se reconoce que la corriente importante brotada de este último foco y desembocada en el asta de Ammon, consta de varias vías, y principalmente de estas dos:

a) _Haz esfeno-amónico cruzado_ ó _psalterio dorsal_ de los autores, el cual, dirigiéndose al rafe por debajo del cuerpo calloso, se arboriza en el asta de Ammon y _fascia dentata_ del lado opuesto, después de suministrar no pocas fibras al _presubículo_.

b) _El haz esfeno-amónico directo_ ó _vía perforante_, cuyos axones distribuídos en hacecillos escalonados de arriba abajo, cruzan el subículo y se reparten por las capas moleculares del asta de Ammon y _fascia dentata_ del mismo lado, poniéndose, respectivamente, en contacto con el penacho de las pirámides y granos de estos centros. En la figura 85 mostramos un corte transversal del foco _esfeno-occipital_ ó _angular_ (A) y de la región contigua del asta de Ammon y _subículo_. Adviértase en B, D, E la importantísima corriente de fibras que enlaza aquel ganglio con la capa molecular del asta de Ammon y la de la _fascia dentata_.

[Ilustración: Fig. 83.--Sección de la corteza olfativa frontal, según la dirección de la raíz externa olfativa.-- A, raíz externa; B, trozo de bulbo olfativo; D, plexo de colaterales olfativas; F, pirámides, etc.]

5.º Diferenciación de varias regiones de la corteza esfenoidal dotadas de peculiar estructura y en conexión con particulares sistemas de fibras. Tales son el _foco presubicular_, situado por fuera del subículo, la _región esfenoidal central ó principal_ y la _región esfenoidal externa_.

6.º Descripción en cada uno de estos focos de numerosísimos tipos de neuronas, y examen de sus plexos específicos y vías aferentes y eferentes. Muchos de estos estudios se refieren al hombre, habiendo sido utilizados al efecto los métodos de Nissl, Golgi y Weigert.

7.º Descripción de la textura de la _corteza interhemisférica_ ó región próxima al cuerpo calloso, esfera cortical cuya textura contrasta con la del resto de la región fisural.

8.º Determinación precisa del origen y terminación de las fibras del _cíngulo_, vía de proyección anteroposterior, provista de colaterales de asociación.

9.º En fin, análisis estructural de las _estrías longitudinales y supra-callosas_, de los _nervios de Lancisio_ y del _fornix longus_ de Forel, con muchos detalles nuevos referentes al origen y marcha de las fibras.

[Ilustración: Fig. 84.--Corte del foco esfeno-occipital del gato. Coloración de Nissl.]

La reunión de las citadas monografías constituyó un libro que tradujo al alemán el Dr. Bresler, y que me valió halagüeños elogios de las grandes autoridades de la neurología.

Quien desee conocer los detalles descriptivos, abrumadores por lo prolijos y variados, recogidos pacientemente por mí en el dominio de la corteza cerebral durante los años 1899, 1900 y 1901, debe consultar dicha traducción alemana, ó mejor aún, mi Tratado en tres gruesos volúmenes: _Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados_, en cuyo tercer tomo expongo más ceñida y ordenadamente y con esquemas y figuras aclaratorias no contenidas en las memorias correspondientes, mis ideas y hallazgos sobre el plan estructural del encéfalo del hombre y mamíferos afines. Pero de este extenso libro --la obra de mi vida-- comenzado en 1899 y terminado en 1904, me ocuparé oportunamente.

[Ilustración]

CAPÍTULO XVII

Con ocasión de conmemorar el decenario de su fundación la Universidad de Clark (Estados Unidos), centro de estudios superiores, soy invitado, juntamente con otros profesores europeos, á dar algunas conferencias. -- Tórrido calor de Nueva York. -- Mi viaje á Boston y Worcester (Mass.), donde se celebró la fiesta universitaria. -- El patriotismo anglo-sajón. -- Algunas causas morales de la guerra suscitada entre los Estados Unidos y España. -- Las instituciones docentes de Boston y de Nueva York.

Hallábame, allá por Junio de 1899, enfrascado en las antedichas exploraciones del cerebro humano, cuando llegó á mis manos una cortés invitación de la Universidad americana de Worcester (_Clark University_), Centro de investigaciones superiores, comparable con el _Colegio de Francia_, para dar varias conferencias acerca de mis investigaciones sobre la corteza cerebral. Tratábase de celebrar cierta fiesta académica solemne, con asistencia de muchos sabios americanos y europeos, al objeto de conmemorar el X año de la fundación de la citada Universidad, obra de la generosidad privada, como suelen serlo entre los yanquis las escuelas profesionales y los Establecimientos de alta cultura. Para costear gastos de viaje, el oficio de invitación incluía un cheque de 600 dólares.

Profundamente sorprendido y perplejo quedé al recibir semejante mensaje. No me explicaba cómo en los Estados Unidos habíanse acordado de un humilde investigador español, de un profesor perteneciente á la raza vencida y humillada.

[Ilustración: Fig. 85.--Corte horizontal del asta de Ammon y corteza esfenoidal vecina.-- A, núcleo esfeno-occipital ó angular; R, subículo; J, asta de Ammon; F, capa molecular de la _fascia dentata_; B, sección de la vía esfeno-amónica cruzada; D, vía esfeno-amónica directa.]

Asaltóme una duda. ¿Podía yo, razonablemente, pocos meses después de la guerra, vibrantes todavía en España la indignación y el encono por el inicuo despojo colonial, aceptar tan comprometida misión?

Consulté el caso con el ministro de Fomento, Marqués de Pidal, y con algunas personas cuyos consejos tenía en mucho; y contra lo presumible, el Gobierno, los amigos y hasta la Prensa política (que comentó el suceso con palabras muy halagadoras para mí), aconsejáronme unánimemente la aceptación del delicado y difícil honor.

De buena gana lo habría declinado. Cuanto más que mi salud distaba mucho de ser por aquella fecha floreciente. De resultas de gripe tenaz ó acaso por consecuencia de las emociones excesivas del laboratorio (cada descubrimiento interesante ó que me lo parece, cuéstame noches de insomnio), padecía de palpitaciones y arritmias cardíacas, con las consiguientes preocupaciones é inquietudes. Dócil, sin embargo, á los ruegos de los amigos y alentado por el ministro, que me señaló decoroso viático, púseme en camino, acompañado de mi esposa, para que cuidase de mis achaques.

Después de pasar por París, donde tuve el gusto de saludar á los profesores M. Duval y M. Dejerine, y de abrazar á mis buenos amigos M. Azoulay y M. Nageotte, nos embarcamos en el Havre con dirección á Nueva York, en un buque de la _Compañía Trasatlántica_ francesa. Á bordo tuve la grata sorpresa de encontrar al ilustre Dr. A. Mosso, profesor de Fisiología de Turín, al gran matemático francés M. E. Picard, profesor del Colegio de Francia, y al famoso Dr. A. Forel, consagrado por entonces á interesantes estudios sobre la psicología de las hormigas. Todos estos sabios habían sido invitados como yo para la _Clark Celebration_.

Excusado es decir que, en tan selecta compañía, se nos hicieron brevísimos los doce días de travesía. Los profesores Mosso y Forel, con quienes intimé mucho durante el viaje, se me revelaron como personas agradabilísimas, al par que conversadores deliciosos. En nuestros gratos coloquios de á bordo discurrimos sobre todo lo divino y humano: filosofía, ciencia, artes, política, etc.

Mediado el mes de Julio, arribábamos á Nueva York, la estupenda ciudad de los _rasca-cielos_, de los multimillonarios, de los _trusts_ avasalladores y del calor sofocante. Esto último fué para mí desagradable sorpresa. Creía que los _países de hierba_ y las ciudades marítimas poseen el privilegio de gozar durante la canícula de moderada temperatura. Y yo, que en nuestro Madrid, la típica ciudad del sol y del cielo azul, siéntome enervado cuando el termómetro marca en las habitaciones 27° y 35° en la calle, tuve, mal de mi grado, que soportar 32° ó 33° centígrados en el hotel y 45° ó 46° en las rúas.

Y no obstante, los yanquis lo soportan como si tal cosa. Aunque sudando la gota gorda, veíanse por las calles trajinar afanosamente faquines y albañiles. ¡Oh, la fibra acerada de la raza anglo-sajona!...

Con aquel sol de fuego y con la profusión de instalaciones domésticas de gas y electricidad, compréndese que los incendios sean allí el pan nuestro de cada día. Mal de mi grado hube de presenciar uno de estos desagradables contratiempos.

Cierto día, y á deshora, inicióse el fuego en el cuarto de un huésped del principal. Cundió súbitamente la alarma en los hombres y la nerviosidad y el terror en la mujeres. Algunos huían despavoridos hacia la escalera principal, interceptada por densa y asfixiante humareda. Otros, más avisados, nos dirigimos á los balcones, donde la previsión americana, aleccionada por trágica experiencia, ha dispuesto ciertas grandes escaleras de salvamento. Pero ¿quién hace bajar á una señora tímida y nerviosa, como buena española, por aquellos aéreos peldaños? Por suerte, los bomberos acudieron á tiempo, sofocando rápidamente el incendio.

Pasado el susto, consideré los curiosos incidentes provocados por el terror. Desde el punto de vista de la psicología individual, nada hay más instructivo que un siniestro. Al huir, cada cual abraza á su ídolo: las madres á sus hijos, los recién casados á sus esposas, las cómicas á sus joyas y preseas, los comerciantes y banqueros á sus carteras y maletines. No hay como el espanto, para denunciar el verdadero carácter y valorar rápidamente los bienes de la vida.

[Ilustración: Fig. 86.--Algunos _rasca-cielos_ de la calle ancha ó _Broadway_, de Nueva York.]

No caeré en la tentación de describir la gran metrópoli americana. Me limitaré á expresar que admiré la famosa estatua de la libertad de Bartholdi, el barrio comercial de Brooklyn, el puente audaz sobre el East River, los suntuosos palacios de la V Avenida, la famosa catedral de San Patricio, de que tomé por cierto excelentes fotografías, los colosales _buildings_ albergadores de fábricas, sociedades industriales y grandes rotativos, las deliciosas playas de Brighton y de Manhattan, el incomparable _parque central_ salpicado de alcores coronados de rocas y cubierto de magníficos árboles, y, en fin, los espléndidos comercios donde todo se sirve á máquina y en los cuales, á favor de ingeniosos artificios, la mercancía demandada circula por carriles aéreos, al través de inacabables corredores y pisos, llegando en pocos segundos, convenientemente empaquetada, á las manos del cliente. En la figura adjunta copio una fotografía que da idea de lo enorme de las construcciones de muchos pisos.

Por cierto que, con ocasión de estos curioseos por los grandes almacenes, hube de comprobar, con pena, cierta sospecha que yo tenía sobre los sentimientos instigadores de la agresión de los Estados Unidos á España. Por consecuencia de la cruel, impolítica y contraproducente medida de _concentrar en campamentos_ toda la población rural de la gran Antilla, los cubanos supervivientes que, por falta de ánimos, no engrosaron las huestes de Maceo, huyeron en masa á los Estados Unidos (Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleans, Nueva York, etc.), buscando trabajo en campos, fábricas y comercios. Algunos de estos desventurados, hembras en su mayoría, con quienes conversamos en los obradores y comercios de Nueva York, nos refirieron miserias y crueldades desgarradoras. Huelga notar, que las lamentaciones de tantos millares de prófugos, pregonando y agravando hasta lo inverosímil la vieja leyenda anglo-sajona de la crueldad española, crearon en los Estados Unidos un estado emocional, que fué hábilmente explotado por los laborantes cubanos y por el partido imperialista ó intervencionista[182].

[182] En descargo de esta inhábil conducta de las autoridades cubanas, se ha dicho que también fué empleada por la cultísima Inglaterra en su contienda con los boers. Pero sobre que una crueldad no se justifica jamás con otra crueldad precedente ó subsiguiente, quienes así discurren parecen olvidar que sólo las naciones fuertes pueden cometer impunemente ciertos excesos. Nuestro Gobierno, autorizando en Cuba las referidas medidas, procedió como si España viviera sola en el planeta, ó como si las naciones poderosas y dominantes, vecinas de los Estados débiles, no hubieran en todo tiempo invocado para sus expoliaciones pretextos de humanidad y civilización.

Aproximábase la fecha de la fiesta académica de Worcester. Dí, pues, de mano á mis callejeos y visitas á Institutos científicos y Museos --algo inferiores entonces á los similares de Inglaterra y Alemania-- y púseme en camino para Boston, ciudad no lejana del término del viaje. Durante todo el trayecto, hecho en tren expreso, me acompañó el mismo sofocante calor de Nueva York. Dicho sea en alabanza de la cultura yanki, las empresas de ferrocarriles hacen lo posible para mitigar las molestias del viajero. Á este propósito y entre otras comodidades, cada coche dispone de un gran depósito de agua helada, servida gratuitamente á los pasajeros, por camareros negros, muy amables y solícitos.

Á nuestro arribo á Worcester la _ola de calor_, lejos de ceder, habíase hecho formidable. El hálito abrasador de la atmósfera, apenas mitigado durante la noche, según ocurre en los climas muy húmedos, no dejaba respirar. Yo estaba febricitante y semi-congestionado. Por tal motivo y por haber llegado á deshora, no osé avisar al Rector. Y así pasé la noche --toledana, en verdad-- tratando de aliviar mi angustiosa cefalalgia con compresas de agua fría.

Para colmo de contrariedad, celebrábase aquel día la Fiesta de la Independencia, y un estruendo ensordecedor subía de las calles. Oíanse himnos patrióticos, vivas estentóreos, estallido de cohetes y, sobre todo, tiros, ya sueltos, ya en descarga cerrada. Asomadas á ventanas y azoteas, descubrí muchas personas como frenéticas, disparando al aire sus rifles. En la calle, hasta las mujeres enarbolaban banderas y gritaban desaforadamente. Dulces expansiones monjiles son nuestras castizas broncas de la Plaza de Toros, comparadas con el estruendo y bullanga del pueblo americano durante el famoso _Independence day_, en el cual, dicho sea de pasada, ocurren siempre lamentables desgracias. ¡Triste cosa es que los hombres sólo acierten á mostrar su júbilo haciendo ruido! Á propósito de lo cual, cabría preguntar: ¿Alborota el pueblo porque está alegre, ó alborota para alegrarse? Lo segundo paréceme más cierto que lo primero. Porque, dígase lo que se quiera, el trabajador manual --y aún más el intelectual-- son en el fondo animales tristes y soberanamente aburridos. Pero descartemos reflexiones impertinentes.

Con el alba pasó, al fin, aquella racha de locura y desenfreno. Ya entrada la mañana, y aliviado un tanto de los efectos del insomnio, participé mi llegada al honorable Rector de la _Clark University_, el ilustre psicólogo y educador G. Stanley Hall. Poco después vino á saludarme y á ponerse á mis órdenes el simpático Secretario y profesor de la Universidad, mozo de tanta cultura como bríos, según demuestra el suceso siguiente:

Encargada la busca de un carruaje y avisado el cochero para que, conforme á usanza americana, acomodara el equipaje en el vehículo, atajóme cortésmente el elegante Secretario con estas inesperadas frases:

--¡No vale la pena de molestar al cochero!... Aquí estoy yo para cargar con el baúl.

Y sin oir nuestros ruegos, el flamante funcionario ladeó garbosamente su inmaculada chistera, y haciendo alarde de vigor y agilidad insospechables, bajó en un santiamén el baúl-mundo y la maleta (en junto pesaban cerca de 90 kilos) y los acomodó diestramente en el coche.

Azorada estaba mi mujer al contemplar las manchas de polvo y los inelegantes pliegues que tan precipitada y ruda faena habían producido en la irreprochable levita. Y exclamó:

--Pero ¿por qué se ha molestado usted? Eso es cosa del camarero...

--No --replicó el atildado _gentleman_--; esto es obligación de todos. Vivimos en América, patria de la democracia, donde nadie toma á bochorno ó á deshonra el trabajo manual. Aquí sólo reconocemos la nobleza del talento y del saber...

He aquí una excelente lección de legítima y sana democracia. Convengamos, empero, en que tan persuasiva propaganda no está al alcance de todo el mundo. No basta abandonar aristocráticos humos y señoriles melindres; hacen falta también músculos de acero.

Guiado por el Secretario, el carruaje nos condujo á casa del huésped, opulento prócer, entusiasta protector de la Universidad y prototipo de esa especie de filántropos patriotas de que solamente en Inglaterra y en los Estados Unidos se dan perfectos ejemplares, quiero decir limpios de egoísmo confesional y de sectarismo político.

Nuestro patrón Mr. Stephen Salisbury, vivía casi modestamente, si se tiene en cuenta su gran fortuna, que consagraba á obras de civismo, cultura y beneficencia. Inspirándose en sentimientos de tolerancia y altruísmo que sorprenderían á nuestros orondos y fanáticos ricachos, fundó dos hospitales con sendas iglesias: uno para protestantes (él profesaba la religión reformada) y otro para católicos. Además, para deleite y enseñanza de sus conciudadanos, erigió un suntuoso Museo de Arte, cuyo palacio, así como la mayoría de los cuadros, regaló al Municipio; donó al pueblo cierto parque dilatado, valuado en millones, y, además, pasaba por ser, según dejo dicho, uno de los más devotos y generosos protectores de la _Clark University_, donde costeaba cátedras é instituía premios. ¡Qué hombres!...

El benemérito Mr. Salisbury descendía de un noble inglés arribado á América con los primeros conquistadores, y moraba en cómoda villa, donde, ocioso es decirlo, nos alojó y trató á cuerpo de rey. Frisaba nuestro huésped en los sesenta y cinco, y permanecía soltero, por horror, nos decía, á la mujer americana, cuyas tendencias varoniles y excesiva libertad de movimientos (la locura feminista culminaba entonces) repugnábanle invenciblemente.

Había viajado por España y chapurreaba algo el español. Por cierto, que al recordar las picantes aventuras de sus viajes por Andalucía y encarecer la gracia y donaire de las hembras de Cádiz, Sevilla y Granada, solía decirnos que en España «sólo las mujeres tienen talento». Á sus ojos, nuestros hombres resultaban deplorablemente insignificantes.

--Me complazco, exclamaba á veces, en alojar en mi casa á un español dotado de sentido común...[183].

[183] Por desgracia, este juicio despectivo hacia los españoles no puede considerarse como chuscada de comensal amable y chancero. Traduce un sentimiento real, sumamente generalizado entre los pueblos anglosajones, sobre el cual debieran meditar mucho peninsulares é hispano-americanos. De mis conversaciones con yanquis, ingleses y alemanes, he sacado la convicción --no descubro ningún secreto--, de que, á juicio de los enérgicos y laboriosos hijos del Norte, las naciones mediterráneas, y singularmente la portuguesa y la española, constituímos razas decadentes, degeneradas moral y físicamente, á quienes debe tratarse sin ninguna contemplación. «Por los americanos del Sud no sentimos ninguna especie de simpatía», decíame confidencialmente cierto profesor yanqui, poniendo en su pensamiento velos de eufemismo.

Creo sinceramente que somos calumniados; pero creo también que españoles, portugueses é hispano-americanos, con nuestras grotescas asonadas y pronunciamientos, nuestro desdén por la ciencia y las grandes iniciativas industriales --que sólo prosperan cuando se apoyan en descubrimientos científicos originales--, nuestra secular ausencia de solidaridad política (rodeados de naciones de fuerza poderosísima y unificadas vivimos fragmentados en 21 estaditos que se miran con recelo ó se odian cordialmente) hacemos cuanto es posible para justificar el desprecio y la codicia de las grandes nacionalidades.

En el adjunto grabado (fig. 87) reproduzco la fotografía de Mr. Salisbury y de sus dos huéspedes españoles, hecha por un ayuda de cámara aficionado al arte de Daguerre.

En su afán de sernos agradable y de que mi esposa pudiera penetrar en la grata intimidad del _home_ americano, Mr. Salisbury tuvo la bondad de presentarnos á una de sus amigas, Mistress Lawton, señora viuda (uno de sus hijos se había batido en Cavite contra España), dotada de positivos talentos musicales. Conocía algo el español y para poder intimar con mi mujer, reforzó aquellos días su escaso léxico merced á trabajo supraintensivo. Juntas y convertidas en cordiales amigas, visitaron asilos, iglesias católicas y hospitales (en uno de los cuales la madre de Mrs. Lawton, con ese noble altruísmo tan general en América, había legado la renta necesaria para costear una sala), el _Club de las señoras_, con magníficos salones de conversación y lectura, los grandes bazares de la ciudad, etc. Como muestra de los deliciosos y cómodos hoteles habitados por la clase media americana, reproduzco en la figura 88 la mansión de la citada señora.

[Ilustración: Fig. 87.--Mr. Stephen Salisbury y sus huéspedes españoles.]

Yo encontré también para mis correrías artísticas y pintorescas mentor muy amable y solícito en cierto profesor ruso de matemáticas, algo estrafalario, que lucía espléndida melena rubia tendida hasta la cintura. Enamorado de España, se perecía por hablar nuestra lengua, de la que hacía calurosos elogios. Su facilidad para los idiomas era portentosa. Con sólo dos meses de estancia en Granada, había aprendido el español sin olvidar el francés, el ruso, el polaco, el alemán y el italiano, que hablaba á la perfección. Su indumentaria, algo estrambótica, corría parejas con su fluvial y romántica melena; pero en aquel ambiente de amable tolerancia nada chocaba. Le amparaba, además, su gran competencia en la _teoría de los números_.

[Ilustración: Fig. 88.--Hotel de Mrs. Lawton, en Worcester. Tipo de las deliciosas casitas habitadas por la clase media americana.]

Los días 4 de Julio y siguientes hasta el 10, fueron consagrados á las fiestas de la _Decennial Celebration_. Consistieron en recepciones oficiales, banquetes, giras á los Establecimientos docentes y á los alrededores pintorescos de la ciudad y, en fin, en las Conferencias científicas á cargo de profesores americanos y extranjeros. Un público selecto, llegado de todos los Estados de la Unión, congregóse en la _Clark University_, asistiendo asiduamente á las lecciones.