Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)

Part 26

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Las mías, en número de tres, versaron sobre la _Estructura de la corteza cerebral del hombre y mamíferos superiores_, tema que, según dejo apuntado, había sido objeto de mis investigaciones durante los años 1898 y 1899. En mi público figuraban principalmente médicos, naturalistas y psicólogos. Deseando demostrar gráficamente mis recientes hallazgos en tan difícil dominio, ayudéme, según costumbre, de grandes cuadros murales policromados. Para los iniciados en la técnica neurológica, reservé algunas sesiones de exhibición de preparaciones micrográficas. Creo que acerté á satisfacer la expectación de mis oyentes; en todo caso, fuí bastante aplaudido.

[Ilustración: Fig. 89.--Edificio central de la Universidad de Clark.]

El texto de las citadas Conferencias, reunido con el de todas las pronunciadas durante las fiestas, imprimióse á expensas de la Universidad, en lujosísimo volumen, primorosamente encuadernado[184]. Al frente de cada serie de lecciones figuraba el retrato del profesor.

[184] Clark University, 1889-1899. _Decennial Celebration._ Worcester Mass. Printed for the University, 1899.

La _Sesión de clausura_, celebrada el 10 de Julio, fué muy solemne. Leyéronse en ella expresivas cartas de congratulación del Presidente de la República, Mr. MacKinley, de varios conspicuos miembros del Senado y, en fin, de muchos sabios ilustres nacionales y extranjeros; pronunció el Rector G. Stanley Hall, elocuente oración, en la cual, después de narrar la historia de la Universidad, enumeró los trabajos científicos realizados y trazó el programa de los futuros desarrollos. Siguió luego una especie de sermón de tonos elevados, pronunciado por el reverendo Dr. De Vinton; y, por último, previos los sendos encomios de ritual, fuimos los cinco profesores extranjeros investidos ceremoniosamente del grado de doctor _honoris causa_ (Doctor en Derecho, según reza el diploma), acabando el acto con breves discursos de gracias.

El papel de huésped, más ó menos ilustre, resulta en América singularmente comprometido. Los yankis no se contentan con aprender del forastero; desean además ser juzgados por él. _Velis nolis_, no tuvimos más remedio que improvisar respuestas á las siguientes delicadas interrogaciones:

¿Qué defectos halla usted en nuestras Instituciones docentes? ¿Tendría usted la bondad de señalar las reformas urgentes ó las medidas encaminadas á perfeccionar la obra de nuestra Universidad?

Claro es que rindiendo culto á la cortesía y á impulsos de la gratitud, nuestros juicios fueron incondicionalmente encomiásticos; sin embargo, al través del follaje retórico, apuntaban también algunas reformas útiles. Yo propuse para el cuadro de enseñanza de la Universidad, dos novedades: la creación de laboratorio de Investigaciones bacteriológicas y la de otro de Histología y Patología experimentales.

Mas en esto de las _encuestas_ tuve peor suerte que mis compañeros. Mi calidad de español me constituía en blanco preferente de los reporteros políticos. Las periodistas, sobre todo, me asediaban día y noche. Querían saber de mí --¡ahí es nada!-- los inconvenientes ó las ventajas que para los Estados Unidos podrían derivarse de la anexión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. ¡Era como mentar la soga en casa del ahorcado!

Salí del paso como pude de tan inoportunos entrometimientos, no sin incurrir, á causa quizás del mal humor, en bastantes ligerezas. ¡Espantado quedé al leer en los periódicos locales mis declaraciones políticas!...

Y menos mal que conseguí evitar á mi esposa los asaltos de aquellas implacables reporteras (solteronas típicas y genuinos representantes de lo que Ferrero llamó el _tercer sexo_), resueltas á sonsacar á ultranza la opinión de Mistress Cajal, tanto sobre el feminismo teórico, como sobre el estado en que se encontraba en nuestra patria la campaña de la emancipación de la mujer.

--En nuestro país --les respondí-- vivimos por desgracia tan atrasados, que las mujeres se contentan todavía con ser _femeninas_ y no _feministas_. Y al parecer, ello les basta para su felicidad y la del hogar.

Por no abusar de la paciencia del lector, omitiré los festejos, recepciones, festines y agasajos de todo género, de que fuimos objeto, tanto los huéspedes extranjeros como los representantes de las Universidades americanas, de parte del ilustre Rector y de los simpáticos profesores de la _Clark University_. Por lo que á mí toca, fuera, empero, ingratitud no consignar las atenciones y delicadezas que merecí á Mr. A. Gordon Webster, ilustrado profesor de Física, en cuyo hogar tuve el honor de conocer á la genuina mujer americana, culta, fuerte, hacendosa y exenta de enfadosos feminismos; y al Dr. A. Mayer, ferviente admirador y compatriota de A. Forel, en compañía del cual gusté el placer de visitar los principales establecimientos de beneficencia, y particularmente un magnífico Hospital consagrado al tratamiento de las enfermedades nerviosas y mentales; Hospital donde, por cierto, pude apreciar los inestimables servicios prestados por las señoritas enfermeras, jóvenes bien educadas, instruídas en los elementos de la medicina, y que sustituyen allí ventajosamente á nuestras hermanas de la Caridad.

Mi despedida de Worcester fué precedida de un episodio, vulgar sin duda en toda fiesta celebrada por jóvenes en tierras anglosajonas, pero que á mí me produjo profunda impresión.

Habíamos pasado un día en el campo, á la orilla de un lago pintoresco que sirve de depósito á las aguas potables de la ciudad; y al final de un banquete, á que asistieron profesores y estudiantes, para poner remate á los brindis entusiastas, todos los comensales ingleses y americanos --pasaban de 100-- pusiéronse de pie y, con voz robusta y vibrante entonaron acordes, primero el himno americano y después el inglés _God save the Queen_. En el silencio y la obscuridad de la noche, aquellas estrofas alzadas briosamente de todas las gargantas, sonáronme á sublime cántico religioso. ¡Profundamente conmovido, mi corazón latía con violencia, un calofrío sacudió mi piel y mis lágrimas estuvieron á punto de correr!...

El espectáculo era tan emocionante como instructivo. Aquellos mismos hombres, que momentos antes charlaban y reían con esa sana alegría, inequívoco signo de fortaleza y optimismo, acordáronse todos, antes de separarse, de que eran hijos de una misma madre, la noble Albión, y de que debían, por tanto, sentirse hermanos en espíritu y corazón... ¿Quién conoce el himno patriótico de la raza hispana?

Entonces comprendí muchas cosas. Y mejor que en el decantado libro de _Des Moulins_, advertí en qué consiste la decantada superioridad del pueblo anglo-sajón. Artífices de su grandeza son, ciertamente, la robusta mentalidad y la rectitud y energía de carácter. Considero, sin embargo, como principales resortes dos cosas totalmente descuidadas en España y en los países de nuestra estirpe: la educación del patriotismo y la inoculación intensiva del espíritu de solidaridad.

[Ilustración: Fig. 90.--Las cataratas del Niágara vistas desde la orilla yanqui.]

Ciencia, cultura superior, austeridad administrativa, orgullo ciudadano, heroísmo militar, etc., representan transformaciones de una misma energía primordial, el _amor de la raza_. En los felices países de lengua inglesa aparece el patriotismo como algo profundamente místico, como un fanatismo religioso inoculado en la niñez y fortalecido después por la educación política.

Antes de mi regreso á España visité algunas ciudades americanas, é hice también, á título de turista y de cultivador del _Kodak_, la inevitable excursión á las maravillosas cataratas del Niágara. Narradas, encomiadas y fotografiadas hasta la saciedad, fuera ahora imperdonable impertinencia detenerme á describirlas.

Para amenizar y adornar el texto, doy aquí dos de las instantáneas de mi copiosa colección (figs. 90 y 91).

[Ilustración: Fig. 91.--El brazo principal de la catarata contemplado desde la orilla canadiense.]

Entre las grandes urbes visitadas durante mi estancia en América, guardo, sobre todo, vivo recuerdo de Boston, capital del Estado de _Massachusetts_, la región más poblada y exquisitamente culta de los Estados Unidos.

Sincera admiración y noble envidia prodújome la visita á la _Harvard University_.

Cautiváronme sus maestros, alguno tan preclaro como el profesor S. Minot, de renombre mundial y de quien, dicho sea de pasada, tuve el honor de ser guiado al través del inacabable dédalo de los palacios universitarios. Estos espléndidos edificios ocupan área enorme de la populosa barriada de Boston, llamada, en recuerdo de la célebre Universidad inglesa, _barrio de Cambridge_.

[Ilustración: Fig. 92.--El _Memorial Hall_ (Universidad de Harvard) donde los estudiantes celebran sus reuniones. Fachada principal del grandioso edificio.]

Imposible describir aquí estas admirables Instituciones, casi todas fundadas y sostenidas por los donativos de hijos preclaros de la ciudad ó de discípulos agradecidos á las enseñanzas del _Alma mater_. Me limitaré á citar: la magnífica _Facultad de Medicina_ con sus ricas colecciones anatomo-patológicas (_Warren Anat. Museum_) y sus excelentes Laboratorios de investigación; la _Facultad de Ciencias_, con el bien organizado _Jefferson Physical Laboratory_; el _Museo de la Universidad_, enorme construcción que contiene las colecciones donadas por los célebres naturalistas Agassiz, padre é hijo; el _Peabody Museum_, inestimable colección arqueológica; el _Hemenway Gymnasium_, suntuosa construcción regalada á los estudiantes por un acaudalado ciudadano de Boston; la Biblioteca de la Universidad (_University Library_), palacio grandioso donde estudiantes y profesores se reunen para consultar no sólo los libros científicos, sino las revistas más importantes publicadas en el mundo; los numerosos y suntuosos Colegios (pasan de 70), donde, á usanza inglesa, moran los estudiantes, vigilados por profesores é instructores especiales; los extensos campos de instrucción militar, de juegos de _tennis_, de balompié, etc., destinados no tanto á la formación física de los colegiales, cuanto á la educación de la energía. Y, en fin, para acabar la lista (completa ocuparía varias páginas), citemos el soberbio _Memorial Hall_, artístico y monumental palacio cuajado de estatuas de hombres célebres, adornado con retratos de bienhechores de la Universidad y de inscripciones clásicas griegas, latinas é inglesas, edificado en memoria de los estudiantes muertos en la terrible guerra de Secesión: en sus dilatadas salas celébranse las Juntas de estudiantes, compran éstos por módico precio sus refrigerios y reciben --y esto es lo más delicadamente espiritual-- con la contemplación de los héroes legendarios de la raza y la meditación de sus dichos y máximas, lección permanente de elevado y confortador patriotismo.

[Ilustración: Fig. 93.--Librería de los Colegios (Gore Hall) de la Universidad de Boston.]

Particularmente instructiva fué también mi visita á la Biblioteca de la ciudad de Boston, acaso la más copiosa y mejor organizada del mundo. Á pesar del dédalo inacabable de salas, corredores, ferrocarriles aéreos por donde circulan los libros; no obstante la legión de empleados, linotipistas, impresores y encuadernadores, etc., á despecho, en fin, del ímprobo trabajo que supone disponer, clasificar y catalogar varios millones de libros, folletos y periódicos, el servicio resulta tan rápido y bien ordenado, que pocos minutos después de hecho un pedido, llega el volumen á las manos del lector. Á ruegos de mi acompañante hice la prueba, demandando cierto ejemplar de las primeras ediciones del _Quijote_, conservado allí cual joya inestimable. Trascurridos apenas tres minutos, entregáronme el precioso ejemplar. Advertí también, contra mis presunciones, que dicha Biblioteca es muy rica en libros españoles, antiguos y modernos, conservándose hasta colecciones de nuestros principales periódicos.

[Ilustración: Fig. 94.--Escuela médica de Boston (Pabellón Central).]

Y á propósito de la Prensa española y aunque amargue algo el recuerdo, apuntaré cierta observación del amable Bibliotecario, por cierto persona cultísima, conocedora del español y del tesoro de nuestros clásicos (había estado dos años pensionado en Madrid, escudriñando nuestros archivos y bibliotecas), que tuvo la bondad de mostrarme todas las dependencias del famoso Establecimiento.

Llegados á la sala de los periódicos extranjeros, detúvose de pronto, y haciendo una mueca de disgusto, señalóme dos diarios españoles de gran circulación y cierto periódico satírico, extendidos sobre una mesa.

[Ilustración: Fig. 95.--Comedor de estudiantes del _Memorial Hall_, de Boston.]

--¡Esos periódicos --exclamó-- son responsables de la mitad de la culpa de la pasada guerra! ¡Nos provocaron imprudentemente, calificándonos de _mercachifles_, _choriceros_ y _cobardes_!... ¡Telegrafiados, traducidos y comentados tan soeces insultos por nuestra Prensa, causaron profunda indignación hasta en los amigos y admiradores de España, entre los cuales tenía yo la honra de contarme!...

¡Qué pena oir tales censuras y tener que reconocer su justicia!...

Terminadas mis excursiones, tomé la vuelta de Nueva York, á fin de disponer el viaje de regreso. Debiendo aguardar algunos días la llegada del vapor, procuré aprovecharlos, estudiando mejor las Instituciones docentes y curioseando las novedades y atracciones industriales de la grandiosa urbe neoyorquina.

[Ilustración: Fig. 96.--Vista de conjunto de la Universidad de Columbia de Nueva York; el edificio central es la biblioteca.]

Mi primera visita fué para la _Columbia University_, enorme agrupación de magníficas y amplias construcciones donde, aparte los edificios destinados á la enseñanza, figuran: copiosa biblioteca, situada en el centro, según aparece en el dibujo adjunto; la capilla, el gimnasio, el teatro académico, salones de lectura, colegios, Museo de Historia natural, campos de juegos, etc. En otras barriadas de la ciudad álzanse la Facultad de Medicina y la de Farmacia, con admirables Laboratorios, bibliotecas, colegios, y en fin, la _Universidad de Nueva York_ ó _University Heights_, como allí la llaman, ilustrada por el célebre profesor Morse, inventor del telégrafo de su nombre. Fuera interminable describir estas admirables fundaciones debidas, como la mayoría de las Instituciones docentes americanas, á la munificencia particular.

Objetos de mi atención fueron también los pintorescos alrededores de Nueva York y muy singularmente la famosa Escuela militar de _West Point_, edificada en una altura, con espléndido panorama sobre el Hudson. En esta Academia modelo, aislada y alejada de las distracciones y vicios de la ciudad, llevan los cadetes austera vida conventual, de estudio intensivo y de recia vigorización muscular; austeridad mitigada por la visita de sus familias y las de muchas personas de la buena sociedad neoyorquina, que, en determinados días del mes, toman parte en las fiestas íntimas de la Escuela, conversan amablemente con los jóvenes oficiales y les dan la impresión halagadora de que son los hijos predilectos de la patria y la esperanza de su futuro engrandecimiento.

Quise conocer también las nuevas invenciones industriales del pueblo más genialmente dotado para el cultivo de la mecánica, y comprobar de paso los nuevos perfeccionamientos del _fonógrafo_ y _grafófono_, con las mejoras introducidas en el genial invento de Edison por el italiano Bettini. Según se verá, mi curiosidad en este punto envolvía algún interés personal. Aunque ello parezca extraño, quien esto escribe, incubaba también, por entonces, cierto perfeccionamiento de la máquina parlante. Según achaque de todos los inventores, seres radicalmente egoístas, deseaba yo que el instrumento se mantuviera invariado é inmóvil sobre los principios propuestos por el célebre mago de Mungo-Park.

Mas para justificarme, necesito retroceder en mi relato y hacer una digresión que sabrá dispensarme el lector en gracia de la moraleja que encierra. Allá por los años 1895 y 1896, el fonógrafo de Edison y sus variantes (el _grafófono_ de cierta casa de Washington y los famosos _diafragmas_ amplificadores de Bettini), hacían furor en Madrid. Gracias á la propaganda activa del francés M. Hugens, y sobre todo á las facilidades de venta de la casa Aramburo, que era como el casino de los cultivadores del cilindro, la afición á la fonografía cundió cual epidemia, atacando aun á los que, como yo, fueron siempre refractarios á los encantos de la música. El invento de Edison nos proporcionó, sin duda, deliciosas veladas invernales; pero nos llevó también á cometer muchos abusos. Sin la menor aprensión acometíamos á los artistas eminentes, cuya bondad poníamos á prueba obligándoles á impresionar romanzas, canciones y parlamentos cómicos. Recuerdo que en compañía del simpático Pepe Zahonero --un águila en el arte de seducir cómicos, poetas y parlamentarios--, llevamos nuestra impertinencia hasta abordar al famoso Romero Robledo, quien lleno de bondad honró nuestra bocina declamando trozos de sus discursos, entre otros, uno pronunciado en defensa de la Duquesa de Castro-Enríquez, considerado por él como el mejor de sus éxitos parlamentarios[185].

[185] Por cierto que habiendo cierto médico forense oído en mi casa éste elocuente alegato, exclamó: ¡Así se escribe la historia!...

--¿Cómo?... ¿Sospecha usted acaso que la Duquesa maltrató realmente á la infeliz niña?

--De ello tengo absoluta certidumbre. Hice el examen de la víctima, cuya piel estaba salpicada de cardenales y contusiones. En un rapto de cólera la tal Duquesa la golpeó y pateó horriblemente.

¡Vaya con los abogados!... ¡Por algo decía el despierto Romero que el tal discurso, por cuya virtud quedó la Duquesa absuelta y limpia de toda sospecha de sevicia, fué el más resonante de sus triunfos!

Pero las máquinas parlantes de entonces adolecían de un grave defecto. Los aficionados al fonógrafo recordarán que, cuando se impresionaba débilmente la cera del cilindro receptor, la voz se reproducía con timbre y modulación casi naturales, pero con gran tenuidad de volumen, justificándose la frase de Letamendi, que llamaba al fonógrafo el _conejo parlante_. Si, por el contrario, deseando intensificar la impresión, se cantaba ó hablaba cerca de la bocina, la voz resultaba chirriante, estridente é insoportable para todo oído delicado.

Previo análisis minucioso de las condiciones físicas de tan desagradable defecto[186], ocurrióseme la idea de que si el zafiro grabador, en vez de inscribir la ondulación sonora en el sentido de la profundidad, pudiera desarrollarla en plano, trazando sobre placa de cristal ó metal raya continua ó sinuosa, sería dable intensificar poderosamente el sonido, mejorar la pureza del timbre y, en fin, descartar ó aminorar al menos el desapacible estridor.

[186] La causa del estridor es, según es sabido, puramente mecánica. Conforme revela la más somera exploración microscópica de los surcos, depende de que el estilete grabador, en vez de labrar en la cera canal continuo, ondulado en el sentido de la profundidad, esculpe fosetas aisladas y profundas, separadas mediante espacios limpios de toda impresión. De donde se infiere que el diafragma, durante su enérgico vaivén, graba exclusivamente la mitad, y á veces menos, de la ondulación sonora, sin las curvas secundarias de las notas armónicas indispensables á la buena traducción del timbre. Y tal defecto resulta irremediable á causa de la dureza del material de inscripción. El empleo de amplio cilindro atenúa algo, pero no corrige, el referido defecto.

Entusiasmado con la idea encargué á un maquinista inhábil (á falta de mecánico de precisión) la construcción de mi fonógrafo de disco, mientras ensayaba métodos prácticos de moldear en gelatina, cera ó celuloide. Por desgracia, el aparato, si confirmó plenamente el nuevo principio de inscripción y las ventajas presupuestas, funcionaba deplorablemente. Y solicitado por más apremiantes ocupaciones, olvidé el desdichado artefacto, que arrumbé en el desván en espera de un mecánico capaz de comprenderme[187].

[187] Sólo en disposiciones cinemáticas accesorias y en el material usado para el moldeamiento de los discos (ebonita) difería mi aparato del lanzado por la _Gramophone Company_. Yo comenzaba por grabar sobre metal ó cristal recubiertos por capa de cera, y procedía después á obtener un galvano del que tomaba copias en gelatina ó celoidina. El movimiento del diafragma reproductor, inclinado naturalmente en ángulo recto sobre el disco impresionado, era movido, no por el disco mismo según ocurre en el gramófono de aguja, sino mediante mecanismo de relojería; disposición, sin duda, menos elegante y sencilla, pero que tiene la ventaja de conservar mejor los finos trozos de la inscripción.

Posteriormente, imaginé otro invento fonográfico más complicado y de difícil ejecución, el _fotofonógrafo amplificador_, cuya descripción podrá ver el lector curioso en _La Naturaleza_, año 1903. El registro de la ondulación del sonido hacíase sobre placa fotográfica merced á doble espejo fijo en membrana vibrante. Y de esta especie de prueba negativa se sacaba una positiva sobre cristal gelatinado y sensibilizado, siguiendo el proceder clásico de Poitevin para la obtención de pruebas al carbón dotadas de relieve. La sensibilidad del diafragma era tal (el rayo de luz hacía veces de palanca), que podían registrarse á distancia normal discursos y obras musicales.

Disponíame ya á ejecutar este nuevo aparato cuando llegó á mi noticia que el mismo Edison había obtenido patente, poco tiempo antes, para un invento, si no igual, fundado al menos en el mismo principio. Mi mala estrella, ó por mejor decir, mi crasa ignorancia de las patentes fonográficas registradas durante los últimos años, me arrebataron, sin remedio, el mérito de la prioridad.

Pues bien; el aparato imaginado por mí, y en parte construído durante los años 1895 y 1896, me lo encontré flamante y recién lanzado al público con el nombre de _gramófono_ en cierto comercio de Nueva York. Divulgado después por el mundo entero y explotado por la Sociedad Americana del _Gramophone_ y sus hijuelas de Europa, dicho aparato sirvió de base á un negocio espléndido, cifrado en muchísimos millones.

No por vanidad pueril refiero estas cosas, sino para que mis lectores biólogos, médicos ó naturalistas, aprendan á mi costa á no malgastar el tiempo persiguiendo invenciones fuera del círculo de la propia competencia. Al abandonar el tajo habitual chocamos siempre con el escollo de ignorar ó de conocer somera ó incompletamente los antecedentes bibliográficos é industriales (patentes de invención registradas, etc.) del asunto, así como la labor intensa y sigilosa desarrollada por hábiles ingenieros á sueldo de los grandes establecimientos industriales de Europa y de América.

En condiciones tales --agravadas todavía en nuestro país por la casi imposibilidad de hallar talleres donde se construyan instrumentos delicados y de gran precisión--, el invento acariciado, caso de realizarse plenamente, suele llegar al mercado con deplorable retraso, y siempre con mengua de nuestras energías é intereses.

Por otra parte, conviene desconfiar mucho de las invenciones de sentido común. ¡La lógica es don tan corriente, tan generosamente repartido! Y aunque sea humillante para el orgullo del investigador, fuerza es confesar que sólo los hallazgos casuales son completa y absolutamente nuestros. ¡Precisamente aquellos en que menos parte hemos tomado!...

[Ilustración]

CAPÍTULO XVI _bis_