Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2)

Part 15

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Algunas de estas observaciones y otras que, en obsequio á la brevedad, no menciono, divulgáronse rápidamente, gracias á mi precaución de publicarlas en francés, aprovechando cierta Revista histológica belga, _La Cellule_[99].

[99] _Cajal_: Sur la structure de l’écorce cerébrale de quelques mammifères. _La Cellule_, tomo VII, 1er fascicule, 1891. Con tres grandes láminas litografiadas.

Poco después, Retzius, Kölliker, mi hermano, Edinger, Schäffer, etc., confirmaban y ampliaban en algunos puntos los precedentes resultados.

La última de mis pesquisas de 1891 versó sobre la estructura del _gran simpático_. Fué esta indagación, harto más floja que las anteriores, prueba palmaria del enorme influjo de lo moral sobre lo intelectual. Por entonces hallábame preocupado con las oposiciones á la cátedra de Histología de Madrid. La preparación ansiosa de los ejercicios, las suspensiones que éstos sufrieron, el ajetreo de mis repetidos viajes á la Corte, interrumpieron la continuidad de mi esfuerzo analítico, arrebatándome esa tranquilidad de espíritu sin la cual toda obra humana suele resultar pobre, contradictoria y desprovista de elegancia.

La citada indagación llegaba, sin embargo, á su hora. Ignorábase por aquel tiempo la verdadera morfología de las neuronas simpáticas. Diversos histólogos (Remak, Ranvier, Kölliker, etc.) habían reconocido en ellas expansiones dicotomizadas; pero reinaba la mayor incertidumbre acerca del carácter y paradero de las mismas. El corpúsculo simpático, cuya naturaleza motriz parecía indudable, ¿poseía, en concordancia con el patrón morfológico común, legítimas dendritas y axon, ó más bien, según sospechaban ciertos neurólogos, todas sus prolongaciones celulares tenían significación nerviosa, arborizándose en las fibras musculares lisas? ¿Ó constaba, más bien, según parecer algo indeciso de Kölliker (1890) de un grupo de axones y de un juego de dendritas?

[Ilustración: Fig. 38.--Varias células del gran simpático del perro. El axon único marcado con _c_ se distingue por carecer de ramificaciones. A, B, D, F, G, diversos tipos morfológicos de neuronas simpáticas.]

Impaciente por llegar á la meta antes que nadie, exploré febrilmente los ganglios simpáticos de los embriones de ave, consiguiendo por lo pronto establecer en sus neuronas la existencia de prolongaciones protoplásmicas genuinas, acabadas libremente en el seno de la trama ganglionar[100]. Pero ofuscado por las apariencias, atribuí á cada célula dos ó más axones (en armonía con una opinión reciente de Kölliker), cuando positivamente sólo emite uno. Poco tiempo después, en trabajo especial recaído en los mamíferos, rectifiqué espontáneamente mi equivocación y formulé la verdadera disposición de los corpúsculos simpáticos[101]. Mas esta rectificación tardía deslució mucho mi labor. Y aunque mi nueva concepción morfológica vió la luz antes de la aparición de las observaciones de van Gehuchten, Luigi Sala, discípulo de Golgi, y de G. Retzius, á quienes había yo sugerido la fórmula metodológica apropiada (proceder de _doble impregnación_ al cromato de plata), no pude evitar se me reprocharan, con razón, mis titubeos y contradicciones, y se adjudicara á van Gehuchten el mérito de haber resuelto definitivamente el problema. Algo quedó, naturalmente, en mi activo: la existencia de las _colaterales de las fibras llegadas de la médula espinal_ (_fibras motrices de primer orden_ de los autores y cordones de unión longitudinal de los ganglios); los _nidos nerviosos pericelulares_ de origen dendrítico; la determinación de varias modalidades neuronales, etc. Sírvame la figura 38, reproducción de un grabado anejo al trabajo de 1891, para suplir detalles descriptivos que aquí resultarían inoportunos.

[100] _Cajal_: Estructura y conexiones de los ganglios simpáticos (_Pequeñas contribuciones al conocimiento del sistema nervioso_). Agosto de 1891. Con 12 grabados.

[101] _Cajal_: Notas preventivas sobre la retina y gran simpático de los mamíferos. _Gaceta Sanitaria de Barcelona_, 10 de Diciembre de 1891. Con 7 grabados.

En fin, para cerrar la lista de las publicaciones de 1891, me limitaré á citar brevemente un trabajo en colaboración de mi discípulo Cl. Sala[102], donde se precisa la verdadera forma de los conductos glandulares del páncreas, así como el modo de terminación de los nervios simpáticos; otra breve comunicación en que se describen las terminaciones nerviosas del corazón de los mamíferos[103], probando que en las fibras musculares cardíacas no existe la _placa motriz_, ni la singular disposición referida por Ranvier, sino plexos nerviosos difusos semejantes á los descritos en los músculos de fibra lisa; cierta nota[104] donde, á semejanza de las raíces posteriores de la médula espinal, se reconocen típicas bifurcaciones en los nervios sensitivos, bulbares y craneales (_trigémino_, _nervio vestibular_, _coclear ó acústico_, etc.); un estudio sobre la médula de los reptiles, en que se comprueban muchos detalles hallados anteriormente en la de las aves y mamíferos; y, en fin, una nota descriptiva de la substancia de Rolando de la médula espinal de los mamíferos[105].

[102] _S. R. Cajal_ y _Cl. Sala_: Terminaciones de los nervios y tubos glandulares del páncreas de los vertebrados. 28 Diciembre de 1891. Con cinco grabados.

[103] Terminaciones nerviosas en el corazón de los mamíferos. _Gaceta Sanitaria de Barcelona._ 10 Abril de 1891.

[104] Sobre la existencia de bifurcaciones y colaterales en los nervios sensitivos craneales y substancia blanca del cerebro. _Gaceta Sanitaria de Barcelona._ 10 Abril de 1891.

[105] _Cajal_: Estos dos estudios aparecieron con otros varios en un extenso folleto titulado _Pequeñas contribuciones al estudio del sistema nervioso_. Agosto de 1891.

Al final de 1891, el conjunto de mi labor práctica y la suma de las inducciones teóricas obtenida habían alcanzado suficiente amplitud y densidad para formar la materia de un libro. Algunos discípulos y médicos de Barcelona que conocían mis ideas, me invitaron á exponerlas ante la _Academia de Ciencias Médicas de Cataluña_. Deferí gustoso á sus ruegos, ejecutando para mis conferencias grandes cuadros murales policromados, representativos, bajo forma esquemática, del plan estructural de los centros nerviosos y órganos sensoriales. Oyóseme con agrado, y algunos discípulos entusiastas tuvieron la amabilidad de recoger mis explicaciones y copiar mis dibujos, publicando en la _Revista de Ciencias Médicas_ de dicha ciudad una serie de artículos, atentamente revisados y retocados por mí.

Los tales artículos, que vieron la luz en 1892[106], tuvieron un éxito que me llenó de sorpresa, sobrepujando, no sólo mis esperanzas, sino mis ilusiones. Ignoro cómo se enteraron en el extranjero de dichas conferencias; ello fué que en poco tiempo vieron la luz traducciones ó extensas relaciones en varios idiomas. Hasta el gran W. His, profesor de Leipzig, de cuya buena amistad hice mérito en capítulos anteriores, propúsome traducirlas al alemán. La versión tudesca aparecida en 1893[107] corrió á cargo nada menos que del Dr. H. Held, á la sazón ayudante del maestro (á quien sucedió en la cátedra) y actualmente una de las mayores ilustraciones de la Histología alemana. En cuanto á la edición francesa, fué hecha por el Dr. Azoulay, que tradujo á conciencia un texto especialmente revisado y ampliado por mí. El pequeño libro, intitulado _Les nouvelles ideés sur la fine anatomie des centres nerveux_ (Reinwald, París), y autorizado con un prólogo afectuoso del ilustre profesor Matías Duval, de París, hizo furor: en menos de tres meses agotáronse dos copiosas ediciones. Tan inesperado favor del público sugirióme el propósito, que acometí años después, de escribir un libro extenso donde se estudiara sistemática y minuciosamente la textura del sistema nervioso de todos los vertebrados y se diera cuenta, con los necesarios desarrollos, de la totalidad de mi obra científica. Acerca de este formidable trabajo de benedictino, en que me ocupé ahincadamente durante diez años, trataré oportunamente.

[106] _Cajal_: Nuevo concepto de la histología de los centros nerviosos. _Revista de Ciencias Médicas de Barcelona_, núms. 16, 20, 22 y 23 de 1892, tomo XVIII. La tirada aparte de todos estos artículos data del comienzo de 1893.

[107] _Cajal_: Neue Darstellung vom histologischen Bau des Centralnervensystems. Traducción del Dr. H. Held. _Arch. f. Anat. u. Physiol. Anat. Abtheilung_, 1893. Como proemio de esta versión, hace notar el profesor His que la edición alemana ha sido cuidada por él y encargada á su ayudante, experto conocedor del asunto.

En Abril de 1892 ocurrió mi traslación á Madrid. Tras ejercicios de oposición que duraron varios meses é interrumpieron numerosos incidentes, tuve la fortuna de ser propuesto unánimemente para la cátedra de Histología normal y Anatomía patológica, vacante por defunción del inolvidable y benemérito Dr. Maestre de San Juan[108]. En el Tribunal, presidido por el Dr. D. Julián Calleja, figuraban jueces tan prestigiosos como el Dr. Alejandro San Martín, Dr. Federico Olóriz, el Marqués del Busto, don Antonio Mendoza y los profesores de la asignatura doctores Cerrada y Gil Saltor.

[108] El buenísimo de D. Aureliano, á quien tanto venerábamos sus discípulos, sucumbió de las resultas de un accidente de laboratorio. Una salpicadura de sosa cáustica, producida por la ruptura de un frasco, determinó la pérdida de la vista, á que siguió una pasión de ánimo tan grande, que arrebató en pocos meses al maestro. Fué el Dr. Maestre un excelente profesor, que sabía comunicar sus entusiasmos á quienes le rodeaban. Yo le debo favores inolvidables. Tras haberme apadrinado en la ceremonia de la investidura de doctor, me animó insistentemente durante mis ensayos de investigador, fortaleciendo mi confianza en las propias fuerzas. Las cartas con que acusaba recibo de mis publicaciones, constituían para mí un tónico moral de primer orden.

Mi triunfo no fué fácil, pues contendía con rivales de mucho mérito, singularmente uno de ellos, á cuyos talentos y cultura siempre rendí ingenua admiración y cordial estima.

Como no he consentido jamás á mi amor propio el menor conato de vanidad ni de engreimiento, declaro ahora que mi victoria, tan sonada por aquellos tiempos entre la clase médica de la Corte, debióse exclusivamente á dos motivos, en cierto modo impersonales y circunstanciales: desde luego, á la eficaz preparación lograda, explicando durante cuatro años consecutivos las asignaturas objeto de la oposición; y, después, al crédito y favor que mis modestos pero numerosos trabajos científicos (pasaban ya entonces de 60) habían granjeado entre los sabios extranjeros.

Yo deploré mucho haber debido recurrir, para llegar á la Universidad Central, ideal de todo catedrático de provincias, á la pugna, cruel y enconada siempre, de la oposición. Por cultas y corteses que sean las armas esgrimidas en semejantes lides, dejan siempre en pos rencillas y resquemores lamentables, enfrían amistades cimentadas á veces en afinidades de gustos y tendencias, é impiden colaboraciones que podrían ser provechosas para la ciencia nacional.

Porque, para mí, ser catedrático de la Central constituía entonces la única esperanza de satisfacer, con cierta holgura, mis aficiones hacia la investigación y de aumentar mis recursos, harto mermados con los incesantes gastos de laboratorio y de suscripciones á Revistas, amén del sostén de numerosa familia. Ricos y prestigiosos eran mis rivales; cultivaban pingües y bien merecidas clientelas, y podían esperar. Pero yo, enfrascado en mis trabajos, había perdido casi del todo las aptitudes clínicas; estaba, por consiguiente, inhabilitado para la labor profesional, única ocupación que puede conducir al médico al desahogo económico. Sólo en la decorosa industria del libro de texto, tan fructuosa para los catedráticos de la Corte cuanto precaria para los de provincias --industria sandiamente motejada por quienes no conocen sino sus vituperables abusos--, entreveía yo ese modesto pero holgado pasar, capaz de garantizarme, con la preciosa conquista de _mi tiempo_, el bien supremo de la independencia del espíritu.

[Ilustración]

CAPÍTULO X

Mi traslación á la Corte. -- Me domicilio en la calle de Atocha, cerca de San Carlos. -- Semblanzas de algunos de mis amigos y colegas de Facultad, hoy desaparecidos: Calleja, Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, etc.

Cuando, de retorno de las oposiciones, me incorporé á la familia, la encontré aumentada con un hijo más. Ello fué motivo de júbilo, aunque la aparición de un sexto retoño no suela despertar los mismos entusiasmos que el primero.

Entre mis comprofesores de Barcelona produjo la noticia de mi triunfo agradable sorpresa, mezclada acaso con algo de contrariedad. Parecióme advertir en algunos colegas cierto descontento por no haber dado oportunamente algún paso encaminado á retenerme indefinidamente en la capital catalana[109]. Estos sentimientos de consideración y estima, tan honrosos para mí, tuvieron expresión amable y entusiasta en cierto banquete de homenaje con que la _Academia de Ciencias Médicas de Cataluña_ y mis colegas de claustro obsequiaron al que, durante cerca de cinco años, tuvo el honor de ser su compañero y colaborador. Al acto asistieron también varios profesores de la Facultad de Ciencias y los simpáticos contertulios de la peña del café.

[109] Fué acaso mi estimado amigo Batlles y Beltrán de Lis quien mostrose más disgustado con mi traslación á la Corte, pues tenía empeño en crear para mí, en el Laboratorio Municipal, una plaza de micrógrafo, decorosamente remunerada. La caída del partido liberal, en cuyas filas militaba, y el consiguiente trasiego de concejales, dieron al traste con los buenos propósitos de Batlles, á cuyas generosas gestiones viviré siempre agradecido.

Con verdadera pena hube de abandonar á tan excelentes amigos, y con ellos á una ciudad donde encontré ambiente singularmente favorable para la ejecución y publicación de mis trabajos científicos. Con no menos tristeza despedíme de aquella tertulia célebre de la _Pajarera_, donde, en compañía de García de la Cruz, Schwarz, Soriano, Villafañé, Castro Pulido, Castell, Odón de Buen, etc., había pasado ratos inolvidables.

El eco de mis éxitos de opositor repercutió también en Zaragoza, entusiasmando, según era natural, á mis amigos y paisanos. Allí, en el seno del hogar, donde descansé algunos días camino de la Corte, gocé una de las más puras y nobles satisfacciones que es dable experimentar: la contemplación del gozo y del orgullo de los ancianos padres..., de aquellos padres á quienes tantos disgustos causaran en otro tiempo los devaneos y desobediencias de su hijo... Fué aquella alegría hermosa compensación de sus desvelos y gran consuelo para mí. ¡Cuánto hubiera dado yo porque la vida de mis progenitores se hubiera prolongado hasta 1906, fecha del más sonado de mis triunfos internacionales! Pero la ley de la vida es inexorable, y á pocos padres es dado ser testigos de la culminación de la carrera filial.

También mis excelentes profesores de Zaragoza celebraron mi elevación á la Universidad de Madrid. Con alguna excepción, mostráronse ufanos de su antiguo discípulo, y éste se consideró dichoso por haber dado pretexto á la satisfacción de sus maestros. A ruego de aquéllos, y para corresponder á tantos afectuosos plácemes, expuse, en dos largas conferencias, ilustradas con numerosas figuras, los más importantes resultados de mis trabajos de laboratorio.

Grande fué la sorpresa de mis maestros de antaño al saber que indiscutibles autoridades científicas del extranjero habían confirmado mis modestos hallazgos y adoptado plenamente mis interpretaciones. Entre los oyentes figuraban algunos condiscípulos y hasta antiguos camaradas de travesuras y algaradas. Estos últimos mostraban su asombro al reconocer hasta qué punto había sentado la cabeza el desaplicado _chico de D. Justo_.

Ofreciéronme, naturalmente, el agasajo ya entonces á la moda, es decir, el banquete de honor, con los inevitables brindis, tan impregnados de afecto cuanto de alentadoras y patrióticas esperanzas acerca del porvenir de la naciente ciencia española. Recuerdo que uno de los brindis más cariñosos y efusivos fué el del Dr. Fornés, á quien suponía yo, gratuitamente, algo enfadado conmigo.

* * * * *

Llegué, por fin, á la capital de la Monarquía en Abril de 1892, á los cuarenta años de edad, ansioso de trabajar y con la cartera repleta de proyectos científicos. Según costumbre mía, instaléme modestamente[110], cual cumple al obrero de la ciencia que siente el _santo horror del déficit_, como diría Echegaray, y sabe que las ideas, á semejanza del nenúfar, florecen solamente en las aguas tranquilas. Pagaba de alquiler dieciséis duros al mes. Semejante modestia, que algunos tachaban de excesiva é impropia de un _príncipe de la toga académica_, según frase de cierto hinchado catedrático, parecíame necesaria mientras tanteaba el terreno y averiguaba los recursos disponibles para alimentar la familia y desarrollar cumplidamente mis trabajos. Porque yo siempre diputé peligrosa y contraproducente la conducta de esos profesores que, recién llegados del rincón provinciano, instálanse en la Corte á lo dentista americano, gastando sus modestos ahorros en costearse coche, habitación y mueblaje, en espera de una clientela opulenta que no se digna comparecer.

[110] En el núm. 131, duplicado, de la calle de Atocha.

Las costumbres de mis nuevos colegas casaban admirablemente con mi manera de ser. Con íntimo regocijo advertí que en la Facultad de Medicina, como en la Universidad, nadie hacía caso de nadie. «Vivimos sin conocernos y morimos sin amarnos», solía decir D. Félix Guzmán, profesor de Higiene, á quien chocaba mucho ese sistemático apartamiento espiritual entre los colaboradores de una misma obra. Parecidas sentidas lamentaciones oí á D. Federico Olóriz, recién trasladado á Madrid desde el tibio y efusivo hogar granadino.

Hay que desengañarse. La Corte no puede ser para el hombre laborioso y modesto que gusta del trato social, la soñada «tierra de amigos» del poeta. Dura y febril es la existencia en las grandes urbes: lo enorme de las distancias y la carestía de la vida imponen, con el trabajo forzado, el avaro aprovechamiento de todos los instantes. Cultivar relaciones resulta un lujo que sólo pueden permitirse los ricos y los ociosos. Pero, repito, esa relativa soledad sentimental que tanto contristaba á Olóriz, fué siempre mi alegría. Frialdades y desvíos parecen enojos, cuando son en realidad libertad y respeto. «Cierto que nadie piensa en mí --me decía al verme al principio perdido y solitario en el piélago de la Corte--; pero, en cambio, yo puedo pensar en lo que quiera.» ¡Y no es flojo privilegio!

No obstante lo cual, yo tuve la fortuna de encontrar y cultivar en la Corte algunas valiosas amistades. Prescindiendo, por ahora, de los camaradas ajenos al gremio docente (de ellos trataré en otro lugar), citaré á Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, Gómez Ocaña, García de la Cruz, etc. Notemos que, á excepción de San Martín, todos estos amigos pertenecieron á la modesta y arrinconada grey de _profesores teóricos_, ajenos de esa devoradora codicia característica de la mayoría de los grandes prestigios clínicos. Puesto que, á excepción de Gómez Ocaña, los mencionados compañeros murieron ya[111], paréceme justo y plausible estampar aquí algunas frases de elogio, á guisa de semblanza breve, de algunos de ellos, y como tributo y recuerdo de un afecto sin eclipses. Á la citada lista agregaré todavía los nombres de D. Julián Calleja y del Marqués del Busto. No tuve la suerte de tratar en la intimidad á estas dos prestigiosas figuras de San Carlos; pero merecen aquí un recuerdo afectuoso, porque les debí apoyos y protecciones oficiales inolvidables.

[111] El Dr. Hernando vive aún, por fortuna, en Guadalajara, jubilado y doliente; pero en un estado de postración que casi equivale á la muerte.

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Comencemos por nuestro decano el benemérito D. Julián Calleja. Ocioso fuera insistir en su semblanza. Reciente su fallecimiento, casi todos mis lectores médicos le conocieron, ya que por sus merecimientos indiscutibles, exquisito don de gentes y el imperio de una voluntad sugestionadora, alcanzó los más altos puestos profesionales y algunos cargos políticos importantes. Tenía, naturalmente, sus debilidades, conforme suelen tenerlas cuantos figurando en los partidos de turno y cultivando legítimas ambiciones, resisten difícilmente las caricias de la adulación ó las intromisiones del caciquismo; pero adornábanle también cualidades intelectuales y morales de primer orden. Además de ser excelente y celoso maestro, poseía envidiable talento organizador y, sobre todo, sentía amor grande á nuestra Facultad de Medicina, por cuyas mejoras y progresos se desvelaba. No fué un investigador, ni podía serlo dadas sus aficiones á la política; mas asistió con su estímulo y protección á cuantos veía inclinados á las tareas del laboratorio.

Todo su valimiento político lo puso en servicio de San Carlos. Á él se deben, entre otras plausibles iniciativas, los nuevos laboratorios y clínicas de la docta Casa; la construcción de un piso sobre el vetusto edificio; la anexión al Hospital clínico de un ala del Hospital provincial (conseguir esto exigió un pleito laborioso contra la Diputación, dirigido por D. Julián con insuperable habilidad y entereza); la creación de las cátedras de especialidades médicas; la organización de los gabinetes de radiografía, mecanoterapia, etc.

Yo debo agradecerle la construcción y organización del Laboratorio de Micrografía, uno de los mejores y, por descontado, el más capaz é importante de San Carlos. La creación de este centro de estudios era apremiante, porque á mi llegada á la Corte encontréme por todo Laboratorio con cierto pasillo angosto y largo, pobrísimo de material é instrumental, sin libros ni biblioteca de Revistas. Quimérico resultaba dar, en tan angosto local, mediana enseñanza práctica á más de doscientos alumnos oficiales, amén de los libres.

Requerido por mí, D. Julián tomó sobre sí la reforma, gestionándola con extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa actividad, consiguió en pocos meses la consignación en presupuesto de los créditos necesarios y la ejecución de la obra. El nuevo Laboratorio de Histología, capaz para trescientos alumnos, se eleva frontero á la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa sala de disección: encierra gabinete de trabajo para profesores y ayudantes, gran salón de prácticas para los alumnos, departamentos de Bacteriología, de Microfotografía, etc.

Conseguido el local, siguiéronse los naturales complementos: la compra de libros y Revistas, adquisición de estufas de esterilización y vegetación, así como de número suficiente de microscopios. Al viejo é imponente Ross, el _cañón_ del Laboratorio, menguadamente acompañado de un par de antiguos modelos de Verick y Nachet, añadiéronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40 microscopios y microtomos de Reichert, destinados á los alumnos. ¡Era el ideal codiciado, la suprema aspiración de una vida!... Y todo ello se llevó á cabo por D. Julián espontáneamente, sin halagos ni adulaciones, inspirado en el noble entusiasmo que nuestro decano vitalicio sintió siempre por la función docente.

Ignoro si el venerable D. Julián, actuando en funciones de cacique universitario, pecó algo, conforme dieron en decir ciertos adustos censores; pero á todos consta que amó también mucho cosas tan santas como la ciencia y la enseñanza, y que, á causa de pasión tan hermosa, debemos perdonárselo todo.

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